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historia, Apuntes de Relaciones Laborales y Recursos Humanos

Asignatura: Asignaturas de libre Eleccion, Profesor: Enrique Múgica Urquía, Carrera: Relaciones Laborales y Recursos Humanos, Universidad: UCM

Tipo: Apuntes

2012/2013

Subido el 28/10/2013

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modelos europeos. Era que el proyecto moderni: guiendo modelos exógenos, e los países periféricos, en los adoptaba de forma mimética, si- reso podía ser presentado por los a aa La “GUERRA DE LA INDEPENDENCIA”, UN PROMETEDOR COMIENZO LA INVENCIÓN DE LA “GUERRA DE LA. INDEPENDENCIA” a Es muy dudoso que el conflicto desatado en la península Ibérica entre 1808 y 1814 se ajustara realmente a la categoría de “guerra de independencia”, según quedó consagrado más tarde por la versión nacionalista. Si por guerra de independencia entendemos un in- tento de secesión de los habitantes de un territorio integrados con- tra su voluntad en un conglomerado imperial, habrá que recono- cer que Napoleón no pretendía convertir a la monarquía española en provincia de un imperio radicado en París, sino cambiar la di- nastía reinante; algo, por cierto, ni extraordinario ni repugnante parala tradición peninsular, ya que había ocurrido cien años antes, cuando los Borbones sustituyeron a los Habsburgo, con resultados considerados en general positivos y sin originar una situación de subordinación formal respecto de Francia. Es cierto que, en el cur- so de la guerra, Napoleón planeó anexionar las provincias situadas al norte del Ebro, compensando a la monarquía española con Por- tugal. Pero aquél fue un proyecto pasajero, al que se opuso el pro- pio gobierno de su hermano José, y en todo caso ocurrió más tar- de, y por tanto no pudo formar parte de las motivaciones de los insurrectos de 1808. Por insistencia de los enviados españoles, que consideraron este punto innegociable, el tratado de Fontainebleau había establecido explícitamente el respeto a la integridad del te- rritorio español —incluidas las colonias americanas—, con los mis- mos límites que poseía anteriormente y desvinculado de cualquier otra monarquía exterior. También el decreto por el que el empera- dor nombraba a José Bonaparte para el trono español le garantiza- ba, en su primera cláusula, la independencia e integridad de sus Es- tados; y así lo ratificó igualmente el Estatuto de Bayona!0”, Presentar, por tanto, la larga y sangrienta confrontación de 1808 a 1814 como una “guerra de independencia”, o enfrentamiento con “los franceses” por una “liberación española”, es una de esas sim- Plificaciortés de la realidad tan típicas de la visión nacionalista del mundo, o de cualquier otra visión doctrinaria en definitiva, siempre dadas a explicar conflictos complejos en términos dicotómicos y maniqueos, gracias a lo cual consiguen atraer y movilizar política: mente, Por el contrario, las interpretaciones históricas más recientes y fiables tienden a atribuir aquellos acontecimientos a un conjunto muy complicado de causas; a la confluencia, en último extremo, de una serie de conflictos menores coincidentes en el tiempo y alimen- tados entre sí. Es innegable que aquélla fue, en primer lugar, una guerra inter- nacional, reñida entre Prancia e Inglaterra, las dos grandes poten- clas europeas y mundiales del momento. En definitiva, exceptuan- do- Bailén, todas las batallas dignas de este nombre libradas en la península Ibérica entre 1808 y 1814 consistieron en enfrentamien- tos entre un ejército imperial que, aunque tuviese Jinetes polacos o mamelucos egipcios, era fundamentalmente francés y con mandos siempre franceses, y otro anglo-hispano-portugués, cuyo general en jefe fue el inglés Wellington. Este elemento internacional for- maba parte de los planes de Godoy, aunque las alianzas por él pre- Vistas, típicas de los cien años anteriores (España y Francia contra Inglaterra y Por tugal), se vieran alteradas, inesperadamente, porla rebelión popular de 1808, tras la cual los españoles, en su gran ma- yoría, pasaron. a.formar parte del frente anglo-portugués. Por este lado, por tanto, la lucha no tivo nada que ver con un intento de libe- ración o independencia nacional. Múltiples elementos permiten también clasificar aquella guerra como civil, término que usó Jovellanos, entre otros, para describir- ha. Aunque, de nuevo, el nacionalismo negaría tajantemente la es- cisión interna de la sociedad española en 1808, lo cierto es que en aquel momento la lealtad de sus élites se dividió profundamente. Podría discutirse, y volveremos sobre ello, si la causa de esta escisión era únicamente la discrepancia sobre la dinastía o si había dos pro- yectos políticos enfrentados!%, En contra de esta última interpreta- ción habla el dato de que en los frentes opuestos se hallaban almas gemelas, como Meléndez Valdés y Jovellanos o Cabarrús y Florida- blanca. Hasta detalles anccdóticos, como el origen francés de las dos dinastías pretendientes o el pleito interno de la propia familia real borbónica, no hacen sino subrayar los aspectos [ratricidas de la gue- rral%, Pese a todo, no es menos cierto que estas divisiones afcctaban. casi en exclusiva a los grupos dirigentes. A nivel popular, la torna de posición contra los franceses fue general e indudable desde el pri- mer momento. Incluso cntre las élites, la división se fue diluyendo a medida que se aproximó el final del conflicto y, apenas expulsados José Bonaparte y sus partidarios, la que pronto empezaría a llamarse “Guerra de la Independencia” se convirtió en referencia positiva in- discutida y signo de identidad para cualquiera que se considerara es- pañol. Las familias de los afrancesados borraron la memoria de la actuación de sus antepasados en cuanto fue posible. Un ingrediente que puede entenderse como una forma de afir- mación nacional fue la dosis de xenofobia, específicamente antifran- cesa, que indiscutiblemente existió en la reacción popular. Según escribió Canga Argúclles, los españoles exhibieron en el curso de la guerra “más odio personal a los franceses que entusiasmo por la causa”! 10; y los testimonios que poseemos sobre la crucial jornada del Dos de Mayo coinciden cn señalar que abundaron aquel día los gritos de “¿mueran los franceses!” mientras que apenas se oyó al- gún "¡viva España!”. La agresividad contra los franceses dio lugar a insultos difíciles de superar. Antonio de Capmany, un escritor re- lativamente refinado para el momento, escribió que “el francés es animal indefinible. Predica virtud y no la Giene; humanidad y no la conoce; quiere la paz, y busca la guerra”, etcéteralM, Tampoco hay que exagerar el significado negativo de este factor, al analizar la guerra como nacional, pues los procesos de construcción de iden- tidades colectivas consisten, en definitiva, en marcar fronteras y ex- clusiones, Pero hay que insistir en que no se trataba tanto de una exaltación de “lo propio”, todavía mal definido, como de un odio alo foráneo, y en especial a lo francés. de reforma de las instituciones del país, es decir, con una implícita protesta antiabsolutista, Pero resulta difícil negar el predominio de llamamientos en defensa de la religión heredada frente a los re- volucionarios ateos, especialmente por parte del bajo clero, a quien los franceses y sus colaboradores denunciaron desde cl primer mo- mento como principal agente inductor de la insurrección, Algún elemento personalista había también en este planteamiento, pues la propagandá presentaba a Napolcón como el moderno anticristo, encarnación de los males modernos y en especial de la revolución, adornado con los rasgos que durante siglos se habían utilizado para describir a Lutero. Aunque éste sea un tema complicado, sabre el que habrá que volver repetidas veces en este libro, actitudes popula- res posteriores, como la entusiástica acogida popular a Fernando VH tras haber anulado la obra de las Cortes de Cádiz, obligan a recono- cer que hucna parte de los movilizados contra José Bonaparte de- fendían cualquier cosa menos reformas ilustradas o liberalos!14. _ Una vertiente más, aparentemente contradictoria con la re- cién mencionada, podría detectarse en el levantamiento popular de 1808: su carga de protesta social, expresada de acuerdo con un repertorio de comportamientos muy típico del Antiguo Régimen Como ha escrito recientemente un historiador catalán, il : la lluita contra el francés canalitzaya políticament un conjunt Pe- nergios generades per la sensació de crisi general [...]; el malestar social existen esdevingué queixa i acció política contra les antoritats absolu- tistes —que havien fet possible aquella situració— des del moment en que la preséncia de P'invasor va blasmarne el comportament. . Esta actitud de protesta que emergió al desmoronarse los meca- nismos de poder tradicional se reveló, según este autor, en las resis- tencias a pagar los derechos señoriales, las exigencias de que “los ricos” costearan la guerra o incluso en propuestas literales de “po- ner fin al gobierno de los ricos”, En esta línea podrían mencionarse igualmente los motines antifiscales o contra la carestía a que dio lu- gar la sublevación frente a las autoridades que apoyaban al “rey in- truso” o los ataques a bienes y mansiones de aristócratas y familias acomodadas a quienes se consideró afrancesados o godoístas!!5, Un último aspecto que cuestiona el carácter nacional del levan- tamiento antinapoleónico, es “el predominio del patriotismo local sobre la unidad nacional”, en palabras recientes de John Tone: un particularismo que dotó precisamente de especial fuerza a la resis tencia contra los franceses. Aparte de agravios específicos contra un ejército de ocupación que fue vivido como intolerablemente in- solente y rapaz, las fidelidades locales y los obstáculos que tradicio: nalmente se habían opnesto al control del gobierno central sobre las instituciones provinciales y comarcales demostraron ser instru- mentos de oposición excepcionalmente correosos una vez que el gobierno quedó en manos de los mariscales napolcónicos. La tesis de Tone parece razonable: dado lo que sabemos y podemos intuir sobre la sociedad del Antiguo Régimen, parece lógico pensar que los individuos insertos en aquellas redes de patronazgo y poder comunitario se moverían a incitación de sus notables locales, que in- vocarían identidades de muy reducido ámbito. Las juntas que cmer- gieron en la segunda mitad de 1808 no hicieron sino anunciar, por tanto, posteriores movimientos de rebelión que se repetirían a lo largo del siglo. Es verdad que tales juntas acabarían confluyendo en una “central” y en unas Cortes que afirmarían de manera poco dudosa la unidad esencial de la “nación española”, pero no puede dejar de reconocerse la gran dispersión de los centros de poder en los momentos iniciales del confticto!!%, Más que de “nacionalismo”, o de sentimiento de identidad española, habría que hablar, pues, de vinculación comunitaria o de patriotismo local. Un conflicto de tanta complejidad, naturalmente, no fue fácil de bautizar. Ponerle un nombre significaba darle una interpretación política y sobre tal cosa fue imposible llegar aun acuerdo sin un lar- go y conflictivo proceso de invención. Al comienzo, por supuesto, quienes se refirieron a los hechos bélicos se limitaron a consignar su localización cronológica o geográfica (“la presente guerra”, “Los sucesos de estos últimos meses”, “la guerra de España”). Las mentes más tradicionales y menos imaginativas recurrieron, enseguida, a referencias de tipo religioso (“la santa insurrección española”, “mues- tra sagrada lucha”, etcétera) o nobiliario (“nuestra gloriosa suble- vación”, “la heroica guerra contra Napoleón”). Las primeras inter” pretaciones abiertamente ideologizadas de los hechos apelaron de escribir memorias o relatos históricos con fuerte contenido aw- tobiográfico. El cjemplo más importante fue la merecidamente cé- lebre obra del conde de Toreno, publicada en 1835 y convertida enseguida en la historia más autorizada sobre el acontecimiento, cuyo título es Historia del levantamiento, guerra y revolución de España!” La crítica a este libro publicada por Alcalá Galiano, protagonista e historiador también del periodo, muestra hasta qué punto domi- naba la imprecisión en cuanto a los nombres de aquella guerra: abre el artículo con un “al cabo ha aparecido un historiador espa: ñol que recuerde a la posteridad las glorias de su patria durante la Al comenzar la segunda mitad del siglo XIX, por tanto, la guerra de 1808-1814 había sido definitivamente bautizada!” El triunfo de una expresión creada en los años veinte y treinta —entre una y dos décadas después de producidos los hechas— puede decirse que fue fulgurante en los cuarenta y cincuenta. “España”, el pueblo es- pañol, se había enfrentado unánimemente contra “los franceses”, o contra Napoleón, en una “guerra de independencia”, y había sa- lido trinnfante. Con ello se demostraba, una vez más, la profunda adhesión de los españoles a su identidad, un rasgo de carácter que habían demostrado múltiples veces a lo largo de la historia frente a las sucesivas oleadas invasoras de la Península. El sentimiento de es- pañolidad, innegable en el pasado, quedaba ratificado en el presen- te: Era difícil pedir un comienzo mejor al proceso de nacionaliza- Guerra de la Independencia”; pero no vuclve a usar esta expresión sino que se refiere a “la revolución española de 1808”, “la guerra de la Península”, “la guerra y revolución de España”, el “alzamiento y defensa (de España)”, cuando no los tres sustantivos del título de Toreno. En sus propios relatos, sin cmbargo, Alcalá Galiano tiende S a mantener la denominación tradicional. Por ejemplo, en su Índote l de la revolución de España en 1808, publicada en la Revista de Madrid en 1839, donde rechaza explícitamente que “cotejados los sucesos de Francia [...] con los de España durante el periodo llamado de la Guerra de la Independencia” sean “los segundos chicos y poco dig- nos del título de revolución”2, ción contemporánco. / La oscilación se iba. a mantencr todavía hasta, aproximadamente, mediados de la década siguiente, E. de Tapia en 1840, E. de Kosca Vayo en 1842, J. Díaz de Baeza cl año siguiente y A. Ramírez Arcas tres más tarde, se muestran aún reticentes a aceptar, sin más, el nue- vo nombre!2, Pero en la segunda mitad de los años cuarenta es ya claro que el término se ha impuesto. En 1844 aparece por fin la his- toria de Miguel Agustín Príncipe, La Guerra-de la Independencia, ver- el mundo académicódatino denomina “contem ha dicho siempre, y se Pyede seguir diciendgén relación con muy diversos procesos, tambiér trucción de la identidad nacion to pudo empezar a hablarse de 1 poráneo del término. | sión canónica hasta que en 1868 Gómez Arteche comience la pu- [ El patriotismo étnico pagó” pues, r plenamente nacional, al blicación de su Historia de la Guerra de la Independencia. En 1860 ve la P menos entre las élites, jus de la guerra antinapo- luz el tomo XXI de la Historia General de España, de Modesto La- É leónica; y ello —ésta fuente, cuya parte TI, libro X, se titula “La Guerra de la Indepen- É dencia de España”, lo cual supone la consagración definitiva de la expresión. Particularmente curiosa es la evolución de Alcalá Galia- no, en cuyas tardías Memorias abundan ya las referencias a la “Guerra de la Independencia”, como término indiscutible. La diferencia con sus propios textos, y en particular con el de 1839, es significativa, 0 central, el cual a su vez convocó unas Cortes, institución'