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libro sobre TEPT ...........................................................................................................................................................................................................................
Tipo: Apuntes
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Elogios a El cuerpo lleva la cuenta « Este libro es una obra maestra. Su punto de vista profundamente empático, revelador y compasivo augura una mayor humanización del tratamiento de las víctimas de traumas, una ampliación drástica del repertorio de prácticas de sanación autorreguladoras y opciones terapéuticas, así como el estímulo de un mayor pensamiento creativo y una mayor investigación sobre los traumas y su tratamiento efectivo. El cuerpo realmente lleva la cuenta, y la capacidad de van der Kolk de demostrarlo con interesantes descripciones del trabajo de otros, su propia trayectoria y experiencia pioneras a medida que el campo evolucionaba y él avanzaba con él y, por encima de todo, su descubrimiento de formas hábiles de trabajar con las personas aportando la conciencia al cuerpo (así como al pensamiento y a las emociones) a través del yoga, el movimiento y el teatro son un fantástico y bienvenido soplo de aire fresco que abre grandes posibilidades en el mundo terapéutico ».
innovaciones en la salud mental de los últimos treinta años. Hemos sabido que el trauma psicológico fragmenta la mente. Aquí, vemos cómo el trauma psicológico rompe las conexiones no solo dentro del cerebro, sino también entre la mente y el cuerpo, y hemos aprendido los nuevos y emocionantes enfoques que permiten a la gente con las formas más graves de trauma volver a recomponerse ».
N o es necesario ser soldado de guerra, ni visitar un campo de refugiados en Siria o en el Congo para encontrar el trauma. Los traumas nos suceden a nosotros, a nuestros amigos, a nuestros familiares y a nuestros vecinos. Los estudios de los Centros de Control y Prevención de Enfermedades han demostrado que uno de cada cinco estadounidenses sufrió abusos sexuales de niño; uno de cada cuatro fue físicamente maltratado por uno de sus progenitores hasta el punto de dejarle alguna marca en el cuerpo; y una de cada tres parejas recurre a la violencia física. Un cuarto de nosotros creció con familiares alcohólicos, y uno de cada ocho ha sido testigo de cómo pegaban a su madre. Como seres humanos, somos una especie sumamente resiliente. Desde tiempos inmemoriales, hemos ido recuperándonos de incesantes guerras, de innumerables desastres (tanto naturales como provocados por el hombre) y de la violencia y las traiciones en nuestra propia vida. Pero las experiencias traumáticas dejan huella, tanto a gran escala (en nuestras historias y culturas) como cerca de nuestro hogar, en nuestras familias, con oscuros secretos que pasan imperceptiblemente de generación en generación. También dejan huella en nuestra mente y en nuestras emociones, en nuestra capacidad de disfrutar y de mantener relaciones íntimas, e incluso en nuestra biología y nuestro sistema inmunológico.
El trauma no solo afecta a aquellos que están directamente expuestos a él, sino también a quienes los rodean. Los soldados que vuelven a casa después de combatir pueden asustar a sus familias con sus ataques de rabia y su ausencia emocional. Las viudas de los hombres que sufren trastorno por estrés postraumático (TEPT) suelen sufrir depresión, y los hijos de madres con depresión corren el riesgo de crecer con inseguridad y ansiedad. Haber estado expuesto a la violencia en la infancia suele dificultar el establecimiento de relaciones estables y de confianza en la edad adulta. El trauma, por definición, es insoportable e intolerable. La mayoría de las víctimas de violaciones, de los soldados de combate y de los niños que han sufrido abusos sexuales sufren tanto cuando piensan en lo que han vivido que intentan sacárselo de la cabeza, intentan actuar como si no hubiera sucedido nada para seguir adelante. Hace falta muchísima energía para seguir funcionando llevando sobre las espaldas el recuerdo del terror y la culpabilidad por la debilidad y la vulnerabilidad más absolutas. Aunque todos queramos seguir avanzando y dejar atrás el trauma, a la parte de nuestro cerebro que garantiza nuestra supervivencia (por debajo de nuestro cerebro racional) no se le da muy bien la negación. Mucho después de la experiencia traumática, esta parte puede reactivarse ante el menor atisbo de peligro y movilizar los circuitos cerebrales alterados y secretar enormes cantidades de hormonas del estrés. Ello precipita emociones desagradables, sensaciones físicas intensas y acciones impulsivas y agresivas. Estas reacciones postraumáticas parecen incomprensibles y abrumadoras. Al sentirse fuera de control, los supervivientes de traumas empiezan a temer estar dañados en lo más profundo de sí mismos sin posibilidad de redención. La primera vez que recuerdo haber querido estudiar Medicina fue en un campamento de verano a los catorce años. Mi primo Michael me tuvo despierto toda la noche contándome el complejo funcionamiento de los riñones, cómo secretan el material de desecho del cuerpo y luego reabsorben las sustancias químicas que mantienen el sistema en equilibrio. Su relato sobre el milagroso funcionamiento del cuerpo me tenía fascinado. Más adelante, durante cada fase de mi formación médica, tanto si estudiaba cirugía, cardiología o pediatría, me resultaba cada vez más evidente que la clave para la curación era conocer el funcionamiento del organismo humano. Cuando empecé la rotación en psiquiatría, sin embargo, me sorprendió el contraste entre la increíble complejidad de la mente y los modos en que los seres humanos están conectados y vinculados entre sí, con lo poco que sabían los psiquiatras sobre los problemas que estaban tratando. ¿Cómo saber tanto algún día sobre el cerebro, la mente y el amor como lo que sabemos de los otros sistemas que componen nuestro organismo? Obviamente, todavía estamos muy lejos de disponer de este tipo de conocimiento detallado, pero el nacimiento de tres nuevas ramas de la ciencia ha generado en una explosión del conocimiento sobre los efectos del trauma psicológico, el maltrato y el abandono. Estas nuevas disciplinas son la neurociencia (el estudio de cómo el cerebro soporta los procesos mentales); la psicopatología del desarrollo (el estudio del impacto de las experiencias negativas en el desarrollo de la mente y del cerebro), y la neurobiología interpersonal (el estudio de cómo influye nuestro comportamiento en las emociones, la biología y la mentalidad de la gente que nos rodea). La investigación en estas nuevas disciplinas ha revelado que el trauma produce verdaderos cambios fisiológicos, incluyendo el recalibrado de la alarma del sistema cerebral, un aumento en la actividad de las hormonas del estrés y alteraciones en el sistema que distingue la información relevante de la irrelevante. Sabemos cómo afecta el trauma a la parte del cerebro que transmite la sensación física de estar
Me convertí en lo que soy ahora a los doce años, en un frío y nublado día de invierno de 1975… Fue hace mucho tiempo, pero lo que dicen sobre el pasado no es verdad… Mirando ahora hacia atrás, me doy cuenta de que llevo los últimos veintiséis años asomándome a ese callejón desierto.
licenció con honores, y todo lo que quería era dejar Vietnam atrás. Aparentemente, eso es lo que hizo. Fue a la universidad gracias a la ley de ayuda para veteranos (la G.I. Bill) y se licenció en la Facultad de Derecho, se casó con su novia del instituto y tuvo dos hijos. A Tom le preocupaba lo mucho que le costaba sentir un cariño real hacia su mujer, aunque sus cartas le habían mantenido en vida en la locura de la selva. Tom vivía maquinalmente una vida normal, esperando que fingirla le permitiría aprender a volver a ser el de antes. Ahora tenía un despacho de abogado y una perfecta familia de postal, pero no se sentía normal; se sentía muerto por dentro. Aunque Tom fue el primer veterano que conocí a nivel profesional, muchos aspectos de su historia me resultaban familiares. Yo crecí en la Holanda de la posguerra, jugando en edificios bombardeados, con un padre que se había opuesto con tanto fervor a los nazis que fue enviado a un campo de internamiento. Mi padre nunca habló de su experiencia en la guerra, pero de vez en cuando sufría unos ataques de rabia explosiva que, como niño pequeño, me sorprendían. ¿Cómo podía ser que el hombre que cada día escuchaba bajar sigilosamente las escaleras para rezar y leer la Biblia mientras el resto de la familia dormía podía tener ese temperamento tan aterrador? ¿Cómo podía alguien cuya mujer estaba dedicada a la búsqueda de la justicia social estar tan lleno de rabia? Fui testigo del mismo comportamiento desconcertante con mi tío, que fue capturado por los japoneses en las Indias Orientales holandesas (la actual Indonesia) y enviado como mano de obra esclava a Birmania, donde trabajó en el famoso puente sobre el río Kwai. Tampoco mencionó casi nunca la guerra, y él también sufría ataques incontrolables de ira. Mientras escuchaba a Tom, me preguntaba si mi tío y mi padre habían sufrido pesadillas y flashbacks; si ellos también se sentían desconectados de sus seres queridos e incapaces de experimentar el verdadero placer en la vida. En alguna parte en el fondo de mi mente, también debo de tener recuerdos de mi aterrada – y a menudo aterradora– madre, a cuyo trauma infantil en ocasiones se hacía alusión y que, según creo ahora, ella recreaba con frecuencia. Tenía la inquietante costumbre de desmayarse cuando le preguntaba cómo era su vida de pequeña y luego culparme a mí por hacerla sentir tan mal. Tranquilizado por mi interés evidente, Tom se calmó y me contó lo asustado y confundido que estaba. Tenía miedo de volverse como su padre, que siempre estaba enfadado y casi nunca hablaba con sus hijos, salvo para compararlos desfavorablemente con sus compañeros que habían perdido la vida en las Navidades de 1944, durante la batalla de las Ardenas. A medida que la sesión se iba acercando a su fin, hice lo que suelen hacer los médicos: me centré en la parte de la historia de Tom que creía haber comprendido: sus pesadillas. Cuando estudiaba Medicina, trabajé en un laboratorio del sueño, observando los ciclos de sueño de los pacientes, y colaboré en la redacción de algunos artículos sobre pesadillas. También participé en algunos estudios tempranos sobre los efectos beneficiosos de los fármacos psicoactivos que se estaban empezando a utilizar en los años setenta. Así pues, aunque no comprendía del todo el alcance de los problemas de Tom, las pesadillas eran algo que conocía mejor y, como ferviente creyente en que la química puede proporcionarnos una vida mejor, le receté un fármaco que sabía que era efectivo para reducir la incidencia y la gravedad de las pesadillas. Programé una visita de seguimiento para Tom al
pudiera ocurrir que arrojara un poco de luz sobre mis pacientes. Para mi sorpresa, en la biblioteca de la VA no había ni un solo libro sobre ninguno de estos trastornos. Cinco años después de que el último soldado americano abandonara Vietnam, el problema del trauma de guerra todavía no estaba en la agenda de nadie. Finalmente, en la biblioteca Countway de la Facultad de Medicina de Harvard descubrí el libro The Traumatic Neuroses of War , publicado en 1941 por un psiquiatra llamado Abram Kardiner. En él, el autor describía sus observaciones sobre los veteranos de la I Guerra Mundial y se publicó como anticipo a la marea de soldados con neurosis de guerra que se esperaba que causaran baja en la II Guerra Mundial. Kardiner describía el mismo fenómeno que yo estaba viendo: después de la guerra, estos pacientes se veían invadidos por una sensación de inutilidad; se volvían insociables y desapegados, aunque antes hubieran tenido un funcionamiento normal. Lo que Kardiner llamaba «neurosis traumáticas» se conoce actualmente como trastorno por estrés postraumático (TEPT). Kardiner observó que las personas que sufrían neurosis traumáticas desarrollaban un estado crónico de vigilancia y una sensibilidad hacia la amenaza. Su resumen me llamó especialmente la atención: «El núcleo de la neurosis es una fisioneurosis».2 En otras palabras, el estrés postraumático no está «totalmente en la cabeza de la persona», como mucha gente suponía, sino que tiene una base fisiológica. Kardiner entendió entonces que los síntomas tienen su origen en la respuesta de todo el cuerpo al trauma original. La descripción de Kardiner corroboraba mis propias observaciones, lo cual era tranquilizador, pero me daba pocas pistas sobre cómo ayudar a los veteranos. La falta de literatura sobre el tema era un hándicap, pero mi gran maestro Elvin Semrad nos había enseñado a ser escépticos con los libros de texto. Solo teníamos un único manual, decía: nuestros pacientes. Solo debíamos confiar en lo que podíamos aprender de ellos y de nuestra propia experiencia. Esto suena demasiado simple, pero aunque Semrad nos empujara a confiar en el autoconocimiento, también nos previno sobre lo difícil que es este proceso, ya que los seres humanos somos expertos en hacernos ilusiones y en oscurecer la verdad. Recuerdo que decía: «La mayor fuente de nuestro propio sufrimiento son la mentiras que nos contamos a nosotros mismos».·Trabajando en la VA, pronto descubrí lo doloroso que puede ser enfrentarse a la realidad. Y esto era aplicable tanto a mis pacientes como a mí mismo. Realmente, no queremos saber lo que sufren los soldados en la batalla. Realmente, no queremos saber cuántos niños sufren tocamientos y abusos sexuales en nuestra sociedad, ni cuántas parejas (parece ser que un tercio de ellas) recurren a la violencia en algún momento durante su relación. Queremos pensar en nuestras familias como un lugar seguro en un mundo desalmado, y en nuestro país como un lugar habitado por gente tolerante y civilizada. Preferimos pensar que la crueldad solo ocurre en lugares lejanos como Darfur o el Congo. Ya es suficientemente duro para los observadores ser testigos del dolor. Entonces, ¿a alguien le sorprende que las propias personas que han sufrido un trauma no puedan soportar recordarlo y que a menudo recurran a las drogas, el alcohol o la automutilación para bloquear algo tan insoportable de saber? Tom y el resto de veteranos se convirtieron en mis primeros maestros en mi camino para comprender cómo la vida queda hecha añicos tras esas experiencias dolorosas y para descubrir cómo permitirles sentirse de nuevo totalmente vivos.
El primer estudio que hice en la VA empezaba preguntando sistemáticamente a los veteranos qué les había sucedido en Vietnam. Quería saber qué les había empujado al límite y por qué algunos se habían roto como resultado de aquella experiencia mientras que otros habían sido capaces de seguir adelante con su vida.3 La mayoría de los hombres que entrevisté habían ido a la guerra sintiéndose preparados, unidos por el rigor del entrenamiento básico y del peligro compartido. Intercambiaban fotografías de sus familiares y novias, aguantando los defectos de los demás. Y estaban dispuestos a arriesgar su vida por sus amigos. La mayoría confiaba sus secretos oscuros a un amigo, y algunos llegaban al punto de compartir las camisas y los calcetines con los demás. Muchos de los hombres mantenían amistades similares a las de Tom con Alex. Tom conoció a Alex, un italiano de Malden (Massachusetts) en su primer día en el país, e inmediatamente se hicieron amigos íntimos. Conducían juntos el Jeep, escuchaban la misma música y se leían mutuamente las cartas de sus familiares. Se emborrachaban juntos y perseguían a las mismas chicas vietnamitas en los bares. Tras unos tres meses en el país, un día Tom conducía a su equipo en una patrulla a pie por un arrozal justo antes del atardecer. De repente, una lluvia de disparos empezó a caer desde el muro verde de la selva que los rodeaba, alcanzando uno a uno a los hombres que tenía a su alrededor. Tom me contaba cómo fue viendo con un horror impotente cómo morían o eran heridos todos los miembros de su pelotón en cuestión de segundos. Nunca podría sacarse de la mente una imagen: la nuca de Alex con él boca abajo en el arrozal, con los pies en el aire. Tom lloraba al recordar: «Fue el único amigo de verdad que tuve». Después, por la noche, Tom seguía escuchando los gritos de sus hombres y viendo sus cuerpos caer en el agua. Cualquier sonido, olor o imagen que le recordara esa emboscada (como el sonido de los fuegos artificiales del 4 de Julio) le hacían sentirse igual de paralizado, aterrorizado y enfurecido que el día en que un helicóptero le evacuó del arrozal. Pero peor aún para Tom que los recurrentes flashbacks de la emboscada era quizás el recuerdo de lo que sucedió a continuación. Era fácil imaginar cómo la rabia de Tom por la muerte de su amigo condujo a la desgracia que se produjo después. Estuvo meses intentando superar los remordimientos que le paralizaban antes de poderme hablar de ello. Desde tiempos inmemoriales, los veteranos, como Aquiles en la Ilíada de Homero, han respondido a la muerte de sus compañeros con actos atroces de venganza. El día siguiente a la emboscada, Tom fue en un estado de histeria a un pueblo vecino y mató a niños, disparó a un granjero inocente y violó a una mujer vietnamita. Después de aquello, le fue completamente imposible volver a casa de un modo normal. ¿Cómo puedes ponerte delante de tu amada y decirle que has violado violentamente a una mujer como ella, o ver cómo tu hijo da sus primeros pasos recordándote al niño que has asesinado? Tom vivió la muerte de Alex como si parte de sí mismo hubiera quedado destruida para siempre: la parte buena, honorable y fiable. El trauma, tanto si es resultado de algo que nos han hecho como si es algo que hemos hecho nosotros, casi siempre dificulta mucho poder establecer relaciones íntimas. Después de experimentar algo tan atroz, ¿cómo aprender a confiar en uno mismo o en otra persona? O, a la inversa, ¿cómo rendirse a una relación íntima
estuvo totalmente absorto en la ideación de una estrategia para ganar el caso, y hubo varias ocasiones en las que se levantaba por la noche para sumergirse en algo que realmente le apasionaba. Era como estar en un combate, dijo. Se sentía totalmente vivo, y nada más importaba. Tras ganar ese caso, sin embargo, Tom perdió toda la energía y el rumbo. Las pesadillas volvieron, igual que sus ataques de rabia, de forma tan intensa que tuvo que irse a un motel para asegurarse de no hacer daño a su mujer o a sus hijos. Pero estar solo también resultaba aterrador, porque los demonios de la guerra volvían con toda su fuerza. Tom intentaba permanecer ocupado, trabajando, bebiendo y drogándose; haciendo cualquier cosa para evitar enfrentarse a sus demonios. Siguió mirando Soldier of Fortune , fantaseando en alistarse como mercenario en una de las muchas guerras regionales que arrasaban África. Esa primavera, cogió su Harley y se fue hacia la autopista Kancamagus en New Hampshire. Las vibraciones, la velocidad y el peligro de ir en moto le ayudaban a recomponerse, hasta el punto de poder dejar la habitación del motel y volver con su familia.
Otro estudio que realicé en la clínica de la VA empezó como una investigación sobre las pesadillas, pero terminó explorando cómo el trauma cambia la percepción y la imaginación de las personas. Bill, un antiguo médico que había vivido los duros combates de Vietnam una década antes, fue la primera persona apuntada en mi estudio sobre las pesadillas. Después de licenciarse, se matriculó en un seminario teológico y se le asignó su primera parroquia en una iglesia de la congregación en un suburbio de Boston. Estuvo bien hasta que él y su esposa tuvieron su primer hijo. Al poco tiempo de nacer el bebé, su esposa, enfermera, volvió al trabajo mientras que él se quedó en casa, trabajando en su sermón semanal y otros deberes de la parroquia y cuidando del recién nacido. El primer día que se quedó solo con el bebé, este empezó a llorar y, de repente, se encontró inundado por imágenes insoportables de niños muriendo en Vietnam. Bill tuvo que llamar a su esposa para que se ocupara del bebé y vino en un estado de pánico a la clínica. Describió cómo no dejaba de escuchar el sonido de niños llorando ni de ver imágenes de rostros de niños quemados y ensangrentados. Mis compañeros médicos pensaban que seguramente estaba psicótico, porque los manuales de la época decían que las alucinaciones auditivas y visuales eran síntomas de esquizofrenia paranoide. Los mismos textos que daban este diagnóstico también indicaban la causa: la psicosis de Bill probablemente estaba desencadenada por su sensación de sentirse desplazado en los afectos de su esposa por su nuevo hijo. Ese día, al llegar a la consulta de admisiones, vi a Bill rodeado por unos preocupados médicos dispuestos a administrarle un potente fármaco antipsicótico y a mandarle a una sala cerrada. Me describieron los síntomas y me pidieron mi opinión. Al haber trabajado anteriormente en una unidad especializada en el tratamiento de esquizofrénicos, estaba intrigado. Había algo en el diagnóstico que no me cuadraba. Le pregunté a Bill si podía hablar con él, y después de escuchar su historia, parafraseé inconscientemente algo que Sigmund Freud dijo sobre el trauma en 1895: «Creo que este hombre sufre por sus recuerdos». Le dije a Bill que intentaría ayudarle y, después de ofrecerle una medicación para controlarle el pánico, le pregunté si querría volver al cabo de unos días para participar en mi estudio sobre
pesadillas.5 Aceptó. Como parte del estudio, los participantes hacían un test de Rorschach.6 A diferencia de las pruebas que requieren respuestas a preguntas directas, las respuestas de la prueba Rorschach son casi imposibles de falsear. Esta prueba es una manera única de observar cómo la gente se construye una imagen mental a partir de un estímulo que no tiene ningún significado: una mancha de tinta. Como los seres humanos somos criaturas que siempre buscan significado en las cosas, tendemos a crear cierto tipo de imagen o de historia a partir de esas manchas de tinta, igual que cuando estamos en un prado en un día de verano y vemos imágenes en las nubes que flotan en el cielo. Lo que la gente construye con esas manchas puede decirnos mucho sobre cómo funciona su mente. Al ver la segunda tarjeta de la prueba de Rorschach, Bill exclamó horrorizado: «Es ese niño que vi volando por los aires en Vietnam. En el medio, veo la carne quemada, las heridas y la sangre brotando por todas partes». Jadeando y con sudor en la frente, estaba en una situación de pánico similar a la que le trajo inicialmente a la clínica de la VA. Aunque había escuchado a veteranos describir sus flashbacks , esta fue la primera vez que fui testigo de uno. En ese momento, en mi consulta, Bill estaba evidentemente viendo las mismas imágenes, oliendo los mismos olores y sintiendo las mismas sensaciones físicas que sintió durante el acontecimiento original. Diez años después de sostener impotente en brazos a un niño moribundo, Bill estaba reviviendo el trauma en respuesta a la visión de una mancha de tinta. Experimentar de primera mano el flashback de Bill en mi consulta me ayudó a ser consciente de la agonía que sufrían con frecuencia los veteranos que yo intentaba tratar, y me ayudó a valorar de nuevo lo importante que era encontrar una solución. El acontecimiento traumático en sí, aunque horrendo, tenía un inicio, una parte central y un final, pero los flashbacks , por lo que puede ver, podían ser incluso peores. Nunca sabes cuándo te van a asaltar de nuevo, y no tienes forma de saber cuándo acabarán. Tardé años en aprender cómo tratar con efectividad los flashbacks , y en este proceso Bill resultó ser uno de mis mentores más importantes. Cuando pasamos la prueba de Rorschach a otros veintiún veteranos, la respuesta fue coherente: dieciséis de ellos, al ver la segunda carta, reaccionaron como si estuvieran experimentando un trauma bélico. La segunda tarjeta Rorschach es la primera que contiene color, y suele provocar como respuesta el llamado shock del color. Los veteranos interpretaron esta tarjeta con descripciones como «Son los intestinos de mi amigo Jim después de que un proyectil de mortero le destrozara», y «Es el cuello de mi amigo Danny después de que un proyectil le volara la cabeza mientras almorzábamos». Ninguno de ellos mencionó a monos bailando, o mariposas revoloteando, ni hombres en moto, ni ninguna de las imágenes ordinarias y en ocasiones extravagantes que la mayoría de la gente ve. Mientras que la mayoría de los veteranos se alteró mucho con las imágenes, las reacciones de los cinco restantes fueron aún más alarmantes: simplemente se quedaron en blanco. «No es nada – dijo uno–, solo un montón de tinta». Tenían razón, evidentemente, pero la respuesta de un ser humano normal ante un estímulo ambiguo es usar la imaginación para leer algo a partir de él. A través de estas pruebas de Rorschach, aprendimos que la gente traumatizada tiende a superponer su trauma a todo lo que le rodea y que le
Marines para mi cumpleaños. Viéndolo en retrospectiva, ese gesto reveló parte del problema: estabas dentro o fuera, pertenecías a la unidad o no eras nadie. Después del trauma, el mundo se divide claramente entre los que saben y los que no. Las personas que no han compartido la experiencia traumática no son dignas de confianza, porque no pueden entenderlo. Tristemente, esto incluye a menudo a las esposas, a los hijos y a los compañeros de trabajo. Más adelante, dirigí a otro grupo; en esta ocasión, eran veteranos del ejército de Patton; hombres de más de setenta años, todos con suficiente edad como para ser mis padres. Nos reuníamos los lunes a las ocho de la mañana. En Boston, las tormentas de nieve paralizan en ocasiones el transporte público, pero para mi sorpresa todos venían incluso cuando había ventisca, algunos de ellos caminando arduamente varios kilómetros por la nieve para llegar a la clínica de la VA. Por Navidad, me regalaron un reloj de pulsera de los años cuarenta. Como sucedió con el grupo de marines anterior, no podía ser su médico a menos que me convirtiera en uno de ellos. Por muy emotivas que fueran esas experiencias, los límites de la terapia en grupo quedaron patentes cuando pedí a esos hombres que hablaran de los problemas a los que se enfrentaban en su vida diaria: las relaciones con sus esposas, sus hijos, sus amigos y familiares; el trato con sus jefes y el hecho de tener un trabajo satisfactorio; su elevado consumo de alcohol. Su respuesta habitual era rehuir el tema, resistirse y en lugar de eso contar de nuevo cómo clavaron una daga en el corazón de un soldado alemán en el bosque de Hürtgen o cómo su helicóptero fue derribado en las selvas de Vietnam. Tanto si el trauma había sucedido hacía diez años o más de cuarenta, mis pacientes no podían tender un puente entre sus experiencias de guerra y su vida actual. En cierto modo, el acontecimiento que les causó tanto dolor también se había convertido en su única fuente de significado. Solo se sentían totalmente vivos cuando volvían a recordar su pasado traumático.
En aquella primera época en la clínica de la VA, etiquetábamos a los veteranos con todo tipo de diagnósticos (alcoholismo, abuso de sustancias, depresión, trastorno del estado de ánimo, incluso esquizofrenia) y probábamos todos los tratamientos de nuestros manuales. Sin embargo, incluso dedicando todos nuestros esfuerzos, quedaba claro que en realidad estábamos logrando muy poco. Los potentes fármacos que les recetábamos a menudo les dejaban tan confundidos que apenas podían funcionar. Cuando los animábamos a hablar de los detalles concretos de un acontecimiento traumático, a menudo sin darnos cuenta, desencadenábamos un flashback a gran escala, en lugar de ayudarles a resolver el problema. Muchos de ellos abandonaban el tratamiento porque no solo no lográbamos ayudarles, sino que en ocasiones empeoraban. En 1980 se produjo un punto de inflexión cuando un grupo de veteranos de Vietnam, con la ayuda de los psicoanalistas Chaim Shatan y Robert J. Lifton de Nueva York, presionaron con éxito a la Asociación Americana de Psiquiatría para crear un nuevo diagnóstico: el trastorno por estrés postraumático (TEPT), que describía un conjunto de síntomas comunes, en menor o mayor grado, a todos nuestros veteranos. Identificar sistemáticamente los síntomas y agruparlos juntos en un trastorno finalmente dio nombre al
sufrimiento de personas anuladas por el terror y la impotencia. Con el marco conceptual del TEPT, el terreno ya estaba abonado para un cambio radical en nuestra manera de comprender a nuestros pacientes. A la larga, esto llevó a una explosión de estudios y de intentos de encontrar tratamientos efectivos. Inspirándome en las posibilidades que presentaba este nuevo diagnóstico, le propuse a la clínica un estudio sobre la biología de los recuerdos traumáticos. ¿Los recuerdos de las personas que sufren TEPT eran distintos de los de los demás? Para la mayoría de la gente, el recuerdo de un acontecimiento desagradable se borra con el tiempo o se transforma en algo más benigno. Pero la mayoría de nuestros pacientes eran incapaces de considerar su pasado como una historia que hubiera sucedido mucho tiempo atrás. La primera línea de la carta de denegación de la subvención decía así: «Nunca se ha demostrado que el TEPT sea relevante para la misión de la Administración para los Asuntos de los Veteranos». Desde entonces, por supuesto, la misión de la VA se ha organizado en torno al diagnóstico del TEPT y del daño cerebral, y se dedican importantes recursos a la aplicación de «tratamientos basados en la evidencia» a veteranos de guerra traumatizados. Pero en esa época las cosas eran diferentes, y al no estar dispuesto a seguir trabajando en una organización cuya visión de la realidad era tan distinta de la mía, presenté mi dimisión. En 1982 ocupé mi nuevo puesto en el Massachusetts Mental Health Center, el Hospital Universitario de Harvard en el que estudié para convertirme en psiquiatra. Mi nueva responsabilidad era enseñar una nueva área de estudio: Psicofarmacología, la administración de fármacos para aliviar la enfermedad mental. En mi nuevo empleo me veía confrontado casi a diario a problemas que creía haber dejado atrás en la clínica de la VA. Mi experiencia con los veteranos de guerra me había sensibilizado tanto ante el impacto del trauma que ahora escuchaba de un modo muy distinto a los pacientes deprimidos y con ansiedad que me contaban sus historias de abusos sexuales y violencia familiar. En especial, me sorprendía la cantidad de pacientes femeninas que contaban que habían sufrido abusos sexuales siendo niñas. Era desconcertante, porque los manuales estándares de psiquiatría de la época afirmaban que el incesto era muy poco frecuente en Estados Unidos, y que solo ocurría a una de cada millón de mujeres.8 Teniendo en cuenta que solo había unos cien millones de mujeres en aquella época viviendo en Estados Unidos, me preguntaba cómo cuarenta y siete, casi la mitad, se las habían apañado para encontrar mi consulta en el sótano del hospital. Además, los manuales decían: «Existe poco consenso sobre el papel del incesto padre-hija como fuente de una psicopatología subsiguiente grave». Mis pacientes con historias de incesto estaban lejos de no sufrir una «psicopatología subsiguiente»: estaban profundamente deprimidas, confusas y a menudo incurrían en comportamientos extrañamente autolesivos, como cortarse con hojas de afeitar. Los libros seguían prácticamente respaldando el incesto, explicando que «esta actividad incestuosa reduce la posibilidad de sufrir psicosis por parte del sujeto y permite un mejor ajuste al mundo exterior».9 En realidad, sin embargo, resultaba que el incesto tenía unos efectos devastadores en el bienestar de las mujeres. En muchos sentidos, estas pacientes no eran tan diferentes de los veteranos que acababa de dejar atrás en la clínica de la VA. También tenían pesadillas y
Cuanto mayor es la duda, mayor es el despertar; cuanto menor es la duda, menor es el despertar. Sin duda, no hay despertar.
Pasé muchas noches y fines de semana en la unidad, lo cual me exponía
a cosas que los médicos nunca veían durante sus breves visitas. Cuando los pacientes no podían dormir, a menudo deambulaban en sus batas apretadas hacia el puesto de enfermería que estaba a oscuras para hablar. La tranquilidad de la noche parecía ayudarles a abrirse, y me contaban historias sobre cómo les habían pegado, asaltado, maltratado, a menudo sus propios padres, a veces familiares, compañeros de clase o vecinos. Compartían recuerdos de estar en la cama por la noche, impotentes y atemorizados, escuchando cómo su madre era golpeada por su padre o su novio, escuchando a sus padres gritarse horribles amenazas, escuchando el sonido de los muebles al romperse. Otros me contaban sobre sus padres que llegaban borrachos, cómo escuchaban sus pasos en el rellano, esperando que entraran, los sacaran de la cama y los castigaran por alguna ofensa imaginaria. Varias de las mujeres recordaban estar despiertas en la cama, sin moverse, esperando lo inevitable: que un hermano o su padre abusara de ellas. Durante las rondas de la mañana, los médicos jóvenes presentaban sus casos a sus supervisores, un ritual que los auxiliares de la unidad podían observar en silencio. Raramente mencionaban historias como las que yo había escuchado. Sin embargo, muchos estudios posteriores han confirmado la relevancia de esas confesiones de medianoche: ahora sabemos que más de la mitad de las personas que necesitan asistencia psiquiátrica ha sido asaltada, abandonada, maltratada o incluso violada en la infancia, o ha sido testigo de violencia en el hogar.1 Pero estas experiencias parecían dejarse de lado durante las rondas. A menudo me sorprendía la frialdad con la que hablaban de los síntomas de los pacientes y cuánto tiempo pasaban intentando manejar sus ideas suicidas y sus conductas autodestructivas, en lugar de intentando comprender las posibles causas de su desesperación e impotencia. También me sorprendía la poca atención que se prestaba a sus logros y a sus aspiraciones; a las personas que les importaban, que amaban u odiaban; qué los motivaba y los ocupaba, qué los mantenía bloqueados, y qué les hacía sentirse en paz: la ecología de su vida. Años después, como médico recién licenciado, me vi confrontado a un ejemplo especialmente duro del modelo médico imperante. En esa época, estaba pluriempleado y trabajaba en un hospital católico realizando exploraciones físicas a mujeres que habían ingresado para recibir un tratamiento electroconvulsivo para la depresión. Dado mi ser curioso, yo consultaba sus historias médicas y les preguntaba sobre sus vidas. Muchas de ellas me contaban historias sobre matrimonios dolorosos, hijos difíciles y culpabilidad por haber abortado. Al hablar, brillaban visiblemente, y a menudo me agradecían efusivamente que las hubiera escuchado. Algunas de ellas se preguntaban si seguían necesitando los electroshocks después de haberse quitado tanto peso de encima. Yo siempre me sentía triste al final de esas reuniones, al saber que los tratamientos que les administrarían a la mañana siguiente borrarían todos los recuerdos de nuestra conversación. No duré mucho en ese trabajo. Los días que libraba en el MMHC, solía ir a la biblioteca de medicina Countway para aprender más sobre los pacientes que se suponía que debía ayudar. Un sábado por la tarde, me topé con un tratado que sigue siendo venerado en la actualidad: el manual Dementia Praecox de Eugen Bleuler, escrito en 1911. Las observaciones de Bleuler eran fascinantes: Entre las alucinaciones corporales en la esquizofrenia, las sexuales son de lejos las más frecuentes y las más importantes. Estos pacientes sienten los arrebatos y las alegrías de la