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Práctica antropología en psicología
Tipo: Apuntes
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Marta Bailador Fuentes
Cuando se hace una primera lectura del texto La muerte sin llanto, de Nancy Scheper-Hugues, es inevitable que como resultado nos abrume una sensación de incomprensión o juicios totalmente etnocentristas respecto a los estigmas que se construyen entorno a la enfermedad del niño y la actitud negligente de las madres. Sin embargo, una segunda lectura, nos permite apartarnos de nuestro constructo social y adoptar una mirada más cercana a la antropológica, aproximándonos a la comprensión de la ruptura con los universales que propone la autora. En esta línea, la autora pretende romper con los universales de la concepción de la muerte y de amor materno, concebido occidentalmente como un amor natural , cuestionando las teorías del vínculo emocional y apego psicológico de la madre al infante; el ethos femenino de la devoción materna; y la ética de la atención del primer mundo. Así, redefine el amor materno al inicio del texto como «el amor materno no es un amor natural, representa más bien una matriz de imágenes, significados, prácticas y sentimientos que siempre son social y culturalmente producidos», donde la acepción “natural” tiene que ver con lo que viene dado por la naturaleza y, por tanto, es universal en todas las mujeres, independientemente de su cultura y sociedad («intereses [universales] que parecen regir la práctica maternal en todas las especies», Sara Rudick); y lo vuelve redefinir en el capítulo final: el amor materno, lejos de lo universal o innato, es una «representación ideológica y simbólica que tiene sus raíces en las condiciones materiales que definen la vida reproductiva de las mujeres». Esto nos lleva a pensar que, quizás, la cultura y lo socioeconómico están más ligados a la construcción de las emociones y vínculos, que la acción de la naturaleza y el instinto. Si seguimos este razonamiento, vemos como en el texto, en repetidas ocasiones, la autora hace referencia a este contexto particular del Alto para justificar o entender el comportamiento de estas madres, encuadrándolo como «respuesta a la realidad histórica de un hijo biológico en un contexto social particular». El Alto, concretamente, es un contexto de analfabetismo, devoción religiosa y extrema pobreza, donde las mujeres conviven constantemente con las amenazas a la supervivencia de sus recién nacidos (las referidas tanto a la salubridad como a la limitación de recursos familiares) y los ideales religiosos sobre la vida y la muerte. El Alto es una comunidad social donde la muerte está a la orden del día y, cuando la autora nos plantea el verbatin «mire, señora, aquí cualquiera puede morir», define totalmente su realidad y cómo condiciona la sociedad. Podemos deducir, entonces, que las claves sociales explican las expectativas de la vida y la muerte, el por qué las madres determinan que un niño debe o no morir, haciéndolo a través de una clasificación cultural establecida por su contexto. Así, las madres de el Alto no crean como les place bajo las circunstancias que ellas eligen. Estas mujeres, para mitigar su dolor y como respuesta a una insensibilización hacia la propia muerte (siempre presente), se aferran a los ideales religiosos, pensando que cooperan con el plan de Dios, visible cuando hacen referencia a que Jesús llama a los niños o que los niños con nombre de Santos son reclamados por éstos al nacer.
También, como parte del contexto, debemos tener en cuenta la época en la que se realizó la recopilación de datos sobre la investigación, encuadrándola entre los años 60- 90 , y las condiciones vigentes de alta mortalidad y alta fertilidad, se produce una estrategia reproductiva concreta «dar a luz muchos niños ante la expectativa de que solo sobrevivan unos pocos, invertir selectivamente en aquellos a quienes se considera las “mejores apuestas” para la supervivencia, ya sea en función del sexo preferido, el orden de nacimiento, la apariencia, o la salud o viabilidad estimadas». Por otra parte, es importante destacar que la negligencia selectiva no es un proceso consciente. Este proceso psicológico parte de la estigmatización de las enfermedades (producto del desconocimiento de la medicina occidental), la carga religiosa que se les otorga, la tradición cultural y económica y la estrategia reproductiva de la sociedad. Contrario a lo que nuestro cerebro percibe en la primera lectura, no está para nada ligado a la idea del mal trato de la cultura occidental, sino a una economización de recursos, tanto emocionales como materiales, de la propia madre, que no impide el establecimiento de un vínculo con el bebé si éste sobrevive. De la misma forma, estas madres podrían ver en nuestro amor materno una condena autoimpuesta, al asumir la carga del mal del niño , o vernos como unas heroínas como a Dona Marta. De esta forma, podemos considerar que el texto expone a la perfección el contexto social de estas mujeres, dibujando un cuadro que actúa como un todo y evita que nos quedemos solamente con una parte de la historia, con la concepción prejuiciosa del otro. Concluimos, así, la necesidad de ruptura con los universales y que la construcción del apego y las emociones son aprendizajes ligados al contexto socioeconómico que nos moldea, ya que éstos nos moldean y nos alejan de la comprensión del otro. Vemos, pues, como la autora, en un inicio una enfermera salvadora, que lucha por la supervivencia de los niños, cambia su mirada para intentar comprender la lógica que se encuentra detrás del comportamiento, solo posible cuando nos apartamos del relativismo cultural y los prejuicios. Para terminar, y a modo de pequeña reflexión, me gustaría añadir que alejarse del relativismo cultural es un ejercicio extremadamente complicado. En mi caso, aunque alcanzo a comprender su lógica, me resulta imposible deshacerme de mis conocimientos, para dejar de ver a la sociedad del Alto como algo “atrasado”, donde desconocen la medicina occidental que podría salvar a todos esos bebés, y también los avances médicos y científicos que se han alcanzado años después de que se realizase la investigación.