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Orientación Universidad
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llibre palacios, Monografías, Ensayos de Idioma Inglés

Asignatura: angles, Profesor: Toni Acosta, Carrera: Psicologia, Universidad: UAB

Tipo: Monografías, Ensayos

2016/2017

Subido el 29/03/2017

raquelpicon24
raquelpicon24 🇪🇸

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1. La familia como contexto de desarrollo humano Jesús Palacios y María José Rodrigo El objetivo de este libro es el análisis de la familia como uno de los más impor- tantes y cruciales contextos en que se produce el desarrollo humano. El libro adopta una perspectiva claramente psicológica, aunque no psicologista, pues damos aquí una gran importancia a la influencia sobre la familia y la vida fami- liar de elementos y factores de naturaleza no psicológica, Más en concreto, adopta una perspectiva evolutiva, en la que la familia es analizada a propósito de lo que significa para el desarrollo de las personas que la componen. Una perspectiva evolutiva, por lo demás, profundamente interesada por los procesos y posibilidades educativas que en la familia se desarrollan y que la familia tiene. Este capítulo y el siguiente sientan las bases conceptuales del enfoque evo- lutivo-educativo de la familia que inspira todo el volumen, al tiempo que sirven para presentar los diferentes capítulos que se integran en los cinco bloques de contenido que lo componen. En los dos primeros apartados de este capitulo si- tuaremos a la familia en una doble perspectiva comparada e histórica, lo que nos permitirá ahondar en el origen filogenético de la familia, por un lado, y penetrar en la raíz histórica más allá del análisis inmediato de la familia occidental con- temporánea, por otro. El tercer apartado está específicamente dedicado a pre- sentar el concepto de familia en Occidente a finales del siglo xx, un concepto en muchos sentidos alejado de los viejos estereotipos sobre la familia y la vida familiar. En el cuarto apartado reflexionamos sobre las funciones de la familia tal y como las percibimos desde la perspectiva evolutivo-educativa con la que en este volumen estamos comprometidos. El capítulo se cierra con una reflexión sobre los factores de riesgo y de protección de la familia de nuestro entorno. La familia como contexto y la familia en contexto 1. La familia como contexto de desarrollo humano 1. La familia desde una perspectiva comparada Los rumores que a veces se oyen en Occidente sobre la desaparición de la fa- milia parecen estar mal informados. Muchas de las afirmaciones que se ha- cen sobre la muerte de la familia obedecen al impacto que en algunos obser- vadores produce el surgimiento de fenómenos más o menos novedosos en relación con la familia. Por el contrario, cuando la vista se distancia del hori- zonte cercano y se sitúa en una perspectiva más amplia, el diagnóstico cambia considerablemente, teniéndose entonces la impresión de que la familia como agrupamiento, como organización, tiene su supervivencia bien asegurada. Para situarse en esa perspectiva más amplia, nada mejor que recurrir a la comparación con otras especies animales, Diversas formas de organización familiar son características de muy dis- tintas especies animales desde hace cientos de miles de años y todo lleva a pensar que lo seguirán siendo en el futuro. Los artrópodos, los peces, los anfi- bios, los reptiles, las aves, los mamíferos, los primates no humanos y los hu- manos, todos ellos presentan formas de agrupamiento familiar más o menos permanentes (Mitchell y Shively, 1984). El análisis diferencial suele dirigirse no a si estas diversas especies presentan o no tales agrupamientos, sino a sus diversas formas de organización. Se discute entonces si la poligamia (unión de un sujeto de un determinado sexo con varios del otro sexo) es más o menos frecuente, y si dentro de ella es más abundante la poliandria (una sola hem- bra con varios machos) o la poliginia (un solo macho con varias hembras). La alternativa a la poligamia es la monogamia, donde la unión se produce entre un ejemplar de cada sexo. Además de en la forma de agrupamiento, las dis- tintas especies varian también en su duración, que en algunos casos es esta- cional y, por tanto, transitoria, mientras que en otros casos es muy duradera, dependiendo de factores varios, entre los que destaca la longitud del período de crianza (es decir, cuánto tiempo tarda la cría en valerse por si misma) y la disponibilidad de recursos naturales (comida, espacio, sujetos del otro sexo). Mientras que entre artrópodos y peces la poliandria es frecuente, la mo- nogamia es muy habitual entre reptiles y aves, al menos durante todo el pe- ríodo de crianza. Por lo demás, dentro de un mismo tipo de animales hay bas- tante diversidad tanto en las formas de agrupamiento (muchos reptiles son monógamos, pero algunas especies de reptiles son poligínicas) como en su duración (algunas especies de aves requieren muy pocos cuidados por parte de sus padres, mientras que otras son mucho más dependientes y durante un tiempo más prolongado, exigiendo además una minuciosa división del traba- jo entre el macho y la hembra). Dentro de los mamiferos, tanto la poligamia como la monogamia son fre- cuentes, con predominio de la primera sobre la segunda. También entre los primates no humanos la poligamia es más frecuente que la monogamia, sien- do la poliandria inexistente. Respecto a la especie humana, parece fuera de duda que la poliandria no existe, salvo en algunas comunidades culturales En aisladas muy excepcionales. Los especialistas dividen sus opiniones entre los que piensan que los humanos somos esencialmente polígamos y quienes con- sideran que somos fundamentalmente monógamos. En el caso humano, el tipo de agrupamiento familiar se basa no sólo en criterios de orden natural (disponibilidad de personas del otro sexo, necesidad de cooperación para sa- car adelante a los hijos), sino también en razones de indole cultural (por ejem- plo, creencias religiosas o filosóficas, tradiciones transmitidas de generación en generación). Es evidente que el contraste más interesante y próximo a nosotros es el de la familia en los primates no humanos. En este campo, es curioso advertir cómo el afán de los investigadores ha pasado de la rutinaria detección de las diferencias a la fascinación por las similitudes entre los primates no humanos y los humanos (véase Cheney y Seyfarth, 1990, y Byrne, 1995, para sendas revisiones). Y es que, en realidad, resultan tan informativas las primeras como las segundas, ya que estas similitudes entre primates filogenéticamente próximos a nosotros y nuestra propia especie nos sugieren rasgos comparti- dos con una fuerte implantación biológica. Los avances metodológicos y la superación de algunos prejuicios en el estudio comparado de especies han sido los que en buena medida han permitido que ahora podamos desvelar el pasado filogenético de algunos comportamientos que se consideraban priva- tivos de los humanos. Uno de los primeros comportamientos que ha sido objeto de estudio es la conducta de apego de los primates no humanos. Impresiona observar cómo, por ejemplo, la conducta de apego de los chimpancés hacia sus crías desplie- ga una gran variedad de formas y funciones, entre las que solemos reconocer las propiamente humanas: cuidados físicos, protección frente a riesgos y peli- gros, relajación de las tensiones, etc. Además, las crías establecen con el resto del grupo toda una jerarquía de apegos que se manifiesta en las conductas de aproximación y de evitación a determinados miembros. Nótese que tales con- ductas requieren un alto componente de individuación en el grupo y buenas capacidades de análisis de rostros y detección de diferencias interpersonales. Al igual que en el apego humano, el apego en los primates tiene una fun- ción de supervivencia muy importante, porque asegura la proximidad y la protección de los padres a los hijos durante el prolongado periodo de tiempo en que la fragilidad del nuevo ser requiere de la asistencia directa y continua- da de los adultos. Estos lazos de apego resultan relativamente duraderos, aun- que desde luego más breves que los que se establecen entre los humanos. De hecho, esa mayor perdurabilidad de los apegos en la familia humana cumple una función transgeneracional que vincula a las familias de ascendencia con las de descendencia y que está ausente en los primates no humanos: los pa- dres del niño con sus abuelos y sus padres, los abuelos del niño con sus hijos y su nieto, el niño convertido en adulto y luego en padre con sus propios pa- dres y con sus hijos, etc. En suma, el apego, que es sin duda uno de los ele- mentos más básicos y constituyentes de las relaciones familiares, tiene unos La familia como contexto y la familia en contexto atenderlos y cuidarlos hasta que alcanzan un nivel de funcionamiento plena- mente independiente. Finalmente, como consecuencia de la extraordinaria prolongación en el tiempo de las relaciones de dependencia, la intensidad, la individuación y la perdurabilidad de los lazos de apego se ven acentuadas en el caso humano, lo que debe entenderse además en el contexto de un cerebro más complejo, de unas pautas de conducta más articuladas y de una tendencia a concentrar la vida familiar en el interior de unos confines espaciales propios que promueven tam- bién una mayor intimidad y sentimiento de pertenencia mutuo, sentimiento que, como antes se apuntó, adquiere en los humanos un alcance transgeneracional. 2. La familia en perspectiva histórica Dentro ya de la familia humana, cabe preguntarse en qué medida se trata de un fenómeno históricamente cambiante o estable. A este respecto, pocas du- das hay de que las formas de organización familiar han sufrido cambios histó- ricos importantes. Basta con reflexionar sobre las novedades que, respecto a las formas de agrupación familiar, se han producido en España en el último cuarto del siglo xx (véase capítulo 4 y Flaquer, 1988). Pero no se debe caer en el error de atribuir diversidad sólo al presente, re- mitiendo todo el pasado a la uniformidad. El análisis que Reher (1996) ha he- cho de la evolución de la familia en España desde el siglo xvu hasta finales del siglo xx pone, en efecto, de manifiesto que parte de la diversidad que en la actualidad existe en la familia española tiene muy hondas raíces históricas, existiendo una clara continuidad en aspectos básicos en los últimos siglos. En realidad, si hemos de hacer caso a French (1995), buena parte de la diversi- dad familiar que en la actualidad observamos en el mundo occidental guarda estrechos paralelismos con la diversidad existente en las antiguas culturas mediterráneas que antecedieron en varios siglos a la era cristiana, particular- mente en el viejo imperio romano. El análisis de la familia y de la vida fami- liar en el antiguo Egipto y Mesopotamia, así como entre griegos y romanos, muestra en efecto la importancia concedida desde muy antiguo a la vida fa- miliar, a la valoración de la privacidad, las diferencias de roles entre hombres y mujeres, la regulación de las situaciones de separación, divorcio y adop- ción, y las cambiantes pautas educativas en función de la edad del niño, todo ello bastante en consonancia con estas mismas cuestiones en la época con- temporánea, Por lo demás, como muestra French (1995), algunas fami invertían grandes esfuerzos e ilusiones en educar a sus hijos en las cuestiones que consideraban importantes (entonces, como ahora, el desarrollo físico, intelectual y moral de los hijos), en tanto que otros padres hacían a sus hijos objeto de malos tratos, abandono y deprivaciones físicas y psicológicas. Por otra parte, volviendo a la familia española y en referencia sólo al siglo xx, las grandes transformaciones no son privativas de nuestros días, sino que, EE pra 1. La familia como contexto de desarrollo humano como muestra Reher (1996), se han ido acumulando a lo largo del siglo a me- dida que se han ido produciendo cambios en factores diversos. Citaremos tres ejemplos, relacionados respectivamente con la mortalidad infantil, con la vulnerabilidad general de la población adulta y con las posibilidades de acee- so al mundo del trabajo: — en 1900 eran necesarios hasta seis nacimientos por familia para ga- rantizar la reproducción demográfica, mientras que en la actualidad muestras tasas de mortalidad infantil están entre las más bajas del mundo; . — la esperanza de vida de los españoles estaba entre las más bajas de Eu- ropa —sólo la epidemia de gripe del otoño de 1918 produjo en Espa- ña entorno a 265.000 víctimas mortales—, mientras que en la actuali- dad nuestra esperanza de vida es superior a la media europea en algo más de dos años; — la disminución del número de hijos ha ido haciendo posible la incor- poración creciente de la mujer al trabajo extradoméstico y las dificul- tades de los jóvenes para acceder al mundo laboral han ido retrasando la independencia económica de los hijos y, por ende, sus posibilida- des de formar una familia propia. En el curso de un par de décadas, la familia española ha conocido una se- rie de transformaciones de gran magnitud, tal como se muestra en el capítulo 4 de este libro; esas transformaciones afectan no sólo a los aspectos demográ- ficos (drástica disminución del número de hijos, alargamiento de la vida de los padres y de la presencia de los hijos en el hogar familiar, con la conse- cuente postergación del matrimonio), sino también a las formas de organiza- ción familiar (disminución del número de hogares multifamiliares, aparición del divorcio y de las familias reconstituidas, incremento de las familias mo- noparentales y de las uniones consensuales o no matrimoniales). En muchos sentidos, la familia española se ha modernizado enormemen- te en los últimos veinte años, aunque, como señala Reher (1996), siguen reco- nociéndose en ella muchos rasgos que tienen siglos de antigiedad, de tal manera que la familia española actual es tan distinta de las familias nórdicas, centroeuropeas o norteamericanas actuales, como lo era hace treinta años. Entre los rasgos distintivos se encuentran, por citar sólo algunos ejemplos, una movilidad geográfica claramente menor entre los españoles (lo que facilita, entre otras cosas, la permanencia de contactos estrechos con la familia de origen), una acentuación en España de las diferencias de rol entre el hombre y la mujer, así como también del papel de la familia como importante red de asistencia y apoyo; y por citar sólo un ejemplo más, una mayor estabilidad de las relaciones familiares en España. De acuerdo con Reher (1996), lo pre- visible es que el futuro nos traiga más la consolidación del panorama actual que un cambio importante en ese panorama: «en lugar de ampliar las fronte- La familia como contexto y la familia en contexto ras de la modernidad, en años venideros los españoles estarán consolidando las implicaciones de dicha modernidad...» (p. 383). 3. El concepto de familia en Occidente a finales del siglo xx En los dos apartados anteriores hemos establecido que la familia es una for- ma de organización natural en el reino animal, aunque con importantes pecu- liaridades distintivas entre diferentes especies; hemos mostrado también que la familia humana presenta distintas formas de estructuración, cuya diversi- dad actual está anclada en unos orígenes históricos remotos y diversos; por último, también hemos constatado en los modos de organización familiar una flexibilidad que ha permitido que surjan y se consoliden nuevas realidades. Pero esas realidades —sean de última hora o tengan antecedentes multisecu- lares— son tan diversas y heterogéneas, que tiene sentido preguntarse enton- ces qué es lo que se entiende por familia, qué es lo que hay de común en me- dio de la diversidad y la heterogeneidad que parecen ser los rasgos definitorios de los agrupamientos familiares humanos. El modelo estereotipado de familia tradicional es un agrupamiento mu- clear compuesto por un hombre y una mujer unidos en matrimonio, más los hijos tenidos en común, todos bajo el mismo techo; el hombre trabaja fuera de casa y consigue los medios de subsistencia de la familia; mientras, la mu- jer en casa cuida de los hijos del matrimonio. Más tradicional, aún si cabe, es el modelo de familia troncal o múltiple (la familia de los padres y la de los hijos conviviendo) y de familia extensa (la familia troncal más parientes cola- terales), pero los análisis históricos muestran que esos tipos de familia no han sido realidades igualmente extendidas por toda España, habiendo existido zonas en las que lo habitual ha sido la familia nuclear y otras con predominio de familias múltiples. Que se haya dado uno u otro modelo de familia ha de- pendido de factores como los diferentes sistemas de herencia y sucesión predominantes en distintos lugares, o el nivel de pobreza de las familias que se ven obligadas a albergar a los hijos casados. Si volvemos al tipo de familia nuclear descrito en el párrafo anterior, po- demos ahora someterlo a un proceso de deconstrucción que consiste en ir re- tirando de la definición elementos que otrora se consideraron absolutos, pero que ahora se tienen por plenamente relativos: — el matrimonio no es necesario para que podamos hablar de familia, y, de hecho, las uniones no matrimoniales o consensuales dan lugar a la formación de nuevas familias; — uno de los dos progenitores puede faltar, quedándose entonces el otro sólo con el o los hijos; tal es el caso de las familias monoparentales, en las que por muy diversas razones uno de los progenitores (típicamente, la madre) se hace cargo en solitario del cuidado de sus descendientes; 1. La familia como contexto de desarrollo humano — los hijos del matrimonio son muy frecuentemente tenidos en común, pero no parece que ese sea un rasgo definitorio, pues los hijos pueden llegar por la vía de la adopción, por la vía de las modernas técnicas de reproducción asistida o provenientes de otras uniones anteriores; la madre, ya sea en el contexto de una familia biparental o monopa- rental, no tiene por qué dedicarse en exclusiva al cuidado de los hijos, sino que puede desarrollar actividades laborales fuera del hogar; — por otra parte, el padre no tiene por qué limitarse a ser un mero gene- rador de recursos para la subsistencia de la familia, sino que puede implicarse muy activamente en el cuidado y la educación de los hijos; — el número de hijos se ha reducido drásticamente, hasta el punto de que en muchas familias hay solamente uno; algunos núcleos familiares se disuelven como consecuencia de pro- cesos de separación y divorcio, siendo frecuente la posterior unión con una nueva pareja en núcleos familiares reconstituidos. Tras esta deconstrucción, lo que a nuestro entender queda como núcleo básico del concepto de familia es que se trata de la unión de personas que comparten un proyecto vital de existencia en común que se quiere duradero, en el que se generan fuertes sentimientos de pertenencia a dicho grupo, existe un compromiso personal entre sus miembros y se establecen intensas relacio- nes de intimidad, reciprocidad y dependencia. Inicialmente se trata de dos adultos que concretan esas intensas relaciones en los planos afectivo, sexual y relacional. El múcleo familiar se hace más complejo cuando aparecen los hi- jos; cuando eso ocurre, la familia se convierte en un ámbito en el que la crian- za y socialización de los hijos es desempeñada por los padres, con indepen- dencia del número de personas implicadas y del tipo de lazo que las una. Lo más habitual es que en ese mícleo haya más de un adulto y lo más frecuente es que ambos adultos sean los progenitores de los niños a su cargo, pero segui- mos hablando de familia cuando alguna de esas situaciones no se dan. Curiosamente, los criterios que nos parecen más definitorios del concepto de familia son todos ellos «intangibles» y están relacionados con metas, moti- vaciones y sentimientos, caracteristicas que, para la calidad de la vida familiar y de las relaciones entre sus miembros, tienen una importancia mucho más pri- mordial que el vínculo legal, las relaciones de consanguinidad, el número de sus miembros o el reparto de roles. Resulta crucial, en primer lugar, la interde- pendencia, la comunicación y la intimidad entre los adultos implicados; en se- gundo lugar, la relación de dependencia estable entre quien cuida y educa, por un lado, y quien es cuidado y educado, por otro; y, en tercer lugar, que esa rela- ción esté basada en un compromiso personal de largo alcance de los padres en- tre sí y de los padres con los hijos. Este último matiz excluye del concepto de familia aquellas situaciones en las que hay adultos que, al margen de su propia vida familiar, tienen como trabajo el cuidar y educar a niños, como ocurre en ciertas instituciones de protección de la infancia en situación de riesgo social. La familia como contexto y la familia en contexto Por todo ello, la familia es una muy importante red de apoyo personal y social, de la que destacan su eficacia y su adaptabilidad a las cir- cunstancias. Pero puesto que en este libro estamos comprometidos con un análisis de la familia como agente de crianza y socialización de los hijos, la reflexión so- bro lo que la vida familiar significa para los adultos necesita ser inmediata- mente completada con la referencia a lo que significa ser padre y madre. Bá- sicamente, significa, a nuestro entender, tres cosas: — En primer lugar, convertirse en padre y madre significa poner en mar- cha un proyecto vital educativo que supone un largo proceso que em- pieza con la transición a la paternidad y la maternidad, continúa con las actividades de crianza y socialización de los hijos pequeños, des- pués con el sostenimiento y apoyo de los hijos durante la adolescencia (y, si es necesario, durante la prolongación de la adolescencia), luego con la salida de los hijos del hogar, frecuentemente en dirección a uno de nueva formación, y finalmente en un nuevo encuentro con los hijos através de sus nietos. — En segundo lugar, convertirse en padre y madre significa adentrarse en una intensa implicación personal y emocional que introduce una nueva dimensión derivada de la profunda asimetría existente entre las capacidades adultas y las infantiles, por un lado, y de la inversión de ilusión y esfuerzo puestos al servicio del proyecto educativo recién aludido. En tercer lugar, ser padre y madre significa llenar de contenido ese proyecto educativo durante todo el proceso de crianza y educación de los hijos, Esta tarea se hace en relación con una scric de funciones bá- sicas que la familia debe cumplir frente a la crianza y socialización in- fantil, funciones que están en gran medida en las manos de los padres y que son su responsabilidad. Cuatro nos parecen ser las funciones básicas que la familia cumple en ro- lación con los hijos, particularmente hasta el momento en que éstos están ya en condiciones de un desarrollo plenamente independiente de las influencias familiares directas; 1) Asegurar la supervivencia de los hijos, su sano crecimiento y su socia- lización en las conductas básicas de comunicación, diálogo y simboli- zación. Esta función, por tanto, va más allá de asegurar la superviven- cia física y se extiende a otros aspectos que se ponen en juego fundamentalmente durante los dos primeros años y que permiten ha- cer humano psicológicamente al hijo o la hija que ya lo eran biológi- camente desde su nacimiento (la parentalidad intuitiva a que se refie- h 1. La familia como contexto de desarrollo humano 2) 3 4 ren Papousek y Papousek, 1995, y a la que hemos hecho mención más arriba). Aportar a sus hijos un clima de afecto y apoyo sin los cuales el desa- rrollo psicológico sano no resulta posible. El clima de afecto implica el establecimiento de relaciones de apego, un sentimiento de rela- ción privilegiada y de compromiso emocional (aquel viejo aforismo repetido profusamente por Bronfenbrenner de acuerdo con el cual «para desarrollarse normalmente todo niño necesita que alguien esté loco por él») (véase, por ejemplo, Waters, Vaughn, Posada y Kondo- Ikemura, 1995). El clima de apoyo remite al hecho de que la familia constituye un punto de referencia psicológico para los niños y niñas que en ella crecen; la búsqueda de ayuda en situaciones de tensión o dificultad y la comunicación con otros miembros de la familia, son ejemplos de conductas que ponen de manifiesto el apoyo al que nos referimos. Volveremos a ocuparnos de estas cuestiones en el siguien- te capítulo. Aportar a los hijos la estimulación que haga de ellos seres con capaci- dad para relacionarse competentemente con su entomo físico y social, así como para responder a las demandas y exigencias planteadas por su adaptación al mundo en que les toca vivir. Esta estimulación llega al menos por dos vías claramente diferenciables, aunque sin duda rela- cionadas: por una parte, la estructuración del ambiente en que los ni- ños crecen y la organización de su vida cotidiana; por otra, las interac- ciones directas a través de las cuales los padres facilitan y fomentan el desarrollo de sus hijos. Sobre estas diversas cuestiones volveremos a ocuparnos también más abajo. Tomar decisiones con respecto a la apertura hacia otros contextos edu- cativos que van a compartir con la familia la tarea de educación del niño u la niña. Hace ya tiempo que Whiting (1974) señaló que es tipi- co de las sociedades modernas que se produzca una profesionaliza- ción de al menos una buena parte de las tareas de educación de los más pequeños. Los padres jóvenes no se sienten competentes para llevar a cabo esa tarea por sí solos, tampoco confían en la generación anterior para la realización de esa compleja tarea, y, además, la escolarización es en estas sociedades un fenómeno obligatorio y cuya influencia so- bre niños y niñas (y adolescentes y jóvenes) tiende a prolongarse du- rante más y más tiempo. En su análisis de la cyolución histórica de la familia española, Reher (1996) ha mostrado cómo la función desem- peñada por la familia en el proceso de educación y socialización de los niños ha ido disminuyendo tanto en alcance como en calidad. En para- lelo a esa disminución, se ha ido produciendo un incremento en la influencia de otras instancias de educación y socialización, de las que la escuela, sin ser la única, es la más visible y, con toda probabilidad, la más importante. Hasta cierto punto, los padres eligen cuándo se incor- 3 La familia como contexto y la familia en contexto pora el niño o la niña a un contexto educativo extrafamiliar, a qué con- texto o contextos asiste y durante cuánto tiempo. En ese sentido, la fa- milia actúa como llave que abre las puertas de otros contextos sociali- zadores complementarios. 5. Factores de protección y factores de riesgo en la vida familiar No quisiéramos terminar este capítulo sin añadir algunas reflexiones sobre los elementos de tensión y de protección que gravitan sobre la familia de nuestro entorno a finales del siglo xx. Para hacerlo, nos parece útil adoptar el análisis de Urie Bronfenbrenner (1979) sobre la ecología del desarrollo Humano, del que se presenta una descripción más pormenorizada en el capítu- lo siguiente. Este autor define el proceso de desarrollo humano enmarcado en sistemas de influencias que van desde las más distales a las más próximas al individuo, sistemas que configuran y definen el entorno ecológico en el que tiene lugar dicho desarrollo. Su análisis es, pues, muy útil para describir los factores de protección y de riesgo para la familia, teniendo en cuenta todas las esferas posibles de influencias que convergen sobre el espacio ecológico fa- miliar y el de sus miembros. Según Bronfenbrenner, existen cuatro tipos de sistemas que guardan una relación inclusiva entre sí: el macrosistema, el exosistema, el mesosistema y el microsistema. El macrosistema es el sistema más distal respecto al indivi- duo, ya que incluye los valores culturales, las ercencias y las situaciones y acontecimientos históricos que definen a la comunidad en la que vive y que pueden afectar a los otros tres sistemas ecológicos (los prejuicios sexistas, la valoración del trabajo, un período de depresión económica, etc.). El exosiste- ma comprende aquellas estructuras sociales formales e informales que, aun- que no contienen a la persona en desarrollo, influyen y delimitan lo que tiene lugar en su ambiente más próximo (la familia extensa, las condiciones y ex- periencias laborales de los adultos y de la familia, las amistades, las relacio- nes vecinales, etc.). El mesosistema se refiere al conjunto de relaciones entre dos o más microsistemas en los que la persona en desarrollo participa de ma- nera activa ( relaciones familia-escuela, por ejemplo). Por último, el micro- sistema es el sistema ecológico más próximo, ya que comprende el conjunto de relaciones entre la persona en desarrollo y el ambiente inmediato en que se desenvuelve (microsistema familiar y mierosistema escolar, por ejemplo). En lo que sigue, analizaremos primero los factores de riesgo existentes en los cuatro sistemas que acabamos de describir, ocupándonos después de los fac- tores de protección con que cuenta la familia. Los factores de tensión y riesgo presentes en el macrosistema son muy variados. Muchos de ellos se pueden resumir con la expresión de Garbarino (1995) de acuerdo con la cual los niños y las familias de la década de los no- 1. La familia como contexto de desarrollo humano venta viven en un ambiente social tóxico. Cuatro son los elementos de toxici- dad ambiental a los que Garbarino hace referencia: — la televisión y su función en la transmisión y valoración de la violen- cia como recurso, así como su papel de intruso en la vida doméstica, un papel que inhibe o interrumpe la comunicación y la realización de actividades conjuntas; el fenómeno al que algunos han llamado «el final de la infancia» para referirse al hecho de que el mundo de los niños es cada vez menos un espacio protegido de las tensiones y violencia del mundo de los adul- tos, y está cada vez más invadido por unas formas, un lenguaje y unas conductas que están lejos del viejo tópico de la edad de la inocencia; — las tensiones sociales y económicas relacionadas con el desempleo y la pobreza, que crean cada vez más una sociedad dualizada dividida entre los que tienen y los que no tienen, con una pobreza selectiva asociada a los sectores sociales más vulnerables; el declive de los servicios y apoyos comunitarios, la carencia bastante generalizada de recursos sociales de tipo lúdico y cultural, la escasez de espacios de relación y juego debidamente protegidos, etc., hechos que son particularmente problemáticos en las barriadas más pobres. Desde luego, fenómenos contemporáneos como el aumento de la violen- cia (no sólo la violencia entre adultos, sino también la especificamente dirigi- da contra la infancia), las crecientes tensiones sociales, las graves dificulta- des económicas que muchas familias experimentan, el deletéreo papel de las drogas de diverso tipo y de las tensiones que a su alrededor se generan, son todos ellos elementos que forman parte de la cultura vccidental de finales de siglo. Por lo demás, los grupos de riesgo no siempre encuentran suficientes programas de apoyo, prevención y tratamiento, como si todo pudiera reducir- se al ámbito de la responsabilidad o del tratamiento individual. A esos fenómenos nos parece que es necesario añadir como elemento ne- gativo el relativismo postmoderno que considera que todo es igualmente cuestionable y que no hay realidades o verdades que puedan sostenerse como principios básicos del pensamiento y de la organización social y familiar; como si fuera lo mismo crecer en un ambiente familiar que en otro, como si diera igual tener estabilidad familiar o no tenerla, como si desde el punto de vista evolutivo fuera igualmente positivo aprender en la familia actitudes de cooperación y reciprocidad con los demás que actitudes de oposición y competencia. Naturalmente, muchas de las tensiones y de los factores de riesgo que hay en el macrosistema se encuentran reflejados en el exosistema, es decir, en los contextos en los que participan los padres pero no los hijos, y que afectan a la vida familiar. Basta con pensar en las tensiones que los padres pueden experi- mentar en su trabajo, en la necesidad de dedicar cada vez más tiempo y ener- 3910 La familia como contexto y la familia en contexto (1995) según la cual cuando un niño nace en nuestra época tiene más probabi- lidades de que sus padres se divorcien que de tener un hermano. Por fortuna, la separación y el divorcio son posibles en aquellos casos en los que las cosas no van bien, por lo que la familia no se ve obligada por la fuerza de la ley a permanecer unida cuando en su interior reina la ruptura. Parece positivo, en este sentido, que nuestra sociedad vaya poco a poco desarrollando actitudes más solidarias y hasta de comprensión y tolerancia ante las consecuencias de esta ruptura. Por lo que se refiere al mesosistema, sólo en los últimos años se han ido desarrollando servicios de apoyo a las familias que pueden serles muy útiles a la hora de educar a sus hijos. Aunque no están ni mucho menos generaliza- dos y aunque no siempre llegan a quienes más los necesitarían (dando cum- plimiento al viejo aforismo según el cual de las intervenciones sociales suelen beneficiarse sobre todo quienes menos las necesitan), han ido apare- ciendo una serie de servicios de asesoramiento familiar que típicamente se desarrollan en la intersección del sistema familiar con el sistema escolar, con los servicios de salud, con los servicios comunitarios, etc., razón por la cual nos parece que son ubicables en el ámbito del mesosistema. Todos los datos disponibles muestran que cuando los servicios de apoyo están bien concebi- dos, tienen unos objetivos concretos y adoptan métodos de trabajo adecua- dos, tienen un impacto positivo. La gama de posibilidades es muy extensa, y sólo recientemente ha comenzado a explorarse entre nosotros, Ojalá que el futuro nos depare más actividades de ese tipo, particularmente de las dirigi- das a las familias que tienen hijos con necesidades especiales y a los sectores sociales que, por sus propios medios e iniciativa, no accederían a ellas, y par- ticularmente de las actividades dirigidas a grupos de riesgo específicos, sin olvidar la tarea de prevención y educación que puede hacerse con programas más generales de sensibilización a la población general. En diversos capítulos de este libro se hace referencia a distintos progra- mas de intervención dirigidos a ayudar a las familias en la ejecución de sus funciones, programas que constituyen la red de apoyo formal o institucional a la familia; así, en el capítulo 7 se hace referencia a un programa andaluz de apoyo en la transición a la paternidad, en el capítulo 10 se especifican las ba- ses de un programa canario de apoyo a los padres en su tarea socializadora, en el capítulo 16 se señalan distintas estrategias de cooperación familia-es- cuela (cooperación tan desgraciadamente escuálida entre nosotros), etc. Pero es en el capitulo 24 en el que, coma colofón de este libro, todas esas cuestio- nes son tratadas monográficamente en profundidad. De los elementos del exosistema, uno de los que entre nosotros parece te- ner una mayor eficacia como protector y amortiguador de tensiones es la red informal de apoyo a la familia constituida por la familia extensa y por la red de amigos y vecinos. Como se verá en el capítulo 3, los contactos de la familia con los abuelos son frecuentes y regulares, hasta el punto de formar parte de las rutinas semanales de muchas familias españolas; estos contactos son es- 1. La familia como contexto de desarrollo humano pecialmente importantes para aquellas familias que tienen en los abuelos una alternativa de cuidado y educación de los hijos pequeños durante las horas en que los padres se encuentran fuera de casa trabajando. Este apoyo se convierte en crucial cuando las circunstancias familiares son más difíciles, como ocurre por ejemplo en el caso de la maternidad adolescente: como se señala en el capí- tulo 7, el pronóstico de los niños nacidos de madres adolescentes depende es- trechamente del apoyo familiar recibido, apoyo que muy frecuentemente pro- cede de los padres de la joven madre. Claro que el apoyo familiar es importante no sólo para los padres que necesitan la ayuda de los abuelos, sino también, lle- gado el momento, para los abuelos que necesitan el apoyo de sus hijos cuando la enfermedad o la soledad constituyen una amenaza. En el mismo sentido, la red de apoyo constituida por amigos y vecinos tic- ne una gran utilidad para la familia como soporte emocional e instrumental, sin descartar su posible utilidad como fuente de información, conocimientos, etc, Es cierto que estas redes de apoyo (tanto la de la familia extensa como la de amigos y vecinos) se han debilitado como consecuencia del estilo de vida ligado a la urbanización y el aislamiento social de la vida contemporánea; es cierto que también en este sentido se ha ido generando la ya aludida privatiza- ción de la vida familiar y la educación de los hijos, en el sentido de una dismi- nución del sentimiento de responsabilidad comunitaria o compartida. Pero también parece que entre nosotros no se ha llegado al grado de moleculariza- ción y aislamiento de la familia que es observable en otros países de nuestro entorno. Esperemos que el futuro no nos lleye en una dirección parecida, pues sabemos que parte del éxito de la empresa familiar radica en la red de siste- mas de apoyo y soporte de que dispone en su entorno más inmediato. Están, finalmente, los elementos de protección que se encuentran en el microsistema familiar, El más importante de todos ellos es, sin duda, el afecto que une a sus miembros a través de sus relaciones de apego mutuo. La drásti- ca reducción en el número de hijos de las familias de nuestro entorno, a la que nos hemos referido al principio de este capítulo, significa entre otras cosas que los hijos son cada vez menos consccuencia de la imprevisión y el azar, y cada vez más consecuencia del deseo y la premeditación. A pesar de ello, no tenemos ningún dato empírico que nos permita afirmar que los padres quie- ran ahora a sus hijos pequeños más que antes, lo que probablemente no ocu- rre, pues ningún indicador apunta en esa dirección. Las cosas no son iguales, sin embargo, al llegar a la adolescencia; todo indica que entre nosotros la ruj- tura generacional de que tanto se hablaba en los sesenta, setenta y principios de los ochenta ha desaparecido como un fenómeno generalizado en las rela- ciones padres-hijos. Aunque la enorme proyección social que tienen en nues- tra sociedad los comportamientos problemáticos de algunos adolescentes y jóvenes nos hagan creer a veces que existe una mayor conflictividad en esa etapa de la vida que antes, todo parece indicar que nunca en nuestra historia más reciente las relaciones de los padres con sus hijos adolescentes y jóvenes habían sido tan armoniosas como en nuestros días. Las evidencias aportadas La familia coma contexto y la familia en contexto en el capítulo 3 muestran que ese fenómeno está ligado a los cambios que se han producido tanto en los padres como en los hijos. Por tanto, si bien no se puede decir que los padres actuales quieran más a sus hijos que antes, sí pare- ce cierto que la convivencia y las buenas relaciones padres-hijos se prolon- gan considerablemente más de lo que era el caso hace algunas décadas. Dada la incertidumbre respecto al futuro que acosa a los jóvenes, y dadas las difi- cultades que encuentran para su acceso al rol social adulto, la protección que la familia ejerce nos parece de una enorme trascendencia. Parte de la explicación del hecho a que acabamos de referirnos se relacio- na con el incremento de estilos de vida familiar más igualitarios y participati- vos, con un descenso de las actitudes y comportamientos más rígidamente autoritarios y segregacionistas. Aunque, como se mostrará en el capítulo 3, las espaldas de las mujeres soportan una gran parte del peso de la vida fami- líar, es decir, aunque todavía sea largo el camino hacia el igualitarismo que nos queda por recorrer, no cabe duda de que se han ido produciendo avances también en este terreno. Como ya hemos señalado, el microsistema familiar parece en general bastante estable entre nosotros, lo que constituye un elemento de protección y amortiguación de tensiones. Y si bien es cierto que se produce una cada vez mayor delegación de funciones y responsabilidades en otras instituciones (la escuela, por ejemplo), también lo es que la familia conserva un sentimiento de responsabilidad básica, y, sin duda, un compromiso fundamental en rela- ción con los hijos. Este compromiso se percibe no como limitado a los prime- ros años, sino como extendido en el tiempo, y no sólo en relación con los pro- pios hijos, sino también en relación con la generación precedente (la de los padres) y, si hace al caso, con la posterior (la de los nietos). En consecuencia, si son numerosos e importantes los factores de ten- sión y riesgo que gravitan sobre la familia, también lo son los factores de amortiguación de tensiones y protección frente a riesgos de que la familia dispone. La forma en que, en cada familia concreta, cstán presentes y ac- túan todos estos factores definirá la calidad de las relaciones en su interior, la proyección de futuro del grupo familiar en conjunto y de cada uno de sus miembros, y los contenidos concretos de la vida familiar y de sus relacio- nes con el exterior, cuestiones todas ellas de las que se ocupan en detalle los diferentes capítulos que componen este libro. 2. Conceptos y dimensiones en el análisis evolutivo-educativo de la familia María José Rodrigo y Jesús Palacios 1. Introducción La aproximación al estudio de la familia sin un bagaje conceptual suficiente- mente elaborado puede dar lugar a un análisis superficial y meramente des- criptivo de lo que en ella acontece. La familia cs una entidad tan próxima y cotidiana para todos nosotros que podría producirse la falsa impresión de que, armados con nuestro sentido común y nuestras observaciones incidentales, podemos llegar a comprenderla sin dificultad. La realidad es que la familia es un objeto de estudio complejo y dinámico sobre el que, habitualmente, tene- mos multitud de prejuicios que entorpecen más que facilitan su análisis cien- tífico. La toma de distancia y el acopio de herramientas teóricas son, pues, precauciones necesarias. Por ello este capítulo ofrece un análisis conceptual desde la perspectiva evolutivo-educativa, que permite esta toma de distancia y trata de aportar las herramientas necesarias para contemplar cn toda su ri- queza a la familia. La perspectiva evolutivo-educativa de la familia que introdujimos en el capitulo anterior, no es, sin embargo, la única posible. En efecto, la familia ha sido «visitada» con mucha frecuencia por psicólogos equipados con muy diversos enfoques conceptuales. Los primeros en visitarla fueron los partidarios de los enfoques psicoanalíticos y del aprendizaje social. Aun- que su objetivo era muy válido (analizar la influencia de la familia en el de- sarrollo psicosocial de los hijos), pronto perdieron protagonismo en este ámbito debido a su exclusivo énfasis en un nivel de análisis individualista, La familia como contexto y la familia en contexto 2. Conceptos y dimensiones en el análisis evolutivo-educativo de la familia to cvolutivo-educativo de los padres, su influencia en las prácticas educati- vas que éstos aplican y sus repercusiones en el desarrollo de los hijos. Los padres son individuos «pensantes» que se enfrentan a la tarea de interactuar con sus hijos equipados de una serie de concepciones sobre la importancia de la herencia o el medio en el desarrollo del niño, cuáles son los hitos evo- lutivos más importantes, cuál es la mejor forma de educar a los hijos, a qué deben aspirar para ellos, cuál es su papel como padres, etc. El análisis de las cogniciones de los padres permite, pues, un punto de partida explicativo y hasta predictiva de la calidad de los procesos educativos que tienen lugar en la familia. El estilo relacional de la familia es una dimensión de análisis que trata de captar el clima de relaciones interpersonales que en ella se respira y que constituye una de sus notas más singulares que la distingue de otros gru- pos sociales. Contiene dos vertientes de análisis: a) el estudio de las relacio- nes tendentes a establecer lazos afectivos y emocionales entre los miembros de la familia, y b) el estudio de las relaciones que tienen como propósito el establecer controles y regulaciones en el proceso socializador de adquisición ¡ de narmas y valores entre los miembros más jóvenes, y que suele llevarse a cabo por los miembros más expertos del grupo familiar. El entorno educati- vo de la familia, por su parte, es una dimensión de análisis de la calidad del ambiente familiar en cuanto a su poder estructurador de estímulos y expe- riencias. El entorno educativo desempeña un papel mediador entre la cultura y los niños y niñas en desarrollo; su estudio se realiza en una doble faceta: a) el escenario educativo como entorno sociocultural que mediatiza las cx- periencias cotidianas de los hijos y b) la interacción educativa que en este es- cenario se produce y que transcurre en los muchos episodios cotidianos, a través de los cuales la familia (fundamentalmente el padre y la madre) ver- tebra el desarrollo infantil y lo llena de contenido. Las tres dimensiones que acabamos de mencionar se analizan en el último apartado desde la óp- tica de los cambios evolutivos de la familia cn su dimensión temporal, cambios que afectan a la estructura de la familia y a la dinámica existente en la cons- telación de relaciones, tipos de influencias y acontecimientos de la vida fa- miliar, 2. El análisis ecológico-sistémico de la familia El estudio psicológico de la familia considerada como un sistema dinámico de relaciones interpersonales requiere hacer dos viajes: uno hacia el interior de la familia y otro, en la dirección opucsta, hacia factores externos a ella que, sin embargo, juegan un papel muy importante en la dinámica interper- sonal. Para ilustrar esta idea con un ejemplo, supongamos que nos interesa estudiar la calidad de las relaciones del bebé con su madre. Sabemos que los bebés forman lazos de apego firmes y estables con sus madres cuando éstas son sensibles y responden a sus necesidades y demandas (Ainsworth, Blchar, Waters, y Wall, 1978). Es razonable pensar que una de las conclusiones de nuestro estudio será que la conducta de las madres con sus hijos parece ser la causa de que éstos experimenten un determinado nivel de afecto. Pero la conducta de la madre se relaciona con otra serie de factores, menos próxi- mos, que también inciden en el apego (Belsky e Isabella, 1988), Por ejem- plo, la personalidad de la madre, su historial evolutivo, el nivel de estrés con que realiza su tarea como madre o el grado de satisfacción en las relaciones de pareja, también pueden afectar a las relaciones de la madre con el bebé. Por parte del niño o la niña, diversas características tales como su tempera- mento o su condición de prematuro o a término contribuirán también a ex- plicar la relación de apego con la madre. Hasta aqui, el viaje al interior de la familia, que, como queda patente, ha incluido también elementos que, como la historia evolutiva de la madre, no están inmediatamente presentes. Pero el viaje al exterior de la familia nos lleva a tomar en consideración otros facto- res aún más distales, como la existencia de redes de apoyo para la familia, las características del vecindario en el que viven, las particularidades de la ex- periencia laboral de los padres, etc. En resumen, tal como propone Belsky (1984), la calidad de la relación de la madre o del padre con cada uno de sus hijos o hijas estaría determinada por múltiples factores internos y externos a la familia, relacionados tanto con las características de la familia y de cada uno de sus miembros cuanto con las características del contexto en el que la familia vive. El estudio psicológico del sistema familiar sc ha realizado desde los pre- supuestos confextualista, transaccional y ecológico-sistémico descritos en el Cuadro 1. La conjunción de estos tres presupuestos nos lleva a una visión de la familia como un sistema dinámico de relaciones interpersonales recipro- cas, enmarcado en múltiples contextos de influencia que sufren procesos so- ciales e históricos de cambio. El énfasis en el estudio de la dinámica de las re- laciones interpersonales en la familia permite abordar toda la compleja trama de interacciones e influencias que se producen en su interior (por ejemplo, los cambios que se producen en la pareja con ocasión del nacimiento de un hijo o una hija, los cstilos de crianza y educación de los padres, las reacciones de los hijos ante la separación o el divorcio de sus progenitores, ctc.). A su vez, si- tuar el estudio de la familia en el eje temporal de cambios sociales e históricos pone de relieve la importancia de todos aquellos temas que muestran la inter- conexión entre la dinámica familiar y las realidades extrafamiliares (por ejemplo, la conciliación entre la vida familiar y laboral, los efectos del de- sempleo y las tensiones económicas en la educación de los hijos, la cultura juvenil predominante, etc.). Es evidente que abordar el estudio de la familia bajo esta perspectiva tan compleja requiere un gran esfuerzo e ingenio metodológico en un doble pla- no: el de los procedimientos e instrumentos de recogida de información y el de las técnicas estadisticas de análisis de los datos. Puesto que a la primera de estas cuestiones vamos a hacer referencia posteriormente en relación con los EA de Y La familia como contexto y la familia en contexto ¡ Cuadro 2.1. Tres presupuestos básicos para el estudio | psicológico del sistema familiar | Contextualismo evolutivo (Lerner, 1986): la persona está en estrecha unión ¡ con el contexto en el que se desarrolla, sufriendo cambios con el tiempo | i su relación con éste. | Transaccional (Sameroff, 1983): las relaciones interpersonales son recípro- cas (bidireccionales) y cambiantes en el tiempo. | Ecológico y sistémico (Bronfenbrenner, 1979): las relaciones interpersona- les forman parte de sistemas más complejos sometidos a influencias so- ciales, culturales e históricas. contenidos concretos que abordaremos, merece la pena hacer aquí algunos comentarios respecto a la segunda. Es evidente que los diseños estadísticos utilizados para el análisis de la familia en la perspectiva ecológico-sistémica en que aquí nos situamos, deben ir más allá de la mera asociación entre varia- bles simples (Luster y Okagaki, 1993). Como ejemplos, basten tres referen- cias: — la primera, en relación con aquellas situaciones en las que nos intere- sa analizar el efecto acumulativo de varios factores sobre un determi- nado fenómeno, como cuando queremos determinar en qué medida la probabilidad de maltrato infantil se incrementa cuando coinciden un padre colérico y explosivo, un niño de temperamento difícil y condi- ciones de tensión familiar y dificultades económicas; — la segunda, en relación con aquellas situaciones en las que dispone- mos de cicrtas hipótesis causales que queremos comprobar, al tiempo que analizamos la influencia de posibles variables moderadoras o me- diadoras, como, por seguir con el ejemplo del maltrato, cuando quere- mos probar una determinada hipótesis sobre la transmisión intergene- racional del maltrato al tiempo que queremos ver el papel moderador que puede jugar la calidad de las relaciones de apego; — la tercera, en relación con el estudio del efecto de variables a lo largo del tiempo, como cuando queremos saber si haber sido objeto de ma- los tratos en la primera infancia incrementa o no la probabilidad de problemas emocionales o relacionales en años posteriores. Para responder a cstas preguntas habrá que recurrir a herramientas como los análisis de regresión, los análisis de vías, los modelos LISREL, los análi- sis temporales de datos, y todo un arsenal de herramientas estadísticas sofisti- cadas que nos permitirán adentrarnos en el análisis complejo de fenómenos que están lejos de la simplicidad. 2. Conceptos y dimensiones en el análisis evolutivo-educativo de la fam 2.1. Relaciones persona-contexto Al proponer un análisis de la familia en términos de influencias recíprocas, estamos sosteniendo que la familia es un contexto que influye sobre sus miembros pero también que éstos contribuyen con sus características a confi- gurar ese contexto. Según el presupuesto transaccional, las características de los individuos moldean sus experiencias ambientales y, recíprocamente, tales experiencias moldean las características de los individuos a lo largo del tiem- po (Sameroff, 1983). Pensemos, por ejemplo, en las relaciones de un niño o una niña con su contexto de desarrollo familiar; sus características influyen cn la conducta de sus padres y ésta, a su vez, influye en el desarrollo del niño ola niña. Por tanto, podría decirse que los hijos, a través de las relaciones re- ciprocas con sus padres, contribuyen activamente a construir o moldear sus propios entornos de desarrollo (Lerner, 1982). En este sentido, Thomas y Chess (1977) y Lerner y Lerner (1987) han pro- puesto el modelo de bondad de ajuste, según el cual aquellos hijos cuyas ca- racterísticas permiten responder satisfactoriamente a las demandas de los con- textos en los que se mueven reciben una respuesta positiva y muestran un desarrollo muy adaptativo; en caso contrario, el círculo de influencias mutuas produce resultados negativos para el desarrollo de la persona. Estos efectos negativos pueden prolongarse en el tiempo cuando las conductas desajustadas o el estilo relacional conflictivo llevan a las personas a interactuar en contextos de alto riesgo que tienden a perpetuar sus tendencias conductuales o relacio- nales (efecto de continuidad acumulativa o de continuidad interactiva). Un ejemplo sobre el comportamiento hiperactivo de los hijos servirá para ilustrar estos argumentos. Este comportamiento produce efectos negativos en los padres: depresiones, aislamiento social, problemas conyugales, estrés fa- miliar, etc. En esa situación, algunos padres tienden a reaccionar mostrando sentimientos y actitudes negativas y críticas hacia el hijo hiperactivo, lo que, a su vez, acentúa su hiperactividad (Chess y Thomas, 1984). Si carecen de ele- mentos de protección o amortiguación adecuados, las conductas cada vez más disruptivas de los hijos les pueden acarrear dificultades escolares, o pue- den llevarles con el tiempo a frecuentar grupos de iguales conflictivos, de bajo rendimiento académico e inadaptados socialmente, lo que puede influir en que alcancen como adultos estatus profesionales más bajos, tengan carre- ras más erráticas, problemas en sus relaciones interpersonales, etc. Todo ello aumenta la probabilidad de que cuando sean adultos se muevan en ambientes con claras desventajas culturales y sociales. 2.2. Relaciones contexto-persona Hemos visto que las peculiaridades de cada uno de los integrantes del grupo familiar moldean y caracterizan el contexto que comparten. Pero es evidente que también los contextos influyen sobre las personas y sus relaciones. Para La familia como contexto y la familia en contexto pervivencia de los bebés hembras, la asistencia de los niños a centros de edu- cación infantil desde muy poqueños, la implicación del padre en la tarea de educar a sus hijos, etc. Cada uno de los sistemas que se acaban de describir tienen la peculiari- dad de cambiar a lo largo del tiempo, tanto si hablamos del tiempo ontológico (historia del individuo) como si pensamos en el tiempo histórico (historia de la comunidad). Esta idea quedó apuntada ya en el capítulo 1 al mencionar cómo la historia condiciona las formas de agrupamiento familiar, las relacio- nes en el interior de la familia, ctc., y al referirnos a los procesos de cambio que se van sucediendo a medida que cl paso del tiempo trae consigo nuevos roles, nuevas funciones y posibilidades, La triple perspectiva contextual-evolutiva, transaccional y ecológico-sis- témica que acabamos de describir nos presenta una visión de la familia multi- sistémica, con un funcionamiento integrado y en continuo cambio. Una vi- sión que critica cl carácter reduccionista, individualista y estático del estudio de la familia, aún reconociendo el coste metodológico que requiere la investi- gación bajo los planteamientos contextualistas y dinámicos (Lerner, Castelli- no, Terry, Villarruel y McKinney, 1995). Es, en suma, una visión compleja de la familia pero que ha proporcionado un marco de análisis muy valioso inclu- so para la práctica de la intervención familiar (v.g., la terapia sistémica). En ausencia de un marco sistémico, los acontecimientos que tienen lugar en la familia se tienden a explicar mediante una causalidad lineal y simple, típica de una mala novela de víctimas y culpables (v.g., la madre es la culpable de que el hijo sc drogue, el marido provocó la ruptura de la pareja, etc.). Sin em- bargo, en el enfoque sistémico la causalidad es recíproca dentro del subsiste- ma correspondiente y además hay que contemplarla a la luz de sistemas de in- fluencia más amplios (v.g., el subsistema parental o el subsistema de la pareja tienen relaciones inadecuadas que se ven influidas por la falta de apoyos y de relaciones fluidas con el resto de la familia extensa, etc.). Por tanto, para eva- luar cualquier situación familiar e intervenir en ella hay que acudir al análisis de la estructura y funcionamiento del sistema familiar en su conjunto. 3. Dimensiones para el análisis de la familia desde una perspectiva evolutivo-educativa Equipados con el anclaje conceptual básico que acabamos de describir así como con el proporcionado por algunas otras teorías que iremos mencio- nando, estamos en condiciones de articular lo que sería nuestra propuesta de las tres dimensiones básicas que el análisis evolutivo-educativo de la fa- milia debe contemplar. Las dimensiones se refieren a las cogniciones de los padres sobre el desarrollo y la educación de los hijos, al estilo de las relacio- nes interpersonales dentro de la familia y al tipo de entorno educativo fami- liar, W"e>- ativo de la familia isis evolutivo-e 2. Conceptos y dimensiones en el an: El análisis que sigue nos parece aplicable a cualquier tipo de familia, no importa cuáles sean las características concretas de su configuración y de sus integrantes. No obstante, conviene señalar que la forma en que se con- cretan cada una de las dimensiones que vamos a analizar depende estrecha- mente de las características de la familia que sc analice. Á este respecto, una de las situaciones concretas que debe ser destacada es la presencia en algu- nas familias de niños con caracteristicas especiales en relación con sus ca- pacidades cognitivas (por ejemplo, niños con importantes problemas de de- sarrollo intelectual), o con sus características sensoriales o motoras (por ejemplo, niños ciegos). Y debe ser destacada especialmente desde la Óptica evolutivo-educativa en que aquí nos situamos, pues lo que hace especiales a esas familias no son tanto las dimensiones generales a que nos vamos a refe- rir, sino su concreción en la relación padres-hijo y en las características con- cretas que adopta la acción educativa familiar ante esas especiales circuns- tancias de sus hijos o hijas. Así, por ejemplo, tanto las expectativas de los padres como su organización del entorno y el estilo de relación se verán afectadas por esas circunstancias. Los capítulos 21, 22 y 23 del libro es- tán especificamente dedicados a analizar los aspectos evolutivos y educati- vos particulares a que tienen que hacer frente las familias en cuyo seno cre- ce algún niño o niña con especiales características y necesidades de tipo cognitivo y sensorial. 3.1. El estudio de las cogniciones de los padres En la mayor parte de las interacciones en la familia, los padres no reaccio- nan azarosamente ante el comportamiento de los hijos. Las acciones educa- tivas de los padres suelen responder a un repertorio más o menos amplio de posibilidades de acción que han elaborado a partir de sus concepciones so- bre el desarrollo y la educación de sus hijos. La consideración de los padres como mentalmente activos ha abierto un importante campo de estudios cu- yos frutos se han ido formalizando a partir de 1985 (Sigel, 1985; Rodrigo, 1985; Palacios, 1987a; Goodnow y Collins, 1990). Durante este tiempo, cel estudio de las cogniciones de los padres se ha nutrido de los avances de la psicología que, aunque de corte más individualista, está haciendo verda- deros esfuerzos para encontrar modelos explicativos del comportamiento humano en entornos sociales. Asi, las investigaciones han incorporado no- ciones de la psicología social como son las actitudes, expectativas, atri- buciones, percepciones y creencias. Más adelante se han añadido nociones caracteristicas del procesamiento de la información del mundo social como son las categorías sociales, esquemas, imágenes, ideas o representaciones sociales. Por su parte, la llamada psicología del sentido común, cuya tra- dición se remonta al trabajo pionero de Bruner y Tagiuri (1954), ha aportado la idea del hombre de la calle como constructor de teorías espontáneas, La familia como contexto y la familia en contexto intuitivas o implícitas para interpretar la realidad física y social y poder diseñar planes y estrategias de acción. Por último, los análisis antropológicos y so- ciohistóricos que se han ido aplicando al estudio de las cogniciones de los pa- dres, están superando con creces el tinte individualista de los primeros estu- dios, proporcionado otra serie de nociones muy interesantes como son las sabidurías populares, etnoteorías, ideologías familiares, y otras similares. Se cuenta, por tanto, con todo un arsenal de conceptos para articular distintos con- tenidos y procesos de la mente de los padres y así poder entender mejor sus in- terpretaciones de las situaciones educativas y sus comportamientos ante éstas. En todas estas concepciones, sean del signo que sean, se plantea la idea básica de que los padres necesitan una mediación represcntacional sobre la realidad familiar para poder hacer frente a una serie de procesos cognitivos tales como la interpretación de sucesos, su explicación, la predicción de suce- sos futuros, la planificación del comportamiento y el diseño de la propia ac- ción. Si los padres no contaran con tales conceptualizaciones sobre la crianza, el desarrollo y la educación de sus hijos, carecerían de interpretaciones perso- nales subre lo que ocurre en la vida familiar en torno a esas cuestiones, de modo que las cosas podrían ser «esto» o «aquello» de modo aparentemente azaroso. Estos padres tampoco podrían relacionar las experiencias pasadas con las nuevas, no encontrarían argumentos organizadores de su actividad, tanto cognitivos como emacionales, y su conducta sería tan impredecible que las personas de su entorno no podrían establecer expectativas certeras sobre ella (Rodrigo, Rodríguez y Marrero, 1993), Una de las peculiaridades de las concepciones de los padres, su carácter implícito y de difícil acceso a la conciencia, impone serios problemas para su estudio, Y es que las concepciones de los padres no son hipótesis sobre el mundo que los padres traten de poner a prueba como si de una teoría científi- ca so tratara. Son creencias, es decir, principios asumidos con un carácter sub- jetivo de «verdad» y que definen su realidad (véase la lúcida distinción entre ideas y creencias de Ortega y Gasset, 1964). Como tales creencias, no operan desde la explicitación de su contenido, sino que actúan desde lo implícito como fundamento de todo lo que piensan y hacen los padres. De lo anterior se deduce que el estudio de los contenidos del pensamiento evolutivo-educativo de los padres se presenta lleno de dificultades. De hecho, los investigadores tratan de acceder a esos productos de la mente de los padres por procedimien- tos basados en autoinformes, como son las entrevistas más o menos estructu- radas o los cuestionarios, con todos los problemas que unos y otros conllevan. Por ejemplo, las entrevistas pueden sesgar las respuestas contribuyendo a su subjetividad; los cuestionarios, al contener afirmaciones genéricas, son sus- ceptibles de ser contestados por padres que tratan de mantener una imagen aceptable según los estándares sociales; entrevistas y cuestionarios pueden ser demasiado sensibles a las dificultades tanto de comprensión como de ex- presión de los padres al tratar de verbalizar sus ideas, etc. Por ello, para cono- cer las creencias se utilizan métodos más indirectos como son la presentación 2. Conceptos y dimensiones en el análisis evolutivo-educativo de la familia de viñetas con situaciones hipotéticas que los padres tienen que enjuiciar o comentar, o la observación de situaciones más o menos naturales de interac- ción padres-hijos en las que se resuelven tarcas, se juega, se lee o se conversa sobre diversos temas. En todos estos casos, los investigadores no tratan de acceder directamente a las creencias de los padres a través de su verbaliza- ción, sino que analizan su proyección en los juicios sociales, valoraciones y comportamientos interactivos de los padres. Lo más recomendable es utilizar varios métodos convergentes directos e indirectos con el fin de asegurar la ca- lidad e independencia de las medidas. 3.1.1. La función de las teorías o ideas de los padres Existen dos formas muy distintas de concebir la función que cumplen las teo- rías implícitas de los padres en torno a sus hijos, ambas son suficientes apo- yos empíricos. En una de esas perspectivas, a la que aquí llamaremos del mo- delo mediacional, esas teorías son un eslabón intermedio entre la situación ante la que los padres deben actuar en un momento determinado y la conducta que en ese mismo momento desarrollan; en la otra perspectiva, que aquí lla- maremos del modelo de guía, las ideas sobre el desarrollo y la educación son una realidad que se sitúa no entre la conducta del hijo (estímulo) y la reacción de los padres (respuesta), sino en un marco mental previo en el que los padres sitúan sus percepciones de las situaciones, sus experiencias y sus conductas. Veámoslo con un poco más de detalle a partir de la Figura 2.2. Figura 2.2. Modelos mediacionales y de guía en la cognición parental Modelo Mediacional Situación educativa —> Cognición padres —> Conducta padres Modelo de guía Cognición padres <> Conducta padres <=> Consecuencias evolutivas hijos Como se ha señalado, los modelos mediacionales consideran que la cog- nición de los padres es un factor mediador entre la situación educativa y su conducta. Por ejemplo, las atribuciones de los padres sobre las causas de la conducta de su hijo (por ejemplo, si es consecuencia de la falta de habilidad del niño o de su mala intención, etc.), mediarán en la severidad de sus res- puestas educativas ante dicha conducta (Dix y Grusec, 1985; Dix, Ruble y Zambarano, 1989). Del mismo modo, los padres son considerados como acti- vos procesadores de información que evalúan diversos aspectos de la conduc- ta de sus hijos, los comparan con sus metas de socialización y actúan en con- L 7H La familia como contexto y la familia en contexto cializar a los hijos en las normas y valores del entorno cultural próximo. En los dos siguientes apartados veremos estas dos facetas del clima relacional de la familia. 3.2.1. Relaciones afectivas Tal como se definió en el capítulo anterior, el compromiso personal estable en las relaciones interpersonales es uno de los rasgos esenciales de la familia. Éste se plasma en el apego que niños y niñas desarrollan hacia sus padres y que tiene la función esencial de permitirles desarrollar un sentimiento básico de confianza y seguridad en su relación, Como supo ver Erikson (1950) hace ya tiempo, ese sentimiento de confianza, desarrollado en el primer año de la vida del niño, tiene algo de fundacional para los siguientes estadios del desa- rrollo. En efecto, como han mostrado Bowlby (1958), Ainsworth (1973) y una ingente cantidad de investigadores que se han movido en su estela, es gracias al sentimiento de seguridad y confianza fundamental en sus padres como el niño se sentirá suficientemente tranquilo como para, en un lento pero decidido proceso, empezar a explorar el entorno más inmediato primero y el más aleja- do posteriormente. Y, finalmente, una vez interiorizada esa seguridad y con- vertida en modelo mental permanente, niños y niñas podrán hacer frente con éxito a las separaciones breves que les impondrán las rutinas de la vida coti- diana, el ingreso en algún contexto extrafamiliar de crianza y educación, eto. Por otra parte, como los autores citados y sus seguidores han demostrado, el modelo mental a que hemos hecho referencia parece tener una enorme im- portancia y trascendencia; se trata de un modelo mental de relaciones de acuerdo con el cual niños y niñas tenderán a proyectar en sus relaciones so- ciales y afectivas posteriores muchos de los elementos y características del tipo de relación primigeniamente desarrollado con los padres. Y si bien es cierto que ese modelo mental no es inalterable y que no condiciona de manera inevitable el tipo y la calidad de relaciones afectivas y sociales que después se van a establecer, no cabe duda de que constituye un prototipo activo que ejerce su influencia durante toda la infancia y también con posterioridad a ella (Waters et al.. 1995), La familia y las relaciones familiares constituyen el contexto en el que ese prototipo se forma. La inmensa mayoría de los padres desarrollan desde muy pronto un apego profundo con sus hijos y la gran mayoría de los hijos desarrollan durante su primer año un fuerte apego hacia sus padres. Pero algunos padres experimen- tan sentimientos más intensos y más claros que otros, que pueden ser más am- bivalentes o incluso rechazadores. También los niños desarrollan, en conso- nancia con los padres, diferentes tipos de apego. Ahora bien, los niños establecen apegos múltiples, de manera que en general no tienen un único re- ferente emocional sólido y estable. Así, además de los padres, con los que típi- camente se establece el primer lazo emocional, los abuelos, los hermanos y los 2. Conceptos y dimens siones en el análisis evolutivo- -educativo de la familia compañeros son también objeto frecuente de apego por parte de los bebés. Ló- pez (1990) ha señalado la importancia y utilidad que esta capacidad de vincu- lación emocional múltiple, entre otras cosas porque asegura una vida afectiva más rica y porque, además, constituye una salvaguarda en el caso de que uno de los progenitores desaparezca de la vida del niño por cualquier razón. Más allá de lo que ocurre en el interior de la familia nuclear, el apego cumple una función transgeneracional que vincula a las familias de ascen- dencia con las de descendencia: los padres del niño con sus abuelos y sus pa- dres, los abuelos del niño con sus hijos y su nieto, el niño convertido en adulto y luego en padre con sus propios padres y con sus hijos, etc. El apego, que es sin duda uno de los elementos más básicos y constituyentes de las relaciones familiares, actúa así como hilo conductor por el que circula la historia fami- liar y gracias al cual la historia familiar adquiere consistencia y realidad. Como es fácil imaginar, los investigadores han tenido que agudizar su in- genio a la hora de idear procedimientos para estudiar algo tan personal y tan sutil como el afecto y las relaciones afectivas. Las estrategias de investigación más usuales son la observación y la utilización de cuestionarios y entrevistas. A su vez, la observación se sitía a veces en contextos naturales y en otras 0ca- siones en contextos estandarizados de observación. El más típico de estos últi- mos es la llamada situación del extraño, en la que se observa la forma en que niños y niñas reaccionan cuando en una habitación en la que se encuentran con su padre aparece de pronto un desconocido, cuando la madre posteriormente abandona la sala. dejando solos al niño y al extraño, y cuando más tarde la ma- dre retorna a la misma habitación. Las entrevistas y cuestionarios abordan los sentimientos y las relaciones, bien en relación con el momento actual, bien en relación con el pasado. En conjunto, se puede afirmar que todos estos procedi- mientos presentan algunas limitaciones, pero que todos ellos se han demostra- do eficaces para adentrarse por territorios profundos y resbaladizos. De todos los cuntenidos abordados en este apartado, y de otras cuestiones relacionadas con ellos, se trata en diferentes capítulos de este libro. En primer lugar, y de manera muy preferente, en el capítulo 5, especificamente dedica- do al análisis de la evolución de los vínculos afectivos en las relaciones fami- líares. En segundo lugar, en el capitulo 6, donde las relaciones familiares son analizadas desde la perspectiva de la adultez. Después, en una serie de capítu- los en los que las relaciones de apego aparecen como uno de los elementos importantes a considerar; así, en el capítulo 11, que analiza las relaciones en- tre hermanos, en el capítulo 18, dedicado al divorcio y sus repercusiones, y en el capítulo 19, sobre los malos tratos a los niños. 3.2.2. Estilos de socialización Ser padres es primeramente sentir cosas respecto a los hijos, sentimiento que en la mayoría de los casos adopta la forma intensa y positiva llamada ape- go de la que acabamos de ocuparnos. Pero ser padres es también actuar con La familia como contexto y la familia en contexto los hijos, encauzar su comportamiento en una determinada dirección, asegu- rarse de que no actúan de una determinada manera, poner límites a sus de- seos. procurarles satisfacciones y hacerles soportar frustraciones. Este con- junto de conductas reciben el nombre genérico de estrategias de socializa- ción, porque su objetivo se relaciona muy directamente con moldear a través de la intervención educativa el tipo de conductas que los padres valoran como apropiadas y deseables para sus hijos, tanto para su desarrollo personal cuan- to con vistas a su integración social. La tarca de socializar es evolutivamente posterior al establecimiento del apego y requiere por parte de los padres una serie de tomas de decisión, una serie de comportamientos y de tensiones que típicamente no se dan en las relaciones de apego. Las estrategias de socializa- ción tienen que ver también con el tono de la relación, con el mayor o menor nivel de comunicación, con las concretas formas que adopta la expresión de * afecto, etc. Así, los estilos de socialización son en realidad estilos de relación entre los padres y los hijos, aunque en este caso no limitados al ámbito de las relaciones afectivas, sino situados en el contexto más amplio de la comunica- ción y la conducta. Muy desde el principio, la investigación sobre los estilos de socialización estuvo de acuerdo en que se trataba de un constructo multidimensional. De hecho, como señalan Darling y Steinberg (1993), la utilidad del concepto de estilo de socialización como heurístico se refleja en la gran semejanza de las caracteristicas utilizadas para definirlo por investigadores situados en muy diferentes ópticas. Estas características tienden a incluir siempre dos dimen- siones básicas, la una relacionada con el tono emocional de la relación y la comunicación (aceptación/rechazo, calor/frialdad, afecto/hostilidad, proxi- midad/distanciamiento), y la otra relacionada con las conductas puestas en juego para controlar y encauzar la conducta del niño o la niña (autono- mía/control, flexibilidad/rigidez, permisividad/restrictividad). Quizá por ese acuerdo en la multidimensionalidad ha habido una larga tradición consistente en definir tipologías de estilos de socialización, cada una de las cuales inte- graría una cierta configuración de los elementos en juego (por ejemplo, estilo de socialización con altos grados de afecto y muy bajo grado de contral, etc.). Sin duda, las tipologías propuestas por Baumrind (1971) y elaboradas poste- riormente por MacCoby y Martin (1983) se encuentran entre las más conoci- das y, también, entre las más influyentes con vistas a orientar la investigación en este terreno y a promover determinados estilos como más recomendables o más indeseables, con lo que nos encontramos con uno de los temas que más claramente exceden el ámbito de la investigación básica y se proyectan en la psicología evolutiva que es trasladada por los expertos a los padres y la socie- dad en general. Si el análisis de los diferentes estilos de socialización comporta tan fácil- mente una dimensión valorativa de su eficacia y consecuencias es porque existe una muy amplia tradición investigadora que se ha dedicado a explorar las relaciones entre los estilos de socialización y diferentes aspectos del de- 2. Conceptos y dimensiones en el análisis evolutivo-educativo de la familia sarrollo individual y la conducta social. Muy desde el principio se señaló cómo, por ejemplo, el exceso de control autoritario por parte de lus padres se relacionaba con una pobre interiozación de normas en el hijo educado en ese clima. Además, un número importante de investigaciones han mostrado cómo los efectos de diferentes estilos de socialización no se limitan al corto plazo, sino que se prolongan en manifestaciones psicológicas y conductua- les muchos años después. Así, por seguir con el mismo ejemplo, el proble- ma del excesivo autoritarismo no es sólo que dificulte la interiorización de normas en el niño preescolar, sino que podría llegar a dar lugar a síntomas clínicos y problemas de conducta en la adolescencia (Ge, Best, Conger y Si- mons, 1996). Resulta fácil imaginar la importancia de toda esta temática para la vida familiar y para el desarrollo personal y social de los niños y niñas. Resulta también fácil imaginar la facilidad que en este ámbito hay para las simplifica- ciones y las generalizaciones. Sin embargo, nada más lejos del modelo de análisis de la familia que más arriba hemos defendido (contextualista, tran- saccional, ecológico-sistémico) que una consideración lineal y mecánica de los estilos de educación y socialización. Éstos sólo pueden ser adecuadamen- te entendidos cuando se analizan en el contexto de la cultura y de la historia, en el contexto de los cambios sociales y los valores predominantes, en el con- texto de la realidad de cada familia y de las caracteristicas de cada uno de sus miembros, y, finalmente, en el contexto del momento evolutivo en que se en- cuentre el niño o la niña sobre los que se ejerce la presión socializadora. Por ello, la atractiva simplicidad de algunos modelos al uso debe ser sustituida por una análisis más complejo y más matizado que, si no tan simple y atracti- vo, es al menos más riguroso y preciso; un análisis que, además, al hacer más justicia a la complejidad del asunto, dé un soporte más adecuado a las orienta- ciones a las familias respecto a la forma de educar y socializar a sus hijos. Como en el caso de los contenidos abordados en el apartado anterior, el análisis de los estilos de socialización presenta escollos metodológicos que los investigadores tratan de sortear con el uso de la observación, por un lado, y de las entrevistas y cuestionarios, por otro. No es éste un ámbito respecto al que estemos sobrados de instrumentos de investigación, pero se han desarro- llado diferentes escalas (típicamente, aplicadas a los padres en forma de cues- tionario) que, desde una perspectiva inevitablemente multidimensional, tra- tan de acercarse a la definición de los estilos y estrategias de socialización característicos de cada familia. Dada su importancia, la temática de los estilos de socialización aparece profusamente a lo largo de este libro. Algunas referencias aparecen ya en el capítulo 3, en el que se analiza la vida cotidiana de las familias españolas. También en el capítulo 8, a propósito de las ideas, creencias y teorias que los padres tienen sobre la crianza, el desarrollo y la educación de sus hijos. Pero es sin duda en el capítulo 10 donde todas estas cuestiones son tratadas de for- ma más sistemática y exhaustiva, pues está especialmente dedicado al análi-