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Orientación Universidad
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facundo, Apuntes de Historia

Asignatura: Decadencia, absolutismo y reforma, Profesor: Juan José Batalla Rosado, Carrera: Historia, Universidad: UCM

Tipo: Apuntes

2013/2014

Subido el 17/03/2014

pueblo1234
pueblo1234 🇪🇸

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DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO FACUNDO EL FACUNDO: LA GRAN RIQUEZA DE LA POBREZA “Del centro de estas costumbres i gustos jenerales se levantan especiali- dades notables, que un dia embellece- rán ¿ darán un tinte orijinal al drama i al romance nacional”. SarmtenTO (Fac., Cap. 11) A La extraordinaria profusión de “Prólogos” que se anticipan a todo acer- camiento al Facundo se añade, a partir de estas primeras palabras, uno nue- vo que, es obvio decirlo, intentará como lo han hecho los otros la ambigua tarea de actualizar algo sobre el texto. Los otros: son muchos; pareciera que el Facundo los exige, que en vísperas de cada nueva edición hay que hacer- la preceder por lo que el “prólogo”, como institución social, puede impli- car. ¿Vitalidad sin recortes, fuerza de una escritura que todavía problema- tiza? Pero esa cantidad de “prólogos”, sea lo que fuere aquello que el texto pide, supone entre todos y en cada uno una pretensión, la de anteponerse a una lectura que debería poderse llevar a cabo por sí misma. Sistema de seña- les, anuncio autorizado que intenta iluminar pero que acarrea un innegable condicionamiento, el de la lectura. Esto es general para todo prólogo y todo texto pero cobra una significa- ción particular en el caso del Facundo; al haber respondido a su presunta exigencia, ¿no será que le estamos reconcciendo a priori, o por la fuerza de la tradición, una importancia que nos es impuesta?, ¿no será que todos los editores y prologuistas temen que si no se llama la atención el texto pueda, librado a su propia suerte, dejar de existir o se convierta en pura arqueología?, ¿no será que entendemos y aceptamos su exigencia para ocul- 1x riores: definimos el Facundo como un texto que nos es impuesto pero, al mismo tiempo, lo reconocemos, por experiencias previas, como un objeto característico de nuestra cultura latinoamericana; lo leemos desde esa biva- lencía y así queremos que se lo lea, lo cual supone la presencia y la acción de requerimientos actuales que guían también otras lecturas y otras accio- nes. Y, como lectura, fuertemente ideológica en tanto toma distancia res- pecto de lo más entrañablemente ideológico de otras lecturas, de las que acaso no pueda separarse demasiado por limitaciones propias, a las cuales tratará por todos los medios de poner en evidencia. No cabe duda de que esta pretensión se recorta sobre preocupaciones teóricas y críticas que, si por un lado son muy actuales, también están em- pezando a recibir el embare de una reacción que dice, en lo más moderado de sus formulaciones, combatir solamente los “excesos” de una crítica: de- masiada abstracción para latinoamericanos, discurso autónomo que no exalta ni condena la “obra” ní repara en su “valor”, determinación de la ideología como fuerza operante en la construcción de los textos y no más sistema de conceptos representados, A pesar de estas acusaciones, no concebimos como posible ningún “prólogo-lectura” que no surja de dichas preocupaciones teóricas, que distan de haberse topado con sus límites; un “prólogo”, en esta perspectiva, aparecerá —y aparece aquí otro de sus perfiles— como un espacio que se irá llenando hacia una finalidad bien definida: ayudar al eventual lector a realizar su propio trabajo —su lectura— sobre el texto y sobre el sistema que permitió tanto producir el texto como las lecturas anteriores y ésta que ahora comienza a organizarse y, ciertamente, la suya propia que debería venir a continuación. Pero hay otra escena de la que no se puede prescindir porque sigue rea- pareciendo en toda voluntad de iniciación de un discurso diferente y es inútil negarlo: todavía son Sarmiento y el Facundo objeto de veneración y de execración ciegas; hablar de uno o del otro, o de ambos, implica un ries- go cierto y un compromiso grave pues según algunos la adhesión a una o a otra línea, ya tradicionales, es insoslayable; Sarmiento está, en ese senti- do, privilegiadamente situado en el cruce de ambas en la medida en que por un lado ciertos sectores políticos argentinos, de extracción conservado- ra y vocación despótica y hasta cierto punto antipopular, lo reivindican como suyo (aunque también, para hacer más difuso el panorama, lo reclaman para sí sectores que, siendo liberales y aun izquierdistas, de ninguna mane- ra se viven a sí mismos como opresores actuales o posibles del pueblo), y otros, que cuentan indudablemente en sus filas a lo que se puede entender como el “pueblo”, se horrorizan a su mera mención, como si siguiera sien- do la suma del espanto histórico, el modelo superior de aquello que hay que atacar y destruir. Si para unos constituye la columna vertebral del “sen- tido” de lo argentino, para los otros dicho “sentido” debe buscarse en otra parte o en otras figuras, esquema en el que la coincidencia sobre un “sen- tido” marca la gravedad de los enfrentamientos y su perduración. Acaso haya que despojarse de esa obsesión definitoria para empezar a hacer algo XI con él, lo que no quita que, precisamente en virtud de ese tironeo que lo tiene como centro, el compromiso sea muy serio pero igualmente ineludible: reclamamos para abordarlo una libertad de hablar de un tema y un objeto irritantes, lo que implica un indispensable distanciamiento respecto de líneas interpretativas que en realidad son líneas de presión, formas de lectura cuyos fundamentos ideológicos estaríamos ya en condiciones de discernir. Esa pers- pectiva de libertad nos lleva, en consecuencia, no a la repetición de autori- dades y a la sinopsis de sus argumentos sino a procurar una mirada nueva y en lo posible fresca que teniendo en cuenta las montañas de lecciones que no nos dejan progresar, nos permita dejarlas de lado para encontrar una zona de trabajo en y con muestros medios propios y en función de objetivos am- plios que superan la mera metodología para dar cuenta de una nueva situa- ción cultural. Una consecuencia se desprende ya de estos aprontes: no consideratemos el Facundo desde su racionalidad propia porque eso nos llevaría fatalmente a justificarlo y, por lo tanto, a negarlo como texto si por “texto” entende- mos una situación eminentemente productiva que cesaría en la justificación: al no poder salir de sus redes, de su “querer decir”, lo bloquearíamos en su actividad y nada entonces podríamos hacer con él; por “racionalidad propia” entendemos no su organización estructural o el orden de ideas que vehiculi- zan su argumentación sino el “horizonte restringido a la inmanencia del texto”, en el cual según algunos se debe permanecer para no falsear desde una perspectiva actual lo que no pudo ser de otro modo en el pasado: trama ideológica compuesta por el texto como un hecho, la intencionalidad como un motor excluyente, el sistema como una relación con el mundo, y el con- junto, en fin, como algo que a fuerza de tener existencia deja de tener sig- nificación. De lo que se trataría, en cambio, es de trabajar con esa significa- ción, de advertir cómo se produce, de qué se nutre, cuál es su operación Tampoco lo consideraremos desde la racionalidad de sus enemigos, pura- mente externa, y cuyo pedido es en el sentido de hacerlo desaparecer como obra, lo que implica una doble desaparición como texto. No nos importa la eficacia de un pedido semejante, sí, en cambio, la dirección que puede querer seguir imponiendo a la lectura, para liberar la cual y actualizarla en- tenderemos que Facundo tiene algo de texto en estado de producción y, en consecuencia, es todavía capaz de suscitar una percepción de su calidad de texto en estado de producción. Si, entonces, no se trata de perfeccionar una descripción de lo que Facundo es en sí ni de obtener un juicio condenatorio (el absolutorio es prescindible puesto que viene con la descripción de lo que es en sí), el camino que se abre es el de una integración del conocimiento de su sistema con necesidades nuestras que sólo podemos definir desde Ja actualidad en el doble sentido de una manera de leer y de una necesidad de comprender esos alcances más amplios, en el plano de nuestra problemática social y política. En la com- prensión de ese texto que se nos impone y/o perdura, se trata de algún modo XI haríamos más que seguir la memorable incitación de la Introducción: “Som- bra terrible de Facundo, voi a -evocarte para que, sacudiendo el ensangren- tado polvo que cubre tus cenizas, vengas a esplicarnos...”, y entrar en lo que todo texto pide que se haga con él. ¿Y cuáles son esas lecturas, esas explicaciones, esos prólogos, cómo se ordena la proliferación? Disponemos de una gran cantidad, ya lo dijimos, tan grande y variada casí como las opi- niones fundamentales que tienen curso sobre la historia, la política, la lite- ratura y la sociedad argentinas. Vale la pena clasificarlas: 1) la lectura liberal, para la que la ideología explícita del Facundo cons- tituye todavía la esencia de la ideología que ordena y define y debe ordenar y definir el país; nos parece anacrónica y violenta ya que surgió —y se mantiene— condicionada por un proyecto que ha llegado a sus límites; 2) la lectura del pensamiento “revisionista”, cuyo principal mecanismo activo consiste en rechazar esa ideología triunfante para reivindicar otra; su anacronismo reside en que la disputa ideológica sólo muy forzadamente y por medio de proyecciones arraiga en conflictos actuales: esa “otra” ideolo- gía es contemporánea a Sarmiento e imponerla es sustraer el texto de todo su proceso posterior; 3) la lectura “literaria”, que al sacar del texto lo “político” —que, se- gún parece, por ser ocasional y transitorio, ha perdido interés— presenta una separación apta para liberarse de toda acción ideológica, lo que, a su vez, permite sobrecargar de “valores” y reducir a una zona sagrada lo que es un proceso de producción; 4) la lectura “verdadera”, según la cual lo que hay de decisivo en lo lite- rario —Ñel genio, la expresión, la felicidad de las imágenes— ilumina lo político y se constituye en el revés de lo que se ve en el Facundo; 5) la lectura del “modelo” mental, que consiste en reconocer hasta dónde los artefactos intelectuales presentados en Facundo (Civilización y Barbarie, el más notorio) han entrado en la realidad latinoamericana y están presen- tes, como categorías indiscutibles, en la literatura y la política latinoameri- canas del pasado y del actual siglo. Al mismo tiempo que esta somera presentación sugiere una diversidad de prólogos (y de enfoques o tentativas de explicación) y, correlativamente, de lecturas pasadas y en curso, en su conjunto enuncia las razones que ex- plicarían el apuntalamiento de que goza el Facundo y cómo nos es impuesto en el más amplio e inconsciente movimiento de acuerdo social que conoz- camos; según este movimiento, para que el Facundo siga suscitando conver- gen antagonismos que, cuando se manifiestan en otras zonas de conflicto, aparecen como insolubles. Y bien, todos esos prólogos recogen alguna ver- dad del texto puesto que la están produciendo e intentan condicionar las lecturas, en cumplimiento de su función: son lecturas sacramentales, así como los prólogos sacramentalizan. Si, como lo hemos señalado, trataremos de operar sobre otra base, no informando ni describiendo, saliéndonos de los esquemas que guían todos esos “prólogos”, es decir, actuando según XIV otras condiciones pero para constituirnos a nuestra vez en condición, es porque estamos suponiendo que existe una nueva lectura, diferente de las anteriores y a la que queremos llegar. Suponemos que existen cambios que van a modificar la “verdad” del Facundo y otra forma de leer acorde con nuevos pensamientos y nuevas exigencias sociales. A ellos atenderemos pero, naturalmente, atribuyéndoles sus rasgos, pues la lectura no grita las cate- gorías con las que opera. Como se desprende de todo esto, intentamos cubrir diversos planos, for- mular una racionalidad de registro variado; a lo que llegamos es a definir otra vez el Facundo pero ahora como una vertiginosa implicación; si reco- rriéramos escrupulosamente su enigma pronto veríamos que va apareciendo todo, una escritura y las otras escrituras que suscita, una ¡Jeología que mue- ve su escritura y la hace producirse y las ideologías que obedeciendo aparen- temente a la suya o reaccionando contra ella le dan la forma que necesitan darle para confirmarse, una acción que la realidad ejerció sobre su ideología y la acción ideológica que desde él se implantó en la realidad. Completa- mos la definición: es el Facundo además una pluralidad respecto de la cual la toma de distancia es un riesgo; pluralidad que está en su forma misma, cruce de planos con que se presenta en su arranque comunicativo mismo. El riesgo comienza a configurarse ahora, en la dificultad de salirse de una red en la que el Facundo permanece casi por decisión estructural (red que está metida en nosotros mismos y contra la que hay que luchar) y de la que hay que sacarlo si deseamos que, impuesto y todo, sea materia viva, cono- cimiento posible, y no tan sólo se agote en la imposición. II Dos cLases de sorpresas depara, creo, una lectura actual del Facundo: cier- tas expresiones certeras que se levantan como imágenes tan inesperadas como contundentes (“] mientras tanto que se abandona así a una peligrosa indo- lencia, ve cada día acercarse el boa que ha de sofocarlo en sus redobladas lazadas”.) y ciertas ideas que si por un lado se anticipan a su aparición dentro de sistemas (influencia del medio sobre el carácter, fuerza de la educación, papel del gran hombre, etc.), por el otro revelan una agudeza de observación psicosociológica insólita (“Los arjentinos, de cualquier clase que sean, civilizados o ignorantes, tienen una alta conciencia de su valer como nación; todos los demás pueblos americanos les echan en cara esta vanidad i se muestran ofendidos de su presunción i arrogancia”.). La pri- mera tentación sería buscar una unidad entre unas y otras, tentación que no rechazamos pero que si seguimos tal cual nos instalaría en una perspec- xv dicho, lo que me importa destacar. Creo que para el Facundo la estructura que surge del ritmo es la de un “saber contar” en el sentido más primario del concepto. O sea poseer una relación” corporal con “lo que se sabe” (el que cuenta, según reflexiona Jean-Pierre Faye, es un grerus o sea un “narra- dor”*) y se quiere trasmitir, lo que tiene como consecuencia una liberación —