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Orientación Universidad
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Tema 6, Ejercicios de Psicología

Asignatura: Pensament social i conducta prosocial, Profesor: Oto Luque i Agües, Carrera: Psicologia, Universidad: UV

Tipo: Ejercicios

2017/2018

Subido el 10/03/2018

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SUMARIO
ESQUEMA DE LOS CONTENIDOS
1. Morir a la vista de todos
2. «Walk a mile in my shoes»: la empatía como emoción moral
3. Cooperación, solidaridad y altruismo
4. Empatía y altruismo
5. Más allá del gen egoísta
6. «Da tanto como recibas y todo irá bien»: el altruismo como norma social
6.1. La norma de reciprocidad
6.2. Normas personales
7. Entonces, ¿por qué no ayudamos?
OBJETIVOS DE LA UNIDAD
DESARROLLO DE LA UNIDAD
UNIDAD
DIDÁCTICA
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EMPATÍA, ALTRUISMO
Y CONDUCTA DE
AYUDA
"Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta Unidad sólo puede ser realizada con la autorización de la Universidad a
Distancia
de Madrid, UDIMA, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta Unidad".
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SUMARIO

ESQUEMA DE LOS CONTENIDOS

  1. Morir a la vista de todos
  2. «Walk a mile in my shoes»: la empatía como emoción moral
  3. Cooperación, solidaridad y altruismo
  4. Empatía y altruismo
  5. Más allá del gen egoísta
  6. «Da tanto como recibas y todo irá bien»: el altruismo como norma social

6.1. La norma de reciprocidad 6.2. Normas personales

  1. Entonces, ¿por qué no ayudamos?

OBJETIVOS DE LA UNIDAD

DESARROLLO DE LA UNIDAD

UNIDAD DIDÁCTICA

EMPATÍA, ALTRUISMO

Y CONDUCTA DE

AYUDA

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PSICOLOGÍA SOCIAL

CONCEPTOS BÁSICOS A RETENER

EJERCICIOS VOLUNTARIOS

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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A. Blanco Abarca Empatía, altruismo y conducta de ayuda

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" DESARROLLO DE LA UNIDAD

1. MORIR A LA VISTA DE TODOS

No deja de ser llamativa la insistencia de muchos de los autores que manejamos en la Unidad didáctica 4 en la práctica universalidad de conductas como el cuidado, el apego y la búsqueda de cercanía y contacto con los otros. El marco en el que inscriben sus propuestas es el del valor de supervivencia que lleva consigo la vida social. Al mismo tiempo conviene volver a recordar que la vida no se agota en ese espacio tan idílico. Pero esas conductas existen; de eso no cabe la más mínima duda. Y todavía más: además de su generalizada presencia, son conductas cuya infl uencia se deja sentir de manera prácticamente definitiva en el desarrollo psicológico del sujeto ; basta para ello echar una ojeada a las demoledoras consecuencias que se derivan de su insatisfacción o privación. Tampoco estamos descubriendo nada nuevo: lo normal es que las madres y los padres cuiden de sus hijos; que estos los busquen de manera insistente porque en su compañía se encuentran más seguros; que, llegada una determinada edad, uno tenga amigos y le apetezca estar con ellos; que, poco después, busque una pareja; que la familia se reúna, en momentos gozosos, para compartir alegrías y, en momentos tristes, para sobrellevar las amarguras, etc.

Todas estas cosas suceden todos los días en todos los rincones del planeta sin necesidad de ser elevadas a categoría de noticia. Al lado y al mismo tiempo sucede todo lo contrario. De ello acostumbramos a tener puntual noticia, sobre todo cuando las cosas pasan a mayores: la masacre de Columbine ocupó la primera página de la actualidad mundial durante varios días; los telediarios abren sus noticias con las víctimas de la violencia de género; los atentados mortales de ETA ocupan un espacio preferente en la cobertura informativa; los actos de violencia entre escolares tienen un destacado protagonismo en los medios de comunicación, etc. Por ejemplo, a comienzos del mes de julio de 2008, el mismo día 1, los noticieros de televisión de medio mundo ofrecieron a bombo y platillo una escena estremecedora: una persona, incapaz a todas luces de hacerse dueña de sí misma, se desplomaba estrepitosamente al suelo. Estaba aparentemente sola en medio de una fi la de sillas vacías. Se llamaba Esmin Green, tenía 49 años y era negra, o afroamericana como preferirán decir, para ser políticamente correctos, algunos de los que la vieron agonizar sin mover un dedo. Llevaba en la sala de espera del Kings County Hospital (Nueva York) casi 24 horas. Murió sin que nadie se preocupara por su estado de salud, ni le preguntase cómo se encontraba, ni la socorriese en el momento de la agonía, ni acudiera en su ayuda intentando levantarla cuando la vieron tirada en el suelo.

Es importante, sin duda, dar a conocer estos hechos, pero el protagonismo de que gozan va creando en la psicología ingenua una idea sobre la naturaleza y el comportamiento humanos que se corresponde mucho más con su imagen mediática que científi ca. A su vera se hace visible un modelo de sujeto y un modelo de conducta que damos por válido sin necesidad de someterlo a prueba. Podríamos contrarrestar fácilmente este efecto desplegando un rosario de conductas situadas en el polo opuesto, que, lejos de

Conductas como el cuidado, el apoyo, la búsqueda de contacto y cercanía con los otros, son conductas prácticamente universales y necesarias para el desa- rrollo psicológico del sujeto.

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A. Blanco Abarca Empatía, altruismo y conducta de ayuda

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vida social. Otro tanto, o más, podríamos decir de la masacre de Columbine; allí cayeron fulminados principios morales, normas sociales, estrategias de socialización, escalas de valores, idearios educativos; todo quedó reducido a cenizas dejando tras de sí un sinfín de interrogantes a los que seguimos dando vueltas sin parar. Vemos como normales y deseables conductas de ayuda y cooperación, mientras que consideramos una anomalía dejar de atender a una persona que necesita a todas luces nuestra ayuda.

2. «WALK A MILE IN MY SHOES»: LA EMPATÍA COMO EMOCIÓN MORAL

Probablemente, las personas que asistieron impávidas a la muerte de Esmin Green no tengan nada en común con Eric Harris y Dylan Klebold, los autores de la masacre de Columbine. La situación que rodeó ambos acontecimientos tampoco muestra parecido alguno entre sí, y, sin embargo, hay un detalle que les sirve de unión: en ambos casos las personas actuaron prescindiendo de quienes tenían delante de sí; en ambos casos se procedió pasando por alto la vida de quienes estaban a su lado; unos, por acción meditada en contra, y otros por desatención e inhibición.

Pero estos son sucesos extraños, hasta el punto de ocupar las primeras páginas de los periódicos de medio mundo. Estas cosas ocurren, pero lo hacen de manera mucho más limitada que las conductas que hemos descrito en la Unidad didáctica 4 y, contrariamente a lo que nos dice la psicología ingenua, apenas nos dan información sobre la naturaleza humana. Ya lo advirtieron los clásicos, y en este terreno el más grande de ellos fue sin duda Adam Smith (véase, cuadro 1):

CUADRO 1. LA ENSEÑANZA DE LOS CLÁSICOS

Las emociones morales (Adam Smith)

Por más egoísta que quiera suponerse al hombre, evidentemente hay algunos elementos en su naturaleza que lo hacen interesarse por la suerte de los otros de tal modo que la fe- licidad de estos le es necesaria, aunque de ello nada obtenga, a no ser el placer de presen- ciarla. De esta naturaleza es la lástima o compasión, emoción que experimentamos ante la miseria ajena, ya sea cuando la vemos o cuando se nos obliga a imaginarla de modo par- ticularmente vívido. El que con frecuencia el dolor ajeno nos haga padecer, es un hecho demasiado obvio que no requiere comprobación, porque este sentimiento, al igual que todas las demás pa- siones de la naturaleza humana, en modo alguno se limita a los virtuosos y humanos, aunque posiblemente sean estos los que experimenten con la más exquisita sensibilidad. El mayor malhechor, el más endurecido transgresor de las leyes de la sociedad no carece del todo de ese sentimiento.

Los otros también existen, y habitualmente su miseria y su dolor no pasan desapercibidos a nuestra percepción, a nuestra cognición, a nuestros sentimientos ni a nuestra acción, «así seamos el mayor de los malhechores», dice Adam Smith. En realidad, los otros constituyen la parte más signifi cativa de la realidad social y, por tanto, no es de extrañar que el grueso de nuestras conductas y de nuestra experien- cia emocional sea la respuesta a asuntos que les afectan. Se trata de una respuesta, dice Jonathan Haidt (2003), un estudioso de estos temas, que se concreta en un conjunto de emociones «vinculadas a los intereses o al bienestar de la sociedad en general o, al menos, al de personas distintas al propio sujeto» que agrupamos bajo la inequívoca etiqueta de «emociones morales» (véase cuadro 2).

Adam Smith

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PSICOLOGÍA SOCIAL

CUADRO 2. LAS EMOCIONES MORALES (Johnatan Haidt)

Emociones reprobatorias de los otros

Emociones referidas al propio sujeto

Emociones definidas por el sufrimiento de los otros

  • Ira
  • Repugnancia
  • Desprecio
    • Vergüenza
    • Turbación
    • Culpa
      • Simpatía
      • Empatía
      • Compasión

El comportamiento de Eric Harris y Dylan Klebold se fue cociendo a fuego lento, alimentado con muchas de esas emociones, sobre todo las referidas de manera condenatoria a los otros: ira, repugnancia y desprecio. No fue ese el caso de los testigos de la muerte de Esmin Green; pero a unos y a otros, por razones probablemente distintas, les falló la simpatía, la empatía y la compasión. En un determinado momento olvidaron poner en marcha ese elemental juego de la mente que nos permite acercarnos al otro, ponernos en su lugar, meternos en su piel: pensar y sentir lo que los otros sienten, esperan, imploran, necesitan, quieren, etc., que en el fondo no es sino lo que nosotros sentiríamos, pediríamos, desearíamos y esperaríamos si estuviésemos en su lugar. Adoptar la perspectiva del otro, la perceptiva, la cognitiva y la emocional, y reaccionar de manera pertinente a sus cir- cunstancias, necesidades, problemas: esa es la clave del desa- rrollo moral y de la vida social. Ponerse en lugar del otro es entender lo que piensa y cómo piensa (con independencia de que estemos de acuerdo con él); dejarse afectar y contagiar emocionalmente por su situación y por sus circunstancias, y actuar en consecuencia. Esas serían las operaciones mentales en las que está implicado el ser humano en muchas de sus actividades diarias y eventualmente de las extraordinarias: ayudamos a subir al autobús a un anciano, le prestamos los apuntes a un compañero de clase que ha estado enfermo, ayudamos a cruzar el paso de cebra a un ciego que anda perdido, pasamos noches en blanco controlando la fi ebre de alguno de nuestros hijos, dedica- mos nuestras vacaciones de verano a trabajar en un país del tercer mundo en medio de condiciones que a veces dejan mucho que desear para nuestro bienestar y nuestra seguridad, etc. Toda una colección de conductas que benefician a determinadas personas sin buscar ni pedir nada a cambio.

La pieza central de todas estas operaciones gira en torno a la empatía, la emoción moral por ex- celencia. Adam Smith nos sirve de nuevo de referencia, y con ello completamos esa primera página antológica de su Teoría de los sentimientos morales.

La simpatía es una respuesta emocional procedente de la comprensión de la si- tuación o estado emocional de otra per- sona que se traduce en sentimientos de preocupación y pena.

Por lo general, lo que los otros suelen necesitar, querer, desear, pedir y espe- rar es lo mismo que nosotros desea- ríamos, pediríamos, necesitaríamos y esperaríamos si nos encontráramos en su misma situación. Esa es la clave de la empatía.

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PSICOLOGÍA SOCIAL

Nancy Eisenberg lleva trabajando en este tema más de veinte años y, con todo conocimiento de cau- sa, entiende la empatía como una respuesta afectiva procedente de la comprensión del estado emocional o de la situación en la que se encuentra otra persona, que nos permite acercarnos a lo que pueda estar sintiendo o se espera que sienta. Martin Hoffman, otro autor de referencia, defi ne la empatía como una reacción afectiva que responde a la situación, normalmente de peligro, amenaza, desgracia o sufrimiento de una persona. «Walk a mile in my shoes», reza la letra de una famosa canción de Elvis Presley. Se trata, dice Hoffman (1981), de una respuesta universal con una posible base neurológica que motiva la conducta de ayuda.

En la empatía se pone en marcha la gramática de la mente en su máxima complejidad cognitiva, esa que nos permite conjugar de manera mecánica los que el filósofo del lenguaje, John Searle, llama ver- bos de creencia (pensar, entender, comprender, percibir, creer, saber, recordar, informar, etc.) y verbos de deseo (querer, necesitar, sentir, anhelar, desear, etc.) formulando enunciados referidos a los estados mentales (cognitivos y emocionales) de otras personas. Es un proceso complejo del que forman parte componentes cognitivos (capacidad de ponerse en el lugar del otro imaginándonos cómo se perciben las cosas desde su posición o imaginándonos a nosotros mismos en esa posición o situación), afectivos (de- jarse afectar y contagiar emocionalmente) y conductuales (proceder en consecuencia). La investigación en el campo del comportamiento animal y humano (revisión de 73 estudios empíricos) nos ha ofrecido el siguiente panorama:

CUADRO 4. LOS CINCO RESULTADOS PRINCIPALES DE LA INVESTIGACIÓN SOBRE EMPATÍA (Preston y de Waal, 2002)

  • La empatía se incrementa con la experiencia previa del sujeto con el objeto/persona en cuestión (empatía y familiaridad).
  • La empatía se facilita cuando se percibe un vínculo entre el sujeto y el objeto en términos de pertenencia a una misma especie, grupo, edad, sexo, etc. (empatía y semejanza).
  • La empatía se aprende, se enseña (empatía y aprendizaje).
  • La reacción empática tiene una estrecha relación con la experiencia pasada del sujeto, sobre todo con ex- periencias de dolor y sufrimiento (empatía y experiencias estresantes).
  • La empatía se hace más probable cuando la señal perceptiva es fuerte, saliente (empatía y visibilidad del objeto).

Figura 2. La empatía

Empatía significa sentir simul- táneamente con los demás: no solo imaginar el estado mental de otra persona, sino experimentar ese mismo sentimiento en noso- tros mismos y en el mismo mo- mento (Nicholas Humphrey).

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A. Blanco Abarca Empatía, altruismo y conducta de ayuda

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La empatía se aprende: esa es una excelente noticia; esa es, de hecho, la mejor noticia que podríamos recibir respecto a este proceso tan decisivo en la convivencia y en la vida social. Los investigadores en el desarrollo evolutivo parecen haberse puesto de acuerdo en que la aparición de la empatía se sustenta, al menos, sobre dos elementales condiciones previas: primero, la de percibirnos y tener conciencia de ser algo distinto y diferenciado de otros, sobre todo de la principal fi gura de apego para ser capaces después de adoptar su perspectiva, ponernos en su lugar y ser conscientes de cómo son y cómo se ven las cosas desde ahí. Solo entonces empezará a hacer acto de presencia la empatía y la subsiguiente conducta de ayuda.

El aprendizaje de la empatía ha sido una fructífera línea de investigación liderada por Nancy Eisenberg. Los resultados más importantes los resume la propia autora (Eisenberg, Valiente y Champion,

  1. en los siguientes términos:
  • Con algunos altibajos en los datos, existe una relación entre las conductas procedentes de la empatía mostrada por los padres (conducta de ayuda) y la mostrada por los hijos. Los sentimientos empáticos de alguna de las principales figuras de apego (la madre o el padre ) guardan una estrecha relación con las actitudes empáticas de los hijos. La fuerza de dicha relación es especialmente llamativa entre miembros del mismo sexo (madre-hija, padre- hijo).
  • Otro tanto ocurre con la exteriorización de la empatía: cuando los padres no ponen freno a expresar simpatía y empatía, encuentran un generalizado seguimiento en estos mismos términos por parte de los hijos, acompañado de la pertinente conducta de ayuda. Conviene resaltar que se trata de un seguimiento que se da tanto cuando las emociones son positivas (compasión, alegría, etc.) como cuando son negativas (ira, hostilidad, envidia, etc.). Detrás de estas relaciones hay algunas razones de peso: - Los niños que se crían en familias que exteriorizan las emociones, las aceptan como un hecho normal, no importa que se traten de emociones positivas o negativas. - La exteriorización de las emociones está relacionada con la calidez de los padres. - Padres e hijos comparten predisposiciones genéticas para la emocionalidad.
  • Lo acabamos de mencionar: un clima parental cálido desde el punto de vista emocional es una garantía para la empatía por parte de la descendencia y para la construcción de unas relaciones paterno-filiales sólidas y seguras, y permite, además, una transición sin aspavientos hacia figuras de apego distintas a partir de la adolescencia.
  • Es razonable pensar que una de las principales fuentes para el aprendizaje de la empatía son las reacciones y conductas que los padres manifiesten a las emociones y a las conductas de sus propios hijos. Cuando estas son positivas y de apoyo, se fomenta un clima en el que el

El papel de modelo de los padres, la transmisión de valores y de interés por los demás y los sistemas disciplinarios parecen ir asociados al desarrollo de la conducta prosocial de los niños (Nancy Eisenberg).

En general, en consonancia con las con- clusiones del estudio de Oliner, parece que el modelo de altruismo que ofrecen los mayores tiene más influencia en la conducta de los niños si existe un vín- culo estrecho entre ambos (Nancy Ei- senberg).

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A. Blanco Abarca Empatía, altruismo y conducta de ayuda

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Estas tres conductas forman parte de las denominadas conductas prosociales, entendidas como acciones voluntariamente ejecutadas que se realizan con la intención expresa de benefi ciar a otra persona. Esta es la propuesta de Daniel Batson y es, además, la más consensuada. John Dovidio añade una coletilla no exenta de riesgos: la conducta prosocial puede tener como benefi ciarios no solo a personas concretas, sino a grupos, a una sociedad entera o incluso a un determinado sistema político (Dovidio et. al. , 2006). Aunque comparten ese fondo común, cada una de ellas tiene su idiosincrasia (véase cuadro 6):

CUADRO 6. LAS DISTINTAS MANIFESTACIONES DE LA PROSOCIALIDAD

Cooperación Solidaridad Altruismo

Ayuda mutua con el fin de alcanzar un objetivo queri- do y compartido que beneficia a las partes y cuyos cos- tos son repartidos (Ignacio Martín- Baró).

Apoyo, adhesión o ayuda que alguien da a la situación, necesidades o cau- sas defendidas por otro (Ignacio Mar- tín-Baró).

En realidad, el al- truismo no es una conducta propia- mente dicha, sino una actitud que dispone al indi- viduo a ayudar o beneficiar a otro sin pedir ni bus- car nada a cambio, y que se traduce, como en los casos a n t e r i o r e s , e n una conducta de ayuda.

Cooperación, solidaridad y altruismo tienen un mismo origen (la empatía) y un idéntico fi nal que es la ayuda, pero muestran algunos rasgos que les son propios. Cooperación y solidaridad son conductas manifi estas, mientras que el altruismo tiene más de actitud (comportamiento latente). A la cooperación subyace la existencia de metas o intereses comunes, algo de lo que carece la solidaridad y el altruismo. La solidaridad dispone de un fondo ideológico que no necesita la cooperación, ni es imprescindible en el altruismo, aunque eventualmente pueda estar presente. El altruismo implica solidaridad, pero no al revés. Todas estas diferencias se diluyen en el tramo fi nal: estas tres manifestaciones desembocan en conducta de ayuda.

Existe una convincente evidencia de que en el transcurso de su vida cotidiana el ser humano muestra, de manera activa y fehaciente, comportamientos que tienen cabida dentro de alguna de las tres modalidades de la conducta prosocial, incluidas acciones más o menos anónimas y desinteresadas (no buscan ni pretenden ganancia o provecho alguno para quien lo ejecuta) con el objetivo explícito e intencional de ayudar o beneficiar a otro (véase cuadro 7).

Fernando Chacón, un experto en el es- tudio del altruismo, escribe: «en nuestra opinión, el altruismo no es una conduc- ta; es, como decía Comte, una preocu- pación, un interés por los demás que se manifiesta a través de conductas».

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PSICOLOGÍA SOCIAL

CUADRO 7. LAS MUESTRAS DEL ALTRUISMO Y DE LA SOLIDARIDAD

212 inmigrantes salvados en pleno mar por pescadores solidarios La cotidiana normalidad del altruismo

La historia se repite y la solidaridad de los pesca- dores de Santa Pola está más que demostrada. El pesquero Francisco y Catalina rescató el 10 de agosto de 2006 a 51 inmigrantes subsaharianos que se en- contraban a 16 millas de la costa de la isla de Malta. José Durá, armador y patrón del barco, acogió du- rante una semana en su bodega a los inmigrantes hasta que se desbloqueron los problemas diplo- máticos que había planteado el Gobierno de Malta para acoger a los náufragos. El pesquero Nuestra Madre de Loreto , también de Santa Pola, en junio de 2007 rescató a 26 inmigrantes jóvenes, de entre 18 y 22 años, que iban a la deriva por la noche a bordo de una patera en medio del mar, entre las costas de Malta y Libia. «Vimos una pequeña luz y luego nos embistió una patera«, describió en aquella ocasión José Luis Sestayo, patrón del barco. Uno de los in- migrantes falleció ahogado. Esta embarcación vol- vió a recoger a cuatro inmigrantes de otro cayuco en aguas de Malta el pasado 14 de noviembre de

  1. Antonio López, patrón del pesquero Corisco , encontró a unas 80 millas de la costa de Libia una patera cargada con ocho inmigrantes, entre ellos tres niños y cinco mujeres. «Vimos como la lancha se hundía y optamos por subirlos antes de que se ahogaran», declaró en aquella ocasión López. El rescate se produjo a mediados de octubre de 2007. El pesquero, con bandera portuguesa, faenaba en la costa de Libia pescando quisquilla. La lista de rescates de pesqueros de Santa Pola se completa con los 49 salvados por el barco Clot de l'Illot ( El País , 22 de agosto, de 2008).

Entre el 15 de abril y el 26 de junio de 1968 Irving Piliavin, Judith Rodin y Jane Piliavin tomaron los vagones del metro de Nueva York como un esce- nario natural para estudiar la conducta altruista. Cuatro equipos de estudiantes compuestos por una víctima (alguien que simulaba un ataque), un mo- delo (alguien que se sentaba más o menos cerca de la víctima y que, llegado un determinado momen- to, iba en su ayuda), y dos observadores se intro- ducían en los trenes. Tras la primera parada, uno de ellos (un varón joven, blanco en tres casos, y de color en otro) simulaba un ataque y caía de manera fulminante al suelo. En 38 simulaciones la víctima apestaba a alcohol y portaba una botella de algún licor disimulada dentro de una bolsa de papel. En otras 65 simulaciones restantes la víctima estaba so- bria y portaba un bastón. Se trataba de ver si el tipo de víctima (borracho o enfermo), su raza (blanco o negro) ejercían algún efecto sobre la conducta de los viajeros del metro. Finalmente, interesaba ver el efecto del modelo en las situaciones de emergen- cia. Lo que de este estudio nos interesa destacar es la impresionante frecuencia de ayuda espontánea (previa a la actuación del modelo) que recibieron las víctimas «enfermas»: en 62 de los 65 ensayos alguien acudió de manera inmediata en su ayuda, y en muchos casos acudían al unísono en su ayuda dos, tres o incluso más personas. En la condición de «víctima borracha« la ayuda espontánea se dio tan solo en 19 de los 38 ensayos. El altruismo, ad- vierten dos de sus estudiosos, Bibb Latané y John Darley, no se limita a situaciones de emergencia, sino a eventos cotidianos situados a pie de calle: ¿me puede decir qué hora es?, ¿me puede indicar cómo se llega a la Puerta del Sol?, ¿tiene cambio de 20 euros? Cuando estas cosas se ponen en juego, incluso los neoyorquinos, comentan Latané y Dar- ley, muestran su cara más amable. Probablemente no es suficiente, pero es así. El mundo está lleno de buenos samaritanos.

Dados los escasos límites de estas páginas, vamos a dedicar nuestra atención, de manera preferente al altruismo. Lo vamos a hacer recogiendo en el cuadro 8 los que, de acuerdo con la literatura especializada, serían los ingredientes de esa modalidad de conducta prosocial que manifi esta el ciudadano de a pie en su vida cotidiana. Además están los héroes. De ellos también podríamos hablar (lo hacemos en el cuadro 16), pero no son los protagonistas de esta Unidad didáctica. Estos son personas anónimas que de manera voluntaria, y muchas veces silenciosa, y sin pedir ni buscar nada a cambio, acuden en socorro y ayuda de quien lo necesita.

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PSICOLOGÍA SOCIAL

Esta última es la idea que Daniel Batson plasma y desarrolla en su hipótesis empatía-altruismo, cuyos supuestos centrales podrían quedar resumidos en los siguientes términos:

  • El verdadero secreto del altruismo no reside tan- to en la conducta que se ejecuta como en las ra- zones que la motivan. Es necesario indagar esas razones, porque puede que no todas sean desin- teresadas. El altruismo no es una conducta, sino la motivación, la disposición de incrementar el bienestar de otra persona. La fuerza y magnitud del altruismo es directamente proporcional a la magnitud de la emoción empática.
  • La fuente principal de la motivación altruista es la emoción de empatía y su objetivo no es otro que el de beneficiar a las personas por las que se siente esa emoción. Esta se evoca cuando el perceptor adopta la perspectiva de la persona que está en difi cultad; la magnitud de dicha emoción es función de la magnitud percibida de la necesidad y de la fuerza del apego/relación del perceptor con la persona en aprietos.
  • Es necesario diferenciar el altruismo genuino de aquellas otras motivaciones altruistas tras las que se pueden esconder formas sutiles de egoísmo. En concreto, y tras una minuciosa revisión de las diversas aproximaciones al tema, Batson propone la existencia de tres vías para el altruismo: - Interés propio. Es una forma de altruismo que tiene como fundamento el aprendi- zaje de la obligación de ayudar y la vergüenza y culpa subsiguiente por no hacerlo. Busca impedir el castigo o la autocensura por no hacerlo. - Activación empática. Persigue reducir la incómoda, persistente y molesta activa- ción (ansiedad, incomodidad, nerviosismo, etc.) procedente de situaciones en las que una persona se encuentra en difi cultades. En el estado de angustia, lo que sobre todo nos preocupa es calmar esa incómoda ansiedad que nos asalta ante una situa- ción de emergencia o sufrimiento. - Integridad moral. La motivación para actuar no está mediada por el sentimiento de culpa o el miedo al castigo por no ayudar, sino por la simple y pura adopción de la perspectiva del otro, por el apego, por la empatía. Hablamos de altruismo en el pleno sentido de la palabra.
  • Como quiera que la empatía surge de manera preferente cuando la otra persona se encuen- tra en una situación de necesidad, la hipótesis altruismo-empatía tiene validez exclusiva- mente para estos casos.

Por altruismo entiendo una motivación que tiene como objetivo incrementar el bienestar de otra persona (Daniel Bat- son).

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A. Blanco Abarca Empatía, altruismo y conducta de ayuda

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John Dovidio, junto con otros eminentes investigadores en el campo del altruismo, han revisado los resultados más importantes que se han conseguido siguiendo la pista de esta hipótesis. También lo ha hecho el propio Daniel Batson, y han coincidido en la existencia de pruebas más que concluyentes para admitir la existencia de una motivación altruista en sentido estricto. De acuerdo con la más recien- te propuesta de Batson, los resultados empíricos no han dado apoyo a ninguna de las hipótesis de la motivación egoísta. Esto confiesa que le lleva a concluir de manera tentativa, que la hipótesis empatía- altruismo es verdadera y que la preocupación empática produce una motivación altruista. El apoyo a la hipótesis empatía-altruismo tiene tres consecuencias:

  • En primer lugar, pide una más adecuada comprensión de la percepción del self y del otro en la relación empática.
  • Nos invita a afrontar el estudio del origen fi logenético de la preocupación empática.
  • Es necesario seguir indagando las posibles fuentes de la motivación empática: personali- dad, educación, internalización de valores sociales, etc.

Figura 5. El modelo empatía-altruismo de Daniel Batson

Situación instigadora

Motivación egoísta

Motivación egoísta

Motivación altruista

Expectactivas de refuerzo por ayudar y de castigo por no hacerlo

Percepción de la necesidad del otro

Adopción de la perspectiva del otro

Percepción de la situación como oportunidad para

  • Lograr refuer- zos materiales o autorrefuerzos, y
  • Evitar castigo material, social o autocastigo

Respuesta emo- cional vicaria de incomodidad personal

Respuesta emo- cional vicaria de empatía

Motivación egoísta: reducir la activación

Motivación altruista: reducir la necesidad del otro

Análisis del be- neficio relativo de ayudar o evitar la ayuda

Análisis del be- neficio relativo de ayudar

Ayudar o huir para reducir la activación, o no actuar no importa si una es más va- lorada que otra

Ayudar para reducir la nece- sidad de otro, o no actuar, no importa cuál de las dos tenga una valencia más positiva

Motivación egoísta:

  • Lograr refuerzos por ayudar,
  • Evitar castigo por no hacerlo

Análisis del be- neficio relativo:

  • Ayudar para obtener refuerzo, y
  • Ayudar o huir para evitar castigo - Ayudar para ob- tener refuerzo, - Ayudar o escapar para evitar castigo, o no actuar, no importa cuál de las dos tenga una valencia más positiva

Respuesta interna Estado motivacional Cálculo hedónico Respuesta

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A. Blanco Abarca Empatía, altruismo y conducta de ayuda

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Pero antes de dar carpetazo al epígrafe y pasar a otras consideraciones, hagámonos la siguiente pregunta: ¿qué hubiera sucedido si, en vez de estar sola en la sala de espera del hospital, Esmin Green hubiera estado acompañada por su marido o alguno de sus hijos? Es muy posible que las cosas hubieran discurrido de manera bien distinta, y es ahí donde podría entrar en liza la hipótesis del gen egoísta: la conducta altruista se dispara cuando está en juego nuestra herencia genética; el altruismo es un compor- tamiento selectivo en el que está en liza mi propia capacidad reproductiva y la capacidad reproductiva de los míos. Se trata de ayudar a aquellas personas que poseen copia de mis propios genes. Altruismo, en una palabra, significa poner en juego, si es necesario, la propia vida para favorecer o mejorar la vida de los otros. En este caso vida significa capacidad reproductiva, y altruismo quiere decir poner en peligro la aptitud genética propia para salvaguardar o mejorar la aptitud genética de los míos.

David Barash pone un bonito ejemplo: el perro labrador emite un sonido de alarma cuando ve al coyote. Es una señal que alerta a sus congéneres del peligro a la vez que atrae la atención del coyote sobre él. Con ello pone en riesgo su vida, pero da tiempo a que sus colegas busquen refugio y salven el pellejo; es decir, está salvaguardando la aptitud genética de los más cercanos aunque la suya propia esté en el aire; está actuando de manera altruista. ¿Por qué lo hace? Porque si tuviera una actitud egoísta (me callo y sálvese quien pueda) pondría en peligro la vida de los suyos, y con ello la supervivencia de una parte de su singularidad genética. De hecho, aquellas especies que no han desarrollado estrategias altruistas (defensa de los suyos aun a costa de la vida de algunos de ellos) son especies que corren el ries- go de desaparecer. Por eso, dice Richard Dawkins, cuando los analizamos con detenimiento, «los actos aparentemente altruistas son en realidad actos egoístas disfrazados». Las tendencias altruistas existen porque de ellas depende la supervivencia de los genes de la especie o del grupo.

Algunos de los muchachos de Columbine se hubieran salvado de la masacre si el ataque se hubiera producido durante un acto en el que hubieran estado presentes los padres y los abuelos de los escolares. Cualquiera de ellos hubiera puesto en peligro su vida para salvar a sus hijos (para salvaguardar la apti- tud genética de sus hijos, su capacidad de reproducción) lo que, en buena medida, no es otra cosa que salvaguardar la supervivencia de nuestra propia herencia. La tendencia a poner en peligro la propia vida por salvar a alguien es directamente proporcional al número de genes que compartamos con él. Ese es el argumento de los sociobiólogos.

En último término, y siguiendo en este caso a David Barash:

  • El altruismo es selectivo.
  • Es más frecuente entre especies poco dispersas y, por tanto, es más probable que compartan lazos familiares.
  • Las especies que muestran conductas altruistas muestran una mayor discriminación respec- to a los extraños y, por lo mismo, reconocen claramente a los suyos.
  • El interés de un animal por el bienestar de otro es directamente proporcional a la cantidad de genes que compartan.

Estos argumentos pueden ser (y han sido) aplicados a las gaviotas de cabeza negra, a la mantis re- ligiosa, a las abejas obreras, al chotacabras americano, a los perros salvajes africanos, a las hormigas, a las hembras de la gacela Thomson, pero la pretensión de aplicarlo al ser humano se ha mostrado, hasta hoy, baldía. Es cierto que cuando pensamos en lo que hubiera ocurrido con Esmin Green de haber estado acompañada de su marido e hijos, la hipótesis de la selección familiar (el altruismo se limita a aquellas

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PSICOLOGÍA SOCIAL

personas con las que compartimos carga genética) nos pone en un aprieto, pero afortunadamente segui- mos presos de la extrañeza y de la indignación por la pasividad de los pacientes, médicos y personal de servicio del Kings County Hospital de Nueva York. Seguimos pensando, con Donna Lieberman, que lo que allí sucedió es una afrenta a la dignidad humana, una apreciación que no tendría lugar desde los postulados de la sociobiología. Para su desgracia, ninguna de las especies en las que se ha podido po- ner de manifiesto la existencia del gen egoísta disponen de códigos morales, ni de ese sutil juego de la mente que nos permite sentir que el otro siente lo mismo que nosotros sentimos y que, en determinados momentos, necesita lo mismo que nosotros necesitaríamos si nos encontráramos en su lugar.

¿Y por qué no pensar en algún trastorno empático de las personas que asisten impasibles a la muerte de Esmin Green o acaban brutalmente con la vida de sus compañeros de clase? Parece una pregunta disparatada, sobre todo en el primer caso, pero es necesario hacerla a la luz de los hallazgos que se vie- nen produciendo en el campo de la neurobiología de las emociones en general y de la empatía más en particular. Se trataría de trastornos que afectan a la expresión emocional, a la verbalización de estados emocionales, al razonamiento moral, a la capacidad de leer la expresión facial, de ser afectados por los acontecimientos que suceden a las personas. La posibilidad de un trastorno neurológico que pueda estar afectando a la corteza prefrontal, especialmente en su hemisferio derecho donde se alojan las «neuronas espejo», ha sido contemplada y revisada por Stephanie Preston y Frans de Waal (2002): se han observa- do disfunciones y/o trastornos en las áreas cerebrales que favorecen la empatía en sociópatas, psicópatas y autistas. Parece que no es nuestro caso. La posibilidad de acudir a esta explicación para explicar lo que ocurrió en el Kings County Hospital es francamente remota, pero es necesario dejar constancia de las siguientes propuestas:

  • Martin Hoffman, ya lo hemos señalado, ha dejado abierta la posibilidad de que la empatía y el altruismo formen parte de la naturaleza humana; de que exista una base genética que la sustente (Hoffman, 1978, 1981) y, por tanto, podamos hablar de una transmisión por vía hereditaria. Esta base genética podría estar sus- tentada en la presencia de la empatía en primates y en las primeras etapas de la vida del ser huma- no. Nancy Eisenberg se une a esta propuesta en unos términos que no ofrecen dudas: «Creemos que algunas personas, debido a su herencia y/o a la posesión de factores constitutivos, están más predispuestas que otras a orientarse y responder a las emociones y necesidades de los otros» (Ei- senberg et. al. , 2004, pág. 407). La respuesta em- pática es, parcialmente, un proceso automático con base biológica.
  • Existen unos correlatos e índices fi siológicos de la empatía y de la conducta altruista.
  • Finalmente, queda abierta la posibilidad de una neuroanatomía de la empatía que prácticamente no ha hecho sino empezar a estudiarse. El tiem- po dirá lo que puede dar de sí.

Vicente Garrido, nuestro mejor exper- to en el estudio de las mentes crimina- les, dice: «la investigación revela que la psicopatía se compone de dos tipos de constelaciones de rasgos. La prime- ra incluye el área emocional o interper- sonal, es decir, todos aquellos atributos personales que hacen que el sujeto se desentienda de su componente más básicamente humano, o lo que es lo mismo, su capacidad para tratar bon- dadosamente a los otros, su capacidad de sentir pena o arrepentimiento y su po- tencial para vincularse de una manera realmente signifi cativa (o "sentida") con sus semejantes… La segunda constela- ción de rasgos remite a un estilo de vida antisocial, agresivo, donde lo importante es sentir tensión, excitación, sin más ho- rizonte que el actuar impulsivo y dictado por el capricho o los arrebatos».

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