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Análisis Estructuralista del Relato "Lejos del Camino", Apuntes de Lengua y Literatura

Este es un pequeño análisis al relato Lejos del Camino de Florilenda Paredes, haciendo uso del método estructural.

Tipo: Apuntes

2019/2020

Subido el 02/04/2020

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Lee el siguiente texto y realiza un análisis conforme al método estructuralista.
Lejos del camino
Durante el tiempo de mi niñez y aún en mi adolescencia, por obligación, por costumbre, por
acuerdos entre padres separados, cada verano debía emprender un viaje hacia un lugar
remoto, lejos de mi ambiente, de mi casa, de mi calle y mis amigos. Debía pasarme tres
meses en casa de mis abuelos paternos, que vivían muy cerca de la casa de mi padre. Yo
vivía en la capital, ellos vivían en el campo. Era un lugar pintoresco. Al llegar, te saludaban
las piedras de la calle, la gente a caballo y a pie, los gallos y gallinas, los perros rialengos,
la naturaleza con su fuerza virgen y la simpatía extrema de los dientes cansados de los
campesinos. Todo mezclado -polvo, hierba, sudor e higiene poco tratada- salía a mi
encuentro. Allí vivían por épocas remotas los mismos campesinos. Heroína, una viejecita
antigua y su nieta la Muñeca; Paisano, con su machete a la cintura para ganarse el pan del
sustento de sus siete hijos; la Coja, que a falta de un pie se dedicaba al trabajo nocturno. Y
también allí vivía ella.
Ella era una joven, o quizás era una vieja. De ella nunca se sabía nada, porque vivía lejos de
todo el caserío. Ella se llamaba Belinda o así le decían. Ciertamente era muy rara,
demasiado alta, siempre con la cara triste, tal vez le había pasado algo muy doloroso, por lo
cual decidió vivir alejada. Apenas hablaba, si en algún momento cualquiera perdido en el
monte encontraba su casa. Tampoco corría, caminaba lentamente, como si llevara atada
una pesada cadena. Siempre estaba acompañada de tres perros flacos y mezclados unos con
otros como hilos de cabuya. A lo mejor, dentro de su casa no tenían comida, pero eran tan
fieles que no la abandonaban. Pasar delante de esa casa me causaba espanto, pero también
curiosidad. Nunca me atrevía a mirar por la única ventana que tenía, pues si la dueña era
tan rara, me decía: ¿qué más puede haber allí adentro? Algunos creían que tal vez debajo
de su casa había una botija, es decir, una gran cantidad de dinero enterrada por un
antepasado, por lo cual Belinda no hablaba con nadie para no descubrir su secreto. Pero
todo era especulación.
Un día, casi me topo con ella frente a frente, iba pasando por allí, sentí un terror alrededor
de mí, y todos los pelos se me erizaron. Así que, salí corriendo, apenas sin detenerme a
tomar aire. Todavía recuerdo ese momento. Sin embargo, cuando observé su cara, me
quedé con la curiosidad en saber por qué Belinda vivía lejos y tan sola. Tuve un deseo
grande de conocerla. ¿Acaso Belinda era de este mundo? Puede ser que lo fuera, a pesar de
ser tan extraña. Comencé a caminar algunos atardeceres cerca de su casa, pero no me
encontraba con ella.
A la caída del sol de una tarde, decidí dar una vuelta, con el deseo secreto de encontrar a
Belinda. ¿Cómo sabía su nombre?, ¿quién me lo había dicho? Viajaba a lo más remoto de
mis memorias y no recordaba la primera vez que la vi o escuché hablar de ella. Todo era un
misterio para mí. Iba por el sendero que se aproximaba a aquella casa fúnebre, pero
realmente no me atreví a doblar hacia allá, ni siquiera a mirar. Como siempre, al pasar por
ahí, aceleré el ritmo, pero de repente sentí una respiración detrás de mí, entonces me asusté
mucho. Estaba seguro que alguien venía muy cerca, y no me atrevía a mirar. La tarde se
oscurecía aceleradamente, un viento fuerte comenzó a silbar y a remover las hojas, solo
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Lee el siguiente texto y realiza un análisis conforme al método estructuralista.

Lejos del camino

Durante el tiempo de mi niñez y aún en mi adolescencia, por obligación, por costumbre, por acuerdos entre padres separados, cada verano debía emprender un viaje hacia un lugar remoto, lejos de mi ambiente, de mi casa, de mi calle y mis amigos. Debía pasarme tres meses en casa de mis abuelos paternos, que vivían muy cerca de la casa de mi padre. Yo vivía en la capital, ellos vivían en el campo. Era un lugar pintoresco. Al llegar, te saludaban las piedras de la calle, la gente a caballo y a pie, los gallos y gallinas, los perros rialengos, la naturaleza con su fuerza virgen y la simpatía extrema de los dientes cansados de los campesinos. Todo mezclado -polvo, hierba, sudor e higiene poco tratada- salía a mi encuentro. Allí vivían por épocas remotas los mismos campesinos. Heroína, una viejecita antigua y su nieta la Muñeca; Paisano, con su machete a la cintura para ganarse el pan del sustento de sus siete hijos; la Coja, que a falta de un pie se dedicaba al trabajo nocturno. Y también allí vivía ella. Ella era una joven, o quizás era una vieja. De ella nunca se sabía nada, porque vivía lejos de todo el caserío. Ella se llamaba Belinda o así le decían. Ciertamente era muy rara, demasiado alta, siempre con la cara triste, tal vez le había pasado algo muy doloroso, por lo cual decidió vivir alejada. Apenas hablaba, si en algún momento cualquiera perdido en el monte encontraba su casa. Tampoco corría, caminaba lentamente, como si llevara atada una pesada cadena. Siempre estaba acompañada de tres perros flacos y mezclados unos con otros como hilos de cabuya. A lo mejor, dentro de su casa no tenían comida, pero eran tan fieles que no la abandonaban. Pasar delante de esa casa me causaba espanto, pero también curiosidad. Nunca me atrevía a mirar por la única ventana que tenía, pues si la dueña era tan rara, me decía: ¿qué más puede haber allí adentro? Algunos creían que tal vez debajo de su casa había una botija, es decir, una gran cantidad de dinero enterrada por un antepasado, por lo cual Belinda no hablaba con nadie para no descubrir su secreto. Pero todo era especulación. Un día, casi me topo con ella frente a frente, iba pasando por allí, sentí un terror alrededor de mí, y todos los pelos se me erizaron. Así que, salí corriendo, apenas sin detenerme a tomar aire. Todavía recuerdo ese momento. Sin embargo, cuando observé su cara, me quedé con la curiosidad en saber por qué Belinda vivía lejos y tan sola. Tuve un deseo grande de conocerla. ¿Acaso Belinda era de este mundo? Puede ser que lo fuera, a pesar de ser tan extraña. Comencé a caminar algunos atardeceres cerca de su casa, pero no me encontraba con ella. A la caída del sol de una tarde, decidí dar una vuelta, con el deseo secreto de encontrar a Belinda. ¿Cómo sabía su nombre?, ¿quién me lo había dicho? Viajaba a lo más remoto de mis memorias y no recordaba la primera vez que la vi o escuché hablar de ella. Todo era un misterio para mí. Iba por el sendero que se aproximaba a aquella casa fúnebre, pero realmente no me atreví a doblar hacia allá, ni siquiera a mirar. Como siempre, al pasar por ahí, aceleré el ritmo, pero de repente sentí una respiración detrás de mí, entonces me asusté mucho. Estaba seguro que alguien venía muy cerca, y no me atrevía a mirar. La tarde se oscurecía aceleradamente, un viento fuerte comenzó a silbar y a remover las hojas, solo

decía dentro de mí: “¿cuándo llegaré al camino principal?, pero no aparecía. Se me doblaba un hombro, un frío recorría mi cuerpo, me sudaban las manos, los pies, las axilas y sentía comezón en los pelos. Sé que era ella y que estaba muy cerca de mí, pues podía escuchar hasta el jadear de los perros. De repente, recordé que ella nunca corría, así que decidí correr. Pero una gran raíz de un cedro que sobresalía del terreno arrugado me jugó una mala pasada y tropecé. Caí al suelo dándome un golpe muy fuerte en una rodilla que me impidió incorporarme rápidamente. Una mano fría y lánguida me sostuvo por el brazo y me ayudó a levantarme. Estaba frente a frente a ella, yo temblaba de arriba a abajo, el dolor en la rodilla me estremeció, tanto que perdí el sentido. Me desperté dentro de su casa y no me pareció tan oscura. Tenía la rodilla vendada con un ungüento que me provocaba frío y calor al mismo tiempo. Belinda me dio a beber un brebaje. Una fusión tan extraña como ella, pero dulce. Le pregunté que qué era esa bebida y solo me dijo: “bébela, te aliviará”. Y así fue, en una hora estaba camino a casa y no dejaba de repasar cada uno de los sucesos que me habían acontecido. ¿Cuándo recobré el sentido? ¿Cómo me levanté? ¿Cuándo entré en su casa? ¿Qué hicimos mientras me aliviaba? ¿Estuve allí? Si en el cuerpo, no lo sé, si fuera del cuerpo, no lo sé. Volví al día siguiente para encontrarla y agradecerle, pero no la volví a ver. No sé si soñé con ella o realmente estuve a su lado, pero su extrañeza marcó y cautivó mis recuerdos para siempre. (Florilena Paredes) A continuación, se perpetra un análisis a este relato utilizando el método estructuralista. El cuento tiene una estructura corta con una historia envolvente capaz de provocar en el lector ansiedad por conocer el desenlace de la trama, posee una estructura externa organizada en párrafos (un inicio, un desarrollo, pero no un final cerrado, ya que este es abierto quedando a la interpretación del lector). Este relato en su estructura interna denota que es una narración breve con una secuencia lineal, el sujeto o protagonista es el mismo narrador (autodiegético), que tiene por objeto acercarse al actante (Belinda), que a su vez es el destinador en la trama. El oponente es la fobia que se provoca al considerarla como extraña y eso conlleva al destinatario, donde surge la necesidad de conocer la singularidad que posee Belinda. También en el texto están muy presentes las figuras retóricas, las descripciones de personajes, de tiempo, de lugares y la atribución de cualidades humanas a objetos inanimados (toponimia, retratos, cronografía, personificación, entre otras). Ismael Marte Tejeda