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Tema2, Ejercicios de Periodismo

Asignatura: Analisis, Profesor: Angel Luis Acosta Romero, Carrera: Periodismo, Universidad: US

Tipo: Ejercicios

2017/2018

Subido el 16/06/2018

patricia_dm_dm
patricia_dm_dm 🇪🇸

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RÍA De LA comunicacion Y LA PRE ANGEL MwsTA Da. Dec CaríruLo Il Formas y funciones de la ornamentación corporal Lis posible distinguir entre una ornamentación directa y una or- namentación indirecta en función del efecto estético que adquí el cuerpo, mediante intervenciones directas sobre su superficie o simplemente a través de objetos ornamentales como las joyas o los vestidos. A veces las dos formas de decoración son dependientes entre sí, como en el caso de los pendientes y de los zapatos, que im- plican respectivamente una cierta mutilación y deformación de al- gunas partes del cuerpo. Pintura del cuerpo y tatuaje El cuerpo humano ha representado quizá uno de los primeros campos de manifestación artística (fig 3). La pintura del cuerpo, una forma de decoración directa difundida en todo tipo de culturas, se remonta al paleolítico. Las pinturas recuperadas en las cuevas atestiguan que los hombres de esa época ya conocían los colores de origen mineral como el ocre, con el cual probablemente pintaban las picles, el cuero, la madera y también el propio cuerpo. En algu- nas poblaciones precolombinas se creía que las pinturas faciales po- dían proteger de las enfermedades; los Wai Wai, un grupo de indios americanos, tenían la costumbre de pintarse el cuerpo de rojo como protección contra los espíritus malignos. Algunos pueblos guerre- ros recurrían a la pintura del cuerpo como fórmula mágica indis- 54 ¡mPpama cio: Fs. 3. Pintura corporal de un hombre Kau. (edición de L. Riefensebal), Mil tografía extrañila de Gente dí Kau 1, Mondadori, 1977 ap 2020) ap Y Lio | | sua | ap uenIpa) any uowvuso Á alemrL Ap DL 95 (9961 Yer xs Jo neos ua peampon gap ey E auque pap odia 7eJ :dso >s10A] (pp BEd "9261 “WO MUELIN “omo ap audio, 7 "ur O svodozno servo, sessaaip se] 49 oprayipow 234 ms e £ opradope any £ 4007) saw sa¡du1 sopeso¡dxo [2 20d PUE ua opensiáos any outs [a “apord ey aaqos olnqup» exigiuis amb “enenn» veo] e 109 ado as au lem aque e y equzgnn as olenava a1gapapur pap 130] ua anb o¡9s sayrd sepor ua aenuozuo apond 9s soso1B1ad oJuDuIpenos sOperapIstios sOnpralp -UL Y JE|SIY DP UY [2 UO) OANUNSIP OUBIS Un ap u9nIsodun Y] odn18 [Pp sarauoduro) syunp soy Y Jelape Á ed]no Y aJdusrs v1ed 9491] -91 ap 19uod uepuanad somajpuodsa1300 sofeniv) soÁn> “s9J0pmop O SOJOHPE 'SAWOIPY| SO| AP SOMAP SO] U2QUIY) OUIS “SODOJOY SOI -5v so| OJ9s ou odzom3 12 u9 uepunadus soanturad sopgand soun3| y “1O[YA [e eppepow 9p aradso eun esony afenq) [9 1s OuIOS “weuanl Y 19 SEPIQUJ sepriay ap o “sopepmbrue opts ueIquy anb soB1unu ap O13UINU [9 UYqez1oquuIs onb sou3is uo> uequne) as sorsourjod Á sou ore soampurad soygand sopeurug “ojduss sy Á esnjoxd sou -2u uorov1039p eun odio) [9 ua urquiuosold sopen so] 'sonpralp -ur sguap so] ap asamBunsip esed odian [9 ua Á osos [9 ua solenqva urquansead 95 peprunuo) Y] 2p OMQUIE [9 U9 enuanpyur JOÁvUL U0) SONPIAIPUL SO] “EPUL[2Z vADMN IP S0UONE¡qod seunáe ua Isy “epjedso ey us Á oyoad ¡2 ua sejrea¡dur entusad sa] os o¡9s odna3 ¡ap sayuauoduo) syurap so Y anb'sesfuara qua Y 9p ayÍ ¡e seprazasos uequisa oyoued ap eusoy us O dez-diz u9 sa] -P19Y] SOUOJILIODP SP] EISDUOJAA Y] 9 Se[s! sey uz] odni3 [op oq -uuY [9 U9 SPPY]poJesÓp sopepranor sey Á poded [2 unBos sesnsiiayoes -e9 Á pepnues ua ueqersea Á ¡eros uOnIsod e] ap oJoquiis 19 UY -nsuo) :¡e1od10) v3muid Y] dp st Y SeSNu2p! 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SeJn3pno sesidaJp UH “souuspuU [s US pepianB -as 304ew 21ambpe Á o3rurouo 19 US Oportu [9 1e3posns ved aqusuad sa han originado tanto la moda de las pinturas como la moda de la indumentaria», Las actuales formas de ornamentación obviamente tienen poco o nada en común con las modalidades técnicas y las importantes funciones informativas que tenian la pintura corporal y el tatuaje en los pueblos primitivos. En nuestra cultura, el tatuaje, sobre todo como consecuencia del empleo del vestido, no puede exhibirse y ha asumido un carácter de arte clandestino que generalmente no ha ido nunca más allá de un limitado repertorio de estereotipos simbó- licos y eróticos. Su contemplación suscita todavía una repulsión instintiva, puesto que, bajo la forma de mensajes, simbolos y figuras eróticas ha sido, y todavía lo es, un elemento decorativo particular- mente difundido entre las clases sociales más bajas y marginadas, De todas formas, no han faltado casos de tatuaje entre personajes cuyos nombres están ya ligados a la historia, como Napoleón, Enri- que lil, Pedro el Grande, Roosevelt, Truman, Churchill, el maris- cal Montgomery, Stalin, John Kennedy, etc. En estos últimos tiern- pos parece que el tatuaje, como técnica de elaboración del «cuerpo- espectáculo», está volviendo a la moda. Hoy el arte del tatuaje, sobre todo en el dur de California, capital del «neotatuaje» y también en Inglaterra y Holanda, paises europeos líderes en el sector, se sirve de técnicas más perfectas: ya casi no se trabaja a mano, sino que se usa una especie de rotulador que describe sus trazos sobre la piel con agujas eléctricas, ofreciendo una mayor variedad de colores. Además se han cambiado los modelos: ya no se reproducen sola- inente dragones y samu. n retratos de actrices (Ma- rilya Monroe, Marlene Dietrich), copias de cuadros famosos (obras de Botticelli y Guido Reni, y también de Klee o Kandinsky) y fanta- sías geométrico-punks, Por otra parte, en Japón se practican los «ta» tuajes negativos», especialmente difundidos entre las mujeres: son dibujos realizados al polvo de arroz o al óxido de zinc, que aparecen sobre la superficie de la piel solamente en determinadas circunstan- cias, cuando la persona se encuentra en estado de excitación, en un baño caliente o cuando bebe alcohol. La prolongada y costosa prác- tica sadomasoquista del tatuaje, sobre todo por razones culturales, no se ha consolidado en Italia salyo en raras excepciones dentro de Ita burguesía y en todo caso en forma de minúsculas señales ocultas y nunca a través de grandes dibujos. 3 A. von bumbold, citado por C. Darwin, /des, 4 Cfr. L. Lautenzi, «Dal galcotto al vip...», co La Repubblica, 12 de abril de 1985, pág. US. 64 Cosméticos Con la costumbre de cubrir el propio cuerpo, típica del hom- bre civilizado, la intervención directa sobre éste se ha limitado no- tablemente y por lo general ha asumido una finalidad puramente cosmética que, sin embargo, no ha excluido del todo la función simbólica típica de los pueblos primitivos. Efectivamente, el cos- mético puede transformarse en característica dominante de un gru- po hasta el punto de que el individuo, para sentirse integrado en éste y para diferenciarse de los demás, se ve inducido a emplárlo: basta pensar en el maquillaje vulgar y recargado al que recucrian las prostitutas del siglo pasado para señalar al hombre su propia pre- sencia, o en las extrañas cabelleras de los modernos punks. En el si- glo xv, la costumbre de afeitarse las cejas constituye un caso similar, así como la tendencia a dibujarse lunares para intensificar la palidez aristocrática de la piel, en el siglo xvm1, la de aplicarse polvos para blanquear el rostro en el siglo x5x, o la moda de las ojeras en tos años 30. El arte de la «cosmética»?, cuya raiz griega significa adorno, de- coración, ha representado ya diesde la antiguedad un modo de mos- trar la propia individualidad y de comunicar mensajes. La cosm ca ha sido empleada como lenguaje de seducción prevalentemente por las mujeres y se remonta a la época en que éstas tenían que hn- cerse notar para que las eligieran como esposas y recurrian a uno de los pocos medios de atracción que les estaba permitido: captar las Ímiradas y la atención del hombre con señales visuales llamativas. En culturas diferentes de la nuestra era el hombre el que atraía las miradas y la atención, como en el caso de los Todas de la India me- tidional, donde eran las mujeres las que elegian al hombre, que por ello se ataviala con pequeños espejos y vivos colores. Los actuales productos de cosmética (por ejemplo, el maquilla- je, los polvos faciales, las sustancias para dar color a las m: cremas sólidas para maquillarse) o para el cuidado de la piel (cremas de distintos tipos, tóricos, mascarillas, productos como las cremas término comnética corresponde a la traducción de la palabra inufíana «cosmesio (que proviene del griego xóguecis nkósmesisa y significa oraumento, aslorno), emplesda para designe ol conjunto de técnicas empleadas paca el cuidado del cuerpo. [N. del 7.] 61 fluidas o las lociones limpiadoras), son muy variados y tienen las funciones de reforzar las tonalidades naturales de la piel y de suplir en parte la actividad reducida de las glándulas sebáceass. “Los ojos, que aportan vida al rostro y que de forma tan discreta como eficaz toman parte en el juego erótico, son sometidos a una variedad de ar- tificios cosméticos (sombras, lápices, mascarillas) para resaltar su expresión seductora y sensual y a veces su agresividad (fig. 6). A causa de su mayor atractivo sensual, el color rojo se emplea todavía hoy, sobre todo para pintarse los labios; esta forma de maquillaje es una de las muchas expresiones de erotismo presentes en la indu- mentaria. En efecto, los labios tienen un papel muy importante en la relación amorosa , pertenecen a las zonas erógenas del cuerpo y, por tanto, hacen del beso un acto particularmente erótico, La razón por la que la mujer acentúa el rojo natural de esta zona con el car- mín, haciendo que la boca parezca sensual y carnal, está en esta fun- ción de atracción. El Cantar de los Cantares está lleno de olores fragantes: las meji- llas de los amantes huelen a hierba, los senos a especies, el aliento a miel. Los olóres son poderosos estimulantes de todo el sistema ner- vioso, lo cual explica por qué ciertas sensaciones olfativas pueden generar emociones fortisimas. El olor de las secreciones de las glán- dulas de las axilas y de las zonas genitales actúa como un potente es- timulante sexual, por lo que en otras épocas dicho olor era deseado e incluso provocado; en la antigúedad las concubinas reales eran so- metidas a un largo tratamiento con el fin de obtener una mayor in- tensidad en los propios olores naturales. Los potentados orientales, después de haber hecho correr a las mujeres de su harén o tras ha- berles provocado el cansancio, elegían aquella cuyas prendas suda- das suscitaran un mayor placer a su olfato. El poder de las emanacio- nes sudorosas del cuerpo femenino sobre el hombre ha sido cantado por poctas y escritores como Charles Baudelaire y Emile Zola, «sub- yugando» también a los poderosos de la tierra”. Con la gradual consolidación de las prácticas higiénicas y como consecuencia de la presión cada vez mayor que ejerce la publicidad de los productos de aseo personal, el hombre de la «civilización» in- dustrial prefiere, en cambio, eliminar los olores del propio cuerpo como si fueran negativos, sustituyéndolos por olores ajenos a éste: 3 Se pueden encontrar consideraciones interesantes sobre este tema en C tarelli, £ cosmelíci, Roma, Editori Riuniti, 1984. 6 Cfr. Ídem, págs. 84-85. 62 AS DEI El sabelo El cabello y sus tipos de peinado correspondientes contribuyen, junto a los demás elementos de la indumentaria, a la constitución de la imagen corporal, es decir, establecen la forma en que el sujeto vive el complejo de sus propias características físicas, influyendo en el concepto de sí mismo y en la interacción con los demás. Los as- pectos particulares de la personalidad del individuo, su clase social o el grupo politico y religioso al que'pertenece, se pueden señalar visualmente a los demás a través del peinado: el pelo largo y la bar- ha han caracterizado la protesta juvenil del 68 y han expresado el anticonformismo de los hippies. Por otra parte, otro ejemplo sería el pelo corto y variopinto de la pacífica marginalidad punk o el ri gor, el orden y la renuncia que denota el pelo, a veces rapado al cero, de militares y religiosos, El cabello desaliñado y poco cuidado, así como el abandono en la forma de vestir, pueden indicar un estado de tensión, de agresivi- dad, de rechazo o de indiferencia hacia la propia imagen, o una concentración de energías en torno a actividades y problemas espe- cificos que absorben temporalmente toda la atención del individuo. Expresiones como «poner los pelos de puntan, «erizar el pelo» y «te- ner un diablo como cabello»**, ponen de manifiesto la convicción dle que existe una estrecha relación entre" los estados emotivos del individuo (miedo, ira, depresión, etc,) y el estado del cabello: los cuidados y el interés en torno al cabello atestiguan una profunda re- lución de identificación entre la persona y su pelo. Muchos signifi- cados latentes de nuestras costumbres cotidianas en relación con el cabello, tal vez puedan llegar a ser más comprensibles si nos remon- tamos a lus creencias y a los mitos de la mentalidad arcaica. Frazer hace referencia a las atenciones y a los tabús en relación con el cabello difundidos en numerosos pueblos primitivos, Éstos consideraban la cabeza como una parte especiamente sagrada en la que habitaba un espíricu muy sensible a las heridas o a las faltas de respeto, por lo que cuidaban mucho la cabeza y el peinado. El corte +* aTence un dínblo como cabellos cs uns traducción literal de la expresión italiana «A vere un diavolo per capellos, que significa estar muy ieritado. He tenido que mantener la frase original porque en español no hay ninguna expresión en la que se emplee la palabra pelo o cabello que describa dicho estado dle ánimo, 66 de pelo repcesentaba una operación dificil y delicada, ya sea por el peligro de molestar al espíritu y provocar su venganza, ya sea por la dificultad de encontrar un lugar donde colocar las hebras cortadas. En efecto, después del corte de determinadas partes del cuerpo, se creía que perduraba «la relación positiva que existe entre el hombre y todos los elementos de su anatomía, por lo que él sufriría cual- quier mal que pudiera sobrevenir a las partes separadas, como los restos del cabello y de las uñas»", Por esta razón, estas hebras o des- pojos se depositaban con mucho cuidado en lugares seguros con el fin de evitar que pudieran emplearse para «ejercer maleficio» contra la persona a la que habían pertenecido; también en caso de que el individuo fuera hecho prisionero, estos restos podían emplearse como prenda para que el sujeto no huyera!*, Por otra parte, en algu- nos pueblos, como, por ejemplo, entre los habitantes de las Islas Marquesas, se podian encontrar hombres con la cabeza rapada en su totalidad salvo un mechón de la parte superior, que se mantenía suelto o recogido de una forma especial y que simbolizaba un voto de venganza; el meclión se cortaba sólo después del cumplimiento de la promesa. : Puesto que los cabellos y todo el conjunto enpilar del cuerpo hu- mano son elementos comunes al mundo animal, constituyen sim- bolos de agresividad, de fuerza bruta y maléfica. A propósito de este tema, Frazer considera lo siguiente: «También en Europa se creia que la potencia maligna de las brujas y de los magos residía en el ca- bello y que nada podía dañar a estos malvados mientras conserva- ran el pelo, Por esta razón, en Francia era costumbre afeitar todo el cuerpo a los acusados de brujería antes dle entregarlos a los alguaci- les»", El corte de pelo que se realizaba a los recién nacidos en algu- nos pueblos primitivos desempeñaba la función de cito de separa- ción. Su valor consistía en la purificación de las fuerzas maléficas; representaba la ruptura con la condición precedente y el paso a un un estado diverso", llevando implícita la misma función simbólica que forma el corte de pelo al que se someten las personas que abra- zan la vida religiosa. Las sensaciones táctiles de blandura, sunvidad y esponjosidad * añudi, 1950, pág. 385 [vees. espa: La 11]. G, Fenzer, Ml ruso ero, 1, “Tari 19791, rama dotado, Blagía y religión, México IC 1 Cfe. fden, pág. 390. 1) Cfr, [dem pág. 429. Y Cér, Édeco, págs. 390-391. 67 que suscita el cabello invitan a la caricia; además de sensaciones eróticas provocan también sensaciones de ternura y de calor que tienen una connotación maternal, En efecto, desde el punto de vis- ta del tacto la experiencia de tocar el cabello origina una profunda y teconfortante comunicación afectiva propia de la infancia, En esta experiencia gratificante quizá se pueda encontrar un significado a la difundida costumbre de juguetear, ensortijar, tocar y alisar los pro- pios cabellos, que acompaña generalmente a los estados de tensión y de inseguridad. Esta connotación psicológica de protección y de aplomo explicaría también el origen de la expresión «echarse las manos a la cabeza», La vitalidad y dinamismo del cabello se han asociado siempre al potencial energético del individuo, como atestiguan las creencias de los pueblos primitivos. Frazer, refiriéndose a este tema, conside- ra do siguiente: «En los cuentos populares sucede que a menudo la Tuerza de un hombre aparcce relacionada con su pelo; si se le corta, se debilita o se le provoca la muerte. Los inclígenas de la ista de Am- boina crelan que su fuerza residía en el cabello y que si se les corta- ba, la perderian»!s, el mito de Sansón es emblemático con respecto a esta relación simbólica, El rapado que se realiza a los prisioneros, a los traidores o a los enfermos mentales, que en general acompañaba alos actos de marginación y discriminación, ha tenido y tiene toda- vía un significado de castración evidente. Este simbolismo, gene- talmente inconsciente, es lncansadelestadodeansia,sinodeunasitua» ción traumática, con la que a veces pueden vivirse fenómenos como ta pérdida del cabello o la formación de las canas; el indiv: duo siente que su propia imagen e indirectamente la calidad de las relaciones interpersonales se han visto afectadas. Si dirige su aten- ción solamente al yo corporal, podrá debatirse entre la angustia y la desconfianza en sí mismo, determinadas por la sensación de dete- rioro físico, y la confianza ciega en espectativas milagrosas, alimen- tadas por las promesas de la publicidad de cosméticos. Además, el temor del sujeto a que los demás lo encuentren envejecido y sin atractivo sexual, por tanto con un papel no compartido ni acepta- do, podría crear una serie de condicionamientos en el comporta- miento que incidirian inevitablemente en la seguridad del indivi- duo en la propia persona, así como en sus relaciones con los de- mus. $ dem pix 12). 68 Modificaciones en el cuerpo Por otra parte, existen prácticas, además de la cosmética, que con intenciones cultuales y estéticas producen profundas modifica- ciones corporales; entre éstas, una de las más audaces es sin duda ta remodelación del cráneo mediante presión, que las mujeres de ciertas tri- bus realizan con sus propios hijos (fig 7). Entre algunos pueblos que se consideran «civilizados», la moideable blandura del cráneo in- fantil llegó a ser un estimulo para provocar conscientemente inten- tos de deformación, determinados más bien por razones raciales y eugenésicas que por razones estéticas. En efecto, se consideraba que la conformación del cráneo de un individuo y, por tanto, la de su cerebro era lo que condicionaba sus actitudes y su comportamiento moral. También los labios y los lóbulos de las orejas podían sufrir deformaciones por razones estéticas, para lo cual se estiraban me- diante pesos, La nariz podia ser perforada o aplastada. Entre los pueblos primitivos, son frecuentes los ejemplos de m- tilación unidos a menudo a ritos de iniciación a los que se sometian los adolescentes de ambos sexos. La extirpación de las falanges y dle los dientes, las perforaciones en los labios, en las mejillas y en las orejas (estas últimas todavía se practican), así como la circuncisión masculina y la subincisión o corte que se practicaba en los labios menores de las jóvenes, señalabari la llegada a la edad adulta y la in- serción activa al grupo tribal al que el sujeto perteneciera; por ello, dichas mutilaciones y deformaciones se exhiblan con orgullo, como elementos decorativos. Cortarse las uñas o el pelo, depilarse o pei- narse también son formas de mutilación y deformación, de elimi- nación forzada y de modificación artificial de ciertas caracteristicas del cuerpo; pero el hombre no las percibe como tales, porque descle hace mucho tiempo se han asimilado como prácticas higiénicas o cuidados estéticos. Además, la diferencia de este tipo de manipula- ciones se debe al hecho de que no producen efectos permanentes, como ocurre, por ejemplo, en el taso de la extirpación de las falan- ges y de los dientes; en estos casos, si el hombre no interviniera, lo haría la naturaleza. A propósito de este tema, Flúgel afirma que «cl arte se anticipa a la naturaleza». , Elúgel, Psirolggía del'abbigtiamento, Milán, Angel, 1982, pág, 57 [vera. esp: Pricolagía del vestido, Paidos, 1964). 10d a £L -suz “Bed *0L61 "UOIdwO?) 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El fenómeno de ceñirse al talle cinturones metálicos muy estrechos resultaba ya difundido entre los hombres y las mujeres de la antigua Creta mi- noica, encontrándose también en Papuasia. Los cinturones actuales tienen una función exclusivamente ornamental, aunque en las mu- jeres no falta la intención de obtener una sujeción de la cintura por leve que sea. El progreso cultural ha supuesto la gradual desaparición de es- tas deformaciones del cuerpo brutales y nocivas para la salud, gene- ralmente ligadas a creencias mágicas, y ha limitado en gran medida las restantes modificaciones corporales que la moda todavía exige. En las Obras Aforales, Giacomo Leopardi asigna a la moda la con- ciencia de su propio instinto destructivo, Lin el diálogo con la Muerte, la Moda lama a esta última «hermana» y afirma: «Yo per- suado y obligo a todos los hombres gentiles a soportar cada día mil esfuerzos e incomodidades y a menudo dolores y sufrimientos; y 1 alguno, a morir gloriosamente por el amor que me profesan”, En el atavio del propio cuerpo, el hombre de hoy tiende a un uxayor respeto hacia sus formas naturales y ya no intenta distorsio- narlas, sino poner en evidencia sus aspectos más bellos y llenos de 29 G, Ecopardi, «Dialogo della Mola e delta Morte», en Opereie merali, Turia, Boringhicri, 1959, pág, 39. La moda descrili de esta forma los ámbitos particula- res en los que se vanagloría de su propia actividad: «Vo me conformo generalmen- se con la barba, el cabello, los vestidos... y no me privo de realizar numerosos jue» gos comparables a los iuyos, como verbigracia perforar orejas, labios o narices y dañarlos con las nadorías que cuelgo de sus orificios, abrasnr las carnes de los hom bres los que obligo a practicarse tatuajes por motivos de belleza, doformar las ca- bezas de los niños con vendajes y otros ingenios... deformar a la gento con calzados demasiado estrechos, dejarles sio respiración y licer que los ojos se les salten por la estrechez de los cortés y cien cosas más de esta naturalezas (págs. 48-39). Yu atractivo: con este fin, practica deporte, se somete a curas dietéticas y estéticas y, en casos cada vez más frecuentes, a intervenciones de cirugía plástica, Las motivaciones que inducen a recurrir a este último tipo de intervención directa sobre el cuerpo son diversas: por ejem- plo, hay casos en los que factores externos como un accidente im- ponen, por razones psicológicas y sociales, una recuperación estéti- ca de la propia identidad somática. En cambio, en algunos sujetos la preocupación por las arrugas, el temor a resultar feo, a no gustar por culpa de un defecto real o imaginario llega a convertirse en una idea fija, en un motivo de depresión si no incluso en un motivo de neurosis. Después de haber intentado en vano eliminar o compen- sar estos aspectos negativos con el uso de productos de belleza, con ornamentos, peinados o prendas de vestir, afrontando notables pér- didas de tiempo y dinero, estos individuos pueden recurtir a la ciru- ela plástica para liberarse de los verdaderos o presuntos defectos fí- sicos que consideran responsables de 'sus propias dificultade Por otra parte, los transexuales constituyen la forma más evi- dente y extrema de esta patología y son catalogados como el estadio final del travestismo. También estos individuos están convencidos de que la naturaleza ha cometido un ertor, pero hasta el punto de desear, a pesar de lo inequivoco de su sexo biológico, el cambio de aspecto e incluso el cambio «le su conformación sexual, para Hegar a ser similares a la imagen corporal que tienen de sí mismos y que co- reesponde mejor a su identidad psíquica. Vestidos y complementos En la historia del vestido, el final del siglo xv1t1 señala un Eenó- meno de notable importancia cuyas consecuencias se pueden perci- bir todavía hoy: los hombres renunciaron a formas de atavio espec- taculares, lujosas, excéntricas y elaboradas, reduciendo su indumen- taria a un atuendo de estilo sobrio y austero. Desde los tiempos del Imperio romano hasta finales del siglo xv11, no había habido dife- rencias sustanciales entre la indumentaria masculina y femenina desde el punto de vista ornamental. Pero desde aquel periodo hasta nuestro siglo, la mujer gozaría del privilegio de ser, desde el punto de vista de la alta costura y de forma estricta, la única depositaria del lujo, de la elegancia y de la belleza. Las causas de lo que Flúgel define como «gran renuncian del sexo masculino se atribuyen de forma unánime a factores de carácter esencialmente político y so- 81 nes de moda más antiguos y las pinturas prehistóricas, muestran mujeres con largas faldas y desnudas de cintura para arriba, La falda sirve de contrapeso a la sobrecarga que caracteriza a la parte supe- rior de la figura humana y, además de mejorarla visualmente, esta- blece un agradable efecto escultórico. En algunas culturas, todos sus miembros sin excepción emplea- ban un tipo de vestido cilíndrico, amplio y abierto; era una reacción de defensa contra un fantasma del inconsciente bastante difundido, es decir, el miedo a la apertura, a la escisión, al desdoblamiento. La costumbre de llevar largas túnicas hasta los pies, que todavía hoy se puede observar en los pueblos istámicos o en los que se encuentran bajo su influencia, parece que se ha originado a causa de este miedo al carácter bifido del cuerpo humano. Además, en el caso de la mu- jer, el temor a que los labios de la vagina no volvieran a juntarse de nuevo como consecuencia de las periódicas pérdidas de sangre, puede haber favorecido que el vestido femenino presente una for- ma cilíndrica; esta forma encuentra su justificación al ser «un medio de reparación..., un clemento restaurador que aplaca el inconscien- te de las mujeres y de los hombres» y representaría «la materializa ción del mito-universal de la sirena»?, Las diferencias anatómicas entre hombre y mujer no justifican, como demuestra la historia del vestido, la necesidad de un tipo de indumentaria diversa; en el pasado, las diferencias entre los trajes de ambos sexos han sido a menudo mínimas o incluso inexistentes. Salvo raras excepciones, los antiguos griegos no hacian distinción entre prendas masculinas o femeninas, ni tampoco los persas o los asirios; lo mismo sucedia con los judios y, según los testimonios de “Tácito, en el caso de los germanos, En materia de indumentaria es- taban en vigencia costumbres radicalmente opuestas a las nuestras: por ejemplo, en algunos pueblos orientales eran las mujeres las que llevaban pantalones, los cuales se consideraban un simbolo de femi- nidad, En realidad, la distinción entre las prendas duales, que se- rían propias del hombre, y las faldas, propias de la mujer, es absolu- tamente arbitraria: John Evelyn definía los pantalones como «algo hermafrodita que no caracteriza a ninguno de los dos sexos», En nuestra sociedad un hombre que vaya por la calle con falda corre el riesgo de ser arrestado, a menos que lleve un traje regional, mien- NL. A. Doscamps, Psirosoiolagía della meda, Roma, Esditori Riuniti, 1981, pá- gina 134 [vers, espa Peicosociolegía de la moda, México, 1986]. su ]. Livelya, Zyrannas or sos Modo, Oxford, 1951, pág, 25. E 84 tras que los prejuicios contra las mujeres que llevan pantalones se han eliminado del todo, Dicho empleo de los pantalones, que desde la Edad Media han simbolizado el poder y el dominio del hombre sobre la mujer, coincide con la conquista de sus derechos; la mujer tiende actualmente a asumir cada vez más papeles de responsabili- dad tanto en la familia como en la sociedad, o como se decín anti- guamente, «a llevar los pantalones», La actual indumentaria «unisex, según G. Tibaldi, «podría re- presentar no sólo la manifestación de una actitud más desenfadada, más libre y más funcional, o el síntoma de una más amplia integta- ción de la mujer en la sociedad, sino también el signo de una hetero- sexualidad más auténtica y firme (o, por el contrario, de una ho- mosexualidad más desinhibida)»", Una fuerte identificación con una persona del sexo opuesto puede inducir al deseo de levar una parte o la totalidad de su indumentaria, llegando incluso al disfraz; estos deseos, hoy permitidos y que, por tanto, se satisfacen con más libertad, siempre han encontrado la posibilidad de ser espontánea- mente desahogados durante determinadas fiestas. En Roma, las sa- turnales, tres días de fiestas en honor del dios Saturno, representa- ban la ocasión de romper la monotonia de la vida cotidiana y libe- rar las propias cargas agresivas e instintivas normalmente reprirni- das: los señores y los esclavos se intercambiaban los papeles, siendo numerosos los hombres que se vestían de mujer, y viceversa: el dis- fraz ha representado a lo largo de la Edad Media y representa toca- vía en la actualidad una de las diversiones más esperadas de nues- tras fiestas de carnaval, En Occidente resulta del todo desconocida la prenda de vestir de una sola pieza capaz de cubrir a dos personas que se describo a continuación: según Rudofsky, «No ha entrado nunca en los ma- nuales de costura o en las historias del vestido, y es más, en ningún libro publicado en tos últimos trescientos cincuenta años»", Ru- dofsky estudia el testimonio de los estudiosos que en Sumatra vic- ron una prenda de vestir insólita: llegaba hasta las rodillas y estaba abierta por la parte superior y por la inferior, pero completamente cerrada por la espalda y por el delantero. Lo que (altaba en longitud lo suplía en anchura. Para ponérselo, la mujer se lo introducía por la cabeza y se lo ajustaba bajo las axilas y cuarido queria recibira un 4 G, Tibakdi, elntroduccióno a /. €. Eltgel, Psicolegía dell abbigliamento, Milán, Angeli, 1982, ¡rág, 19 jvers, espa: Puicofagía del vestido, Paidos, 1964]. 88, Rudofikiy, 4? corpo incompinta, dlilán, Mondadori, 1975, págs. 239-246. 85 hombre, se desataba el vestido que asi les cubría a los dos, A veces se recogía y se echaba sobre el hombro como una bufanda o se llevaba doblado o remangado en torno a la cintura y a los costados, El em» pleo de una prenda de vestir como «tienda de campaña matrimo- nial» no estaba limitado a Sumatra: en las Islas Célebes se descubrió una variante masculina, un traje hasta los pies que el hombre em- pleaba para ocultarse cuando quería estar con una mujer, Un indumento de este género, totalmente desconocido en nues- tra cultura, tenía un papel importante en los ritos de numerosos pueblos, como en las Indias Orientales, donde se le acribuían pre- rrogativas sacramentales sobre todo como simbolo de la unión ma- trimonial: en muchos rituales se encuentran distintas formas de emparejamiento real y simbólico mediante elementos de la indu- mentaría, Por ello, en Sumatra, así como en las cercanas islas de Borneo y Nías, parece que, según testimonios, la unión de la pareja en una única prenda de vestir era parte integrante de la ceremonia nupcial, De todas formas, el hecho de que esta misma costumbre se encontrara también en Madagascar, que dista ocho mil kilómetros du las Islas Célebes, e incluso entre los aborigenes de la América septentrional, hace suponer que se trataba de una antigua tradición, ritual y placentera al mismo tiempo. . El vestido puede tener una función múltiple, por lo que no siempre resulta clara la distinción entre la función genuinamente estético-ornamental y la función utilitario-protectora, Lo que cialmente se emplea como un elemento decorativo, a continuación podría convertirse en un úcil elemento de protección y viceversa, pues las dos funciones también coexisten: por ejemplo, se puede pensar en el uso de las pieles de animales que además de haber sido un trofeo ornamental para el cazador primitivo, se han revelado después como un excelente medio de defensa contra el frio, y, de hecho, las pieles todavía se emplean con una doble función orna- mental y de protección. Ñ El cometido de la ornamentación se une a menudo al de los amuletos; por esta razón, el guerrero primitivo intentaba robar al enemigo derrotado algo que simbolizara la victoria: por ejemplo, al- gunos pueblos realizaban collares y pulseras con los dientes o las mandíbulas de los enemigos derrotados. Originariamente estos tro- feos eran algo más que simples recuerdos o símbotos de victoria y de prestigio. La incorporación del trofeo como parte por el todo significaba, en sentido mágico, el poder sobre el todo, la toma de posesión sobre la presa o sobre el enemigo, El aumento de la fuerza 86 se unía al acto de la incorporación del amuleto, debido a la creencia mágica de que así la fuerza vital del animal matado o del adversario se transmitía al vencedor. o Este fenómeno explica la causa por la que el trofeo constituía generalmente la parte en la que se exteriorizaba mejor dicha fuerza; un cuerno o los cuernos de la víctima, un diente, el órgano sexual del encmigo, etc. Al mismo tiempo el trofeo cumplía la función de amuleto, que daría fuerza y protección en las luchas que acaecieran. «Todo pensamiento mágico —afirma Ernst Cassirer— está domi- nado e invadido por este principio.» Incluso una ligera conexión de la parte con el todo asegura la eficacia mágica; «Para procurarse el poder de la magia sobre el cuerpo de un hombre es suficiente que se esté en posesión de sus uñas y de sus cabellos.» Y. Esta antigua concepción mágica, transmitida después en el cul- to a las reliquias, está ampliamente difundida todavía en la actuali- dad a través de formas distintas y menos evidentes que en el pasado. El niño que se pone el sombrero de su padre, la muchacha que em- plea prendas de vestir de la madre o los adultos que llevan determi- nados artículos de ropa, viven generalmente una apropiación de las cualidades que posee un modelo ideal y que descarían tener: asig- nana los elementos aislados de la indumentaria (la parte) el poder mágico para hacerles participes de la admiración y del atractivo que suscita el elemento de identificación (el todo). * a A medida que numerosos objetos con una simple función utili- taria (armas, bastones, hebillas, cinturones, sombreros, bolsos, ga- fas, etc.) o con una función inicialmente mágica (piedras preciosas, joyas, cadenas, pulseras, anillos, colgantes O cucEnos) pasan a de- sempeñar una función acentuadamente ornamental, adquieren el aspecto de auténticas creaciones artísticas finamente elaboradas so- bre material precioso, convirtiéndose en signos de alto estatus sO- cial, en signos de diferenciación y personalización; así, por ejemplo, las condecoraciones de los dignatarios y las insignias de rango, hoy casi completamente en desuso, constituyen un ejemplo de la asocia- ción que existe entre simbolo de poder y la ostentación de objetos de valor, Todo ello explica por qué el cetro, el báculo pastoral de los obispos y el bastón de mariscal, inicialmente empleados en el ejerci- cio del poder para golpear a los súbditos, estaban: recubiertos de oro o de otro materia) de valor, artísticamente elaborados y con incrus- taciones en piedras preciosas. Lo mismo sucede con los elementos ME Castirer, Linguegglo e omite, Miláa, 1 saggiatore, 1961, págs. 102-103, 87 51001 06 gorro Hed "yRGL S21pUO] omg porjodoqajue 21 Jo jouanof 40 *ANLAIMMOS “Lx “pl a Jenxos1q rzapesinro pros. unta 6 Bed pr 33,) so os91quios pap A oredez “tnpdure ousw9ua, Un ap van eonpeuvos1sd u9romadiaus os 19u +9150s vaed epouarjos 29vy 198011 90b ¡e oruoundre opundos : e aasopuil -Ids) Sequory uo) ouaxa ns ua Opopuy1o92p Á voImur un vo) [vORI9A UOIDISOH US OJOPuU2LUDSOS “SpuL OSN|IUI 2 SOJIIWINUII ODUI) ?p OMAUIYIp Un 10) Á 0874] DP SOMDWNUII YJUISIS Y PIUIIENO DP Lo -501018 estu Yun JUUUJOy vist y ojopurBajd Á ojopurj¡ozua “ensaya Ono 3p 0 UOPoB]e 9p soxaur sounge uo) 2uad ]? 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La piel, además de ser el envoltorio externo del cuerpo, es la zona erógena por exce- lencia a través de la cual se percibe el tacto, el sentido más impor- tante cuyo radio de acción afecta a toda la superficie del cuerpo. Por experiencia directa se sabe que ciertas regiones corporales son más sensibles al tacto que otras. La boca, los pezones, las axilas y a un distinto nivel sensorial las puntas de los dedos, las rodillas, los co- dos y además las palmas de las manos y las plantas de los pies, son áreas cuya estimulación provoca directa o indirectamente sensacio- nes voluptuosas; el mismo acto sexual no es sino una manifestación del sentido del tacto. Estas sensaciones libidinosas no surgen nece- sariamente por medio del contacto entre personas, pues pueden provocarse también tocando objetos inanimados, como prendas de vestir u ornamentos. Basta pensar, por ejemplo, en la experiencia sensualmente agradable de acariciar o simplemente rozar seda, ter- ciopelo o pieles. En el pasado, por razones morales y religiosas, el cuerpo se ocultaba bajo el vestido, lo que comportaba la aceptación de una cierta dosis de incomodidad motivada por una difundida creencia en el poder punitivo de una prenda incómoda, Algunos estudiosos de los aspectos más turbios del erotismo han resaltado, sin embar- go, el lado compensatorio que antiguamente caracterizaba a dichos elementos punitivos del vestido, que en ningún caso lo hacían into- lerable o carente de agrado. «Los tejidos de piel de camello, los cili- cios y otras prendas de lana o de pelo con las que se han vestido tan- ts personas pías, han contribuido a menudo a provocar la incont nencia junto a ciertos métodos disciplinarios»*. La historia del ves- tido nos ofrece muchos ejemplos en los que aparece implicita esta función de satisfacción física y moral: basta pensar en la gorguera de los isabelinos, versión estilizada de la canga china (ambas se lle» vaban ceñidas en torno al cuello) o, poniendo un ejemplo más ac- Y), Kyun, Prostízutica 14 Londox, Londres, 1839, pig. 182. 92 > tual, en el cuello duro de las camisas, que provoca un agobio itri- tante. Sobre el escenario de la moda han aparecido regularmente, como refinados artículos de guardarropa, cintas, cinturones y cor- sés muy ceñidos, iristrumentos de auténtica autotortura, paro tam- bién fuente de sensuales sensaciones epidérmicas y musculares, La presión que estos elementos de la indumentaria ejercian sobre el cuerpo dificultaba la respiración y, con el mismo efecto de un cin- turón que se ajusta hasta el límite de lo soportable, suscitala Fanta- sías en torno a la estrangulación, recordando una de las fases finales de la relación sexual", La indumentaria de tipo «masoquista», de la cual cl auténtico kimono japonés, que parecia una especie «e camisa de fuerza, es un ejemplo válido, estaba caracterizada por unas medidas muy ajusta- das, extrema rigidez e incomodidad y se imponía inmediatamente después del nacimiento a través del vendaje del niño". Esta forma de vestir ha sido propia de la mujer, constituyendo un modo ce po- ner de relieve su fragilidad y su impotencia. Veblen sostiene que en la ropa femenina se roiteraban ciertas características que, sobre todo si implicaban disminuciones en su capacidad individual, pre. tendían atestiguar su ineptitud física para cualquier actividad y se- ñalar una posición económica acomodada, Aunque persistan huellas de estas costumbres, como, por ejem- plo, el empleo de zapatos estrechos o de tacón excesivamente alto, los distintos elementos de la indumentaria están hoy marcados por su carácter práctico y su funcionalidad, gracias al cambio de las condiciones sociales y como consecuencia de una concepción más positiva y deshinibida del cuerpo y de la sexualidad; se tiende a si- tisfacer sustancialmente las exigencias naturales del cuerpo, tanto sicas como expresivas. El cuerpo ya no está «reprimido» bajo el vestido, puesto que éste lo ha revalorizado y potenciado en su fun- ción liberadora y gratificante de elemento privilegiado de comuná- cación. El hecho de que'el hombre tenga cada vez un control mayor de su entorno, por ejemplo a través del sistema de calefacción que su ha difundido de forma progresiva, permite que el vestido reduzca Y, VÍ, illis, Priología del seno, 11, Roma, Newton Compton, 1970, páge mas 197 y ss. + Sobre las consecuencias psicológicas que el vendaje de los niños comportaba en el aprendizaje social, ctr. J. Stoctzcl, Prialegía sociale, Roma, Armando, 164, pá- glas 90-93 (vers, espa: Pricelegía social, Alcoy, Marfil, 1966], 2 T, Voblen, La teoría Vella classe ugiata, Turín, Linaudi, 1949, pág, 0-14 Jvers esp: Teoría de la clase erica, México, FCE, 1963). NA]