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Ravión VILIARES Y ÁNGEL BAmAMONDE local y lo global, definida por ser una “sociedad.red” (en la celebrada visión de Manuel Castells) o una “sociedad del riesgo” (en la perspec- tiva de Ulrich Beck), se ha configurado como tal a lo largo del siglo xx y, muy especialmente, en su segunda mitad. Nuestra tarea como histo- riadores ha sido no sólo dar cuenta de esta realidad, en una perspecti- va compartida con economistas o sociólogos, sino reflejar con precisión la génesis de la misma. A pesar de la intensidad con que la humanidad ha vivido el siglo xx, no es desacertado pensar, igual que Hobsbawm, que se trata de una centuria “corta”, cuyo final se habría producido con la caída del muro de Berlín, unos años antes del término cronológico del siglo o, con una perspectiva que nos parece todavía más convincente, ese final habría tenido lugar hacia la década de los setenta, cuando se produce una suerte de crisis civilizatoria, plasmada en el tránsito desde una socie- dad industrial a una sociedad de la información y del conocimiento. Por eso titulamos el último capítulo, con menor pretenciosidad de lo que cabría suponer, como una reflexión que ya trata del siglo Xx1. En la historia del siglo xx nos ocupamos básicamente de cuatro grandes problemas. En primer lugar, los logros y conflictos que atena- zaron el periodo de entreguerras, en el que se desarrolló una lucha, con alianzas cambiantes, entre tres modelos sociales y políticos: la de- mocracia liberal, el fascismo y el comunismo. La II Guerra Mundial fue el escenario en el que esta lucha se hizo más patente, con el resultado de la derrota del fascismo como “enemigo común” de la democracia occidental y del comunismo soviético. En segundo lugar, de una de las experiencias más cautivadoras y, a la postre, más decepcionantes que presenció el siglo xx, como fue la Revolución soviética, la construcción del socialismo en la URSS y, bajo la influencia soviética, la constitución de regímenes socialistas en Europa oriental, en China y en algunos paí- ses del Tercer Mundo. Fue la gran ilusión del siglo para millones de personas de todo el planeta, desde jornaleros campesinos hasta sofisti- cados intelectuales. En tercer lugar, de los paisajes que se abrieron tras el final de la guerra, que oscilaron entre el miedo mutuo de los dos grandes bloques hasta entonces aliados —lo que condujo al bipolaris- mo y la confrontación en forma de “guerra fría”— y la convicción de que no podían repetirse los errores de la primera posguerra y que, por tanto, era preciso un gran pacto social entre la acción de los esta- dos y las demandas de las clases sociales. Se abrió así el camino hacia los “años dorados” de la expansión económica y la consolidación del Estado de bienestar en la mayoría de los países occidentales y en algu- nos otros de América, Extremo Oriente y Oceanía. A ÉL MUNDO CONTEMPORÁXEO. En cuarto lugar, nos ocupamos de la evolución seguida por los im- perios coloniales creados a fines del siglo x1x y velozmente disueltos en la segunda mitad del siglo xx. Fueron la descolonización y el nacimien- to del Tercer Mundo procesos no sólo coetáneos, sino complementa- rios, que abrieron el camino de la independencia para cientos de mi- llones de habitantes del continente afroasiático, pero que también hicieron más patente la desigual distribución de la riqueza y el desequi- librio entre el norte y el sur. El final cronológico del siglo xx ha mostra- do hasta qué punto la “aldea global” esconde una gran diversidad de sus habitantes, cuando en cualquier informe de los organismos interna cionales se reconoce que un 6 por ciento de personas poseen la mitad de la riqueza del mundo y quizá todas ellas residan en los Estados Uni- dos de América. Ésta es la situación actual, que admite lecturas optimistas y pesimis- tas o, en términos más simplificados, puede combinar el selecto “espí- ritu de Davos” con el más democrático “sentimiento de Porto Alegre”. Conocer lo que nos depara el futuro no es tarea del historiador ni, pro- bablemente, de ningún otro científico social. Nuestro propósito no es hacer profecías, sino analizar los procesos mediante los cuales han po- dido tener lugar los hechos que contamos. En sustancia, éste es el men- saje de este libro. El mundo contemporáneo ha presenciado una evo- tución en la que el dominio del hombre sobre la naturaleza ha hecho deslumbrantes, gracias sobre todo a la capacidad que los paí- ses industrializados han tenido para combinar crecimiento económi- co y transformaciones socíales y políticas, con una aplicación sistemá- tica de los avances científicos a la resolución de las necesidades de la humanidad. Pero también es evidente que el mundo de nuestros abue- los ha vivido —y generado— grandes conflictos y catástrofes y, sobre todo, ha bajado en algún momento a los pozos más profundos de la indignidad moral y la opresión humana, por no mencionar las agre- siones sufridas por el medio natural y los recursos disponibles. Sin embargo, sí algo nos reconforta en este año auroral del tercer milenio es comprobar que, a pesar de la difusión acrítica de la ideolo- gía de la globalización, existe una amplia contestación social a la mis- ma, también de ámbito global, que abre la perspectiva de un futuro concebido a escala humana. Como observó en los ochenta del siglo xx el sociólogo Norbert Elías, un testigo casi nonagenario de la centuria, “una particularidad de nuestro tiempo es que no se aceptan como algo * natural y como maldición divina” hechos como la miseria en la que viven miles de millones de habitantes del planeta. La solidaridad no es todavía ni eficaz ni masivamente compartida, pero conviene advertir —— 16 ATA CAPÍTULO 1 PROMETEO LIBERADO. TRANSFORMACIONES ECONÓMICAS E INDUSTRIALIZACIÓN Hs mediados del siglo xvi, la humanidad había realizado grandes adelantos tanto demográficos y materiales como culturales y científicos, pero la fortaleza de estos cambios no había sido lo suficientemente sólida como para iniciar una nueva etapa histórica. Por el contrario, en muchos casos permanecieron bloqueados o sin capacidad de proyección hacia el futuro. Fue el caso de las civilizaciones islámica o china, que entraron en vía muerta hacia el siglo xv1, pese a su evidente equipamiento cientí- fico. Frente a ellas, Occidente comenzó a adquirir ventaja desde el siglo xv1, posición que se consolidó a partir del siglo xv. Fue enton- ces cuando empezó un proceso, que conocemos como revolución in- dustrial, que trastocó de forma decisiva y constante la vida de la humani- dad. Un elemento central de esta mutación histórica fue la capacidad de aplicar el conocimiento científico al proceso productivo, bajo la forma de tecnología. Por tanto, hasta mediados del siglo xv, la capacidad de Prometeo de mejorar la vida de los hombres no podía llevarse a efecto, por hallarse “encadenado” por decisión de su primo Zeus. Fue entonces cuando se deshizo de sus cadenas y se liberó. En este capítulo contaremos, en líneas generales, este proceso de mutación histórica que, habiendo comenzado a mediados del siglo xvu, conocemos como industrialización. Es la primera fase de una trans- formación que tendrá todavía mayor aceleración en el siglo XX. Pero lo que importa no es sólo la profundidad de los cambios, sino su di- rección. Y el cambio de orientación se produjo aproximadamente hace un cuarto de milenio, en Europa occidental y más concretamente en la isla mayor de las británicas. Fue donde Prometeo comenzó a desen- cadenarse. Desde mediados del siglo xvIn tiene lugar una transformación pro- funda de la estructura económica del mundo, que se halla asociada a la revolución industrial y a sus efectos más inmediatos sobre el aumen- EL MUNDO CONTEMPORÁNEO to de la productividad, modificación (y mejora, a largo plazo) de la ca- lidad de vida y aplicación masiva de la tecnología al proceso de pro- ducción de bienes y mercancías. La transición de una sociedad rural y artesanal a una sociedad urbana, industrial y diversificada es un proce- so complejo, localizado espacialmente y no exento de conflictos. Pero la expansión de la población, que se duplica en poco más de un siglo, la aparición de una economía capitalista en el Occidente europeo y en Estados Unidos de América, el dominio progresivo del espacio pla- netario son algunos ejemplos de estas modificaciones. El siglo que va desde fines del xvi hasta la 1] Guerra Mundial es una época de cambios profundos, de transición desde un mundo pequeño, europeo y at- lántico a un mundo global, de integración progresiva de hombres, economías, estados y culturas. Como ha observado D. Landes, la revo- lución industrial, “que acercó a todos los países del mundo”, también “lo empequeñeció y lo homogeneizó”, en el sentido de que lo hizo más accesible y globalizado. Fue entonces cuando se forjó la “gran trans- formación” asociada a las revoluciones económicas y políticas de fines del xvm, cuyos efectos constituyen la antesala de la sociedad en la que vivimos. 'UNMUNDO “GRANDE”, PERO DESINTEGRADO Los hombres del siglo xvi tenían una visión del mundo muy dife- rente a la actual, en que podemos asistir desde nuestro domicilio a guerras lejanas, ver la profundidad de los mares o presenciar la llegada ala luna. Para un europeo de hace doscientos años, incluso un ilustra- do y sabio, gran parte del planeta era todavía desconocida o no había sido explorada, a pesar de haberse conquistado entonces grandes re- giones, como Siberia, la Pampa u Oceanía. Las migraciones de un continente a otro no eran todavía masivas, a pesar de la experiencia de la colonización de América. Las comunicaciones eran, por otra par- te, difíciles y lentas. La respuesta a una carta enviada desde Londres a Calcuta podía tardar dos años. Las distancias, mayores en tiempo que en espacio, hacían a su vez más grande este mundo, casi inabarcable. Desplazarse de París a Viena, y no digamos a San Petersburgo, era una tarea casi inabordable. El mundo “conocido” se reducía, pues, al espacio europeo y a las colonias dependientes de los grandes imperios ibéricos, francés y anglo-holandés. En sustancia, como ha dicho Eric Hobsbawm, se combinaba la existencia de un “mundo grande” (por ignorancia o distancia) y un “mundo pequeño”, una pequeña parte del planeta, 22 EL MUNDO CONTEMPORÁNEO lizados sobre todo por Francia e Inglaterra con sus posesiones colonia. les, una vez superada la hegemonía que había alcanzado Holanda como potencia comercial; y, en segundo lugar, el de la aparición de una po- tente economía agraria, generalmente de carácter doméstico, que ha merecido la denominación de protoindustrialización o, en términos de la época, “industria rural”. El impulso comercial del siglo xvin consiste sobre todo en un co- mercio a larga distancia y se basa en dos pilares. Por una parte, los intercambios de bienes de consumo o suntuarios procedentes de fue- ra de Europa (especias, café, té, azúcar) que ya eran parcialmente (las especias) uno de los fundamentos del gran comercio medieval dominado por los venecianos desde el Mediterráneo oriental. Ahora la gran ruta comercial se establece con América, desde el río de La Plata y Brasil hasta el Caribe y las colonias británicas del norte. Aunque los viejos imperios ibéricos seguían detentando un poder formal sobre gran parte de estos territorios americanos, la presencia naval francesa e inglesa resultó ser cada vez más decisiva. Ni Lisboa ni Cá- diz evitaron su papel de puertos comerciales subordinados, dedica- dos al comercio de reexportación de productos entre Europa y América. á Por otra parte, se incorporan cada vez más a los circuitos comer- ciales bienes manufacturados, bien procedentes de India (los tejidos conocidos como indianas), bien producidos por la industria textil doméstica europea (tejidos de lana y lino). La hegemonía comercial durante este periodo corresponde a los europeos (tres cuartas partes del comercio mundial), en especial a Francia e Inglaterra. La flota inglesa suponía, a fines de siglo, más de la cuarta parte de la flota eu- ropea y era, además, la que desarrollaba más claramente las funcio- nes que le serán propias durante el siglo XIX: exportaba bienes manu- facturados (54 por ciento del total) e importaba materias primas (83 por ciento del total). El desarrollo comercial del siglo xv! contribuyó a preparar no sólo la industrialización, sino el dominio europeo del mundo durante un siglo, La aparición de una potente industria rural doméstica anterior a la revolución industrial es el hecho más destacado por los historiadores del último cuarto de siglo. Aunque no existe relación mecánica de con- tinuidad entre protoindustrialización e industrialización (regiones como Flandes, Irlanda o Galicia serían ejemplos de ello), esta industria rural está en la base del desarrollo del gran comercio, de la especialización agraria de carácter interregional y de la acumulación de capital co- mercial. Las características de esta industria son tres. 24 Restos Virzames y Área Barcarrota La primera es su condición de actividad rural y doméxtica, de modo que el proceso de trabajo se desarrolla en el seno de los hogares y de las pequeñas comunidades, sin concentración fabril, La segunda, que está especializada en el sector textil (lana y lino) y su producción está orientada al mercado extrarregional. La tercera, que su organización depende directamente del capital mercantil, que le surte de materias primas y se encarga luego de su comercialización. La organización de todo el proceso podía efectuarse bajo diferentes modalidades (Kaufssystem o putting out), según la mayor o menor autonomía de los productores domésticos, pero siempre al margen de la organiza- ción gremial de las ciudades. Esta combinación de tradición artesana urbana y desarrollo de una industria rural no siempre desembocó en un proceso industrializador. Pero incluso la revolución industrial ocurrida en Gran Bretaña desde fines del siglo XVII sería inexplicable sin tener en cuenta la produc- ción de bienes a pequeña escala, basada en procesos mecánicos y ma- nuales, La organización fabril y las prácticas de putting out hubieron de convivir por mucho tiempo, como ha mostrado Maxine Berg en su renovadora visión de la “era de las manufacturas”. La REVOLUCIÓN INDUSTRIAL: EL NOMBRE Y LA COSA El comienzo de la revolución industrial no tiene fecha determina- da. Para algunos autores comenzaría hacia 1760, para otros entre 1780-1790, existiendo incluso quienes la retrasan a siglos anteriores. La “cosa” es un hecho del siglo xvII, aunque sus efectos no se hicie- ron patentes hasta el siglo x1x. De hecho, la revolución industrial no se caracterizó por un incremento rápido de la tasa de crecimiento, sino por haber iniciado un proceso. Para decirlo con palabras de David Landes, “tiene más importancia la profundidad de los cambios que su rapidez”, Otro asunto es el “nombre”, dado que la palabra re- volución, como veremos en otro capítulo, tuvo durante mucho tiem- po un significado o bien astronómico o bien político. De ahí que el término, aplicado a una transformación económica difusa en el es- pacio y poco repentina en el tiempo, haya tardado mucho más en ser acuñado, no siendo verdaderamente difundido hasta después de la II Guerra Mundial. El concepto de “revolución industrial” ha sido y es muy discutido por la historiografía, porque cada vez resulta más evidente que no se trata de un fenómeno repentino, ni sus efectos se pueden ceñir úni- Mrretos Vernars y hoc Barrancos ras críticas, su núcleo central mantiene todo su vigor explicativo, dada la importancia que le concede al factor cultural en la aparición del capitalismo. En realidad, sería la suma de todos estos factores lo que explicaría que la revolución industrial tuviera lugar en Europa. Además, el hecho esencial es que el Occidente europeo se hallaba, a mediados del sí- glo xvin, en una situación más próspera que cualquiera otra región del mundo y mejor preparada desde el punto de vista cultural y científico. Si a ello añadimos la enorme expansión comercial que, como hemos visto, logra durante el siglo xvin, parece razonable pensar que la “chis- pa” de la revolución industrial haya encontrado su mecha en Occiden- te y, más concretamente, en las regiones centrales y sureñas de una pequeña isla, Gran Bretaña. ¿POR QUÉ EN INGLATERRA? Pero la razón de que haya sido Inglaterra la primera nación indus- trial no resulta tan evidente, ya que, incluso para los propios coetáneos, otros países, como Francia o los Países Bajos, reunían condiciones ade- cuadas para lograr un despegue industrial. Sin embargo, existen algu- nas razones que explican el éxito británico, que podemos agrupar bajo tres grandes rubros. Una primera explicación hay que buscarla en el mundo rural y la naturaleza de las transformaciones que tienen lugar desde siglos ante- riores. La agricultura inglesa presentaba a mediados del siglo xvi un panorama sensiblemente diferente al del continente (salvo Holanda y algunas regiones de Francia), al haber experimentado ya una primera “revolución agrícola”. En la distribución de la propiedad de la tierra predominaba la alta y baja nobleza, sin presencia apreciable de la Igle- sia ni tampoco de los campesinos, lo que conduce a la famosa división trinitaria de la agricultura inglesa entre landlord, farmer, labourer (propietario, arrendatario, trabajador). Esta concentración de la propie- dad de la tierra fue posible a través del proceso de enclosures (cercamien- tos), especialmente intensos a partir de 1760. El cercamiento afectó, desde entonces, a 2,7 millones de hectáreas, tanto a tierras cultivadas como a espacios comunales. La política de cercamientos no supuso tan sólo una mejor garantía de los derechos de propiedad, sino una limita- ción de los derechos colectivos sobre la tierra. Por otra parte, hubo en la agricultura inglesa una serie de innova- ciones técnicas en la estructura de la producción agraria, como la di- EL MUNDO CONTEMPORÁNEO fusión del Norfolk system (sustitución del barbecho por la alternancia de los cultivos de cereales con leguminosas); o la asociación estrecha entre agricultura y ganadería, mediante la estabulación y la produc- ción de forrajes. Todo ello permitió un incremento de la productividad agraria y un nivel de producción suficiente para alimentar a una po- blación en expansión, sin depender de la importación de materias pri- mas alimenticias, dado el proteccionismo inglés vigente hasta la aboli- ción de las Corn Laws (Leyes de cereales) en 1846. De acuerdo con algunos autores, como E. Jones, ésta sería una de las ventajas funda- mentales de Inglaterra para afrontar su industrialización. La segunda y, para algunos autores, decisiva razón de la revolución industrial inglesa estaría en su capacidad para afrontar la innova- ción técnica, o, dicho con palabras de Joel Mokyr, en la aplicación de una “política de la innovación tecnológica”. La esencia de la revolución industrial consiste en la división social del trabajo, lo que supone la progresiva sustitución del trabajo humano por el de las máquinas, la energía animal por la mecánica y, además, la utilización de nuevas materias primas generalmente inorgánicas (minerales), en vez de las orgánicas (vegetales). Para llevar a cabo este proceso fue precisa la apa- rición de una secuencia de pequeñas innovaciones técnicas. Esto es lo que sucedió en Inglaterra desde mediados del siglo xvin. Las nociones científicas e incluso los inventos eran conocidos pre- viamente. La novedad es que aquéllas pudieron ser convertidas en in- novaciones, esto es, ser aplicadas a los procesos de producción en un proceso de “destrucción creativa”, en palabras de Joseph Alois Schum- peter. Esta capacidad innovadora descansó, sobre todo, en la conjun- ción de artesanos y fabricantes con técnicos e ingenieros. La cantidad de innovaciones técnicas del periodo la refleja, entre otras medidas, el número de patentes registradas en Inglaterra, que a principios del xix es superior a cien por año, Los principales cambios tecnológicos tuvie- ron lugar en el sector de la energía, donde el ejemplo clásico es la má- quina de vapor de James Watt. De hecho, fue la tecnología de la fuerza motriz la que concedió al mundo occidental su gran superioridad so- bre el resto del mundo. En otros sectores, las innovaciones técnicas fue- ron asimismo importantes: en la metalurgia, con el uso del coque en los altos hornos o el pudelado del hierro, y en la industria textil, en la que se concentraron las invenciones más famosas de la revolución in- dustrial (water frame de Richard Arkwright, jenny de James Hargrea- ves y mule de Samuel Crompton). EL MUNDO CONTEMPORÁNEO tagonismo en los últimos decenios el papel de la demanda, esto es, la influencia de los consumidores en la orientación de la producción, hasta el punto de que se ha acuñado el término de “revolución del con- sumo” como expresión global del proceso industrializador. Para que esto tenga lugar, es preciso que exista un mercado integrado y esto es lo que sucede en la Inglaterra de la segunda mitad del siglo xvi, en dos ámbitos diferentes y complementarios. Por una parte, se configura un mercado interior, basado en una de- mografía en expansión y un alto poder adquisitivo de la población, sin aduanas interiores y con una moderna red de comunicaciones (cana- les, carreteras de peaje y, desde 1830, ferrocarril). Muchos autores co- etáneos dan cuenta del crecimiento del consumo, pues, como observó el marqués de Biencourt, “los ingleses tienen la inteligencia de hacer cosas para la gente, en lugar de para los ricos”. En cierto modo, el es- pacio económico inglés funcionaba como un mercado nacional. Por otra parte, la economía inglesa se benefició de un amplio mercado ex- terior, en constante expansión, basado en un gran poderío naval, un apoyo constante de la política diplomática del gobierno y en el mono- polio de las colonias ultramarinas, a lo que se unió la posición ventajo- sa que los ingleses tomaron sobre las colonias de los dos imperios ibé- ricos, especialmente en el caso de Brasil. La confluencia de estos dos grandes polos de demanda de bienes contiene, según Hobsbawm, la “chispa” que explica que la revolución industrial haya tenido lugar en Inglaterra y que haya tenido lugar a fines del siglo xvi. Es la suma de un lento crecimiento interior y una expansiva economía internacional, de modo que la revolución indus- trial es a la vez un hecho profundamente insular y un hecho mundial. ELTALLER DEL MUNDO La revolución industrial fue un proceso global, en el que tiene tan- ta importancia la fabricación de pequeños objetos de uso doméstico como la producción a gran escala en el sistema fabril. Pero hay algu- nos sectores productivos en los que la aplicación de innovaciones tec- nológicas y el crecimiento de su capacidad de producción es mayor y por ello se consideran como los sectores que “lideran” o marcan la pau- ta de la industrialización. Estos sectores son, básicamente, los tres refe- ridos a la industria textil algodonera, la metalúrgica y los ferrocarriles. La industria textil algodonera ejemplifica bien la naturaleza de la revolución industrial, porque sustituye a la precedente de la lana y el 30 Brno Unas o Á Brr lino, estrangula la producción de textil de países como Indía. se dirige fundamentalmente al mercado exterior (90 por ciento de la produc ción durante todo el siglo x1x) y, además, se engarza con las economías basadas en las plantaciones esclavistas americanas, al ser su principal comprador: un 20 por ciento de las importaciones británicas entre 1815 1840 era algodón en bruto, procedente de los estados *sudistas” de Estados Unidos de América. En el sector algodonero fue donde se efectuaron con mayor rapi- dez las innovaciones técnicas, especialmente en la fase del hilado, que estaban ya en vigor hacía 1780; también se adaptó a nuevas formas or- ganizativas, dada la posibilidad de integrar la tradición gremial de los artesanos (caso de los tejedores) con la producción masiva en fábrica. Por esta razón, ha sido considerado el algodón como el “sector líder” de la revolución industrial, dada su dimensión y su capacidad de arras- tre sobre otros sectores económicos, La industria metalúrgica tuvo una importancia menor que el algo- dón en esta primera fase de la industrialización, dado que su principal expansión tendrá lugar a partir de mediados del siglo XIX, tras la aplica- ción del método Bessemer (1860) y la sustitución progresiva del hierro forjado por el acero, producto emblemático de la segunda revolución industrial. No obstante, algunas innovaciones técnicas fueron impor- tantes en este periodo. La más decisiva fue la sustitución del carbón vegetal por el coque o carbón mineral, lo que permitió importantes ahorros energéticos (la fabricación de una tonelada de hierro necesi- taba cuatro veces más carbón vegetal que mineral), evitó la deforesta- ción e impulsó otras mejoras, como la construcción de hornos altos, que favorecían la combustión del coque. En el sector de los transportes hay que destacar, en el periodo de 1770 a 1830, la construcción de canales y, sobre todo, de carreteras de peaje (turnpike roads), cuya extensión era ya de 35.000 kilómetros en 1830, lo que redujo drásticamente la duración de los viajes. Pero el gran revulsivo fue la construcción del ferrocarril, cuya primera línea entre Londres y Manchester fue inaugurada en 1830, remolcada por la locomotora Rocket inventada por George Stephenson. Los efectos de arrastre del sector ferroviario son muy importantes sobre la minería (por el consumo de carbón) y la siderurgia (construcción de vías). En 1850 ya había en Inglaterra unos 10.000 kilómetros de vía férrea. Todo esto expresa una de las obsesiones de la época, que no es otra que la de ganar tiempo, lo que sólo se logra con una eficaz red de transportes, Cuando en 1851 tiene lugar la Exposición Universal en Londres, el asombro de sus visitantes no era sólo por la innovadora arquitectura Rareón ViLL ars y ÁxcA, Pana MONO establecieron en diferentes capitales europeas (Londres, París, Viena y Nápoles), formando una gran red financiera internacional, dedica- da a préstamos a gobiernos y a promover inversiones en industrias, compañías mineras y redes ferroviarias, principalmente en los países mediterráneos. De los cinco hermanos Rothschild, conocidos como “los cinco de Francfor””, los más influyentes fueron Salomon (1774 1855), establecido en Viena donde forjó una sólida amistad con el prin- cipe Mentemich; James (1792-1868), el benjamín del grupo, que abrió casa de banca en París, y Nathan (1777-1836), establecido en Londres desde 1798, que fue el lugar más próspero de los negocios familiares. La dispersión del núcleo familiar es una metáfora de la expansión de los negocios que tiene lugar en Europa desde los inicios de la industrializa- ción. Como dijo en cierta ocasión Nathan, “en Francfort no había espa- cio para todos”. La vieja casa del barrio judío de Francfort acabó siendo superada en poco tiempo por las de Londres y París. La posición de los Rothschild se vio favorecida, durante varias generaciones, por su fuerte endogamia, lo que le permitió ser hege- mónica en el mundo financiero internacional a mediados del siglo XIX, cuando controlaban sociedades de crédito, inversiones y préstamos gubernamentales. Pero su influencia no se ciñó sólo a los medios finan- cieros. En los distintos países en los que se establecieron consiguieron penetrar en la vía política y cultural, logrando ser elegidos miembros de las cámaras parlamentarias y de academias y sociedades artísticas. Y además, mantuvieron de forma constante su apoyo a la comunidad judía de cada país, siendo esta familia uno de los grandes sostenes del sionismo y del movimiento a favor de la creación de un “hogar nacio- nal” en Palestina. LA INDUSTRIALIZACIÓN EN EL CONTINENTE El proceso de industrialización en el continente europeo sigue pau- tas diferentes del caso británico. Es un poco más tardío, presenta mo- dalidades nacionales y regionales muy diversas y, además, debe enfren- tarse ala posición privilegiada que había conseguido Gran Bretaña. Es por esta razón que los principales análisis que se han hecho de la in- dustrialización europea insisten en comparar la experiencia continen- tal con la insular. La explicación del crecimiento económico de Europa en el siglo XIx estaría, para A. Gerschenkron, en la existencia de facto- res de sustitución de los británicos, sean el Estado, la banca o la política 33 EL MUNDO CONTEMPORÁNEO económica; mientras que para Landes, habría sido fundamental la ca- pacidad de emulación de la experiencia inglesa por parte del conti- nente, lo que le habría permitido incorporarse con más fuerza a una segunda fase de la economía industrial y así “acortar distancias”. La Europa continental dispuso de la tecnología británica, pero tuvo que afrontar también grandes transformaciones internas para lo- grar una madurez que no es alcanzada hasta el último tercio del xix, porque sus condiciones de partida eran más difíciles que las insulares, El peso de la sociedad agraria era más fuerte y además presentaba enormes diferencias entre la Europa occidental y la oriental, con una tardía emancipación del campesinado; la estructura social era menos igualitaria, especialmente en Europa central, con una distribución de la riqueza en la que la alta nobleza (los junkers de Prusia) disfrutaban de enormes extensiones de tierra; las barreras políticas e instituciona- les, que la influencia napoleónica amortiguó pero no consiguió elimi- nar, así como la ausencia de una política aduanera y comercial común eran obstáculos para el desarrollo de una economía diversificada y de producción destinada al mercado. En resumen, frente a la unidad “na- cional” británica, la diversidad continental suponía de entrada un fac- tor limitador que, en la segunda mitad del siglo, acabó siendo supe- rado. A pesar de ser un proceso esencialmente diverso, según épocas y países, hay algunas pautas comunes en la dinámica industrial europea que conviene señalar, sobre todo como aspectos diferenciadores del modelo británico. En primer lugar, el “sector líder” ya no es la industria de bienes de consumo, cuyo mejor ejemplo es la producción textil algodonera, sino la industria de bienes de equipo. Es un tipo de industria que se halla vinculado al carbón y el hierro, y en conexión muy estrecha con la re- volución que se efectúa en el ámbito de los transportes desde 1850, tan- to en el ferrocarril como en la navegación marítima, que sustituye la vela por el barco de vapor. Aunque hubo regiones europeas de gran de- sarrollo textil, como Alsacia o Cataluña, el papel fundamental ha sido desempeñado por el gran conglomerado regional de Bélgica, norte de Francia y la Renania alemana, donde la explotación de los recursos mineros y la constitución de la gran industria siderúrgica son el eje de su industrialización. En segundo lugar, la financiación del proceso industrializador es más exógeno que en el caso británico, En el continente es mucho más fuerte la integración entre la banca y la industria frente a la vía inglesa donde el ahorro producido en la propia industria era el núcleo de la ca- pacidad inversora. En el continente, especialmente en Alemania, la 34 ÉL MUNDO CONTEMPORÁNEO REVOLUCIONES AGRÍCOLAS La modificación de las estructuras agrarias propias de una sociedad feudal fue una tarea lenta, pero decisiva, para poder afrontar el proce- so de diversificación económica que supone la industrialización euro- pea. Aunque no hay acuerdo sobre la influencia de la agricultura en el despegue industrial (en cuanto se considere o no variable independien- te), es evidente que, al menos, la renovación de la agricultura europea acompañó el proceso de industrialización, bien aportando mano de obra para la industria, bien constituyendo un mercado en expansión para los productos manufacturados. La dimensión de las mudanzas agrarias está en estrecha relación con el entorno social e institucional en el que se producen y, sobre todo, con la organización previa de la sociedad tardofeudal, en la que exis- tían grandes diferencias, entre las cuales la más decisiva era la que se- paraba a Europa occidental de la oriental. El río Elba, una suerte de “telón de acero” agrario, bien puede ser considerado como la línea di- visoria entre dos tipos de sociedad agraria. Al este del Elba predomi- naba un tipo de señorío, denominado Gutherrschaft, que comporta- ba la existencia de la servidumbre agraria y una gran prevalencia por parte de los señores. Al occidente del Elba, incluso en los países alema- nes, el tipo de señorío predominante era el Grundherrschaf, bajo el cual pudieron desarrollarse amplias capas de campesinos libres y grandes arrendatarios agrarios que acabaron por ejercer un papel central en la transición del feudalismo al capitalismo en el seno de las economías agrarias. Las transformaciones que tienen lugar durante el siglo xIx afectan básicamente al ámbito de la propiedad de la tierra y su uso más que a las mejoras en su organización productiva y su integración en la economía capitalista, Sólo a fines de siglo, con la eclosión de la crisis agraria finisecular, la agricultura europea afrontará medidas de- cisivas para su transformación, al convertirse en asunto prioritario de las políticas estatales, Se crean entonces ministerios, se fomenta el crédito agrario, se fundan “granjas-modelo” y aparecen grandes ligas agrarias que, como en Alemania, alcanzarán incluso un gran protago- nismo político, La abolición del feudalismo fue tarea prioritaria de todas las refor- mas liberales agrarias europeas, a partir del ejemplo francés. La eman- cipación del campesinado en la Europa central y oriental fue un pro- ceso que duró medio siglo, desde las primeras medidas tomadas en Prusia (1807) y otros estados alemanes, hasta la oleada revolucionaria de 1848 (que afectó especialmente al Imperio austriaco) y al caso de 36 Raxón ViLLares y Áxce1 Bana Mono? Rusia en 1861. Aunque los señores fueron despojados de sus derechos “políticos” (impartir justicia, cobrar algunos impuestos o “banalida- des”) pudieron convertirse, en muchos casos, en grandes propietarios agrarios, como sucede con los junkers prusianos o buena parte de la nobleza mediterránea. El progreso del individualismo agrario, manifestado en varios as- pectos, es una constante de la sociedad rural contemporánea. Se pone de relieve en la consolidación de la propiedad privada de la tierra tras la abolición de los derechos feudales sobre la misma y la consagra- ción de la figura del propietario como titular único en el Code de Na- poleón (1804) y demás códigos civiles de inspiración francesa. Se ma- nifiesta también en el denominado “ataque a los comunales”, con los cercamientos de bienes y la eliminación de prácticas consuetudinarias (trabajos colectivos, derrotas de mieses, campos abiertos...). Decrece, por tanto, el papel de la pequeña comunidad campesina, donde tenía lugar la parte fundamental de la producción agraria europea (inclui- da Europa oriental) y emergen las figuras del propietario cultivador directo y el gran arrendatario. Los cambios técnicos de la agricultura europea son en el siglo XIX de menor intensidad que en el siglo actual. No obstante, Paul Bairoch ha individualizado dos revoluciones agrícolas que habrían tenido lugar, con diferencias cronológicas y espaciales notables, desde fines del xvm hasta principios del siglo Xx. La primera revolución, iniciada en Inglaterra, comienza a manifes- tarse en los países continentales a partir de 1810, gracias a la realiza- ción de algunos avances decisivos: a) supresión gradual del barbecho y mejora en la rotación de cultivos, con introducción de las plantas forra- jeras y generalización de productos de primavera, como la patata; b) mejora del utillaje agrícola, todavía no motorizado, e introducción de nuevos fertilizantes, como el “guano” peruano (difundido en Europa a partir de 1840) y el nitrato chileno, que sirven de eslabón entre el tra- dicional abono orgánico y la utilización de fertilizantes químicos pro- pia de la agricultura del siglo xx. La segunda revolución agrícola comenzó en el continente hacia la década de 1870 y constituye la respuesta que la agricultura europea ofreció a la invasión de productos agrarios procedentes de las “nuevas Europas” (Norteamérica, Argentina, Oceanía) que amenazaron con colapsar la producción agraria europea. Los cambios ensayados du- rante el periodo que va desde 1870 hasta la época de entreguerras suponen una profundización de las tendencias observadas en la pri- mera revolución, añadiéndose ahora la difusión de maquinaria agrí- —— 37