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Ensayo Eichmann en Jerusalén un 9 de nota.
Tipo: Apuntes
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Ensayo final de Ética II Profesora Enriqueta Benitez.
Mitzi Teresa Hernández Durán. Lic. En Filofosía.
En este libro, la fiĺósofa Hannah Arendt expone el concepto que llama Banalidad del mal, a través del conocido caso del juicio de Adolf Eichmann, sustraído de Argentina por parte del servicio de inteligencia del Estado de Israel.
Eichmann, como burócrata al servicio del régimen nazi, fue parte de los que aprobaron y ejecutaron las diversas soluciones al llamado “problema judío”. La autora, sin embargo, descubre que el acusado no es el sádico pervertido que se le acusó de ser, ni siquiera un monstruo antisemita. Los diversos psicólogos que se enviaron para garantizar su estado de salud mental lo describieron como una persona sumamente normal. Lo único que mostraba era una ambición por mejorar su carrera, puesto que era un individuo que difícilmente lograba las cosas por su propia cuenta. Y a pesar del trabajo que tuvo que desempeñar durante el transcurso de la guerra, Eichmann mismo declaró que no tenía inclinación por matar, de hecho Arendt narra que cuando iba a los campos de concentración quedaba sumamente impresionado.
Con su defensa durante el juicio, básicamente el acusado señala que él no era más que un instrumento dentro de una maquinaria, con la cual no siempre concordaba en sus ideas (tenía parientes y amigos judíos), señalando que cualquier otro alemán pudo haber hecho exactamente el mismo trabajo que él.
La filósofa, sin embargo, no se limita a analizar la vida y personalidad del funcionario, sino que también discute sobre el papel de los consejos judíos durante ese periodo. ¿Cómo es que se dejaron arrastrar como corderos al matadero tantas y tantas personas? La única solución parece ser el horror que representaban por sí mismos los representantes del nazismo. Los consejos intentaron, de una forma u otra, con el sacrificio de algunos, salvar a otros.
Arendt señala, durante el epílogo, que lo más grave del caso de Eichmann fue descubrir que hay muchos sujetos como él, tan “terrorífica y terriblemente normales”, lo cual resulta así de aterrador
porque este tipo de delincuente comete sus delitos casi sin conciencia de los actos de maldad realizados. Añade además que las intenciones del acusado no era ser un villano, nunca fue su intención tener ese papel, todos y cada uno de sus actos eran parte de su modo de ser, sumamente diligente y obediente, simplemente no sabía qué estaba haciendo y esta falta de imaginación fue lo que lo llevaría al banquillo en Jerusalén. Esto, sin embargo, no pretende justificar sus actos, sino hacer reflexionar sobre como la irreflexión sobre los actos y el enajenamiento de la realidad llevan a un mal mayor que las malas inclinaciones naturales.
Comenta, además, que es importante para la burocracia (y en general para los gobiernos totalitarios), transformar a los hombres en simples mecanismos dentro del artefacto administrativo, deshumanizándoles en el proceso. Y esto es algo que debió de considerarse al enjuiciar a Eichmann, porque son circunstancias que modifican la responsabilidad del criminal. Por otro lado, la sentencia agravaba más los delitos cometidos en contra del pueblo judío, en tanto que los cometidos contra los gentiles eran mencionados aparte.
Cuando se habla de la banalidad del mal, se refiere al mal ejecutado por personas normales, junto con las devastadoras consecuencias que ha demostrado tener. A través del libro intenta comprender cómo es que el mal se extiende si nadie se resiste a él. La culpa de Eichmann, como señala el texto, provenía de su propia obediencia, la cual había sido abusada por alguien más.
Arendt señala, además que es posible que actos como el genocidio legalizado podrían volverse comunes a futuro.
La autora presenta, en un punto determinado, que había una cierta influencia mediática y social para que fuera aceptable lo ocurrido en la Alemania nazi.
Otro de los problemas que argumenta es que, sin importar que Eichmann fuera uno más de los burócratas pertenecientes al gobierno nazi, no podía disculpársele de sus actos, porque se demostraron actos en que hubo oposición a las acciones amparadas bajo la ley. Presenta también el problema del acusado para pensar por sí mismo, llegando a la mencionada deshumanización del burócrata, así como su constante dependencia del grupo para poder dar un sentido a su vida. Asimismo, afirma que quizá prefirió la ejecución pública a continuar su vida en el anonimato en que se había mantenido desde su escape.
A través de la mediocre normalidad con que presenta, hasta donde le
ejecutado por personas tan mediocres, tan incapaces de un pensamiento propio ¿Podría darse un caso contrario, un ser humano muy normal haciendo un acto de extrema bondad? Difícilmente lo sabríamos, por la cuestión de querer limpiar a toda costa a aquel que se le ensalza como héroe, de quien, cuando sale a relucir un defecto, en el mejor de los casos se ignora y en el peor, se le justifica ridículamente. Y viceversa, solo les faltó decir a los acusadores que a Eichmann le gustaba atropellar perros por diversión para intentar hacerlo ver más malvado de lo que no era. ¿Cuantos mitos no se han oído, tan solo de Hitler, de si era o no una cosa u otra, dependiendo el acusador?
Creo que si en realidad nos dejáramos de estereotipar a los diferentes actores de la historia, de querer crear monolitos inamovibles, nos daríamos cuenta de que, en su mayoría, son personas tan normales que podríamos asustarnos y asombrarnos a la vez del género humano, como ocurrió hace décadas con este caso.
Pero al parecer es más difícil hacer el bien que hacer el mal, aunque se nos repita que no seamos malos casi desde que empezamos a caminar.
La razón por la que elegí este libro para presentar el ensayo fue por un interés personal por comprender qué es lo que lleva a personas normales a elegir ejecutar actos cuan más de bárbaros con sus semejantes. ¿Es la manera en que ve el mundo o le influye la sociedad? ¿Es una falta de diferenciación entre el bien y el mal? Ciertamente, la manera estereotípica de representar a los villanos en los distintos medios de comunicación, sea la literatura o el cine o la animación, tiende a influir en la manera en que asimilamos el concepto de maldad, llegando a no creernos capaces de actos inhumanos, sea porque hay una promesa de castigo o recompensa, sea porque está permitido por la ley hacer algo o no hacerlo. Pero la verdad es que Arendt expone que cualquiera es capaz de ser cómplice de los ambiciosos, si lo que ellos desean es pintado como “lo normal”ante nuestros ojos.
Otra de las razones por las que elegí el texto fue por dos experimentos que llamaron mi atención, los experimentos de la prisión de Stanford y el de Milgram. El primero lo conocí por la película “El experimento”, donde los carceleros asumen con una pasmosa facilidad su rol y llegan a cometer brutalidades contra los reos. En el segundo, la buena voluntad de los adultos, por ser obedientes, los lleva a electrocutar hasta niveles sumamente dolorosos a una víctima, ante la insistencia
del investigador. Ciertamente, el investigador esperaba que solo los sádicos disfrutaran llegar a un nivel tan fuerte, pero, al igual que Arendt, descubrirían que las personas más normales eran las que seguían bien las órdenes, casi sin cuestionar. Para las personas, en general, parece ser común el actuar bajo ciertas reglas sociales impuestas, sin preguntarse el porqué, acostumbrados a actuar de una cierta manera. Como ella misma menciona, el estado totalitario necesita de personas alienadas para funcionar bien.
¿Qué tanto de nuestra sociedad y crianza influye en nuestros actos? Si se nos educa a la espera de que no seamos malos -y la maldad, desde la Biblia, lleva inherente la desobediencia al orden social-, entonces es difícil para una persona normal definir realmente qué es lo bueno. Mucho más cuando se le condiciona para abandonar el desarrollo del pensamiento reflexivo. Y es cierto, las personas pueden en algún momento darse cuenta de que lo que hacen no es correcto, más eso no evita que no dejen de actuar, por la expectativa que se tiene sobre ellos, por el exagerado valor que se da a saber obedecer, aún si muchas de las figuras más representativas de nuestra cultura fueron seres que no aceptaron un orden social.