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Orientación Universidad
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LIBRO COMPLETO, EL ERROR DE DESCARTES, Apuntes de Psicología

Asignatura: Fundamentos de la Psicobiología, Profesor: Miguel Ángel Serrano Rosa, Carrera: Psicologia, Universidad: UV

Tipo: Apuntes

2016/2017
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Para Hanna

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.

Primera edición, 1996 Segunda edición, 1997

Título original en inglés: Descartes'Error Edición original: Grosset/Putnam Book. G. P. Putnam's Sons Nueva York Traducción de PIERRE JACOMET Copyright © 1994 by Antonio R. Damasio

© EDITORIAL ANDRÉS BELLO Av. Ricardo Lyon 946, Santiago de Chile Derechos exclusivos para América Latina Registro de Propiedad Intelectual Inscripción Nº 96.132, año 1996 Santiago - Chile (^) • Se terminó de imprimir esta segunda edición en el mes de mayo de 1997 IMPRESORES: Andros Impresores IMPRESO EN CHILE / PRINTED IN CHILE ISBN 956-13-1397-

CONTENIDO

Introducción 11

PRIMERA PARTE

Capítulo 1: Disgusto en Vermont 23 Phineas P. Gage. Gage ya no era Gage. ¿Por qué Phineas Gage? Una digresión sobre frenología. Un hito en retros- pectiva. Capítulo 2: El cerebro de Gage al desnudo 41 El problema. Una digresión sobre la anatomía de los siste- mas nerviosos. La solución. Capítulo 3: Un Phineas Gage de nuestro tiempo 55 Una mente nueva. Respuesta al desafío. Razonar y decidir. Capítulo 4: A sangre fría................................................................................... ... 73 Evidencias de otros casos de daño prefrontal. Indicios que surgen de otros casos de daño prefrontal. Indicios acumula- dos por lesiones más allá de las capas corticales prefronta- les. Una reflexión sobre anatomía y función. Una fuente de energía. Indicios a partir del estudio de animales. Una di- gresión de explicaciones neuroquímicas. Conclusión.

SEGUNDA PARTE

Capítulo 5: Montaje de una explicación 103 Una alianza misteriosa. De organismos, cuerpos y cerebros. Estados de organismos. Cuerpo y cerebro interactúan: el organismo por dentro. De la conducta y la mente. Interac- ción del organismo y el medio: enfrentar el mundo exter- no. Una digresión sobre la arquitectura de los sistemas neurales. Una mente integrada a partir de actividades dis- persas. Imágenes actuales, imágenes del pasado, imágenes del futuro. Formación de imágenes perceptuales. Almace- namiento de imágenes y formación de imágenes evocables.

INTRODUCCIÓN

ción de la habilidad para experimentar sentimientos. Como con-

secuencia de una lesión cerebral específica su razón estaba dete-

riorada, y sus sentimientos apagados; esa correlación me sugirió

que sentir era un componente integral de la maquinaria racional.

Dos décadas de trabajo clínico y experimental con una gran

variedad de pacientes afectados por problemas neurológicos, me

han permitido repetir esa observación infinidad de veces, y trans-

formar esa pista en una hipótesis de trabajo.^1

Empecé a escribir este libro para proponer que la razón pue-

de no ser tan pura como muchos suponemos (o deseamos); que

emociones y sentimientos quizás no son para nada intrusos en el

bastión racional: que acaso estén enmarañados en sus redes para

mal y para bien. Las estrategias racionales del ser humano, madu-

radas a lo largo de la evolución (y plasmadas en el individuo), no

se habrían desarrollado sin los mecanismos de regulación bioló-

gica, de los que son destacada expresión las emociones y los

sentimientos. Además, aun después que la facultad de razona-

miento llega a su madurez, pasados los años de desarrollo, es

conjeturable que su pleno despliegue dependa significativamen-

te de la capacidad de experimentar sentimientos.

No se puede negar que en ciertas circunstancias emociones y

sentimientos puedan causar estragos en los procesos de razona-

miento. Es lo que nos dice la sabiduría tradicional, y las investiga-

ciones recientes del proceso racional normal también revelan el

influjo potencialmente dañino de los sesgos emocionales. Así,

resulta aun más sorprendente y novedoso que la ausencia de emo-

ción y sentimiento sea igualmente perjudicial, pueda comprome-

ter la racionalidad que nos hace distintivamente humanos, esa

que nos deja optar por decisiones acordes con un sentido de

futuro personal, convención social y principio moral.

Tampoco trato de decir que no seamos seres racionales, o

que la influencia positiva de ciertos sentimientos decida en lugar

nuestro. Sólo sugiero que ciertos aspectos del procesamiento de

emociones y sentimientos son indispensables para la racionali-

dad. En su versión afirmativa, los sentimientos nos encaminan en

la dirección adecuada, nos llevan a un lugar apropiado en un

espacio decisorio en que podemos poner en acción, convenien-

L

INTRODUCCIÓN

temente, los instrumentos de la lógica. Enfrentamos la incerti-

dumbre cada vez que tenemos que hacer un juicio moral, decidir

el curso de una relación personal, elegir medios que impidan la

miseria en la ancianidad, planear la vida que tenemos por delan-

te. Emociones y sentimientos, junto con la encubierta maquina-

ria fisiológica subyacente, nos asisten en la amedrentadora tarea

de predecir un futuro incierto y planear consecuentemente nues-

tros actos.

A partir del análisis de un célebre caso del siglo pasado, el de

Phineas Gage, cuya conducta reveló por vez primera una co-

nexión entre la racionalidad y un daño específico en el cerebro,

examino las investigaciones más recientes en enfermos que en

nuestro tiempo se ven afectados de manera similar y reviso los

descubrimientos pertinentes de la investigación neuropsicológi-

ca en humanos y animales. Además, sugiero que la razón huma-

na no depende de un centro único, sino de distintos sistemas

cerebrales que operan en concierto, en múltiples planos de orga-

nización neuronal. Desde las capas corticales prefrontales hasta

el hipotálamo y el tallo cerebral, diversos centros cerebrales, de

"alto nivel" y de "bajo nivel", cooperan en la fábrica de la razón.

Los niveles inferiores del edificio neural de la razón son los

mismos que regulan el procesamiento de las emociones, los sen-

timientos y las funciones necesarias para la supervivencia del

organismo. Esos niveles inferiores mantienen una relación direc-

ta y mutua con casi cada órgano del cuerpo, situándolo así direc-

tamente en la línea de producción que genera los más altos

logros de la razón, de la toma de decisión y, por extensión, de la

creatividad y conducta social. Emoción, sentimiento y regulación

biológica juegan entonces un papel en la razón humana. Los

engranajes más primarios de nuestro organismo intervienen, es-

tán implicados, en los procesos más elevados de razonamiento.

A pesar de que Charles Darwin prefiguró la esencia de estos

descubrimientos cuando escribió acerca de la marca indeleble

del modesto origen que los humanos llevan en el cuerpo,^2 resul-

ta curioso descubrir la sombra de nuestro pasado evolutivo en el

nivel humanamente más distintivo de la función mental. Pero

que la razón superior dependa del cerebro inferior no convierte

INTRODUCCIÓN

en inferior a la razón. Los fundamentos del acto moral no se degradan p o r q u e sepamos que actuar conforme a un principio ético requiere la participación de u n a simple circuitería en el núcleo del cerebro: el edificio de la ética no colapsa, la moral no es amenazada y, en el individuo normal, la voluntad sigue siendo la voluntad. Lo que p u e d e cambiar es nuestra visión del rol q u e ha tenido la biología en el origen de ciertos principios éticos surgidos en un d e t e r m i n a d o contexto social, c u a n d o m u c h o s individuos q u e poseen disposiciones biológicas similares interac- túan en circunstancias específicas.

El sentimiento es el segundo tópico de importancia central en este libro; llegué a él por necesidad, cuando me esforzaba por entender la maquinaria neural y cognitiva que subyace en el razonamiento y en la capacidad de tomar decisiones. La segunda idea en este li- bro es entonces que la esencia de un sentimiento puede no ser u n a elusiva cualidad mental apegada a un objeto, sino más bien u n a percepción directa en un paisaje específico: el cuerpo. Mi investigación en pacientes neurológicos, cuyas lesiones cerebrales h a n deteriorado su capacidad de experimentar senti- mientos, me ha llevado a pensar que éstos no son tan intangibles como se ha supuesto hasta ahora. Podemos llegar a delimitar su funcionamiento mental y quizá también e n c o n t r a r su sustrato neural. A p a r t á n d o m e del pensamiento neurobiológico actual, postulo q u e las redes críticas en que se apoyan los sentimientos no sólo incluyen las reconocidas series de estructuras conocidas como sistema límbico, sino también algunas de las capas cortica- les prefrontales y, más significativamente, los sectores cerebrales d o n d e se proyectan e integran señales provenientes del cuerpo. Conceptualizo la esencia de los sentimientos como algo q u e tú y yo p o d e m o s ver a través de u n a ventana q u e se abre directa- m e n t e sobre u n a imagen de continuo actualizada de la estructu- ra y estado de nuestro cuerpo. Si imaginas la vista desde esa ventana como un paisaje, verás distintos objetos, inmóviles algu- nos y otros en movimiento, ruidosos y brillantes: la "estructura" corporal es análoga a la forma de los objetos, en tanto q u e el

14

INTRODUCCIÓN

"estado" corporal se parece a la luminosidad, sombra, movimien- tos y sonidos de los objetos en ese espacio. En el paisaje de tu cuerpo, los objetos son las visceras (corazón, pulmones, intesti- nos, músculos), en tanto q u e luz y sombra, movimientos y soni- do, representan un p u n t o en la gama de operación de esos órganos en un m o m e n t o d e t e r m i n a d o. Por lo general, un senti- miento es la "vista" m o m e n t á n e a de u n a parte de ese paisaje corporal. Tiene un contenido específico: el estado del cuerpo; y descansa en sistemas neurales particulares de soporte: el sistema nervioso periférico y las regiones cerebrales, que ingresan seña- les relativas a la estructura y regulación del organismo. C o m o la sensación de ese paisaje corporal se yuxtapone en el tiempo a la percepción o evocación de otra cosa q u e no es parte del cuer- po - u n rostro, u n a melodía, un a r o m a - , los sentimientos se trans- forman en "calificadores" de esa otra cosa. Pero en el sentimiento hay algo más q u e su p u r a esencia. C o m o explicaré, un estado- corporal calificador, positivo o negativo, es a c o m p a ñ a d o y com- pletado p o r u n a modalidad consecuente de pensamiento: veloz y rico, c u a n d o el estado-corporal está en la b a n d a positiva del es- pectro, lenta y repetitiva c u a n d o el estado-corporal deriva hacia la b a n d a dolorosa. En esta perspectiva, los sentimientos son los sensores que detec- tan abundancia o falta de equivalencia entre naturaleza y circuns- tancia. Con el término naturaleza designo la que heredamos al nacer, como un paquete de adaptaciones genéticamente construi- das, y también la que hemos adquirido -voluntaria o involuntaria- m e n t e - en el desarrollo individual mediante interacciones con el entorno social. Los sentimientos, y las emociones de que derivan, no son un lujo; sirven de guías internos, y nos ayudan a comunicar a otros señales que también los p u e d e n guiar. Tampoco son intangi- bles ni elusivos: al revés de lo que piensa la ciencia tradicional, los sentimientos son tan cognitivos como otras percepciones. Resultan del curiosísimo arreglo fisiológico que ha transformado el cerebro en la audiencia cautiva del cuerpo. Los sentimientos nos p e r m i t e n vislumbrar al organismo en plena actividad biológica, captar el reflejo de los mecanismos de la vida misma en plena operación. Si no fuera p o r la posibilidad

15

INTRODUCCIÓN

empezó a interrogarse sobre su m e n t e : ¿Cómo es posible q u e seamos conscientes del m u n d o q u e nos rodea, c ó m o sabemos lo que sabemos, c ó m o sabemos q u e sabemos? Según la perspectiva de la hipótesis planteada, amor, odio, angustia, amabilidad y crueldad, la solución de un problema cien- tífico o la creación de un artefacto nuevo se basan en sucesos neurales d e n t r o de un cerebro, siempre q u e ese cerebro haya estado, y siga estando, en interacción con su cuerpo. El alma respira p o r el cuerpo y el sufrimiento, empiece en la piel o en u n a imagen mental, sucede en la carne.

He escrito este libro como mi parte de u n a conversación con un amigo imaginario inteligente, curioso y culto, q u e conoce poco de neurociencia p e r o m u c h o de la vida. Hicimos un trato: la conversación debía rendir beneficios mutuos. Mi amigo aprende- ría sobre el cerebro y las curiosas cosas mentales, y yo o b t e n d r í a atisbos nuevos mientras me esforzara p o r explicar mi idea de lo q u e significan cuerpo, cerebro y m e n t e. Acordamos no transfor- m a r la conversación en u n a aburrida conferencia, no tener des- acuerdos violentos y no tratar de abarcar demasiado. Yo hablaría de hechos probados, de cosas dudosas y de hipótesis, a u n q u e sólo pudiera ofrecer corazonadas para respaldar lo dicho. Men- cionaría el trabajo que se está desarrollando, diversas tareas toda- vía en proyecto, e investigaciones que empezarán m u c h o después q u e termine la conversación. T a m b i é n q u e d ó establecido que, como corresponde en u n a conversación, habría atajos y digresio- nes, y pasajes q u e no q u e d a r í a n claros la primera vez y merece- rían u n a segunda visita. Por eso repasaré de vez en c u a n d o ciertos tópicos desde u n a perspectiva diferente.

Desde el principio dejo en claro mi visión de los límites de la ciencia: soy escéptico sobre la p r e t e n d i d a objetividad y verdad científicas. Me resulta difícil aceptar los resultados científicos, particularmente los de la neurobiología, como algo más q u e aproximaciones provisorias que se debe considerar un tiempo y

IX

INTRODUCCIÓN

descartar tan p r o n t o se dispone de nuevas descripciones. Sin embargo, el escepticismo ante los alcances actuales de la ciencia, sobre todo acerca de la m e n t e , no disminuye el entusiasmo ni deseo de mejorar las aproximaciones provisorias. Quizá la complejidad de la m e n t e h u m a n a sea tal que jamás se conozca, d e b i d o a nuestras intrínsecas limitaciones, la solu- ción del problema. Acaso, p o r inexplicable, no deberíamos men- cionarlo en absoluto, y en lugar de ello hablar de un misterio y distinguir entre las cuestiones q u e p u e d e n ser abordables ade- c u a d a m e n t e p o r la ciencia y aquellas que la eludirán para siem- pre.^3 Pero, por m u c h a simpatía que sienta p o r quienes no p u e d e n imaginar u n a m a n e r a de desentrañar el misterio (se los ha apo- d a d o "mistéricos"),^4 y p o r quienes creen q u e es cognoscible p e r o se frustrarían si la explicación se apoyara en hechos ya sabidos, creo, enfáticamente, que algún día vamos a llegar a c o m p r e n d e r la m e n t e. A estas alturas habrán advertido que la conversación no fue sobre Descartes ni de filosofía, aunque sin duda fue sobre la mente, el cerebro y el cuerpo. Mi amigo sugirió que debía ocurrir bajo el Signo de Descartes, ya que no habría manera de abordar esos temas sin evocar la emblemática figura de quien trazó el relato más acepta- do de su interrelación. Entonces advertí -curiosamente- que el libro trataría del Error de Descartes. Querrán saber, por supuesto, cuál fue ese Error, pero he j u r a d o guardar el secreto de momento. Sin embargo, prometo revelarlo. Entonces, nuestra conversación empezó con seriedad, con la extraña vida de Phineas Gage.

L

PRIMERA PARTE

EL ERROR DE DESCARTES

ra, y se tapa con arena que se aprieta con cuidadosos golpes,

dados con una barra de fierro. Finalmente, hay que encender la

mecha. Si todo marcha bien, la pólvora explota hacia la piedra;

la arena es esencial, porque sin su protección el estallido reventa-

ría hacia afuera de la roca. La forma de la barra, y su manejo,

también son importantes. Gage, que se ha hecho fabricar una

herramienta especial, es un virtuoso del asunto.

Ahora viene el incidente que nos interesa. Son las cuatro y

media de una tarde tórrida; Gage acaba de poner la pólvora y la

espoleta en un agujero en la piedra; un subalterno le ayuda a

cubrirlas con arena. Atrás, alguien grita, Gage se vuelve para

mirar por encima de su hombro derecho; se distrae por un ins-

tante brevísimo y, antes que su ayudante ponga la arena, empie-

za a apisonar la pólvora con la barra. De pronto salta una chispa

en la piedra y la carga de dinamita le revienta^2 en la cara.

La explosión es tan brutal que la cuadrilla entera se queda

paralizada. Necesitan algunos segundos para entender lo que

pasa: la roca sigue intacta a pesar del colosal reventón. Un soni-

do sibilante atraviesa el aire, como si volara un cohete, pero no

es un fuego de artificio: la barra perfora la mejilla izquierda de

Gage, le traspasa la base del cráneo, atraviesa la zona frontal del

cerebro y sigue disparada, destrozándole la parte superior de la

cabeza. Cubierta de sangre y fragmentos de cerebro, la barra cae

a treinta metros de distancia. Phineas Gage está en el suelo.

Aturdido, en la tarde asoleada, calla, pero está despierto. Igual

que nosotros, impotentes espectadores.

El 20 de septiembre, una semana después, los titulares del

Daily Courier y el Daily Journal de Boston dirán, predeciblemente:

"Horrible Accidente". El 22, el Vermont Mercury estampará, curio-

samente, "Maravilloso Accidente". Con mayor exactitud, la pri-

mera plana del Boston Medical and Surgical Journal rezará: "Barra

de hierro atraviesa cabeza". Leyendo los flemáticos reportajes,

uno tiende a pensar que los periodistas estaban familiarizados

con los relatos horripilantes y extraños de Edgar Alian Poe. Aca-

so era así, aunque es poco probable: los cuentos terroríficos de

Poe eran populares entonces; el escritor, desconocido, morirá

un año después, en la inopia. Quizá lo espantoso esté en el aire.

DISGUSTO EN VERMONT

El reportaje clínico de Boston destaca la sorpresa del cuerpo

médico por la supervivencia de Gage, que debería haber muerto

instantáneamente; dice: "inmediatamente después del estallido

Gage cayó de espaldas"; algo más tarde tuvo "movimientos con-

vulsivos en las extremidades, pudiendo hablar a los pocos minu-

tos"; los obreros (que le tenían mucho afecto) lo llevaron en

brazos hasta la ruta, distante una veintena de metros, y lo subie-

ron a una carreta que lo transportó un kilómetro, hasta el hotel

de Joseph Adams; Gage estuvo sentado, muy erguido, todo el

trayecto y después "se bajó de la carreta por sí mismo, ayudado

por algunos de sus hombres".

Adams es dueño del hotel y la taberna, además de juez de

paz del poblado de Cavendish. Más alto que Gage, le dobla en

peso y es tan solícito como sugiere su aspecto falstafiano. Se

acerca al herido y de inmediato ordena llamar al doctor John

Harlow, uno de los médicos del pueblo. Mientras espera, supon-

go que dice, "pero señor Gage, ¿qué está pasando?" y, quizá "Ay,

ay, ay, ¡cuánto tenemos que sufrir!" Incrédulo, mueve la cabeza y

conduce a Gage hasta el rincón sombreado de la galería del

hotel, que es descrito como una "piazza", lo que sugiere errónea-

mente un espacio amplio y abierto; en verdad es sólo un portal, y

quizá allí Adams ofrece a Phineas Gage una limonada o un vaso

de sidra.

Ha pasado una hora desde la explosión. El sol cae en el

horizonte y el calor es más tolerable. Llega el doctor Edward

Williams, colega más joven de Harlow. Años después describirá

la escena como sigue: "Cuando llegué, Gage estaba sentado en

una silla, en la galería del hotel de Adams, en Cavendish; me dijo

'Doctor, aquí hay trabajo para usted'. Había visto la herida antes

de bajar del coche, ya que las pulsaciones del cerebro eran pa-

tentes, pero sólo pude detallar su aspecto después del examen.

La parte superior de la cabeza parecía un embudo invertido; en

los bordes de la lesión, había pedazos de hueso; la apertura a

través del cráneo e integumentos tenía unos tres centímetros de

diámetro, y la herida parecía producida por un objeto en forma

de cuña, que hubiera perforado de abajo hacia arriba. Mientras

le examinaba la cabeza, Gage contaba a los mirones cómo había

EL ERROR DE DESCARTES

sucedido el accidente; se expresaba con tanto juicio q u e le hice directamente las preguntas del caso, en lugar de plantearlas a los testigos q u e lo a c o m p a ñ a b a n. Me relató, c o m o haría muchas veces en años posteriores, algunos detalles del percance. Estoy en condiciones de afirmar que en n i n g ú n m o m e n t o , entonces o después, advertí en él algún síntoma de irracionalidad, excepto en u n a ocasión, a dos semanas del accidente, en q u e insistía en decirme J o h n Kirwin, a pesar de lo cual me contestaba correcta- m e n t e todas las preguntas".^3 La supervivencia es más increíble todavía si se considera la forma y peso de la barra. Henry Bigelow, profesor de cirugía de Harvard, la describe así: "El fierro q u e atravesó el cráneo pesa seis kilogramos. Mide un m e t r o con diez centímetros, y tres cen- tímetros de diámetro. El extremo q u e p e n e t r ó p r i m e r o es aguza- do, y la p u n t a tiene un largo de veinte centímetros y un diámetro de cinco milímetros, lo q u e posiblemente salvó la vida del pa- ciente. La estaca no se parece a n i n g u n a otra y fue h e c h a espe- cialmente para su d u e ñ o p o r un h e r r e r o del vecindario".^4 Gage trabaja con seriedad y cuida la calidad de sus herramientas. T o d o el episodio es s o r p r e n d e n t e : sobrevivir a u n a explosión como ésa, y poder, a pesar de u n a e n o r m e herida en el cráneo, hablar, caminar y ser coherente de inmediato, resulta caso in- creíble. Más asombroso a ú n es q u e Gage haya resistido la inevita- ble infección que se presentó en la herida, cuyos peligros Harlow conoce muy bien. A u n q u e en esos tiempos no hay antibióticos, el médico, con los productos químicos a su alcance, limpiará vigorosa y regularmente la llaga, y m a n t e n d r á al paciente en u n a posición inclinada para drenarla mejor. Gage tendrá un absceso

  • q u e Harlow quitará prestamente con su escalpelo- y fiebre alta, p e r o su contextura robusta y juvenil superará todos los inconve- nientes. C o m o dirá Harlow: "Yo lo curé; Dios lo sanó". El paciente será d a d o de alta en m e n o s de dos meses. Sin embargo, ese increíble desenlace pierde relieve si se lo c o m p a r a con el vuelco extraordinario q u e se producirá en la personalidad de Gage. Sus sueños, ambiciones, apetencias y desapetencias, es- tán p o r cambiar. El cuerpo de Gage está vivo y bien, p e r o un nuevo espíritu lo anima.

DISGUSTO EN VRERMONT

GAGE YA NO ERA GAGE

Podemos saber a p r o x i m a d a m e n t e lo que pasó revisando el infor- me clínico q u e Harlow p r e p a r ó veinte años después del acciden- te.^5 Es un texto confiable, a b u n d a n t e en hechos y escaso en interpretaciones, escrito con b u e n criterio h u m a n o y neurológi- co, q u e permite dibujar un perfil aproximado de Gage y de su médico. J o h n Harlow era profesor de escuela antes de ingresar a la facultad de medicina Jefferson, en Filadelfia, y hacía pocos años q u e ejercía la profesión c u a n d o le tocó el caso que se ha- bría de convertir en la obsesión de toda su vida; sospecho q u e lo hizo investigar y transformarse en erudito, lo q u e seguramente no estaba en sus planes c u a n d o empezó a practicar medicina en Vermont. Es posible q u e sanar a Gage y transmitir el resultado de sus investigaciones a sus colegas de Boston fueran los m o m e n - tos culminantes de su carrera, a u n q u e oscurecidos p o r la n u b e que amenazaba de m a n e r a irrevocable a su paciente. La narración de Harlow describe la sorprendente recuperación física de Gage, que podía ver, oír y palpar, sin sufrir parálisis en ninguno de sus miembros ni en la lengua. Había perdido acuidad en la visión del ojo izquierdo, pero el derecho estaba intacto. Cami- naba con firmeza, movía las manos con habilidad y no presentaba dificultades lingüísticas ni idiomáticas. Sin embargo, nos dice Har- low, se destruyó "el equilibrio entre sus facultades intelectuales y sus inclinaciones animales". Los cambios se hicieron patentes apenas terminó la fase aguda de su lesión cerebral. Ahora era "impredeci- ble, irreverente, dado a las expresiones más groseras (lo que antes no había sido su costumbre), manifestaba poca o ninguna deferen- cia hacia su prójimo; incapaz de contenerse o de aceptar un consejo si se oponía a sus deseos inmediatos, mostraba, j u n t o a u n a porfiada obstinación, u n a conducta caprichosa y vacilante; fantaseaba con un futuro improbable, armando castillos en el aire que abandonaba apenas esbozados. Niño en sus manifestaciones y capacidades inte- lectuales, tenía las pasiones animales de un adulto fuerte". Se reco- mendaba a las damas no acercarse para evitar ser insultadas por su lenguaje vulgar. Las enérgicas admoniciones de Harlow no tuvieron ningún efecto.

EL ERROR DE DESCARTES

a los investigadores que el cerebro era fundamento del lenguaje,

de la percepción y de las funciones motoras, entregando con

frecuencia detalles más concluyentes, en el caso de Gage se dis-

cernía un hecho sorprendente: de alguna manera, había en el

cerebro sistemas especializados en el razonamiento, específica-

mente en sus dimensiones personales y sociales. Un daño cere-

bral podía producir malos modales e incumplimiento de ciertas

normas éticas necesarias para la convivencia civilizada, aun cuan-

do se mantuvieran intactas las funciones intelectuales y verbales.

Sorpresivamente, el ejemplo de Gage indicaba que alguna parte

del cerebro controla ciertas características típicamente humanas,

entre ellas la capacidad de hacer proyectos adecuados en un

medio social complejo, el sentido de responsabilidad hacia uno

mismo y los demás y la habilidad para planificar la propia super-

vivencia con pleno ejercicio del libre arbitrio.

Lo más sorprendente de esta desagradable historia es la dis-

crepancia en la estructura de personalidad de Gage antes y des-

pués del accidente. Su normalidad se vio interrumpida por rasgos

funestos que no desaparecieron jamás. Había sabido todo lo ne-

cesario para optar adecuadamente y ascender en la vida; tenía

un marcado sentido de responsabilidad personal y social que se

reflejaba en la forma como había logrado avanzar en su carrera

profesional; era puntilloso en el trabajo y despertaba admiración

en colegas y empleadores. Perfectamente adaptado a la sociedad,

al parecer actuaba de manera escrupulosa y ética. Después del

accidente se convirtió en un individuo irrespetuoso y amoral,

cuyas decisiones no cuidaban sus intereses más elementales; se

dio a inventar cuentos que "sólo nacían de su fantasía", según

dice Harlow. El futuro no le interesaba y era absolutamente inca-

paz de preverlo.

Las alteraciones de su personalidad no fueron sutiles. Elegía

siempre mal y -a diferencia de las personas disminuidas que

toman decisiones timoratas y superficiales- optaba por alternati-

vas claramente catastróficas. Gage se aplicó a destruirse. Quizá su

escala de valores había cambiado, o sus preferencias anteriores

ya no podían influir en sus decisiones. No hay indicios suficien-

tes que permitan discernir la verdad, pero mis investigaciones

- t n

DISGUSTO EN VKRMÍ >NT

con pacientes que han sufrido el mismo tipo de lesión me han

convencido de que ninguna de las dos explicaciones describe lo

que realmente sucede; una zona determinada del sistema de

valores, que puede ser usada en términos abstractos, parece in-

tacta, pero está desconectada de las situaciones reales. Cuando

los Phineas Gage de este mundo se mueven en la realidad con-

creta, los conocimientos anteriores apenas influyen en su proce-

so de toma de decisiones.

Otro aspecto importante de la historia de Gage es la discre-

pancia entre la personalidad degenerada y la integridad de varias

herramientas de la mente, atención, percepción, memoria, len-

guaje, inteligencia. En este tipo de desacuerdo, conocido en neu-

ropsicología como disociación, una o más actividades se oponen

al resto. Quienes tienen lesiones en otras zonas del cerebro pue-

den ver disminuida solamente su capacidad verbal, mientras su

personalidad y otros aspectos cognitivos siguen intactos. En esos

casos decimos que el lenguaje es la habilidad disociada. En el

caso de Gage, la disociación afectaba el carácter, manteniéndose

incólumes la cognición y la conducta. Estudios posteriores verifi-

can la constante reedición de esa característica en pacientes con

lesiones similares.

Si bien hacia 1868 Harlow se vio forzado a aceptar que los

cambios de personalidad de su paciente eran irreversibles, luchó

durante años contra esa convicción. Le debió resultar difícil ad-

mitir que las alteraciones no se pudieran corregir y es compren-

sible que así fuera: lo más inaudito del episodio era que Gage

sobreviviera sin una sintomatología manifiesta, parálisis, por ejem-

plo, o pérdida de visión y memoria. De algún modo, esas limita-

ciones del paciente parecían insultar a la Providencia y la

medicina.

En la incipiente comunidad científico-neurológica de aque-

llos tiempos nacían dos tendencias antagónicas: afirmaba la pri-

mera que ciertas funciones psíquicas -como la memoria o el

lenguaje- no podían ser asignadas a zonas específicas del cere-

bro; si era imprescindible aceptar, con recelo, que éste generaba

la "mente", había que aclarar que lo hacía como un todo y no

como un ensamblaje de partes. A la inversa, la segunda postula-

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EL ERROR DE DESCARTES

ba q u e el cerebro poseía zonas especializadas q u e d a b a n lugar a funciones mentales discretas. La brecha entre los dos campos no sólo muestra lo incipiente de la investigación neurológica; las discusiones d u r a r o n un siglo y, hasta cierto p u n t o , siguen hoy entre nosotros. Esa desavenencia explica que, si bien se t o m ó debida nota de la recuperación de Gage - c o n la reticencia nece- saria en toda manifestación teratológica-, el significado profun- do de sus alteraciones pasara básicamente inadvertido. Los debates científicos motivados p o r el caso Gage, si los h u b o , se c o n c e n t r a r o n en buscar la localización de los centros cerebrales responsables de la motricidad y el lenguaje. La discu- sión j a m á s conectó la indocilidad del sujeto con la lesión en el lóbulo frontal; lo cual me recuerda un dicho de Warren McCu- lloch: "Cuando señalo, no me miren el d e d o sino el objeto a q u e apunto". (McCulloch, neurofisiólogo legendario, pionero del cam- po q u e luego sería la ciencia neurocomputacional, era también augur y poeta. El dicho solía formar parte de u n a profecía.) Volviendo al caso: nadie miró n u n c a hacia d ó n d e a p u n t a b a in- conscientemente Gage. En aquella época se podía aceptar q u e las zonas del cerebro responsables de las actividades cardíacas y respiratorias no habían sido dañadas p o r la barra; que las q u e controlan la vigilia estaban intactas y q u e la h e r i d a no sumergie- ra a Gage en la inconsciencia p o r un lapso p r o l o n g a d o (el episo- d i o a n t i c i p a b a lo q u e hoy s a b e m o s p o r el e s t u d i o de las contusiones craneanas: el tipo de lesión es u n a variable crítica. Un golpe violento en la cabeza p u e d e producir u n a perturba- ción grave y prolongada de la vigilia, a u n q u e la caja craneana no sufra fracturas; la fuerza del impacto desorganiza profundamen- te las funciones cerebrales. U n a herida punzante, cuya fuerza no sea expansiva p e r o se concentre en un p u n t o - q u e no c o m p r i m a el cerebro contra el c r á n e o - p u e d e provocar u n a disfunción sólo en el lugar d a ñ a d o , sin afectar el funcionamiento del cerebro en otras localizaciones). Pero nadie tenía entonces los conocimien- tos ni el coraje necesarios para mirar en la dirección adecuada. E n t e n d e r el cambio conductual de Gage suponía creer q u e la conducta social normal requiere de la cooperación de u n a zona particular del cerebro, concepto impensable en la época, m u c h o

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DISGUSTO EN VEKMONT

más q u e su equivalente para la motricidad, los sentidos o el len- guaje. De h e c h o , el caso de Gage fue utilizado p o r los q u e no acep- laban q u e ciertas actividades mentales p o d í a n estar relacionadas con zonas específicas del cerebro. Postulaban -basados en u n a comprensión superficial de los indicios m é d i c o s - que, si u n a contusión de ese tipo no producía parálisis o impedimentos ver- bales, era obvio q u e ni el control del lenguaje ni el de la locomo- ción se relacionaban con los centros relativamente p e q u e ñ o s de la motricidad y el habla identificados ya p o r los neurólogos. Ar- g u m e n t a b a n - c r a s a m e n t e equivocados, c o m o v e r e m o s - q u e la lesión de Gage había d a ñ a d o directamente esos centros.^7 El fisiólogo británico David Ferrier fue u n o de los pocos q u e se dieron el trabajo de analizar los hallazgos eficaz y sabiamente.^8 Su experiencia en otros casos de lesión cerebral con cambios conductuales, así c o m o sus experimentos en la estimulación eléc- I rica de la corteza cerebral de animales, lo situaban en u n a posi- ción única para m e d i r los descubrimientos de Harlow. Concluyó que la lesión no había d a ñ a d o los "centros" motores o verbales, sino la zona q u e él mismo llamó corteza prefrontal, q u e esto causó finalmente los cambios del c o m p o r t a m i e n t o de Gage, a los q u e se refería, pintorescamente, c o m o "degradación mental". Es probable que Harlow y Ferrier - c a d a u n o en su p e q u e ñ o mun- d o - sólo escucharan palabras de aliento de parte de los seguido- res de la frenología.

UNA DIGRESIÓN SOBRE FRENOLOGÍA

Lo que más tarde se conocería como frenología comenzó llamán- dose organología, y fue iniciado por Franz Joseph Gall a fines del siglo XVIII. Primero en Europa, donde conoció un succés de scanda- le en los círculos intelectuales de Viena, Weimar y París, y después en América -donde fue introducida por el discípulo y otrora amigo de Gall, Johann Caspar Spurzheim-, la frenología se presentaba como una curiosa mescolanza de nociones elementales de psicolo- gía y neurociencia, todo ello junto a conceptos de filosofía práctica. Tuvo notable influencia en las ciencias y humanidades a lo largo

33

EL ERROR DE DESCARTES

Es dudoso que Harlow haya escuchado alguna vez a Spurzheim, pero seduce saber que recibió por lo menos una lección de freno- logía de boca de Sizer, cuando éste pasó por Cavendish (donde se alojó -por supuesto- en el hotel de Adams). Este influjo podría explicar muy bien la audaz conclusión de Harlow de que la trans- formación de Gage se debió a una lesión cerebral específica y no a una reacción general ante el accidente. Curiosamente, Harlow no sustenta sus interpretaciones en la frenología. Sizer volvió a Cavendish (y nuevamente se hospedó en el hotel de Adams, y en la habitación donde se mejoró Gage, por supues- to), y es indudable que estaba familiarizado con la historia del amigo Phineas. Lo menciona cuando escribió su libro de frenolo- gía, en 1882: "Revisamos la historia del caso (el informe de Har- low) en 1848, con interés intenso y afectuoso, sin olvidar que el desdichado paciente estuvo alojado en el mismo hotel y en la mis- ma habitación".^11 La conclusión de Sizer fue que la estaca había pasado "por el vecindario de la Benevolencia y la parte delantera de la Veneración". ¿Benevolencia y Veneración? Por cierto que no eran monjas de algún convento carmelita. Eran "centros frenológi- cos", "órganos" del cerebro. Otorgaban a las personas una adecua- da conducta social, amabilidad, respeto por los demás. Si se está equipado con este tipo de conocimiento, es posible entender el diagnóstico final de Sizer: "Su órgano de la Veneración parecía estar dañado, de lo que resultaba la vulgaridad de su expresión". ¡Qué sagaz!

UN H I T O EN RETROSPECTIVA

Es indudable q u e la alteración en la personalidad de Gage se debió a u n a lesión circunscrita a u n a zona específica del cerebro. Sin e m b a r g o esa explicación no sería patente hasta dos décadas después del episodio y se tornó vagamente aceptable sólo en este siglo. D u r a n t e m u c h o tiempo casi todos creyeron -incluso Har- low- q u e "la porción perforada era, p o r diferentes motivos, la más capaz, de toda la sustancia cerebral, de resistir u n a lesión de ese tipo":^12 en otras palabras, era u n a zona del cerebro q u e no hacía gran cosa y p o r e n d e descartable. Nada más lejano a la verdad, c o m o el mismo Harlow llegó a e n t e n d e r. Escribió en

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DISGUSTO EN VKRM< )NT

1868 q u e la recuperación mental del paciente "era parcial, ya q u e sus facultades intelectuales estaban claramente disminuidas, si bien no totalmente perdidas; n a d a parecido a demencia, p e r o sus manifestaciones se debilitaron: sus operaciones mentales eran típicamente correctas, p e r o desajustadas en intensidad o canti- dad". La moraleja tácita era q u e la observancia de la convención social, el c o m p o r t a m i e n t o ético y la capacidad de tomar decisio- nes conducentes a la supervivencia y el progreso personal no sólo requerían el conocimiento de ciertas n o r m a s y estrategias, sino la integridad de sistemas específicos del cerebro. Pero la moraleja tenía la dificultad de carecer de pruebas q u e la sustentaran defi- nitiva y comprensiblemente, lo q u e la convirtió en un misterio, q u e nos ha llegado como el "enigma" de la función del lóbulo frontal. En último término, Gage planteaba más preguntas q u e respuestas. Para empezar, sólo sabíamos q u e la lesión cerebral de Gage estaba p r o b a b l e m e n t e en el lóbulo frontal. Eso es más o m e n o s c o m o decir q u e Chicago está en los Estados Unidos; verdadero p e r o no muy específico ni provechoso. S u p o n i e n d o que el d a ñ o afectara el lóbulo frontal, ¿en q u é lugar preciso de la región estaba? ¿En el lóbulo izquierdo? ¿En el d e r e c h o o en ambos? ¿En otro lugar, además? Como veremos en el p r ó x i m o capítulo, las nuevas tecnologías nos h a n ayudado a d e s e n t r a ñ a r el acertijo. Además de lo anterior, estaba la naturaleza del defecto de Gage. ¿Cómo se había desarrollado su anormalidad? La causa inmediata, p o r supuesto, era un agujero en su cabeza, p e r o eso sólo indica p o r qué, no cómo surgió la deficiencia. ¿Tendría las mismas consecuencias un forado en cualquier parte del lóbulo frontal? Cualquiera sea la respuesta, ¿en q u é forma p u e d e la rotura de u n a región cerebral cambiar la personalidad? Si exis- ten zonas específicas en el lóbulo frontal, ¿de q u é están hechas y cómo o p e r a n en un cerebro intacto? ¿Conforman quizá algún tipo de "centro" de la conducta social? ¿Se trata de módulos seleccionados a lo largo del proceso evolutivo, cargados de algoritmos resolutorios, listos para decirnos c ó m o razonar y q u é decisiones adoptar? ¿De q u é m a n e r a esos m ó d u l o s -si los h a y - interactúan con el medio ambiente, d u r a n t e el desarrollo, per-

EL ERROR DE DESCARTES

mitiendo el razonamiento y la adopción normal de decisiones?

¿O no existen dichos módulos?

¿Cuáles eran los mecanismos responsables de la incapacidad de

Gage para tomar decisiones apropiadas? Probablemente se había

destruido el conocimiento necesario para la resolución razonable

de ciertos problemas, o estaba ocluido el acceso a ese conocimiento,

lo que lo incapacitaba para pensar adecuadamente. También es

posible que dicho conocimiento estuviera intacto y asequible, pero

se hubieran dañado las estrategias racionales. Si ése era el caso, ¿qué

secuencias racionales faltaban? Más al punto: ¿cuáles son los pasos

supuestamente normales? Y si tenemos la suerte de vislumbrar algu-

nos, ¿cuáles son sus apoyos neurales subyacentes?

Todas esas preguntas son interesantes, pero no tienen la

importancia de las pertinentes al estatus de Gage como ser hu-

mano. ¿Puede decirse que tuviera libre arbitrio? ¿Tenía un con-

cepto claro del bien y del mal o era víctima de su nuevo diseño

cerebral, de manera que las decisiones se le imponían de modo

inevitable? ¿Era responsable de sus actos? Si nos inclinamos por

la negativa, ¿qué nos enseña esto sobre la responsabilidad en

términos más amplios? Estamos rodeados de Phineas Gages, de

gente cuya caída de la gracia social resulta perturbadoramente

parecida. Algunos presentan daño cerebral por crecimientos tu-

morales, heridas en la cabeza, u otras afecciones neurologicas. Y

hay los que no tienen una enfermedad neurológica evidente y

sin embargo se comportan como Gage por motivos vinculados

con su cerebro o con el tipo de sociedad en que nacieron. Nece-

sitamos entender la naturaleza de esos seres cuyas acciones pue-

den ser destructivas para ellos mismos o para los demás, si

queremos resolver humanamente los problemas que plantean.

Ni la cárcel ni la pena capital -entre las respuestas que la socie-

dad suele proponer a esos individuos- contribuyen a nuestro

entendimiento o a la solución del problema. De hecho, debería-

mos ampliar la pregunta, indagar nuestra propia responsabilidad

cuando nosotros, los "normales", nos deslizamos a la irracionali-

dad que marcó la gran caída de Phineas Gage.

Gage perdió una característica exclusivamente humana: la

habilidad de planificar su futuro como ser social. ¿Tuvo concien-

Q O

DISGUSTO EN VKRMÍ )NT

cia de su pérdida? ¿Puede describírselo como una persona cons-

ciente, en el sentido que tú y yo lo somos? ¿Es justo decir que su

espíritu estaba disminuido, o que había perdido su alma} Si así

fuera, ¿qué habría pensado Descartes si hubiera conocido el caso

y sabido neurobiología como ahora? ¿Habría preguntado por la

glándula pineal de Gage?