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Asignatura: Antropología filosófica, Profesor: yo yo, Carrera: Veterinaria, Universidad: UCH-CEU
Tipo: Apuntes
Subido el 04/04/2017
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Tema 2 El hombre como persona
II. Comprensión de la realidad humana El hombre como persona
Tema 2 El hombre como persona
sorprendente capacidad: sacar de sí lo que hay en su intimidad. Esto puede llamarse manifestación de la intimidad. La persona es un ser que se manifiesta, puede mostrarse a sí misma y mostrar las "novedades" que tiene, es "un ente que habla", que se expresa, que muestra lo que lleva dentro. La intimidad y la manifestación indican que el hombre es dueño de ambas, y al serlo, es dueño de sí mismo y de sus actos, y por tanto principio de éstos. Esto nos indica que la libertad es una nota definitoria de la persona y una de sus características más radicales: la persona es libre, vive y se realiza libremente, poseyéndose a sí misma, siendo dueña de sus actos. Mostrarse a uno mismo y mostrar lo que a uno se le ocurre es de algún modo darlo: otra nota característica de la persona es la capacidad de dar. La persona humana es, ante todo, efusiva, es decir, capaz de dar o regalar. Sólo las personas son capaces de dar. Pero, para que haya posibilidad de dar o de regalar, es necesario que alguien acepte, que alguien se quede con lo que damos. A la capacidad de dar de la persona le corresponde la capacidad de aceptar, y aceptar es acoger en nuestra propia intimidad lo que nos dan. Por eso no hay dar sin aceptar, y no hay aceptar sin dar. Es decir, lo más alto de lo que es capaz la persona, el dar, exige otra persona que acepte el don. En caso contrario, el don se frustra. Dar no es sólo dejar algo abandonado, sino que alguien lo recoja. Abandonar un niño debajo de un puente no es lo mismo que llevarlo a un hospital infantil donde lo cuiden. Si nadie recibe el niño, se muere: alguien tiene que quedarse con lo que damos. Si no, no hay dar; sólo dejar. Si no hay un otro, la persona quedaría frustrada, porque no podríamos dar nada a nadie. Se da algo a alguien. Por tanto, otra nota característica de la persona es el diálogo con otra intimidad, el yo doy y tú recibes, yo hablo y tú escuchas, yo te pregunto y tú me contestas, tú me llamas y yo voy. Una persona sola no puede ni manifestarse, ni dar, ni dialogar: se frustraría por completo. El hombre no puede pasarse sin manifestar su intimidad, dando, dialogando y recibiendo. Veamos ahora un poco más despacio estas notas.
2. 1. La intimidad Intimidad significa un ámbito interior a cubierto de extraños. Lo íntimo es lo que sólo conoce uno mismo: lo más propio. Lo íntimo es "lo personal" (como cuando se dice: esto es algo "muy personal"). Intimidad significa mundo interior, el "santuario" de lo humano, un "lugar" donde sólo puede entrar uno mismo, del que uno es dueño.. Lo íntimo es tan central al hombre que hay un sentimiento natural que lo protege: la vergüenza o pudor, que es, por así decir, la protección natural de la intimidad, el cubrir u ocultar espontáneamente lo íntimo frente a las miradas extrañas. Existe el derecho a la intimidad, que asiste a la gente que es espiada sin que lo sepan, o que es preguntada públicamente por desgracias o asuntos muy personales. Lo importante es darse cuenta de que la intimidad no es estática, sino algo vivo, fuente de cosas nuevas, creadora: siempre está como en ebullición. Por ahí se puede ver que ninguna intimidad es igual a otra. Pero intimidad significa algo irrepetible, incomunicable, un núcleo del que brota el mundo interior. La persona es única e irrepetible, porque es un alguien, no es sólo un qué, sino un quién. La persona es la contestación a la pregunta ¿quién eres? Persona significa inmediatamente quién, y quién significa un ser que tiene nombre, que es alguien ante los demás: los hombres siempre han puesto un nombre a sus hijos, a sus semejantes, porque el nombre designa la persona, y es propio, personal e intransferible. "La noción de persona va ligada indisociablemente al nombre, que se adquiere o se recibe después del nacimiento de parte de una estirpe que junto con otras constituye una sociedad, y en virtud del cual el que lo recibe queda reconocido, y facultado con unas
Tema 2 El hombre como persona
hombre necesita dialogar. La necesidad de diálogo es una de las cosas de las que más se habla hoy en día. Hay necesidad de explicarse, de que alguien nos comprenda. Las personas hablan para que alguien las escuche; no se dirigen al vacío. La necesidad de desahogar la intimidad y compartir el mundo interior con alguien que nos comprenda es muy fuerte en los hombres y las mujeres. Se puede uno pasar sin ello, pero la inclinación natural es abrirse, siempre que ese alguien nos escuche (si nos comprende o no, sólo lo sabremos al terminar de hablar). El hombre no puede vivir sin dialogar. El que no dialoga con otras personas, lo hace consigo mismo. Caben ciertas formas de diálogo con la naturaleza, con los animales, etc. (en estos casos se personaliza un ser natural, como hace Walt Disney con los animales, y como hacen a veces los poetas). Por ser persona, el hombre necesita el encuentro con el tú, alguien que nos escuche, nos comprenda y nos anime. El hombre es un ser constitutivamente dialogante. El lenguaje no tiene sentido si no es para eso, pues es el modo de expresar el pensamiento, la facultad más excelente del hombre. La falta de diálogo es lo que motiva casi todas las discordias; la falta de comunicación es lo que arruina las comunidades humanas (matrimonios, familias, empresas, instituciones políticas, etc), pues la comunicación es uno de los elementos sin los que no hay verdadera vida social. Esto es una experiencia tan corriente que muchos estudiosos (sobre todo de ética, filosofía política y derecho) conciben hoy la sociedad ideal como aquella en la cual todos dialogan libremente para ponerse de acuerdo sobre las reglas de la convivencia. La preocupación teórica y práctica por el diálogo es hoy más viva que nunca, tanto en la ciencia como en la vida social, en la política, en las relaciones interpersonales, etc: cuando una sociedad tiene muchos y grandes problemas, hay que celebrar muchas y largas conversaciones, para que la gente se ponga de acuerdo y encuentre soluciones. Que el diálogo y la comunicación existan no es algo que esté asegurado. La comunicación y el diálogo entre las personas singulares fundan la amistad, que es un diálogo habitual, es decir, una conversación que se interrumpe sólo algunos ratos: el tiempo que transcurre entre un encuentro y otro. Los amigos o amigas, cuando se encuentran de nuevo, se cuentan lo que ha pasado en ese entretiempo, asumen ese período dentro de su diálogo, y lo continúan. Todo esto se puede decir de un modo más profundo y técnico: no hay un yo si no hay un tú. Una persona sola no existe como persona, porque ni siquiera llegaría a reconocerse a sí misma como tal. El conocimiento de la propia identidad, la conciencia de uno mismo, sólo se alcanza mediante la intersubjetividad, es decir, gracias al concurso de los otros (padres, etc). Este proceso es la formación de la personalidad humana, mediante el cual se modula el propio carácter, se asimilan el idioma, las costumbres y las instituciones de la colectividad en que se nace, se incorporan sus valores comunes, sus pautas, etc, y se llega así a ser alguien en la sociedad, a tener una identidad propia y una personalidad madura e integrada con el entorno, de modo que se pueden establecer unas relaciones interpersonales adecuadas. Se abre aquí una amplia línea de consideraciones: sin los demás, no seríamos nada, pues todo ese proceso es un diálogo educativo constante. En capítulos siguientes se desarrollarán estas ideas.
2. 4. El dar Que el hombre es un ser capaz de dar, quiere decir que se realiza como persona cuando extrae algo de su intimidad y lo entrega a otra persona como valioso, y ésta lo recibe como suyo. Tal es el caso, por ejemplo, de los sentimientos de gratitud hacia los padres: uno es consciente que le han dado la vida, la nutrición, la educación, y muchas cosas más. Y uno queda, por así decir, en deuda: ha de dar algo a cambio. La intimidad se constituye y se nutre con aquello que los demás nos dan, con lo que recibimos, como
Tema 2 El hombre como persona
sucede en la formación de la personalidad humana. Por eso nos sentimos obligados a corresponder a lo recibido. Cuantos más intercambios de dar y recibir tengo con otros, más rica es mi intimidad. No hay nada más "enriquecedor" que una persona con cosas que enseñar y que decir, con una intimidad "llena", rica. El fenómeno del maestro y el discípulo radica en transmitir un saber teórico y práctico, y también una experiencia de la vida. La misión de la universidad se podría explicar a partir de aquí: es, debería ser, una comunidad de diálogo entre maestros y discípulos, y de intercambio de conocimientos entre personas, y no sólo un lugar donde aprender unas técnicas. El maestro congrega porque tiene algo que dar a los discípulos, no sólo científico, sino también vivido, experimentado, sapiencial. La efusión, el salir de uno mismo, es lo más propio de la persona. El dar tiene tantas variantes que se hará necesario dedicarle un capítulo, donde trataremos de lo común, las relaciones interpersonales, el amor y la amistad.
2. 5. La libertad La libertad es una nota de la persona tan radical como las anteriores, e incluso más. La persona es libre. Esto quiere decir que es dueña de sus actos, porque es dueña del principio de sus actos y dueña de su interioridad, de su intimidad, y de la manifestación de ésta. Al ser dueña de sus actos, es dueña de su vida y de su destino: elige ambos. Lo voluntario es aquello cuyo principio está en uno mismo. Lo voluntario es lo libre: se hace si uno quiere; si no, no. La libertad es una nota tan radical de la persona que exigirá un capítulo propio.
3 La persona como fin en sí misma Las notas de la persona que se acaban de mostrar (intimidad-ser un alguien, manifestar, dar, dialogar, ser libre) nos hacen verla como lo que es: una realidad en cierto modo absoluta, no condicionada por ninguna realidad inferior o del mismo rango. Siempre debe ser por eso respetada. El derecho y la autoridad, en cualquiera de sus formas, nunca pueden perder de vista este carácter de la persona. Respetarla es la actitud más digna del hombre, porque al hacerlo, se respeta a sí mismo; y al revés: cuando la persona atenta contra la persona, se prostituye a sí misma, se degrada. Dicho de otro modo: la persona es un fin en sí misma. Esto lo supo decir Kant con acierto: "Obra del tal modo que trates a la humanidad, sea en tu propia persona o en la persona de otro, siempre como un fin, nunca sólo como un medio"; "el hombre existe como un fin en sí mismo y no simplemente como un medio para ser usado por esta o aquella voluntad". Según nos dice aquí Kant, usar a las personas es instrumentalizarlas, es decir: a) tratarlas como seres no libres, mediante el empleo de la fuerza o de la violencia, que no son legítimas en cuanto las rebajan a la calidad de esclavas. Nunca es lícito negarse a reconocer y aceptar la condición personal, libre y plenamente humana de los demás. Esto no suele negarse nunca teóricamente, pero sí en la práctica, mediante cualquier forma de imposición mediante la fuerza física, la presión psicológica, quitando a otros la libertad de decisión, etc. b) servirse de ellas para conseguir nuestros propios fines. Esto es manipulación, y consiste en dirigir a las personas como si fueran autómatas o instrumentos, procurando que no sean conscientes de que están sirviendo a nuestros intereses, y no a los suyos propios, libremente elegidos. Hemos dicho que la persona tiene un cierto carácter absoluto respecto de sus iguales e inferiores. Pues bien, para que este carácter absoluto no se convierta en una mera opinión subjetiva, es preciso afirmar que el hecho de que dos personas se
Tema 2 El hombre como persona
La prisa es una demostración de que existe lo inmaterial, y de que puede forzar demasiado el ritmo de lo puramente orgánico. Los animales nunca tienen prisa. De hecho, ella es una de las enfermedades de nuestra época. Es un modo patológico de vivir nuestra condición temporal: es comenzar a ser vencido en la carrera contra el tiempo. Casi todo lo que se acaba de decir respecto del tiempo, puede decirse también respecto del espacio: el hombre siempre ha tratado de superar el espacio viajando, moviéndose, inventando sistemas de navegación y transporte, y comunicaciones. La diferencia está en que el hombre parece haber tenido más éxito en su batalla por superar el espacio, si se consideran las cosas a una escala simplemente terrestre: las comunicaciones y los viajes han alcanzado una perfección y desarrollo tan grande como vemos en la televisión o los sistemas de comunicación recíproca (fax, correo electrónico, teléfono, etc). Cuando pensamos en el Universo, la situación es diferente. Pero es obvio que el hombre ha trabajado extraordinariamente por superar el espacio, hasta conseguir que para efectuar determinadas actividades, la distancia haya dejado de ser un problema. En todo ello ha sido condición necesaria la mejora de la velocidad. En resumen, las tesis que aquí se mantienen son:
Tema 2 El hombre como persona
narración, una forma especial de saber que se aleja del conocimiento propio de la ciencia y se acerca al arte, pues la narración es una historia contada, es decir, recreada, más tarde escrita y depositada como objeto cultural transmisible. El sentido de la vida humana y de las cosas en general, sólo aparece cuando se relaciona con un principio y un final temporales, y esto sólo se puede hacer de forma narrativa.
Anexo I La intimidad^2 Cuando lo que se cultiva es la imagen parece un poco extraño hablar de intimidad. Hoy lo que se valora es la espontaneidad, la naturalidad, la imagen, la moda, las entrevistas en la tv, etc. pero es necesario volver a los orígenes, a lo más profundo, a lo más íntimo y personal. La elegancia sale de dentro a fuera. Ese dentro es la intimidad. Pero la búsqueda de la propia intimidad no es fácil, hace falta inteligencia para percatarse de ese mundo que no se puede tocar como una seda u oler como un perfume. Pero además de inteligencia hace falta educar y acrecentar la sensibilidad. Sin sensibilidad la intimidad es interpretada en clave de aburrimiento. Si para adentrarse en la intimidad hace falta inteligencia y sensibilidad es porque el hombre es más que su propio cuerpo: es inteligencia, voluntad, memoria, es imaginación, es espíritu, es cultura, es sensibilidad...¿Todos los mundos interiores son iguales? Desconocer el mundo interior y renunciar a su conocimiento es renunciar a conocer lo que en el hombre hay de interesante. El concepto de intimidad viene de intimus y significa zona espiritual reservada de una persona, también de una familia. La intimidad siempre hace referencia a las personas, a los seres racionales, que son los únicos que tiene conciencia de ser un sujeto irrepetible. La intimidad se sitúa en el núcleo oculto de cada persona, donde se fraguan las decisiones más propias e intransferible. La intimidad se vincula con la amistad. Intimidad con uno mismo. Vivir la vida no supone automáticamente tener conciencia personalizada de vivirla. Entre vida y conciencia de la propia vida se da una forma usual un desacoplamiento, que hace que el hombre viva su vida más desde el ámbito del espectador de la propia acción, vivir de una forma automatizada, son actitudes que se colocan fuera de lo que es tener intimidad consigo mismo. En la medida en que en un sujeto la vida se traduce en vivencia mejora la calidad de vida. No es suficiente vivir. El vivir, si no se añade su propia reflexión, se agota en sí mismo. El hombre tiene que recuperar su propia vida, a la vez que la vive, a través de la aprehensión volitiva consciente y asumida. No se trata de sentirse responsable sino saberse protagonista de su vida. Las modas, costumbres los usos establecidos, son factores que dificultan la espontaneidad original en el actuar del hombre, que en caso de darse facilitarían en gran medida esa coincidencia del hombre consigo mismo, es decir su propia intimidad. Pero lo más corriente es que lo que se hace, se dice, se interponga como una pantalla entre el yo-consciente y el hombre-acción, y se viva una vida si no encajada, sí al menos vacía de resonancias personales, de identificaciones. Y vamos siendo uno más que no se distingue, que pasa inadvertido y confundido con la masa anónima, mal mezclado con los otros hombres. Nuestro mundo interior en muchas ocasiones ha sido aplanado, igualado y roturado en función del hombre despersonalizado, estereotipo del hombre moderno, del que en este momento de la historia se lleva. Y allá a lo lejos se han encerrado todas las potencialidades que estaban destinadas a diseñar nuestro mundo interior con registros personales e intransferibles, que luego habrían de manifestarse en relaciones personales.
(^2) MARTI GARCIA, M.A., La intimidad, Eunsa, Prólogo
Tema 2 El hombre como persona
sabiduría. Cuando hablamos del mundo interior no nos referimos tanto a que esté poblado de conocimientos científicos sino de esa sabiduría que constituye el escalón más alto que el de la ciencia, por estar íntimamente vinculado a la vida. La cultura para serlo ha de ser integradora. La cultura se inscribe, mas bien, en tener una explicación coherente, y en clave de verdad, de lo que es el hombre y el mundo que le rodea. Actualmente el escepticismo ante la verdad ha diseñado una cultura tipo pule, donde lo importante es la pluralidad de los elementos que la integran, más que si estos conocimientos dan una respuesta verdadera a los problemas. Sin un criterio de verdad los conocimientos adquiridos desembocan en erudición, pero no en cultura. El hombre no se agota en su corporalidad y que tiene un mundo interior, que como su corporalidad debe ser valorado, como sabio o ignorante, como cultivado o no, lleno de luces o de sombras, ordenado o caótico, coherente o ilógico, verdadero o equivocado: en fin, todos los valores que califican realidades últimas podrán aplicarse con propiedad al mundo interior. También el mundo interior influye en el cuerpo.
Autoestima, relación con uno mismo El mundo interior deja de ser un laboratorio donde se integran los datos que llegan a él, y se convierten en un disco rayado que repite obsesivamente algo que con más intensidad ha arañado nuestra afectividad. La relación con uno mismo es mejor cuanto más alto es el grado de madurez alcanzado por la persona. Una persona es realista, serena y objetiva cuando es madura, además tendrá confianza en sí mismo.
Autoposesión Conocerse a sí mismo es necesario para tener dominio propio. Quién no se conozca está incapacitado para interpretarse como un ser irrepetible, distinto a los demás. Todo autoconocimiento apuntala la posesión de sí mismo que todo hombre debe tener. En la persona se dan factores de muchos tipos: intelectuales, volitivos, afectivos, temperamentales. Pero todos ellos deben ser integrados, unificados, y además tener una conciencia reflexiva de esa unificación. El hombre debe entenderse a sí mismo como una unidad a la que conoce y posee. Quien se sienta disperso, desorientado frente a su propia realidad de persona; quién en su vida solo ve facetas, aspectos, elementos configuradores, necesariamente se interpreta a sí mismo como un ser polivalente, sin un modelo claro de identificación y será muy difícil que en su trayectoria vital se den progresos, especialmente a lo que a la madurez se refiere. Integrar la propia vida es darle una unidad de sentido, es establecer una axiología a la que atenerse, es llegar a un conocimiento aceptable de sí mismo capaz de diagnosticar las posibilidades y los límites propios. Los años y un desarrollo armónico de la personalidad garantizan ese conocimiento propio y la posesión de uno mismo.
Densidad de vida. Vivir es un arte. Vivir bien no se agota en las necesidades inmediatas, materiales, que toda vida lleva consigo. El hombre cuando no tiene satisfechas las necesidades propias de una vida digna, no vive bien. Pero aquietadas esas necesidades, si su vida no acude a nada más, ese vivir bien termina convirtiéndose en desazón e incluso en tristeza. Al hombre le sigue faltando algo aunque no sea algo material. Y es en esa algo donde la vida alcanza su sentido. Para entender ese lenguaje que trasciende el mundo material, el hombre debe comprender que dentro de él existe un mundo interior, que en el caso de estar deshabitado, mal alimentado, poco transitado, en una palabra maltratado, será entonces muy difícil que el hombre encuentre la felicidad. Podrá tener todo lo que necesita y quiera, pero ese algo que parece iluminar el sentido de la vida, solo puede emerger de lo más elevado que hay en nosotros: nuestro interior. Si ese mundo interior con el correr de los años, ha ido densificandose, enriqueciéndose, cultivándose, será pues, en esa morada interior donde el hombre encontrará todos los
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elementos necesarios para configurar, unificar, analizar la rica y plural realidad exterior (en donde se encuentra inmerso). ¿Que sentido tiene lo que me rodea, si yo me interpreto únicamente como una realidad corporal satisfecha biológicamente? Los afectos, los sentimientos, las emociones, los impulsos reclaman también para ellos una unidad de sentido. Lo corporal busca integrarse en lo psíquico y lo psíquico reclama lo espiritual. Lo corporal si no va enriquecido por una interpretación de las estructuras superiores es vivido por el hombre como una sensación de fracaso. Al hombre le defrauda su propio cuerpo, cuando su espíritu no está junto a él. Y el hombre, en cambio, ve trascender su cuerpo cuando es atravesado por la fuerza de lo que hay de espiritual en él. Vivir bien la vida es hacerla más densa interiormente, porque de esa densidad existencial dependerá el sentido de nuestras acciones, el sentido de nuestro vivir. El mundo de la cultura de los valores, de la reflexión, de la moral... es el que teje en nuestro interior esa red tupida, con consistencia capaz de soportar el peso de la vida. Además cada momento que se vive, se puede vivir con intensidades distintas, y esa intensidad viene dada no por el hecho en sí sino por el sentido que el hombre le dé. Quién en su interior conoce el arte de la pintura con la mera contemplación de un cuadro vivirá esos instantes con una intensidad mucho mayor que un profano. Y es que la vida del hombre se resuelve en lo que lleva dentro de él, porque desde su interior puede desembocar en la nada, en el vacío, o autotrascenderse hasta el infinito.
Recogimiento interior La acción llama a la acción. La actividad propia de un día repleto de gestiones viene, en parte, propiciada por la actividad del día anterior, y a la vez la inercia lleva a proseguir en el ritmo trepidante propio del activismo. En la filosofía de un tipo de vida así siempre están sobrestimados determinados valores: la eficacia, la capacidad de gestión, la productividad... El centro del hombre se sitúa fuera de él, y en consecuencia el hombre termina volcándose del todo hacia el exterior, incluso cuando busca descansar o divertirse. Ha tomado gust9o a esa dimensión externa de su ser que es la acción, y únicamente fuera de sí es donde se encuentra. Pero ese no puede ser el hábitat natural de la persona. El trabajo, el descanso, la diversión, entendidos como un epifenómeno desujetivado, sin estar vertebrado por un yo con una conciencia reflexiva de su propia identidad es siempre una fuga hacia delante, un desencuentro. La acción es válida siempre que nazca de un sujeto y vuelva hacia él, el hacer por el hacer es propio de una vida despersonalizada, que busca llenarse de razones para vivir aquí y ahora. Se consume, se compra, se viaja para llenar el tiempo, para distraer el tiempo. Pero esta vida no distrae, en el sentido de hacer más amable la vida, sino que centrifuga, devora al hombre lanzándole más lejos de él. Ser, tiempo y nada se convierten en términos sinónimos. Las cosas con su invitación a ser compradas y disfrutadas se constituyen en el único reclamo para el hombre. El hombre busca la felicidad en las cosas porque al haber renunciado a encontrarla en su autotrascendimiento, en algún sitio debe mantener despierta la ilusión de hallar la felicidad. La aventura de tener, poseer, disfrutar se convierte de esa manera en su aventura de existir. Se existe para tener cosas, las mejores. Pero aquí no se debe buscar la felicidad. Y ese aquí empieza en el recogimiento interior para conseguir que el centro del hombre se sitúe dentro de él y así ir desde él a las cosas, pero siempre considerando a estas últimas con un carácter instrumental y limitado. Situarse dentro de sí es una invitación a la contemplación. Esta tiene una doble vertiente: una de cariño, quién contempla está queriendo, y otra de apropiación intelectual, de enriquecimiento interior, porque quién ve con cariño descubre siempre algo nuevo en el objeto de su visión. El hombre desde ese interior dilata su amor y su conocimiento, es decir se hace más hombre. Retoma toda la realidad, también la de las cosas, pero no como objeto de felicidad, sino como expresión de su felicidad.
Tema 2 El hombre como persona
sobre lo que sucede en su mundo interior, consiguiendo así evadirse de compromisos personales consigo mismo. Sitúa su vida dentro de un paréntesis, le da un carácter de provisionalidad, descargándose del peso que supone considerar las propias obras como definitivas y definitorias. Esta postura de ambigüedad consigo mismo del hombre inauténtico, le lleva a ser muy crítico con los otros. La crítica no asumida sobre su vida personal la proyecta, y a veces de una forma cruel, sobre los demás exigiendo de los otros respuestas inequívocas.
La conciencia La vida auténtica apela a esa voz interior que nos sitúa en el mundo de los valores. En nuestra intimidad está la conciencia. Por eso no se puede hablar de intimidad con uno mismo sin tener en cuenta la presencia de una voz propia, que parece tener como finalidad emitir juicios últimos especialmente sobre realidades últimas, y en términos de bien y de mal. Por lo tanto, el ámbito de la intimidad es, entre otras cosas, un reducto moral, donde se emiten juicios de aprobación y condena, donde surgen sentimientos de paz y tranquilidad, y de remordimiento y de culpa. Pasar por alto esta realidad moral del hombre es, en cierto modo, pasar por alto de la propia intimidad, cayendo en una situación falsa consigo mismo. El hombre puede huir de muchas cosas y, aparentemente también de sí; pero sólo aparentemente. Quién quiera aceptarse como persona, ha de saber que tiene que aceptar las exigencias que el ser persona lleva consigo, y la más exigente es atender la propia voz de la conciencia, que emite juicios implacables. Es factible distorsionar la voz de la propia conciencia e introducir dentro de nosotros un caos desorientativo donde se haga realidad el dicho a río revuelto ganancia de pescadores, porque a base de no sintonizar con la propia voz, se puede terminar escuchando lo que se quiera, o no escuchando nada, y evitando entrar en el propio mundo interior, no sea que nos recriminemos algo y nos situamos fuera de nuestro mundo interior, negándonos a tener con nosotros ese encuentro habitual en que consiste la intimidad. Nuestra propia realidad no se agota en nuestro ser, sino que alcanza a nuestras obras. El mundo que nos rodea entra a formar parte de nuestra intimidad, no en cuanto realidad externa a mí, sino en cuanto produce unas resonancias internas que tiñen con tonalidades diversas mi afectividad. Las cosas no nos son indiferentes, tienen un lenguaje que captamos, por eso unas son agradables y otras producen rechazo. Las cosas no son tan externas a nuestra propia realidad interior, como a simple vista podría parecer. Hay en el mundo que me rodea una apropiación afectiva, que es digna de tenerse en cuenta, si queremos comprender en toda su amplitud el concepto de intimidad. No porque una realidad se sitúe fuera de mí, está excluida de mi intimidad. Existen lazos afectivos que son capaces de superar esa distancia radical entre lo interno (intimidad) y lo externo (mundo). Pero ese lenguaje no es de fácil interpretación. Se da una identificación entre mi realidad y las otras realidades que componen mi mundo. En un test sobre nuestra personalidad se nos pregunta por el color favorito, el árbol preferido. Estas elecciones nuestras nos dicen cómo somos, porque ella mismas constituyen nuestra perspectiva preferida de la realidad. Por eso desencarnarse del mundo es una forma de amputar la propia realidad interior, concretamente la que refleja mi mundo circundante. En el interior del hombre aparecen sufrimientos que definen y polarizan la vida de quién los sufre. No se puede olvidar al hablar del hombre esos dolores del alma, dolores morales que es uno de los elementos mas configuradores de la intimidad. Una de las grandezas del hombre es saber integrar con elegancia el sufrimiento en la propia vida. Los años pueden facilitar esta tarea, quién lo consigue adquiere en esta conquista humanidad, valor de lo más importante que puede adquirir el hombre. Tener humanidad es tener capacidad de acogida, de comprensión, de haber dado con la
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medida del hombre en general y en particular. Un síntoma claro es la capacidad de escucha. Quién sufre, consiguiendo que el sufrimiento no le desconcierte, entiende las posibles angustias de otros hombres. Asomarse a la intimidad de un hombre es asomarse a estancias en penumbra, que merecen nuestro respeto, en espera que un día se iluminen con la luz de la alegría. El sufrimiento tiende a salvaguardar al hombre de caer en la apatía, en la rigidez mortal del alma, mientras sufrimos permanece viva, más aún, el hombre crece y madura en el sufrimiento, el dolor le templa, le hace más rico y más poderoso.
Intimidad y desnudez. Entre lo que somos y lo que nosotros sabemos no hay adecuación perfecta. De ahí, del sentido de guardar la intimidad surge el pudor. Es necesario contarse la vida, recrearse en el presente, hay que remansarlo, que no se nos vaya demasiado deprisa de las manos. El atolondramiento, el nerviosismo, la ansiedad, no nos sirven para vivir, porque nos matan el presente y nos arrojan al futuro fuera de nosotros mismos. Meterse dentro de sí, observando-viviendo el presente: ahí está uno de los secretos de la vida. Esto hay que tenerlo hoy muy presente donde la prisa se ha convertido en algo habitual. Quién corre del primero que se distancia es de él mismo. Entretenerse con las cosas como hace un niño.
La reflexión La búsqueda de la eficacia puede volcar al hombre fuera de sí. No es correcto supeditar la felicidad a la presencia de los otros. Eso sucede cuando el hombre no ha hecho del pensamiento, de la reflexión, de la cultura una fuente de felicidad. Entonces efectivamente la soledad se interpreta como vacío, como aburrimiento, como tedio. El aburrimiento es no tener nada que decirse, o no tener nada que pensar, no sentir la necesidad de la reflexión. Este tipo de hombre solo parece estar convocado para actividades sociales. El mundo de la intimidad consigo mismo lo desconoce, porque para llegar a él es necesaria una propedeútica, que requiere esfuerzo y disciplina. Esta autosuficiencia para la diversión, que puede alcanzar un hombre cuando es capaz de disfrutar en soledad, del ámbito del pensamiento y de la cultura, no es algo que venga ya dado por su naturaleza. Su posesión supone una conquista, que de alcanzarla se convertirá en el hombre en fuente de felicidad. Hay veces que lo que necesita uno es silencio porque tanta actividad nos ha colocado fuera de nuestro interior. Vivir felizmente la propia soledad se conquista con los años, el adolescente identifica la diversión con la movida con gente, ruido y movimiento. Pero solo los años nos llevan a esta conversión de la soledad en felicidad. Hace falta temple interior, cultivo de las virtualidades propias y haber encontrado consigo mismo la paz, para conseguir la felicidad en soledad. El hombre maduro identifica la felicidad con la tranquilidad interior. En este tipo de felicidad hay también actividad intelectual, a través de la cual se dan descubrimientos, nuevos hallazgos, se iluminan zonas oscuras, se da una simbiosis de contemplación y creación.