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Asignatura: Arte de Entreguerras, Profesor: Francisco Calvo Serraller, Carrera: Historia del Arte, Universidad: UCM
Tipo: Apuntes
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A comienzos de 1916 Hugo Ball, poeta y filósofo alemán, refugiado en Zúrich (Suiza) fundó el Cabaré Voltaire. Cruce entre un club nocturno y una sociedad de arte, donde los artistas y los poetas jóvenes eran invitados a llevar sus ideas y colaboraciones: poemas, cuadros, música, baile.
Tantas eran las actividades que necesitaban un nombre para cubrir lo que se había convertido en un nuevo movimiento. El nombre lo encontraron Ball y Huelsenbeck por casualidad cuando estaban hojeando un diccionario; Dadá (primer sonido del niño), expresa el carácter primitivo.
Al año siguiente se animó una nueva temporada dadaísta con la apertura de la Galería Dadá, y la aparición del periódico Dada, que Tristan Tzara organizó, dirigió y distribuyó.
Este periódico llegó hasta Paris, leyéndolo personas como Apollinaire. Cuando termino la guerra, los dadaístas originarios de Zúrich se dispersaron y continuaron sus actividades en otros lugares, sobre todo en Colonia y París.
La velocidad con la que el nombre se extendió en cuanto acabó la guerra a otros países y otros grupos indica que sus actitudes y actividades ya existían.
Fue un movimiento internacional; de los dadaístas de Zúrich, Tzara y Janco eran rumanos, Arp alsaciano, Ball, Richter y Huelsenbeck alemanes. No estuvo limitado a Europa, en Nueva York el expatriado francés Marcel Duchamp y Picabia realizaron revistas protodadaístas, y reunieron a un grupo de jóvenes estadounidenses insatisfechos, como Man Ray.
Como dijo Bretón; Dadá es un estado de ánimo, la guerra le dio un significado. La guerra fue la agonía mortal de una sociedad basada en la avaricia y el materialismo. El arte mismo dependía de la sociedad; la burguesía había producido a los artistas y los poetas y, por lo tanto, se esperaba que fueran sus “peones a sueldo” y que el arte sólo sirviera para conservarla y reforzarla.
La revuelta dadaísta implica una compleja clase de ironía, porque dependían de la condenada sociedad y la destrucción de ellos mismos como artistas. De modo que Dadá existió con el fin de autodestruirse.
El estado de ánimo dadaísta se exprese muy bien si uno yuxtapone el Regalo de Man Ray, una plancha corriente con una hilera de tachuelas de estaño pegadas en la base, con la idea de Duchamp para un “Ready-made recíproco – usa un Rembrandt como tabla de planchar”.
Con el descredito de la obra de arte llegó el cultivo del gesto. Dadá fue un estilo de vida. El efecto de estos gestos era por completo desproporcionado en relación con la cantidad de energía que los dadaístas invertían en ellos. Era como si Dadá tuviera una vida propia, pues no había una verdadera unidad entre los dadaístas. Sus exposiciones, por ejemplo, eran notables por su total incoherencia.
Los dadaístas continuaban realizando arte, pero cada uno siguiendo su propia dirección. En un lado estaban los que como Ball y Arp buscaban un arte nuevo, y en la otra como Tzara y Picabia intentaban la destrucción mediante la burla, y también estaban preparados para explotar la ironía por medio de tomar el pelo al público.
En Zúrich, Dadá más o menos abrió paso a un movimiento artístico nuevo, prosiguiendo experimentos con el “nuevo medio” el collage, y en un nuevo lenguaje para la poesía. Las veladas en el café Voltaire se estaban haciendo cada vez más ruidosas y provocativas.
El Manifiesto Dadá de 1918 de Tzara, agresivo y nihilista, en realidad marca el inicio de una nueva etapa para Dadá. Este manifiesto fue lo que sedujo a Breton y ganó su adhesión al grupo Litterature de Paris, y parece que estuvo inspirado por la llegada de Picabia a Zúrich. Nueva York, Zúrich y París, contenían los más virulentos ataques a casi todas las cosas.
La presentación de objetos transitorios, temporales o por completo carentes de sentido en una exposición era incluso más provocativa. En 1920 era suficiente entablar una acción judicial a los dadá acusados de fraude por cobrar una entrada para una exposición de arte en la cual de hecho nada había
de eso. Dadá nunca ha reivindicado tener algo que ver con el arte. Si el público confunde ambas cosas, no es culpa nuestra.
Duchamp explotó estas ideas, en 1914 “designo” el primero de sus ready-mades, un portabotellas. El propósito de un objeto expuesto sin gusto, ni bueno ni malo, es desorientar al espectador. Por medio de tratar de evitar el gusto, Duchamp realiza obras cuyo aspecto es muy distinto del de cada una de las otras, aunque se encuentran los mismos temas y preocupaciones; y de manera deliberada introdujo el azar en sus obras.
Dadá en Berlín debe tratarse brevemente por separado, porque pertenece en concreto a la situación política en Alemania desde 1917, cuando la desilusión con la guerra iba en aumento. En Berlín Dadá tomó su forma más evidentemente política.
Cuando Huelsenbeck regresó a Berlín desde Zúrich, cambio un hermoso idilio en Zurích, por una ciudad muerta de hambre. Fue natural que se volvieran hacia el expresionismo, porque éste ofrece el escape más claro de la realidad horrible y aspira a la espiritualidad, la abstracción y la renuncia a toda objetividad.
Todo lo que Dadá realizó en Berlín es notable por su violenta y agresiva insistencia en la realidad. Su invención del fotomontaje, una adaptación del collage, tomó un camino por completo diferente de de otros collages dadaístas como los de Max Ernst. El fotomontaje, al usar el material visual del mundo alrededor de ellos, del medio familiar, se convirtió en sus manos en un arma políticamente penetrante. George Grosz, Hannah Höch, Raoul Hausmann y John Heartfield lo usaron.
Para asegurarse de que nadie podía todavía confundir Dadá con “idea culturar progresista” Hausmann y Huelsenbeck trazaron un programa de acción que exigía la unión revolucionaria universal de todos los hombres y mujeres creadores e intelectuales sobre la base del comunismo radical y la inmediata expropiación de la propiedad y la alimentación comunal de todos.