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Asignatura: Organización y gestión interna de la empresa, Profesor: , Carrera: Administración y Dirección de Empresas, Universidad: UniZar
Tipo: Apuntes
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«En 2008, Nicolas Sarkozy, Presidente de la República Francesa, insatisfecho con el estado de la información estadística sobre economía y sociedad, solicitó a Joseph Stiglitz (Presidente de la Comisión), Amartya Sen (Consejero) y Jean‐Paul Fitoussi (Coordinador) que establecieran la Comisión sobre la Medición del Desarrollo Económico y del Progreso Social. Se le encomendó la misión de determinar los límites del PIB como indicador de los resultados económicos y del progreso social, reexaminar los problemas relativos a la medición, identificar datos adicionales que podrían ser necesarios para obtener indicadores del progreso social más pertinentes, evaluar la viabilidad de nuevos instrumentos de medición y debatir sobre una presentación adecuada de datos estadísticos». www.ambafrance‐¿De qué se ocupan y de qué deben ocuparse la historia económica y la economía? ¿Por qué unas naciones son ricas y otras pobres? Esta pregunta aparentemente simple remite al fondo de uno de los problemas contemporáneos más apremiantes: el del desarrollo económico desigual. Comparados con él, sólo los problemas de la guerra y la paz, de la presión demográfica y la salubridad ambiental y, por tanto, de la supervivencia de la raza humana, son de similar magnitud e importancia. [Cameron, R. (1990), Historia económica mundial, Madrid, Alianza, p. 25]
La historia económica es la reina de las ciencias sociales. Trata sobre La naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones. Los economistas intentan explicar estas "causas" estudiando la historia del desarrollo económico, mientras que los historiadores de la economía se fijan en el proceso dinámico del cambio histórico. [Allen, R.C. (2014), Historia económica mundial: una breve introducción, Madrid, Alianza, p. 11]
La finalidad más propia de la historia económica es el estudio del crecimiento económico a largo plazo. Desde esta perspectiva, el análisis de los factores que facilitan o dificultan el crecimiento tiene que estar en el centro de cualquier aproximación a la historia económica en general y, más aún, a la historia económica mundial. Dos de estos factores son decisivos cuando examinamos tanto la experiencia histórica como los estudios teóricos: las instituciones y el cambio tecnológico. [Feliú, G. y C. Sudrià (2013), Introducción a la historia económica mundial, Barcelona, UB, p. 16]
En los tiempos modernos, estas han sido reformas sobrevenidas en la estructura industrial dentro de la que se elaboraba el producto y se empleaban recursos —desviándolos de la agricultura hacia actividades no agrícolas—, proceso de industrialización; en la distribución de la población entre el campo y las ciudades, proceso de urbanización; en la posición económica relativa de grupos dentro de la nación diferenciados por su situación de empleo, vinculación con varias industrias, nivel de ingresos per cápita y demás características afines; en la distribución del producto según el uso que del mismo se hace —entre consumo doméstico, formación de capital y consumo gubernamental, y dentro de estas tres categorías principales en nuevas subdivisiones—; en la distribución del producto por su origen dentro de las fronteras de la nación y en otros puntos; y así sucesivamente. KUZNETS, S. (1973), Crecimiento económico moderno, Madrid, Aguilar, p. 3.
El capitalismo es, por naturaleza, una forma o método de transformación económica y no solamente no es jamás estacionario, sino que no puede serlo nunca. Ahora bien: este carácter evolutivo del proceso capitalista no se debe simplemente al hecho de que la vida económica transcurre en un medio social y natural que se transforma incesantemente. Tampoco se debe al crecimiento casi automático de la población y el capital ni a las veleidades del sistema monetario. El impulso fundamental que pone y mantiene en movimiento a la máquina capitalista procede de los nuevos bienes de consumo, de los nuevos métodos de producción y transporte, de los nuevos mercados, de las nuevas formas de organización industrial que crea la empresa capitalista [en un] proceso de mutación Pobl. urbana en Europa occidental (%) 1000 0,0 1500 6,1 1820 12,3 1890 31,0 Fuente: Maddison (2002: 51 y 2002: 95). ~ 12 ~ industrial que revoluciona incesantemente la estructura económica desde dentro, destruyendo ininterrumpidamente lo antiguo y creando continuamente elementos nuevos. Este proceso de destrucción creadora constituye el dato de hecho esencial del capitalismo. Fuente: Schumpeter, J. A. ([1950] 1988), Capitalismo, socialismo y democracia, Barcelona, Orbis, vol. I, pp. 120‐ 121
Hubo aquel año una intensa hambre en casi toda la Galia. Muchos hombres hicieron pan con pepitas de uva, con candelillas de avellano, algunos incluso con raíces de helecho prensadas; las ponían a secar y las molían, mezclándolas con un poco de harina. Otros muchos hacían lo mismo con la maleza de los campos. Los hubo que, careciendo por completo de harina, cogían hierbas y las comían, con lo que se hinchaban y sucumbían. Fuente: Gregorio de Tours (s. VI); cit. en Montanari, M. (1993), El hambre y la abundancia. Historia y cultura de la alimentación en Europa, Barcelona, Crítica, p. 14.
En el año 1438 hubo gran carestía en Turingia y otros países, las gentes morían de hambre y caían en pueblos, lugares y caminos y yacían largo tiempo insepultas, de forma que el aire se envenenó y de esa carestía surgió una veloz pestilencia y una cruel mortandad, y morían aún más de los que antes murieron del hambre, de modo que en pueblos y también en muchas ciudades pequeñas murieron todos y no se encontraba en ellas ninguna persona. Fuente: Crónica de Turingia (1438); cit. en Rösener, W. (1990), Los campesinos en la Edad Media, Barcelona, Crítica, p. 125.
La guerra era en general la menos directamente mortífera. La guerra resultaba sobre todo funesta por sus consecuencias indirectas, es decir, porque provocaba una mayor frecuencia o intensidad de los otros dos azotes, hambres y epidemias. Un pequeño ejército de unos 8. soldados que el cardenal‐duque de Richelieu paseó de La Rochela al Monferrato en 1627‐28, diseminó una epidemia de peste que causó la muerte de más de un millón de personas. Y como ha escrito Hans Zinsser, «las epidemias a menudo decidieron la victoria o la derrota antes de que los generales supieran dónde instalar el campamento». Fuente: Cipolla, C. M. (1981), Historia económica de la Europa preindustrial, Madrid, Alianza, pp. 166‐167.
Afirmo que la capacidad de crecimiento de la población es infinitamente mayor que la capacidad de la tierra para producir alimentos para el hombre. La población, si no encuentra obstáculos, aumenta en progresión geométrica. Los alimentos tan sólo aumentan en progresión aritmética. Basta con poseer las más elementales nociones de números para poder apreciar la inmensa diferencia a favor de la primera de estas dos ~ 16 ~ fuerzas. Para que se cumpla la ley de nuestra naturaleza, según la cual el alimento es indispensable a la vida, los efectos de estas dos fuerzas tan desiguales deben ser mantenidos al mismo nivel. Esto implica que la dificultad
inversión en habilidades y nuevas tecnologías. Éstas conducen más al crecimiento económico que las instituciones económicas extractivas, estructuradas para extraer recursos de la mayoría para un grupo reducido y que no protegen los derechos de propiedad ni proporcionan incentivos para la actividad económica. Las instituciones económicas inclusivas, a su vez, respaldan y reciben el apoyo de las instituciones políticas inclusivas, es decir, las que reparten el poder político ampliamente de manera pluralista y son capaces de lograr cierto grado de centralización política para establecer la ley y el orden, la base de unos derechos de propiedad seguros y una economía de mercado inclusiva. Asimismo, las instituciones económicas extractivas están relacionadas sinérgicamente con las instituciones políticas extractivas, que concentran el poder en manos de unos pocos, que entonces tendrán incentivos para mantener y desarrollar instituciones económicas extractivas en beneficio propio y utilizar los recursos que obtengan para consolidar su control del poder político.
1º La libertad, o sea la facultad de hacer con seguridad cuanto le pareciere más acomodado a sus deseos, siempre que con ello no dañe a los demás hombres; 2º la igualdad, o sea el derecho para ser protegido en sus medios y en sus facultades, sin diferencia de unos hombres a otros, gozando de una misma consideración sin distinción alguna; y 3º la propiedad, o la facultad exclusiva de disponer y gozar a nuestro arbitrio del producto de nuestro trabajo.
. La propiedad es, sin disputas, una de las primeras bases de la independencia del hombre. No pensamos por esto que debe ser exclusiva: al contrario, reconocemos en la conducta pública y privada de ciertos hombres que no es el carácter independiente exclusivo de los poderosos, y que en la medianía y aun en la clase desacomodada sobresalen virtudes que no ceden a las de las clases elevadas. Sin embargo, la propiedad se ha fijado en todos los países cultos de la Europa moderna como base y garantía para apreciar el apego de los ciudadanos al orden existente y como barrera para que estén exentos de las influencias del poder. En todos los códigos constitutivos se ha procurado que los representantes del pueblo ofrezcan prendas de independencia, y la comúnmente admitida es el vivir de sus propios bienes, sin deber caso alguno al Gobierno.
Proscritos enteramente todos los sistemas de preferencia o de restricciones, no queda sino el sencillo y obvio de la libertad natural, que se establece espontáneamente y por su propios méritos. Todo hombre, con tal que no viole las leyes de la justicia, debe quedar en perfecta libertad para perseguir su propio interés como le plazca, dirigiendo su actividad e invirtiendo sus capitales en concurrencia con cualquier otro individuo o categoría de personas. El Soberano se verá liberado completamente de un deber cuya prosecución forzosamente habrá de acarrearle numerosas desilusiones, y cuyo cumplimiento acertado no puede garantizar la sabiduría humana, y es, a saber, la obligación de supervisar la actividad privada, dirigiéndola hacia las ocupaciones más ventajosas a la sociedad. Según el sistema de la libertad natural, el Soberano únicamente tiene tres deberes que cumplir, los tres muy importantes, pero claros e inteligibles al intelecto humano: el primero, defender a la sociedad contra la violencia e invasión de otras sociedades independientes; el segundo, proteger en lo posible a cada uno de los miembros de la sociedad de la violencia y de la opresión de que pudiera ser víctima por parte de otros individuos de esa misma sociedad, estableciendo una recta administración de justicia; y el tercero, la de erigir y mantener ciertas obras y establecimientos públicos cuya erección y
sostenimiento no pueden interesar a un individuo o a un pequeño número de ellos, porque las utilidades no compensan los gastos que pudiera haber hecho una persona o un grupo de éstas, aun cuando sean frecuentemente muy remuneradoras para el gran cuerpo social.
La economía doméstica de todo el pueblo resultó radicalmente alterada.
El campesino ya no pudo nunca más cubrir sus necesidades vitales con los materiales, la tierra y los recursos de su propio entorno y de sus fuertes brazos. El campesino autosuficiente se convirtió en un gastador de dinero, ya que todo cuanto necesitaba lo encontraba ahora en la tienda. El dinero, que en el siglo XVI había desempeñado un papel marginal, aunque necesario, se había convertido en la única cosa necesaria para sobrevivir. La frugalidad campesina fue reemplazado por el crecimiento comercial. Ahora, cada hora de trabajo tenía un valor monetario, el desempleo se convirtió en un desastre, pues el trabajador asalariado no podía recurrir a ningún pedazo de tierra. Su patrón de la época isabelina había necesitado dinero de vez en cuando, pero ahora él lo necesitaba casi diariamente, cada semana del año.
No disponen de prados de la aldea o del común para practicar sus deportes. Me dicen que hace unos treinta años tenían derecho a disponer de un terreno de juego en una finca particular en determinadas épocas del año, y entonces eran famosos por su fútbol; pero, de uno u otro modo, ese derecho se ha perdido y la finca se encuentra ahora bajo la reja del arado. Más tarde comenzaron a jugar al cricket y dos o tres de los hacendados les permitieron muy amablemente utilizar sus campos.
Ya es tiempo, pues, de que nos desengañemos, de que la experiencia nos abra los ojos, de que la razón nos persuada y de que nos despierte el ejemplo de las demás naciones. Si queremos crecer en población y riqueza, hagamos lo que éstas hacen. Imitemos las huellas de Inglaterra, protejamos, fomentemos la labranza. Cambiemos de legislación. Hagamos por los labradores todo lo que hemos hecho por los ganaderos: rompamos, cultivemos cuanta tierra se pueda labrar, reduzcámoslo todo a propiedades, promoviendo su cerramiento. Extirpemos esta clase de ganaderos de cucaña, quitándole toda especie de pastos comunes y fiémonos en los labradores, que con su cultivo no sólo nos enriquecerán, sino que nos multiplicarán los ganados.
Los institucionalistas piensan que en el siglo XVIII el desarrollo del continente se vio obstaculizado por la presencia de instituciones arcaicas, que fueron desmanteladas por la Revolución Francesa, cuya influencia se extendió a la mayor parte de Europa con los ejércitos de la República y de Napoleón. En cada lugar conquistado, los franceses remodelaban Europa a su imagen y semejanza, lo que incluía la abolición de la servidumbre, la igualdad frente a la ley, un nuevo régimen legal (el Código Napoleónico), la expropiación de las propiedades monásticas, la creación de mercados nacionales mediante la eliminación de aranceles internos y la promulgación de una única tarifa arancelaria, un sistema tributario racionalizado, una educación primaria laica y universal, la ampliación de la enseñanza secundaria moderna, los institutos técnicos y las universidades, y la promoción de una cultura científica.
Las Actas de Navegación (1660)
proporcionaron la base esencial para otros cambios tecnológicos en una serie de círculos concéntricos cada vez más anchos, en cuyo centro había unas pocas innovaciones principales, como la energía del vapor, la metalurgia (especialmente el hierro) y la utilización a gran escala de los combustibles minerales. Podríamos identificar otras clases similares de racimos alrededor de la electrificación, que empezó a finales del siglo XIX, el motor de combustión interna, a principios del siglo XX, y los plásticos, la electrónica y el ordenador en los años más recientes.
Algunos rasgos de la tecnología. Impacto acumulativo de pequeñas mejoras
Un gran parte del crecimiento total de la productividad proviene de un aumento lento, a menudo casi inapreciable, de pequeñas mejoras individuales de las innovaciones. Es útil aquí pensar en la función del ciclo de vida de las innovaciones individuales. Las mejoras principales de la productividad a menudo van llegando mucho tiempo después de la innovación inicial, a medida que el producto pasa por innumerables modificaciones menores y por alteraciones de su diseño para poder satisfacer las necesidades de los usuarios especializados. Una buena parte del cambio tecnológico que se produce en una economía industrial avanzada es, si no invisible, de escasa visibilidad. Incluye un flujo de mejoras en el manejo de materiales, técnicas para diseñar de nuevo la producción para un mejor confort y reducción de los costes de mantenimiento y reparación.
La apología del maquinismo.
La edad mecánica de Carlyle Qué maravillosas aportaciones se han hecho y se siguen haciendo a la potencia física de la humanidad; cuán mejor alimentados, vestidos, alojados y, a todos los efectos, acomodados están los hombres o pueden estarlo gracias a una determinada cantidad de trabajo. Esta es una agradable reflexión que se impone a cada uno de nosotros. Qué cambios también ha introducido en el Sistema Social este incremento de potencia; cómo ha crecido más y más la prosperidad y cómo, al mismo tiempo, se ha ido acumulando más y más en la masa social, alterando extrañamente las antiguas relaciones y ampliando la distancia entre el rico y el pobre; ésta será, para los economistas políticos, una cuestión mucho más compleja e importante que cualquier otra con la que se hayan enfrentado hasta ahora.
La lógica del mercado
Una especie de broma de aquellos tiempos era que los objetos se fabricaban para venderse y no para ser usados. Había una cosa que hacían perfectamente bien: las máquinas destinadas a la fabricación de objetos, máquinas a las que podía llamarse productos perfectos, admirablemente apropiadas para su uso. De manera que puede decirse que toda la pericia del siglo XIX se empleaba en la fabricación de máquinas, maravillas de inventiva, de habilidad y de economía, utilizadas para la producción desmesurada de objetos inútiles y despreciables. En realidad, los dueños de las máquinas no consideraban los productos que fabricaban como objetos útiles, sino únicamente como medio de enriquecerse. El único signo de la utilidad de los productos era que tuvieran compradores, inteligentes o estúpidos, poco importaba.
La industrialización como un proceso de difusión.
No hay una sola industria importante en ninguna de las principales regiones del continente que no haya contado con pioneros británicos como empresarios, mecánicos, constructores de máquinas, capataces o trabajadores cualificados, o suministradores de capital para ponerlas en marcha. Así, en Francia, los técnicos británicos contribuyeron a la industria algodonera que se produjo desde 1738 hasta bien entrado el siglo XIX; la maquinaria para la lana, el lino y el yute, esperaba de modo parecido la iniciativa británica, aunque hubo algunos inventos franceses significativos en esos campos. La deuda en el caso de los principales yacimientos de carbón, fundiciones de hierro y establecimientos mecánicos de Francia es aún mayor, y en la industria
mecánica en particular, los británicos proporcionaron no sólo el disparador, sino que estuvieron allí para construir la mayor parte de los talleres franceses existentes en la primera fase de la industrialización, que a su vez se convirtió en el instrumento para transformar el resto de la economía.
La difusión de la industrialización y las «ventajas del atraso».
Gerschenkron añade una importante observación, y es que [...] cuando un país [...] consigue despegar, su despegue puede ser más rápido que el del líder, a causa de las denominadas ventajas del atraso. Pero ¿existen ventajas en el atraso? Por paradójico que pueda parecer, es cierto que un país imitador no necesita inventar y, por tanto, tampoco tiene necesidad de todo el complejo trabajo que requiere el perfeccionamiento de aquellos inventos, lo que exige tiempo y recursos, sino que puede introducir tecnologías que ya fueron puestas a punto por otros, produciendo un salto (big spurt) de productividad mucho más rápido que el que le fue posible al líder, que se veía obligado, en cambio, a proceder por aproximaciones sucesivas, inevitablemente más graduales. De este modo, a los países atrasados les será posible no sólo despegar, sino también tener la posibilidad de alcanzar, e incluso superar al líder [...]. Este resultado final de “enganche” fue muy estudiado por los economistas, que utilizaron la expresión catching up y trataron de generalizar las condiciones que deben estar presentes en un país para que éste pueda tomar con éxito la “carrerilla”. No es, pues, inevitable que quien parte primero permanezca siempre en cabeza, y esto ha sido verdad ciertamente en el caso de Gran Bretaña, primer país industrial.
Interpretaciones El imperialismo es el esfuerzo de los grandes dueños de la industria para facilitar el desagüe de su excedente de riquezas, buscando vender o colocar en el extranjero las mercancías o los capitales que el mercado interior no puede absorber
En primer lugar, el dominio político no era necesario para la inversión de capital. Estados Unidos, la ex colonia, se llevó la mayor parte de la inversión exterior inglesa, por encima de colonias en activo como la India o el África británica. Además, el argumento de Hobson contenía otro serio error: el capital no rendía más en los nuevos territorios, excepción hecha de algún sector concreto, como la minería. La razón estaba en que, si bien la mano de obra en los países desarrollados era más cara, también era más productiva, porque estaba mejor educada, y porque en estos países se disfrutaba de las llamadas economías externas: paz y orden social, sistemas legales eficaces, redes de transporte, cercanía de los grandes mercados, servicios bancarios, de seguros, etcétera. ¿Cuál era entonces la razón del imperialismo? Es difícil establecerlo claramente. Sin duda había un acicate económico: algunos capitalistas, sobre todo los que invirtieron en minas, hicieron muy pingües beneficios, y sin duda presionaron a los gobiernos para que les garantizaran un marco político adecuado. Otros capitalistas creyeron que iban a hacer grandes beneficios, o que las colonias iban a ser excelentes mercados. Se equivocaron en esto. Hubo sin duda otros grupos que agitaron y arguyeron que las colonias iban a ser un gran negocio o a reportar grandes beneficios. Se ha puesto de relieve que ciertas elites tenían interés en la colonización. En realidad, lo que parece haber detrás del imperialismo contemporáneo, en la mayoría de los casos, es el nacionalismo. Es el esfuerzo y la carrera de las naciones fuertes por mantener o conquistar un imperio que les dé prestigio y poder político.
Un patrón oro «automático» es parte natural de una economía de laissez‐faire y de librecambio. Un patrón así vincula los tipos monetarios y los niveles de precios de cada nación con los de todas las demás naciones que lo aceptan. Ese patrón es sumamente sensible al gasto público e incluso a actitudes o políticas que no implican directamente gasto público, como, por ejemplo, la política internacional, o ciertas políticas fiscales o, en general y precisamente, todas las
adecuada. La escuela dominante ignora que en régimen de competencia completamente libre con naciones manufactureras muy adelantadas, una nación que se halla en un nivel más bajo, aunque tenga ante sí un porvenir risueño, sin medidas protectoras nunca podrá desarrollar por completo una energía manufacturera, ni llegar a la plena independencia nacional. [La escuela dominante] quiere presentar los beneficios del libre tráfico interior como prueba de que las naciones sólo pueden alcanzar la máxima prosperidad y poderío gracias a la libertad absoluta del tráfico internacional, cuando, en realidad, la historia enseña en todas partes lo contrario.
Conceder monopolios en el mercado doméstico a cualquier especie de industria en particular es, en cierto modo, como indicar a las personas particulares cómo deben invertir sus capitales, y en la mayor parte de los casos, ello se traduce en una medida inocua o en una regulación perjudicial. Será inútil una reglamentación de esta clase, evidentemente, si el producto doméstico se puede vender tan barato como el de la industria extranjera, y si no puede venderse en esas condiciones, será por lo general contraproducente. Siempre será máxima constante de cualquier prudente padre de familia no hacer en casa lo que cuesta más caro que comprarlo. El sastre, por esta razón, no hace zapatos para sí y para su familia, sino que los compra del zapatero; éste no cose sus vestidos, sino que los encomienda al sastre; el labrador no hace en su casa ni lo uno ni lo otro, pero da trabajo a esos artesanos. Interesa a todos emplear su industria siguiendo el camino que les proporciona más ventajas, comprando con una parte el producto de la propia, o con su precio, que es lo mismo, lo que la industria de otro produce y ellos necesitan. Lo que es prudencia en el gobierno de una familia particular, raras veces deja de serlo en la conducta de un gran reino. Cuando un país extranjero nos puede ofrecer una mercancía en condiciones más baratas que nosotros podemos hacerla, será mejor comprarla que producirla, dando por ella parte del producto de nuestra propia actividad económica, y dejando a ésta emplearse en aquellos ramos en que saque ventaja al extranjero.
En un sistema de intercambio perfectamente libre, cada país dedicará lógicamente su capital y su trabajo a aquellas producciones que son las más beneficiosas para él. Pero este propósito de perseguir la ventaja individual está admirablemente unido a la conveniencia general del conjunto. Es este el principio que determina que el vino se elabore en Francia y Portugal, el trigo se cultive en América y Polonia y la quincalla y otras mercancías se fabriquen en Inglaterra. En Inglaterra pueden darse tales circunstancias que para producir el tejido se requiera el trabajo de 100 hombres durante un año; y si ella intentase producir vino, pudiera necesitar el trabajo de 120 hombres durante el mismo tiempo. Inglaterra, por tanto, encuentra interés en importar vino y comprarlo con la exportación de tejidos. La producción de vino en Portugal puede requerir solamente el trabajo de 80 hombres en un año, y para la producción de tejidos en el país pudieran necesitarse 90 hombres por un tiempo igual. Le resulta, por tanto, ventajoso exportar vino a cambio de los tejidos. Este intercambio puede tener lugar aun cuando la mercancía importada en Portugal pudiera producirse allí con menos trabajo que en Inglaterra. Aunque se fabricase el tejido con el trabajo de 90 hombres, sería importado de un país donde requiriera el trabajo de 100, porque le sería más ventajoso emplear su capital en la producción de vino, con el cual obtiene más tejidos de Inglaterra de los que obtendría traspasando una parte de su capital del cultivo de los viñedos a la manufactura de tejidos.
La mule‐jenny llegó a Cataluña en 1806 siguiendo una doble vía. Por una parte, directamente de Francia a través de la sociedad Jaumard, Cramp y Cía., creada en Barcelona un año antes por
empresarios franceses bajo el patrocinio del conde de Cabarrús. Por otra, desde la Real Fábrica de Algodón de Ávila que en ese momento dirigía Agustín de Betancourt y que remitió algunas de estas máquinas a dos sociedades catalanas, las de Jacinto Ramón, de Barcelona, y Codina, Dalmau, Martí y Serrano, de Manresa. En ambos casos el origen de las máquinas era francés, la principal vía de transferencia de la tecnología inglesa hacia Cataluña en los inicios de la industrialización, por lo que no es de extrañar que a las mule‐jennies se las conociera en el Principado como «máquinas francesas». Las primeras máquinas que llegaron a Ezcaray [La Rioja] se trajeron de Lieja por el puerto de Bilbao, con armadores encargados de montarlas; pero posteriormente se han establecido artífices catalanes que también las construyen: hasta ahora las que se han planteado han sido casi todas colocadas en bonitos y aun elegantes edificios hechos al intento, para proporcionarles movimiento por agua o vapor, los que han podido obtener esta ventajosa economía, y los que no son susceptibles de este beneficio reciben el impulso por medio de caballerías y bueyes.