




























































































Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity
Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium
Prepara tus exámenes
Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity
Prepara tus exámenes con los documentos que comparten otros estudiantes como tú en Docsity
Encuentra los documentos específicos para los exámenes de tu universidad
Estudia con lecciones y exámenes resueltos basados en los programas académicos de las mejores universidades
Responde a preguntas de exámenes reales y pon a prueba tu preparación
Consigue puntos base para descargar
Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium
Comunidad
Pide ayuda a la comunidad y resuelve tus dudas de estudio
Ebooks gratuitos
Descarga nuestras guías gratuitas sobre técnicas de estudio, métodos para controlar la ansiedad y consejos para la tesis preparadas por los tutores de Docsity
Asignatura: Fundamentos de la Psicobiología, Profesor: Miguel Ángel Serrano Rosa, Carrera: Psicologia, Universidad: UV
Tipo: Apuntes
1 / 168
Esta página no es visible en la vista previa
¡No te pierdas las partes importantes!





























































































En oferta
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.
Primera edición, 1996 Segunda edición, 1997
Título original en inglés: Descartes'Error Edición original: Grosset/Putnam Book. G. P. Putnam's Sons Nueva York Traducción de PIERRE JACOMET Copyright © 1994 by Antonio R. Damasio
© EDITORIAL ANDRÉS BELLO Av. Ricardo Lyon 946, Santiago de Chile Derechos exclusivos para América Latina Registro de Propiedad Intelectual Inscripción Nº 96.132, año 1996 Santiago - Chile (^) • Se terminó de imprimir esta segunda edición en el mes de mayo de 1997 IMPRESORES: Andros Impresores IMPRESO EN CHILE / PRINTED IN CHILE ISBN 956-13-1397-
CONTENIDO
Introducción 11
PRIMERA PARTE
Capítulo 1: Disgusto en Vermont 23 Phineas P. Gage. Gage ya no era Gage. ¿Por qué Phineas Gage? Una digresión sobre frenología. Un hito en retros- pectiva. Capítulo 2: El cerebro de Gage al desnudo 41 El problema. Una digresión sobre la anatomía de los siste- mas nerviosos. La solución. Capítulo 3: Un Phineas Gage de nuestro tiempo 55 Una mente nueva. Respuesta al desafío. Razonar y decidir. Capítulo 4: A sangre fría................................................................................... ... 73 Evidencias de otros casos de daño prefrontal. Indicios que surgen de otros casos de daño prefrontal. Indicios acumula- dos por lesiones más allá de las capas corticales prefronta- les. Una reflexión sobre anatomía y función. Una fuente de energía. Indicios a partir del estudio de animales. Una di- gresión de explicaciones neuroquímicas. Conclusión.
SEGUNDA PARTE
Capítulo 5: Montaje de una explicación 103 Una alianza misteriosa. De organismos, cuerpos y cerebros. Estados de organismos. Cuerpo y cerebro interactúan: el organismo por dentro. De la conducta y la mente. Interac- ción del organismo y el medio: enfrentar el mundo exter- no. Una digresión sobre la arquitectura de los sistemas neurales. Una mente integrada a partir de actividades dis- persas. Imágenes actuales, imágenes del pasado, imágenes del futuro. Formación de imágenes perceptuales. Almace- namiento de imágenes y formación de imágenes evocables.
INTRODUCCIÓN
INTRODUCCIÓN
INTRODUCCIÓN
en inferior a la razón. Los fundamentos del acto moral no se degradan p o r q u e sepamos que actuar conforme a un principio ético requiere la participación de u n a simple circuitería en el núcleo del cerebro: el edificio de la ética no colapsa, la moral no es amenazada y, en el individuo normal, la voluntad sigue siendo la voluntad. Lo que p u e d e cambiar es nuestra visión del rol q u e ha tenido la biología en el origen de ciertos principios éticos surgidos en un d e t e r m i n a d o contexto social, c u a n d o m u c h o s individuos q u e poseen disposiciones biológicas similares interac- túan en circunstancias específicas.
El sentimiento es el segundo tópico de importancia central en este libro; llegué a él por necesidad, cuando me esforzaba por entender la maquinaria neural y cognitiva que subyace en el razonamiento y en la capacidad de tomar decisiones. La segunda idea en este li- bro es entonces que la esencia de un sentimiento puede no ser u n a elusiva cualidad mental apegada a un objeto, sino más bien u n a percepción directa en un paisaje específico: el cuerpo. Mi investigación en pacientes neurológicos, cuyas lesiones cerebrales h a n deteriorado su capacidad de experimentar senti- mientos, me ha llevado a pensar que éstos no son tan intangibles como se ha supuesto hasta ahora. Podemos llegar a delimitar su funcionamiento mental y quizá también e n c o n t r a r su sustrato neural. A p a r t á n d o m e del pensamiento neurobiológico actual, postulo q u e las redes críticas en que se apoyan los sentimientos no sólo incluyen las reconocidas series de estructuras conocidas como sistema límbico, sino también algunas de las capas cortica- les prefrontales y, más significativamente, los sectores cerebrales d o n d e se proyectan e integran señales provenientes del cuerpo. Conceptualizo la esencia de los sentimientos como algo q u e tú y yo p o d e m o s ver a través de u n a ventana q u e se abre directa- m e n t e sobre u n a imagen de continuo actualizada de la estructu- ra y estado de nuestro cuerpo. Si imaginas la vista desde esa ventana como un paisaje, verás distintos objetos, inmóviles algu- nos y otros en movimiento, ruidosos y brillantes: la "estructura" corporal es análoga a la forma de los objetos, en tanto q u e el
14
INTRODUCCIÓN
"estado" corporal se parece a la luminosidad, sombra, movimien- tos y sonidos de los objetos en ese espacio. En el paisaje de tu cuerpo, los objetos son las visceras (corazón, pulmones, intesti- nos, músculos), en tanto q u e luz y sombra, movimientos y soni- do, representan un p u n t o en la gama de operación de esos órganos en un m o m e n t o d e t e r m i n a d o. Por lo general, un senti- miento es la "vista" m o m e n t á n e a de u n a parte de ese paisaje corporal. Tiene un contenido específico: el estado del cuerpo; y descansa en sistemas neurales particulares de soporte: el sistema nervioso periférico y las regiones cerebrales, que ingresan seña- les relativas a la estructura y regulación del organismo. C o m o la sensación de ese paisaje corporal se yuxtapone en el tiempo a la percepción o evocación de otra cosa q u e no es parte del cuer- po - u n rostro, u n a melodía, un a r o m a - , los sentimientos se trans- forman en "calificadores" de esa otra cosa. Pero en el sentimiento hay algo más q u e su p u r a esencia. C o m o explicaré, un estado- corporal calificador, positivo o negativo, es a c o m p a ñ a d o y com- pletado p o r u n a modalidad consecuente de pensamiento: veloz y rico, c u a n d o el estado-corporal está en la b a n d a positiva del es- pectro, lenta y repetitiva c u a n d o el estado-corporal deriva hacia la b a n d a dolorosa. En esta perspectiva, los sentimientos son los sensores que detec- tan abundancia o falta de equivalencia entre naturaleza y circuns- tancia. Con el término naturaleza designo la que heredamos al nacer, como un paquete de adaptaciones genéticamente construi- das, y también la que hemos adquirido -voluntaria o involuntaria- m e n t e - en el desarrollo individual mediante interacciones con el entorno social. Los sentimientos, y las emociones de que derivan, no son un lujo; sirven de guías internos, y nos ayudan a comunicar a otros señales que también los p u e d e n guiar. Tampoco son intangi- bles ni elusivos: al revés de lo que piensa la ciencia tradicional, los sentimientos son tan cognitivos como otras percepciones. Resultan del curiosísimo arreglo fisiológico que ha transformado el cerebro en la audiencia cautiva del cuerpo. Los sentimientos nos p e r m i t e n vislumbrar al organismo en plena actividad biológica, captar el reflejo de los mecanismos de la vida misma en plena operación. Si no fuera p o r la posibilidad
15
INTRODUCCIÓN
empezó a interrogarse sobre su m e n t e : ¿Cómo es posible q u e seamos conscientes del m u n d o q u e nos rodea, c ó m o sabemos lo que sabemos, c ó m o sabemos q u e sabemos? Según la perspectiva de la hipótesis planteada, amor, odio, angustia, amabilidad y crueldad, la solución de un problema cien- tífico o la creación de un artefacto nuevo se basan en sucesos neurales d e n t r o de un cerebro, siempre q u e ese cerebro haya estado, y siga estando, en interacción con su cuerpo. El alma respira p o r el cuerpo y el sufrimiento, empiece en la piel o en u n a imagen mental, sucede en la carne.
He escrito este libro como mi parte de u n a conversación con un amigo imaginario inteligente, curioso y culto, q u e conoce poco de neurociencia p e r o m u c h o de la vida. Hicimos un trato: la conversación debía rendir beneficios mutuos. Mi amigo aprende- ría sobre el cerebro y las curiosas cosas mentales, y yo o b t e n d r í a atisbos nuevos mientras me esforzara p o r explicar mi idea de lo q u e significan cuerpo, cerebro y m e n t e. Acordamos no transfor- m a r la conversación en u n a aburrida conferencia, no tener des- acuerdos violentos y no tratar de abarcar demasiado. Yo hablaría de hechos probados, de cosas dudosas y de hipótesis, a u n q u e sólo pudiera ofrecer corazonadas para respaldar lo dicho. Men- cionaría el trabajo que se está desarrollando, diversas tareas toda- vía en proyecto, e investigaciones que empezarán m u c h o después q u e termine la conversación. T a m b i é n q u e d ó establecido que, como corresponde en u n a conversación, habría atajos y digresio- nes, y pasajes q u e no q u e d a r í a n claros la primera vez y merece- rían u n a segunda visita. Por eso repasaré de vez en c u a n d o ciertos tópicos desde u n a perspectiva diferente.
Desde el principio dejo en claro mi visión de los límites de la ciencia: soy escéptico sobre la p r e t e n d i d a objetividad y verdad científicas. Me resulta difícil aceptar los resultados científicos, particularmente los de la neurobiología, como algo más q u e aproximaciones provisorias que se debe considerar un tiempo y
IX
INTRODUCCIÓN
descartar tan p r o n t o se dispone de nuevas descripciones. Sin embargo, el escepticismo ante los alcances actuales de la ciencia, sobre todo acerca de la m e n t e , no disminuye el entusiasmo ni deseo de mejorar las aproximaciones provisorias. Quizá la complejidad de la m e n t e h u m a n a sea tal que jamás se conozca, d e b i d o a nuestras intrínsecas limitaciones, la solu- ción del problema. Acaso, p o r inexplicable, no deberíamos men- cionarlo en absoluto, y en lugar de ello hablar de un misterio y distinguir entre las cuestiones q u e p u e d e n ser abordables ade- c u a d a m e n t e p o r la ciencia y aquellas que la eludirán para siem- pre.^3 Pero, por m u c h a simpatía que sienta p o r quienes no p u e d e n imaginar u n a m a n e r a de desentrañar el misterio (se los ha apo- d a d o "mistéricos"),^4 y p o r quienes creen q u e es cognoscible p e r o se frustrarían si la explicación se apoyara en hechos ya sabidos, creo, enfáticamente, que algún día vamos a llegar a c o m p r e n d e r la m e n t e. A estas alturas habrán advertido que la conversación no fue sobre Descartes ni de filosofía, aunque sin duda fue sobre la mente, el cerebro y el cuerpo. Mi amigo sugirió que debía ocurrir bajo el Signo de Descartes, ya que no habría manera de abordar esos temas sin evocar la emblemática figura de quien trazó el relato más acepta- do de su interrelación. Entonces advertí -curiosamente- que el libro trataría del Error de Descartes. Querrán saber, por supuesto, cuál fue ese Error, pero he j u r a d o guardar el secreto de momento. Sin embargo, prometo revelarlo. Entonces, nuestra conversación empezó con seriedad, con la extraña vida de Phineas Gage.
PRIMERA PARTE
EL ERROR DE DESCARTES
DISGUSTO EN VERMONT
EL ERROR DE DESCARTES
sucedido el accidente; se expresaba con tanto juicio q u e le hice directamente las preguntas del caso, en lugar de plantearlas a los testigos q u e lo a c o m p a ñ a b a n. Me relató, c o m o haría muchas veces en años posteriores, algunos detalles del percance. Estoy en condiciones de afirmar que en n i n g ú n m o m e n t o , entonces o después, advertí en él algún síntoma de irracionalidad, excepto en u n a ocasión, a dos semanas del accidente, en q u e insistía en decirme J o h n Kirwin, a pesar de lo cual me contestaba correcta- m e n t e todas las preguntas".^3 La supervivencia es más increíble todavía si se considera la forma y peso de la barra. Henry Bigelow, profesor de cirugía de Harvard, la describe así: "El fierro q u e atravesó el cráneo pesa seis kilogramos. Mide un m e t r o con diez centímetros, y tres cen- tímetros de diámetro. El extremo q u e p e n e t r ó p r i m e r o es aguza- do, y la p u n t a tiene un largo de veinte centímetros y un diámetro de cinco milímetros, lo q u e posiblemente salvó la vida del pa- ciente. La estaca no se parece a n i n g u n a otra y fue h e c h a espe- cialmente para su d u e ñ o p o r un h e r r e r o del vecindario".^4 Gage trabaja con seriedad y cuida la calidad de sus herramientas. T o d o el episodio es s o r p r e n d e n t e : sobrevivir a u n a explosión como ésa, y poder, a pesar de u n a e n o r m e herida en el cráneo, hablar, caminar y ser coherente de inmediato, resulta caso in- creíble. Más asombroso a ú n es q u e Gage haya resistido la inevita- ble infección que se presentó en la herida, cuyos peligros Harlow conoce muy bien. A u n q u e en esos tiempos no hay antibióticos, el médico, con los productos químicos a su alcance, limpiará vigorosa y regularmente la llaga, y m a n t e n d r á al paciente en u n a posición inclinada para drenarla mejor. Gage tendrá un absceso
DISGUSTO EN VRERMONT
Podemos saber a p r o x i m a d a m e n t e lo que pasó revisando el infor- me clínico q u e Harlow p r e p a r ó veinte años después del acciden- te.^5 Es un texto confiable, a b u n d a n t e en hechos y escaso en interpretaciones, escrito con b u e n criterio h u m a n o y neurológi- co, q u e permite dibujar un perfil aproximado de Gage y de su médico. J o h n Harlow era profesor de escuela antes de ingresar a la facultad de medicina Jefferson, en Filadelfia, y hacía pocos años q u e ejercía la profesión c u a n d o le tocó el caso que se ha- bría de convertir en la obsesión de toda su vida; sospecho q u e lo hizo investigar y transformarse en erudito, lo q u e seguramente no estaba en sus planes c u a n d o empezó a practicar medicina en Vermont. Es posible q u e sanar a Gage y transmitir el resultado de sus investigaciones a sus colegas de Boston fueran los m o m e n - tos culminantes de su carrera, a u n q u e oscurecidos p o r la n u b e que amenazaba de m a n e r a irrevocable a su paciente. La narración de Harlow describe la sorprendente recuperación física de Gage, que podía ver, oír y palpar, sin sufrir parálisis en ninguno de sus miembros ni en la lengua. Había perdido acuidad en la visión del ojo izquierdo, pero el derecho estaba intacto. Cami- naba con firmeza, movía las manos con habilidad y no presentaba dificultades lingüísticas ni idiomáticas. Sin embargo, nos dice Har- low, se destruyó "el equilibrio entre sus facultades intelectuales y sus inclinaciones animales". Los cambios se hicieron patentes apenas terminó la fase aguda de su lesión cerebral. Ahora era "impredeci- ble, irreverente, dado a las expresiones más groseras (lo que antes no había sido su costumbre), manifestaba poca o ninguna deferen- cia hacia su prójimo; incapaz de contenerse o de aceptar un consejo si se oponía a sus deseos inmediatos, mostraba, j u n t o a u n a porfiada obstinación, u n a conducta caprichosa y vacilante; fantaseaba con un futuro improbable, armando castillos en el aire que abandonaba apenas esbozados. Niño en sus manifestaciones y capacidades inte- lectuales, tenía las pasiones animales de un adulto fuerte". Se reco- mendaba a las damas no acercarse para evitar ser insultadas por su lenguaje vulgar. Las enérgicas admoniciones de Harlow no tuvieron ningún efecto.
EL ERROR DE DESCARTES
- t n
DISGUSTO EN VKRMÍ >NT
:ÍI
EL ERROR DE DESCARTES
ba q u e el cerebro poseía zonas especializadas q u e d a b a n lugar a funciones mentales discretas. La brecha entre los dos campos no sólo muestra lo incipiente de la investigación neurológica; las discusiones d u r a r o n un siglo y, hasta cierto p u n t o , siguen hoy entre nosotros. Esa desavenencia explica que, si bien se t o m ó debida nota de la recuperación de Gage - c o n la reticencia nece- saria en toda manifestación teratológica-, el significado profun- do de sus alteraciones pasara básicamente inadvertido. Los debates científicos motivados p o r el caso Gage, si los h u b o , se c o n c e n t r a r o n en buscar la localización de los centros cerebrales responsables de la motricidad y el lenguaje. La discu- sión j a m á s conectó la indocilidad del sujeto con la lesión en el lóbulo frontal; lo cual me recuerda un dicho de Warren McCu- lloch: "Cuando señalo, no me miren el d e d o sino el objeto a q u e apunto". (McCulloch, neurofisiólogo legendario, pionero del cam- po q u e luego sería la ciencia neurocomputacional, era también augur y poeta. El dicho solía formar parte de u n a profecía.) Volviendo al caso: nadie miró n u n c a hacia d ó n d e a p u n t a b a in- conscientemente Gage. En aquella época se podía aceptar q u e las zonas del cerebro responsables de las actividades cardíacas y respiratorias no habían sido dañadas p o r la barra; que las q u e controlan la vigilia estaban intactas y q u e la h e r i d a no sumergie- ra a Gage en la inconsciencia p o r un lapso p r o l o n g a d o (el episo- d i o a n t i c i p a b a lo q u e hoy s a b e m o s p o r el e s t u d i o de las contusiones craneanas: el tipo de lesión es u n a variable crítica. Un golpe violento en la cabeza p u e d e producir u n a perturba- ción grave y prolongada de la vigilia, a u n q u e la caja craneana no sufra fracturas; la fuerza del impacto desorganiza profundamen- te las funciones cerebrales. U n a herida punzante, cuya fuerza no sea expansiva p e r o se concentre en un p u n t o - q u e no c o m p r i m a el cerebro contra el c r á n e o - p u e d e provocar u n a disfunción sólo en el lugar d a ñ a d o , sin afectar el funcionamiento del cerebro en otras localizaciones). Pero nadie tenía entonces los conocimien- tos ni el coraje necesarios para mirar en la dirección adecuada. E n t e n d e r el cambio conductual de Gage suponía creer q u e la conducta social normal requiere de la cooperación de u n a zona particular del cerebro, concepto impensable en la época, m u c h o
",'»
DISGUSTO EN VEKMONT
más q u e su equivalente para la motricidad, los sentidos o el len- guaje. De h e c h o , el caso de Gage fue utilizado p o r los q u e no acep- laban q u e ciertas actividades mentales p o d í a n estar relacionadas con zonas específicas del cerebro. Postulaban -basados en u n a comprensión superficial de los indicios m é d i c o s - que, si u n a contusión de ese tipo no producía parálisis o impedimentos ver- bales, era obvio q u e ni el control del lenguaje ni el de la locomo- ción se relacionaban con los centros relativamente p e q u e ñ o s de la motricidad y el habla identificados ya p o r los neurólogos. Ar- g u m e n t a b a n - c r a s a m e n t e equivocados, c o m o v e r e m o s - q u e la lesión de Gage había d a ñ a d o directamente esos centros.^7 El fisiólogo británico David Ferrier fue u n o de los pocos q u e se dieron el trabajo de analizar los hallazgos eficaz y sabiamente.^8 Su experiencia en otros casos de lesión cerebral con cambios conductuales, así c o m o sus experimentos en la estimulación eléc- I rica de la corteza cerebral de animales, lo situaban en u n a posi- ción única para m e d i r los descubrimientos de Harlow. Concluyó que la lesión no había d a ñ a d o los "centros" motores o verbales, sino la zona q u e él mismo llamó corteza prefrontal, q u e esto causó finalmente los cambios del c o m p o r t a m i e n t o de Gage, a los q u e se refería, pintorescamente, c o m o "degradación mental". Es probable que Harlow y Ferrier - c a d a u n o en su p e q u e ñ o mun- d o - sólo escucharan palabras de aliento de parte de los seguido- res de la frenología.
Lo que más tarde se conocería como frenología comenzó llamán- dose organología, y fue iniciado por Franz Joseph Gall a fines del siglo XVIII. Primero en Europa, donde conoció un succés de scanda- le en los círculos intelectuales de Viena, Weimar y París, y después en América -donde fue introducida por el discípulo y otrora amigo de Gall, Johann Caspar Spurzheim-, la frenología se presentaba como una curiosa mescolanza de nociones elementales de psicolo- gía y neurociencia, todo ello junto a conceptos de filosofía práctica. Tuvo notable influencia en las ciencias y humanidades a lo largo
33
EL ERROR DE DESCARTES
Es dudoso que Harlow haya escuchado alguna vez a Spurzheim, pero seduce saber que recibió por lo menos una lección de freno- logía de boca de Sizer, cuando éste pasó por Cavendish (donde se alojó -por supuesto- en el hotel de Adams). Este influjo podría explicar muy bien la audaz conclusión de Harlow de que la trans- formación de Gage se debió a una lesión cerebral específica y no a una reacción general ante el accidente. Curiosamente, Harlow no sustenta sus interpretaciones en la frenología. Sizer volvió a Cavendish (y nuevamente se hospedó en el hotel de Adams, y en la habitación donde se mejoró Gage, por supues- to), y es indudable que estaba familiarizado con la historia del amigo Phineas. Lo menciona cuando escribió su libro de frenolo- gía, en 1882: "Revisamos la historia del caso (el informe de Har- low) en 1848, con interés intenso y afectuoso, sin olvidar que el desdichado paciente estuvo alojado en el mismo hotel y en la mis- ma habitación".^11 La conclusión de Sizer fue que la estaca había pasado "por el vecindario de la Benevolencia y la parte delantera de la Veneración". ¿Benevolencia y Veneración? Por cierto que no eran monjas de algún convento carmelita. Eran "centros frenológi- cos", "órganos" del cerebro. Otorgaban a las personas una adecua- da conducta social, amabilidad, respeto por los demás. Si se está equipado con este tipo de conocimiento, es posible entender el diagnóstico final de Sizer: "Su órgano de la Veneración parecía estar dañado, de lo que resultaba la vulgaridad de su expresión". ¡Qué sagaz!
Es indudable q u e la alteración en la personalidad de Gage se debió a u n a lesión circunscrita a u n a zona específica del cerebro. Sin e m b a r g o esa explicación no sería patente hasta dos décadas después del episodio y se tornó vagamente aceptable sólo en este siglo. D u r a n t e m u c h o tiempo casi todos creyeron -incluso Har- low- q u e "la porción perforada era, p o r diferentes motivos, la más capaz, de toda la sustancia cerebral, de resistir u n a lesión de ese tipo":^12 en otras palabras, era u n a zona del cerebro q u e no hacía gran cosa y p o r e n d e descartable. Nada más lejano a la verdad, c o m o el mismo Harlow llegó a e n t e n d e r. Escribió en
%e>
DISGUSTO EN VKRM< )NT
1868 q u e la recuperación mental del paciente "era parcial, ya q u e sus facultades intelectuales estaban claramente disminuidas, si bien no totalmente perdidas; n a d a parecido a demencia, p e r o sus manifestaciones se debilitaron: sus operaciones mentales eran típicamente correctas, p e r o desajustadas en intensidad o canti- dad". La moraleja tácita era q u e la observancia de la convención social, el c o m p o r t a m i e n t o ético y la capacidad de tomar decisio- nes conducentes a la supervivencia y el progreso personal no sólo requerían el conocimiento de ciertas n o r m a s y estrategias, sino la integridad de sistemas específicos del cerebro. Pero la moraleja tenía la dificultad de carecer de pruebas q u e la sustentaran defi- nitiva y comprensiblemente, lo q u e la convirtió en un misterio, q u e nos ha llegado como el "enigma" de la función del lóbulo frontal. En último término, Gage planteaba más preguntas q u e respuestas. Para empezar, sólo sabíamos q u e la lesión cerebral de Gage estaba p r o b a b l e m e n t e en el lóbulo frontal. Eso es más o m e n o s c o m o decir q u e Chicago está en los Estados Unidos; verdadero p e r o no muy específico ni provechoso. S u p o n i e n d o que el d a ñ o afectara el lóbulo frontal, ¿en q u é lugar preciso de la región estaba? ¿En el lóbulo izquierdo? ¿En el d e r e c h o o en ambos? ¿En otro lugar, además? Como veremos en el p r ó x i m o capítulo, las nuevas tecnologías nos h a n ayudado a d e s e n t r a ñ a r el acertijo. Además de lo anterior, estaba la naturaleza del defecto de Gage. ¿Cómo se había desarrollado su anormalidad? La causa inmediata, p o r supuesto, era un agujero en su cabeza, p e r o eso sólo indica p o r qué, no cómo surgió la deficiencia. ¿Tendría las mismas consecuencias un forado en cualquier parte del lóbulo frontal? Cualquiera sea la respuesta, ¿en q u é forma p u e d e la rotura de u n a región cerebral cambiar la personalidad? Si exis- ten zonas específicas en el lóbulo frontal, ¿de q u é están hechas y cómo o p e r a n en un cerebro intacto? ¿Conforman quizá algún tipo de "centro" de la conducta social? ¿Se trata de módulos seleccionados a lo largo del proceso evolutivo, cargados de algoritmos resolutorios, listos para decirnos c ó m o razonar y q u é decisiones adoptar? ¿De q u é m a n e r a esos m ó d u l o s -si los h a y - interactúan con el medio ambiente, d u r a n t e el desarrollo, per-
EL ERROR DE DESCARTES
Q O
DISGUSTO EN VKRMÍ )NT