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Tema 17 extraído del libro Breve Historia de Occidente, resumido para la asignatura Historia Universal con Guijarro
Tipo: Apuntes
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Historia Universal
La Baja Edad Media fue de hambruna. Desde aproximadamente el 1300 hasta mediados o finales del siglo XV, las calamidades golpearon Europa occidental con persistencia implacable. La hambruna prevaleció, primero, porque el agotamiento del suelo, el clima más frío y las lluvias torrenciales dificultaron la agricultura. Además, la ‘’Peste Negra’’, que causó una enorme mortandad en toda la zona y como si no fuera bastante, la guerra incesante produjo privaciones y desolación.
Sin embargo, la civilización no se derrumbó ya que estamos ante un período de creación e innovación que extendió los rasgos más duraderos de la vida altomedieval.
A partir de 1300 las cosechas y las zonas de cultivo comenzaron a descender, lo que causó un deterioro económico en toda Europa que se vio acelerado por los efectos degradantes de la guerra. En consecuencia, la primera mitad del siglo XIV fue una época de creciente depresión económica tanto en la ciudad como en el campo.
Cuando la Peste Negra atacó Europa entre 1347 y 1350, provocó una crisis económica y demográfica. Pero entre 1350 y 1450, los europeos aprendieron a sacar provecho de las nuevas circunstancias: los salarios ascendieron, mientras que los precios del grano descendían. Aunque este hecho perjudicaba a los productores, beneficiaba a los agricultores menores y los asalariados. La prosperidad resultante se reflejó en una mejora de las dietas y viviendas entre los jornaleros y campesinos, así como en la recuperación gradual de la población en general.
En 1450 Europa presentaba mayor riqueza que en 1300, además de estar distribuida más equitativamente.
En 1346 la peste había alcanzado los puertos del litoral del Mar Negro y desde allí, flotas genovesas la llevaron sin percatarse hasta Sicilia y al Norte de Italia y de aquí, a toda Europa. Los efectos demográficos de la peste fueron devastadores. Al principio, causó una gran privación a la mayoría de los supervivientes: como cundía el pánico y se deseaba evitar el contagio, muchos abandonaron sus puestos de trabajo para aislarse. Algunos huían al campo, mientras que los campesinos huían unos de los otros. Esto conllevó que las cosechas se dejaran de recoger, la manufactura se interrumpió y subieron los precios, razón por la que la Peste intensificó la crisis. Sin embargo, en 1400 las nuevas realidades demográficas empezaron a alterar los patrones básicos de la economía. Los precios de los alimentos esenciales comenzaron a descender debido a la normalización gradual de la producción y a que había menos bocas que alimentar. La gente, como consecuencia, podía permitirse gastar un porcentaje mayor de sus ingresos en lácteos, carne y vino, lo que dio como resultado el surgimiento de economías regionales especializadas. Por otra parte, el intercambio recíproco de artículos básicos entre regiones creó un equilibrio comercial.
La mecha que prendió la gran revuelta de 1381 fue el intento de recaudar un nuevo tipo de impuesto nacional para pagar la guerra fracasada contra Francia. Tradicionalmente, los impuestos ingleses se habían determinado en proporción a su riqueza, pero en 1377 y 1379 el gobierno estableció un impuesto de capitación mucho menos escalonado.
Cuando intentaron cobrar un tercero, los campesinos, artesanos y habitantes de las poblaciones del este de Inglaterra se levantaron para oponerse. Primero quemaron los registros, luego marcharon hacia Londres, donde ejecutaron al lord canciller y tesorero de Inglaterra y, Ricardo II, reconociendo la gravedad de la situación, salió a recibir a los campesinos y se ganó su confianza prometiendo abolir la servidumbre y mantener bajos los arrendamientos; entretanto, el dirigente Wat Tyler de los campesinos fue asesinado.
Al carecer de mando, los campesinos se dispersaron de inmediato. Pero una vez que el joven rey comprobó que su vida no corría peligro, no mantuvo ninguna de sus promesas y dio caza a las dispersas fuerzas campesinas. Como resultado, la revuelta no alcanzó sus objetivos, si bien atemorizó profundamente a la nobleza inglesa. No se volvió a intentar la recaudación de impuestos de capitación y llegaron a su fin los controles de salarios obligatorios sobre la mano de obra rural.
17.2.3. Las rebeliones urbanas.
Las revueltas urbanas de la Baja Edad Media se consideran a veces alzamientos de trabajadores explotados que sufrían el cambio de circunstancias económicas del período. Surgieron de una compleja combinación de agravios políticos, económicos y sociales que diferían de una ciudad a otra.
Por ejemplo, en Florencia, la revuelta de los Ciompi de 1378 adoptó aspectos de rebelión proletaria, los problemas eran tanto políticos como económicos. Los ciompi eran cardadores de lana, trabajadores mal pagados acosados por un alto desempleo y estafados por sus patronos. Sin embargo, después de tres años de guerra con el papado, la clase gobernante de Florencia se dividió.
Cuando una de las facciones quiso afianzar su posición apelando a las clases bajas, los Ciompi aprovecharon para plantear su propio programa de reformas:
En la mayoría de los casos, los rebeldes procedían de una amplia variedad de grupos sociales y ocupacionales, y sus agravios tenían un origen tanto político como económico. Algunas eran poco más que disputas entre facciones políticas, mientras que otras suponían desafíos directos. Sin embargo, ninguna logró alterar la naturaleza oligárquica fundamental de la vida urbana bajomedieval. La respuesta fue estrechar más su dominio del poder dentro de las poblaciones.
17.2.4. Incertidumbres de la aristocracia.
Aunque las clases altas lograron superar los levantamientos populares, se daban buena cuenta de la amenaza que planteaban a su posición. Los aristócratas se encontraban en una situación precaria porque la mayoría de sus ingresos venían de la tierra. En el momento en que los precios del grano y los arrendamientos descendían y los salarios aumentaban, los terratenientes se veían en dificultades económicas. Los aristócratas también se sentían amenazados por el rápido ascenso de los mercaderes y financieros que podían obtener éxitos repentinos y lograban evitar el desastre económico mediante la cuidadosa gestión de sus propiedades y los matrimonios provechosos.
Pero se sentían aún más expuestos a las incertidumbres sociales y económicas que antes. El resultado era que intentaban establecer barreras sociales y culturales con las que separarse de las otras clases. Los ejemplos más llamativos de esta separación fueron el énfasis en el lujo y la formación de órdenes de caballería exclusivos.
En un banquete celebrado en Flandes en 1468, la decoración de una mesa tenía una altura de 14 metros y, al igual que la vestimenta, era todo muy ostentoso. Llegaron a imponer leyes suntuarias especiales que definían el tipo de vestimenta que cada rango de la sociedad podía llevar. Esta insistencia en mantener una jerarquía social bien definida también explica la proliferación de órdenes de caballería, como las de los caballeros de la Jarretera o del Toisón de Oro.
17.2.5. Extremos emocionales.
Sabemos con certeza que la Iglesia alentaba el llanto debido a la conservación de estatuillas de san Juan llorando, que sin duda estaban diseñadas para provocar las lágrimas a quienes las contemplaban. Los predicadores también alentaban a la gente a que se afligiera al reflexionar sobre la pasión de Cristo y la propia muerte.
Las esculturas y pinturas recordaban la brevedad de la vida y los tormentos del infierno. En conclusión, la cultura bajomedieval parece hallarse con frecuencia al borde de la depresión maníaca, pero tales relaciones extremas eran al parecer necesarias para ayudar a afrontar los temores.
El entusiasmo religioso de la Alta Edad Media se hizo incluso más intenso a partir de 1300, pero cobró nuevas formas de expresión debido a las dificultades institucionales de la Iglesia y la confusión de la época.
17.3.1. El papado bajomedieval.
Tras la humillación y muerte del papa Bonifacio VIII, el papado entró en un largo período de crisis institucional.
Se eligió al papa Martín V, decisión que restableció la unidad eclesiástica de Europa, pero no puso fin a la lucha sobre cómo debía gobernarse la Iglesia. Para poner término al Cisma, el Concilio había declarado que la autoridad suprema dentro de la Iglesia no descansaba en el papa, sino en él y todos los ‘’concilios generales’’ futuros. También se ordenó que se reunieran con regularidad dichos concilios generales para supervisar el gobierno y la reforma de la Iglesia.
Estos decretos conciliares constituyeron un desafío revolucionario a las tradiciones de la monarquía papal. No resulta sorprendente que Martín V y sus sucesores hicieran lo posible por socavarlos. En el Concilio de 1423, el papa Martín hizo volver de inmediato a sus representantes. Posteriormente, en 1431 se tomaron medidas para que el papa no pudiera disolverlo. Pronto se desató una prolongada lucha por el poder en la que los papas y los conciliaristas competían por lograr el apoyo de los príncipes europeos. El Concilio de Basilea se disolvió por fin en 1449 con un fracaso humillante, frustrando las esperanzas de los reformistas eclesiásticos y poniendo la conclusión a este experimento radical de gobierno conciliar.
Para lograr el apoyo de reyes y príncipes contra los conciliaristas, los papas negociaron una serie de tratados, los concordatos, que concedían a esos gobernantes autoridad extensa sobre las iglesias dentro de sus territorios. De este modo, los papas aseguraron la supremacía teórica sobre la Iglesia al precio de ceder el poder real para gobernarla.
Para construir los Estados Pontificios tuvieron que gobernar como los demás príncipes italianos: dirigiendo ejércitos, intrigando para obtener alianzas y socavando a sus rivales por todos los medios posibles.
17.3.2. Devoción y herejía populares.
El clero de toda Europa perdió prestigio debido a que las mayores exigencias financieras del pontífice le obligaron a reclamar más de los laicos, lo que suscitó un resentimiento sobretodo en tiempos de crisis económica. Además, durante los brotes de peste, lo clérigos abandonaron sus puestos, y al hacerlo, perdieron toda reivindicación de superioridad moral.
Es probable que la razón primordial para que creciera el descontento hacia el clero fuera el aumento de la alfabetización entre los laicos. Así podían leer la Biblia, lo que puso de manifiesto que sus sacerdotes no vivían de acuerdo con las normas establecidas por Jesús y los Apóstoles. Mientras tanto, las revueltas y horrores de la época impulsaron a que, más que nunca, se buscara consuelo religioso. Los seglares consideraron insuficientes los canales convencionales de asistencia a la iglesia y escudriñaron rutas complementarias o alternativas a la devoción que diferían con creces entre sí, pero todas pretendían satisfacer un anhelo inmenso de lo divino.
La ruta más transtitafa era efectuar actos repetidos de devoción externa. Se acudía más que nunca a las peregrinaciones y se participaba con regularidad en procesiones religiosas con los pies descalzos.
Hombres y mujeres pagaban con ligereza miles de misas que decían por sus almas y las de sus parientes sacerdotes dedicados a esta labor a tiempo completo, además de dejar legados para la celebración de numerosas misas de réquiem por la salvación de sus almas tras la muerte.
La forma más dramática de ritual religioso fue la flagelación. Algunas mujeres se golpeaban con bastos cueros de animales, cadenas y correas con nudos. Otros, como los grupos de seglares, recorrían Europa cantando y pegándose mutuamente con látigos rematados con puntas de metal con la esperanza de aplacar la ira divina.
Fue una vía alterna donde, a lo largo de todo el continente europeo, pero sobre todo en Alemania e Inglaterra, los místicos masculinos y femeninos, clérigos y laicos, buscaban la unión con Dios mediante la ‘’distancia’’, contemplación o los ejercicios espirituales.
El teórico más destacado fue Meister Eckhart, el cual enseñaba que había una fuerza profunda dentro de todas las almas humanas donde moraba Dios.
Eckhart decía que los ritos externos eran poco importantes para llegar a Dios y daba la impresión de que se podía alcanzar la divinidad por volición propia. Por ello, las autoridades religiosas le acusaron de incitar a la gente a excesos desenfrenados y peligrosos.
Estos herejes llamados del Libre Espíritu fueron pocos, mucho más numerosos fueron los místicos ortodoxos posteriores, unas veces influidos por Eckhart y otras no, que otorgaron mayor énfasis a la iniciativa divina en la unión del alma con Dios y dejaron patente que los cuidados de la Iglesia eran una contribución necesaria a la vía mística.
En el siglo XIV la mayoría de los grandes maestros y practicantes eran clérigos, monjas o ermitaños, pero un siglo después se extendió entre los seglares. Este ‘’misticismo práctico’’ no pretendía la plena unión extática con Dios, sino una sensación continuada de presencia divina durante el curso de la vida cotidiana.
El manual más famoso fue ‘’Imitación de Cristo’’ por Tomás de Kempis. Resultó particularmente atractivo para los lectores seglares y pronto se tradujo a las principales lenguas europeas. Desde entonces hasta hoy los cristianos lo han leído más que cualquier otra obra religiosa con excepción de la Biblia. Imitación insta a sus lectores a participar en una ceremonia religiosa, pero por lo demás resalta la devoción interior. Según sus enseñanzas, el cristiano es más capaz de convertirse en el ‘’compañero’’ de Jesucristo recibiendo la comunión, ocupándose en la meditación bíblica y llevando una vida sencilla y normal.
El iniciador de la herejía en Inglaterra fue John Wyclif, cuya rigurosa fidelidad a la teología de san Agustín lo llevó a creer que cierto número de cristianos estaba predestinado a la salvación, mientras que el resto estaba condenado de manera irrevocable.
En el sur de Italia, el reino de Nápoles permaneció envuelto en una belicosidad endémica y mala administración durante los siglos XIV y XV. También fue época de problemas para los Estados Pontificios del centro de Italia, pero tras el fin del Gran Cisma en 1417, consolidaron dichos territorios y se convirtieron en los gobernantes efectivos.
Más al norte, Florencia, Venecia, Siena y Génova, habían experimentado contiendas sociales ocasionales y con frecuencia prolongadas durante el siglo XIV debido a las presiones económicas de la era.
Hacia 1400, las tres ciudades principales del norte, Venecia, Milán y Florencia, habían fijado de manera definitiva sus diferentes formas de gobierno: Venecia estaba gobernada por una oligarquía mercantil; Milán, por un despotismo dinástico; y Florencia, por un complejo sistema supuestamente republicano.
Procedieron a expandir su territorio, y conquistaron casi todas las restantes ciudades y pueblos septentrionales de Italia, salvo Génova, que permaneció próspera e independiente.
Así, a mediados del siglo XV Italia ya estaba dividida en cinco partes principales:
Los estados de Venecia, Milán y Florencia en el norte.
Los Estados Pontificios en el centro.
El reino de Nápoles en el sur. No obstante, en 1494 una invasión francesa abrió un período de guerra renovada en el que España hizo frente con éxito al intento francés de dominar Italia.
Alemania.
Es probable que la peor inestabilidad la experimentara Alemania. Los príncipes guerreaban de forma continua con los emperadores entre sí. Entre 1350 y 1450 aproximadamente, reinó casi la anarquía, porque mientras los príncipes combatían y subdividían sus herencias en territorios más pequeños, potencias menores como ciudades libres y caballeros dueños de uno o dos castillos luchaban por sacudirse su dominio. En la mayor parte del oeste alemán, lograron el éxito necesario para fragmentar la autoridad política, pero en el este, algunos príncipes alemanes más fuertes consiguieron asentar su autoridad sobre las fuerzas divisorias.
Comenzaron a gobernar con firmeza los príncipes más fuertes, como los de Baviera, Austria y Brandeburgo. Los príncipes de Habsburgo de Austria y los Hohenzollern de Brandeburgo serían las potencias más influyentes en el futuro de Alemania.
Francia también se vio desgarrada por las contiendas durante buena parte del período, primordialmente en la forma de la Guerra de los Cien Años con Inglaterra. Esta guerra fue en realidad una serie de conflictos entre 1337 y 1453.
De las varias causas de esta lucha, la principal fue el antiguo problema del territorio francés que dominaban los reyes ingleses. Al comienzo del siglo XIV, los reyes ingleses, como vasallos de la corona de Francia, seguían gobernando buena parte de las fértiles tierras meridionales francesas de Gasconia y Aquitania. Los franceses esperaban expulsar a los ingleses, circunstancia que hizo inevitable la guerra.
Otra causa de disputa fue que sus intereses económicos en el mercado lanero con Flandes llevaron a Inglaterra a apoyar los intentos frecuentes de los burgueses flamencos de rebelarse contra el dominio francés.
Por último, la guerra se mezcló una disputa sucesoria sobre la corona francesa. En 1328, el último de los tres hijos del rey Felipe IV murió sin dejar descendencia directa. Una nueva dinastía, los Valois, reemplazó a partir de entonces a los capetos en el trono de Francia. Sin embargo, reclamaron ser los herederos más directos de los capetos prohibiendo la herencia a través de las mujeres, pues de lo contrario el heredero legítimo al trono de Francia habría sido el rey Eduardo III de Inglaterra, cuya madre era hija de Felipe IV de Francia. En 1328 Eduardo sólo tenía quince años y no protestó cuando sus primos Valois ascendieron al trono. No obstante, en 1337, cuando estallaron hostilidades entre Francia e Inglaterra, Eduardo respondió reclamando que era el rey legítimo de Francia, reivindicación que todos los reyes ingleses posteriores sostendrían hasta el siglo XVIII.
Hasta la década de 1430 los ingleses ganaron la mayoría de las batallas. En las tres mayores batallas del largo conflicto - Crécy, Poitiers y Agincourt - los ingleses contaron con un ejército profesional muy disciplinado y el uso eficaz del arco. Otra razón del éxito francés fue que la guerra se libró siempre en suelo francés, lo que hacía que los soldados ingleses se mostraran dispuestos a combatir porque pensaban en el rico botín que obtendrían mientras su tierra natal no sufría ninguno de los desastres de la guerra.
Lo peor para los franceses era que con frecuencia se hallaban muy divididos. El ejemplo más llamativo fue la separación de Borgoña y su alianza con los ingleses de 1419 a 1435, acto que puso en entredicho la existencia de una corona francesa independiente.
Fue en este período oscuro cuando apareció la figura heroica de Juana de Arco para unir a los franceses. En 1429 Juana, campesina analfabeta pero devota, buscó al monarca francés no coronado Carlos VII para anunciarle que ella tenía la misión divina de expulsar a los ingleses de Francia. Carlos le permitió tomar el mando de sus tropas, y en pocos meses Juana inflingió varias derrotas a las fuerzas inglesas en el centro de Francia e hizo conducir a Carlos a Reims, donde fue coronado rey. Pero en mayo de 1430 los borgoñes la capturaron y la entregaron a los ingleses, que la acusaron de bruja y la juzgaron por herejía. Condenada en 1431 tras un juicio amañado, fue quemada en la hoguera en la plaza del mercado de Rouen. No obstante, los franceses, animados por sus victorias iniciales, continuaron avanzando en su ofensiva. Cuando Borgoña abandonó la alianza con Inglaterra y el rey inglés Enrique VI demostró ser totalmente incompetente, el bando francés disfrutó de una serie ininterrumpida de triunfos.
Enrique VII se dedicó a eliminar de forma sistemática a sus rivales al trono, evitó las caras guerras en el extranjero, amasó un excedente financiero mediante la gestión cuidadosa de sus posesiones y reafirmó el control real sobre la aristocracia.
Cuando murió en 1509, la nueva dinastía Tudor se hallaba firmemente asentada en el trono inglés y el poder de la monarquía se había restablecido por completo. Su hijo Enrique VIII construiría sobre los cimientos, disolvería los monasterios ingleses y declararía el país religiosamente independiente de Roma.
A pesar de la conmoción causada por la guerra y la rebelión, la vida política inglesa bajomedieval gozó de una estabilidad esencial. Las instituciones locales continuaron funcionando; pero lo más importante de todo, fue que no se planteó nunca un desafío fundamental al poder del estado. De este modo, cuando Enrique VII llegó al trono, no tuvo que recuperar ningún territorio inglés, y además el antagonismo de la Guerra de los Cien Años surtió el benéfico efecto final de fortalecer la identidad nacional inglesa. Desde la conquista normanda hasta el siglo XIV, el francés había sido la lengua preferida para la corona inglesa, pero el creciente sentimiento antifrancés, contribuyó al triunfo del inglés como lengua nacional hacia 1400.
La pérdida de tierras en Francia también acabó resultando beneficiosa. Inglaterra se convirtió en una nación isla, sin intereses significativos en el continente europeo. Este hecho le otorgó mayor maniobrabilidad diplomática en la política europea del siglo XVI y más adelante contribuyó a fortalecer su capacidad de invertir sus energías en la expansión ultramarina en América y otros lugares.
El territorio había padecido contiendas incesantes en la Baja Edad Media; Aragón y Castilla habían combatido con frecuencia entre ellos, y las facciones aristocráticas dentro de esos reinos habían luchado sin cesar contra la corona. Pero Fernando, heredero de Aragón, se casó con Isabel de Castilla, lo que estableció las bases de la España moderna.
Aunque Aragón y Castilla mantuvieron sus instituciones separadas hasta 1716, la guerra entre los dos reinos antes independientes terminó y el nuevo país fue capaz de emprender políticas unidas. Isabel y Fernando, que gobernaron respectivamente hasta 1504 y 1516, sometieron a sus noblezas, se anexionaron Granada y expulsaron a los judíos. Ésta se fue motivada por intransigencia religiosa o por un acto de estado cruel que pretendía evitar que los conversos reincidieran.
El obligado éxodo judío llevó a suponer a Fernando e Isabel que habían eliminado una amenaza interna para la cohesión nacional y les animó a iniciar una ambiciosa política exterior. No sólo pasaron a interesarse por la expansión ultramarina apoyando a Cristóbal Colón, sino que también intervinieron de forma decisiva en la política italiana. Enriquecida por la afluencia del oro y la plata americanos tras las conquistas de México y Perú, y casi invencible en los campos de batalla, España se convirtió en el estado más poderoso del siglo XVI.
17.4.1. El triunfo de las monarquías nacionales.
La Baja Edad Media contempló el surgimiento de estados europeos mucho más poderosos, pero los modelos básicos de la vida política cambiaron muy poco. Alemania e Italia estaban políticamente divididas e Inglaterra y Francia, las monarquías nacionales más poderosas, seguían manteniendo la misma condición en 1500.
España había surgido como nueva y poderosa rival para ambas, por lo que dejaba a Sicilia como la única transformación fundamental durante este período, ya que pasó de ser poderosa a una tierra empobrecida que ha continuando siendo hasta el día de hoy.
El rasgo más notable fue el triunfo de las monarquías nacionales y donde mejor se aprecia es en Italia. Hasta 1494, parecía que las ciudades-estado italianas estaban relativamente bien gobernadas y eran poderosas, pero cuando Francia y España invadieron la Península, el orden político se desplomó.
Las monarquías nacionales heredarán el futuro de Europa.
A finales del siglo XV se afianzó el estado que se convertiría en la potencia dominante de Europa oriental, Rusia. No se parecía en absoluto a las naciones-estado occidentales; hacia 1500 ya había dado los primeros pasos decisivos para convertirse en el principal imperio europeo de estilo oriental.
Los fundadores de la primera entidad política situada en los territorios actuales de Rusia, Ucrania y Bielorrusia fueron occidentales, vikingos suecos (conocidos como rus) que en el siglo X establecieron un principado en Kiev junto a las rutas comerciales que llevaban de Escandinavia a Constantinopla. Se encontraba en el extremo más occidental de la estepa rusa y era normal que Kiev mantuviera relaciones diplomáticas con Europa occidental, así como con Bizancio. Incluso, podemos observar su relación con Europa cuando, en el siglo XI, el rey Enrique I de Francia se casó con una princesa kievana.
Además de estos lazos directos, el gobierno kievano también guardaba algunas similitudes con los modelos monárquicos occidentales, puesto que el poder de gobernar del príncipe kievano estaba limitado por la institución del veche o asamblea popular.
Pero a partir de 1200 cuatro acontecimientos trascendentales conspiraron para separar a Rusia de Europa occidental. El primero fue la conquista de la mayoría de los estados eslavos orientales por los mongoles en el siglo XIII.
En 1410, las fuerzas combinadas polaco-lituanas en la batalla de Tannenberg infligieron una derrota a la orden militar alemana de los Caballeros Teutónicos que gobernaba Prusia. A comienzos del siglo XV Polonia - Lituania extendió tanto sus fronteras hacia el este que pareció que la nueva potencia estaba a punto de conquistar Rusia entera.
Polonia y Lituania apoyaban el catolicismo romano, así cuando Moscú emprendió la ofensiva contra ellos a finales del siglo XV, puso apelar tanto a los sentimientos religiosos como a los nacionales. Esta guerra acabaría siendo bastante prolongada.
17.5.4. Moscú y bizantino.
El creciente distanciamiento entre Moscú y Europa occidental aumentó más por los acontecimientos que llevaron a la caída de Constantinopla ante los turcos otomanos en 1453.
Odio exacerbado es la única expresión que describe las actitudes bizantinas hacia Roma desde 1204, cuando la cuarta cruzada saqueó Constantinopla. Los rusos ortodoxos orientales se compadecieron de sus mentores bizantinos y creyeron más que nunca que tenían razones extraordinarias para huir.
En 1438 los bizantinos de Constantinopla, al percibir que estaba a punto de ponerse en marcha un potente ataque turco, aceptaron someterse a la autoridad papal y unirse con la Iglesia occidental con la esperanza de que les proporcionaran apoyo militar. Pero no llegó ninguna ayuda y Constantinopla cayó ante los turcos en 1453.
Moscú se había negado a seguir a Bizancio en su sometimiento religioso, pues lo consideraba una traición a la ortodoxia cristiana. Así pues, tras la caída de Constantinopla, los moscovitas concluyeron que la victoria turca era un castigo divino por la perfidia religiosa de los bizantinos. El estado moscovita se convirtió de este modo en el centro de una ideología antirromana particularmente celosa, cuando Moscú empezó a verse como el sucesor de Bizancio nombrado por Dios. El gobernante ruso adoptó el título de zar y afirmaron que Moscú era ‘’una segunda Jerusalén’’ y ‘’la tercera Roma’’.
Esta ideología derivada de Bizancio subyació tanto en el aumento posterior del imperialismo ruso como en la posición sagrada otorgada a los gobernantes del estado moscovita.
Bajo esta confianza imperial yacía el poder cada vez mayor de los grandes duques de Moscú. En la práctica, Moscú había sido independiente de los mongoles desde finales del siglo XIV, cuando un gobernante mongol rival llamado Timur el Cojo, había destruido el janato de la Horda Dorada.
Pero fue Iván III, conocido como el Grande, quien transformó el gran ducado de Moscú en una verdadera potencia imperial. Declarando que era el Zar Blanco, Iván se lanzó a una serie de conquistas entre 1468 y 1485 que anexionaron los principados rusos independientes.
Iván logró también el control de partes de Biolorrusia y Ucrania. Las batallas entre Rusia y Polonia-Lituania continuarían durante varios siglos a partir de entonces, pero en 1505, cuando Iván murió, ya había establecido Moscú como una potencia.
Moscú fue evolucionando en la dirección de la autocracia política y el imperialismo. Su asunción del título imperial significaba que se declaraba sucesor no sólo de los janes mongoles, sino también de los emperadores bizantinos difuntos. En 1452 Iván se casó con la sobrina del último gobernante bizantino; después adoptó como insignia el águila bicéfala y reconstruyó la residencia principesca fortificada de Moscú, el Kremlin, con un magnífico estilo renacentista italiano que exhibía su esplendor imperial.
Como zar, Iván se concebía como el potentado autócrata de todos los rusos, bielorrusos y ucranianos. En el siglo XVI el expansionismo ruso se dirigió principalmente hacia el sur y oeste.
A partir del siglo XVI, la presión moscovita contra Ucrania se intensificaría, lo que conduciría al enorme imperio territorial que Pedro el Grande construiría a comienzos del siglo XVIII. No se puede trazar una línea directa de Iván III a Pedro el Grande, pero éste recurriría a los cimientos que Iván estableció para justificar su derecho a incorporar a los rusos y una amplia variedad de pueblos no rusos en el que se convertiría en el mayor imperio de Europa.
Como Europa contaba con pocas reservas naturales de oro, mantener y ampliar esta acuñación precisaba de nuevos y mayores suministros; y la fuente para proporcionarlo, era África.
17.8.2. Los imperios mediterráneos: Cataluña, Génova y Venecia.
El creciente interés europeo por el comercio de oro africano coincidió con la creación de imperios marítimos mediterráneos por parte de los catalanes, venecianos y genoveses. Durante el siglo XIII, los catalanes conquistaron y colonizaron una serie de islas mediterráneas occidentales (Mallorca, Ibiza, Menorca, Sicilia y Cerdeña).
Salvo en Sicilia, el modelo de la explotación era la expropiación o exterminación de la población nativa; concesiones económicas para atraer nuevos colonos y una fuerte dependencia de la mano de obra esclava para producir alimentos y materias primas dedicadas a la exportación.
La colonización veneciana fue dirigida por los gobernantes de la ciudad y se centró en el Mediterráneo oriental, donde dominaban el comercio de las especias y las sedas. Los genoveses, en contraste, tenían intereses más extensos en el mundo mediterráneo occidental, donde comerciaban con artículos voluminosos. Tendían a ser más informales y basados en la familia, por lo que estaban más integradas en las sociedades autóctonas del norte de África, España y el mar Báltico que las venecianas o las catalanas. Las colonias genovesas fueron pioneras en la producción de azúcar y los vinos dulces. Para transportarlos, recurrieron a buques veleros con mayor tamaño, capaces de transportar volúmenes más grandes de cargamento. Además, éstos serían los barcos que llevarían a los europeos en el siglo XVI por el mundo.
17.8.3. Del Mediterráneo al Atlántico.
Hacia 1270 los mercaderes italianos se pusieron a navegar cruzando el estrecho de Gibraltar para llegar a las regiones productoras de lana de Inglaterra y los Países Bajos. Éste fue el primer paso esencial para la extensión de los modelos mediterráneos de comercio y colonización al océano Atlántico.
El segundo paso fue el descubrimiento durante el siglo XIV de la cadena de islas atlánticas conocidas como las Canarias y las Azores por los marinos genoveses. La colonización de las islas Canarias llegaron en el siglo XV, cuando la emprendió Portugal y la completó Castilla. Canarias se convirtió en la base desde la que prosiguieron los viajes portugueses por la costa occidental de África, además de constituir el punto de partida desde el que Cristóbal Colón navegaría.
17.8.4. La tecnología naval y la navegación.
A partir de la década de 1440 los carpinteros portugueses empezaron a construir carabelas mayores, con un desplazamiento mayor y dos mástiles con velas. Eran capaces de navegar contra el viento y requerían de menor tripulación. A finales del siglo XV ya se construían mejores carabelas incluso, contaban con tres mástiles y una combinación de velas.
Los europeos también realizaron considerables avances en la navegación durante los siglos XV y XVI. El uso de los cuadrantes, que calculaban la latitud en el Hemisferio norte por la altura de la Estrella Polar en el horizonte se reemplazaron por los astrolabios, que determinaban la latitud por la altura del sol.
Asimismo, durante el siglo XV se aumentó el uso de las brújulas. No obstante, la longitud siguió siendo imposible de calcular con precisión hasta el siglo XVIII con la invención del cronómetro marino.
Se beneficiaron también del nuevo interés por los mapas y las cartas de navegación. Especialmente importantes para los marinos atlánticos fueron los libros conocidos como portulanos, que contenían detalladas instrucciones de navegación y descripciones de los puntos de referencia costeros.
17.8.5. Portugal, África y la ruta marítima a la India.
Fue entre los portugueses donde estos intereses dobles -el comercio del oro africano y la colonización atlántica- se unieron por primera vez. En 1415, tomaron el puerto norteafricano de Ceuta, y durante la década de 1420 colonizaron la isla de Madeira y las Islas Canarias. Durante 1430, consiguieron las Azores y diez años más tarde ya habían alcanzado las islas de Cabo Verde. En 1444 desembarcaron en la zona comprendida entre las desembocaduras de los ríos Senegal y Gambia en el continente africano, donde comenzaron a reunir cargamentos de oro y esclavos para exportarlos a Portugal. En la década de 1470 los marinos portugueses ya habían rodeado el ‘’saliente’’ africano y estaban explorando el golfo de Guinea y en 1483 alcanzaron la desembocadura del río Congo. Cinco años más tarde, el capitán portugués Bartolomeu Dias rodeó la punta meridional de África.
Por fín, en 1497 - 1498, Vasco de Gama dobló el cabo y después, con la ayuda de un navegante musulmán, cruzó el océano Índico hasta Calcuta, en la costa suroccidental de la India, con lo que abrió por primera vez una ruta marítima directa entre Europa y el comercio de espacias del Lejano Oriente.
El rey de Portugal capitalizó de inmediato la hazaña de Vasco de Gama y en 1509 los portugueses derrotaron a una flota otomana y luego bloquearon la desembocadura del mar Rojo para cortar una de las rutas tradicionales por las que habían viajado las especias a Alejandría y Beirut. En 1510 las fuerzas militares portuguesas ya habían establecido una serie de fuertes a lo largo del litoral indio occidental, incluido el cuartel general en Goa.
En 1511 los barcos portugueses tomaron Malaca, centro del comercio de especias en la península Malaya. En 1515 ya habían alcanzado las islas de las Especias y la costa de China. Ahora dominaban de forma tan completa el comercio de especias, que en la década de 1520 incluso los venecianos se vieron obligados a comprar su pimienta en Lisboa.