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Ilustracion, Apuntes de Historia Moderna

Asignatura: Historia Moderna II de Europa, Profesor: jose cepeda, Carrera: Historia, Universidad: UCM

Tipo: Apuntes

2016/2017

Subido el 18/12/2017

ergojpetrus
ergojpetrus 🇪🇸

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Introducción
¿QUÉESILUSTRACIÓN?
I
En 1794, Marie-J ean-Antoine Nicolas de Caritat, marqués de Condorcet, se ocultaba en un
cuartominúsculodelacasaquemadameVernetposeíaenlacalleServandonideParís. Ala
luzdeunavelatapadaparanodescubrirsuparaderoalasacechantesfuerzasdelaRevolución
Francesa,escribióelBosquejodeuncuadrohistóricodelosprogresosdelespírituhumano,
unfragmentobrevedeloquepretendíaserunaobramuchomásextensa.Condorcetfueunode
losgrandesmatemáticosdetodaslasépocas,unodelosfundadoresdelcálculodiferencialy
el primero que estudió el posible resultado del empleo de las matemáticas en la toma de
decisiones,circunstanciaqueleconvierteenunodelospadresdelacienciapolíticamoderna.
Fuetambiéndefensor de la igualdadde derechosde lamujer,los pueblosylas razas,yun
abolicionistaqueplanificóelprimersistemaeducativonacional.Comotodosloshombresde
suclaseenel sigloXVIII,tuvounaparticipaciónintensaenlavidapolítica10.Fuepartidario
activo de la Revolución en los momentos iniciales, representante de París en la Asamblea
Nacionalde 1791yposteriorsecretariodelamisma.Aunquepertenecíaalosgirondinos,el
más moderado de los dos partidos revolucionarios, hasta el día de su muerte vio en la
Revolución una fuerza que había acelerado el curso normal de la historia. Él, como sus
redactores, estaba convencido de que la Constitución no sólo servía para la nueva Francia
republicana, sino también para toda la humanidad11. En diciembre de 1792, cuando la
Asamblea Nacional llevó a los tribunales a Luis XVI, acusado de traición, Condorcet se
manifestó de acuerdo, convencido, como el radical angloamericano Tom Paine —en ese
momentonaturalizadociudadanofrancés—,dequeaquelactoenseñaríaalmundoquetambién
losreyesdebíanrendircuentasdesusdelitos.Noobstante,ydebidoaqueél,comotodoslos
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en contra de la nueva constitución propuesta por los jacobinos, se le tachó de traidor y de
enemigodelaRevolución.El8dejulioemitieroncontraélunaordendebuscaycaptura,de
ahí su refugio en la calle Servandoni. El 25 de marzo de 1794, sintiendo que el Terror le
pisaba los talones y temeroso de que la prolongación de su estancia en la casa pudiera
acarrearle algún daño a la bondadosa madame Vernet, huyó de París, llevando por todo
equipaje un libro de poemas de Horacio. Se cree que pasó la noche del 26 en el campo,
alrededordeClamart,aunosnuevekilómetrosdeParís,yqueel27,exhausto,hambrientoy,al
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Introducción

¿QUÉ ES ILUSTRACIÓN?

I

En 1794, Marie-Jean-Antoine Nicolas de Caritat, marqués de Condorcet, se ocultaba en un cuarto minúsculo de la casa que madame Vernet poseía en la calle Servandoni de París. A la luz de una vela tapada para no descubrir su paradero a las acechantes fuerzas de la Revolución Francesa, escribió el Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano, un fragmento breve de lo que pretendía ser una obra mucho más extensa. Condorcet fue uno de los grandes matemáticos de todas las épocas, uno de los fundadores del cálculo diferencial y el primero que estudió el posible resultado del empleo de las matemáticas en la toma de decisiones, circunstancia que le convierte en uno de los padres de la ciencia política moderna. Fue también defensor de la igualdad de derechos de la mujer, los pueblos y las razas, y un abolicionista que planificó el primer sistema educativo nacional. Como todos los hombres de su clase en el siglo XVIII, tuvo una participación intensa en la vida política^10. Fue partidario activo de la Revolución en los momentos iniciales, representante de París en la Asamblea Nacional de 1791 y posterior secretario de la misma. Aunque pertenecía a los girondinos, el más moderado de los dos partidos revolucionarios, hasta el día de su muerte vio en la Revolución una fuerza que había acelerado el curso normal de la historia. Él, como sus redactores, estaba convencido de que la Constitución no sólo servía para la nueva Francia republicana, sino también para toda la humanidad^11. En diciembre de 1792, cuando la Asamblea Nacional llevó a los tribunales a Luis XVI, acusado de traición, Condorcet se manifestó de acuerdo, convencido, como el radical angloamericano Tom Paine —en ese momento naturalizado ciudadano francés—, de que aquel acto enseñaría al mundo que también los reyes debían rendir cuentas de sus delitos. No obstante, y debido a que él, como todos los buenos liberales —incluido Paine, naturalmente—, negaba el derecho del Estado a disponer de la vida humana, se opuso resueltamente a la ejecución del monarca, actitud que no le ganó amigos entre las filas de los revolucionarios de la línea dura; más tarde, en 1793, cuando votó en contra de la nueva constitución propuesta por los jacobinos, se le tachó de traidor y de enemigo de la Revolución. El 8 de julio emitieron contra él una orden de busca y captura, de ahí su refugio en la calle Servandoni. El 25 de marzo de 1794, sintiendo que el Terror le pisaba los talones y temeroso de que la prolongación de su estancia en la casa pudiera acarrearle algún daño a la bondadosa madame Vernet, huyó de París, llevando por todo equipaje un libro de poemas de Horacio. Se cree que pasó la noche del 26 en el campo, alrededor de Clamart, a unos nueve kilómetros de París, y que el 27, exhausto, hambriento y, al Pagden, Anthony. La Ilustración: y porqué sigue siendo importante para nosotros, Difusora Larousse - Alianza Editorial, 2015. ProQuest Ebook Central,http://ebookcentral.proquest.com/lib/univcomplutensesp/detail.action?docID=4945453.

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parecer, herido en una pierna, se detuvo en una posada y pidió una tortilla. Cuando el posadero le preguntó de cuántos huevos, él respondió: «De doce». Inmediatamente le arrestaron y le condujeron a Bourg-la-Reine, donde debía esperar el enjuiciamiento del temible Tribunal de la Revolución. Sólo los aristócratas comían tantos huevos de una sentada^12. Dos días después, el 29 de marzo de 1794, moría dentro de la cárcel en circunstancias misteriosas, víctima de lo que Edmund Burke, un conservador angloirlandés, orador, filósofo y teórico de la política, calificó resueltamente de «impostura de los políticos moralistas»^13. Condorcet fue una de las víctimas más eminentes, distinguidas y amadas del furor revolucionario; sin embargo, para los enemigos de la Ilustración, tanto de extrema izquierda como de extrema derecha, se convirtió en uno de los peores exponentes de aquella fe en la racionalidad humana que supuestamente había hecho posible la Revolución. «Ese philosophe tan querido de la Revolución —decía el archiconservador Joseph de Maistre—, que dedicó su vida a preparar la infelicidad de la generación actual, deseaba amablemente la perfección de la posteridad»^14. La opinión de Maximilien Robespierre, el sangriento teórico del Terror, no era mucho mejor: «Alguna vez gran geómetra —así lo calificó después de su muerte—, o eso decían los hombres de letras, y gran hombre de letras según los geómetras, acabó siendo un conspirador timorato despreciado por todos los partidos»^15. Gran parte de las críticas, especialmente en el caso de De Maistre, no iban dirigidas contra la obra matemática de Condorcet, aunque su idea de regular la vida con la certeza de la predicción parecía a muchos —por ejemplo, al crítico literario romántico Charles-Augustin Sainte-Beuve— una receta de la «mediocridad universal», en la que no quedaba espacio para «las grandes virtudes y los actos de heroísmo», un mundo flamante y luminoso cuyos desdichados habitantes se morirían de aburrimiento. Se atacaba sobre todo el Bosquejo, su obra más accesible y la que llegaría a ser más conocida^16. Como se desprende en parte de este título tan provisional, el Bosquejo es una historia universal dividida en diez «edades» de la humanidad. Comienza con las pequeñas hordas nómadas de la prehistoria, cuya naturaleza sólo puede deducirse del «examen de las facultades morales e intelectuales y de la constitución física del hombre». Conduce luego al lector por las sucesivas etapas de la evolución social de los seres humanos hasta llegar a la situación contemporánea para él de las «naciones ilustradas de Europa». La última edad existirá en el futuro. Allí será donde todas las promesas del periodo que Condorcet, al igual que sus coetáneos, califica de «Siglo de las Luces» y «Siglo de la Filosofía», y que hoy llamamos Ilustración, «acabarán por cumplirse». Según Condorcet, las ciencias naturales, que tan asombrosos resultados habían obtenido en el siglo XVII, se basaban en una idea única e indiscutible: todas las leyes del universo son «necesarias y constantes» en el tiempo, y puesto que los seres humanos forman parte del universo, el estudio de su historia, aunque no revele leyes tan precisas como las físicas, permite que el historiador «prediga con grandes probabilidades los acontecimientos futuros». En tal caso, ¿qué nos deparará el porvenir? Dada

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ahora que los propios perpetradores se habían quitado de encima a los reyes y a los clérigos, culpables en gran parte de tales horrores, el saqueo pasaría a ser un recuerdo lejano y los pueblos de Asia y de África (por desgracia, ya era demasiado tarde para los pobres indios de América) esperarían pacientemente el día en que pudieran convertirse en «amigos y discípulos» de los nuevos europeos ilustrados. La idea que Condorcet tenía del futuro, si bien criticada y puesta en tela de juicio, continúa ejerciendo una enorme influencia en el imaginario del mundo occidental. Aunque él no empleara nunca el término, se trata de una idea profundamente cosmopolita. El cosmopolitismo, como otros muchos elementos de la tradición filosófica de Occidente, se encuentra entre nosotros desde la Antigüedad. Se dice que el primero en emplear el término fue Diógenes el Cínico en el siglo IV a. C. Célebre por vivir dentro de una cuba y recorrer las calles de Atenas a plena luz del día con un candil en la mano buscando «un hombre justo», respondió así a la pregunta por su ciudad (polis) de procedencia: «Yo soy un ciudadano del mundo (kosmo-polites) »^19. Más tarde adoptaron la palabra los estoicos que, como veremos, influyeron en los cambios de la historia posterior. A pesar de las oprobiosas críticas que recibió el «cosmopolitismo» durante los siglos XIX y XX, por considerarse una forma de inmoralidad y una traición a las creencias del ser humano y a los auténticos objetos de su lealtad, que no residían en el mundo, sino en la nación, la idea ha demostrado una vitalidad considerable. Sirvió de inspiración para la Sociedad de Naciones, para las Naciones Unidas y para el Tribunal Internacional de La Haya y continúa sosteniendo una esperanza, siempre acosada y aun así continua, en la posible existencia de unas leyes auténticamente internacionales. En la actualidad es el fundamento teórico de los conceptos de «justicia internacional», «gobierno mundial», «sociedad civil global» y «patriotismo constitucional»^20. Según las acertadas palabras de Kwame Anthony Appiah, filósofo anglo-ghanés y él mismo cosmopolita ejemplar: «… ciertamente la idea ha demostrado ser toda una superviviente»^21. La versión cosmopolita de Condorcet era, como él mismo, una criatura típica de «la Ilustración». Pero esta afirmación suscita un cierto número de interrogantes, puesto que la propia naturaleza de la Ilustración fue objeto de airados y furibundos debates ya desde el mismo siglo XVIII. Ningún otro movimiento intelectual, ningún otro periodo histórico, ha provocado tanto desacuerdo, tanta intransigencia e incluso tanta indignación. Los conceptos fundamentales de la casi totalidad de los conflictos que han surgido en el mundo moderno cuando se ha querido definir y entender la «naturaleza humana» —modernismo, posmodernismo, universalismo, imperialismo y multiculturalismo— se remiten en última instancia a un modo de entender la Ilustración. Ningún tema de debate histórico, ninguna de las grandes controversias sobre los puntos de inflexión de la historia o sobre el momento exacto del comienzo de la «modernidad» —o sobre el Renacimiento, la Reforma, la Revolución científica o la Revolución industrial— ha tenido tanto peso en las divisiones ideológicas del mundo moderno. El debate a propósito de la identidad de la Ilustración empezó con la Ilustración misma. En

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diciembre de 1783, el Berlinische Monatsschrift, un periódico muy leído y de tono progresista, publicó un artículo de Johann Friedrich Zöllner, teólogo y pedagogo reformista, que trataba sobre la conveniencia de que los matrimonios fueran sólo civiles; tema bastante reservado que habría pasado inadvertido —y que tal vez no habría leído nadie— de no ser por una única nota a pie de página: «¿Qué es ilustración? —preguntaba Zöller—. Preguntar esto es casi tan importante como preguntar qué es verdad y, claro está, se debería responder antes de empezar a ilustrarse. En todo caso, ¡yo jamás he oído la respuesta!»^22. Puede que sea la nota a pie de página más importante de la historia del pensamiento occidental, y sin duda la más discutida. Seis años más tarde, poco después del estallido de la Revolución Francesa, Christoph Martin Wieland, poeta y filósofo alemán —denominado el Voltaire alemán—, cuando se hallaba en el retrete buscando lo que afectadamente calificó de una «maculatura» (en otros términos, un trozo de papel higiénico), encontró «no sin dar cierto respingo de asombro» que aquella hoja «de buen papel blanco y suave» que sostenía en la mano llevaba impresas seis preguntas, la primera de las cuales era: «¿Qué es ilustración?»^23. El debate que Zöllner había comenzado sin darse cuenta parecía un acontecimiento únicamente alemán, pero la amplia difusión del término «Ilustración» — Enlightement en inglés, Aufklärung en alemán, Lumières en francés, Illuminismo en italiano, Oplysning en danés— y la confusión que produjo no se limitaba en absoluto a los países de habla alemana (Alemania no existía aún como tal). En Francia, Inglaterra, España, Suecia, Holanda, Italia y Portugal se formulaban preguntas semejantes por lo menos desde mediados de siglo. A pesar de lo cual, no era cierto que «todo el mundo conociera la respuesta», como afirmaba Wieland con demasiado optimismo. El propio Condorcet, que no tenía por qué padecer de la ansiedad intelectual que afligió a los historiadores modernos, la calificaba de «disposición del espíritu». Los alemanes hablaban de un Denkart, un estado mental; y los franceses, de mentalité o concepción del mundo. Moses Mendelssohn, el gran filósofo judío, lo consideraba la parte teórica de la educación (siendo la cultura la parte «objetiva»)^24. Para Karl Leonhard Reinhold, que fue francmasón y durante algún tiempo novicio jesuita, se trataba del proceso mediante el cual «los hombres capaces de racionalidad se convierten en hombres racionales»^25. Para el jurista prusiano Ernst Ferdinand Klein, más prosaico, significaba libertad de prensa (a veces, en un acto de voluntarismo, quiso imaginar que Federico el Grande, rey de Prusia, la aprobaría). Para el teólogo radical Carl Friedrich Bahrdt consistía en «el derecho más importante, más sagrado y más invulnerable del hombre… a pensar por sí mismo»^26. Era «pura agudeza», en palabras de Georg Friedrich Hegel, el filósofo alemán del siglo XIX, que se infiltraba en el pensamiento humano como un «perfume» o —dado que él, por así decirlo, no estaba muy seguro de sus beneficios— como una «infección»^27. Bien podría ocurrir que, como dijo en 1932 Ernst Cassirer, filósofo alemán (y autor del que aún se considera el estudio más convincente de la Ilustración), «el auténtico pensamiento de la Ilustración no es sólo la suma total de lo que pensaron y dijeron sus mayores representantes», sino un proceso, «el impulso interior de la vida intelectual», que consiste «no tanto en ciertas

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desde luego, que cualquier otra corriente transformadora de la historia. Al igual que el Renacimiento, la Reforma y la muy discutida revolución científica, que la precedieron, o la revolución industrial, la democrática y la socialista, que vinieron después, se resiste a las definiciones simplistas. Fue algo más que una revolución de las costumbres o un proyecto de reforma política o legislativa moderada, como argumentaba el gran historiador italiano Franco Venturi, aunque fue sin duda las dos cosas^31. Fue más que una cultura de salón y más de lo que dice la famosa expresión del filósofo alemán Jürgen Habermas: «un espacio público»^32. No se trató sólo de un nuevo tipo de mercado del libro o de un fenómeno clandestino de osados panfletistas antisistema. Todas estas cosas, cada una a su modo, fueron elementos altamente significativos de la cultura europea del siglo XVIII^33 , pero sostener que uno cualquiera de ellos o todos juntos formaron « la Ilustración» equivale a vaciar el concepto de una gran parte de su contenido filosófico real, sin lo cual el debate se convierte para nosotros —herederos conscientes o no— en poco más que una disputa de anticuarios. Porque la Ilustración fue por encima de todo, tal como sus defensores afirmaron una y otra vez, «el siglo de la filosofía ». Es significativo que Zöllner no preguntara: «¿Qué es la Ilustración?» o ni siquiera «¿Qué es un ilustrado?», un Aufklärer o un filósofo, que habría sido otro modo de formular la misma pregunta. En cambio, se preguntaba «¿Qué es ilustración?». Es decir, no preguntaba por un estado mental, ni por un periodo de la historia intelectual o social, ni por los objetivos de una fraternidad de intelectuales. Preguntaba por el contenido de un proceso intelectual. En la actualidad, cuando hablamos de « la Ilustración» nos referimos también a un momento concreto —el «largo» siglo XVIII, como se ha llamado en algunas ocasiones—, caracterizado por unas inquietudes intelectuales muy distintas a las que relacionamos con el siglo XIX y, sobre todo, con el Romanticismo. Inútil decir que los Aufklärer no se vieron de ese modo. Ellos se identificaban e identificaban sus objetivos con el presente histórico; y sus inquietudes, con el futuro histórico. Eran conscientes de vivir en el siglo de las «luces» o de la «filosofía», pero también, según las célebres palabras de Kant, de que «la edad de la Ilustración no era aún una edad ilustrada»^34. En efecto, el propio Kant no tenía una opinión muy favorable de la situación de la humanidad en su época, ni siquiera dentro de las cultas y refinadas sociedades europeas. En materia civil [escribía aún en 1789] continuamos siendo menores de edad. Se nos juzga conforme a leyes que no podemos conocer en su totalidad y a libros que no entendemos… Esto nos ha colocado en una situación tal de minoría de edad que si desaparecieran todas las imposiciones seríamos incapaces de gobernarnos… Carecemos de la facultad de juzgar por nosotros mismos. En lugar de conciencia natural, tenemos una conciencia artificial que se guía por el criterio de lo aprendido por otros; no es costumbre o virtud, sino obediencia^35. No obstante, si todavía «nos» queda un largo camino para conocernos y ser intelectualmente independientes es que hacemos progresos. Ilustración, como filosofía (aunque, significativamente, no como teología), fue siempre un proceso abierto. Pero nadie, por muy ilustrado que fuera, preveía con exactitud lo que podía deparar el futuro. Todos, sin embargo, daban por sentado la existencia de un avance constante hacia algo parecido a la «Décima

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Edad» de Condorcet. El propio Kant afirmó en cierta ocasión: «sea cual sea el mayor grado de perfección en el que deberá detenerse la humanidad, y por grande que se mantenga el abismo que separa la idea de su ejecución, nadie puede ni debe determinar tales cosas, porque sólo la libertad es capaz de traspasar todos los límites que se propongan»^36. Y aunque podamos discutir otras muchas cosas, lo cierto es que «Ilustración» supuso un interés por comprender la evolución histórica del espíritu humano. Como ha resumido acertadamente el filósofo francés Michel Foucault, la pregunta «¿Qué es Ilustración?» señala «la discreta aparición en la historia del pensamiento de un interrogante que la filosofía moderna no ha sido capaz de responder, pero tampoco de eludir»^37. Y —añade— ha constituido inevitablemente una pregunta que «buscaba una diferencia: ¿qué diferencia real introduce el hoy respecto al ayer?». Puesto que, como vio Foucault, la Ilustración fue sin lugar a dudas un proceso continuo, es posible que ningún movimiento cultural o intelectual anterior o previo haya sido tan profundamente consciente del lugar que ocupó en la historia. En este punto, se distingue de los dos grandes periodos de cambio que la precedieron, el Renacimiento y la Reforma, de los cuales, como veremos, se consideró continuadora en muchos aspectos fundamentales. Muchos habitantes de los siglos XV y XVI hablaron de la experiencia de « un renacimiento», es decir, una recuperación de valores y formas de vida que, según su percepción, estaban enterrados desde la destrucción del mundo antiguo; pero pocos, o ninguno, sentían de verdad « el Renacimiento» como un periodo histórico. Sabían que el mundo había cambiado, pero no atribuían un significado histórico definitivo al cambio. Otro tanto puede decirse de «la Reforma», que pretendía restablecer lo que se pensaba que había sido la primitiva Iglesia apostólica, más tarde pervertida y degradada por siglos de corrupción romana. No cabe duda de que muchos reformadores, y algunos de sus críticos con conciencia histórica, como Paolo Sarpi, que vivió en la Venecia del siglo XVI, sabían que la Cristiandad estaba dividida, quizá irremediablemente, pero no eran conscientes de que los actos y las ideas de Lutero y de Calvino pudieran cambiar la cultura europea para siempre. Y desde luego no era esa su intención. Si el Renacimiento y la Reforma son para nosotros dos épocas claras y diferenciadas del pasado, dos momentos de un gran cambio cultural, moral e intelectual, se debe en gran parte a la «Ilustración», que, conocedora de su propia identidad histórica, los convirtió en sus precedentes. La Ilustración —y así lo dijeron todos sus exponentes— fue, como buena corriente filosófica, una corriente crítica. En este sentido, cabe hablar de auténtico inicio de la modernidad en tanto que proceso abierto en continua progresión y objeto de análisis y revaluación constante. Tuvo, como veremos, una idea clara de cuál era y por qué la dirección que debía tomar la humanidad, pero nunca puso límites a su futuro desarrollo. El objetivo era alcanzar el «estado de civilización» de Condorcet, pero una vez logrado no había por qué detenerse. No existía un final de la historia. Al contrario que el Renacimiento o la Reforma, la Ilustración no empezó queriendo

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significa separar lo verdadero de lo falso, desenredar lo que está enredado, dividir lo complejo en sus componentes sencillos y luego seguirlos hasta sus orígenes. Y por encima de todo, significa que «ningún concepto o pretensión que los hombres tomen por verdaderos están libres de un análisis ilimitado». Sólo así será posible reducir finalmente «la enorme cantidad de errores y engaños perniciosos que oscurecen el entendimiento humano»^42. El fallo, según la opinión de MacIntyre, estaba en que el empeño en la primacía de la razón y el «debate racional» había acabado siempre por desterrar del espíritu humano lo que, desde tiempos de Aristóteles, era el principal sostén de la vida moral, intelectual y política: el concepto de virtud. Una pérdida por la que los hombres no habían recibido nada a cambio. Sus «luces» intelectuales eran en realidad oscuridad moral^43. Pero MacIntyre no es el responsable de esta imagen de la Ilustración como mera aplicación de la razón a las enormes complejidades de la condición humana. Sus artífices fueron los primeros románticos, algunos de los cuales habían crecido a la sombra de la Ilustración. Ansiosos por sustituir lo que consideraban el frío racionalismo, el desalmado secularismo y el cosmopolitismo árido y desarraigado de la Ilustración por un apasionado apego a la patria, a la tierra y a los sentimientos, juzgaron la cultura filosófica de la Ilustración un intento de someter implacablemente a toda la humanidad al peso muerto de lo que ellos, significativamente, llamaban el «imperio de la Razón». Aquello que antes se consideraba un instrumento de libertad pasó a considerarse una forma de esclavitud; lo que antes servía para desenmascarar la confusión intelectual y los engaños de la religión y de la entrega acrítica a las costumbres, pasó a considerarse una forma de engaño en sí misma. La razón humana, se decía, era, en el mejor de los casos, un instrumento lleno de imperfecciones para entender la condición humana; y la fe supuestamente acrítica que la Ilustración depositaba en ella había conducido a formas de esclavitud que en épocas pasadas la historia humana no se había atrevido siquiera a imaginar. Ya en 1774, Johann Gottfried Herder, filósofo e historiador alemán, en principio uno de los más devotos pupilos de Kant y más tarde uno de sus críticos más decididos y perspicaces, condenaba lo que él llamaba el cacareo sobre la «civilización» y la «ilustración» heredado de «nuestros Voltaire y Hume, Robertson e Iselin… clásicos fantasmas del ocaso». Los que «alababan las luces de nuestro siglo; es decir su superficialidad y su desenfreno , su acaloramiento en las ideas y su frialdad en los actos, su fuerza aparente y su aparente libertad , la debilidad letal y el agotamiento ocultos bajo la incredulidad, el despotismo y la ostentación » , fueron víctimas de un engaño y su proyecto se quedó en fraude filosófico^44. A partir de ahí es fácil echar la culpa absoluta de los excesos del positivismo de finales del siglo XIX, de la Revolución Industrial y de los horrores de la modernidad que se siguieron a las perversas ambiciones del «Siglo de la Filosofía». La caracterización que el Romanticismo hizo de la Ilustración y su consiguiente condena inspiraron un feroz ataque moral no sólo contra todas las formas de racionalismo sino contra la totalidad del edificio de la «civilización occidental». La índole depredadora de los europeos constructores de imperios de finales del siglo XIX y los horrores de la primera mitad

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del XX contribuyeron a consolidar la idea de que toda fe en la capacidad humana de mejora a través de la razón y el conocimiento, todo ensayo de crítica y toda creencia en el universalismo en cualquiera de sus manifestaciones sólo podían conducir al camino que supuestamente había recorrido ya Europa: de los engaños de la Ilustración al nacionalismo, al imperialismo, al racismo seudocientífico, a la movilización de las masas por parte del «socialismo científico» y por fin, inexorablemente, a las cámaras de gas de Auschwitz. Tal vez la versión más extrema y más influyente de este juicio sea la Dialéctica de la Ilustración, una obra breve, a veces perversa, pero también inmensamente inteligente, publicada en 1947. Para sus autores, Max Horkheimer y Theodor Adorno, ambos huidos de la Alemania nazi y refugiados en Nueva York, el gran enemigo era la cultura técnica del mundo moderno y las instituciones que la posibilitaron, de cuya manifestación más horrenda los dos habían sido testigos. Todo lo cual, a su parecer, fue posible por la Ilustración. No criticaban la idea de «liberar a los hombres del miedo y hacerlos dueños de sí mismos». La tragedia, tal como ellos lo veían, era que la Ilustración no había conseguido ninguna de las dos metas. Por el contrario, al separar el mito de la razón y entronar esta última como único bien humano, la propia Ilustración se había transformado en un mito, «el mito de que podemos prescindir de la imaginación mítica»^45. El resultado fue una especie de quimera perversa que dejó tras de sí una estela de atrocidades y cuyo resultado fue «una tierra plenamente iluminada que irradia un triunfal desastre». Engañada por su fe en la capacidad de los seres humanos para superar su estado por medio de la razón, la Ilustración, resuelta a hacer coincidir sus ideas con la realidad, impuso al mundo toda suerte de horrores. Todas las revoluciones intelectuales del siglo XIX, a cuyo estallido contribuyeron a pesar suyo los propios románticos, el auge del nacionalismo, el fracaso de las ciencias humanas creadas por los «inflexibles enciclopedistas», que acabaron por convertirse en positivismo, racismo —«esa soberbia del individuo burgués convertida en barbarie colectiva»— y por fin neodarwinismo, eugenesia, etc.; todo esto y mucho más era para Horkheimer y Adorno el resultado inevitable de la pretensión dieciochesca de vivir exclusivamente conforme a la razón. Antes del siglo XVIII «sólo los pobres y los salvajes estuvieron expuestos a la ferocidad de los elementos capitalistas» (ya que incluso el mercado fue una criatura inevitable de la Ilustración), pero cuando la Ilustración se adueñó de la imaginación de los europeos, el autoritarismo y el imperialismo, «la más terrible manifestación de la ratio », adoptando la nueva y espantosa forma de fascismo y nacionalsocialismo, se impusieron al mundo entero. «Y fue la mano de la filosofía la que lo escribió en la pared»^46. Horkheimer y Adorno no fueron los únicos en achacar la responsabilidad del Holocausto a una cierta forma de ilustración. Después de la Segunda Guerra Mundial circularon ampliamente algunas versiones mucho más groseras de su tesis, quizá porque se necesitaba algo mayor que la maldad humana para explicar lo que parecía inexplicable: el horror absoluto de Auschwitz. En julio de 1946, Kurt Kauffmann, abogado defensor de Ernst Kaltenbrunner, el oficial de las SS de más alto rango juzgado en Nuremberg por crímenes

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vínculos afectivos propios del medio en el que han nacido. La razón fue una forma específicamente europea de tiranía.

III

Naturalmente, decir que la Ilustración consistió en someter todos los aspectos de la vida humana a la razón no carece de fundamento. De haberse tratado únicamente de una opinión no habría tenido una vida tan larga. Ser un ilustrado, como dijeron todos, equivalía a ser crítico, y la crítica necesita de la razón. Como argumentaba Kant en la más famosa de las numerosas respuestas que recibió la inquietante pregunta de Zöllner, la razón era lo único que permitía al individuo todavía infantil abandonar la «minoría de edad causada por él mismo». La minoría de edad, explicaba Kant, era la «incapacidad de utilizar el entendimiento sin la guía de otro». La palabra empleada por Kant, Unmündigkeit, hace referencia a la situación legal de los niños y las mujeres, que tanto en el código civil romano como en las leyes de la Alemania contemporánea del filósofo carecían de capacidad para representarse ante un tribunal, cosa que debía hacer por ellos un adulto de sexo masculino^49. Para superar esa minoría, explica Kant sirviéndose de la imagen de un andador, tenían que «abandonar las riendas del carrito que los sujeta». El andador estaba pensado para que los niños aprendieran a caminar; en cambio, el andador de la sociedad, la Iglesia, las convenciones sociales y los prejuicios sólo creaban una ilusión de aprendizaje; en realidad, tenían la intención de mantener al niño atado de por vida. ¡Y era tan fácil —reflexionaba Kant— y tan cómodo aceptar la situación! La mayor parte de los hombres (y la totalidad del «bello sexo» —Kant no hablaba como un ilustrado cuando se refería a la mujer) vivía de un modo más parecido al de los niños o los animales domésticos. «Si dispongo de un libro que piensa por mí, de un pastor que tiene conciencia por mí, de un médico que juzga mi dieta por mí, etc., es evidente que no necesito preocuparme de mis cosas. Basta con que pueda pagarlo para no tener la necesidad de pensar; otros se harán cargo en mi lugar de las labores tediosas». La Ilustración dará al individuo la posibilidad de caminar por su cuenta. Liberará al hombre (y poco a poco también a la mujer) de las limitaciones que se le han impuesto. No obstante, para llegar a esa conclusión deberá cuestionarse qué es lo que han dicho su pastor, su médico, los libros que lee e incluso los gobernantes que le gobiernan. Tendrá que renunciar a «los dogmas y a las fórmulas, a todos esos instrumentos mecánicos del uso (mejor dicho, del mal uso) racional de los talentos naturales de la humanidad», a todo aquello que representaba «la bola y la cadena de su permanente minoría de edad»^50. Y para lograrlo, tendrá que pensar por sí mismo. Para Kant, aunque ni mucho menos sólo para él, el lema de la Ilustración era la célebre frase de Horacio, sapere aude , es decir «atreverse a saber», y no cabe duda de que para saber hay que recurrir a la razón. Sin embargo, como espero demostrar, no todo acababa aquí^51 , porque en el centro del «proyecto ilustrado» estaba la voluntad de alcanzar ni más ni menos que una nueva definición Pagden, Anthony. La Ilustración: y porqué sigue siendo importante para nosotros, Difusora Larousse - Alianza Editorial, 2015. ProQuest Ebook Central,http://ebookcentral.proquest.com/lib/univcomplutensesp/detail.action?docID=4945453.

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de la naturaleza humana, para lo cual no basta con aplicar la razón con absoluta libertad. Se necesitaba, en primer lugar, comprender las «pasiones», especialmente las que en el siglo XVIII se denominaban «sentimientos». Se necesitaba una reevaluación completa de la sociabilidad humana y, por descontado, de la historia de los hombres; además de una nueva forma de entender el lugar que ocupa la humanidad en la naturaleza contando con que la naturaleza no depende de ningún designio divino. Se necesitaba un estudio de las diferencias —y de las semejanzas—, en particular las que presentaban los millares de pueblos repartidos por toda la Tierra. El resultado fue lo que durante el siglo XVIII se denominó «ciencia del hombre», que sustituía a todas las ideas anteriores —muy especialmente las de los teólogos— sobre la condición humana. La Ilustración aspiraba a describir y definir a la humanidad en sus aspectos inmensamente variados, como lo habían hecho —con otros métodos e instrumentos— las ciencias naturales que durante el siglo XVII lograron avances asombrosos en la descripción y definición del mundo natural. Según la concepción de D’Alembert, la nueva ciencia compararía una serie de «mapamundis basados en distintas proyecciones», un hilo o una «cadena» de verdades —a D’Alembert le gustaba mezclar sus metáforas— que guiara a la humanidad para salir del laberinto en el que había estado presa durante siglos^52. El proyecto consistía en demostrar la verdad irreductible de dos supuestos básicos que, desde entonces, han sido fuente de controversia. El primero dice que si bien la especie humana es única entre las especies animales, no tiene nada que ver con la divinidad (ni siquiera aceptando que esa divinidad exista). La «ciencia del hombre» había de ser resueltamente laica. El segundo afirma que existe una «naturaleza humana» universal que puede ser entendida allí donde se encuentre. Las numerosas, evidentes y reconocibles diferencias entre europeos, asiáticos, africanos y amerindios eran el resultado del ambiente, la educación y la cultura. Aunque tales cosas no se consideraban irrelevantes o accesorias, ninguna pertenecía a la estructura de la condición humana. De todo ello se desprende que los seres humanos comparten una disposición común a la vida social, universal y política en lo que en última instancia podría denominarse la «ciudad mundial» o «cosmópolis». Según el filósofo contemporáneo francés Jean-François Lyotard, introductor del término «posmodernismo», los seres humanos son básicamente criaturas narradoras, no tanto Homo sapiens como Homo fabulans, y lo que se cuentan unos a otros mantiene viva su conciencia. Las religiones y los sistemas políticos son relatos, y el gran problema de la historia del pensamiento occidental —se lamentaba en 1978— era que procedía de lo que él llamaba el «metarrelato» (grand récit) de la Ilustración. La finalidad de aquel metarrelato no era someter la indócil personalidad humana a la razón, sino crear —siempre según Lyotard— el imposible concepto de identidad humana universal; un destino humano universal que él denominaba «cosmopolítico»^53. En eso consistía la historia del mundo moderno, que —o así lo creía él— iba a ser sustituido por el mundo «posmoderno». El mundo moderno había «arraigado en el lector a través de siglos y siglos de humanismo y de “ciencias humanas”». En la medida en que ese fue efectivamente el objetivo del «Siglo de la Filosofía», Lyotard lleva razón. La presente

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Press, Princeton, 1951. 29 James Boswell, Journal of a Tour to the Hebrides with Samuel Johnson, 1733 (eds. Frederick, A. Pottle y Charles H. Bennet), p. 189, McGraw-Hill, Nueva York, 1961. 30 Todos estos puntos de vista históricos están resumidos y analizados en Dan Edelstein, The Enlightenment: A Genealogy, pp.19-28, University of Chicago, Chicago, 2010. 31 Básicamente es la tesis de la magnum opus de Venturi, Settecento riformatore, Einaudi, Turín, 1969-1980. 32 The Structural Transformation of the Public Sphere: An Enquiry into a Category of Bourgeois Society, trad. T. Burgher, Harvard University Press, Cambridge (Massachusetts), 1989. 33 Todos estos puntos de vista históricos están resumidos y analizados en John Robertson, The Case for Enlightenment: Scotland and Naples 1680-1760, pp. 1-44, Cambridge University Press, Cambridge, 2005, y en Jonathan Israel, Democratic Enlightenment: Philosophy, Revolution and Human Rights, 1750-1790, Oxford University Press, Oxford, 2011. 34 An Answer to the Question: «What is Enlightenment?», en Practical Philosophy (trad. y ed. Mary J. Gregor), 21: AK 8: 40, Cambridge University Press, Cambridge, 1996. 35 Reflexionen zur Anthropologie, no. 1524, AK 16: 898-9. 36 Critique of Pure Reason (trad. y ed. Paul Guyer y Allen W. Wood), 397: A317/B373-4, Cambridge University Press, Cambridge, 1998. 37 «Qu’est-ce que les Lumières?», en Dits et écrits 1954-1988, cap. IV, p. 562, Gallimard, París, 1994. 38 Essai sur les éléments de philosophie ou sur les principes des connaissances humaines [1759], p. 19, Fayard, París,

39 Critique of Pure Reason, 100: A. XII. 40 Système de la Nature, en Œuvres philosophiques complètes, II, p. 165 (ed. Jean-Pierre Jackson), Editions Alive, París,

41 Esquisse d’un tableau historique des progrès de l’esprit humain, p. 74. 42 «A Couple of Gold Nuggets from the… Wastepaper, or Six Answers to Six Questions», en Schmidt, What is Enlightenment?, p. 80-1. 43 Para un análisis más detallado, véanse las pp. 428-33, más adelante. 44 Treatise on the Origin of Lenguage en Philosophical Writings (trad. y ed. Michael N. Forster), pp. 151-2, Cambridge University Press, Cambridge, 2002. William Robertson e Isaac Iselin fueron historiadores, escocés y suizo respectivamente. 45 Dialectic of Enlightenment, trad. John Cumming, cap. 3, p. 12, Herder & Herder, Nueva York, 1972. Y véase también la excelente referencia en Yvonne Sherratt, Continental Philosophy of Social Science: Hermeneutics, Genealogy and Critical Theory from Greece to the Twenty-First Century, pp. 203-9, Cambridge University Press, Cambridge, 2006. 46 Dialectic of Enlightenment, pp. 86-9. 47 Nuremberg Trial Proceedings , vol. 18, martes 9 de julio de 1946, The Avalon Project, Yale Law School, http://avalon.law.yale.edu/imt/07-09-46.asp. 48 Enlightenment’s Wake: Politics and Culture at the Close of the Modern Age, Routledge, Londres y Nueva York, 1997. 49 Véanse los comentarios de James Schmidt, What is Enlightenment?, p. 63, 1. 50 An Answer to the Question: “What is Enlightenment?”, en Practical Philosophy, 17: AK 8: 35-6.

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51 Un excelente estudio sobre lo que él entendía por dos «Ilustraciones», en Michael L. Frazer, The Enlightenment of Sympathy: Justice and Moral Sentiments in the Eighteenth Century and Today, Oxford University Press, Oxford, 2010. 52 Véanse las pp. 182-3 más adelante. 53 The Post-Modern Condition: A Report on Knowledge, trad. Geoff Bennington y Brian Massumi, Manchester University Press, p. XIII, Manchester, 1984.

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