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Asignatura: Políticas Sociolaborales: Igualdad y No Discriminación en las Relaciones Laborales, Profesor: graciana iturbude, Carrera: Relaciones Laborales y Recursos Humanos, Universidad: UCM
Tipo: Apuntes
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¿Qué papel juega la reproducción en la valorización del capital?
PATRIARCADO PRODUCTOR DE MERCANCÍAS
Las ideas básicas de la teoría crítica del valor-escisión elaborada por Roswitha Scholz (2013) para explicar la contradicción entre capital y vida en sus fundamentos. Ha tenido como objeto analizar el nexo inseparable entre el capitalismo y su específica escisión de lo masculino y lo femenino.
A partir de la articulación de la teoría del valor de Marx con la teoría feminista, la tesis fundamental es que el valor – como forma específica de la riqueza en el capitalismo- está en el origen de la asignación diferencial de valor económico y valor social a las actividades económicas.
De este modo, por esta lógica intrínseca, las actividades sólo cuentan en tanto contribuyen a la valorización capitalista – y no a la riqueza social- para lo cual han de ser susceptibles de ser “TRABAJO”.
Así, la forma valor delimita de modo particular el campo de lo económico y lo productivo – asignado a lo masculino-, e invisibiliza su necesaria relación con las actividades no mercantilizadas (que no revalorizan al capital) pero básicas para la sostenibilidad de la vida – asignadas a lo femenino.
De este modo, Scholz polemiza con todos los marxismos que han asumido que “el trabajo es la única fuente de riqueza”, así como con aquellas teorías feministas que han reivindicado la expansión del concepto “trabajo” y han deshistorizado la forma particular de las relaciones sociales en el patriarcado productor de mercancías.
La economía feminista defiende la unión indisoluble entre patriarcado y capitalismo. ¿Cómo abordar el conflicto intrínseco entre capital y vida? Es decir, la contradicción intrínseca entre las necesidades de cuidado de la vida y las necesidades de valorización del capital. ¿Es un conflicto de intereses sin más? ¿Qué habría en el capital, como un “sistema” que lo hace indomesticable, imparable y absolutamente incompatible con la vida? ¿Por qué las empresas buscan inexorablemente el beneficio independientemente de cualquier otro criterio?
En definitiva, ¿cómo poner los cuidados en el centro de la economía capitalista con una capacidad de destrucción a nivel global que parece no tener fin?
Las respuestas no son simples, pero son fundamentales para avanzar en el reto de poner la vida en el centro de la economía.
El feminismo ha sido fundamental para criticar las limitaciones del marxismo tradicional^1 , el que supuestamente idealiza un determinado tipo de actividad social – el trabajo asalariado-
(^1) Sin embargo para Postone (2000:36), uno de los autores de la ‘critica del valor’, la crítica de Marx es,
por el contrario, una crítica del trabajo en el capitalismo.
como la única relevante o la derivación del trabajador como único actor económico y político privilegiado para producir cambios sociales.
En términos conceptuales se ha producido una inflación del concepto trabajo que a nuestro juicio es problemático. A lo que se había llamado Trabajo Doméstico en los setenta, se le sumó el trabajo afectivo, trabajo emocional, trabajo inmaterial, trabajo de cuidados, trabajo reproductivo, trabajo voluntario, etc.
El término “trabajo”, más que estar especificado teóricamente, se convierte en una reivindicación para otorgar reconocimiento a actividades invisibilizadas a las que se les atribuye un estatuto económico.
1.1. Ambivalencias teóricas en el trabajo
La confusión principal surge, según Scholz, en torno al término trabajo en el contexto capitalista. Se ha construido un concepto de trabajo entendido como una actividad antropológica de carácter transhistórico (permanente), definido por Susan Himmeweilt (1995) como “una actividad con una finalidad, que consume tiempo y energía, forma parte de una división del trabajo y es separable de la persona que lo realiza”.
Es decir, se concibe el término trabajo en el capitalismo como la producción material de la propia existencia: con una utilidad y una finalidad propia más allá del contexto concreto. Como una forma de actividad transhistórica, y no de una relación social situada históricamente.
En este sentido, para reclamar la asalarización de las actividades domésticas y su reconocimiento, las posiciones ‘pro-trabajo’, defienden que, si en tanto actividad no existen diferencias sustanciales entre trabajo asalariado y otras actividades no asalariadas, éstas pueden ser asimiladas a “trabajo”.
Esta problemática puede resolverse distinguiendo dos sentidos fundamentales de la categoría “trabajo”:
De este modo, el sentido del trabajo que ha utilizado comúnmente el feminismo sería el segundo, puesto que las actividades de sostenibilidad de la vida sería fundamentales en cualquier tipo de sociedad.
En cualquier actividad que se defina como trabajo no serán las características de la tarea concreta las que determinen de qué tipo de trabajo se trata, sino las relaciones bajo las cuales tiene lugar dicha actividad. (Carrasco, 2011:73)
De este modo, defendemos aquí el uso del término “trabajo” en su sentido moderno, para evitar discusiones en torno a las distinciones entre trabajo/no trabajo,
Si la cuidadora es pagada por ello, entonces será trabajo. Si no, no. Si el servicio que ella vende
Si la misma empleada de hogar hace el mismo trabajo en la misma casa, pero es subcontratada por una empresa cuyo propietario obtiene beneficios que reinvierte, entonces el trabajo valoriza capital porque destina parte del beneficio a la reinversión, a obtener más dinero del dinero inicial, y por tanto esa parte del dinero reinvertida proviene de “trabajo” no pagado a la empleada.
En este caso, el trabajo de la empleada sería consumido productivamente por el capitalista, valoriza directamente capital , y por tanto es trabajo productivo^3.
Este marco nos sirve para poder explicar por qué los empresarios de servicios domésticos están tan interesados en la ‘profesionalización de los cuidados’, empresas de residencias de ancianos o de ayuda a domicilio, el telecuidado y su impresionante crecimiento nicho de mercado, y cómo desde ahí se promueve abiertamente cierta igualdad entre hombres y mujeres. La mercantilización de las actividades de cuidado, lo que antes era realizado por una mujer no asalariada se transforme en un nuevo espacio de valorización.
Y entonces, ¿qué es el capitalismo para los críticos de la teoría del valor? No es un sistema fundamentalmente articulado en torno a las contradicciones de clase, sin negar que éstas sean totalmente relevantes para la comprensión de las realidades sociales. En un sentido más profundo, es un sistema de estructuración temporal de la vida social , determinado en su nivel más abstracto por las formas sociales del valor, el trabajo, la mercancía, el dinero y el capital.
Esas relaciones de tiempo tienen que ver básicamente con la idea de “el tiempo es dinero”^4 , pero únicamente para quienes sus actividades fueron, son o serán traducibles a dinero.
El valor, como forma específica de la riqueza del capitalismo, es básicamente un tipo de tiempo regulado socialmente que traduce trabajo vivo a trabajo muerto objetivado en mercancías. La regulación social del tiempo que el mecanismo de la competencia impone, produce históricamente una dinámica autónoma que nadie controla directamente^5.
El capital es la relación social por el cual “el valor se autovaloriza” (Marx). De esta manera, no se trata simplemente de un problema de la “acumulación” de dinero y poder en unos pocos, ni
(^3) “La diferencia entre el trabajo productivo y el improductivo consiste tan solo en si el trabajo se
intercambia por dinero como dinero o por dinero como capital” (Marx, 1997: 88). (^4) El tiempo es oro Franklin (1748) quería decir con esto que todo el tiempo que uno pudiera dedicar a
generar dinero y trabajar, era tiempo bien invertido. Contrasta con « El tiempo no es oro ; el tiempo es vida» de José Luis Sampedro, eximio profesor de esta universidad. 5 El trabajo abstracto no puede medirse a través de las horas de trabajo, pues cada hora de trabajo medida por reloj es una hora de trabajo concreto gastado por un trabajador. El trabajo abstracto no puede ser “gastado”. El trabajo abstracto es una relación de validez constituida en el cambio: el tiempo de trabajo gastado individualmente se reduce a tiempo de trabajo socialmente necesario. La productividad media no depende de los productores individuales, sino de la totalidad de productores de un valor de uso. Para producir mercancías no hay que producir simplemente valor de uso, “sino valor de uso para otros, valore de uso social”.
tampoco de la centralidad del mercado. No se trata aquí de una crítica del modo de distribución de la riqueza, sino de la forma misma de la riqueza y de su modo de producción, cuya lógica imparable solo responde a un fin tautológico que es hacer más dinero del dinero.
Las consecuencias de esta concepción son claves para el feminismo, y la centralidad del problema del tiempo. Los tiempos sociales dedicados a las diferentes actividades y su articulación, la velocidad propia de esta sociedad, las constricciones horarias o la experiencia del tiempo según el género, serían algunos de los temas a reinterpretar a partir de la crítica del valor.
Esta crítica del capitalismo implica caracterizar las formas básicas que estructuran la sociedad capitalista como una teoría de la constitución social y sus modos específicos de dominación abstracta por “relaciones de tiempo”. Postone: ‘la dominación abstracta constituida por el trabajo en el capitalismo es la dominación del tiempo’.
Como podemos pensar una sociedad post-capitalista
El problema del patriarcado ha sido comúnmente omitido, en buena parte por tratarse de autores formados en contextos androcéntricos. La figura de R. Scholz irrumpe así proponiendo lo contrario de lo que muchos marxistas y feministas pensaban, como por ejemplo, Marcuse: “no hay ninguna razón económica sólida de la que se siguiese la imposibilidad de lograr esta igualdad (de género) en el marco del capitalismo”. Para Scholz, en condiciones capitalistas no pueden existir condiciones de igualdad en la valoración de los géneros.
La dinámica capitalista descrita por Marx aparecía a priori como sexualmente neutral. Como lógica abstracta vinculada al dinero, el capital no tenía por qué basarse en la relación de género. De manera que originalmente parecía pronosticar al sistema capitalista como una superación de las relaciones patriarcales bajo la igualdad formal burguesa. El patriarcado como algo precapitalista podría verse destinado a desaparecer. No obstante, con el actual capitalismo plenamente desarrollado es posible pensar que debe haber algo propio del núcleo del capital por lo cual las divisiones sociales de género sean funcionales a éste.
Scholz reconceptualiza así el capitalismo como el “patriarcado productor de mercancías”. Comienza en 1992 con el primer texto de su teoría “El valor es el hombre”. Si el valor es la forma de la riqueza del capitalismo, esa misma forma tiene una dimensión invisibilizada que funciona como condición de posibilidad. Este valor produce, en palabras de Scholz (2000), la « la relación jerárquica de los géneros en el patriarcado capitalista está determinada fundamentalmente por separación de cualidades, adjudicaciones y actividades específicas y típicamente “femeninas” que no pueden ser subsumidas a la forma del valor o la abstracción del “trabajo”» (RS, 1999).
Las diferenciaciones pos-modernas, la existencia de la mujer profesional o del hombre doméstico, tanto en el futbol femenino como en el striptease masculino, tanto en las bodas de gays y lesbianas como en los shows de transexuales (RS, 2000).
La ‘metamorfosis posmoderna’ en muchas de las formas concretas de relaciones de género, no niega el “ asalvajamiento del patriarcado productor de mercancías ”, sino que para la autora, ha profundizado las divisiones patriarcales básicas.
Si la expansión de la competitividad es una de las consecuencias centrales de la socialización capitalista, ella estará fundamentalmente asociada a lo masculino, lo cual no se contradice con que tanta mujeres como se quiera reproduzcan una lógica competitiva en diferentes espacios de su existencia. Pero las mujeres estarán limitadas a ocupar de modo significativo los espacios regidos por una lógica competitiva. Las empresas no se “feminizan” porque las mujeres entren a trabajar a ellas, sino más bien son las trabajadoras las que han de integrar las lógicas masculinas a sus vidas. Por eso, como ha dicho A. Hochschild (2011:48), “ en lugar de humanizar a los hombres, capitalizamos a las mujeres ”.
En términos de la escisión del valor es lo que tantos análisis han señalado como la ‘doble jornada’, la ‘doble carga’, la ‘doble presencia’ o la ‘doble socialización’. Las personas más femeninas no podrán ser reconocidas sino a costa de su integración en lo masculino. Por más cuotas o sistemas paritarios que haya, Scholz considera que no se puede feminizar la economía capitalista ni sus instituciones ni el mundo del trabajo y de la empresa. Como a menudo se ha relatado con las metáforas del ‘techo de cristal’, las mujeres tendrán que hacer un esfuerzo doble para compatibilizar su feminidad – que supone un obstáculo social y psicológico- para estar en el espacio de lo productivo.
Esta incompatibilidad de lo femenino con el trabajo capitalista, ofrece una interpretación general para comprender por qué sectores más feminizados son aquellos relacionados con los cuidados – salud, medicina, enfermería-, con la educación, con la limpieza, con la atención al público, y con el sector público en general.
El recorte de los servicios públicos en cada época de crisis o la reprivatización de la reproducción social, pone de relieve también la relación intrínseca de los espacios considerados femeninos con todo aquello que no valoriza directamente capital , y que es así despreciado como un puro gasto, improductivo, deficitario o antieconómico.
No se trata de trabajar menos y cuidar más. No se trata solo de la división sexual del trabajo, ni de la desigualdad de sexos y clases. Ya hay condiciones superar una crítica del modo de distribución , anclada en debatir quien ‘trabaja’ realmente y quien se apropia del trabajo, sin llegar a cuestionar el núcleo del trabajo. Hemos de pasar definitivamente a la crítica del trabajo como relación que funciona socialmente para hacer más dinero del dinero, supedita permanentemente lo femenino a lo masculino y pone todo a trabajar.
No es fácil de imaginar, pero cómo sería esa vida que merece la pena ser vivida. Para poner los cuidados en el centro, necesitamos una vida sin trabajo.