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Asignatura: Arqueología de la Edad del Hierro, Profesor: Mariano Torres, Carrera: Arqueología, Universidad: UCM
Tipo: Apuntes
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El documento más antiguo en el que hay referencias a Tartessos es el poema Ora Maritima , de Rufo Festo Avieno, compuesto alrededor del año 400 a.C. En esta obra se hace referencia a la ciudad de Tartessos, ubicada en una isla entre dos brazos que formaba la desembocadura del Guadalquivir. El poema afirma en la obra hic terminus quondam stetit Tartessiorum al referirse a la ciudad de Herna y a un río que se encuentra en sus inmediaciones y que se identifica con el Vinalopó o el Segura. Esta cita ha servido para que algunos investigadores defiendan la extensión de la cultura tartésica desde la desembocadura del Guadiana (donde sitúa Avieno el punto extremo de Tartessos) hasta este punto de la costa levantina mediterránea. Este es uno de los puntales sobre los que se asienta la hipótesis de un gran imperio tartésico. Sin embargo, hay fuentes griegas (Hecateo, Herodoro y Avieno) que proponen un marco mucho más reducido. Hecateo, a fines del siglo VI a.C. habla de una no presencia tartésica en la Andalucía Oriental al otro lado de la costa del Estrecho. Además, habla de Tartessos como un territorio, ya que menciona Elibirge , ciudad de Tartessos e Ibiia , ciudad de Tartesia, ambas en el valle del Guadalquivir. Herodoro, en el siglo V a.C., sitúa a los tartesios entre otros pueblos de iberia como los Cinetes, los Gletes, los Elbisinios, los Mastienos y los Celcianos, todos habitando en las costas del Estrecho, en el valle del Guadalquivir. Avieno recoge los nombres de varios pueblos en relación con los tartesios, al este del río Hibero, y en el mimo área que los Cilbicenos, los Etmaneos y los Ileates. De la similitud de los topónimos se deduce que todos ellos reflejan el conocimiento geográfico que a finales del siglo VI se tenia del sur peninsular, estableciendo que Tartessos era una de las comarcas que lo constituían, la más importante, y que su centro debe colocarse en el Guadalquivir, lo que también sugiere la evidencia arqueológica. Los restos arqueológicos que mejor definen el área tartésica son las cerámicas con decoración bruñida tanto interna como externa y las estelas decoradas del Sudoeste. Algunos investigadores definen el área tartésica a partir de la distribución de las cerámicas con decoración de retícula bruñida internada y de las pintadas de estilo Carambolo y las pintadas con decoración orientalizante tipo Lora del río, lo que dejaría el sur de Portugal como un área periférica al centro del mundo tartésico. En el Bronce final precolonial, el área nuclear tartésica se centraba en las cuencas de los ríos Tinto y Odiel, el valle del Guadalquivir hasta el Genil y el sur de la actual Extremadura, aunque existen proyecciones que alanzan el alto Guadalquivir, las depresiones intrabéticas granadinas, la costa levantina peninsular, e incluso, el sur de la actual provincia de Ciudad Real. Las cerámicas con decoración bruñida externa y algunas estelas del sudoeste incluirían el sur de Portugal dentro del área tartésica, pero de forma periférica. En época orientalizante, las cerámicas de retícula bruñida y las sucesoras de las de estilo Carambolo alcanzan la alta Andalucía, lo que puede hablarnos de la colonización del valle alto y medio del Guadalquivir por parte de las poblaciones cercanas a su desembocadura o de una mayor cantidad e intensidad de relaciones en el valle a partir del sigo VIII a.C.
Por tanto, de forma arqueológica se puede definir Tartessos como centrado en el bajo Guadalquivir, entendiendo como tal la antigua desembocadura del río, la Tierra Llana de Huelva y las campiñas gaditanas, con un área de colonización ya en el Bronce Final en el sur de Extremadura, en las ricas tierras agrícolas del valle del Guadiana y en la penillanura meridional extremeña. Como áreas periféricas podríamos definir el alto Guadalquivir, el valle del Genil y las depresiones intrabéticas de Ronda y Granada. Además de estas comarcas, también el centro y sur de Portugal, desde la península de Lisboa hasta el Algarve, se incluirían en la periferia de Tartessos. El área ocupada por la cultura tartésica fue uno de los grandes condicionantes del comportamiento de estos grupos. La caracterización geográfica de la cultura tartésica tiene varias zonas especialmente significativas:
Hay dos posturas acerca de desde cuándo se puede hablar de Tartessos de manera propiamente dicha. Algunos investigadores creen que sólo puede hablarse de Tartessos a partir del contacto de las poblaciones autóctonas del Sudoeste peninsular con los colones fenicios y, posteriormente, con los griegos de Focea. Una visión puntualizada es la que afirma que no puede hablarse de Tartessos desde el primer momento de contacto con los fenicios, sino sólo cuando, tras un lapso temporal, la interacción entre ambas poblaciones ha culminado en el proceso de aculturación que cristaliza en el Periodo Orientalizante Tartésico. Otros investigadores (como Almagro-Gorbea) retrotraen la cultura tartésica al Bronce Final precolonial, concretamente al horizonte de las cerámicas de retícula bruñida y las pintadas de estilo Carambolo. La ventaja de esta visión es que permite ver con mayor claridad el proceso por el que las poblaciones indígenas del Sudoeste peninsular pasan de ser sociedades tribales organizadas por el principio del parentesco a otras de tipo urbano con estratificación social que emulan, aunque con sus rasgos distintivos, a sus coetáneas en el Mediterráneo Oriental y Occidental.
o La forma B es también abierta. Se denomina “copa” o “taza” y caracteriza por ser de menor tamaño que las cazuelas, poseyendo también paredes muy finas. Igualmente tendió a perder la carena bajo el borde. o La tercera forma abierta es la C, que se corresponde con los “cuencos”. Se caracteriza por su perfil de casquete esférico, presentando el borde diversas variantes. Se va haciendo más abundante a medida que se avanza hacia la etapa Orientalizante. o En el tipo D se incluyen los denominados soportes, tipo cerámico caracterizado por su forma de dos elementos troncocónicos unidos por su extremo, estando esta unión resaltada al exterior con frecuencia por un baquetón, al menos en los ejemplares de cronología más antigua. o La forma E la componen los grandes vasos cerrados de almacenamiento en sus distintas variedades. Entre ellos destaca un gran vaso de cuerpo ovoide y cuello acampanado conocido como caso chardón. Con respecto a su cronología, las producciones de esta cerámica más antiguas se documentan en contextos anteriores a las primeras importaciones fenicias de Andalucía occidental. Esto supone que esta cerámica se fabrica en el siglo IX a.C. El final del uso de esta cerámicas hay que fijarlo a fines del siglo VII a.C. o, como mucho, a inicios del VI. El núcleo donde esta cerámica se documenta por primera vez es la Tierra Llana de Huelva y el bajo Guadalquivir. El análisis de dispersión e estas cerámicas muestra cómo se concentran en el Bajo Guadalquivir, aunque alcanzan por el norte la actual provincia de Cáceres y por el este llegan incluso hasta Alicante, mostrando la amplitud de contactos existente ya en el Bronce Final.
de Sevilla, o Huelva. Los análisis atestiguan que no son producciones del área onubense, sino importaciones. Estas cerámicas aparecen principalmente en contextos domésticos. Sin embargo, se propone que su decoración deriva de ricos tejidos de procedencia oriental, que enfatizan también su papel como producto de lujo y cuya dispersión por la mitad sur relacionan con movimientos trashumantes del ganado. Su cuidada factura implica que tuvieron un uso que trascendía el puramente doméstico y que habría que vincular con ceremonias religiosas o sociales de cierta importancia para el grupo familiar o la comunidad. Además se asocia con el consumo de bebidas alcohólicas.
La alfarería de época Orientalizante se caracteriza por la generalización de la cerámica a torno, primero importaciones del ámbito colonial y, posteriormente, la adopción de dicha tecnología y producción de clases cerámicas puramente tartésicas. Esto no significa la desaparición de las cerámicas de mano, que van a seguir en esta fase para rarificarse enormemente a partir del siglo VI a.C.
La adopción del torno de alfarero es el hecho más destacado de la producción alfarera del Periodo Orientalizante. Desde el Calcolítico ya se han documentado importaciones de cerámica hecha a torno. Sin embargo, esta tipología no se generaliza hasta los inicios de la colonización fenicia.
Las formas y motivos decorativos de esta cerámica van a servir de punto de arranque de la serie alfarera, que caracterizará al mundo ibérico y en la que encontramos , además de la ya mencionada decoración de bandas, otros motivos, como los frisos de círculos concéntricos, las líneas de agua, etc. que empezarán a documentarse ya en la etapa final del Periodo Orientalizante. Los principales formas de este tipo de cerámica son: El vaso a chardón. Es un vaso cerrado con un cuerpo globular y cuello alto troncocónico o cilíndrico exvasado en las cercanías de la boca. Su uso se documenta desde el siglo VIII a.C. Urna tipo Cruz del Negro. Se trata de un recipiente cerrado de cuerpo globular u ovoide, con cuello cilíndrico o troncocónico, que presenta un baquetón del que nacen dos asas geminadas que apoyan sobre el hombro de la pieza. Su uso empieza a documentarse como recipiente funerario a fines del siglo VIII a.C. en algunas necrópolis. En el siglo VII a.C. estas urnas se caracterizan por ser de menor altura que en la centuria siguiente, poseer cuerpo globular y cuello cilíndrico de tendencia vertical. En el siglo VI a.C., el tipo evoluciona hacia formas con cuerpos más alargados de tendencia ovoide y cuello exvasado. Pithos. Los primeros ejemplares de este tipo parecen estar ya en uso a finales del siglo VIII a.C. En el siglo VII, esta forma se caracteriza por tener una carena que separa el hombro del cuello del recipiente, que es bastante corto y de tendencia vertical, además de poseer un borde bastante pronunciado. En el siglo VI se produce un alargamiento y estrechamiento progresivo del cuerpo, un cuello más exvasado y bordes de tendencia menos apuntada. Empiezan a documentarse en los poblados orientalizantes de Andalucía coincidiendo con la parición de las colonias fenicias en el litoral meridional de la Península Ibérica durante el siglo VIII a.C., aunque es bastante probable que estas producciones siguieran el camino abierto por las ánforas y otros contenedores de finalidad comercial, llegando poco después de los mismos. Estas producciones van a continuar hasta la segunda mitad del siglo VI a.C. Han aparecido en la totalidad de los asentamientos orientalizantes del sur peninsular, de Portugal y del área levantina, vinculándose tanto a las actividades comerciales fenicias como tartésicas. Han aparecido tanto en ambientes puramente domésticos como funerarios. Por tanto, nos encontramos ante unas producciones que adquieren diversas funciones y significados en función de su contexto de amortización.
Ramón 10.1.2.1. Es el resultado de la evolución y diversificación del tipo anterior. Se caracteriza por la aparición de los labios engrosados en los bordes, aunque todavía con una marcada tendencia rectilínea, evolucionando la forma de las espaldas desde los perfiles rectos del tipo anterior a otros de tendencia convexa, además de desplazare el diámetro máximo de la pieza a su miad o tercio inferior. Este tipo se produjo entre el 650 y el 550 a.C., diversificándose sus centros de producción. Los contextos de este tipo de ánfora en los siglos VII-VI a.C. son muy numerosos. Otros tipos de ánforas fenicias del siglo VI a.C., aunque poco documentadas en contextos tartésicos, son los Ramón 1.2.1.1. y Ramón 10.2.2.1., en los que se aprecia ya una evolución Durante el siglo VI a.C. se documenta en algunos yacimientos indígenas la presencia de gran cantidad de ánforas griegas. Se ha documentado un circuito comercial que incluía todo el Sudoeste peninsular en el que circulaban este tipo de producciones, cuyos centros de fabricación parecen ser tanto las colonias fenicias como los centros indígenas.
Son piezas fabricadas con pastas muy depuradas con desgrasantes finos que son sometidas a cocción reductora. Posteriormente, la decoración es grabada con un punzón o buril siguiendo patrones geométricos que recuerdan a las cerámicas pintadas. Es pequeña la variedad de formas que muestran ese tipo de decoración, ya que la misma siempre se documenta bajo el labio de copas de carena alta. Estas cerámicas quedan perfectamente encuadradas cronológicamente entre los comienzos de la colonización fenicia a finales del siglo IX a.C. y finales de la centuria siguiente. Prácticamente todas las piezas encontradas están en las campiñas que se extienden entre el sur de la ciudad Sevilla y el sur de Cádiz. Hay que destacar que se han encontrado cerámicas de esta decoración datadas entre VIII y VII a.C. en Cartago.
2. Toréutica. Uno de los aspectos más destacados por el que Tartessos fue conocido en su antigüedad era su riqueza en metales. Además de la abundancia en oro y plata, en el Cinturón Pirítico Ibérico se localizan también las mayores reservas de cobre del mundo. A efectos de exposición, los materiales se dividen en dos periodos: el Bronce Final precolonial y el Periodo Orientalizante y, dentro de ellos, por categorías funcionales: elementos de banquete, objetos de cuidado y adorno personal y estatuaria. Todos estos objetos aparecen por primera vez con la cultura tartésica ya que, hasta ese momento, no se conocían elementos de banquete ni de vestimenta fabricados en metal. El uso de fíbulas y broches implica la adopción de modas orientales por todo el Mediterráneo. En el Periodo Orientalizante observamos la llegada de objetos de claro carácter oriental, con paralelos en Chipre y en el corredor siro-palestino.
Su significado puede ser el mismo que el de los broches: la utilización para sujetar vestiduras de lujo por parte de la élite.
Se extienden por el sudoeste peninsular, formando un triángulo con vértices en la región lisboeta, el golfo de Cádiz y el alto Guadalquivir.
procedentes de toda la fachada occidental de la península. Los segundos se han encontrado sólo en la Alta Andalucía.
Es muy pequeño el registro arqueológico de este tipo en el valle del Guadalquivir; hay más en las áreas periféricas.
loto, halcones, etc. El cierre de las piezas se hace mediante un alambre articulado, completándose la suspensión de la pieza mediante una cadena de oro que pasaría por encima de la oreja e impediría que el peso de la joya rasgara el lóbulo de la misma. Arracadas triangulares. En estas piezas la crestería se ha simplificado mucho, convirtiéndose ahora en simples cilindros. En la parte inferior del aro que forma el cuerpo de la arracada se ha soldado una pieza triangular de oro. Arracadas de racimo. Se caracterizan por la sustitución de la cestería por un colgante de forma rectangular fabricado mediante gránulos, mostrando la pieza central de la arracada una decoración de filigrana y granulado muy profusa. Brazaletes. Se han encontrado dos piezas gemelas de 66mm de diámetro y 20 de anchura máxima con decoración calada de espirales que se enlazan unas con otras, montadas sobre dos varillas circulares que son las que dan solidez a la pieza. Los extremos de ambos brazaletes están rematados por palmetas repujadas sobre chapa de oro en cuyos espacios vacíos se añade decoración de granulado. Placas rectangulares o trapezoidales. Son placas de oro de forma rectangular o trapezoidal, algunas de las cuales llevan soldadas en su parte superior un cilindro hueco que serviría para articularlas con otras piezas con características similares. Sus superficies se encuentran decoradas con diversos motivos realizados mediante el repujado, la filigrana y el granulado. Cinturones laminares. El cinturón se organiza en tres bandas. La central está formada por una única cinta continua que muestra como decoración cuatro líneas incisas. Las bandas inferior y superior estaban formadas por múltiples placas repujadas en las que se representan grifos, un hombre luchando con un león rampante y palmeras invertidas. Por su parte, las hebillas están formadas por elementos superpuestos soldados por sus bordes y contenidos en un marco común. El motivo decorativo de los registros superior e inferior vuelve a ser el del hombre luchando con el león, estando ambos frisos enmarcados por palmetas. La decoración de las hebillas está hecha mediante repujado, rellenándose el resto del espacio mediante granulado.
En el Bronce Final ya comienzan a documentarse piezas de marfil en la Península Ibérica, aunque con menos importancia que en el Periodo Orientalizante.
Ya estaban presentes en el Bronce Final, antes de la llegada de las formas orientales, en el sur de la Península. Se ha avalado una cronología de entre los siglos X y IX a.C. Su uso se ha asociado a los guerreros élites a partir de representaciones identificadas en estelas extremeñas. Por tanto, su fundón debe estar en relación con el culto a la imagen de estos guerreros a la hora de presentarse en sociedad.
La eboraria está mucho más desarrollada en el periodo Orientalizante. Además, cuenta con una variedad mayor de formas, ya que además de peines hay muebles, objetos de tocador, etc. Estas son las más abundantes:
La caballería, que está bien documentada en Oriente, está poco presente en el mundo tartésico. Sin embargo, en Cancho Roano se ha confirmado la existencia de caballeros al encontrarse un bocado de caballo. Existían los carros. En el carro deberían viajar el auriga y una o dos personas más, una de las cuales iría armada con un arco. Había fortificaciones, que normalmente se utilizaban para defender cerros amesetados de cierta superficie por sus flancos más vulnerables, no existiendo ningún tipo de obra defensiva en sus sectores más escarpados. Estas murallas están formadas por dos lienzos paralelos de muro de mampostería unidos entre sí cada cierto tiempo por tirantes transversales, rellenándose toda la obra de piedras y tierra. El conjunto era por una superestructura de adobe de considerable altura. Para asaltar estas fortificaciones era necesaria la existencia de máquinas de asalto, como el ariete. Sin embargo, que existieran es sólo una suposición, ya que no se han encontrado evidencias arqueológicas que lo confirmen. Los ejércitos estarían formados principalmente por una mezcla de milicias gentilicias con urbanas, formadas por individuos sin lazos clientelares. Después estarían los ya citados caballeros, lanceros y arqueros.
ECONOMÍA Como en toda sociedad preindustrial, la base económica la constituían principalmente las actividades agropecuarias, que proporcionaban los medios necesarios para la subsistencia. El cultivo de cereales era la principal fuente calórica, y se complementaba con el aporte proteínico de la ganadería, sobre todo de bóvidos. Dentro del marco agropecuario, es muy importante la introducción de nuevos cultivos y especies animales introducidos por los fenicios, como el almendro, el asno, la gallina, etc. En un segundo bloque estarían las actividades minero-metalúrgicas y comerciales. La riqueza del sudoeste peninsular en oro, plata, cobre y estaño constituyó la base de los intercambios con la fachada atlántica peninsular y el Mediterráneo central durante el Bronce Final y la época orientalizante, con comerciantes fenicios y griegos. La extracción de metales y su intercambio durante el Bronce Final era esporádica. Sin embargo, durante el periodo orientalizante éstas adquieren un carácter plenamente industrial que se inserta en un marco de relaciones coloniales con sus dinámicas de centro y periferia. En la artesanía se adoptan novedades tecnológicas de griegos y fenicios, como el torno de alfarero, el granulado y la filigrana. En conjunto, se puede apreciar en época tartésica la consolidación de una economía agropecuaria que permite la plena estabilización de las poblaciones en el territorio y el crecimiento demográfico, el desarrollo a gran escala de las actividades metalúrgicas y artesanales y la plena inserción del sur peninsular dentro de los círculos comerciales del Mediterráneo a través de los contactos con fenicios y griegos. Gracias a esto, aparece una sociedad plenamente urbanizada en el sudoeste de la Península Ibérica durante la primera mitad del primer milenio antes de Cristo. Agricultura. Hasta el periodo Orientalizante, la agricultura a base de productos autóctonos era la principal fuente de alimentos. Sin embargo, a partir de este momento se observa el impacto de nuevos cultivos llegados como consecuencia de la colonización fenicia, como las formas domesticadas de la vid y el olivo. Aunque existen evidencias de cultivo de vid en Huelva desde el Calcolítico, no parece que sea hasta la colonización fenicia cuando empezaron a cultivarse para la extracción de vino y aceite. Hay un paso desde una producción destinada básicamente a la subsistencia a otra en que el prestigio y el factor comercial empiezan a tener relevancia. Esto llega a su máximo desarrollo en época turdetana. Cultivos. La base agrícola principal se basaba en el cultivo de cereales como el trigo y la cebada, predominando uno u otro dependiendo de las características medioambientales del entorno. En el Bronce Final hay una gran novedad: la introducción del cultivo del haba. Este alimento tiene un gran valor energético y además nitrogena la tierra, lo que permite una regeneración más rápida de la misma y la disminución de los periodos de barbecho y, por tanto, una explotación continuada de los mismos terrenos, lo que favorece a la fijación de la población en el territorio, con todo lo que ello implica. La implantación fenicia en el sur peninsular supone la generalización de cultivos como la vid y el olivo, atribuyéndoseles también la introducción de nuevos cultivos arbóreos, como el almendro.