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Orientación Universidad
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libro aprende a fluir, Apuntes de Psicología

Asignatura: motivacion, Profesor: Jose Ramón Yela, Carrera: Psicología, Universidad: UPSA

Tipo: Apuntes

2016/2017
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Subido el 29/11/2017

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APRENDER A FLUIR

Mihaly

Csikszentmihalyi

APRENDER A

FLUIR

Traducción de Alfonso Colodrón

K"

editorial VK airós

Numancia, 117- 08029 Barcelona España

  1. LAS ESTRUCTURAS DE LA

VIDA COTIDIANA

Si realmente queremos vivir, sería mejor que empezáramos de una vez a intentarlo; Si no queremos, no importa, pero sería mejor que empezára- mos a morir. W.H.AUDEN^1

Esta cita de Auden expresa con precisión el tema de este libro. La elección es simple: entre este mismo instante y el inevitable final de nuestros días, podemos elegir entre vivir o morir. Si nos limitamos a satisfacer las necesidades del cuerpo, la vida bioló- gica es un proceso simplemente automático. Pero "vivir", en el sentido del que habla el poeta, no significa en absoluto algo que suceda por sí mismo. De hecho, todo conspira contra ello: si no nos responsabilizamos de su dirección, nuestra vida será contro- lada por el exterior para servir al propósito de cualquier otro agente externo. Los instintos biológicamente programados se uti- lizarán para reproducir el material genético de que somos porta- dores; la cultura se asegurará de que lo utilizamos para propagar

  1. Puede encontrarse una excelente serie de reflexiones sobre la poesía de Au- den y el lugar que ocupa en la literatura contemporánea en Hecht (1993).

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Aprender afluir

sus valores e instituciones y otros intentarán tomar de nuestra energía todo lo que puedan para cumplir sus propios propósitos; y todo ello sin tener en cuenta cómo puedan afectarnos dichas ac- ciones. No podemos pretender que nadie nos ayude a vivir; de- bemos descubrir cómo hacerlo por nosotros mismos. Pero entonces, ¿qué significa en este contexto "vivir"? Ob- viamente, no se refiere simplemente a la supervivencia biológica, sino que debe significar vivir plenamente, sin desperdiciar el tiempo ni el potencial, expresando nuestra propia singularidad, aunque participando al mismo tiempo y de forma íntima en la complejidad del cosmos. Este libro explorará formas de vivir de este modo, basándose siempre que sea posible en los descubri- mientos de la psicología contemporánea y en mi propia investi- gación, así como en la sabiduría del pasado en cualquiera de las formas en que nos ha sido transmitida. En este libro, aunque de una forma muy modesta, se volverá a abrir la pregunta: "¿En qué consiste una buena vida?". En lugar de entretenerme con profecías y misterios, intentaré permanecer hasta donde sea posible dentro de los límites de las pruebas razo- nables, centrándome en los acontecimientos cotidianos rutinarios que nos encontramos habitualmente a lo largo de un día normal. Un ejemplo concreto puede ilustrar mejor lo que quiero decir cuando hablo de llevar una buena vida. Hace años, mis alumnos y yo investigábamos una fábrica en la que se ensamblaban vago- nes de tren. El principal lugar de trabajo era un enorme hangar sucio donde difícilmente podía oírse una sola palabra a causa del ruido permanente que había dentro. La mayoría de los soldadores que trabajaban allí odiaban su trabajo y miraban continuamente el reloj deseando que llegara la hora de acabar la jornada. En cuanto salían de la fábrica, se precipitaban a los bares de los al- rededores o conducían hasta la frontera del estado en un intento de compensarse con una actividad más animada. Todos, excepto uno. La excepción era Joe, un hombre poco cultivado de unos sesenta y pocos años que había aprendido por sí mismo a montar cada una de las piezas del equipo de la fábri-

Las estructuras de la vida cotidiana

ca, desde grúas hasta monitores computerizados. Le encantaba encargarse de maquinarias que no funcionaban, averiguar qué pasaba y repararlas. Cerca de su casa, en dos solares vacíos cer- canos, él y su mujer habían construido un gran jardín de rocalla en que habían instalado fuentes de pantallas muy finas de agua que producían pequeños arco iris, incluso por la noche. El cente- nar aproximado de soldadores que trabajaban en la misma planta respetaban a Joe, aunque no comprendían su forma de ser. Sin embargo, solicitaban su ayuda cuando se presentaba algún pro- blema y muchos afirmaban que sin él la fábrica no funcionaría. A lo largo de los años he conocido a muchos directores gene- rales de grandes empresas, a políticos poderosos y a varias doce- nas de premios Nobel, personas todas ellas eminentes que, en muchos aspectos, llevaban vidas extraordinarias, pero ninguna de ellas era mejor que la de Joe. ¿Qué es lo que hace que una vida como la suya sea serena, útil y merezca la pena ser vivida? Esta es la cuestión crucial que abordará este libro. Mi enfoque contie- ne fundamentalmente tres presupuestos básicos. El primero con- siste en que en el pasado los profetas, poetas y filósofos han de- ducido verdades importantes, verdades que son esenciales para nuestra supervivencia. Pero han sido expresadas con el vocabu- lario conceptual de su época, de forma que, para qué sean útiles, su significado tiene que ser redescubierto y reinterpretado por cada generación. Los libros sagrados del judaismo, del cristianis- mo, del islam, del budismo y del hinduismo védico constituyen los mejores depósitos de ideas fundamentales de nuestros ante- pasados, e ignorarlos sería un acto infantil de presunción, Pero es igualmente ingenuo creer que cualquier cosa que haya sido escri- ta en el pasado contiene una verdad absoluta y permanente. La segunda piedra angular en que se apoya este libro es el pre- supuesto de que la ciencia proporciona actualmente la informa- ción que es más vital para la humanidad. Sin embargo, la verdad científica también se expresa con los términos de la visión de los tiempos actuales y, por ello, cambiará y podrá ser desechada en el futuro. Es probable que la ciencia moderna esté tan impregna-

II

Aprender afluir

Los babuinos^3 que viven en las llanuras africanas pasan un tercio de su vida durmiendo, y cuando se despiertan dividen su tiempo entre viajar, buscar comida, comer y el tiempo libre, que dedican esencialmente a relacionarse y acicalarse mutuamente la piel en busca de piojos. No es una vida excitante, pero no ha cam- biado mucho en el millón de años transcurrido desde que los se- res humanos evolucionaron a partir de sus antepasados simios. Las exigencias de la vida todavía imponen que pasemos nuestro tiempo de un modo que no es tan diferente de cómo lo pasan los babuinos africanos. Horas más, horas menos, la mayoría de las personas duermen un tercio del día y dedican el resto a trabajar, desplazarse y descansar, en proporciones aproximadas a la de los babuinos. Como ha señalado el historiador Emmanuel Le Roy Ladurie, en los pueblos franceses del siglo xm -que se contaban entre los más avanzados del mundo en aquella época-, el pasa- tiempo más común seguía siendo despiojarse mutuamente. Claro que hoy día, ¡tenemos la televisión! Los ciclos de descanso, producción, consumo e interacción social constituyen elementos esenciales de cómo vivimos la vida, lo mismo que nuestros cinco sentidos. Como el sistema nervioso está construido de tal forma que sólo procesa una pequeña canti- dad de información cada vez, la mayoría de las cosas que pode- mos captar las tenemos que aprehender por series, una detrás de otra. Suele decirse de un hombre rico y de un hombre pobre que, "al igual que los demás, deben ponerse los pantalones una perne- ra tras otra". En cada momento sólo podemos tragar un bocado, escuchar una única canción o leer un artículo. Así, las limitacio- nes de la atención, que es la que determina la cantidad de energía psíquica de que disponemos para experimentar el mundo, nos proporcionan un guión inflexible conforme al cual vivir. A lo lar-

  1. En Altmann (1980) se da una detallada descripción de las actividades de los primates en libertad. Las actividades cotidianas de los campesinos del sur de Francia en la edad media se describen en Le Roy Ladurie (1979).

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Las estructuras de la vida cotidiana

go del tiempo y en diferentes culturas, ha sido asombrosamente similar lo que hemos hecho los seres humanos y durante cuánto tiempo. Una vez dicho que algunos aspectos importantes de nuestra vida son parecidos, debemos apresurarnos a reconocer las dife- rencias evidentes. Un corredor de bolsa de Manhattan, un cam- pesino chino y un bosquimano del Kalahari desempeñarán el mismo guión humano esencial de un modo que al principio pare- cerá no tener nada en común. Al escribir sobre la Europa de los siglos xvi al xvui, las historiadoras Natalie Zemon Davis y Ar- lette Farge comentan: «La vida diaria se desenvolvía dentro del marco de las perdurables jerarquías sociales y de género».^4 Esto es igualmente aplicable a todos los grupos sociales que conoce- mos: cómo vive una persona depende en gran parte del sexo al que pertenezca, la edad que tenga y la posición social que ocupe. La circunstancia del nacimiento sitúa a una persona en un lu- gar que determina en gran medida el tipo de experiencias que conformarán su vida. Lo más probable es que un niño de seis o siete años, nacido en una familia pobre de una de las zonas in- dustriales de Inglaterra hace doscientos años, tuviera que levan- tarse a las cinco de la mañana e ir rápidamente a la fábrica para manejar los ruidosos telares mecánicos hasta la puesta de sol, seis días por semana. A menudo moriría de agotamiento antes de alcanzar la adolescencia. Una niña de doce años nacida en las re- giones francesas que elaboraban la seda en la misma época se sentaría junto a una cuba todo el día, sumergiendo capullos de gusanos de seda en agua hirviendo, para ablandar la sustancia pe- gajosa que mantiene los hilos juntos. Lo más probable es que muriera debido a enfermedades del sistema respiratorio por sen- tarse desde el alba hasta el atardecer con los vestidos empapados,

  1. Los historiadores franceses colaboradores de la revista Anales fueron los primeros en estudiar cómo vivía la gente en diferentes periodos históricos. Un ejemplo de este género lo constituyen Davis y Farge (1993).

Aprender afluir

mientras que las puntas de sus dedos perdían toda sensibilidad a causa del agua demasiado caliente. Al mismo tiempo, los niños de la nobleza aprendían a bailar el minué y a conversar en otras lenguas. Las mismas diferencias de oportunidades de vida siguen per- sistiendo hoy día entre nosotros. ¿Qué puede experimentar a lo largo de su vida un niño nacido en los barrios bajos de Los Ánge- les, Detroit, El Cairo o México capital? ¿En qué se diferenciará de las expectativas de un niño nacido en una zona residencial de lujo estadounidense o en una familia acomodada sueca o suiza? Desafortunadamente no existe una justicia especial ni hay razón alguna para que una persona haya nacido en una comunidad pau- pérrima, tal vez incluso con un defecto físico congénito, mientras que otra empiece la vida con buena apariencia, buena salud y una gran cuenta en el banco. Así pues, mientras que los principales parámetros de la vida están fijados y nadie puede evitar tener que descansar, comer, re- lacionarse y realizar al menos algún trabajo, la humanidad se ha- lla dividida en categorías sociales que determinan en gran medida el contenido específico de las experiencias. Y para hacerlo todo más interesante existe además la cuestión de la individualidad. Si miramos a través de una ventana en invierno, podemos ver caer perezosamente millones de copos de nieve idénticos. Pero si nos proveemos de una lupa y miramos por separado esos mismos copos, muy pronto descubrimos que no eran idénticos, que de he- cho cada uno de ellos tenía una forma que ningún otro puede du- plicar exactamente. Lo mismo ocurre con los seres humanos. Po- demos decir muchas cosas sobre lo que Susan experimentará por el hecho de ser un ser humano. Podemos incluso decir más sa- biendo que es una niña estadounidense que vive en una comuni- dad concreta y cuyos padres tienen una determinada profesión. Pero una vez que hayamos determinado todo esto, conocer todos esos parámetros externos no nos permitirá predecir cómo será la vida de Susan. No sólo por el hecho de que el azar puede modifi- car todas las predicciones, sino porque -y esto es lo más impor-

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Las estructuras de la vida cotidiana

tante- Susan tiene una mente propia con la que puede decidir de- saprovechar sus oportunidades o, a la inversa, superar algunas de las desventajas de su nacimiento. Un libro como éste puede escribirse gracias a que la concien- cia humana es flexible. Si todo estuviese determinado por la con- dición humana común, por las categorías sociales y culturales y por la suerte, sería inútil reflexionar sobre cómo hacer de la pro- pia vida una vida plena. Afortunadamente hay suficiente espacio para que las iniciativas y las decisiones personales marquen una diferencia real. Y quienes creen que esto es así son quienes tienen las mejores oportunidades de liberarse de las garras del destino.

Vivir significa experimentar a través del hacer, del sentir y del pensar. La experiencia tiene lugar en el tiempo, así que el tiempo es el recurso verdaderamente escaso que tenemos. A lo largo de los años el contenido de las experiencias determinará la calidad de vida y, por ello, una de las decisiones más esenciales que po- demos tomar tiene que ver con cómo invertimos o a qué dedica- mos el tiempo. Por supuesto, la forma que tenemos de invertir el tiempo no es una decisión exclusivamente nuestra. Como ya he- mos visto, limitaciones muy rigurosas dictan lo que hacemos, sea como miembros de la raza humana o por pertenecer a una deter- minada cultura y sociedad. No obstante, existe un espacio para las decisiones personales y, a lo largo del tiempo, tenemos en nuestras manos cierto control. Como señaló el historiador E.P. Thompson,^5 incluso en las décadas más opresivas de la revolu- ción industrial, cuando los trabajadores se extenuaban trabajando más de ochenta horas semanales en minas y fábricas, había algu- nos que dedicaban sus pocas y preciosas horas libres a cultivar intereses literarios o a la actividad política, en lugar de seguir a la mayoría a los bares.

  1. Thompson (1963) proporciona algunas de las descripciones más vividas de cómo cambió la vida cotidiana en Inglaterra como consecuencia de la in- dustrialización.

Aprender afluir

las cosas. Sin embargo, para los jóvenes que todavía estudian, el aprendizaje puede incluirse entre estas actividades productivas, ya que para ellos la educación es el equivalente del trabajo adul- to y además es lo que les conducirá a éste. Entre un cuarto y algo más de la mitad de nuestra energía psí- quica es dedicada a estas actividades productivas, según el tipo de trabajo que se haga y según se trabaje a tiempo parcial o a tiempo completo. Aunque la mayoría de las personas que trabajan a tiempo completo pasan en el trabajo alrededor de 40 horas a la semana, lo que significa el 35% de las 112 horas que pasamos despiertos a la semana, la cifra no refleja exactamente la realidad, ya que de las 40 horas semanales dedicadas al trabajo, generalmente sólo se dedican 30 a trabajar, mientras que las restantes se dedican a hablar, fanta- sear, hacer listas y otras ocupaciones lateralmente irrelevantes. ¿Es esto mucho o poco tiempo? Depende de con qué lo com- paremos. Según algunos antropólogos, entre las sociedades me- nos desarrolladas desde el punto de vista tecnológico, como las tribus de las selvas brasileñas o de los desiertos africanos, los hombres adultos rara vez dedican más de cuatro horas al día a pro- veerse del sustento, ocupando el resto del tiempo en descansar, conversar, cantar y bailar. Por otra parte, durante los aproximada- mente cien años que duró la industrialización en Occidente, antes de que los sindicatos pudiesen regular el horario laboral, no era extraordinario que los trabajadores pasaran 12 o más horas al día en la fábrica. Así pues, la jornada laboral de ocho horas, que es la norma general, se halla a medio camino entre los dos extremos. Las actividades productivas crean nueva energía, pero tene- mos que trabajar duro sólo para conservar el cuerpo y sus pose- siones. Por ello, aproximadamente una cuarta parte de nuestra jornada está relacionada con diferentes clases de actividades de mantenimiento. Mantenemos el cuerpo en forma comiendo, des- cansando y arreglándonos; nuestras posesiones, limpiando, coci- nando, comprando y haciendo toda clase de tareas domésticas. Tradicionalmente, a las mujeres se les ha cargado el trabajo de mantenimiento, mientras que los hombres se han dedicado a los

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roles productivos. Esta diferencia es muy grande aún hoy día en Estados Unidos: mientras que hombres y mujeres pasan igual cantidad de tiempo comiendo (alrededor de un 5%), las mujeres dedican el doble de tiempo que los hombres a realizar todas las demás actividades de mantenimiento. Las tareas domésticas que tipifican el género son por supuesto mucho más marcadas en cualquier otro lugar. En la extinta Unión Soviética, donde la igualdad de géneros era una cuestión ideológica, las mujeres ca- sadas que eran médicos o ingenieros seguían teniendo que reali- zar las tareas domésticas además de sus trabajos pagados. En la mayoría del mundo, un hombre que cocina para su familia o que friega los platos pierde su autoestima y el respeto de los demás. Esta división del trabajo parece ser tan vieja como la misma humanidad. Sin embargo, en el pasado el mantenimiento del ho- gar solía exigir una labor enormemente extenuante por parte de las mujeres. Un historiador describe así la situación en Europa hace cuatro siglos:

Las mujeres acarreaban el agua^7 para mantener húmedas las terrazas montañosas en zonas... en las que el agua era escasa... Cortaban y secaban la turba, recogían kelp, leña y semillas a lo largo del camino para alimentar a los conejos. Ordeñaban vacas y cabras, cultivaban verduras y recolectaban castañas y hierbas. Para los campesinos británicos -y algunos irlandeses y holande- ses-, el combustible más común eran los excrementos de los animales, que las mujeres recogían a mano y que se secaban api- lados cerca del fuego familiar...

Las cañerías y los aparatos electrónicos han marcado sin duda una diferencia en la cantidad de esfuerzo físico que exige mante- ner un hogar, del mismo modo que la tecnología ha disminuido la carga física del trabajo productivo. Pero la mayoría de las muje-

  1. La cita procede de Hufton (1993, p. 30).

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res de Asia, África y Sudamérica, lo cual significa la mayoría de las mujeres del mundo, todavía tienen que dedicar la mayor par- te de su vida a impedir que la infraestructura material y emocio- nal de su familia se desmorone. El tiempo libre que queda al margen de las necesidades pro- ductivas y de mantenimiento es tiempo libre u ocio? que consti- tuye aproximadamente otra cuarta parte del tiempo total. Según muchos pensadores del pasado, los hombres y las mujeres sólo podían realizar su potencial cuando no tenían nada que hacer. Los filósofos griegos afirmaron que es durante el ocio cuando nos hacemos verdaderamente humanos por poder dedicar tiempo al desarrollo de uno mismo: al aprendizaje, a las artes y a la acti- vidad'política. De hecho, el término griego que designaba el ocio, scholea, constituye la raíz de la palabra "escuela", puesto que se suponía que la mejor utilización del ocio era el estudio. Desafortunadamente, este ideal apenas se realiza. En nuestra sociedad el tiempo libre se emplea en tres principales tipos de ac- tividades, ninguna de las cuales está a la altura de lo que tenían en mente los eruditos griegos u "hombres de ocio". La primera es el consumo de medios de comunicación, principalmente la tele- visión, con unas gotas de lectura de diarios y revistas. La segun- da es la conversación. La tercera es una utilización más activa del tiempo libre y, por ello, la más cercana al viejo ideal: incluye las aficiones, tocar música, practicar deportes y hacer ejercicio físi- co, ir a restaurantes y ver películas. Cada una de estas tres princi- pales clases de ocio lleva un mínimo de cuatro horas y un máxi- mo de doce a la semana. Ver la televisión, que supone como regla general el empleo de la mayor parte de la energía psíquica entre todas las actividades de ocio, probablemente también es, de entre las actividades de la experiencia humana, la forma más nueva. Nada de lo que hom- bres y mujeres han hecho hasta ahora durante los millones de

  1. Para una historia detallada del ocio, véase Kelley (1982).

Las estructuras de la vida cotidiana

años de evolución ha sido tan pasivo y adictivo por la facilidad con la que atrae la atención y la mantiene, a menos que tengamos en cuenta mirar fijamente al espacio, echar la siesta o entrar en trance, como solían hacer los balineses. Los defensores de este medio afirman que la televisión proporciona todo tipo de infor- mación interesante. Esto es verdad, pero también es mucho más fácil producir programas excitantes que contribuir al desarrollo personal del espectador; es muy improbable que lo que ve la ma- yoría de la gente le ayude a desarrollar el yo. Estas tres principales funciones -producción, mantenimiento y ocio- absorben nuestra energía psíquica y proporcionan la infor- mación que atraviesa la mente día tras día, desde el nacimiento hasta el término de la vida. Así pues, nuestra vida consiste funda- mentalmente en experiencias relacionadas con el trabajo, con ac- tividades que tienen por objeto impedir que las cosas que ya tene- mos se deterioren y con cualquier otra cosa que hagamos en nuestro tiempo libre. Es dentro de estos parámetros donde se de- sarrolla la vida y es lo que escogemos hacer y cómo lo abordamos lo que determina si el conjunto de nuestros días se suma a una masa borrosa y sin forma o a algo parecido a una obra de arte.

Cada vida cotidiana viene definida no sólo por lo que hacemos sino también por lo que somos. Nuestras acciones y sentimientos siempre están influenciadas por otras personas, estén o no presen- tes. Ya desde Aristóteles se supo que los seres humanos somos ani- males sociales en tanto que física y psicológicamente dependemos de la compañía de los demás. Las culturas se diferencian^9 según el grado de influencia que los demás ejercen sobre las personas, o también el que ejerce la opinión interiorizada que tienen de los de- más cuando están solos. Por ejemplo, los hindúes tradicionales

  1. McKim Marriott describe la visión tradicional hindú de la posición indivi- dual en el contexto social (Marriott, 1976); en Asakawa (1996) se encuen- tra una comparación entre los niños caucásicos y los de Asia oriental.

Aprender afluir

setenta. El MME utiliza un reloj programable que señala a las personas cuándo rellenar dos páginas en un bloc que llevan siempre consigo. Las señales están programadas para sonar alea- toriamente en segmentos de dos horas del día, desde la mañana temprano hasta las 11 de la noche, o más tarde. A la señal, la per- sona escribe en dónde se encuentra, qué está haciendo, qué está pensando, cómo se siente respecto a su actividad y, a continua- ción, evalúa su estado de conciencia del momento en varias es- calas numéricas: lo contenta que está, hasta qué punto está con- centrada, si está fuertemente motivada, cuál es su grado de autoestima, etc, etc. Al final de la semana cada persona habrá llenado hasta 56 pá- ginas del bloc del MME, proporcionando así una película virtual de sus actividades y experiencias diarias. Podemos trazar las acti- vidades de una persona desde la mañana a la noche, día a día, a lo largo de la semana, y podemos seguir sus cambios de humor en re- lación con lo que dicha persona hace y cómo se siente al respecto. En nuestro laboratorio de Chicago hemos recogido a lo largo de los años un total de más de 70.000 páginas de unos 2.300 en- cuestados; investigadores de universidades de otras partes del mundo han triplicado de sobra estas cifras. Es importante la exis- tencia de gran número de respuestas, pues esto nos permite in- vestigar la forma y la calidad de la vida cotidiana con gran deta- lle y con una considerable precisión. Nos permite, por ejemplo, comprobar con qué frecuencia toman sus comidas los encuesta- dos y cómo se sienten cuando lo hacen. Además podemos averi- guar si adolescentes, adultos y ancianos se sienten igual cuando comen y si comer es una experiencia similar cuando se come solo o acompañado. El método también permite hacer comparaciones entre americanos, europeos, asiáticos y personas pertenecientes a otras culturas en las que puede utilizarse este método. A conti- nuación utilizaré los resultados obtenidos por informes y sonde- os combinados con los resultados del MME. Al final del libro, las notas indican las fuentes de donde se han obtenido los datos.

  1. EL CONTENIDO DE LA

EXPERIENCIA

Hemos visto que trabajo, mantenimiento y ocio ocupan la ma- yor parte de nuestra energía psíquica. Pero una persona puede amar su trabajo y otra odiarlo; una persona puede disfrutar del tiempo libre y otra aburrirse cuando no tiene nada que hacer. Así pues, aunque lo que hacemos día a día tiene mucho que ver con la clase de vida que llevamos, es mucho más importante saber cómo vivimos por dentro lo que hacemos. Las emociones son en cierto grado los elementos más subjeti- vos de la conciencia, puesto que sólo uno mismo puede decir si re- almente está experimentando amor, vergüenza, gratitud o felici- dad. Sin embargo, una emoción es también el contenido más objetivo de la mente, porque la visceralidad de nuestro sentimien- to cuando estamos enamorados, avergonzados, asustados o felices es generalmente más real para nosotros que lo que observamos en el mundo externo o cualquier cosa que aprendamos de la ciencia o de la lógica. Así, a menudo nos encontramos en la situación pa- radójica de actuar como los psicólogos conductistas cuando mira- mos a los demás desechando lo que dicen y confiando sólo en lo que hacen; mientras que cuando nos observamos a nosotros mis- mos somos como los fenomenólogos, pues tomamos nuestros sentimientos internos más en serio que los acontecimientos exter- nos o las acciones manifiestas.

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Aprender afluir

Los psicólogos han identificado hasta nueve emociones bási- cas^1 que pueden detectarse con bastante exactitud en las expre- siones faciales de personas pertenecientes a culturas muy dife- rentes; así, parece que del mismo modo que todos los seres humanos pueden ver y hablar, también pueden tener en común una serie de estados emocionales. Pero para simplificar en la me- dida de lo posible, podría afirmarse que todas las emociones tie- nen en común una cualidad esencial: o son positivas y atractivas o son negativas y repulsivas. Sólo por este simple rasgo, las emo- ciones nos ayudan a escoger lo que sería bueno para nosotros. Un bebé se ve atraído por un rostro humano y es feliz cuando ve a su madre, porque refuerza su vínculo con un cuidador. Sentimos placer cuando comemos, o cuando estamos con una persona de sexo opuesto, porque la especie no sobreviviría si no buscásemos comida y relación sexual. Sentimos una repulsión instintiva en presencia de serpientes, insectos, olores podridos, la oscuridad, cosas todas ellas que en el pasado evolutivo podían haber pre- sentado serios peligros para la supervivencia. Además de las emociones simples de tipo genético,^2 los seres humanos han desarrollado gran número de sentimientos más su- tiles y tiernos, y también degradados. La evolución de la con- ciencia autorreflexiva ha permitido a nuestra raza "jugar" con los sentimientos, fingirlos o manipularlos de una forma que ningún otro animal puede hacer. Las canciones, las danzas, las máscaras de nuestros antepasados evocaban terror y sobrecogimiento, ale- gría y embriaguez. Las películas de terror, las drogas y la música

  1. Las principales emociones que pueden diferenciarse y que son reconocidas en todas las culturas son la alegría, la cólera, la tristeza, el miedo, el interés, la ver- güenza, la culpabilidad, la envidia y la depresión (Campos y Barrett, 1984).
  2. Aunque el mismo Charles Darwin se dio cuenta de que las emociones esta- ban al servicio de la supervivencia y evolucionaban como evolucionaban los órganos físicos del cuerpo, sólo muy recientemente se han empezado a estudiar los rasgos psicológicos desde una perspectiva evolutiva. Un ejem- plo reciente lo constituye el trabajo de David Buss (1994).

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El contenido de la experiencia

evocan lo mismo en la actualidad. Pero en su origen las emocio- nes servían como señales sobre el mundo externo; actualmente, a menudo están desconectadas de cualquier objeto real y se mani- fiestan por sí mismas. La felicidad constituye el prototipo de las emociones positi- vas. Como muchos pensadores han afirmado desde Aristóteles, todo lo que hacemos tiene por objeto, en última instancia, alcan- zar la felicidad. En realidad no queremos la riqueza, la salud o la fama por sí mismas; las queremos porque esperamos que nos ha- gan felices. Sin embargo, no buscamos la felicidad porque nos aporte otra cosa, sino por sí misma. Si la felicidad es realmente lo esencial de la vida, ¿qué sabemos de ella? Hasta mediados de siglo los psicólogos eran reticentes a estu- diar la felicidad,^3 porque el paradigma conductista, que era el que predominaba en las ciencias sociales, sostenía que las emociones subjetivas eran demasiado endebles para ser objetos apropiados de investigación científica. Pero a medida que en las últimas dé- cadas ha disminuido en los medios académicos la fuerza del "em- piricismo desgastado por la erosión", se ha podido reconocer de nuevo la importancia de las experiencias subjetivas y se sigue con renovado vigor el estudio de la felicidad. Lo que se ha averiguado es al mismo tiempo conocido y sor-

  1. Uno de los primeros estudios psicológicos modernos sobre la felicidad, The Structure ofPsychological Well-Being, de Norman Bradburn (1969), original- mente contenía la palabra "felicidad" en el título, pero posteriormente se cam- bió por "bienestar psicológico", para evitar parecer acientífico. Los estudios actuales contienen una amplia descripción del tema en las obras de Myers (1992), Myers y Diener (1995) y Diener (1996), que revelan que las personas generalmente son felices; otra fuente es Lykken y Tellegen (1996). Las com- paraciones internacionales de ingresos y felicidad se encuentran en Inglehart (1990). El principal problema consiste en que estos estudios están basados en afirmaciones globales de encuestados sobre su propia felicidad. Como las per- sonas se autoengañan bastante al considerar su propia vida como una vida fe- liz con independencia de su contenido real, estos resultados no proporcionan demasiada información sobre la calidad de vida de una persona.

Aprender afluir

bablemente más feliz que una mujer que no ve por qué tendría que molestarse ni siquiera en tener un solo empleo. Sin embargo, la felicidad no es ciertamente la única emoción que vale la pena considerar. De hecho, si se quiere aumentar la calidad de la vida cotidiana, la felicidad puede ser un comienzo erróneo. En primer lugar, los auto-informes de felicidad no varí- an de persona a persona tanto como varían los demás sentimien- tos; por mucho que una vida pueda estar vacía, la mayoría de las personas serán reticentes a admitir que son infelices. Además, esta emoción es más una característica personal que algo debido a la situación. En otras palabras, con el tiempo algunas personas llegan a percibirse como personas felices con independencia de las condiciones externas, mientras que otras llegan a acostum- brarse a sentirse relativamente menos felices, más allá de lo que les suceda. Otros sentimientos están mucho más influenciados por lo que uno hace, con quién está o el lugar en que se encuen- tra. Estos estados emocionales son más susceptibles de cambiar directamente y, como están también conectados a lo felices que nos sintamos, a largo plazo pueden elevar nuestro nivel de feli- cidad. Por ejemplo, lo activos, fuertes y alerta que nos sintamos de- pende mucho de lo que hagamos: estos sentimientos se hacen más intensos cuando estamos dedicados a una tarea difícil y se atenúan cuando fracasamos en lo que hacemos o cuando no in- tentamos hacer nada. Así pues, estos sentimientos pueden verse directamente afectados por lo que decidimos hacer. Cuando nos sentimos activos y fuertes es también más probable que nos sin- tamos más felices, de forma que con el tiempo la elección de lo que decidimos hacer también afectará a nuestra felicidad. Igual- mente, la mayoría de las personas sienten que están más alegres y son más sociables cuando están con los demás que cuando es- tán solas. Una vez más, la alegría y la sociabilidad están relacio- nadas con la felicidad, lo que probablemente explica por qué las personas extrovertidas generalmente tienden a ser más felices que las introvertidas.

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El contenido de la experiencia

La calidad de vida no depende sólo de la felicidad, sino tam- bién de lo que uno hace para ser feliz. Si no se desarrollan metas que den sentido a la propia existencia, si no utilizamos la mente a pleno rendimiento, entonces los buenos sentimientos llenan una fracción del potencial que poseemos. De una persona que lo- gra la satisfacción retirándose del mundo para "cultivar su propio jardín", como el Cándido de Voltaire, no puede decirse que lleve una vida óptima. Sin sueños, sin riesgos, sólo puede lograrse una apariencia trivial de vida.

Las emociones hacen referencia a estados internos de con- ciencia. Las emociones negativas como la tristeza, el miedo, la ansiedad o el aburrimiento producen "entropía psíquica"^4 en la mente, es decir, un estado en el que no podemos utilizar eficaz- mente la atención para afrontar tareas externas, porque la necesi- tamos para restaurar un orden subjetivo interno. Las emociones positivas como la felicidad, la fuerza o la actitud alerta son esta- dos de "negentropía psíquica", porque al no necesitar la atención para rumiar y sentir pena de nosotros mismos, la energía psíqui- ca puede fluir libremente hacia cualquier pensamiento o tarea en que decidamos ponerla. Cuando decidimos prestar atención a una tarea dada, decimos que tenemos una intención o que nos hemos puesto una meta. La duración temporal y la intensidad con que mantengamos nuestras metas están en función de la motivación. Por ello, intenciones, metas y motivaciones son también manifestaciones de la negen- tropía psíquica. Concentran la energía psíquica, establecen prio- ridades y, de esta forma, crean orden en la conciencia. Sin ellas, los procesos mentales son azarosos y los sentimientos tienden rá- pidamente a deteriorarse.

  1. Entropía psíquica o conflicto de conciencia y su opuesto, negentropía psí- quica, que describe estados de armonía interior, se describen en Csikszent- mihalyi (1988,1990); Csikszentmihalyi y Csikszentmihalyi (1988); Csiks- zentmihalyi y Rathunde (de próxima publicación).

Aprender afluir

Las metas se disponen normalmente en una jerarquía, desde las más triviales, como ir a la heladería de la esquina para com- prar un helado, hasta llegar a arriesgar la vida por el propio país. A lo largo de un día normal las personas afirmarán que aproxi- madamente un tercio del tiempo hacen lo que hacen porque quie- ren hacerlo, un tercio, porque tienen que hacerlo, y el último ter- cio porque no tienen nada mejor que hacer. Estas proporciones varían según la edad, el género y la actividad: los niños sienten que tienen más posibilidades de elección que sus padres, los hombres más que sus esposas; cualquier cosa que una persona haga en casa se percibe como una tarea más voluntaria que la re- alizada en el trabajo. Bastantes pruebas demuestran que la mayo- ría de las personas se sienten mejor cuando lo que hacen es vo- luntario y peor cuando lo que hacen es obligatorio. La entropía psíquica es mayor, por el contrario, cuando las personas sienten que lo que hacen está motivado por no tener nada mejor que ha- cer. Así, tanto la motivación intrínseca (quererlo hacer) como la motivación extrínseca (tenerlo que hacer) son preferibles al esta- do en que uno actúa por defecto, sin tener ninguna clase de meta en la que centrar la atención. Una gran parte de la vida que mu- chas personas viven como algo carente de motivación deja abier- to un gran espacio para mejorarla. Las intenciones centran la energía psíquica a corto plazo, mientras que las metas tienden a establecerse más a largo plazo; sin embargo, con el tiempo son las metas que perseguimos las que conforman y determinan la clase de persona en que nos con- vertimos. Lo que diferencia radicalmente a la madre Teresa -la monja- de Madonna -la cantante- son las metas a las que han dedicado su atención a lo largo de su vida. Sin una serie sólida de metas, es difícil desarrollar un yo coherente. Es gracias a la inversión de la energía pautada que proporcionan las metas como se crea orden en las experiencias. Este orden, que se ma- nifiesta a sí mismo en acciones, emociones, y decisiones prede- cibles, con el tiempo se hace reconocible como un yo más o me- nos único.

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El contenido de la experiencia

Las metas que uno se propone también determinan la autoes- tima.^5 Como señaló William James hace ya más de cien años, la autoestima depende del grado de expectativa de éxito. Una per- sona puede desarrollar una actitud de baja autoestima bien por- que pone muy altas sus metas, bien porque logra muy pocos éxi- tos. Así pues, no es necesariamente verdad que la persona que logra más consiga el mayor nivel de autoestima. Al contrario de lo que podríamos imaginar, los estudiantes americanos de origen asiático que consiguen excelentes notas tienden a tener una auto- estima más baja que otras minorías académicamente menos bri- llantes, porque, en proporción, sus metas son más altas que sus logros. Las madres que trabajan a tiempo completo poseen me- nos autoestima que las madres que no trabajan en absoluto, por- que aunque hacen más, sus expectativas siguen superando sus lo- gros. De esto se deduce que, al contrario de lo que se cree generalmente, aumentar la autoestima de los niños no es siempre una buena idea, especialmente si se consigue rebajando sus ex- pectativas. Existen otras ideas equivocadas en lo que se refiere a inten- ciones y objetivos. Por ejemplo, algunos señalan que las religio- nes orientales, como las diversas formas de hinduismo y budis- mo, prescriben la eliminación de la intencionalidad como requisito previo a la felicidad. Afirman que sólo abandonando todo deseo y logrando una existencia desprovista de fines, se tie- ne alguna posibilidad de evitar la infelicidad. Esta forma de pen- sar ha influido a muchos jóvenes europeos y americanos para in- tentar rechazar cualquier tipo de meta, con la creencia de que sólo un comportamiento completamente espontáneo y aleatorio conduce a una vida iluminada.

  1. La fórmula de William James para medir la autoestima se publicó en James (1890). El contraste de la autoestima entre grupos étnicos se halla en Asa- kawa (1996), Bidwell y otros (de próxima publicación). Las diferencias de autoestima entre madres que trabajan en casa fueron estudiadas por Anne Wells (1988).

Aprender afluir

En esos momentos es bastante obvio que las emociones, las intenciones y los pensamientos no pasan a través de la concien- cia como corrientes separadas de experiencias, sino que están constantemente interconectados y se modifican recíprocamente a medida que se manifiestan. Un joven se enamora de una mucha- cha y experimenta todas las emociones típicas que conlleva el amor. Intenta ganar su corazón y empieza a pensar en cómo al- canzar ese objetivo. Se imagina que si consigue tener un auto nuevo y llamativo podrá obtener su atención. Así pues, desde ese momento el objetivo de ganar dinero para comprar un automóvil nuevo impregna el objetivo de cortejar, pero el tener que trabajar más tiempo puede interferir con el ir al pescar, produciendo emo- ciones negativas que generan nuevos pensamientos, que a su vez pueden alinear las metas del joven con sus emociones..., ya que la corriente de las experiencias siempre conlleva muchos bits de información simultáneamente. Para hacer operaciones mentales con algo de profundidad, una persona tiene que aprender a enfocar la atención. Sin focali- zación, la conciencia se halla en un estado de caos. El estado nor- mal de la mente es de desorden informativo: pensamientos alea- torios se expulsan entre sí en lugar de alinearse en secuencias lógicas y causales. A menos que uno aprenda a concentrarse y sea capaz de invertir ese esfuerzo, los pensamientos se dispersarán sin alcanzar ninguna conclusión. Incluso fantasear o soñar des- pierto -esto es, unir imágenes agradables para crear algún tipo de película mental- requiere la capacidad de concentrarse y, aparen- temente, muchos niños nunca aprenden a controlar suficiente- mente su atención para poder soñar despiertos. La concentración exige más esfuerzo cuando va contra el hilo de las emociones y de las motivaciones. Un estudiante que odie las matemáticas tendrá dificultades en centrar su atención en un texto de cálculo durante un período de tiempo suficiente para ob- servar la información que éste contiene; para centrarse tendrá que crearse fuertes incentivos, como el de aprobar el curso. Nor- malmente, cuanto más difícil es una tarea mental, más difícil es

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El contenido de la experiencia

concentrarse en ella. Pero cuando a una persona le gusta lo que hace y está motivada para hacerlo, centrar la mente se convierte en una actividad sin esfuerzo, aun cuando sean grandes las difi- cultades objetivas. En general, cuando surge el tema del pensamiento, casi todos creen que tiene que ver con la inteligencia. Se interesan por las diferencias individuales que existen en el proceso de pensamien- to, con preguntas o afirmaciones como "¿cuál es mi coeficiente intelectual?" o "esa persona es un genio en matemáticas". La in- teligencia tiene que ver con una gran variedad de procesos men- tales;^7 por ejemplo, con qué facilidad puede uno representar y manipular las cantidades en la mente o hasta qué punto se es sen- sible a la información contenida en las palabras. Pero, como ha mostrado Howard Gardner, es posible ampliar el concepto de in- teligencia para incluir la capacidad de diferenciar y utilizar todo tipo de información, incluidas las sensaciones musculares, los sonidos, los sentimientos y las formas visuales. Algunos niños han nacido con una sensibilidad hacia el sonido por encima de la media. Pueden diferenciar sonidos altos y bajos mejor que los de- más y, cuando crecen, aprenden a reconocer notas y a crear ar- monías con más facilidad que sus compañeros. Igualmente, pe- queñas ventajas al principio de la vida pueden convertirse en grandes diferencias de capacidades visuales, atléticas o matemá- ticas. Pero los talentos innatos no pueden desarrollarse^8 hasta con- vertirse en una inteligencia madura a menos que una persona aprenda a controlar la atención. Sólo gracias a grandes inversio- nes de energía psíquica puede un niño con talento musical con-

  1. El trabajo clásico en este campo es el análisis de Howard Gardner de las sie- te formas principales que adopta la inteligencia humana (Gardner, 1983).
  2. El esfuerzo que se necesita para desarrollar el talento de una persona joven se describe en los estudios realizados por Benjamín Bloom (1985) y en los llevados a cabo con mis estudiantes (Csikszentmihalyi, Rathunde y Wha- len, 1993).

Aprender afluir

vertirse en músico, o un niño matemáticamente dotado en inge- niero o en físico. Se necesita mucho esfuerzo para asimilar el co- nocimiento y las capacidades necesarias para llevar a cabo las operaciones mentales que se supone que debe realizar un profe- sional adulto. Mozart era un prodigio y un genio, pero es dudoso que hubiera florecido su talento si su padre le hubiera obligado a practicar el violín en cuanto salió de los pañales. Aprendiendo a concentrarse, una persona adquiere control sobre la energía psí- quica, que es el alimento esencial del que depende todo proceso de pensamiento.

En la vida cotidiana es raro que los diferentes contenidos de las experiencias estén en sincronía recíproca. Cuando trabajo mi atención puede estar centrada, porque el jefe me encargó una ta- rea que exige pensar intensamente. Pero cuando esta tarea con- creta no es una que me guste realizar habitualmente, no estoy in- trínsecamente tan motivado. Al mismo tiempo me distraen sentimientos de ansiedad por el comportamiento imprevisible de mi hijo adolescente. Así pues, mientras parte de mi mente está concentrada en la tarea, no estoy completamente involucrado en la misma. Esto no quiere decir que mi mente se encuentre en un caos total, pero hay mucha entropía en mi conciencia: pensa- mientos, emociones e intenciones llegan a ser el centro de la atención y después desaparecen, produciendo impulsos opuestos y atrayendo mi atención en direcciones diferentes. Ahora bien, por considerar otro ejemplo, puedo disfrutar de una bebida con los amigos después del trabajo, pero me siento culpable de no ir a casa con la familia y enojado conmigo mismo por desperdiciar el tiempo y el dinero. Ninguno de estos escenarios es especialmente infrecuente. Toda la vida cotidiana está llena de ellos: rara vez sentimos la se- renidad que se produce cuando el corazón, la voluntad y la mente están en armonía. Los deseos, las intenciones y los pensamientos conflictivos luchan entre sí, reclamando la atención de la concien- cia, sin que podamos hacer nada para mantenerlos en orden.

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El contenido de la experiencia

Pero consideremos ahora algunas alternativas. Imagine, por ejemplo, que está esquiando pista abajo y que toda su atención está centrada en los movimientos del cuerpo, la posición de los esquís, el aire que le golpea el rostro y los árboles cubiertos de nieve que parecen desfilar a ambos lados. No hay espacio en su conciencia para conflictos ni contradicciones; sabe que cualquier pensamiento o emoción que le distraiga puede hacerle quedar en- terrado en la nieve boca abajo. ¿Y quién quiere ser distraído en estas circunstancias? El recorrido es tan perfecto que lo único que desea es que dure para siempre y sumergirse totalmente en la experiencia. Si esquiar no le dice gran cosa, sustituyalo por su actividad fa- vorita. Podría ser cantar en un coro, programar un ordenador, bai- lar, jugar al bridge o leer un buen libro. O, si le gusta su trabajo, como le pasa a muchas personas, podría ser hallarse inmerso en una operación quirúrgica complicada o en cerrar un negocio. Ahora bien, esta inmersión completa en la actividad puede suce- der en la interacción social, como cuando dos buenos amigos conversan o cuando la madre juega con su bebé. Lo que es co- mún a todos esos momentos es que la conciencia está llena de experiencias y estas experiencias se hallan en armonía entre sí. Contrariamente a lo que sucede con demasiada frecuencia en la vida cotidiana, en momentos como éstos, lo que sentimos, dese- amos y pensamos van al unísono. Estos momentos excepcionales es lo que hemos llamado esta- dos de fluidez!' La metáfora "fluir" es la que muchas personas han utilizado para describir la sensación de acción sin esfuerzo

  1. Algunas de las principales fuentes que tratan de esta experiencia son Csiks- zentmihalyi (1975, 1990); Csikszentmihalyi y Csikszentmihalyi (1988); Moneta y Csikszentmihalyi (1996). Para consultar estudios más especiali- zados véase también Adlai-Gail (1994); Choe (1995); Heine (1996); Hekt- ner (1996); Inghilleri (1995). "Experiencia óptima" y "negentropía psíqui- ca" se utilizan a veces indistintamente para expresar la experiencia de flujo o el estado de fluidez.