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Asignatura: documental, Profesor: , Carrera: Comunicación Audiovisual, Universidad: UC3M
Tipo: Apuntes
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Un artista del trapecio –es sabido que ese arte que se practica en lo alto de las carpas de los grandes circos es uno de los más difíciles entre todos los asequibles al hombre– había organizado su vida de manera tal –primero por afán profesional de perfección, después por una costumbre que se había hecho tiránica– que, mientras trabajaba en la misma empresa, permanecía día y noche en el trapecio. Todas sus necesidades –por otra parte muy pequeñas– eran satisfechas por criados que se relevaban a intervalos y vigilaban abajo. Todo lo que arriba se necesitaba lo subían y bajaban en cestos construidos para el caso.
De este modo de vivir no derivaban para el trapecista problemas insolubles con el resto del mundo. Sólo resultaba un poco molesto durante los demás números del programa, porque como no se podía ocultar que se había quedado allá arriba, aunque permanecía quieto, siempre alguna mirada del público se desviaba hacia él. Pero los directores se lo perdonaban, porque era un artista extraordinario, insustituible. Además, era sabido que no vivía así por capricho y que sólo de aquella manera podía estar siempre entrenado y conservar la extrema perfección de su arte.
Allá arriba lo pasaba muy bien. Cuando, en los días calurosos del verano, eran abiertas las ventanas laterales que corrían alrededor de la cúpula y el sol y el aire se volcaban en el ámbito crepuscular del circo, era hasta bello. Su contacto humano estaba muy limitado, naturalmente. Alguna vez trepaba por la cuerda de ascensión algún colega, se sentaba a su lado en el trapecio, apoyado uno en la cuerda de la derecha, otro en la de la izquierda, y conversaban con fervor. O bien los obreros que reparaban los techos cambiaban con él alguna que otra palabra por una de las claraboyas o el electricista, que comprobaba las conexiones de la luz en la galería más alta, le gritaba alguna frase respetuosa, aunque poco comprensible.
No siendo un solitario, estaba siempre solo. Alguna vez un empleado que erraba cansadamente a las horas de la siesta por el circo, elevaba su mirada a la casi atrayente altura, donde el trapecista descansaba o se ejercitaba en su arte sin saber que era observado.
De este modo hubiera podido vivir tranquilo el artista del trapecio, a no ser por los inevitables viajes de lugar en lugar que le fastidiaban muchísimo. Pero el empresario cuidaba que ese sufrimiento no se prolongara innecesariamente.
El trapecista salía hacia la estación en un automóvil de carrera que corría, a la madrugada, por las calles desiertas, con la velocidad máxima; demasiado lenta, sin embargo, para su nostalgia del trapecio.
En el tren se disponía un departamento para él solo, donde encontraba, encima en la rendilla de los equipajes, una sustitución precaria –pero en algún sentido equivalente– de su forma de vivir.
En el lugar de destino ya estaba enarbolado el trapecio mucho antes de su llegada, cuando todavía no se habían cerrado las tablas ni colocado las puertas. Pero para el empresario era el instante de mayor placer aquel en que el trapecista apoyaba el pie en la cuerda de subida y en un segundo se encaramaba de nuevo sobre su trapecio.
Pese a todas esas precauciones, los viajes perturbaban gravemente los nervios del trapecista, de modo que por muy afortunados que fueran económicamente para el empresario, siempre le resultaban penosos.
Una vez, mientras viajaban, el artista ubicado en la redecilla como soñando, y el empresario recostado junto a la ventanilla, leyendo un libro, el hombre del trapecio lo apostrofó suavemente. Y le dijo, mordiéndose los labios, que en lo sucesivo necesitaba para vivir, no un trapecio, como hasta entonces, sino dos, dos trapecios, uno frente a otro.
El empresario se lo concedió de inmediato. Pero el trapecista, como si quisiera mostrar que la aceptación del empresario no era más importante que su oposición, agregó que nunca más, en ninguna ocasión, trabajaría únicamente sobre un solo trapecio. Parecía horrorizarse ante la idea de que pudiera sucederle alguna vez. El empresario, deteniéndose y observando a su artista, declaró nuevamente su absoluta conformidad. Dos trapecios son mejor que uno solo. Además, los nuevos ejercicios serían más variados y vistosos.
Pero de pronto el artista comenzó a llorar. El empresario, profundamente conmovido, se levantó de un salto y le preguntó que le ocurría, y como no recibiera ninguna respuesta, se subió al asiento, lo acarició y abrazó y estrechó su rostro contra el suyo, hasta sentir las lágrimas en su piel. Después de muchas preguntas y palabras cariñosas, el trapecista exclamó, sollozando:
–Sólo con una barra en las manos, ¡cómo podría vivir! Entonces le resultó fácil al empresario consolarlo. Le prometió que en la primera estación, en la primera parada, telegrafiaría para que montasen un segundo trapecio y se reprochó a sí mismo duramente la crueldad de haber dejado al artista tanto tiempo en uno solo. En fin, le dio las gracias por haberle hecho observar aquella omisión imperdonable. De esta forma, pudo el empresario tranquilizar al artista y volver a su rincón.
En cambio, él no estaba tranquilo; con grave preocupación espiaba a hurtadillas, por encima del libro, al trapecista. Si semejantes pensamientos habían empezado a atormentarlo, ¿podrían ya cesar por completo? ¿No seguirían aumentando día a día? ¿No amenazarían su existencia? Y el empresario, alarmado, creyó advertir en aquel sueño aparentemente tranquilo en que habían terminado los