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L INDUSTRIALIZACIÓN Y SOCIEDAD JOSÉ A. GARMENDIA Al hablar de industrialización la imagen que nos asalta es la fábrica o instalación en la que obreros -—más bien muchos— trabajan organizados/dirigidos según un plan (de fabri- cación, ventas, etc.) para la obtención de de- terminados resultados, Una sociedad se habría industrializado o habría llevado a cabo la «re- volución industrial» al predominar en ella la organización de la producción en fábricas y, consiguientemente, la población ocupada en el sector industrial o secundario. El proceso implicaría: fuertes inversiones en capital fijo en indus- trias e infraestructuras, aplicación sistemática de técnicas, preferente- mente las de maximización de la energía, a la producción, producción estandarizada a gran escala, gradual constitución de la empresa en factor integrador de la vida económica y social (D. Apter, 1970, 289). Naturalmente, las fábricas no surgieron de* las cabezas pensantes de ilustrados y utilita- ristas, del «espíritu» capitalista de la ética protestante o de los inventores e innovadores de tecnología. La causa inicial de la industria- lización fue, sin embargo, todo eso más la cri- sis gradual del sistema gremial, el auge del comercio, el cercamiento de tierras y consi- guiente éxodo rural y creciente urbanización, la acumulación de capital en algunas manos, etc, Todo ello implica modernización sobre la que se asienta con éxito la industrialización (1. Berg, 1979, 10 y sigs.), que comporta una 18 INDUSTRIALIZACIÓN Y SOCIEDAD galaxia de revoluciones (Ph. Deane, 1982) en la agricultura, los transportes, el comercio, la . tecnología y la misma industria, Cabe afirmar, sin embargo, que la industria es el origen de la industrialización: frase de Perogrulto que puede semos útil para indicar que, con inde- pendencia de las necesarias transformaciones previas del sistema social, fue la industria la clave de la nueva sociedad. La explicación del proceso en sociedades concretas ha corrido a cargo de prestigiosos historiadores. A un nivel más genérico, aque- lla explicación se apunta a dos frentes princi- pales: el de la teoría de la modernización pro- piamente dicha y el de la teoría marxista. MODERNIZACIÓN El proceso modernizador se entiende como Difusión de orientaciones de la acción que privilegian actitudes del primer elemento de los pares siguientes: 'UNIVERSALISMO/PARTICULARISMO ESPECIFICIDAD/DIFUSIVIDAD ADQUISICIÓN/ADSCRIPCIÓN pragmáticas más que por impulsos afectivos. A y B se relacionan fundamentalmente en cuanto tenedores de posiciones y ejecutores de roles, prescindiendo de sus particulares características de vecindad, amistad, raza, etc, A y B otientan su interacción fundamentalmente por las expectativas de realización de uma función precisa más que de un conjunto multivariado de habilidades. A y B orientan su interacción fundamentalmente en función de méritos contraídos (status adquiridos), por encima de consideraciones del tipo «ser de buena famika». ser heredero de una gran fortuna, ser «wasp», etc, (status adscritos). NEUTRALIDAD AFECTIVA/AFECTIVIDAD A y B orientan su interacción fundamentalmente por razones fencionales, interesadas y Sobre estos pares de variables-patrón basa T. Parsons la «explicación» del sistema social y de la diversidad de sociedades industriales y no-industriales (T. Parsons, 1986). Todo ello hay que entenderlo como caricaturas o tipos ideales que nunca se dan nítidamente en la realidad. El advenimiento de la sociedad in- dustrial comporta, en efecto, algún declive modernizador del particularismo, de la ads- cripción, etc. De lo contrario, no acabaría de explicarse el empresariado innovador o la es- pecializada división del trabajo o la creciente competencia y competitividad, etc. En cuanto tipos ideales son orientadores de la evolución general, sín que ello desoriente la percepción de la realidad, la propia de la sociedad indus- trial moderna poblada de gente que muere po- bre por haber nacido pobre (adscripción), o que es definida respetable por gozar de reco- mendación e influencia (particularismo), etc. La utilidad orientadora del esquema debe incorporar la cautela de que la misteriosa evo- lución del espíritu no es milagrosa. Su encar- nación en sociedad industrial ha sido san- grienta con el imprescindible auxilio de la violencia, la «gran partera» de la historia. La tipología anterior es paralela a otras ciá- sicas, referidas a las sociedades, según: E. Toennies: «Gesellschaft» (sociedad contrac- tual)«Gemeinschaft> (sociedad comunitaria). E. Durkheim: sociedad compleja (animada de solidaridad orgánica)/simple (animada de solidaridad mecánica). Max Weber: sociedad racional moderna/so- ciedad tradicional. Otras dicotomías contrastan, finalmente, la sociedad industrial y la sociedad militar (EL. de Saint Simon, A, Comte, H. Spencer), la sociedad modema y la sociedad «folk» (R. Redfield), etc. Diferenciación de estructuras y funciones. Así, en la sociedad feudal la confusión de lo económico y lo político implica una propie- dad eminente o mezcla de titulaciones: el se- or no sólo era dueño económico, sino polí- tico en cuanto soberano en su territorio. La sociedad industrial significaría, en cambio, una organización económica con un estatuto independiente y fundamental. En general, el establecimiento de unidades más autónomas y especializadas obedece al proceso diferencia- dor entre lo económico, lo político, lo legal- organizativo y lo cultural dentro de cada una de estas esferas: economía: distinción entre producción y con- sumo con la consiguiente separación del lugar de trabajo (fábrica) y de consumo (hogar), superando la economía de subsis- tencia y abriendo mercados más amplios. Los productos se hacen mercancía, inclu- yendo el trabajo cambiado por salario. Los procesos de éxodo rural y urbanización con la acumulación de problemas sociales en las ciudades, la reducción del tamaño de la familia (de extensa a nuclear) y su pérdida de funciones, el cambio de sus pautas de reproducción (transición demográfica) se- rían lógica consecuencia. INDUSTRIALIZACIÓN Y SOCIEDAD 19 El símbolo de los nuevos tiempos será la fábrica como centro organizado de produc- ción de acuerdo con una nueva división técnica y social del trabajo. La estructura ocupacional, con inclusión de las «ocupa- ciones» de empresario y asalariado, será la base fundamental de la desigualdad social. La complicación de la producción compor- tará el progresivo desarrollo de las ocupa- ciones de servicios. El sistema económico se dotará de instituciones financieras más ligadas a la producción (que a la especula- ción): la nueva banca, nuevos instrumentos de crédito, etc, política: la revolución industrial burguesa se identifica con aquella formación político- territorial garantizadora de la existencia y desarrollo expansivo del mercado interior y exterior para la producción capitalista... la igualdad jurídica ante la ley será el argumento revolucionario (sentándose las bases de) la li- bre circulación de personas, mercancías y di- nero por todo el territorio nacional (C. Moya, 1981, 161). La separación/división de poderes —judi- cial, legislativo y ejecutivo— será un mo- mento más del proceso diferenciador. organización y ley: binomio básico para la coordinación y funcionamiento general. La kgitimación de esta tarea estaba en manos de la autoridad tradicional, basada en la costumbre y privilegios atribuidos por rá- zones de parentesco, linaje, edad, invoca- ción de la voluntad divina, etc. En la nueva sociedad aquella legitimación invoca la autoridad legal-racional, siendo la organi- zación burocrática la nueva tecnología de administración, que operaría sobre una de- finición impersonal y racional de derechos y deberes. En la definición de aquellos derechos y de- beres pugnan asociaciones de partidos, sin- dicatos, grupos de presión y otras formas de organización y movilización. Su culmi- nación sería la de la llamada sociedad de organizaciones. 22 INDUSTRIALIZACIÓN Y SOCIEDAD de la posibilidad real de un «desarrollo de- pendiente asociado» (Cardoso, :1977). Por ello se proclama la acción planificadora y no me- cesarjamente el cierre del sistema o la revolu- ción. Desde su esquema del «moderno sistema mundial», L Wallerstein se ocupa con algún detenimiento de los países llamados «semipe- riféricos», incluidos los entonces (años seten- ta) llamados socialistas, que serían parte del modemo sistema mundial capitalista, aunque ejerciendo de «fuerzas antisistémicas». Obser- va Wallerstein que, si bien la semiperiferia y los estratos intermedios pueden amortiguar la dialéctica explotadoresfexplotados, su «coop- tación» por los de arriba acaba por ser disfun- cional; Un sistema de distribución desigual (todos los sistemas hasta ahora conocidos) sólo es po- sible mediante la represión que es función de la relación de dos curvas: la capacidad y voluntad de los de arriba para reprimir y la capacidad y voluntad de los de abajo para rebelarse. Pero en el tiempo histórico, dentro de la economía- mundo capitalista, la primera curva está des- cendiendo continuamente y la segunda crecien- do. El costo de la represión es la redistribución parcial del excedente a los represores, que de hecho son los estratos intermedios. El proceso se llama «conptación». Pero cada cooptación es menos «valiosa» que la anterior, puesto que implica deducciones posteriores de un porcen- taje declinante del excedente controlado por los de arriba (Wallerstein, 1, 1974). Desde los tiempos que produjeron estas teorías, incluidas las clásicas de la moderniza- ción, la historia ha registrado cambios tre- mendos: no sólo el final del «socialismo real» en muchos países, sino la revolución de las muevas tecnologías. Esta última ha supuesto una profunda transformación de la función de producción y algunos países las han aprove- chado para modemnizarsefindustrializarse y sa- lir de la periferia, Nuevos e inesperados (por las «grandes teorías») hechos se han produ- cido y reclaman algún humilde y replantea- miento serio..., pero después del fracaso es difícil y hasta temerario atreverse. INDUSTRIALIZACIÓN COMO IMPLANTACIÓN DEL CAPITALISMO Por industrialización se entenderá aquí el triunfo del capital industrial como factor bá- sico de la nueva sociedad. La lógica del capi- tal confiere otro sentido a la división del tra- bajo, fundamentalmente explosiva en cuanto contradictoria división trabajo/no-trabajo (ca- pital). Si desde una teoría de la moderniza- ción, la división del trabajo puede ser anómi- ca (E. Durkheim), ésta es aquí necesariamente patológica, aun cuando se considere el capita- lismo como un «estadio positivo» (en cuanto superación del fendalismo) en la evolución de la sociedad. La lógica del capital determina en última instancia el sistema social: econo- mía, política, ley-organización y cultura (in- cluida la ideología dominante, que se en- tiende ideología de la clase dominante). A la nueva sociedad industrial, superadora de las contradicciones de la sociedad tradicio- nal-feudal, se habría accedido por dos vías (C, Marx, 1965, libro HIT, 319 y sigs.): «El productor se convierte en comerciante y capitalista..., éste es el camino realmente revolucionario.» Se trata de la llamada vía inglesa. «El comerciante comenzó a apoderarse direc- tamente de la producción... conserva (el antiguo régimen) y lo mantiene como su premisa»... pero con el tiempo se convier- te en un «obstáculo al verdadero sistema de producción capitalista y va decayendo al desarrollarse éste». Se trata de la llama- da vía prusiana. : Ernest Mandel (1972) relata las vicisitudes que ya desde el siglo XI sufrían los artesanos a medida que se trabajaba para mercados más vastos y distantes que el urbano local. Á par- tir del siglo xIv iría aumentando la subordina- ción del artesanado —sobre todo, textil— al comerciante, que monopoliza el mercado y obliga a aquél a comprarle materias primas y medios de producción. Para escapar al protec- cionismo y oposición organizada de los gre- mios, de la que son ejemplos las luchas de clases artesanos/fcomerciantes en comunida- des flamencas e italianas, los comercianies se sirven, para los mismos fines, de los artesanos del campo («putting out system»). La cada vez más poderosa burguesfá mercantil llegaría a adueñarse de la explotación minera y fabri- cación de armas y municiones porque sólo ella podía afrontar los grandes gastos de ins- talación, obteniendo de los poderes públicos el monopolio de explotación e importantes concesiones: por ejemplo, a familias de co- merciantes-banqueros. Este capitatismo co- mercial, cada vez más inmerso en la estruc- tura del mismo poder político —a su vez interesado en su afianzamiento—, impondría el sistema fabril. La explicación de la industrialización sobre el binomio comerciante-Estado —vía pru- síana— es también defendida por P. M, Swee- 2y, frente al que M, Dobb (P. M. Sweezy, M. Dobb y otros, 1980) sostiene «lo contra- rio»: es decir, el pequeño, y más tarde me- diano, capital agrario-industrial (agricultores prósperos, artesanos independientes, maestros y oficiales de algunos gremios, etc.) fue mi- nando la sociedad feudal y desenmascarando finalmente su envoltura mercantilista tardía: El Nuevo Ejército Modelo de Cromwell y los Independientes, que fueron la auténtica fuerza impulsora de la revolución (burguesa in- glesa), sacaron su fuerza principalmente de los centros provinciales de la manufactura y de sectores de la nobleza menor y del tipo inter- medio de agricultor libre... El capital comer- cial, lejos de desempeñar siempre un papel pro- gresista, se encontraba a menudo aliado con la reacción feudal del absolutismo (M. Dobb, 1946, 123 y sigs). En estas capas rebeldes, más bien que en los capitalistas usureros mercantilistas, habría INDUSTRIALIZACIÓN Y SOCIEDAD 23 de refugiarse el «espíritu del capitalismo» weberiano, imbuido de puritanismo y ascética protestante. Esto responde a la vía inglesa de industrialización o revolución desde abajo. Sin entrar a polemizar, es razonable admitir el «feed-back» de ambas vías. Sin embargo, el predominio de cualquiera de las dos explica- ría las enormes diferencias de la industrializa- ción en los diversos países. Dlustraría también a heterogeneidad de culturas industriales y de empresa. En este contexto procede referir muchas de las peculiaridades del estilo japonés a la espe- cial manera de industrialización. Como Ale- mania, aquel país adoptó la llamada vía pru- siana: es decir, la industrialización fue promovida desde arriba y sin romper con los valores tradicionales. La llamada vía inglesa, en cambio, supuso una ruptura con éstos y fue fruto de la pequeña y mediana burguesía in- dustrial y agraria inspirada en una ética libe- ral e individualista. Pero Japón y Alemania se habrían industrializado desde el impulso deci- sivo de instancias superiores: el complejo lati- fundista-burocrático-militar prusiano y de los Meiji informó autoritaria y disciplinadamente la marcha colectiva hacía la sociedad indus- trial y la consiguiente configuración de una peculiar cultura organizativa. Es lógico supo- ner que esta vía propiciara los valores de or- den, seguridad y cierto tipo de colectivismo participativo en el marco de la sumisión y de una fuerte autoridad. Aquí seguiría fuerte la <«Gemeinschaft», cuya expresión nacionalso- cialista y nacionalista uniría a ambos países «prusianos» frente a los «ingleses» en la Se- gunda Guerra Mundial. He aquí una ilustración de lo dicho re- cordando las conclusiones de un alemán (R. Dahrendorf) y de un japonés (K. Taka- hashi): En contraste con otros países industrializa- dos, en Alemania no se desarrolló un indivi- dualismo económico o un capitalismo liberal... La burguesía industrial se sometió al esquema de valores burocrático-militares de sus predece- sores... La burguesía clásica necesitaba la de- 24 INDUSTRIALIZACIÓN Y SOCIEDAD mocracia con el fin de extender y garantizar, por el control político, las posiciones económi- cas conseguidas por el propio esfuerzo, Pero la sociedad alemana no conoció este tipo de bur- guesía clásica. La industrialización —que en Estados Unidos e Inglaterra fue obra original de una burguesía más bien desposeída de dere- chos políticos— fue en Alemania una revolu- ción desde arriba. En los años decisivos com- prendidos entre 1871 y 1914 fue el Estado el gran agente del desarrollo económico: es decir, la aristocracia industrial fue el autor de un pro- ceso que, en otras sociedades, le despojaría de sus privilegios (R. Dahrendorf, 1962, 260). Las revoluciones de Europa Occidental, acompañadas de la independencia y ascensión de los pequeños productores de mercancías, li- beraron las fuerzas que conducían —económti- camente, como si dijéramos— al desarrollo de la producción capitalista, mientras que en Pru- sia y Japón esta «emancipación» se llevó en el sentido opuesto. La propiedad feudal de la tie- rra siguió intacta, y las clases de campesinos li- bres e independientes y de burgueses de clase media quedaron sin desarrollarse. El capitalis- mo tenía que desenvolverse aquí sobre la base de una fusión con el absolutismo y no de un conflicto con él (K. Takahashi, 1980, 105). Son frecuentes las referencias de estas pe- culiaridades históricas al advenimiento de for- mas totalitarias, como la del nacionalsocia- lismo alemán. Ante las exaltadas bondades del «estilo japonés» es recomendable, pues, alguna cautela, La INDUSTRISLIZACIÓN EN ESPAÑA La acumulación originaria y, en general, la industrialización empezó a estar marcada con la dependencia de otros países que sí inicia- ban la mueva carrera. La exportación del oro colonial servía para la consiguiente importa- ción —y, por lo mismo, no producción — de manufacturas. Ello convive con la pobreza de mentalidad «protestante» en un país de con- quistadores, aventureros y misioneros. Pese a sucesivas desamortizaciones muy posteriores, la industrialización se retrasa y tal retraso se reproduciría viciosamente: Los campesinos no encuentran puesto de tra» bajo y permanecen en el campo. Esto abarata la mano de obra agrícola y frena la reforma agra- ria. Al latifundista le es más rentable emplear mano de obra que capitalizar su explotación. Y el freno de la reforma agraria frena, a su vez, el desarrollo industrial: no demanda de maquí- naria y no capacidad de compra de bienes de consumo (R. García Durán, 1979, 12). Las políticas desamortizadoras del siglo xpx no impulsaron la industrialización «desde abajo», seguramente porque aquéllas habían sido interesadamente controladas «desde arriba»: es decir, desde el binomio Estado y aristocracia latifundista. Jordi Nadal (1980, 60) relata así este sesgado proceso: La desamortización eclesiástica se llevó a cabo con el doble fin de sanear la Hacienda Pú- blica y de asegurar en el trono a Isabel II, o en el poder a los liberales. Para alcanzar el uno, adtmitiéronse los títulos de la deuda consoli- dada como medios de pago. Para alcanzar el atro, aceptáronse dichos títulos por su valor no- minal, a pesar de hallarse enormemente depre- ciados. Con ellos los especuladores pujaron cuanto quisieron, derrotando en la subasta a los campesinos, que hubieran querido pagar en lar- gos plazos, pero en efectivo, El sístema de pago adoptado benefició a unos pocos, acen- tuando de este modo el fenómeno de la concen- tración territorial en manos de una nueva clase de propietarios absentistas, que hizo depender en grado muchas veces de servidumbre a los peor dotados económicamente. Como resultado de todo ello, aumentó el peso de los propietarios agrarios latifundistas, que suponían el 1 por 100 de la población terrateniente, pero provis- to del 47 por 100 de la riqueza catastral (G. Tortella, 1975) España se ruralizó más todavía. Si la pobla- ción activa agraria constituía el 57,5 por 100 de la población activa total en 1800, un siglo después tal porcentaje se elevaría a 66,6 (1. Fernández de Castro, 1974) la productividad en el campo se sitúa a la cola de Europa: tan sólo 7 Hl por hectárea frente a los 9 de Rusia, los 15 de Francia y los 30 de Escocia e Inglaterra (P. Carrión, 1932). Así pues, el siglo acabaría en desastre, tal como ha sido ilustrado por J. Nadal sobre el clásico esquema de G. W. Hoffmann, Se dis- finguen tres efapas o estadios de la industriali- zación europea en función de la «ratio» valor añadido de la industria de bienes de con- sumofvalor añadido de la industria de bienes de capital. Existiría un «pattern» general de industrialización en función del recorrido por las tres etapas: Estadio 1, con «ratio» 3 (1)/1 Estadio 2, ídem 2,5 (211 Estadio 3, ídem 1 (10,5)/1 España, que se instaló en el estadío 1 rela- tivamente pronto (entre 1830 y 1840) y prác ticamente con la avanzada de países industria- les, seguiría estancada hasta bien entrado el siglo xx. Ocurría un afianzamiento de la in- dustria textil en Cataluña sin un desarrollo pa- ralelo de la agricultura y, no digamos, de la industria siderúrgica, Habría que esperar a la nueva coyuntura ofrecida por el escenario bé- lico europeo en torno a 1914 para el asenta- miento y posterior consolidación de la side- rurgia en el País Vasco. En realidad, desde el régimen político de la Restauración (1874 a 1924) la sociedad registraba alguna mejoría, reflejada en algunos indicadores sociales im- portantes para el período 1877-1950: Mortalidad ... 20%. >11% Natalidad 30%. 20'%o Alfabetización 32% 83 %o Nao. fuera de la provincia 8%>16%o Población activa masculina no agraria 28 %0 347 %o Fusnie: Amando de Miguel (datos de prensa) INDUSTRIALIZACIÓN Y SOCIEDAD 25 Sin embargo, el gran salto parece regis- trarse más tarde, en la etapa 1950-1970, en la que se producen las mayores transformaciones del siglo en nuestra estructura social, muchas de ellas ixrepctibles por su clase y magnitud, casi todas ellas irreversibles porque abrieron cami- nos de difícil retomo en la dinámica social den- tro de una determinada civilización, como la que consideramos civilización industrial (Ra- fael López Pintor, 1990, 121). Este país se ha industijalizado básicamente entre 1939 y 1959. Lo que suele llamarse el despegue de la industrialización se ha produ- cido en España después de la guerra civil, no antes (Luis Ángel Rojo, Moya, 1973, 9). Es decir, el período de autarquía (1939- 1959) habría creado las bases de la expansión y liberalización (Plan de Estabilización de 1959) para la entrada del país en el concierto de las naciones industrializadas y la entrada decidida en la Comunidad Europea. O sea, España habría ensayado, con éxitos menores, la vía inglesa (políticas desamortizadoras y, ésta con un mejor desenlace, la burguesa in- dustrialización textil y siderúrgica de Cata- tuña y el País Vasco), pero se impondría final- mente la vía prusiana o industrialización desde arriba: las sucesivas «restauraciones modernizadoras» cristalizarían una clase na- cional dominante, que financiaría la guerra de España y después, junto con el aparato esta- tal, crearía el INT (Instituto Nacional de Ín- dustria), el gran motor de la industrialización en todos los sectores económicos. Dicha clase sería la fusión de aristócratas y financieros sobre el continmum «aristócratas sin roles fi- nancieros (consejo de administración)... fi nancieros sin roles aristocráticos (títulos de nobleza)». (Cf. la magistral explicación del proceso realizada por Carlos Moya, 1973, 1984.) El cambio fue intenso, brusco y rápido —Ares adjetivos que E. Durkheim emplea para explicar los estados de anomía social—. Ello podría ser la clave de un hecho singu-