
Actividad de lectura, reflexión y escritura
El 15 de octubre de 1977, el presidente de facto, Jorge Rafael Videla, decretó la prohibición
de cuentos para niños. Este decreto, número 3155/77, ordenaba de inmediato el secuestro de todos
los ejemplares de estos libros que estuvieran en circulación. Los libros en cuestión eran “El
nacimiento. Los niños y el amor”, de Agnes Rosenstiehl (una guía de educación sexual para
pequeños) y “Un elefante ocupa mucho espacio”, de Elsa Bornemann. Este último, escrito en 1976,
había sido elegido para integrar la lista honoraria del IBBY (Organización Internacional para el Libro
Juvenil) con sede en Suiza, primera vez para un libro made in Argentina.
Leer el cuento “Un elefante ocupa mucho espacio” de Elsa Bornemann
Un elefante ocupa mucho espacio
Que un elefante ocupa mucho espacio lo sabemos todos. Pero que Víctor, un elefante de circo, se decidiera
una vez a pensar "en elefante", esto es, a tener una idea tan enorme como su cuerpo... ah... eso algunos no lo
saben, y por eso se los cuento:
Verano. Los domadores dormían en sus carromatos, alineados a un costado de la gran carpa. Los animales
velaban desconcertados. No era para menos: cinco minutos antes el loro había volado de jaula en jaula
comunicándoles la inquietante noticia. El elefante había declarado huelga general y proponía que ninguno
actuara en la función del día siguiente.
–¿Te has vuelto loco, Víctor? –le preguntó el león, asomando el hocico por entre los barrotes de su jaula–.
¿Cómo te atreves a ordenar algo semejante sin haberme consultado? ¡El rey de los animales soy yo!
La risita del elefante se desparramó como papel picado en la oscuridad de la noche:
–Ja. El rey de los animales es el hombre, compañero. Y sobre todo aquí, tan lejos de nuestras selvas...
–¿De qué te quejas, Víctor? –interrumpió un osito, gritando desde su encierro–. ¿No son acaso los hombres
los que nos dan techo y comida?
–Tú has nacido bajo la lona del circo... –le contestó Víctor dulcemente–. La esposa del criador te crio con
mamadera... Solamente conoces el país de los hombres y no puedes entender, aún, la alegría de la libertad...
–¿Se puede saber para qué hacemos huelga? –gruñó la foca, coleteando nerviosa de aquí para allá.
–¡Al fin una buena pregunta! –exclamó Víctor, entusiasmado, y ahí nomás les explicó a sus compañeros que
ellos eran presos... que trabajaban para que el dueño del circo se llenara los bolsillos de dinero... que eran
obligados a ejecutar ridículas pruebas para divertir a la gente... que se los forzaba a imitar a los hombres... que
no debían soportar más humillaciones y que patatín y que patatán. (Y que patatín fue el consejo de hacer
entender a los hombres que los animales querían volver a ser libres... Y que patatán fue la orden de huelga
general...)
–Bah... Pamplinas... –se burló el león–. ¿Cómo piensas comunicarte con los hombres? ¿Acaso alguno de
nosotros habla su idioma?
–Sí –aseguró Víctor. El loro será nuestro intérprete –y enroscando la trompa en los barrotes de su jaula, los
dobló sin dificultad y salió afuera. En seguida, abrió una tras otra las jaulas de sus compañeros.
Al rato, todos retozaban en los carromatos. ¡hasta el león!
Los primeros rayos de sol picaban como abejas zumbadoras sobre las pieles de los animales cuando el dueño
del circo se desperezó ante la ventana de su casa rodante. El calor parecía cortar el aire en infinidad de líneas
anaranjadas... (los animales nunca supieron si fue por eso que el dueño del circo pidió socorro y después se
desmayó, apenas pisó el césped...).
De inmediato, los domadores aparecieron en su auxilio:
–Los animales están sueltos! –gritaron a coro, antes de correr en busca de sus látigos.
–¡Pues ahora los usarán para espantarnos las moscas! –les comunicó el loro ni bien los domadores los
rodearon, dispuestos a encerrarlos nuevamente.
–¡Ya no vamos a trabajar en el circo! ¡Huelga general, decretada por nuestro delegado, el elefante!