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LENGUA ESPAÑOLA, Apuntes de Comunicación Audiovisual

Asignatura: Lengua Española en la Comunicacion Audiovisual, Profesor: Rebeca Quintans, Carrera: Comunicación Audiovisual, Universidad: UCM

Tipo: Apuntes

2013/2014

Subido el 16/05/2014

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COLECCIÓN HACIA LA
UNIVERSIDAD
©
Ángel Cervera, Ediciones SM
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OMENTARIO RESUELTO
Texto periodístico de opinión y mixto
[1]
Una reflexión psicosocial
La introducción del uniforme escolar en los centros públicos no es una medida anodina. Puede
herir sensibilidades, dar lugar a conflictos o abrir un debate más amplio sobre un orden social
dado. Desde un punto de vista psicológico, atañe a la sempiterna tensión entre la necesidad de
ser al mismo tiempo semejante y diferente de los demás. Los argumentos a favor del uniforme
son numerosos y conocidos. Se imagina como un freno al marquismo, a ver los centros
escolares como una pasarela. Desde una perspectiva psicosocial, se añade que el uniforme
acabaría con la comparación entre los alumnos, se destronaría el estilo de vestir como signo
de diferencias sociales, económicas, étnicas, religiosas, nacionales o incluso entre pandillas.
Se cree también que favorece la disciplina, y la concentración. No faltan tampoco razones de
tipo económico o de sentido práctico.
Pero vestir de uniforme tiene tras sí una larga historia. Recordemos, por ejemplo, cómo el
cuello Mao se impuso a 900 millones de habitantes. El uniforme ha sido un instrumento para
establecer jerarquías y distancias entre clases o entre castas. En suma, el uniforme trae a la
memoria lo militar, la penitenciaría, la hospitalización, el internado. Evoca la
despersonalización, lo homogéneo, la falta de iniciativa y de autonomía o la ausencia de
sensibilidad estética. Suele oponerse a modernidad, innovación y juventud.
[2] Es una obviedad que el modo de vestir cumple funciones sociales básicas, al permitir
reconocer la clase social, la fortuna, el oficio, la religión, la edad, la orientación sexual. La
propuesta de introducir el uniforme en los centros escolares es quizá una respuesta al
radicalismo que manifiestan los escolares con su modo de vestir. Cabe, no obstante,
preguntarse a qué responde semejante estilo. Es posible que entre las motivaciones figuren la
exaltación de la diferencia y un interés exasperado por atraer la mirada del otro. El modo de
vestir puede llevar al paroxismo el deseo de ser diferente y provocativo, y, al mismo tiempo,
el deseo de ser semejante y suscitar la aprobación de los compañeros. Ser diferente, imitar y
ser imitado, son los parámetros de ese radicalismo juvenil al vestir.
Merece especial consideración que en la actualidad la edad se ha convertido en el
determinante más importante del estilo de vestir. Los jóvenes están considerados inspiradores
directos de estilos y el principal vector de la moda. Este es posiblemente el mayor poder que
hoy tienen los jóvenes en la sociedad. Y en esa competición simbólica entre edades, los
jóvenes anteponen el valor del cuerpo. Se contraponen al mismo tiempo a los adultos y a un
orden social establecido.
[3] En conclusión, ante el disgusto escolar que puede producir el radicalismo juvenil en el
modo de vestir, cabe imponer el uniforme. Pero cabe también plantearse si no sería un
magnífico tema para aprender a tratar con la diversidad social y cultural. Visto el empeño que
ponen los jóvenes en saturar su cuerpo de comunicación social, no estaría de más convertir
ese interés en una herramienta de aprendizaje y desarrollo de la sensibilidad estética y social.
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: en El País
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COMENTARIO RESUELTO  Texto periodístico de opinión y mixto

[1] Una reflexión psicosocial

La introducción del uniforme escolar en los centros públicos no es una medida anodina. Puede

herir sensibilidades, dar lugar a conflictos o abrir un debate más amplio sobre un orden social

dado. Desde un punto de vista psicológico, atañe a la sempiterna tensión entre la necesidad de

ser al mismo tiempo semejante y diferente de los demás. Los argumentos a favor del uniforme

son numerosos y conocidos. Se imagina como un freno al marquismo, a ver los centros

escolares como una pasarela. Desde una perspectiva psicosocial, se añade que el uniforme

acabaría con la comparación entre los alumnos, se destronaría el estilo de vestir como signo

de diferencias sociales, económicas, étnicas, religiosas, nacionales o incluso entre pandillas.

Se cree también que favorece la disciplina, y la concentración. No faltan tampoco razones de

tipo económico o de sentido práctico.

Pero vestir de uniforme tiene tras sí una larga historia. Recordemos, por ejemplo, cómo el

cuello Mao se impuso a 900 millones de habitantes. El uniforme ha sido un instrumento para

establecer jerarquías y distancias entre clases o entre castas. En suma, el uniforme trae a la

memoria lo militar, la penitenciaría, la hospitalización, el internado. Evoca la

despersonalización, lo homogéneo, la falta de iniciativa y de autonomía o la ausencia de

sensibilidad estética. Suele oponerse a modernidad, innovación y juventud.

[2] Es una obviedad que el modo de vestir cumple funciones sociales básicas, al permitir

reconocer la clase social, la fortuna, el oficio, la religión, la edad, la orientación sexual. La

propuesta de introducir el uniforme en los centros escolares es quizá una respuesta al

radicalismo que manifiestan los escolares con su modo de vestir. Cabe, no obstante,

preguntarse a qué responde semejante estilo. Es posible que entre las motivaciones figuren la

exaltación de la diferencia y un interés exasperado por atraer la mirada del otro. El modo de

vestir puede llevar al paroxismo el deseo de ser diferente y provocativo, y, al mismo tiempo,

el deseo de ser semejante y suscitar la aprobación de los compañeros. Ser diferente, imitar y

ser imitado, son los parámetros de ese radicalismo juvenil al vestir.

Merece especial consideración que en la actualidad la edad se ha convertido en el

determinante más importante del estilo de vestir. Los jóvenes están considerados inspiradores

directos de estilos y el principal vector de la moda. Este es posiblemente el mayor poder que

hoy tienen los jóvenes en la sociedad. Y en esa competición simbólica entre edades, los

jóvenes anteponen el valor del cuerpo. Se contraponen al mismo tiempo a los adultos y a un

orden social establecido.

[3] En conclusión, ante el disgusto escolar que puede producir el radicalismo juvenil en el

modo de vestir, cabe imponer el uniforme. Pero cabe también plantearse si no sería un

magnífico tema para aprender a tratar con la diversidad social y cultural. Visto el empeño que

ponen los jóvenes en saturar su cuerpo de comunicación social, no estaría de más convertir

ese interés en una herramienta de aprendizaje y desarrollo de la sensibilidad estética y social.

JUAN ANTONIO PÉREZ: en El País

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Textuales

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Estilísticos

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