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TEXTOS RENACIMIENTO, Diapositivas de Literatura Hispanoamericana

Recopilación de textos de renacimiento español

Tipo: Diapositivas

2018/2019

Subido el 25/03/2019

irene-salagre
irene-salagre 🇪🇸

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Literatura española del Renacimiento: Poesía y Prosa
TEXTOS EN PROSA
I. Conte Baldassarre Castiglione (Mantua 1478- Toledo 1529)
Baltasar de Castiglione, El Cortesano, ed. Rogelio Reyes Cano, Madrid, Espasa- Calpe, 1984.
Carta de Garcilaso de la Vega a Jerónima de Palova
“Y también tengo por muy principal el benefizio que se haze a la lengua castellana en poner en
ella cosas que merezcan ser leidas, porque yo no sé qué desventura ha sido siempre la nuestra,
que apenas ha nadie escripto en nuestra lengua, sino lo que se pudiera muy bien escusar, aunque
esto sería malo de provar con los que traen entre las manos estos libros que matan hombres.
[…] diose Boscán en esto tan buena maña, que cada vez que me pongo a leer este su libro, o por
mejor decir, vuestro, no me parece que le hay escripto en otra lengua; y si alguna vez se me
acuerda del que visto y leydo, luego el pensamiento se me vuelve al que tengo entre las manos.
guardó una cosa en la lengua castellana que muy pocos la han alcanzado, que fue huyr del
afectación sin dar consigo niguna sequedad; y con gran limpieza de estilo usó de términos muy
cortesanos y muy admitidos de los buenos oydos, y no nuevos ni al parecer desusados de la
genteFue, demas desto, muy fiel tradutor, porque no se ató al rigor de la letra, como hazen algunos,
sino a la verdad de las sentencias, y por diferentes caminos puso en esta lengua toda la fuerça y
el ornamento de la otra. Y assí lo dexó todo tan en su punto como lo halló, y hallólo tal que con
poco trabajo podrían los defensores deste libro responder a los que quisiessen tachar alguna cosa
dél.”
Fragmentos de El Cortesano
“Porque si en algún lugar hay hombres que merezcan ser llamados buenos cortesanos y sepan
juzgar lo que más pertenece a la perfición de buena cortesanía, ciertamente se puede creer que
aquí están. [...] sea nuestro juego escoger alguno de la compañia, el cual tome cargo de formar un
perfeto cortesano, esplicando en particular todas las condiciones y calidades que se requieren para
merecer est título. Y si algo se dixiere que no aprezca convenir a este propósito pueda cada uno
de nosotros contradecir a ello como hacen los filósofos en las disputas.”
“Yo condeno, respondió el Conde, los franceses, porque piensan que las letras estorban las armas,
y tengo por cierto que a nadie conviene más la doctrina que a un caballero que ande en cosas de
guerra, y por eso estas dos calidades, asidas y ayudadas la una con la otra, quiero que se hallen en
nuestro Cortesano; […]”
“yo querría que no siguiese los estremos, echando demasiadamente a la una parte o a la otra, como
el hábito francés que ecede en ser muy ancho, y el tudesco en ser muy angosto […] me parece
que tiene más gracia y autoridad el vestido negro […] para armas no ha duda sino que están mejor
las colores alegres y vistosas […] También han de ser así en las fiestas, en los juegos de cañas,
en las máscaras y en semejantes cosas, […] pero en lo demás, querría que mostrasen el sosiego
y la gravedad de la nación española, porque lo de fuera muchas veces da señal de lo de dentro
[…] sea ataviado y primo en el vestir, y tenga una moderada diligencia en aderezarse, de tal
manera que no sea mujeril ni vano, ni decline más a una cosa que a otra.”
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Literatura española del Renacimiento: Poesía y Prosa

TEXTOS EN PROSA

I. Conte Baldassarre Castiglione (Mantua 1478- Toledo 1529)

Baltasar de Castiglione, El Cortesano , ed. Rogelio Reyes Cano, Madrid, Espasa- Calpe, 1984.

Carta de Garcilaso de la Vega a Jerónima de Palova

“Y también tengo por muy principal el benefizio que se haze a la lengua castellana en poner en ella cosas que merezcan ser leidas, porque yo no sé qué desventura ha sido siempre la nuestra, que apenas ha nadie escripto en nuestra lengua, sino lo que se pudiera muy bien escusar, aunque esto sería malo de provar con los que traen entre las manos estos libros que matan hombres.

[…] diose Boscán en esto tan buena maña, que cada vez que me pongo a leer este su libro, o por mejor decir, vuestro, no me parece que le hay escripto en otra lengua; y si alguna vez se me acuerda del que visto y leydo, luego el pensamiento se me vuelve al que tengo entre las manos. guardó una cosa en la lengua castellana que muy pocos la han alcanzado, que fue huyr del afectación sin dar consigo niguna sequedad; y con gran limpieza de estilo usó de términos muy cortesanos y muy admitidos de los buenos oydos, y no nuevos ni al parecer desusados de la genteFue, demas desto, muy fiel tradutor, porque no se ató al rigor de la letra, como hazen algunos, sino a la verdad de las sentencias, y por diferentes caminos puso en esta lengua toda la fuerça y el ornamento de la otra. Y assí lo dexó todo tan en su punto como lo halló, y hallólo tal que con poco trabajo podrían los defensores deste libro responder a los que quisiessen tachar alguna cosa dél.”

Fragmentos de El Cortesano

“Porque si en algún lugar hay hombres que merezcan ser llamados buenos cortesanos y sepan juzgar lo que más pertenece a la perfición de buena cortesanía, ciertamente se puede creer que aquí están. [...] sea nuestro juego escoger alguno de la compañia, el cual tome cargo de formar un perfeto cortesano, esplicando en particular todas las condiciones y calidades que se requieren para merecer est título. Y si algo se dixiere que no aprezca convenir a este propósito pueda cada uno de nosotros contradecir a ello como hacen los filósofos en las disputas.”

“Yo condeno, respondió el Conde, los franceses, porque piensan que las letras estorban las armas, y tengo por cierto que a nadie conviene más la doctrina que a un caballero que ande en cosas de guerra, y por eso estas dos calidades, asidas y ayudadas la una con la otra, quiero que se hallen en nuestro Cortesano; […]”

“yo querría que no siguiese los estremos, echando demasiadamente a la una parte o a la otra, como el hábito francés que ecede en ser muy ancho, y el tudesco en ser muy angosto […] me parece que tiene más gracia y autoridad el vestido negro […] para armas no ha duda sino que están mejor las colores alegres y vistosas […] También han de ser así en las fiestas, en los juegos de cañas, en las máscaras y en semejantes cosas, […] pero en lo demás, querría que mostrasen el sosiego y la gravedad de la nación española, porque lo de fuera muchas veces da señal de lo de dentro […] sea ataviado y primo en el vestir, y tenga una moderada diligencia en aderezarse, de tal manera que no sea mujeril ni vano, ni decline más a una cosa que a otra.”

“otra cosa hay harto importante para hacer que estén en muy buena o en muy mala opinión los hombres, y es el escoger aquellos amigos con los cuales se ha de tener estrecha conversación. […] cumple que se tenga gran seso y consideración en comenzar estas amistades, porque de dos estrechos amigos, quien conoce al uno luego piensa que el otro es ni más ni menos que aquél […] suele ser todas las veces que el hombre, demás de la inclinación que nace de las estrellas, escoge un amigo que en las costumbres se parezca con él. En todo esto que digo, se tome la virtud por fundamento; porque no puede ser amistad la de los malos […] Así que yo querría que nuestro Cortesano tuviese un singular y sustancial amigo.”

“De la hermosura se ha de hacer otra cuenta, porque es mucho más necesaria en la Dama que en el Cortesano […] Debe también ser más recelosa que no el hombre en lo que toca a su honra, y tener mayor cautela en no dar ocasión que se pueda decir mal della, y regirse de tal manera que no solamente sea libre de culpa, mas aun de sospecha; […] “

“Por eso, cuando viere alguna mujer hermosa, graciosa, de buenas costumbres y de gentil arte, y tal, en fin, que él como hombre esperimentado en amores conozca ser ella aparejada para enamoralle, luego a la hora que cayere en la cuenta y viere que sus ojos arrebatan aquella figura y no paran hasta metella en las entrañas, y que el alma comienza a holgar de contemplalla y a sentir en sí aquel no sé qué que la mueve y poco a poco la enciende, y que aquellos vivos espíritus que en ella centellean de fuera por los ojos no cesan de echar a cada punto nuevo mantenimiento al fuego, debe luego proveer en ello con presto remedio, despertando la razón y fortaleciendo con ella la fortaleza del alma, y atajando de tal manera los pasos a la sensualidad y cerrando así las puertas a los deseos […] ha de considerar primero que el cuerpo donde aquella hermosura resplandece no es la fuente de donde ella nace, sino que la hermosura, por ser una cosa sin cuerpo y, como hemos dicho, un rayo divino, pierde mucho de su valor hallándose envuelta y caída en aquel sujeto vil y corrutible […] y que solamente se puede gozar con el sentido del ver […] goce con los ojos aquel resplandor, aquella gracia, aquellas centellas de amor, la risa, los ademanes y todos los otros dulces y sabrosos aderezos de la hermosura. Goce asimismo con los oídos la suavidad del tono de la voz; el son de las palabras y la dulzura del tañer y del cantar, si su dama fuere música, […] Tras esto, acate, sirva, honre y siga en todo la voluntad de su dama, y quiérala más que a sí mismo, y tenga más cuidado de los placeres y provechos della que de los suyos prorios, y ame en ella no menos la hermosura del alma que la del cuerpo.”

“el enamorado que ama tiniendo la razón por fundamento, conoce que, aunque la boca sea parte del cuerpo, todavía por ella salen las palabras que son mensajeras del alma, y sale asimismo aquel intrínseco aliento que se llama también alma, besándola no por moverse a deseo deshonesto alguno, sino porque siente que aquel ayuntamiento es un abrir la puerta a las almas de entrambos, las cuales, traídas por el deseo la una de la otra, se traspasan y se transportan por sus conformes veces la una también en el cuerpo de la otra, y de tal manera se envuelven en uno, que cada cuerpo de entrambos queda con dos almas, y una sola compuesta de las dos rige casi dos cuerpos; y por eso el beso se puede más aína decir ayuntamiento espiritual; y así aquel gran Platón, divinamente enamorado, dice que besando una vez a su amiga le vino el alma a los dientes para salirse ya del cuerpo; […]`dice Salomón en aquel su divino libro de los Cánticos :” Béseme con el beso de su boca”, por mostrar deseo grande que su alma sea arrebatada por el amor divino a la contemplación de la hermosura celestial. […]”

“conviene que el Cortesano, ayudado de la razón, enderece totalmente su deseo a la hermosura sola sin dexalle tocar en el cuerpo nada, y dentro en la imaginación la forme separada de toda materia, […] Pero aun entre todos estos bienes hallará el enamorado otro mayor bien, si quisiere aprovecharse de este amor como de un escalón para subir a otro muy más alto grado […] por estenderse en su pensamiento poco a poco tantas bellezas y ornamentos, que juntando en uno todas las hermosuras, hará en sí un conceto universal […] y así no ya la hermosura particular de una mujer, sino aquella universal que todos los cuerpos atavía y ennoblece, contemplará. Este grado de amar, aunque sea muy alto y tal que pocos le alcanzan, todavía no se puede llamar perfeto […] animosamente pase más adelante, siguiendo su alto camino tras la guía que le levará al

qual de allí en adelante sin ninguna contención nunca estuvo tan empinada cuanto en la edad de Salomón: el qual se interpreta pacífico: porque en su tiempo con la monarchía floreció la paz criadora de todas las buenas artes y onestas.

Mas después que se començó a desmembrar el Reino de los judíos: junta mente se començó a perder la lengua: hasta que vino al estado en que agora la vemos tan perdida: que de cuantos judíos oi biuen: ninguno sabe dar más razón de la lengua de su lei: que de cómo perdieron su reino: y del ungido que en vano esperan. Tuvo esso mesmo la lengua griega su niñez: y començó a mostrar sus fuerças poco antes de la guerra de Troia: al tiempo que florecieron en la música y poesía Orfeo. Lino. Muséo. Amphión. y poco después de Troia destruída Omero y Esiodo. y assí creció aquella lengua hasta la monarchía del gran Alexandre: en cuio tiempo fue aquella muchedumbre de poetas. oradores y filósofos: que pusieron el colmo no sola mente a la lengua: mas aun a todas las otras artes y ciencias.

Mas después que se començaron a desatar los reinos y repúblicas de Grecia: y los romanos se hizieron señores della: luego junta mente començó a desvanecerse la lengua griega: y a esforçarse la latina. De la cual otro tanto podemos dezir: que fue su ninez con el nacimiento y población de Roma: y començó a florecer quasi quinientos años después que fue edificada: al tiempo que Livio Andrónico publicó primera mente su obra en versos latinos. y así creció hasta la monarchía de Augusto César. debaxo del cual como dize el apóstol vino el cumplimiento del tiempo: en que embió Dios a su unigénito hijo: y nació el Salvador del mundo. En aquella paz de que avían hablado los profetas: y fue significada en Salomón. de la cual en su nacimiento los ángeles cantan Gloria en las alturas a Dios: y en la tierra paz a los ombres de buena voluntad. Entonces fue aquella multitud de poetas y oradores que embiaron a nuestros siglos la copia y deleites de la lengua latina: Tulio. César. Lucrecio. Virgilio. Oracio. Ouidio. Liuio. y todos los otros que después se siguieron hasta los tiempos de Antonino Pío.

De allí començando a declinar el imperio de los romanos: junta mente començó a caducar la lengua latina: hasta que vino al estado en que la recebimos de nuestros padres: cierto tal que cotejada con la de aquellos tiempos: poco más tiene que hazer con ella que con la aráviga. Lo que diximos de la lengua ebraica. griega y latina: podemos mui más clara mente mostrar en la castellana: que tuvo su niñez en el tiempo de los juezes y reies de Castilla y de León: y començó a mostrar sus fuerças en tiempo del mui esclarecido y digno de toda la eternidad el rei don Alonso el sabio. Por cuio mandado se escrivieron las Siete Partidas. la General Istoria. y fueron trasladados muchos libros de latín y arávigo en nuestra lengua castellana. La cual se estendió después hasta Aragón y Navarra y de allí a Italia siguiendo la compañía de los infantes que enbiamos a imperar en aquellos reinos. y assí creció hasta la monarchía y paz de que gozamos primera mente por la bondad y prouidencia diuina: después por la industria. trabajo y diligencia de vuestra real Majestad.

En la fortuna y buena dicha de la cual los miembros y pedaços de España que estauan por muchas partes derramados: se reduxeron y aiuntaron en un cuerpo y unidad de reino. La forma y travazón del cual assí está ordenada que muchos siglos. iniuria y tiempos no la podrán romper ni desatar. Assí que después de repurgada la cristiana religión: por la cual somos amigos de Dios o reconciliados con él. Después de los enemigos de nuestra fe vencidos por guerra y fuerça de armas: de donde los nuestros recebían tantos daños: y temían mucho maiores: después de la justicia y essecución de las leies: que nos aiuntan y hazen bivir igual mente en esta gran compañía que llamamos reino y república de Castilla: no queda ia otra cosa sino que florezcan las artes de la paz.

Entre las primeras es aquella que nos enseña la lengua: la cual nos aparta de todos los otros animales: y es propria del ombre: y en orden la primera después de la contemplación: que es oficio proprio del entendimiento. Esta hasta nuestra edad anduvo suelta y fuera de regla: y a esta causa

a recebido en pocos siglos muchas mudanças. porque si la queremos cotejar con la de oi a quinientos años: hallaremos tanta diferencia y diversidad: cuanta puede ser maior entre dos lenguas. y porque mi pensamiento y gana siempre fue engrandecer las cosas de nuestra nación: y dar a los ombres de mi lengua obras en que mejor puedan emplear su ocio: que agora lo gastan leiendo novelas o istorias enbueltas en mil mentiras y errores: acordé ante todas las otras cosas reduzir en artificio este nuestro lenguaje castellano: para que lo que agora y de aquí adelante en él se escriviere pueda quedar en un tenor: y estenderse en toda la duración de los tiempos que están por venir. Como vemos que se a hecho en la lengua griega y latina: las cuales por aver estado debaxo de arte: aunque sobre ellas an passado muchos siglos: todavía quedan en una uniformidad. Porque si otro tanto en nuestra lengua no se haze como en aquellas: en vano vuestros cronistas y estoriadores escriven y encomiendan a inmortalidad la memoria de vuestros loables hechos: y nos otros tentamos de passar en castellano las cosas peregrinas y estrañas: pues que aqueste no puede ser sino negocio de pocos años. I será necessaria una de dos cosas: o que la memoria de vuestras hazañas perezca con la lengua: o que ande peregrinando por las naciones estranjeras: pues que no tiene propria casa en que pueda morar. En la çama de la cual io quise echar la primera piedra. y hazer en nuestra lengua lo que Zenódoto en la griega y Crates en la latina. Los cuales aunque fueron vencidos de los que después de ellos escriuieron: a lo menos fue aquella su gloria y será nuestra: que fuemos los primeros inuentores de obra tan necessaria. lo cual hezimos en el tiempo más oportuno que nunca fue hasta aquí. por estar ia nuestra lengua tanto en la cumbre que más se puede temer el decendimiento della: que esperar la subida. y seguirse a otro no menor provecho que aqueste a los ombres de nuestra lengua: que querrán estudiar la gramática del latín. Porque después que sintieren bien el arte del castellano: lo cual no será mui difícile porque es sobre la lengua que ia ellos sienten: cuando passaren al latín no avrá cosa tan escura: que no se les haga mui ligera: maior mente entreveniendo aquel Arte de la Gramática que me mandó hacer vuestra Alteza contraponiendo línea por línea el romance al latín. Por la cual forma de enseñar no sería maravilla saber la gramática latina no digo io en pocos meses: mas aun en pocos días. y mucho mejor que hasta aquí se deprendía en muchos años.

El tercero provecho deste mi trabajo puede ser aquel: que cuando en Salamanca di la muestra de aquesta obra a vuestra real Majestad: y me preguntó que para qué podía aprovechar: el mui reverendo padre obispo de Ávila me arrebató la respuesta: y respondiendo por mí dixo. Que después que vuestra Alteza metiesse debaxo de su iugo muchos pueblos bárbaros y naciones de peregrinas lenguas: y con el vencimiento aquellos ternían necessidad de recebir las leies: quel vencedor pone al vencido y con ellas nuestra lengua: entonces por esta mi Arte podrían venir en el conocimiento della como agora nos otros deprendemos el Arte de la Gramática latina para deprender el latín. y cierto assí es que no sola mente los enemigos de nuestra fe que tienen ia necessidad de saber el lenguaje castellano: mas los vizcaínos. navarros. franceses. italianos. y todos los otros que tienen algún trato y conversación en España y necessidad de nuestra lengua: si no vienen desde niños a la deprender por uso: podrán la más aína saber por esta mi obra. La qual con aquella vergüença. acatamiento y temor quise dedicar a vuestra real Majestad: que Marco Varrón intituló a Marco Tulio sus Orígenes de la Lengua Latina. que Grilo intituló a Publio Virgilio poeta sus Libros del Acento: que Dámaso papa a Sant Jerónimo: que Paulo Orosio a Sant Agustín sus Libros de Istorias. que otros muchos autores los cuales endereçaron sus trabajos y velas a personas mui más enseñadas en aquello de que escriuían. No para enseñarles alguna cosa que ellos no supiessen: mas por testificar el ánimo y voluntad que cerca dellos tenían: y porque del autoridad de aquellos se consiguiesse algún favor a sus obras. y assí después que io deliberé con gran peligro de aquella opinión que muchos de mí tienen: sacar la novedad desta mi obra de la sombra y tinieblas escolásticas a la luz de vuestra Corte: a ninguno más justa mente pude consagrar este mi trabajo: que a aquella: en cuia mano y poder no menos está el momento de la lengua: que el arbitrio de todas nuestras cosas.

espíritu con Dios en la solitaria oscuridad del Padre, que está situado por encima de los seres todos, a todo aventajará.

¿Quién no habrá que no admire a este camaleón nuestro? ¿Quién va a admirar más alguna otra cosa? De éste, y no sin razón, el ateniense Asclepio, a causa de su naturaleza cambiante y capaz de transnformarse a sí misma, dijo que en los misterios era representado por Proteo.

IV. Fernán Pérez de Oliva (Córdoba, ¿1494? - Ibíd. 1531)

Fernán Pérez de Oliva, Diálogo de la dignidad del hombre. Razonamientos. Ejercicios , ed. María Luisa Carrón Puga, Madrid, Cátedra, 1995.

Fernán Pérez de Oliva, Diálogo de la dignidad del hombre, Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes,

1999. Edición digital a partir de Obas [sic] del maestro Fernán Pérez de Oliva ... , Córdoba, Gabriel Ramos Bejarano, 1586: http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmcth8g

Argumento del Diálogo de la dignidad del hombre

Yéndose a pasear Antonio a una parte del campo donde otras muchas vezes solía venir, le sigue Aurelio, su amigo; y preguntándole la causa por que acostumbrava venirse allí comiençan a hablar de la soledad. Y tratando por qué es tan amada de todos, y más de los más sabios, entre otras razones Aurelio dize que por el aborrescimiento que consigo tienen los hombres de sí mismos por las miserias y trabajos que padescen aman la soledad. Paresciendo mal esta razón a Antonio, por no aver criatura más excelente que el hombre ni que más contentamiento deva tener por aver nascido, dize que le provará lo contrario. Y así determinados de disputar de los males y bienes del hombre, para más a plazer hazerlo, se van hazia una fuente. Junto a ella hallan un viejo muy sabio llamado Dinarco con otros estudiosos, y entendiendo la contienda y constituido por juez della manda a Aurelio que hable primero y luego Antonio diga su parescer. Aviéndoles oído Dinarco, juzga en breve de la dignidad del hombre lo que con verdad y christianamente devía, aviendo sustentado Aurelio lo que los gentiles comúnmente del hombre sentían.

INTERLOCUTORES

AURELIO

ANTONIO

DINARCO

AURELIO.- Viéndote salir, Antonio, oy de la cibdad, te he seguido hasta ver este lugar do sueles tantas vezes venir a pasearte solo, porque creo que digna cosa será de ver lo que tú con tal costumbre tienes aprovado.

ANTONIO.- Este lugar, Aurelio, nunca fue tal ni de tanto precio como es agora que eres tú venido a él.

AURELIO.- Nadie puede darle mejoría siendo de ti anticipado.

ANTONIO.- No quiero responderte, por no darte ocasiones de lisongearme, sino quiero mostrarte lo que eres venido a ver. Mira este valle cuán deleitable paresce, mira esos prados floridos y estas aguas claras que por medio corren; verás esas arboledas llenas de ruiseñores y otras aves que con su vuelo entre las ramas y su canto nos deleitan, y entenderás por qué suelo venir a este lugar tantas vezes.

AURELIO.- Hermoso lugar es éste, y digno de ser visto, pero yo sospecho, Antonio, que otra cosa buscas tú o gozas en este lugar, porque según tú eres sabio y de más altos pensamientos bien sé que esas cosas sensuales ni las amas ni las procuras; por eso yo te ruego no me encubras las causas de tu venida.

ANTONIO.- Pues así lo quieres, sabe que en estos valles mora una que yo muncho amo.

AURELIO.- Agora veo, Antonio, que has gana de burlarme. Dime, yo te ruego, ¿qué tienen que hazer los amores con tu gravedad, o las vanidades con tu sabiduría?

ANTONIO.- Verdaderamente, Aurelio, así es como te digo, que en aqueste valle mora una sin la cual yo por la vida me daría poco.

AURELIO.- Grande deve ser su bondad y hermosura pues a ti, que menosprecias el mundo y sus deleites, te trae tan enamorado, con cobdicia de verla o alcançarla. Dime al menos su nombre, si por celos no me la quieres mostrar.

ANTONIO.- Soledad se llama.

AURELIO.- Yo bien sabía, Antonio, que algún misterio tenían tus amores. Ésa tiene otros munchos amadores, como sabes, y pues es así, yo te ruego que me declares cuál es la causa, a tu parescer, por que los hombres aman la soledad y tanto más cuanto son más sabios.

ANTONIO.- Porque cuando a ella venimos alterados de las conversaciones de los hombres donde nos encendimos en vanas voluntades, o perdimos el tino de la razón, ella nos sosiega el pecho y nos abre las puertas de la sabiduría para que, sanando el ánimo de las heridas que rescibe en la guerra que entre las contiendas de los hombres trae, pueda tomar entero a la batalla. Ninguno ay que biva bien en compañía de los otros hombres si munchas vezes no está solo a contemplar qué hará acompañado; porque como los artífices piensan primero sus obras que pongan las manos en ellas, así los sabios antes que obren han de pensar primero qué hechos han de hazer, y cuál razón han de seguir. Y si esto consideras, verás que la soledad es tan amable, que devemos ir a buscarla doquiera que la podamos hallar.

AURELIO.- Bien veo, Antonio, que ay esos provechos que dizes de la soledad, pero yo tengo creído que otra causa mayor ay.

ANTONIO.- ¿Qué causa puede aver mayor?

AURELIO.- El aborrescimiento que cada hombre tiene al género humano por el cual somos inclinados a apartarnos unos de otros.

DINARCO.- Mejor haze Aurelio en no dezirme nada, que tú, Antonio, en saludarme con tanto amor, que no curas de poner medida en tus palabras.

AURELIO.- Yo no dexo de ayudar a Antonio, sino porque no sabré dezir cosas iguales a tu merescimiento.

DINARCO.- Mejor será sufriros, pues defenderme es incitaros. Agora dezid qué ocasión os ha traído por acá.

ANTONIO.- Gana de hablar en una disputa que avíamos començado.

DINARCO.- ¿Qué disputa es?

ANTONIO.- Sobre el hombre es nuestra contienda, que Aurelio dize ser cosa vana y miserable y yo soy venido a defenderlo; y querémoste rogar tú seas nuestro juez, a quien todos con muncha razón acatan por sabio principal.

DINARCO.- Yo quisiera ser merescedor de la estima en que me tenéis, por cumplir vuestra voluntad como deseo. Pero, de cualquier manera que sea, yo y estos mis amigos holgaremos de oír tan buena disputa, y yo confío tanto de vuestros ingenios y saber, que no se os esconderán las razones que para esta contienda oviéredes menester; de donde yo pienso quedar tan instruido, que avré cobrado aviso para no errar en la sentencia.

ANTONIO.- Pues tú nos muestra la manera que devemos tener en esta disputa.

DINARCO.- Porque no se confundan vuestras razones, me paresce que cada uno diga por sí su parescer entero. Tú, Aurelio, dirás primero, y después te responderá Antonio; y así guardaréis la forma de los antiguos oradores, en cuyas contiendas el acusador era el primero que dezía, y después el defensor.

AURELIO.- Pues vosotros os sentad en esos céspedes, y yo en este tronco sentado os diré lo que me paresce.

DINARCO.- Sentáos todos, de manera que podáis tener reposo.

AURELIO.- Suelen quexarse los hombres de la flaqueza de su entendimiento, por la cual no pueden comprehender las cosas como son en la verdad; pero quien bien considerare los daños de la vida, y los males por do el hombre pasa del nascimiento a la muerte, parescerle ha que el mayor bien que tenemos es la ignorancia de las cosas humanas, con la cual bivimos los pocos días que duramos como quien en sueño pasa el tiempo de su dolor, que si tal conoscimiento de nuestras cosas tuviésemos cómo ellas son malas, con mayor voluntad desearíamos la muerte que amamos la vida.

Por esto quisiera yo doblaros, si pudiera, el descuido, y meteros en tal ceguedad y tal olvido que no viérades la miseria de nuestra humanidad, ni sintiérades la fortuna, su atormentadora; pero pues por vuestra voluntad que grande mostráis de saber lo que del hombre siento, soy yo casi compelido a hazeros esta habla, si por ventura mis palabras fueren causa que rescebáis dolor cual ante no avíades sentido, vosotros tenéis la culpa, que mandáis aquesto a quien no puede dexar de obedesceros.

Oíd pues, señores, atentos, y hablaros he en esto que mandáis, no según que pertenesce para ser bien declarado (porque a esto no alcança la flaqueza del entendimiento, aunque sólo es agudo en sentir sus males), sino hablaré yo en ello según la experiencia que podemos alcançar en los pocos días que bivimos, de tal manera que el tiempo baste, y la paciencia que para oír tenéis aparejada.

Primeramente considerando el mundo universo, y la parte que dél nos cabe, veremos los cielos hechos morada de espíritus bienaventurados, claros y adornados de estrellas luzientes, munchas de las cuales son mayores que la tierra; donde no ay mudança en las cosas ni ay causas de su detrimento, mas antes todo lo que en el cielo ay persevera en un ser constante y libre de mudança. Debaxo suceden el fuego y el aire, limpios elementos que resciben pura la lumbre del cielo.

Nosotros estamos acá, en la hez del mundo y su profundidad, entre las bestias, cubiertos de nieblas, hechos moradores de la tierra do todas las cosas se truecan con breves mudanças; comprehendida en tan pequeño espacio, que sólo un punto paresce comparada a todo el mundo, y aun en ella no tenemos licencia para toda. Debaxo las partes sobre que se rodea el cielo nos las defiende el frío en munchas partes; los ardores, las aguas en munchas más; y la esterilidad también haze grandes soledades, y, en otros lugares, la destemplança de los aires.

Así que de todo el mundo y su grandeza estamos nosotros retraídos en muy chico espacio, en la más vil parte dél, donde nascemos desproveídos de todos los dones que a los otros animales proveyó naturaleza. A unos cubrió de pelos, a otros de pluma, a otros de escama y otros nascen en conchas cerrados; mas el hombre tan desamparado, que el primer don natural que en él hallan el frío y el calor es la carne. Así sale al mundo como a lugar estraño, llorando y gimiendo como quien da señal de las miserias que viene a padescer.

Los otros animales, poco después de salidos del vientre de su madre, luego como venidos a lugar proprio natural, andan los campos, pascen las yervas y, según su manera, gozan del mundo; mas el hombre munchos días después que nasce ni tiene en sí poderío de moverse, ni sabe do buscar su mantenimiento, ni puede sufrir las mudanças del aire; todo lo ha de alcançar por luengo discurso y costumbre, do paresce que el mundo como por fuerça lo rescibe y naturaleza, casi importunada de los que al hombre crían, le da lugar en la vida, y aun entonces le da por mantenimiento lo más vil. Los brutos, que la naturaleza hizo mansos, biven de yervas y simientes y otras limpias viandas; el hombre bive de sangre, hecho sepultura de los otros animales.

Y si los dones naturales consideramos, verlos hemos todos repartidos por los otros animales: munchos tienen mayor cuerpo do reine su ánima, los toros mayor fuerça, los tigres ligereza, destreza los leones y vida las cornejas. Por los cuales exemplos, y otros semejantes, bien paresce que deve ser el hombre animal más indigno que los otros, según naturaleza lo tiene aborrescido y desamparado; y pues ella es la guarda del mundo que procura el bien universal, creíble cosa es que no dexara al hombre a tantos peligros tan desproveído, si él algo valiera para el bien del mundo.

Las cosas que son de valor éstas puso en lugares seguros, do no fuesen ofendidas: mirad el sol dónde lo puso, mirad la luna y las otras lumbres con que vemos; mirad dónde puso el fuego por ser el más noble de los elementos. Pues a los otros animales, si no los apartó a mejores lugares, armólos a lo menos contra los peligros deste suelo: a las aves dio alas con que se apartasen dellos; a las bestias les dio armas para su defensa, a unas de cuernos y a otras de uñas y a otras de dientes; y a los peces dio gran libertad para huir por las aguas. Los hombres sólos son los que ninguna defensa natural tienen contra sus daños: perezosos en huir y desarmados para esperar.

Y aun sobre todo esto naturaleza crió mil ponçoñas y venenosos animales que al hombre matasen, como arrepentida de averlo hecho. Y aunque esto no uviera, dentro de nosotros tenemos mil peligros de nuestra salud. Primeramente la discordia de los elementos tenemos nosotros en los cuatro humores que entre sí pelean: cólera con flema, y sangre con melancolía; de los cuales si alguno vence, como es fácil cosa, desconcierta toda la templança humana y da la puerta a mil enfermedades. De manera que nuestros

de do nasce, como manifiesto vemos, tanta diversidad de opiniones de los hombres, que entre sí son diversos. Por lo cual yo munchas vezes me duelo de nuestra suerte, porque teniendo nosotros en sola la verdad el socorro de la vida, tenemos para buscarla tan flaco entendimiento que, si por ventura puede el hombre alguna vez alcançar una verdad, mientras la procura, se le ofresce necesidad de otras mil que no puede seguir.

Mejor están los brutos animales proveídos de saber, pues saben desde que nascen lo que han menester sin error alguno: unos andan, otros buelan, otros nadan guiados por su instinto natural. Las aves, sin ser enseñadas, edifican nidos, mudan lugares, proveen al tiempo; las bestias de tierra conoscen sus pastos y medicinas; y los peces nadan a diversas partes; todos guiados por el instinto que les dio naturaleza. Sólo el hombre es el que ha de buscar la doctrina de su vida con entendimiento tan errado y tan incierto como ya avemos mostrado.

Aunque yo no sé por qué me quexo en tan pequeños daños de nuestro entendimiento, pues siendo aquél a quien está toda nuestra vida encomendada, ha buscado tantas maneras de traernos la muerte. ¿Quién halló el hierro escondido en las venas de la tierra? ¿Quién hizo dél cuchillos para romper nuestras carnes? ¿Quién hizo saetas? ¿Quién fue el que hizo lanças? ¿Quién lombardas? ¿Quién halló tantas artes de quitamos la vida sino el entendimiento, que ninguna igual industria halló de traemos la salud? Éste es el que mostró deshazer las defensas que las gentes ponen contra sus peligros; éste halló los engaños; éste halló los venenos y todos los otros males por los cuales dizen que es el hombre el mayor daño del hombre.

Otras cosas yo diría de aquesta parte del alma si no me paresciese que esto basta para su condenación. Y pues ella es la guía a quien las otras siguen, no sería menester de la voluntad dezir nada, pues no puede ser más concertada, que es sabio su maestro; mas por mayor declaración de la intención que tengo, diré también las cosas que della siento.

Está la voluntad, como bien sabéis, entre dos contrarios enemigos que siempre pelean por ganarla: éstos son la razón y el apetito natural La razón, de una parte, llama la voluntad a que siga la virtud y le muestra a tomar fuerça y rigor para acometer cosas difíciles; y, de otra parte, el apetito natural con deleite la ablanda y la distrae. Agora, pues, ved cuál es más fácil cosa: ¿apartarse ella de su natural a mantener perpetua guerra, en obediencia de cosa tan áspera como es la razón y sus mandamientos; o seguir lo que naturaleza nos aconseja yendo tras nuestras inclinaciones, las cuales detener es obra de mayor fuerça que nosotros podemos alcançar?

Principalmente que nuestros apetitos naturales nunca dexan de combatirnos, y la razón munchas vezes dexa de defendemos. A todas horas nos requiere la sensualidad con sus viles deleites, mas no siempre está la razón con nosotros para amonestamos y defendemos della, porque no sólo este cuidado tiene el entendimiento, sino también los otros de la vida; por donde, repartiéndose según las vanas necesidades que se ofrescen, es por fuerça menester que munchas vezes desampare la voluntad y la dexe en medio de los que la combaten, sin que nadie le enseñe cómo se ha de defender; donde es necesario que alguna vez, o por flaqueza o por error, sea presa de los vicios. Pues cuando viene a este estado ¿qué cosa puede ser más aborrescible que el hombre? Entonces la sensualidad, con gula y pereza y otros blandos tratamientos de la carne, ciega el entendimiento; y ella arde en suzios encendimientos de luxuria. Y si por ventura la templança natural nos resfría, como pocas vezes acontesce, otros vicios ay do se va la voluntad cuando de la razón se aparta: éstos son sobervia, cobdicia, invidia, enemistad y otros que ay semejantes; de do nascen las guerras, las muertes, las gravísimas perturbaciones en que traen los hombres al mundo.

Agora, pues, ¡vengan esos sabios, esos que suelen tanto ensalçar el ánima del hombre; dígannos agora do pudieron ellos hallar bien alguno entre tantos males! Todo es vanidad y trabajo lo que a los hombres pertenesce, como bien se puede ver si los consideramos en los pueblos do biven en comunidad. Allí veremos unos dellos en sus artes que dizen mecánicas estar peleando con la dureza del hierro; otros figuran piedras; otros suben pesos; otros pulen la madera, otros la lana; y otros en otros exercicios sudan

y trabajan encorvados sobre sus obras, do en pequeño espacio tienen ocupados los ojos y el pensamiento.

Y verás allí otros los días y las noches del reposo ocupados en las disciplinas, con cuidado perpetuo, en las cuales pierde tanto la memoria como gana el entendimiento. Así los veréis, a los que siguen disciplinas, acabado el trabajo tomar de nuevo a él; los cuales me paresce que así hazen como de Sísifo dixeron los poetas: que cuantas vezes sube una piedra a la cumbre de un monte infernal, tantas vezes se le cae y toma al trabajo. Pues si ésta les paresció bastante pena para ser uno atormentado en el infierno, esos que son en la República más estimados por las disciplinas ¿qué descanso pensáis que tienen, peleando continuamente con el peso dellas, que tantas vezes se les cae de la memoria cuantas lo levantan con el entendimiento?

Todos trabajan y sudan los que biven en los pueblos; y los labradores de los campos que andan fuera dellos no carescen de penas: descubiertos por los soles y las aguas, andando por las soledades a procurar el mantenimiento de los otros que biven en sus casas, como esclavos dellos, sin esperar fin o reposo alguno, mas antes toman de nuevo al trabajo por el orden mismo que tornan los años.

Pues los que goviernan, mirad cómo no tienen ellos tampoco descanso, buscando la verdad entre las contiendas de los hombres y sus porfías, donde el hallarla es cosa de gran cuidado y gran dificultad. Cuanto más que, pues el hombre que con mayor cuidado mira por sí, a gran pena puede dar en sus cosas concierto, las cuales conosce y es dellas señor, ¿cómo podrá el que govierna concertar las vidas de tantos hombres, no sabiendo de sus intenciones nada, que ellos tienen encubiertas en sus pechos? Y si miráis la gente de guerra que guarda la república, verlos héis vestidos de hierro, mantenidos de robos, con cuidados de matar y temores de ser muertos, andando en continua mudança do los llama la fortuna, con iguales trabajos en la noche y en el día.

Así que todos estos y los demás estados de los hombres no son sino diversos modos de penar, do ningún descanso tienen ni seguridad en alguno dellos, porque la fortuna todos los confunde y los rebuelve con vanas esperanças y vanos semblantes de honras y riquezas; en las cuales cosas, mostrando cuán fácil es y cuán incierta, a todos mete en deseos de valer tan desordenados que no ay lugar tan alto do los queramos dexar. Con estos escarnios de fortuna, cada uno aborresce su estado con cobdicia de los otros, do, si llega, no halla aquel reposo que pensava, porque todos los bienes de fortuna al desear parescen hermosos, y al gozar llenos de pena.

Así andan los hombres, atónitos, errados buscando su contentamiento donde no pueden hallarlo. Y entre tanto se les pasa el tiempo de la vida, y los lleva a la muerte con pasos acelerados, sin sentirlo. La cual nos espera encubierta, no sabemos a cuál parte de la vida, mas bien vemos que jamás estamos tan seguros della que no podamos tenerla muy cierta. A vezes se nos esconde do menos sospecha ay; y otras vezes la hallamos do vamos huyendo della; unas vezes lleva al hombre en la primera edad, y entonces es piadosa, pues le abrevia el curso de sus trabajos; otras vezes, que es cruel, lo saca de entre los deleites de la edad entera, cuando ya ha cobrado a la vida grande amor. Mas pongamos que la muerte dexe al hombre hazer el curso natural: la más luenga vida ¿no vemos cuán breve pasa?

La niñez en breves días se nos va, sin sentido; la mocedad se pasa mientras nos instruimos y componemos para bivir en el mundo; pues la juventud pocos días dura, y ésos en pelea que con la sensualidad entonces tenemos, o en damos por vencidos della, que es peor. Luego viene la vejez, do en el hombre comiençan a hazerse los aparejos de la muerte. Entonces el calor se resfría; las fuerças lo desamparan; los dientes se le caen, como poco necesarios; la carne se le enxuga y las otras cosas se van parando tales cuales han de estar en la sepultura. Hasta que el fin llega bolando, con calas, a quitarle de sus dulces miserias, y aún allí en la despedida lo afligen nuevos males y tormentos.

Allí le vienen dolores crueles, allí turbaciones; allí le vienen suspiros con que mira la lumbre del cielo que va ya dexando, y con ella los amigos y parientes y otras cosas que amava, acordándose del eterno apartamiento que dellas ha de tener. Hasta que los ojos entran en tinieblas perdurables en que el alma los dexa retraída a despedirse del seso y el coraçón y las otras partes principales do, en secreto, solía

Yo no quisiera que aprovara al hombre quien a la virtud condena basta que lo aprueven aquéllos que con alto juizio saben que al artífice haze grave injuria quien reprueva su obra más excelente. Dios fue el artífice del hombre y por eso, si en la fábrica de nuestro ser uviese alguna falta, en Él redundaría más señaladamente que de otra obra alguna, pues nos hizo a su imagen para representarlo a él. Si en la figura pintada do algún hombre se nos muestra uviese alguna fealdad, ésta atribuiríamos a cuya es la imagen, si creemos que fue hecha con verdadera semejança; pues así las faltas de naturaleza humana, si algunas uviese, pensaríamos que en Dios estuviesen, pues ninguna cosa ay que tan bien represente a otra como a Dios representa el hombre.

En el ánima lo representa más verdaderamente; la cual es incorruptible y simplicísima, sin composición alguna, toda en un ser como es Dios, y en este ser tres poderíos tiene con que representa la divina Trinidad. El Padre, soberano principio universal de donde todo procede, en contemplación de su divinidad engendra al Hijo, que es su perfecta imagen; la cual Él amando, y siendo della amado, procede el Espíritu Sancto como vínculo de amor. Así con gran semejança el ánima nuestra, contemplando, engendra su verdadera imagen, y conosciéndose por ella, produze amor. Desta manera, con su memoria, con que haze la imagen; y con el entendimiento, que es el que usa della; y con la voluntad, adonde mana el amor, representa a Dios: no sólo en esencia, sino también en Trinidad.

Por lo cual en la creación del mundo, aviendo hecho la Sagrada Escritura mención de Dios con nombre de Uno , cuando uvo de criarse el hombre refiere que dixo Dios: hagamos el hombre a nuestra imagen y semejanza ; así que se declaró ser munchas personas en aquel paso do hacía la imagen dellas. Y no sin causa dobló la palabra cuando dixo imagen y semejança , porque la imagen es de la esencia, y la semejança es del poder y del oficio: que así como Dios tiene en su poderío la fábrica del mundo, y con su mando la govierna, así el ánima del hombre tiene el cuerpo subjecto, y según su voluntad lo mueve y lo govierna; el cual es otra imagen verdadera de aqueste mundo a Dios subjecto. Porque, como son estos elementos de que está compuesta la parte baxa del mundo, así son los humores en el cuerpo humano, de los cuales es templado. Y como veis el cielo ser en sí puro y penetrable de la lumbre, así es en nosotros el leve espíritu animal, situado en el celebro y de allí a los sentidos derivado, por do se rescibe lumbre y vista de las cosas de fuera. Por donde es manifiesto ser el hombre cosa universal que de todas participa: tiene ánima a Dios semejante, y cuerpo semejante al mundo; bive como planta, siente como bruto y entiende como ángel. Por lo cual bien dixeron los antiguos que es el hombre menor mundo cumplido de la perfección de todas las cosas. Como Dios, en sí tiene perfección universal; por donde otra vez somos tornados a mostrar cómo es su verdadera imagen. Y pues es así que los príncipes, cuando mandan esculpirse, hazen que se busque alguna piedra excelente, o se purifique el oro para hazer la figura según su dignidad, creíble cosa es que, cuando Dios quiso hazer la imagen de su representación, que tomaría algún excelente metal, pues en su mano tenía hazerla de cual quisiese. Mas la causa por que la puso en la tierra, siendo tan excelente, oiréis agora.

Los antiguos fundadores de los pueblos grandes, después de hecho el edificio, mandavan poner su imagen esculpida en medio de la cibdad, para que por ella se conosciese el fundador; así Dios, después de hecha la gran fábrica del mundo, puso al hombre en la tierra, que es el medio dél, porque en tal imagen se pudiese conoscer quién lo havía fabricado. Mas no quiso que fuese aquí como morador, sino como peregrino desterrado de su tierra, y, como dize San Pablo, caminando para Dios nuestra tierra es en el cielo; mas púsonos Dios acá, en el profundo, para que se vea primero si somos merescedores della.

Porque como el hombre tiene en sí natural de todas las cosas, así tiene libertad de ser lo que quisiere: es como planta o piedra puesto en ocio; y si se da al deleite corporal es animal bruto; y si quisiere es ángel hecho para contemplar la cara del padre; y en su mano tiene hazerse tan excelente que sea contado entre aquellos a quien dixo Dios: dioses sois vosotros. De manera que puso Dios al hombre acá, en la tierra, para que primero muestre lo que quiere ser, y si le plazen las cosas viles y terrenas, con ellas se queda perdido para siempre y desamparado; mas si la razón lo ensalça a las cosas divinas, o al deseo dellas y cuidado de gozarlas, para él están guardados aquellos lugares del cielo que a ti, Aurelio, te parescen tan ilustres. Y Dios no nos los defiende; mas antes viendo él que los tuvimos perdidos, embió a su unigénito hijo a juntarse con nosotros en nuestra misma carne, para que con su sangre nos abriese las puertas del cielo, cerradas primero a nuestros viles pecados, y nos mostrase los caminos de ir a ellas.

Los ángeles que Dios tuvo cabe sí, cuando dellos fue ofendido, los apartó y los echó en tinieblas sin remedio para siempre; y al hombre quiso tanto que, aviéndose perdido con sobervio deseo de sabiduría, vino a él como a hijo más querido y no solamente le perdonó, mas limpióle los ojos de su ceguedad y mostró cuán excelente ser y cuán bastante le avía dado, pues él no se desdeñava de juntar la naturaleza humana con su misma deidad, para que conosciese el hombre cuán mal avía hecho en menospreciar su estado. Y con todo esto, para darle claro testimonio del amor que le tenía, sufrió por él injurias, sufrió trabajo, sufrió persecución, y a la fin sufrió enclavar sus miembros en el leño de la Cruz; y vertió la sangre de su coraçón con que nos tornó a heredar de su sancto reino, de do por nuestros pecados nos avía desheredado.

Agora, pues, ¿quién será osado de aborrescer al hombre, pues lo quiere Dios por hijo y lo tiene tan mirado? ¿Quién osará dezir mal de la hermosura humana? ¿De quién anda Dios tan enamorado que por ningunos desvíos ni desdenes ha dexado de seguirla? Guardaos, los que esto dezís, de ofender más a Dios en culparle la obra que él ha juzgado digna de ser guardada con tanta perseverancia y tanto sufrimiento, que las cosas por do vuestra culpa os engaña a menospreciar el hombre agora veréis que son con más amor hechas que agradescimiento.

El cuerpo humano, que te parecía, Aurelio, cosa vil y menospreciada, está hecho con tal arte y tal medida, que bien paresce que alguna grande cosa hizo Dios cuando lo compuso. La cara es igual a la palma de la mano; la palma es la novena parte de toda la estatura, el pie es la sexta y el cobdo la cuarta; y el ombligo es el centro de un círculo que pasa por los extremos de las manos y los pies estando el hombre tendido abiertas piernas y braços. Así que tal compostura y proporción, cual no se halla en los otros animales, nos muestra ser el cuerpo humano compuesto por razón más alta. El cual puso Dios enhiesto, sobre pies y piernas de hechura hermosa y conveniente, porque pudiese contemplar el hombre la morada del cielo para donde fue criado. A los otros animales puso baxos y inclinados a la tierra para buscar sus pastos y cumplir con un solo cuidado que del vientre tienen. Y aunque a estos los cubrió todos de pieles y de lanas, al hombre no cubrió sino sola la cabeça, mostrando que sola la razón que en ella mora uvo menester amparo y, ella proveída, daría a las otras partes bastante provisión.

Agora miremos la excelencia de su cara. La frente soberana, do el ánima representa sus mudanças y aficiones, ¿cuán hermosa, cuán patente? Debaxo della están puestos los ojos, como ventanas muy altas del alcaçar de nuestra alma, por do ella mira las cosas de fuera; no llanos ni hundidos, mas redondos y levantados, porque estuviesen tomados a diversas partes y pudiesen juntamente de todas ellas rescebir las imagénes que vienen. Los oídos están en ambos lados de la cabeça, para coger los sonidos que de todas partes vienen. La nariz está puesta en medio de la cara, como cosa muy necesaria para su hermosura, por do el hombre respira, para evitar la fealdad de traer la boca abierta; y por ella rescebimos el olor, y ella es la que tiempla el órgano de la boz. Debaxo de la cual sucede la boca, que entre labios colorados muestra dentro sus blancos dientes, que son colores mezclados cuales pertenescen a muncha hermosura; y ella es la puerta por do entra nuestra vida, que es el mantenimiento de que nos substentamos, y la puerta por do salen los mensajes de nuestra alma, publicados con nuestra lengua, que mora dentro en la boca como en casa bien proveída de lo que ha menester. Allí tiene por dónde la boz le venga del pecho y, después de rescebida, tiene dientes, tiene labios y los otros instrumentos con que la puede formar. ¿Quién podría agora explicar bien claramente las excelentes obras que la lengua haze en nuestra boca? Unas vezes rigiendo la boz por números de música, con tanta suavidad, que no sé cuál puede ser otro mayor deleite de los lícitos humanos; otras vezes mostrando las razones de las cosas, con tanta fuerça, que despierta la ignorancia, enmienda la maldad, amansa las iras, concierta los enemigos y da paz a las cosas conmovidas en furor.

Grandes son los milagros de la lengua, la cual, sola, es bien bastante para honrar todo el cuerpo; mas hablemos agora de las otras partes, porque a todas demos la dignidad que les pertenesce. La barba y las mexillas son no solamente para firmeza y capacidad de lo que contienen, sino también para singular hermosura que con ellas tiene la cara del hombre. El cuello, ya lo vemos cómo es flexible para traer en torno la cabeça a considerar todas las partes que cerca de sí tiene. El pecho está debaxo, más tendido que en los otros animales, como capaz de mayores cosas; en el cual no solamente obró Dios proveyendo

perdida, no teniendo en qué ocuparse. Así que lo que nos paresce falta de naturaleza, no es sino guía que nos lleva a hallar nuestra perfección.

Cuanto más que, aunque estos bienes alcançáramos sin nuestras necesidades naturales, los hombres son tan diversos en voluntades, que no era cosa conveniente que Dios les diese más de instrumentos para que cada uno se proveyese de las cosas según su apetito. Así que esta incertidumbre en que Dios puso al hombre responde a la libertad del alma: unos quieren vestir lana, otros lienço, otros pieles; unos aman el pescado, otros la carne, otros las frutas. Quiso Dios cumplir la voluntad de todos haziéndolos en estado en que pudiesen escoger, y pues es así, no devemos tener por aspereza lo que Dios nos concedió como a hijos regalados. Dime agora tú, Aurelio, si Dios te hiziera con cuernos de toro, con dientes de javalí, con uñas de león, con pellejo lanudo, ¿no te paresce que con estas provisiones que alabas en los otros animales te hallaras tan desproveído, según tu voluntad, que con ellas otra cosa no desearas más que la muerte? Pues si así es, no te quexes de la naturaleza humana, que todas las cosas imita y sobrepuja en perfección. Solamente veo que no pudo el hombre imitar las alas de las aves, lo cual me paresce que nos fue prohibido con admirable providencia, porque de las alas no les viniera tanto provecho a los buenos como de los malos les viniera daño. No tenemos qué hazer en los aires; basta que la tierra do bivimos la podamos andar toda, y pasar los mares, que atajan los caminos.

Gran cosa es el hombre, y admirable. El cual quiso Dios que con munchas tardanças convalesciese después de nascido, dándonos a entender la grande obra que en él hazía. Bien vemos que los grandes edificios en unos siglos comiençan, y en otros se acaban; pues así Dios da perfección al hombre en tan largos días, aunque en un momento pudiera hazerlo, porque por semejança de las cosas que nuestras manos hazen conozcamos ésta su obra. La cual para bien ver, tiempo es ya que entremos dentro a mirar el alma que mora en este templo corporal. La cual, como Dios, que aunque en todo el mundo mora, escogió la parte del cielo para manifestar su gloria, y la señaló como lugar propio - según que nos mostró en la oración que hazemos al Padre-, y de allí embía los ángeles y govierna el mundo, así el ánima nuestra, que en todo lo imita, aunque está en todo el cuerpo, y todo lo rige y mantiene, en la cabeça tiene su asiento principal donde haze sus más excelentes obras. Desde allí ve y entiende, y allí manda; desde allí embía al cuerpo licuores sutiles que le den sentido y movimiento; y allí tienen los niervos su principio, que son como las riendas con que el alma guía los miembros del cuerpo. Bien conozco que, así el celebro como las otras partes do principalmente el alma está, son corruptibles y resciben ofensas

  • como tú, Aurelio, nos mostravas-; pero esto no es por mal del alma, antes es por bien suyo, porque con tales causas de corrupción es disoluble destos miembros para bolar al cielo do es - como ya he dicho- el lugar suyo natural. Por eso hablemos agora del entendimiento, que tú tanto condenas.

El cual para mí es cosa admirable cuando considero que aunque estamos aquí - como tú dixiste- en la hez del mundo, andamos con él por todas las partes: rodeamos la tierra, medimos las aguas, subimos al cielo, vemos su grandeza, contamos sus movimientos y no paramos hasta Dios, el cual no se nos esconde. Ninguna cosa ay tan encubierta, ninguna ay tan apartada, ninguna ay puesta en tantas tinieblas, do no entre la vista del entendimiento humano para ir a todos los secretos del mundo; hechas tiene sendas conoscidas, que son las disciplinas, por do lo pasea todo. No es igual la pereza del cuerpo a la gran ligereza de nuestro entendimiento, ni es menester andar con los pies lo que vemos con el alma. Todas las cosas vemos con ella, y en todas miramos, y no ay cosa más estendida que es el hombre que, aunque paresce encogido, su entendimiento lo engrandesce. Éste es el que lo iguala a las cosas mayores; éste es el que rige las manos en sus obras excelentes; éste halló la habla con que se entienden los hombres; éste halló el gran milagro de las letras, que nos dan facultad de hablar con los absentes y de escuchar agora a los sabios antepasados las cosas que dixeron. Las letras nos mantienen la memoria, nos guardan las sciencias y, lo que es más admirable, nos estienden la vida a largos siglos, pues por ellas conoscemos todos los tiempos pasados, los cuales bivir no es sino sentirlos.

Pues, ¿qué mal puede aver, dezidme agora, en la fuente del entendimiento, de donde tales cosas manan? Que si paresce turbia - como dixo Aurelio-, esto es en las cosas que no son necesarias en que, por ambición, se ocupan algunos hombres, que en las cosas que son menester lumbre tiene natural con que acertar en ellas; y en las divinas secretas Dios fue su maestro. Así que Dios hizo al hombre recto, mas él, como dize Salomón, se mezcló en vanas cuestiones.

Para ver las cosas de nuestra vida no nos falta lumbre, y en éstas, si queremos, acertamos; y las mayores tinieblas para el entendimiento son la perversa voluntad. Así está escripto que en el ánima malvada no entrará sabiduría. No es luego falta de entendimiento caer en errores, sino de nuestros vicios, que lo ciegan y lo ensuzian. Los cuales si evitamos, y seguimos la virtud, tenemos la vista clara y nunca erramos, como quien anda por camino manifiesto; mas si andamos en maldades, ay por ellas tantas sendas, y tan escondidas, que ni pueden conoscerse, ni era cosa justa que diese Dios lumbre para andar en ellas. Aquí son los desvanescimientos del hombre; aquí los errores, entre los cuales yo no cuento las armas como tú, Aurelio, que pues avía de aver malos, buenas fueron para defendemos dellos. No ay cosa tan buena que el uso no pueda hazerla mala: ¿qué cosa ay mejor que la salud? Pero ésta, como ves, munchas vezes es el fundamento de seguir los vicios. Quien de aquesta usa según virtud lo amonesta, buena joya tiene; así pues, las armas con mal uso se hazen malas, que ellas en sí buenas son para defenderse de las bestias impetuosas y los hombres que les parescen. Por lo cual cesen, Aurelio, tus quexas del entendimiento, no parezcas a Dios desagradecido de tan alto don, y agora escucha la gran excelencia de nuestra voluntad.

Ésta es el- templo donde a Dios honramos, hecha para cumplir sus mandamientos y merescer su gloria; para ser adornada de virtudes y llena del amor de Dios y del suave deleite que de allí se sigue. La cual nunca se halla del entendimiento desamparada, como piensas, porque él, como buen capitán, la dexa bien amonestada de lo que deve hazer cuando della se aparta a proveer las otras cosas de la vida; y los vicios que la combaten no son enemigos tan fuertes que ella no sea más fuerte, si quiere defenderse. Esta guerra en que bive la voluntad, fue dada para que muestre en ella la ley que tiene con Dios. De la cual guerra no te deves quexar, Aurelio, pues a los fuertes es deleite defenderse de los males; porque no son tan grandes los trabajos que son menester para vencer, como la gloria del vencimiento. Cuanto más que, pues los antiguos romanos solían pelear en regiones estrañas, y pasar gravísimos trabajos por alcançar en Roma un día de triunfo con vanagloria mundana, ¿por qué nosotros no pelearemos de buena gana dentro de nosotros con los vicios, para triunfar en el cielo con gloria perdurable? Principalmente pues tenemos los sanctos ángeles en la pelea por ayudadores nuestros, como San Pablo dize, que son embiados para encaminar a la gloria los que para ella fueron escogidos.

Y no te espantes, Aurelio, si el hombre corrompido de vicios es cosa tan mala como representaste, porque es como la vihuela templada, que haze dulce armonía, y, cuando se destiempla, ofende los oídos. Si el hombre se tiempla con las leyes de virtud, no ay cosa más amable; mas si se destiempla con los vicios, es aborrescible, y tanto más cuanto las faltas más feas parescen en lo más hermoso. Y esto basta, me paresce, para que tú, Aurelio, sientas bien de las dos partes del alma. Agora veamos los estados de los hombres y sus exercicios, de que tanto te quexas.

Los artífices que biven en las cibdades no tienen la pena que tú representavas, mas antes singular deleite en tratar las artes, con las cuales explican lo que en sus almas tienen concebido. No es igual el trabajo de pintar una linda imagen, o cortar un lindo vaso, o hazer algún edificio, al plazer que tiene el artífice después de verlo hecho. ¿Cuánto más te paresce, Aurelio, que sería mayor pena que alguno en su entendimiento considerase alguna excelente obra, como fue el navío para pasar los mares, o las armas para guardar la vida, si en sí no tuviese manera de ablandar el hierro, hender los maderos, y hazer las otras cosas que tú representas como enojos de la vida? Paréceme a mí que en mayor tormento biviera el hombre, si las cosas usuales que viera con los ojos del entendimiento no pudiera alcançarlas con las manos corporales. Por eso no condenes tales exercicios como son éstos del hombre, antes considera que, como Dios es conoscido y alabado por las obras que hizo, así nuestros artificios son gloria del hombre que manifiestan su valor.

Agora el orden por donde tú, Aurelio, me guiaste, requiere que diga del estado de los hombres letrados; do primero escucha lo que dixo Salomón en sus Proverbios: Bienaventurado es el que halló sabiduría y abunda de prudencia; mejor es su ganancia que la de oro y plata, y todas las cosas excede que se pueden desear. ¡Gran cosa es, Aurelio, la sabiduría, la cual nos muestra todo el mundo, y nos mete a lo secreto de las cosas, y nos lleva a ver a Dios, y nos da habla con Él y conversación, y nos muestra las sendas de la vida! Ésta nos da en el ánimo templança; ésta alumbra el entendimiento, concierta la voluntad, ordena al mundo, y muestra a cada uno el oficio de su estado; ésta es reina y señora de todas