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Resumen primer capítulo Perter Brown, Resúmenes de Historia de la Edad Media

Asignatura: Historia de la Europa medieval I, Profesor: anonimo anonimo, Carrera: Historia, Universidad: UMA

Tipo: Resúmenes

2015/2016

Subido el 25/12/2016

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PETER BROWN: “El primer milenio de la cristiandad occidental”.
El imperio y la época post imperial.
Capitulo I: Las leyes de los países
Bardaisán era un personaje erudito de la corte de los reyes de Osroene, de cultura compleja y cristiano,
escribió una obra titulada “Libro de las leyes de los países” con la que quería demostrar que todas las personas
eran en todas partes libres de seguir o no los mandamientos de Dios. En el se pasa revista a todo el continente
euroasiático desde el Atlántico septentrional hasta China. Lo que se estudia aquí es una forma concreta de
cristianismo (el occidental) y el papel que despeñó en la formación de la Europa occidental entre los años 200
y 800. Los arqueólogos han encontrado fragmentos de textos cristianos que hablan de las actividades básicas
desarrolladas por los cristianos desde el Atlántico hasta los confines de China, revelando todos los efectos de
una mentalidad común. La conjunción del celo misionero y de un fuerte sentido de superioridad cultural,
respaldado por el empleo de la fuerza, que habría de constituir una característica tan curiosa de la Europa
occidental a comienzos de la Edad Media, no sería desde luego un rasgo exclusivo de esta zona.
A comienzos del siglo III se consideraba que le mundo civilizado se hallaba circundado por escabrosas
extensiones de tierra, cuya población andaba diseminada aquí y allá. La vida sedentaria se condensaba en una
especie de grandes oasis diseminados aquí y allá, separados los unos de los otros por estepas desoladas. Los
grandes imperios de la época se disputaban el control del mayor número posible de esos oasis. La historia
política de Europa y del Asia occidental durante este período se vio dominada precisamente por esa lucha.
El adjetivo “bárbaro” en el sentido más peyorativo del término, significaba en realidad “nómada”. Los
nómadas eran los grupos humanos situados en el extremo inferior de la escala de la vida civilizada. Se daba
por supuesto que aquella escoria de la humanidad, aunque a veces pudiera resultar irritante, nunca llegaría a
constituir una amenaza permanente para los grandes imperios de las civilizaciones sedentarias, y mucho
menos aún pudiera llegar a suplantarlos. Las conquistas árabes del siglo XVII y la ulterior fundación del
Imperio islámico pillaron por sorpresa a casi todos sus contemporáneos.
La ideología del mundo sedentario hacía pensar en la existencia de un abismo que separaría a la población
establecida dentro de las fronteras del Imperio de los bárbaros que se hacinaban fuera de ellas. Esos bárbaros,
sin embargo, no tenían nada que ver con los nómadas de las estepas o el desierto. Lo que de un modo tan
burdo ha venido llamándose la “invasión de los bárbaros” fue en realidad un proceso controlado de
inmigración de agricultores despavoridos, que pretendían unirse y confundirse con otros labradores iguales
que ellos que vivían en el lado sur de la frontera. Entre el limes romano de Britania, el Rin o el Danubio y los
“barbaros” no existía ningún aviso social o ecológico insalvable. La historia del Imperio romano de Occidente
que todos conocemos vino acompañada de otra historia alternativa, consistente en la creación paulatina de un
“nuevo” mundo bárbaro. Y en el siglo V d. C., ese nuevo mundo se vería a sí mismo convertido en dueño de
las zonas fronterizas que, según la ideología romana, se suponía que marcaban el límite exterior del mundo
civilizado. Al otro lado del limes, los asentamientos seguían siendo pequeños, y las sociedades bárbaras
carecían de Estado.
En las ciudades recién fundadas del lado romano de la frontera iban congregándose aglomeraciones de
población humana desconocidas hasta entonces. Según los criterios eran simples agrociudades, cuya
población se hallaba atrapada en redes de colectividades. El poder se hallaba representado por el gobernador
provincial y personal a su mando. La realidad del Imperio se sostenía bien con carácter permanente sobre la
base del ordo, o consejo municipal legalmente constituido de las diversas ciudades, del que formaban parte
entre treinta y cien individuos pertenecientes a las familias más ricas de la comarca. Organismo formal, al
ordo se consideraba responsable de la gobernación de la ciudad y de la recaudación de impuestos del territorio
que se le asignara. El gobierno romano no era muy fuerte, según los criterios habituales de hoy día, pero,
precisamente según esos mismos criterios, llegaba curiosamente a todas partes. Aquellas ciudades no eran tan
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¡Descarga Resumen primer capítulo Perter Brown y más Resúmenes en PDF de Historia de la Edad Media solo en Docsity!

PETER BROWN: “El primer milenio de la cristiandad occidental”.

El imperio y la época post imperial.

Capitulo I: Las leyes de los países

Bardaisán era un personaje erudito de la corte de los reyes de Osroene, de cultura compleja y cristiano, escribió una obra titulada “Libro de las leyes de los países” con la que quería demostrar que todas las personas eran en todas partes libres de seguir o no los mandamientos de Dios. En el se pasa revista a todo el continente euroasiático desde el Atlántico septentrional hasta China. Lo que se estudia aquí es una forma concreta de cristianismo (el occidental) y el papel que despeñó en la formación de la Europa occidental entre los años 200 y 800. Los arqueólogos han encontrado fragmentos de textos cristianos que hablan de las actividades básicas desarrolladas por los cristianos desde el Atlántico hasta los confines de China, revelando todos los efectos de una mentalidad común. La conjunción del celo misionero y de un fuerte sentido de superioridad cultural, respaldado por el empleo de la fuerza, que habría de constituir una característica tan curiosa de la Europa occidental a comienzos de la Edad Media, no sería desde luego un rasgo exclusivo de esta zona.

A comienzos del siglo III se consideraba que le mundo civilizado se hallaba circundado por escabrosas extensiones de tierra, cuya población andaba diseminada aquí y allá. La vida sedentaria se condensaba en una especie de grandes oasis diseminados aquí y allá, separados los unos de los otros por estepas desoladas. Los grandes imperios de la época se disputaban el control del mayor número posible de esos oasis. La historia política de Europa y del Asia occidental durante este período se vio dominada precisamente por esa lucha.

El adjetivo “bárbaro” en el sentido más peyorativo del término, significaba en realidad “nómada”. Los nómadas eran los grupos humanos situados en el extremo inferior de la escala de la vida civilizada. Se daba por supuesto que aquella escoria de la humanidad, aunque a veces pudiera resultar irritante, nunca llegaría a constituir una amenaza permanente para los grandes imperios de las civilizaciones sedentarias, y mucho menos aún pudiera llegar a suplantarlos. Las conquistas árabes del siglo XVII y la ulterior fundación del Imperio islámico pillaron por sorpresa a casi todos sus contemporáneos.

La ideología del mundo sedentario hacía pensar en la existencia de un abismo que separaría a la población establecida dentro de las fronteras del Imperio de los bárbaros que se hacinaban fuera de ellas. Esos bárbaros, sin embargo, no tenían nada que ver con los nómadas de las estepas o el desierto. Lo que de un modo tan burdo ha venido llamándose la “invasión de los bárbaros” fue en realidad un proceso controlado de inmigración de agricultores despavoridos, que pretendían unirse y confundirse con otros labradores iguales que ellos que vivían en el lado sur de la frontera. Entre el limes romano de Britania, el Rin o el Danubio y los “barbaros” no existía ningún aviso social o ecológico insalvable. La historia del Imperio romano de Occidente que todos conocemos vino acompañada de otra historia alternativa, consistente en la creación paulatina de un “nuevo” mundo bárbaro. Y en el siglo V d. C., ese nuevo mundo se vería a sí mismo convertido en dueño de las zonas fronterizas que, según la ideología romana, se suponía que marcaban el límite exterior del mundo civilizado. Al otro lado del limes, los asentamientos seguían siendo pequeños, y las sociedades bárbaras carecían de Estado.

En las ciudades recién fundadas del lado romano de la frontera iban congregándose aglomeraciones de población humana desconocidas hasta entonces. Según los criterios eran simples agrociudades, cuya población se hallaba atrapada en redes de colectividades. El poder se hallaba representado por el gobernador provincial y personal a su mando. La realidad del Imperio se sostenía bien con carácter permanente sobre la base del ordo, o consejo municipal legalmente constituido de las diversas ciudades, del que formaban parte entre treinta y cien individuos pertenecientes a las familias más ricas de la comarca. Organismo formal, al ordo se consideraba responsable de la gobernación de la ciudad y de la recaudación de impuestos del territorio que se le asignara. El gobierno romano no era muy fuerte, según los criterios habituales de hoy día, pero, precisamente según esos mismos criterios, llegaba curiosamente a todas partes. Aquellas ciudades no eran tan

impersonales como las modernas. Sus habitantes se hallaban agrupados en células relativamente pequeñas, que componían toda una colmena de barrios y de asociaciones de carácter voluntario llamadas collegia que, junto con las barriadas urbanas, perfectamente organizadas, desempeñaban un papal esencial como medio de control social de una población urbana por lo demás conscientemente poco controlada por el gobierno. En las zonas rurales la vida era más sencilla, la sociedad agraria se condeso hasta crear estructuras cuyo fin era facilitar la permanente explotación de las gentes encargadas de cultivar las tierras. Además cabe decir que las cargas tributarias no eran muy excesivas, siendo determinadas en periodos fiscales de quince años (Indicciones).

La frontera del Imperio, establecida con el fin de separa el mundo romano de las míseras tierras situadas al norte, acabó convirtiéndose inconscientemente en el eje en el que venían a converger el mundo romano y el bárbaro. Las fronteras del Imperio romano, mantenidas a costa de un gasto enorme de riquezas y de asentamientos, crearon una zona de captación en la que poco a poco fue confluyendo la vida económica y cultural de las tierras situadas más allá de la línea fronteriza. Lo que ha venido llamándose habitualmente “invasión de los bárbaros” no fue el derrumbamiento de las fronteras. Más bien lo que ocurrió fue que en esa época fueron adquiriendo una importancia progresiva aquellas regiones en las que romanos y no romano llevaban ya largo tiempo tratándose de igual a igual hasta formar un “terreno intermedio” desde el punto de vista social y cultural.

A partir del año 500, el telón de fondo que acompañaría a la propagación del cristianismo por todo lo que había sido la frontera romana en la Europa occidental sería el de un “terreno intermedio” cada vez más amplio, formado por la conjunción de las regiones “romanas” y “bárbaras”, de forma tal que una forma de cristianismo católico definida de un modo muy peculiar acabó convirtiéndose en la religión común y obligatoria de todas las regiones —mediterráneas y no mediterráneas— que habían ido fusionándose hasta formar la Europa occidental posromana.

Capitulo II: Cristianismo e Imperio

El vasto conjunto aparentemente inamovible de costumbres locales siempre podía verse sometido a la voluntad del individuo —sobre todo cuanto éste, si era cristiano, abrazaba la “la ley universal del Mesías”. El siglo III fue una época caracterizada por la reorganización y los cambios radicales. La reanudación de la guerra en todas las fronteras romanas y la aparición en el Oriente Próximo del Imperio sasánida como firme rival del poderío de Roma, en nada inferior a ella desde el punto de vista militar, pusieron de manifiesto que las estructuras del Imperio romano que habían venido utilizándose hasta la fecha eran inadecuadas. A partir de 238 todas las clases sociales del mundo romano tuvieron que hacer frente a las realidades cotidianas y más desagradables del Imperio. Entre 238 y 270, la bancarrota, la fragmentación política y las constantes derrotas de los grandes ejércitos romanos pusieron de manifiesto la tremenda desidia e incuria en la que había venido basándose el antiguo sistema de gobierno.

El Imperio romano sobre el reinó Diocleciano de 284-305 era un imperio en el verdadero sentido del término. El emperador y sus servidores asumieron unas responsabilidades que, en los siglos anteriores, habían sido delegadas en grupos de interés de ámbito exclusivamente local. Reparatio y renovatio se convertirían en los eslóganes de la época y, sin embargo, lo único que había cambiado era la presencia del Imperio propiamente dicho. Las elites perdieron las ventajas de riqueza y estatus de las que a nivel local habían venido disfrutando en exclusiva. La corte imperial pasó a ser la fuente directa y omnipresente de honores de todo tipo.

Las sociedades que se ven sometidas a grandes tensiones normalmente se tranquilizan si, cuando menos, hay un aspecto de su vida habitual que no sufre ninguna transformación. Los habitantes del Imperio romano y de los territorios adyacentes se dieron cuenta de que podían seguir contemplando un panorama religioso conocido ya desde tiempo inmemorial. El Imperio de Diocleciano respondía a una sociedad eminentemente

que hiciera el propio Dios, de suerte que también su mano se extendiera hacia él para entregarle el don supremo del perdón. La limosna se daba con regularidad porque también el pecado se cometía regularmente.

Fruto de esas estructuras mentales de la comunidad cristiana, las iglesias de finales del siglo III surgieron como organismos extraordinariamente bien cohesionados y solventes. Aun cuando aquella sociedad politeísta estaba formada por infinitas células y levantada sobre los cimientos de una costumbre inveterada, era tan delicada y frágil como una colmena. La Iglesia cristiana, por el contrario, conciliaba una serie de actividades que el viejo sistema de la religio había mantenido separadas unas de otras, hasta formar una constelación compacta y maciza de compromisos. En las iglesias cristianas, la filosofía se basaba en la revelación y la moralidad había quedada absorbida dentro de la religio.

Capitulo III: Tempora Christiana

Sucesivamente a partir del 312 Constantino, su hijo Constancio II y Teodosio prohibieron la celebración de ritos paganos y realizaron actos de violencia contra ellos.

En el siglo V aproximadamente el paganismo habría desaparecido y el cristianismo triunfaría. ¿Qué es el paganismo? Es un concepto marginal que designa a la religión politeísta. Con Teodosio II vemos en el último libro del Código teodosiano como el paganismo sería una conducta que no tendría lugar en el imperio.

Si retrocedemos en tiempo: ¿Cuál fue el papel de Constantino en el ámbito religioso?

  • Paz
  • Riqueza
  • Basílicas: Estos edificios eran de gran importancia por en ella se consolida la reunión. Con estas además aparece un nuevo tipo de liderazgo urbano: Los obispos que litigaban los conflictos cristianos y no cristianos, y el clero que se expandiría por el territorio y tendría poder local. Ahora bien, ambos estarían exentos de impuestos y tendrían privilegios.

Los obispos ejercerían un buen papel, aunque habría excepciones como Atanasio (defendía la ortodoxia). Las mismas excepciones la encontramos en las ciudades, algunas eran fáciles de controlar y otras eran turbulentas. Generalmente, estas últimas eran las zonas rurales y otras ciudades que no querían someterse al cristianismo.

Paralelamente fuera del imperio, a partir del fermento religioso surge en Oriente:

  1. El maniqueísmo: En este movimiento es dualista (Bien y Mal). Lo propagan los misioneros ascéticos, cuando llegan a occidente son perseguidos lo que hace que pierdan poder.
  2. Monaquismo: Constituiría un movimiento complejo y banal en Siria y Palestina, mientras que en occidente constituiría a las inquietudes de la clase alta.

En occidente en cambio, surge un grupo de personas insatisfecha con un mundo poco cristianizado.

La agitada historia del siglo IV supone una revolución religiosa que iría de la mano de una revolución social, ya que aparecería una nueva clase alta que ejercerían influencia sobre las ciudades, se podrían considerar como una cultura neutra que se muestra indiferente ante la convivencia de cristianos y no cristianos en un terreno medio. Ejemplo de esto eran las Calendas de Enero, fiesta pagana que celebraban los cristianos.

Esta cultura dependería de una estabilidad social que no duraría mucho. La sucesión de saqueos luchas internas dio lugar a que la moral cristiana cayera bruscamente. Con esto los paganos introdujeron el término “Tempora Christiana” que representaba la ansiedad dominada por una crisis de autoridad que conduciría a las incursiones bárbaras.

Esta situación complicada dio una coartada perfecta para los cristianos, así como el surgimiento de un tipo de carrera en la que destacaría San Agustín. Este personaje escribiría las confesiones (397), una obra autobiográfica que narraría sus orígenes, formación y camino que le lleva al cristianismo. Ese autor serviría a Dios, se dedicaría a una vida de continencia y será obispo de Hipona. Además defendería que la vida de la Iglesia católica estaría formada por pequeñas batallas.

En el contexto de este personaje surgiría Pelagio, un oriundo de Britania que pensaba que el hombre era el centro de la actividad. A esto se le oponía San Agustín que pensaba que Dios era el centro de la atención. Ante esto los cristianos de la Iglesia latina del siglo V ponían de manifiesto que lo que necesitaban eran héroes obra de Dios, no individuos capaces de superarse a sí mismos. Estos héroes eran los mártires, cuyo amor a Dios los había elevado por encima de todo, incluso por encima del amor a la propia vida. También los obispos por las conversiones que realizaba. Para esto estaba la gracia, que concedía una libertad que permitía vencer a este mundo.

Lo que hacía importante a San Agustín:

  • Coherencia
  • Igualitario. Intenta acabar con la división de clases en la Iglesia.

San Agustín reconocía que la Iglesia se había convertido en una institución claramente diferenciada. Los cristianos eran iguales ya que dependían de la gracia de Dios. Para el la teoría del libre albedrio (elige tu destino) era un consuelo para humildes y una advertencia para humildes.

En realidad la iglesia era una comunidad unida por los pecados. Era lo verdaderamente glorioso, sin el bautismo era imposible conceder el perdón del pecado original. La iglesia tenía que ser universal porque era la única que podía abrigar esperanza y hacer recobrar la salud a una humanidad herida.

San Agustín: para el tiene importancia la Ciudad de Dios (413) ya que responde a las criticas del paganismo y la desilusión de algunos cristianos. Jerusalén era esta ciudad que equivalía al cielo. Su puerta de acceso en la tierra era la Iglesia católica.

Esta idea adquiere importancia a medida que las iglesias de Occidente se asienta.

Capitulo IV: “Virtudes de los santos…estragos de las naciones

El siglo V viene marcado por la preocupación de la población por el desgaste del imperio romano. Ejemplo de esto tenemos la carta que le manda Hesiquio a San Agustín preguntándole si el fin del mundo esta cerca.

Muchos cristianos no concebían un mundo sin Roma, para otros (Galia, Hispania…), en cambio, esto cada vez ganaba más realidad. El aparato militar y fiscal de Roma ya no protegía las fronteras haciendo que Occidente se convirtiera en un mosaico de regiones.

Las elites si querían seguir manteniendo el poder que poseían durante la época anterior debían aceptar un mundo sin Roma. A partir de esto, surge un mundo donde la aristocracia provincial conservaba su poder local en colaboración con los no romanos.

Por tanto, el fin de la paz romana, la perdida de horizontes y la presencia de bárbaros integrados resultaba una alarma. Era más fácil reconocer que existían bárbaros potentes semiromanizados. Los bárbaros y los romanos entraron en contacto fruto del nuevo Imperio de Constantino y sus sucesores, así como de las aristocracias locales.

Los ejércitos estaban formados por reclutas de zonas fronterizas, entre los que no se distinguía entre romanos y bárbaros. Como estos eran hombres de guerra, eran iguales y tenían los mismos privilegios.