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Asignatura: Derecho Laboral, Profesor: , Carrera: Administración y Dirección de Empresas, Universidad: UCJC
Tipo: Apuntes
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Juan Carlos Vergara Silva
Juan Carlos Vergara Silva, tiene 49 años y empezó su carrera hace 27 como profesor de Español y Literatura en el Colegio Perpetuo Socorro de Fontibón. Es el miembro de número más joven de la Academia Colombiana de la Lengua porque dedicó su vida a estudiar la estructura del español y de su literatura. Fue uno de los investigadores del Instituto Caro y Cuervo que hace 10 años recibieron el premio Príncipe de Asturias por completar el Diccionario de Construcción y Régimen, empezado hace un siglo por Rufino José Cuervo, el primer gran filólogo colombiano, y bautizado por Gabriel García Márquez como “la gran novela de las palabras”. Además, fue uno de los redactores de la Constitución de 1991 y es el actual rector de la Universidad Autónoma de Colombia.
Desde la aparición del hombre en la historia, la lengua ha ocupado un lugar especial en su devenir y en su proceso de hominización y de humanización. A pesar de las hipótesis sobre el origen del lenguaje en el hombre, sabemos que los motivos que activaron la aparición de este instrumento del pensamiento y de la comunicación son aún oscuros y difusos. No lo es tanto la aparición de la escritura, ya que por su propia esencia deja vestigios y señales inequívocas de su presencia. Jeroglífica y pictórica en sus comienzos, e ideográfica y fonética en su madurez, la escritura implica un lector. En los albores de la civilización el lector y el escriba eran seres especiales, pertenecientes a una élite del saber y de la cultura, cuyos conocimientos en el arte de escribir y leer les garantizaban poder y dominio en sus entornos. Con el paso del tiempo, especialmente con la revolución derivada del invento de Gutenberg de los tipos móviles, la imprenta generaría un cambio radical en las costumbres de los seres humanos. El primer cambio fue la democratización del saber y la apertura a un amplio público de un acervo guardado por siglos al ciudadano común.
Con él se abrían las puertas al misterioso mundo de la literatura, la ciencia, los tratados y la difusión de los bienes culturales signados por la letra escrita y por la multiplicación de ejemplares de manera mecánica y seriada.
Las comunicaciones han sido siempre un factor de desequilibrio en el horizonte cultural y científico de la humanidad. Este hecho se observa hoy más que nunca en la creciente simbiosis entre la tecnología, la economía, la enseñanza y la cultura. Sin embargo, cabe anotar que un lector es un ser escolarizado y formado para la avidez del conocimiento. La simple lectura mecánica, todos lo sabemos, no llena el vacío de la interpretación. Hoy tenemos una abundancia de información inigualable, pero carecemos de lectores atentos y juiciosos que recojan la mies de sus antecesores, consuman el pan de sus contemporáneos y oteen el horizonte de su infancia generacional. El cambio implica temor, miedo e incertidumbre; la parálisis, en consecuencia, es el resultado natural de esta actitud pasiva y adormilada frente a la lectura. Se aduce que la juventud es mala lectora, y que campañas de orden motivador urgen en nuestro sistema escolar. Sin duda, esto es cierto, pero antes que una labor de misioneros lectores necesitamos activar en nuestros jóvenes el interés genuino por la lectura. Y es ahí donde radica el problema de la lectura: ¿qué es un lector genuino? En primer lugar, es alguien que disfruta de la lectura, porque emocionalmente se siente comprometido con su oficio de lector. En segunda instancia, es un ser creativo que va más allá de la simple recepción y almacenamiento de los datos presentes en un libro o documento. En igual forma, es un ser que convierte lo leído en biografía, lo cual señala que un lector genuino es aquel que encuentra en la lectura un proceso de incorporación de elementos vitales para su crecimiento emocional, mental, cultural e intelectual. Un lector genuino tiene criterio frente a lo leído, sabe que no es un pecado mortal dejar un texto poco interesante en la mitad de su trayecto, ni que leer un libro sea una tarea que otros le deben señalar como obligación, sin la cual su vida carecería de sentido.
La vida y su devenir es otro factor esencial en esta selección del valor de nuestras palabras. Si nacimos en el campo, estudiamos en un pueblo pequeño y terminamos ejerciendo nuestra vida profesional en una gran ciudad, podemos entender que los hitos que nos permitían ser exitosos en uno de aquellos entornos no lo será en otros. Somos seres cambiantes, y vivimos en un entorno que cambia constantemente; la capacidad de aprender y de desaprender resulta vital en las condiciones actuales de desarrollo histórico. Podemos preguntarnos, entonces, ¿qué pasa con los lectores? Pasa lo que tiene que pasar con unos individuos que necesitan vivir en un entorno desafiante, donde el sistema escolar cree saber lo que deben saber, sin preguntarse si es éste el contenido que requieren para la vida. En el momento en que un docente o un sistema educativo produzca la sinergia suficiente para aportar los contenidos y los instrumentos adecuados para generar criterio en sus componentes docentes y estudiantiles, estaremos en camino a un nuevo amanecer cognitivo-social tan importante como el que condujo a la aparición de la imprenta. Las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación no son suficientes, con su presencia, para crear el cambio; se necesitan escritores, lectores y entornos propicios para responder de manera flexible y plástica al profundo cambio que se observa en todos los ámbitos del aprendizaje. La lectura es la puerta de entrada al ser propio, al ser ajeno y al ser colectivo. Desde nuestro ser se construye el mundo de imágenes mentales que nos permite ver al otro y a los demás, cercanos y lejanos, que nos visitan en nuestro interior temporalmente, acompañándonos siempre de manera virtual y sin que podamos sustraernos a su influjo y presencia sin perder gran parte de nuestras fuentes de experiencia, vitales para nuestro crecimiento. El lector y el escritor son una creación de nuestra cultura. Sus papeles serían inimaginables en una cultura eminentemente oral, donde su presencia puede parecer superflua e innecesaria. Sin embargo, en nuestra actual civilización son papeles indispensables para crear comunidad escolar, consolidar la académica y sentar las bases de cualquier ejercicio profesional.
Podemos cerrar los ojos ante esta realidad y pensar que esta tormenta es pasajera, o tomar una actitud de lector genuino, y ante todo de constructor auténtico de nuestra propia aventura en el mundo de las letras analógicas o virtuales por las que podemos andar a petición externa o como fruto de nuestra profunda reflexión sobre la vida práctica.