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La muerte sin llanto., Apuntes de Antropología

Asignatura: Antropología, Profesor: , Carrera: Historia y Ciencias de la Música, Universidad: UAM

Tipo: Apuntes

2016/2017

Subido el 26/02/2017

cristinitaa-2
cristinitaa-2 🇪🇸

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¡Descarga La muerte sin llanto. y más Apuntes en PDF de Antropología solo en Docsity!

Introducción Tristeza tropical 1965 No recordé la sangre hasta más tarde, mucho más tarde, cuando estaba in- tentando quitármela de encima restregando la saliva con la palma de mi mano. Pero mi boca estaba seca y la sangre se me escapaba y se iba extendiendo por mi brazo, así que no fue hasta esa noche, cuando llegó Dalina, la portadora de agua, que finalmente pude deshacerme de ella. Cuando vinieron a buscarme era mediodía, la hora en que podía cerrar los postigos de madera y poner la tranca en las puertas rajadas para. aislarme del ca- lor y de los sofocantes empujones de la vida del Alto. Pero esta vez no pudo ser, incluso a pesar del fuerte olor a café y frijoles que llenaba mi barraca y del tinti- neo de los platos de hojalata que anunciaban la hora de la comida de mediodía, pues era mi comadre Tonieta quien estaba aporreando la puerta de atrás, lo que significaba que ella había tenido que exprimirse para pasar por el borde de la casa que guardaba un equilibrio precario sobre un nicho erosionado de la colina de Cruzeiro, «Es Lordes —gritaba—, ha llegado el momento, y la partera no ha vuelto del Lmercado del sábado. Tendrás que ayudarla tú.» Y ahí estábamos corriendo, tre- pando por la colina hacia arriba, a través de pendientes llenas de basura, pasando por debajo de tendederos hechos con alambre de espino, por delante de letrinas a-- cielo abierto, hundiendo nuestros dedos como palancas en la húmeda suciedad, sabiendo que no debería hacer eso, discutiendo todo el tiempo con Antonieta: «¿Por qué no avisaste a la vieja Mariazinha de que le estaba llegando el momento a Lordes?» . Casi no me acuerdo de haber dicho «Forga, forga, menina» lempuja fuerte, chica), da todo lo que tienes, porque realmente no fue necesario, pues repentina- mente aquella cosa azul-grisácea y resbaladiza estaba entre mis manos que se vol vían frías y húmedas conforme se deslizaba sobre ellas. Tenía que soltar el cordón tenso y tirante de su cuello escuálido, pero el cor- + dón se resistía y se resbalaba entre mis manos igual que un cordón de teléfono nervioso. «Tijeras, tijeras», clamaba, pero la viejas vecinas negaban con la cabeza, mi- rándose entre sí, ajenas, hasta que Biu, la hermanastra de Lordes, llegó allí tími- damente con un par de tijeras que sospechosamente se parecían a las que habían desaparecido de mi equipo médico algunas semanas antes, í 14 LA MUERTE SIN LLANTO Lordes no lloraba, pero la criatura, aquel «¡oh!, tan pequeñín», emitía pe- queños y lastimosos sonidos maullantes. Tan pequeña, que yo no podía ni mirar, Habíamos celebrado que Lordes encontrara un trabajo en los campos de tomate, donde conoció a Milton, pero poco después ella volvió a casa con esta barriga, «Lombrices», dijo, pero, por supuesto, todos sabíamos lo que había pasado, La puse sobre un colchón de paja irregularmente distribiida entre las piernas extendidas de Lordes que se habían vuelto flácidas. Estaba oscuro; no habfa ven- tanas ni puertas, sólo ramas y barro, con una abertura en un lado tapada con sa- cos de frijoles de Food for Peace. Demasiado oscuro como para poder leer la ex- presión de Lordes en su pequeña cara contraída con el pelo enpapado pegado a su frente y mejillas. Pero no estaba tan oscuro como para no ver una mueca de dolor reflejada en su boca y sus piernas entreabiertas esperando más sufrimiento. Atrapado por una techumbre de chatarra, el olor a carne caliente y a sangre reseca llenaba la tnica habitación del cobertizo. No había agua en la jarra de ba= rro, sólo los guijarros y el limo que se juntaban en el fondo, Mientras tanto Val. dimar, que despacio y pacientemente excavaba afuera paró después de golpear una Piedra para gritar «¿ya está aquí?». Las viejas, en un semicírculo alrededor del fuego e inclinadas sobre un escuálido pollo gritón, reían y le respondían: «deja de cavar, Valdimar, Es muy pequeñita, ya sabes». Dentro, las alas revoloteaban de- sesperadamente por última vez entrechocando contra ima lata de liojalata. Des- pués, el silencio. El cordón delgado y frío estaba pulsando entre mis dedos. «¿Dónde está De- De con mi maletin?», pregunté, pero las inujeres estaban más interesadas en de- sangrar lo que quedaba del pollo para la comida del nacimiento. Lordes se revol- vía en el colchón y empezó a mover los brazos. No Podía esperar a De, Nego De, como afectuosamente llamaban los moradores al diablillo negro carbón del hijo menor de la negra Írene, pero yo necesitaba un pedazo de cordel. Tenía la vieja cuerda de mi llave, sucia y con nudos, pero me las tendría que apañar con eso. Antonieta estaba sobre mí mordiéndose los labios nerviosamente. Mi mano ho quería la sensación de cortar carne es- taba en mis dedos y me subía por todo el espinazo, y no podía dejar de sentir la Palpitación en mis oídos... Pedí ayuda porque el resto no iba a salir y las tripas de Lordes se estaban sol. tando. Las viejas ahora se juntaban alrededor de la criatura, poniéndole tiras de satén, cintas y lazos rasgados. Era tan pequeña que no la podía mirar. Afuera, la pala de Valdimar volvía a luchar contra la roca. Mis manos presionaban su ba- rriga blanda mientras Antonieta estiraba. La boca de Lordes todavía continuaba abierta, pero no envilió ningún sonido cuando el resto finalmente se deslizó hacia fuera. Lo cogí todo en mis manos, entero, aunque estaba en partes donde se do- blaba hacia el centro, y se lo pasé a las viejas, que la envolvieron en un pedazo de tela, más limpia que la que hablamos usado para parar la hemorragia de Lordes, y ellas llevaron la placenta por el espacio abierto hasta Valdimar, que estaba espe- rando; como si él fuese el padre, tan tierno era con ella. Está terriblemente frío y oscuro cuando comienzo a bajar por la ladera. Frío y oscuro y envuelto en el hoyo, tapado con ramas verdes y inarrones. A salvo al fin... 16 LA MUERTE SIN LLANTO jos; uno se «hundió», decía ella, por la tensión de vivir en las calles, y la otra, una chica mayor, se fugó con una barda callejera de chicos «salvajes». Más tarde, Biu volvió a Bom Jesus y al Alto do Cruzeiro donde conoció a Oscar mientras trabajaba en una pequeña plantación, con el cual ha tenido diez hijos más, seis de los cuales le han sobrevivido. Durante Jos festejos de Sáo Joáo en junio de 1987, Oscar abandonó a Bin, Nevándose con él la cama y el hornillo de gas para formar un hogar en la otra punta de la ciudad con una mujer más jo- ven que, según le explicó a Biu, Lodavía conservaba la dentadura. Biu tenía en- tonces cuarenta y tres años. Antonieta (Tonieta), la mayor de las tres hermanastras, se casó «bien» con un estable y religioso hombre del campo que había abandonado el pequeño rogado de sus padres (un pedazo de tierra arrendada) en el campo para inten- tar suerte en la ciudad de Bom Jesus, Y verdaderamente probó ser un hombre extraordinariamente afortunado. La pareja llegó a mudarse de la barriada de chabolas en la ladera a un barrio de clase trabajadora más respetable en el cen- tro de la ciudad. Entre los diez hijos de la familia de Antonieta se incluyen tres filhos de criagáo (hijos adoptivos), uno de ellos de Biu, que fue rescatado cuando su hermanastra parecía estar «determinada a matar», según la expre- sión de Tonieta, a todos sus hijos en las calles de Recife, Nego De (como Zezinho, el hijo favorito de su madre) se convirtió en un ntalandro, un ladronzuelo y esnifador de cola. A los veinte años, después de va- rios encontronazos con la policía local, una temporada de internamiento en un reformatorio federal (FEBEM) en Recife y media docena de visitas a la prisión municipal de Bom Jesus, De dio un cambio total. Consiguió un trabajo como cortador de caña de azúcar en una gran plantación y se unió al «grupo de ju- ventud para jóvenes delincuentes» que el entusiasta nuevo cura dinamizaba cn la iglesia. Sin embargo, esto no impresionó a la policía local, que siguió hosti- lizando a Nego De y a la atormentada familia de su madre. Lordes, Tonieta, Biu y sus familias y amigos fueron mi vecindario inmediató) cuando, entre 1964 y 1966, viví y trabajé por primera vez en la barriada de lal , colina Tlamada Alto do Cruzeiro, y su experiencia de vida sirve como una espe- : cie de horquilla que siempre me asegura a una antropología fundamentada fe-! nomenológicamente, una antropologia-pé-no-cháo, una antropología con los' pies en el suclo, Mi experiencia en esta pequeña y atormentada comunidad hu- mana ahora abarca un cuarto de siglo, La presente etnografía tiene sus oríge- nes no en algún galimatías teórico (aunque aquí también se pueden encontrar) .sino en realidades y dilemas. prácticos; en la violencia cotidiana que enfrentan idiariamente los moradores del Alto do Cruzeiro: Así que lo mejor será que desde el comienzo haga explícitos los orígenes de este libro y de mis relaciones con la gente del Alto, Mi relato comienza entonces con una relación específica con la comuni- dad, una relación que actualmente suele estar estigmatizada en cierlos círculos antropológicos críticos e ilustrados, apenas un poco diferente de ser, por ejem- plo, un misionero cristiano: a los veinte años yo trabajaba en desarrollo conmu- nitario y salud pública con los Cuerpos de Paz; porque el estigma y la estigma- ñ 1 INTRODUCCIÓN 17 tización son temas generativos de este libro, mis propios orígenes estigmati- zantes en el campo no parecen fuera de lugar, El nuestro fue el primer grupo enviado al Estado nardestino de Pernam- buco. Llegamos en la primavera de 1964 coincidiendo con un golpe militar «pa- cífico» y «sin sangre» que conforme el tiempo fue pasando se reveló no tan pa- vífico e inocente. Contratados para trabajar como agentes dessalud rural para el Departamento de Sanidad de Pernambuco nos destinaron a puestos de salud en el «interior» del Estado; las mujeres para trabajar como visitadoras, los hom- bres como «ingenieros sanitarios». Las visitadoras eran trabajadoras sanitarias en la línea de frente, puerta a puerta, en comunidades pobres y marginadas, una concepción no muy alejada de los «médicos descalzos» del presidente Mao. Los ingenieros eran trabajadores sanitarios en «patios traseros», pues su prin- cipal actividad consistía en hacer pozos para letrinas, sí bien también estaba entre sus atribuciones encargarse de la evacuación de residuos y del aprovisio- namiento de agua. No obstante, mi primera misión no fue en una comunidad per se sino en un gran hospital público en una ciudad que llamaré Belém do Nordeste, locali- zada en la zona de plantaciones de caña, conocida como zona da mata. El hos- pital servía a los trabajadores de caña empobrecidos (y sus familias) de la re- gión. Durante las primeras semanas dormí en un catre plegable en la clínica de rehidratación de emergencia, donde recibían tratamiento Jos niños pequeños gravemente enfermos de diarrea y deshidratación, normalmente en un estado demasiado avanzado corno para salvarlos. Este primer encuentro con la morta- lidad infantil me marcó de forma imborrable. Durante la mayor parte de las horas del día y de la noche el hospital en Be- 7? lém do Nordeste funcionaba sin. un equipo médico cualificado (e incluso también sin agua corriente) y los pacientes, tanto niños como adultos, eran atendidos en su mayor parte por enfermeras auxiliares sin preparación, con la asistencia de au- xiliares de hospital quienes, cuando no estaban limpiando los suelos, ayudaban en los partos y suturaban heridas. La contribución más célebre que realicé en esta primera misión, antes de marcharme cn un estado de considerable ignominia, consistió en organizar en febrero de aquel año un fatídico baile de carnaval en la parte de atrás del hospital donde los enfermos terminales, los altamente conta- giosos y los estigmatizados estaban aislados de los otros pacientes, El adminis- trador del hospital, que llegó inesperadamente, no se puso muy contento cuando se encontró con la animación de los enfermos de gravedad bailando en los pasi- llos y echándose al patio tapiado vestidos con el uniforme y las mascarillas quí- Túrgicas que les habíamos prestado como disfraz de carnaval. Mi siguiente destino fue una ciudad m: inámica en el extremo norte de la región cañaviera, lindando con ellEstado de Pa ¿Esta ciudad, que llamaré (y no sin una pizca de ironía) Bom Jesus da Mata, es el focus de este libro. Des- pués de vivir durante unas semanas en casa del técnico de laboratorio del puesto de salud del Estado, me mudé a un pequeño cuarto en una barraca de ádobe” cerca de la cima de la.colina, en cuya ladera se extendía un baisro «ocupado», recientemente anexado a latciudad. La barriada de chabolas, con cerca de cinco. . mil trabajadores rurales, se llamaba el Alto do Cruzeiro o simplemente O Cru- zeiro, en referencia al gran crucifijo que dominaba la cima de la colina. ¡A INTRODUCCIÓN 19 Panorama: Bom Jesus da Mata. : fuerte, Las visitadoras tenían que coger varias vacunas (contra la viruela, la dif- feria, el tétanos, la tos ferina y la inberculos ), así como un pequeño botiquín con medicamentos esenciales (pipericina, aralan, antibióticos, sedantes, etc.) de los puestos de salud locales a los cuales estaban asignadas. A menudo faltaba este material médico. Durante las horas del día me «pateaba» el Alto, inmunizando niños y be- bés, administrando dosis de glucosa a todos los adultos «débiles» y alicaídos que lo solicitaban y poniendo inyecciones de penicilina a docenas de morado- res con casos activos de tuberculosis, En efecto, yo era una especie de «doctor. inyección», muy popular entre las jóvenes madres del Alto, quienes apreciaban particularmente el cuidado que tenía cuando a todos los niños les frotaba el trasero con alcohol y marcaba con el algodón la parte superior derecha del cuadrante donde era más seguro aplicar la inyección. «¡Oh, Ché! —exclamaban las mujeres—, que dowtora santa. Hace la señal de la cruz en el culo de los be- bés.» Además, lomaba muestras de heces de los niños que tenían las barrigas preñadas de lombrices y muestras de sangre de las mulheres da vida (prostitu- tas), y establecí un sistema de registro mediante el cual cada prostituta se so- metía a un seguimiento sanitario periódico en el puesto de salud local. Cada una portaba una larjeta, un certificado de buena salud que mostraba cuando era necesario. Por último, hacía vendajes, secaba el sudor de los cuerpos de quienes estaban atormentados con fiebres tropicales y, muy de vez en cuando (y de forma reluctante), ayudaba en los partos cuando no se podía encontrar a 20 LA MUERTE SIN LLANTO alguna de las parteras locales, No era infrecuente que también se reclamase a las visitadoras para ayudar a preparar para el entierro los cuerpos de los niños muertos. En algunas localidades, las visitadoras también trabajaban como organiza- doras comunitarias. Antes de la penetración de los militares en cada rincón y en cada hendidura de la vida social, en el Pernambuco rural el modelo de or- ganización de la comunidad era el método de Paulo Freire de la conscientizagdo (conciencia crítica) a través de la alfabetización (véase Freire, 1970, 1973). Y así mis noches solían transcurrir en pequeños «círculos culturales», así se les lla- maba, donde a la luz de humeantes y parpadeantes lámparas de queroseno los habitantes y «ocupantes» del Alto aprendían a leer mientras al mismo tiempo organizaban una asociación de barrio que era conocida por el acrónimo de UPAC (Uniño, para o Progresso do Alto do Cruzeiro). Fui fundadora y orienta- dora política de la UPAC y trabajé con ofros miembros en la construcción eo- lectiva de la sede central para la «acción local», yn centro de atención infantil que por las noches y durante los fines de semana, cuando la guardería estaba cerrada, también servía como escuela de alfabetización de adultos, sala de jue- gos, sala de baile, casa de espiritismo afrobrasileño y como gran sala de reu- nión para las bulliciosas «asambleas generales» de la asociación dela barriada. A menudo, intentar al mismo tiempo comprender y actuar en un contexto no sólo de una diferencia cultural radical y a veces opaca sino también de miseria económica y represión política, a la gue mi propio país contribuía y apoyaba, era corno dar palos de ciego. Entre 1964 y 1966, cerca de un tercio de los residentes del Alto do Cruzeiro vivía en cabañas de paja y el resto en pequeñas casas de adobe. El alcalde de Bom Jesus (el prefeito cuasi vitalicio al cual llamaré Seu Félix) poco a poco ha- bía llegado a entender que los ocupantes urbanos del Alto eran ahora residen- tes permanentes de la ciudad, de forma que comenzó a extender ciertos servi- cios públicos mínimos a la barriada. En las dos calles principales de la colina se dispuso alumbrado público, y los moradores que vivían lo bastante cerca de las farolas «pirateaban» la luz para sus casas. Pero la gran mayoría de los resi- dentes continuaba con las lamparas de queroseno que daban Jugar a frecuentes incendios, particularmente catastróficos para las casas más pobres hechas de paja. Muchos de los habitantes todavía llevan serias cicatrices de quemaduras que resultaron de esos accidentes en la infancia. Había una sola fuente de agua corriente, una espita pública, un chafariz, instalado en la base de la colina, y las mujeres del Alto hacían cola dos veces al día (por la mañana entre las 4.00 y las 6.00 y olra vez por la noche) para llenar latas de hojalata de cinco galones (22 litros) y después portarlas hasta sus casas graciosamente sobre sus cabezas. Las que llegaban tarde a la fuente tenían que guardar una larga cola y a menudo volvían a casa con las manos vacías, viéndose forzadas a ir a coger el agua a la orilla del río Capibaribe cuyo curso atravesaba la ciudad portando residuos quí- micos e industriales de las fábricas de azúcar, del hospital local y de las fábri- cas de cuero de Bom Jesus. Para los moradores que vivían cerca de la cima del Alto, cargar pesadas latas de agua ladera arriba todos los días era un auténtico tormento. Era lo que más tenían en cuenta cuando se referían a la luta (lucha) cotidiana que era su vida. 22 La MUERTE SIN LLANTO nojo a casa para almidonar y planchar con una plancha fabricada con un molde de hierro relleno con brasas de carbón vegetal. 3% : Ya trabajaran en las plantaciones o en las casas de los ricos, las mujeresy ¿del Alto se veían obligadas a tener que dejar a sus hijos (incluso a los recién H ¡ nacidos) en casa, sin atención o únicamente vigilados por sus hermanos, a ve-? ¡ ces ellos mismos poco más que criaturas. Estas dificultades en el atendimiento ¿alos niños impuestas por la realidad económica de la vida del Alto contribuían/ a una mortalidad infantil extremadamente alta; Para una joven e ingenua nor- “teamericana la situación era aterrad ora, como puede comprobarse en este pa- saje de mi diario: «barracas ahumadas y llenas de moscas, bebés hambrientos y cabras hambrientas compitiendo por los restos que hay en platos de hojalata depositados en el suelo sucio. Hombres con el torso esquelético desnudo chu- pando una pipa para contener el hambre. Mujeres acurrucadas con los hom- bros caídos se encorban en torno a hogueras de leba o carbón, y en sus barri- gas, inevitablemente, otra bóca Permanece enroscada, esperando a nacer. Cada círculo descendiente del Alto, como el Inferno de Dante, peor que el anterior». --7 Enfrentarse a Ja enfermedad, al hambre y a la muerte (especialmente la muerte infantil) era lo que más turbaba la conciencia y la sensibilidad de una “ forastera acomodada y lo que dio forma a mi trabajo, primero en el desarrollo comunitario y, muchos años después, en mi investigación antropológica” En las primeras conversaciones mantenidas con las mujeres del Alto en sus hogares, y en las primeras reuniones abiertas y caóticas de la asociación del barrio, que se celebraban en varias casas «públicas» del Alto (en las pequeñas barracas o tien- das de frutos secos que había en la colina y en casas particulares que también servían como ¿erreiros, centros para la práctica de los cultos de posesión afro- brasileños), nació la idea de crear un centro de reunión permanente que tam- bién sirviera como guardería Cooperativa para cuidar durante el día a los niños de las madres que trabajaban fuera de casa, Después de dieciocho meses de acción colectiva y participativa fvéase ca- pítulo 12) y a pesar de la abierta hostilidad de la elite local —las tradicionales familias terratenientes— que se oponían a los proyectos del Alto, se Construyó una guardería con funciones de centro comunitario y se instalaron conductos de agua, una bomba de agua, un tanque de almacenamiento y un chafariz de propiedad comunitaria. Sin embargo, acusaciones de subversión e infiltración marxista llevaron a que la policía militar investigara la UPAC durante seis me- ses, investigación que resultó en el arresto e interrogatorio de varios líderes de la asociación de la barriada, incluida yo misma. Aunque los militares nunca pu- dieron fundamentar sus acusaciones, la asociación de la barriada salió muy perjudicada. Se prohibió la celebración de grandes asambleas. No obstante, la guardería abrió el 16 de julio de 1966 con cerca de treinta niños y recién nacidos, con alrededor de veinte mujeres del Alto participando en la cooperativa, Las mujeres eligieron como su líder y directora de la guar- dería a Dona Biu de Hollanda, un puesto que ella ocuparía durante casi treinta años. Posteriormente, el municipio pagó a Biu de Hollanda una pequeña «sub- vención» en reconocimiento de su labor, de vital importancia para las activida- des diarias de la cooperativa, la única de este tipo en Bom Jesus. Algunos me- ses más tarde, el ayuntamiento de la ciudad comenzó a Pagar pequeños INTRODUCCIÓN 23 Mutirao; la casa de la guardería de la UPAC, 1965. subsidios que permitieron que la guardería mantuviera a media jornada una enfermera, una partera tradicional del Alto y una maestra de párvulos para los niños mayores de la guardería. Pero la guardería funcionaba básicamente gra- cias al trabajo de las propias madres, quienes contribuían cada una de ellas con un día de trabajo a la semana en la guardería. Hasta que se inrplementó el pro- yecto de agua de la UPAC todas las madres de la guardería tenfan que llevar al centro una lata de cinco galones de agua cada mañana, Los mingaus infantiles, engrudos lechosos similares a la papilla, se hacían con leche en polvo descremada que donaba Comida para la Paz, y que nosoiras intentábamos reforzar con unas gotas de vitamina A. Los niños enfermos to- maban mingars hechos con leche fresca de cabra ofrecida por mujeres del Alto que tenían animales en sus guintaes, los patios traseros. Los niños mayorés (que ya podían masticar la comida) tomaban al mediodía diversos «cocidos» eclécticos hechos con Comida para la Paz sazonada con tantas zanahorias, pa- tatas, cebollas y verduras como pudieran aportar las madres de sus rogados. Ocasionalmente, los carniceros locales donaban sobras de carne y vísceras que los niños de la guardería, mayores y pequeños, saboreaban con gusto. Los bebés del Alto «prosperaban» en la guardería. La mayoría llegaban en- fermizos y malnutridos; a todos se les hacían pruebas y se les trataba contra los parásitos. Con muchos, como el pequeño Zezinho (véase capítulo 8), había que estar detrás para que comieran. Las madres más jóvenes del Alto aprendían de las más experimentadas nuevos métodos de cuidado de los hijos, y todas apren- dieron gracias al esfuerzo de la partera-enfermera a respetar prácticas higiéni- cas básicas que ayudaban a prevenir la expansión incontrolada entre los bebés de la guardería de las diarreas infantiles y otras enfermedades infecciosas. Ade- más, el cuidado comunitario de los niños resultaba divertido, y mucha gente de la elite «prestigiosa» de Bom Jesus escaló la estigmatizada ladera por primera INTRODUCCIÓN 25 Seu Teto de Hollanda, que había sido el encargado de instalar el proyecto de agua después de que Valdimar se suicidara, se quedó sin poder de decisión en las actividades de la guardería, que era todo lo que quedaba de la UPAC. Mientras tanto su mujer, Dona Bju, crecía en prestigio e influencia como di- rectora de la guardería por su forma tranquila y eficiente de hacer las cosas. La pareja empezó a pelearse y Dona Biu acusó a su marido de robar harina de la despensa de la guardería y venderla a una panadería de la ciudad. La pareja tuvo una separación enconada y Dona Biu padeció muchas represalias de los que se pusieron de parte de Seu Teto y pensaban que ella había sido injusta con su marido. Los cotilleos maliciosos en torno a la separación verdadera- mente «pública» de lo que una vez fue un matrimonio «modelo» forzaron a Dona Biu a abandonar la guardería y salir del Alto y, en última instancia, a mudarse de Bom Jesus. Después de este acontecimiento la guardería se vino abajo y nunca más se vio ni oyó hablar de Dona Biu. Su marido, Seu Teto, mu- rió años más tarde a causa del alcoholismo, la soledad, la depresión y una se- vera desnutrición. He presentado esta breve historia de mi primer encuentro con la gente del ””; Alto para mostrar la capacidad de acción de esta gente que lucha constante- mente a pesar de todas las dificultades casi imposibles, y para indicar algunas de las causas políticas de su desespero y la aparente parálisis de su voluntad. . Esto debería servir como una especie de corrección de la imagen, muy dife- ; rente, de la vida de la barriada que surge en las siguientes páginas más de veinte años más tarde y después de los mismos años de represión política y lo- cura económica en Brasil. Me refiero al gran delirio de los años del «milagro económico» y a las desastrosas consecuencias de los actuales 112 billones de | dólares de deuda externa de Brasil y su impacto sobre los barrios de la clase | trabajadora (rura] y urbana) brasileña. Durante este primer encuentro con Brasil y con la gente del Alto do Cru- zciro, confieso que veía a los antropólogos profesionales con los que me to- paba corno intelectuales distantes, demasiado preocupados con historias eso- téricas y totalmente fuera de contacto con la realidad práctica. de la vida, cotidiana en Brasil. Leer muchos años después los libros deiShepard Forman,” Raft Fishermen (1970) y The Brazilian Peasantry (1975), supuso una cura dé modestia, pues descubrí que durante todo el tiempo que había pasado en Bom Jesus totalmente inmersa cn actividades prácticas no había visto ni entendido muchas cosas de la sociedad y de la cultura del noreste brasileño. De cualquier +. forma, cuando más de quince años más tarde retorné a Bom Jesus y al Alto do ) Cruzeiro el motivo de mi vuelta ya no era ni la política ni el activismo comu- A nitario sino la antropología. No volví como Dona Nancí, companheira, sino | como la Doutora Nancí, antropóloga. Así fue que Lordes, Biu y Tonieta, junto ; a otras de mis anteriores vecinas y compañeras de trabajo en la UPAC, se con- virtieron —y me temo que no hay una expresión adecuada para ello— en «in- formanies» claves, «objetos» de investigación, asistentes de investigación... al/' menos en un principio. .. Había pospuesto mi encuentro con Brasil debido a conflictos que eran ex- “ternos e internos a la vez. A partir de finales de los sesenta y durante los setenta , Brasil se iba adentrando día tras día en una dictadura militar que utilizaba tor- + nr o 26 LA MUERTE SIN LLANTO Iburas y amenazas de torturas, prisiones y exilios con el fin de forzar una apa- [riencia de consenso popular y liberar el país de sus «peligrosos» demócratas y issubversivos» (véase Amnesty International, 1988, 1990). Mientras tanto, Esta- dos Unidos mantenía abiertamente (con la excepción de los años de Carter) re- laciones cordiales con los brutales dictadores, quienes se presentaban ante la opinión pública estadounidense como enemigos del comunismo y, por tanto, amigos de Estados Unidos. No había cómo (poder) retornar en aquellas condi- ciones. No hubiese sido seguro para la gente del Alto ni para mí ni para mi fa- milía, Me preocupaba también exponer a mis tres hijos, entonces muy peque- ños, a considerables riesgos de salud propios del trabajo de campo en una barriada empobrecida. Además, me sentía incómoda con sólo pensar que iba a volver como uno de aquellos remotos intelectuales que tan arroganternente ha- bía despreciado antaño al lugar donde tan activa y políticamente implicada ha- bía estado. ¿Se podía ser antropóloga y companheira al mismo tiempo? Dudaba de que eso fuera posible y también me cuestionaba las implicaciones éticas y políticas que ello tendría. Por lo tanto, en lugar del noreste brasileño decidí comenzar mi trayectoria antropológica en una pequeña comunidad montañicsa de campesinos en el oeste de Islanda, un lugar que no podía ser más diferente en espíritu y en tempo al Alto do Cruzeiro. Mi fascinación por los irlandeses (y por la locura) me llevó a am- pliar mi investigación a los irlandeses americanos en el sur de Boston, lo cual in- tercalaba con breves períodos de trabajo de campo entre los hispanos y los in- dios pueblo en Taos, Nuevo México. Pero durante todo el tiempo continué: ; reflexionando tenazmente sobre cuestiones cruciales acerca de la naturaleza hu- mana, la ética y las relaciones sociales, especialmente sobre cómo éstas sc ven afectadas por la pérdida y la escasez crónicas, cuestiones y temas que habían surgido dentro del contexto específico del noreste brasileño y entre la gente a la cual creía conocer mejor que a cualquier otra: la gente del Alto do Cruzeiro. En 1982, con el anuncio del gobicrno brasileño de su compromiso con una nueva política de apertura democrática, un colega brasileño me convenció para que volviera y para que lo hiciera rápido, pues nadic sabía cuánto tiempo exac- tamente duraría la apertura. Volví acompañada de mi marido e hijos en la que ” sería la primera de las cuatro expediciones de campo a Bom Jesus entre 1982 y 1989, un total de catorce meses de trabajo de campo antropológico. La lesis original, y en gran medida todavía central, de mi investigación y de este libro es el amor y la muerte en cl Alto do Cruzeiro y específicamente el amor maternal y la muerte infantil. Este libro trata sobre cultura. y escasez, am- bas en su sentido material y psicológico, y sobre sus cfectos sobre el pénsa- ' A miento y la práctica moral, particularmente ¿obre él «pensamiento maternal», la) y un término que he tomado prestado de Sara Ruddick (1980, 1989). ¿Qué efes tos, me preguntaba, tiene un, estado, crónico de hambre, enfermedad, muerte Pérdida sobre la capacidad de amar, confiar y tener fe, y mantener estos térmi- nos en su sentido más amplio? Si el amor materno es, como algunos biótvólu- cionistas y psicólogos desarrollistas así como algunas feministas culturales creen, un guión «natural» de las mujeres, o al menos uno predecible, ¿qué sig- nifica para las mujeres que han visto cómo la escasez y la muerte hacían de ese amor algo desquiciado? - 28 LA MUERTE SIN LLANTO era semianalfabeta, conseguí entrevistar a cerca de cien mujeres de O Cruzeiro, Esencialmente, recogí información Sobre sús familias y sus historias reproduc- tivas, migratorias y laborales, arreglos domésticos y conyugales, muchos amo- res y casi tantos desamores, y deseos y esperanzas para ellas mismas, sus maridos o compañeros y sus hijos, Me di cuenta de cuán esencial es la investi- gación a largo plazo para comprender vidas que parecían como trayectos de una montaña rusa, con grandes picos y hondonadas, subidas y bajadas, en tanto que las mujeres luchaban valientemente a veces (otras no tanto) a fin de hacer lo mejor posible para el máximo número de personas y al mismo tiempo arreglárselas para continuar viviendo ellas mismas. ¿Y mis relaciones personales con la gente del Alto? El hiato de dieciséis años transcurridos entre que dejé Bom Jesus a finales de 1966 y el primer re- greso en 1982 supuso cambios en todos nosotros, algunos de manera irreco- nocible, y hubo muchos casos de identidades equívocas antes de que yo pu- diera finalmente ubicar a cada persona. Mientras tanto, Dona Nancí, la mnoca, ahora era madre y antropóloga. A pesar de que mis viejas amigas eran «infor- mentes» » generosas y estaban siempre dispuestas, pronto se les acabó la pa- ciencia con las entrevistas y con la monotonía y repetitividad del trabajo de campo. Cuando una vez observaba algo en un consultorio o en una casa, o- cuando me enteraba de algo en una entrevista, ¿por qué tenía yo que repetir la experiencia una y otra vez antes de que me diera por satisfecha?, pregunta- ba Irene. Así que intenté explicar los rudimentos del método antropológico a Trene y a otras mujeres que trabajaban conmigo como asistentes. La mayoría de mis viejas vecinas y amigas estaban ansiosas por ser entre- vistadas llegando a temer ser las únicas en «quedarse fuera» de mi investiga- ' ción. Ellas entendían las líneas básicas de la investigación y no consideraban que las preguntas que les hacía fueran irrelevantes. Pero ellas querían saber qué más iba a hacer durante el tiempo que estuviese con ellas. ¿No bamos a tener reuniones de la UPAC otra vez?, preguntaban, ahora que las organizaciones de base y las asociaciones de «ocupantes» ya no estaban prohibidas ni eran vistas como una amenaza subversiva para el orden social democrático. ¿Y qué pasaba con los antiguos círculos culturales y grupos de alfabetización? ¿No se reacti- varían de nuevo? Muchos adultos habían olvidado lo básico del alfabeto que ha- bían aprendido años antes, ¿Y qué pasaba con la guardería? Ahora incluso tra- bajaban más mujeres que en la etapa anterior, decían ellas, y la necesidad de un centro donde dejar a los niños durante el día era más apremiante que nunca. 1 Finalmente, la vieja sede de la UPAC y de la guardería estaba en un peligroso estado de ruina, las tejas del tejado estaban rotas, las vigas de madera estaban pudriéndose, los ladrillos empezaban a descascararse. ¿No íbamos a organizar un mutirdo (trabajo comunal) como en los viejos tiempos para reconstruir el edificio como un primer paso hacia la revitalización de la UPAC? Pero cada vez que las mujeres me llegaban con sus peticiones, yo me desentendía diciendo: «Ese trabajo es el que deberíais hacer vosotras. Ahora mi trabajo es diferente. No puedo ser antropóloga y companheira al mismo tiempo.» Yo exponía mis * reservas respecto a lo apropiado que pudiera ser que una forastera tomara un papel activo en la vida de una comunidad brasileña. Pero mis argumentos no hacían mella en ellas. A li INTRODUCCIÓN 29 El día antes de mi despedida en 1982 estalló una disputa entre Irene Lo- pes y varias mujeres que esperaban fuera de la guardería dondc yo realizaba en- trevistas y recogía historias reproductivas. Cuando salf para ver de qué iba todo aquel alboroto las mujeres estaban listas para dirigir su enfado hacia mí. ¿Por qué me había negado a trabajar con ellas cuando ellas habían sido tan. solícitas en colaborar conmigo? ¿Es que a mí ya no me importaban personalmente sus vidas, sus sufrimientos, su lucha? ¿Por qué estaba yo tan pasiva, tan indife- rente, tan resignada con el final de la UPAC y de la guardería, de las reuniones de la comunidad y de las festas? Las mujeres me dieron un ultimátum: la pró- xima vez que volviera al Alto tendría que «estar» con ellas —«acompañarlas» fue la expresión que usaron— en su fut » Y no limitarme a. «pasar el tiempo sen- tada» tomando notas de campo, «¿Qué nos importa esa antropología después de todo?», se mofaban. Y así, fiel a su palabra y a la mía, cuando volví cinco años después para pasar un período de trabajo de campo más prolongado me esperaba una UPAC nuevamente revitalizada y fue así que, sin querer, fui asumiendo el papel de an- tropóloga-companhetra, dividiendo mi tiempo, no siempre con equidad, entre el trabajo de campo y el trabajo de comunidad, tal como las mujeres y hombres activistas del Alto me lo definían y dictaban. Si ellas eran «mis» informantes, yo era en gran medida, «su» despachante (un papel intermediaria que dinami- zaba proyectos) y permanecí en gran medida. £ : “Violencia cotidiana, horror político y doméstico, locura; éstos son términos y temas. «fuertes». para-una antropóloga: ámmqueeste-libro-ne-ha_sido escrito oo 32 LA MUERTE SIN LLANTO para los débiles-de-corazón;sí que quiere devolverla antropología a sus.oríge- nes al-reabrir,sir pretender con ello resolver; las cuestiones desconcertantes del relativismo moral y ético. Durante gran parte de este siglo el relativismo antropológico se ha ocu- pado del tema de las diferentes racionalidades: cómo y por qué personas muy diferentes a nosotros piensan y razonan como lo hacen (véase Tambiah, 1990, para una excelente síntesis de esta problemática). El estudio de la magia y de la brujería supuso un trampolín para los análisis antropológicos que intentaban revelar la lógica interna que hacía del pensamiento y las prácticas mágicas ac-, tividades humanas razonables en vez de irracionales. El libro de E. E. Evans- Pritchard de 1937 que interpretaba la brujería azande como una explicación al- ternativa de los infortunios es un clásico en este sentido. Pero su interpretación funcionalista de la hechicería y de la contrahechicería en la sociedad azande y eludía totalmente la cuestión de lo ético. ¿Cómo podemos pensar la brujería 1 como un sistema moral o ético? ¿Qué presupone la brujería en sus relaciones | entre el yo y el otro, «el otro» en cuanto embrujado pero también «el otro» en cuanto acusado de practicar la brujería? La «alteridad» de los otros toma lugar ! dentro (no sólo entre) sociedades y culturas. Pero por lo general estas cuestio- nes se han desestimado en la antropología contemporánea, ya que la «razón» y «la ética» se han disuelto la una en la otra produciendo de este modo un tipo de «relativismo cultural» insostenible por el cual nuestra disciplina ha sida tan frecuentemente criticada (véase Mohanty, 1989, para una revisión crítica del re- lativismo cultural y sus consecuencias políticas). Además, la obsesión antropo-7) lógica por la razón, la racionalidad y el pensamiento «primitivo» versus el «ra- cional», en la medida en que se refieren a cuestiones del relativismo cultural, revela en gran medida una preocupación androcéntrica. Una antropología más «[emenina»* se tendría que preocupar no sólo de i cómo los humanos «razonamos» y pensamos sino también de cómo actuamos los unos hacia los otros, entrando así en cuestiones de ética y relaciones hu- manas. Si no pensamos las instituciones y las prácticas culturales en términos morales o éticos, entonces la antropología se me antoja una empresa débil y sin / utilidad. Por supuesto, el problema reside en cómo articular un estándar, o es tándares divergentes, para iniciar una reflexión morál y ética Sóbte las prácii cas culturales, que tenga en cuenta pero no privilegie nuestros propios presu- puestos culturales. “ Un caso específico que trato en las siguientes páginas, la relaciones de las mujeres de la barriada con algunos de sus hijos pequeños, es inquietante. Per- turba. Una se pregunta, siguiendo a Martin Buber, si hay situaciones extraor- dinarias que no sólo indican una especie de colapso moral sino que en realidad requieren la «puesta en suspenso de la ética» (1952: 147-156). Buber hacía esta reflexión en referencia a la historia del Antiguo Testamento en la que Dios manda a Abraham sacrificar su único y amado hijo, Isaac, un acto claramente brutal y antiético. Pero Abraham se somete y obedece la orden divina porque únicamente Yahweh puede quebrar o suspender el orden ético que Él mismo había ordenado. Para Buber, el dilema que se plantea a los hombres y mujeres iO * Womasaly en el original. (N. del £,)