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Asignatura: Historia de la Psicología, Profesor: DE LA ROSA, Alberto, Carrera: Psicología, Universidad: UAM
Tipo: Resúmenes
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Entre lo consciente y lo inconsciente hay una lucha incesante. El yo consciente oculta a la vista todas las manifestaciones del sexo, rechazándolas al inconsciente, donde los deseos siguen frustrados y luchan por soslayar las prohibiciones impuestas por el yo. La vida psíquica resulta así organizada en torno a dos centros: el yo consciente, que desarrolla la “conciencia moral” como expresión de la aprobación social; y lo inconsciente o libido que alberga los deseos sexuales, de cuya existencia a veces el yo ni siquiera sospecha, en tanto otras los rechaza pero sin poder aniquilarlos.
Freud usa el término “sexo” en un sentido muy general. Incluye en él no sólo los intereses y actividades específicamente sexuales, sino toda la vida amorosa de los seres humanos, toda la vida hedonística.
La lucha entre la libido y el yo comienza en la infancia. El primer placer del niño es el de la lactancia. Desde la cuna el niño se enamora de su madre. El padre tiene derechos sobre la madre y es en este respecto rival del niño. El resultado es el complejo de Edipo. El niño también puede amar a su padre, adoptando una actitud ambivalente: ama y odia a la misma persona. En las niñas se llama complejo de Electra. Esta situación puede ser fuente de trastornos emocionales.
La vida sexual del niño difiere de la del adulto. Al principio es autoerótica: las satisfacciones se centran en el propio cuerpo del niño. Entre la infancia y la pubertad hay un período de latencia donde los deseos del sexo se expresan de formas afectivas aceptadas por la sociedad.
Un desarrollo normal pasa por estas etapas sucesivas; pero este desarrollo normal puede no producirse. Toda suerte de complicaciones surgen del hecho de que la criatura es un “perverso polimorfo”: un ser cuyo impulso sexual no está bien definido y que puede expresarse en una gran variedad de formas y fijarse en una gran variedad de objetos. Una secuencia posible de esta situación es la homosexualidad. Hay otras formas de obstaculización del desarrollo, como la fijación: cuando se produce una acomodación tan satisfactoria para el sujeto que no se intenta pasar a la próxima etapa.
En la base de la conducta, de la normal y de la anormal, están el deseo y la realización indirecta y aquellos acontecimientos que atribuimos al azar, determinados por un motivo.
Las ilusiones proporcionan la clave para una de las teorías freudianas más interesantes: la interpretación del papel de la inteligencia en la conducta humana. La razón está siempre bajo el dominio de las necesidades afectivas. Para cumplir más eficazmente su cometido, la inteligencia debe aprender a tratar con el mundo tal cual es, a enfrentar los hechos y a adoptar las formas racionales y lógicas consideradas como pensamiento genuino. Para obtener verdadera satisfacción los deseos instintivos deben operar en un mundo real.
La teoría psicoanalítica es un intento de comprender y curar la neurosis. Según los freudianos, las mismas fuerzas operan en el comportamiento normal y anormal, solo que en la conducta anormal esas fuerzas llegan a la exageración y sus efectos son más notables. Los síntomas neuróticos son expresiones indirectas de los deseos reprimidos. Un ejemplo es la ceguera histérica.
También las actividades vocacionales han sido explicadas en función de mecanismos freudianos. Una teoría sostiene que el impulso al éxito es un deseo de aparejamiento, que bajo toda lucha por el poder o la fama yace el deseo de atraerse la favorable atención del otro sexo.
El hombre de ciencia, se ha sugerido, un “voyeur”. Su búsqueda de la verdad se origina en la frustrada curiosidad sexual de la niñez que perdura y se adhiere a objetos en apariencia desvinculados con la situación que en un principio suscitó.
Volviendo su atención a las tendencias del yo, le impresionó el fuerte contenido libidinal que halló en el: el amor propio. De ahí resulto una nueva teoría de la organización de la psiquis: el ello, el yo y el superyó.
El ello (id) es la más antigua de las instancias psíquicas, pues cuando un individuo nace es la única que existe. El “ello” tiene contenido todo lo heredado, todos los instintos originados en la organización somática, que alcanzan una primera expresión psíquica. Se rige por el principio del placer exclusivamente y no se preocupa siquiera de la supervivencia de dicho individuo.
Al sector de nuestra vida que actúa de mediador entre el ello y el mundo exterior lo llamamos “yo” (ego). El “yo” está compuesto por partes conscientes e inconscientes y sobre él el mundo real ejerce un fuerte control tratando de mantener el equilibrio entre la realidad y el deseo. Este se desarrolla paulatinamente de lo que originalmente era una capa cortical dotada de órganos receptores de estímulos y de dispositivos para la protección contra las estimulaciones excesivas.
En el “yo” se forma una instancia especial que perpetua la influencia parental y a la que se le ha dado el nombre de “súper-yo” (superego). Este es un sistema de control que va interiorizando todas las normas sociales y todas las restricciones que se aplican en la búsqueda del placer.