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Lechira 3. van Yeblo fos “( España. La evfaaa de lo ¡deidad vaciorol” Capítulo IV El Estado nacional El gran problema de los siglos XIX y xx iba a ser, por tan- to, “afticular un verdadero Estado nacional. Problema de enorme. complejidad en sí mismo, que en España se ¡ba complicar por los siguientes factores y circunstancias: 1)' por la simultaneidad desde principios del siglo X1x de dos procesos: el desarrollo de una conciencia española verda- deramente nacional (un nacionalismo español sentimen- tal y einocional) y la aparición de los prenacionalismos y luego de los nacionalismos catalán, vasco y gallego; 2) por la debilidad del nacionalismo sentimental español —pues nacionalismo español doctrinal, lo que algunos historiadores franceses (Girardet, Winock) llamarían «nacionalismo de los nacionalistas», no existió en la Es- paña del siglo XIX o no se articuló a través de partidos po- líticos nacionalistas— como fuerza de cohesión social y de vertebración territorial del Estado español; 3) por cl desarrollo comparativamente tardío de una maquinaria moderna de gobierno y administración; 4) por los fuertes desequilibrios regionales que definieron la evolución de? la economía española a lo largo de los siglos XIX y XX (soZ bre todo, por la industrialización de Cataluña y desde la década de 1880, de Vizcaya y Guipúzcoa en el País Vas- co). La cuestión, fue, por tanto, capital. Manuel Azaña (1880-1940), el político republicano, estuvo convencido 1s ide que la carencia de un verdadero Estado moderno constituía el principal problema de la España de los si- glos XIX y XX. En la conferencia titulada «Tres genera- ciones del Ateneo», que pronunció en ese centro madrile- ño el 20 de noviembre de 1930, dijo que el Estado liberal nacido de la crisis del Antiguo Régimen fue «un Estado inerme, una entelequia que a nadie intimida, y apenas se extiende más allá de las personas de sus conductores». Su gran ambición política fue precisamente rehacer el Esta- do, construir un Estado nuevo, fuerte y verdaderamente nacional, como instrumento de la gran reforma que, en su opinión, España necesitaba. En unos artículos que es- cribió en 1939 en Collonges-sous-Saléve recogidos como libro en 1986 con el título Causas de la guerra de España, al ocuparse de la actuación de Cataluña en esa guerra, Azaña decía que si el catalanismo había subsistido des- pués de doscientos años de centralismo estatal, era por- ito li durante una gran. ¿porción de esos dos siglos, el Estado carecía de tales pres- tigio y poderío, y había pocas escuelas». .- Ortega y Gasset (1883-1956) pensaba que en España tno existía una verdadera emoción nacional, un verdadero nacionalismo español: «desde largo tiempo —dijo al pre- sentar en Madrid la revista bilbaína Hermes, en mayo de 1917— carece España de toda emoción nacional pot la cual comuniquen los bandos enemigos». Lo que en su opinión definía a España era «el torrente de las emocio- nes provinciales locales». El localismo, título del artículo que publicó en El Sol el 12. de octubre de 1917, esto es, Precisamente, la estructura territorial del Estado no se modificó hasta ese año de 1931. Pero, entre 1876 y esa fecha, la cuestión regional adquirió nuevas dimensiones? ” en la vida social y política española: la aparición de los nacionalismos catalán y vasco, y, en menor medida, el ga- llego, y las formulaciones regionalistas en otros territo- rios del país, terminaron por poner en crisis el tipo de Es-¡ tado creado a lo largo del siglo XIX. Idea de nación y sentimiento nacional: la España de la Restauración El régimen de 1876 se fundamentó, ciertamente, en una concepción unitaria de España como nación. La Consti- tución de 30 de junio de ese año —vigente a lo largo de los reinados de Alfonso XII y Alfonso XIII, esto es, hasta 1923 y luego, en 1930-31— no contemplaba, en su tÍtu- lo X, otro tipo de división territorial que las provincias, que se regirían por una diputación provincial, y los ayun- tamientos. Era una concepción basada en, o al menos coincidente con, las ideas del principal inspirador de aquel; ] régimen, Antonio Cánovas del Castillo (1828-1897). e Porque, en efecto, Cánovas fue un hombre movido pof” un intenso sentimiento nacional y dotado de un extraor- dinario sentido del Estado, cimentados uno y otro en un profundo conocimiento de la historia de España y, sobre todo, de la decadencia española en el siglo XVIT, tema al que dedicó un primer libro en 1854, del que luego rene- gó, y más tarde otros dos: Bosquejo histórico de la Casa de Austria en España, de 1869, y Estudios del reinado de Felipe IV, en dos volúmenes, de 1888-1889, así como dis- 181 tintos artículos y trabajos. Cánovas, efectivamente, creía no solamente que España era una nación y como tal, se- gún dijéra en su discurso del Ateneo de 6 de noviembre de 1882, indisoluble; sino que, además, daba por indiscu- tible que su unidad tenía por vínculo una nacionalidad única y común, nacida en la Reconquista y forjada a lo largo de los siglos. Escribió por ello que España era ya «una nación permanente» al producirse el advenimiento de la Casa de Austria a principios del siglo xvI, y que esta última, a la que atribuía haber logrado el apogeo de Es- paña como nación, había creado y guardado una «co- mún nacionalidad hispánica». Así, lo esencial de su pen- samiento se resumía en dos ideas: a) la nación o la patria, y por tanto, España, como comunidad histórica y territo- rial, estatal y cultural, esencial y permanente; b) la mo- narquía hereditaria, como forma política ideal y funda- mento de la continuidad y estabilidad de la nación (y también, por tanto, de España). Cánovas, como es sabido, atribuía la decadencia espa- ñola a un complejo número de diversas causas y circuns- tancias —las guerras estériles, cl desorden administrati- vo, la falta de vínculos comunes entre los distintos territorios de la Corona, los fracasos militares, la medio- cridad de los últimos Austrias y de sus hombres de Esta- do, y otras—, y sobre todo, a la incapacidad de la Ha- cienda castellana para sostener el esfuerzo económico que la defensa de los numerosos territorios de la monar- quía requería. Pero es significativo que Cánovas pusiese también el acento en dos factores: en esa falta de vínculos comunes entre los territorios de la Corona a la que se ha aludido más arriba —«ningún colectivo amor», escribió, si se recuerda, «unía a castellanos y aragoneses, valencia- nos, catalanes, navarros y vascongados»— y en la estruc- tura confederal de la monarquía hispánica, que convertía a sus territorios en Estados particulares donde sólo la Co- 182 l : ; i rona de Castilla asumía verdaderamente responsabilida- des o asumía, al menos, las responsabilidades más sus- tanciales. En buena lógica, Cánovas quería para su tiem- po un Estado centralista, unido por un sentimiento nacional común, sin territorios dotados de instituciones políticas privativas y propias, y en el que hubiera un solo e indiscutible principio de soberanía: las Cortes con el rey. Ya mucho antes de la Restauración, en 1861, dejó di- cho que, en su opinión, la «centralización» era, en Espa- ña, garantía de la libertad. Luego, en diversas ocasiones, expresaría su desacuerdo con toda idea de federalismo o con cualquier forma de descentralización que fuera más allá de la mera descentralización administrativa. Final- mente, en su ya citado discurso del Ateneo de 6 de no- viembre de 1882, que fue cuando más claramente precisó su pensamiento, manifestó.su total discrepancia con las dos tesis entonces más en boga: con la idea austrohúnga- ra de nación que consideraba como fórmula óptima un Estado formado por varias naciones —tesis popularizada en Europa por el historiador británico Lord Acton—, y con la tesis del ensayista francés Renan, expuesta en 1882, que concebía la nación como un plebiscito cotidia- no. Frente a la tesis austrohúngara, Cánovas sostuvo en su discurso la opinión de que estaba mucho mejor consti- tuido el Estado allí donde sólo había una única nación . (aunque rechazó la idea de recurrir al uso de la fuerza para mantener unidas naciones que lo habían estado a lo largo de la historia y en las que, por lo que fuera, se había quebrado el sentimiento de una patria común). Y frente a la tesis de Renan, Cánovas se reafirmó en su doble idea de que las naciones, como España, constituían una reali- dad indisalublc, y de que el vínculo de nacionalidad que las unía de ninguna forma podía ser obra del asentimien- to colectivo constantemente ratificado por sus miembros: 183 ciones en las contribuciones a los gastos del Estado yen la prestación del servicio militar; y la necesidad de acabar con un sistema, el foral, en el que gran parte de la opinión española veía el principal fundamento del carlismo (que esa percepción fuera injusta pues ignoraba, primero, que las provincias vascas habían vivido sin excesivos conflic- tos con el Estado bajo el régimen foral entre 1845 y 1872; segundo, que la guerra de 1872-1876 estalló por motivos que nada tenían que ver con los fueros, y tercero, que muchos vascos que habían luchado en esa guerra contra el carlismo eran a la vez fueristas y liberales; que todo eso fuera así, importaba poco. La realidad era que, como se vio al discutirse la cuestión foral en el Parlamen- to, la mayoría del país quería la abolición de los fueros vascos como un acto de castigo por la última guerra car- lista). Con todo, Cánovas quiso mantener en 1876 un cierto equilibrio entre el mantenimiento de los fueros, defendi- dos por algunos de los políticos más conservadores de la monarquía recién restaurada, como Alejandro Pidal y Mon (y por supuesto, por diputados y senadores vascos y navarros), y su abolición total, reclamada por la casi to- talidad de la prensa del país y los representantes de las principales minorías y tendencias parlamentarias. Tan fue así, que el principal órgano de opinión, El Imparcial, diría en su editorial de 26 de julio de 1876 que la ley de 21 de julio era en realidad una «transacción entre fueris- tas y antifueristas». Cánovas mismo había hablado en su intervención parlamentaria del día 12 de «modificar» el estado de cosas (siempre, claro es, desde su determina- ción de extender a las provincias vascas la unidad consti- tucional y de penalizar de alguna forma al carlismo): «pero no creo —añadió refiriéndose a ese último punto— que sea bastante para llevar el rigor hasta el último extre- mo». Tal vez pensó en algún momento en algún tipo de 186 solución como la lograda con Navarra en 1841, es decir, en una adecuación mediante pacto de los fueros al orde- namiento-constitucional y concesión de cierto grado de descentralización administrativa y económica. Incluso convocó a Madrid a los representantes de las diputacio- nes forales de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya con los que se reunió los días 1, 7, 12 y 14 de mayo de 1876. Pero no hubo acuerdo alguno. Los comisionados vascos tuvieron desde la primera reunión la convicción de que Cánovas sólo quería su asentimiento a lo que ellos vefan como la plena abolición foral; Cánovas no vio en la áctitud de los vascos sino evasivas legalistas, retórica dilatoria, tras de lo cual creía que alentaba la aspiración a mantener el ré- gimen foral tal como había quedado configurado desde 1839-1845. La ley de 21 de julio de 1876 establecía, pues, la uni- dad constitucional en todos los territorios del Estado. Pronto se vería que Cánovas no excluía algún grado de descentralización regional: un régimen de conciertos eco- nómicos se establecería en las propias provincias vascas sólo dos años después. Pero de momento, en 1876, lo que sc impuso, al hilo de los sentimientos antifueristas gene- rados por la guerra de 1872-1876, fue una concepción estrictamente centralista de España como nación y patria común de todos los españoles: el hecho de que ni los fue- ristas vascos ni las escasas voces que entonces se oyeron en su apoyo, como la de Mañé i Flaqué, por citar un solo ejemplo, negaran que España fuese esa patria común, contó muy poco, o mejor dicho, nada. La Restauzación, en ese punto, no hizo sino cimentarse en el mismo tipo de sentimientos nacionales, teorías de Es- paña e interpretaciones de lo nacional que venían impreg- nando la política española y, probablemente, la concien- cia colectiva de gran parte de la sociedad —extremo de casi imposible comprobación— a lo largo del siglo XIX de 187 forma, además, progresivamente más articulada y explí- cita. Los ejemplos de ese vago y genérico patriotismo es- pañolista —que no era todavía nacionalismo político sino, en todo caso, pura y simple emoción nacional— eran en extremo abundantes y se manifestaban a muy distintos niveles, . Asi, Azorín pudo escribir hacia 1912 —en un artículo sobre Galdós, que recogió en su libro Lecturas españolas, 1912— que su generación se forjó su imagen de España en las ideas de Menéndez Pelayo, Galdós y Costa. De ser eso así —y parece verosímil que lo fuera dado el prestigio y difusión que tuvieron las obras de las tres personalida- des aludidas—, la generación de Azorín, término en aquel momento ambiguo, debió formarse una idea de Es- paña formada en: a) la ardiente y desmesurada exalta- ción que por la tradición española —literaria, religiosa, científica, política— sentía Menéndez Pelayo, en la cual el catolicismo aparecía como cl factor determinante de la nacionalidad; b) en el patriotismo liberal y populista de Galdós, cuya visión de España en el siglo xix daba parti- cular relieve al pueblo y a las clases populares, un pueblo a veces vulgar y feroz, oscilante y contradictorio en sus lealtades e ideales, pero siempre generoso y castizo, mu- chas veces heroico como en Zaragoza, Gerona y otros episodios nacionales y dotado, en cualquier caso, pese a su pobreza e ignorancia, de un innato y admirable senti- do de su dignidad; c) finalmente, en la idea costista de la necesidad perentoria de la regeneración nacional, de una revolución desde arriba, de una eutopcización profunda del país mediante el desarrollo económico y la reforma de la educación, como operación quirúrgica ante la de- cadencia precipitada por la oligarquía de políticos y caci- ques de la Restauración. No eran, además, ideas necesariamente contradicto- rías, Alguien como el propio Azorín podía estar de acuer- 188 h i Í ) ! do en que el catolicismo —él mismo habló de clérigos, teó- logos, dominicos y agustinos, jesuitas, mercedarios y ca- puchinos— había hecho España, en que las raíces na- cionales estaban en el pueblo, que Azorín sin duda identificaría con los aventureros, navegantes, soldados, hidalgos y capitanes de las vetustas ciudades castellanas de calles silenciosas y caserones blasonados, como Olme- do, Infantes o Arévalo; y en que España necesitaba, ur- gentemente, regenerar su vida política (aunque Azorín, cada vez más ausente, impasible y reservado viera, ya en 1912, toda idca de reforma con acusado escepticismo). Patriotismo popular: la nacionalización de la cultura Las clases populares tendrían una idea menos culta de Es-1 paña, pero no menos intensa. Y así, el conflicto que en el verano de 1885 se planteó con Alemania en torno a lasi Islas Carolinas —cuando un barco de guerra alemán pe- netró en la bahía de Yap, una de dichas islas, y Alemania proclamó sus derechos sobre aquel archipiélago de sobe- ranía española— hizo rebrotar el patriotismo popular, f callejero y vociferante, que ya se había manifestado rui- dosamente años antes, en 1859-1860, con motivo de las expediciones militares al norte de África, que habían te- nido su punto álgido en la entrada de las tropas españo- las en Tetuán. a En 1885 hubo manifestaciones antialemanas y belicis-: tas en diversas ciudades: en Madrid (los días 23 de agosto y 4 de septiembre), en Sevilla, Murcia, Haro, Talavera, Orihuela, Valencia, Soria, Cartagena, Salamanca, Tole- do, Barcelona —el jueves 27 de agosto—, Lugo, Zarago- za, Orense, Granada y un largo etcétera. De todas ellas, las manifestaciones de Barcelona y Madrid fueron parti- 189 Y sin embargo, y a pesar de todo, muchos españoles de valía y significación intelectual relevante —Mallada, Ga- NIVet, Unamuno, el propio Costa— se lamentarían casi por los mismos años, antes del desastre del 98, de que cn España no había verdadero patriotismo (o lo que ellos entendían por verdadero patriotismo). Reacciones como las suscitadas por el asunto de las Carolinas y cl affaire Peral eran, sencillamente, meras expresiones —vocingle- ras y populacheras, intermitentes y efímeras, aunque in- tensas— del sentimiento de españolidad que impregnaba a la opinión pública del país, cada vez más articulada como tal por la prensa que, por los mismos años y mer- ced a las innovaciones tecnológicas en los procesos de im- presión, se transformaba cn prensa popular y de masas orientada a explotar la excitación del momento (precisa- mente, los reportajes y crónicas del caso Peral y los del crimen de la calle Fuencarral de Madrid, del año 1889, marcarían el comienzo del periodismo «amarillo» en Es- paña). Tal vez, algunas manifestaciones de la cultura popular sirviesen para cimentar, reforzar y extender aquel senti- miento. Al menos, toros y zarzuela —en especial, el [la- mado género chico— y, en menor medida, el flamenco fueron instrumento principal en el proceso de nacionali- zación de la cultura que, arrancando en la primera mitad del siglo XIX, e incluso antes: ahí estaban la popularidad de los toros y de la tonadilla en el XVII, terminó por cris- talizar definitivamente en los años de la Restauración. Entre 1865-1867 y 1890-1893, dos toreros, Lajartijo y Frascuelo, acapararon la atención del público y dieron a las corridas de toros una popularidad incluso muy supe- rior a la ya considerable que habían tenido en épocas pre- cedentes. La prensa contribuyó decisivamente a esa difusión. A partir de los años setenta especialmente, proliferaron las 192 revistas taurinas. El erudito Carmena y Millán pudo ca- talogar en 1900 un total de 303. De ellas, La Lidia, que se publicó a partir de 1887, y Sol y Sombra (desde-1897) fueron particularmente notables e influyentes. La moder- nización de los transportes, sobre todo la extensión de la red ferroviaria, facilitó el desplazamiento de ganaderías y toreros. Los festejos taurinos se amltiplicaron. Lajartijo y Frascuelo podían torear cerca de un centenar de corridas anuales, cifra inalcanzable previamente. El periodismo taurino creó un lenguaje y un estilo nuevos y diferencia- dos, y sus cultivadores (López Pelegrín, Velázquez y Sán- chez, Peña y Goñi, Mariano de Cavia, Alegrías, Don Exd- to, Aficiones, Sentimientos, Don Modesto, Félix Borrell, etcétera) adquirieron un prestigio y un reconocimento excepcionales. Ellos, y la erudición bibliográfica, que también alcanzó su madurez en el último tercio del si- glo xIx con obras como Bibliografía de la Tauromaquia (1879), de Carmena y Millán, Gran diccionario tauró- maco (1896), de Sánchez de Neira, El espectáculo más nacional (1900), del conde de las Navas, y muchas otras, dieron a los toros el fundamento cultural y la respetabili- dad intelectual que antes no tuvieron (proceso que culmi- naría en el primer tercio del siglo Xx, cuando el toreo se convertiría en un arte, cuya estética y dramatismo fasci- narían a poetas, escritores, artistas e intelectuales, como Valle-Inclán, Pérez de Ayala, García Lorca y Bergamin en España, y Montherlant y Hemingway, fuera de clla). o Significativamente, las crónicas de la ya mencionadá manifestación de Madrid del 23 de agosto de 1885, moti- vada por el asunto de las Carolinas, destacaban la pre- sencia en lugar principal de dos conocidos rejoneadores, uno de ellos, «Tabardillo», montado en su caballo enga- lanado con los colores de la bandera nacional; luego, en plena guerra con los Estados Unidos, el 12 de mayo de 1898, se celebró en Madrid una gran corrida patriótica 193 en la que actuaron los mejores toreros del momento (Mazzantini, Guerra, Fuentes, Bombita, hasta un total de diez). Como decía el título del libro del conde de las Na- vas mencionado más arriba, los toros eran «el espectácu- lo más nacional». Por lo mismo, la zarzuela era en aquellos mismos años la música más nacional. No era casualidad que la prime- ra historia de la zarzuela, publicada en 1881 con el título de La ópera española y la música dramática en el si- glo xrx, fuese obra de Antonio Peña y Goñi (1846-1896), el periodista vasco —era de San Sebastián— citado como uno de los creadores de la crítica taurina (y autor de un li- bro sobre Lajartijo y Frascuelo y su tiempo y de una bio- grafía de Guerrita, y director durante algún tiempo de La Lidia): Peña y Goñi veía en la zarzuela, como en los to- ros, una expresión genuina del pueblo español. Sea como fuere, en algo llevaba razón: la recuperación y renova- ción de la zarzuela a partir de mediados del siglo xIXx se debió a la voluntad de un grupo de músicos —Hilarión Eslava, Arrieta, Barbieri, Hernando, Gaztambide y otros, asociados en 1847 en La España Musical— de crear una ópera española como reacción a la boga verdaderamente inundatoria de la ópera italiana (y en especial, de Rossi- ni). El esfuerzo les llevó a la recuperación de variedades musicales españolas de épocas anteriores —en especial, de la tonadilla escénica del siglo Xvu— y a la invención de un género genuinamente español, la zarzuela (pues la única ópera propiamente dicha y de calidad fue Marina, de Arrieta, estrenada en 1871), que, sobre textos desenfa- dados y cómicos, de ambiente y personajes siempre espa- ñoles y sobre todo, madrileños, debidos a autores de in- dudable habilidad y oficio como Ricardo de la Vega, Carlos Arniches, L. Silva, C. Fernández Shaw y otros, al- ternaba partes cantadas y habladas, sobre una música alegre y fácil de clara inspiración popular. Sobre todo, a raíz del éxito de Pan y Toros (1864) y de El barberillo de Lavapiés (1874), ambas de Barbieri, la zarzucla conquistó los escenarios españoles. Si su inmen- sa popularidad pudo verse amenazada por unos años, a partir de 1866, por la competencia del llamado «género bufo», bajo la Restauración se impuso definitivamente, a través de su versión más acortada, el «género chico», que tuvo su centro en el Teatro Apolo de Madrid, construido en 1886 y derribado en 1929, sus autores en Tomás Bre- tón, Manuc! Fernández Caballero, Ruperto Chapí y Te- derico Chueca, y sus éxitos, verdaderamente formida- bles, en obras como La verbena de la Paloma (1894), El tambor de Granaderos (1894), La Revoltosa (1897), La Gran Vía (1886), Agua, azucarillos y aguardiente (1897) y tantos otros, hasta que fue cediendo paso a la opereta vienesa y a otros géneros (aunque la zarzucla tardaría en perder vigencia, y en los años veinte y treinta del siglo xx produciría obras de gran calidad musical y extraordina- ria difusión pública como Doña Francisquita, de AÁma- deu Vives, de 1923, y Katiuska (1931), La del manojo de rosas (1934) y La tabernera del puerto(1936), las tres de Pablo Soruzábal). De Chueca escribió Mariano de Cavia en 1838, en un artículo que luego recogería en su libro Azotes y galeras, de 1891, que era al Madrid de la Res- tauración lo que Offenbach al París del Segundo Imperio y observó que los personajes de sus obras —