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bourdieu textos, Apuntes de Sociología Económica

Asignatura: Sociologia General, Profesor: Miquel Fernández, Carrera: Administració i Direcció d'Empreses, Universidad: UAB

Tipo: Apuntes

2015/2016

Subido el 08/10/2016

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judith_querol_garcia 🇪🇸

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2. Una ciencia que molesta? P. Comencemos por las preguntas más evidentes: ¿Son las ciencias sociales, y la sociología en particular, verdaderas cien- cias? ¿Por qué siente usted la necesidad de reivindicar la cien- tificidad? —Me parece que la sociología posee todas las propiedades que definen una ciencia. Pero, ¿en qué grado? Ésa es la cues- tión. Y la respuesta que se le puede dar varía mucho según los sociólogos. Diré solamente que he de admitir que a muchas personas que se dicen y se creen sociólogos a mí me cuesta tra- bajo reconocerlas como tales. En todo caso, ha pasado mucho tiempo desde que la sociología salió de la prehistoria, es decir, de la época de las grandes teorías de la filosofía social con la que tos profanos la identifican a menudo. El conjunto de so- ciólogos dignos de este nombre está de acuerdo en un capital común de conocimientos, conceptos, métodos, procedimien- tos de verificación. Ello no obsta para que, por razones so- ciológicas evidentes —y entre otras porque la sociología juega a menudo el papel de disciplina refugio—, la sociología sea una disciplina muy dispersa (en el sentido estadístico del térmi- no) desde diferentes puntos de vista. Lo que explica que la sociología aparezca como una disciplina dividida, más próxi- ? Entrevista con Pierre Thuillier, La Recherche, núm. 112, junio de 1980, pp. 738-743. 20 ma a lHilosofía que a las otras ciencias. Pero ése no es el pro- blema: si se es tan puntilloso con la cientificidad de la socio- logía es porque molesta. + P. ¿Nose siente obligado a plantearse cuestiones que se les plantean objetivamente a las otras ciencias a pesar de que los científicos no tengan, concretamente, que planteárselas? —_La sociología goza del triste privilegio de tener que afrontar incesantemente la cuestión de su cientificidad. Se es mil veces menos exigente con la historia o la etnología, por nó mencionar la geografía, la filología o la arqueología. Ince- santemente interrogado, el sociólogo se interroga e interroga sin cesar. Ello provoca que se crea que hay un imperialismo sociológico: ¿qué es esta ciencia principiante, balbuciente, que se permite someter a examen a las otras ciencias? Me refiero, evidentemente, a la sociología de la ciencia. En realidad, la sociología no hace sino plantearles a las otras ciencias las cues- tiones que, de manera especialmente aguda, se le plantean a ella. Si la sociología es una ciencia crítica es quizá porque ella misma se halla en una posición crítica. La sociología da pro- blemas, como se dice comúnmente. Por ejemplo, como sabe- mos, se le ha imputado el mayo del sesenta y ocho. No sólo se impugna su existencia como ciencia, sino simplemente su existencia. Sobre todo actualmente, cuando se esfuerzan en destruirla personas que desgraciadamente tienen el poder para conseguirlo. Y ello a la vez que refuerzan por todos los me- dios a su alcance la «sociología» edificante, tipo Instituto Au- gust Comte o Sciences Po. Y todo en nombre de la ciencia y con la complicidad activa de ciertos «científicos» (en el sen- tido trivial del término). P. ¿Por qué es especialmente problemática la sociología? ¿Por qué? Porque devela cosas ocultas y a menudo re- primidas', como la correlación entre el éxito escolar, que se 10 En el original, «refoulées»: aquí Bourdieu toma prestado el término «represión» del psicoanálisis. Si en el psicoanálisis la represión es el trabajo continuado de la psique por borrar de la consciencia las ideas o representa- ciones inaceptables para el super-yo, el préstamo sociológico del término que 21 identifica con la «inteligencia», y el origen social o, para ser más exactos, el capital cultural heredado de la familia. Son ver- dades que los tecnócratas, los epistemócratas —es decir, mu- chos de los que leen sociología y de los que la financian— no quieren oír. Otro ejemplo: mostrar que en el mundo científico se da una competencia que, orientada por la búsqueda de be- neficios específicos (premios, el Nobel y otros, prioridad del descubrimiento, prestigio, etc.), se emprende en nombre de in- tereses específicos (es decir, irreductibles a los intereses econó- micos en su forma habitual y percibidos por ello como «de- sinteresados»), es cuestionar una hagiografía científica en la que participan a menudo los científicos y de la que necesitan para creer en lo que hacen. P. De acuerdo: se considera a la sociología agresiva y mo- lesta, Pero, ¿por qué es preciso que el discurso sociológico sea «científico»? Los periodistas también plantean cuestiones mo- lestas, pero no se reivindican como ciencia. ¿Por qué es deci- sivo que haya una frontera entre la sociología y un periodis- mo crítico? —Porque hay una diferencia objetiva. No es una cuestión de pundonor. Hay sistemas coherentes de hipótesis, de con- ceptos, de métodos de verificación, todo lo que se identifica habitualmente con la idea de ciencia. Por consiguiente, ¿por qué no decir que es una ciencia si lo es? Tanto más cuanto que se trata de una apuesta [enje] muy importante: una de las maneras de quitarse de enmedio las verdades molestas es de- cir que no son científicas, lo que viene a ser lo mismo que de- cir que son «políticas», es decir, motivadas por el «interés», la «pasión» y, por lo tanto, relativas y relativizables. _ P.Si sele plantea a la sociología la cuestión de su cientifi- cidad, ¿no es también porque se ha desarrollado con un cierto Tetraso en relación a las otras ciencias? realiza Bourdieu se refiere a aquellas realidades sociales que continuamente hay que ocultar u olvidar -que borrar de la consciencia de los actores= para mantener la legitimidad de ciertas instituciones —para mantener, en sentido weberjano, la dominación (N. del T.). 2 Sin duda. Pero esto debería hacer ver que este «retra- so» se debe al hecho de que la sociología es una ciencia es- pecialmente difícil, especialmente improbable. Una de sus ma- yores dificultades reside en el hecho de que sus objetos son “objeto fenjeux] de luchas; cosas que se ocultan, que se cen- suran, por las cuales se está dispuesto a morir. Esto se aplica también al propio investigador, que está en juego en sus pro- pios objetos. Y la dificultad particular que supone hacer so- ciología se debe muy a menudo al hecho de que las personas tienen miedo de lo que puedan encontrar. La sociología en- frenta sin cesar al que la practica a realidades rudas; desen- canta. Es por lo que —al contrario de lo que generalmente se piensa, tanto dentro como fuera— la sociología no ofrece nin- guna de las satisfacciones que la adolescencia busca a menu- do en el compromiso político. Desde este punto de vista, se sitúa en una posición completamente opuesta a las ciencias llamadas «puras» que, como el arte y muy especialmente la más «pura» de todas, la música, son en parte, sin duda, refu- gios para retirarse y olvidar el mundo, universos depurados de todo lo problemático, como la sexualidad o la política, Es por lo que las personas de espíritu formal o formalista hacen en general mala sociología. P. Usted muestra que la sociología imterviene en cuestio- nes socialmente importantes. Esto plantea el problema de su «neutralidad», de su «objetividad». ¿Puede permanecer el so- ciólogo por encima de las luchas, en posición de observador imparcial? —El sociólogo presenta la particularidad de tener por obje- to campos de luchas: no sólo el campo de las luchas de clases, sino también el propio campo de las luchas científicas. Y el so- ciólogo ocupa una posición en estas luchas; en primer lugar, en la medida en que detenta un cierto capital, económico y cul- tural, en el campo de las clases; además, como investigador dotado con un cierto capital específico en el campo de produc- ción cultural y, más concretamente, en el subcampo de la so- ciología. Esto lo debe tener siempre en cuenta para intentar con- trolar todo lo que su práctica, lo que ve y lo que no ve, lo que hace y lo que no hace —por ejemplo, los objetos que elige estu- 23 diferentes. ¿Cómo concebir que haya una única ciencia tras esta diversidad? —En muchos casos no se puede hacer avanzar la ciencia más que a condición de poner en comunicación teorías opues- tas, que a menudo se constituyeron las unas contra las otras. No se trata de realizar esas falsas síntesis eclécticas que tan- to han proliferado en sociología. Aunque habría que añadir, de paso, que la condena del eclecticismo ha servido frecuen- temente como coartada de la incultura: es tan cómodo y fácil encerrarse en una tradición: el marxismo, desgraciadamente, ha cumplido a menudo esta función de refugio tranquilizador y perezoso. La síntesis sólo es posible a expensas de un cues- tionamiento radical que conduzca al principio del antagonis- mo aparente. Por ejemplo, contra la habitual regresión del marxismo hacia el economicismo —que sólo conoce la eco- nomía en el sentido restringido de economía capitalista y que lo explica todo por la economía así definida—, Max Weber extiende el análisis económico (en sentido generalizado) a ám- bitos, como la religión, habitualmente abandonados por la eco- nomía. Así, caracteriza a la Iglesia, mediante una magnífica fórmula, como aquella institución que detenta el monopolio de la manipulación de los bienes de salvación. Invita a un ma- terialismo radical que busque los determinantes económicos (en el sentido más amplio) en ámbitos donde, como en el arte O la religión, reina la ideología del «desinterés». Lo mismo ocurre con la noción de legitimidad. Marx rompe con la re- presentación común del mundo social poniendo en evidencia el hecho de que las relaciones «encantadas» —las del paterna- lismo, por ejemplo— esconden relaciones de fuerza. En apa- riencia, Weber contradiría radicalmente a Marx: pone de ma- * nifiesto que la pertenencia al mundo social implica una parte de reconocimiento de la legitimidad. Los profesores —aquí tenemos un magnífico ejemplo de efecto de posición— se con- centran en la diferencia. Prefieren oponer a los autores que in- tegrarlos. Es más cómodo para construir cursos claros: pri- mera parte, Marx; segunda parte, Weber; tercera parte, yo mismo... Por el contrario, la lógica de la investigación impe- le a superar la oposición, remontándose a la raíz común. Marx ha evacuado de su modelo la verdad subjetiva del mundo so- 26 cial, oponiéndole la verdad objetiva de este mundo como re- lación de fuerzas. Pero si el mundo social se redujera a su ver- dad de relación de fuerzas, si no se le reconociera en cierta medida como legítimo, no funcionaría. La representación sub- jetiva del mundo social como legítimo forma parte de la ver- dad completa de este mundo. P. En otras palabras, usted se esfuerza en integrar en un mismo sistema conceptual aportaciones teóricas que fueron separadas arbitrariamente por la historia o el dogmatismo, —La mayoría de las veces, el obstácalo- que: impide que conceptos, métodos o técnicas comuniquen entre sí no es Jó- » lolsgico. Los que se identifican con Marx (o con evenro pueden servirse de algo de lo que ellos consideran ser la negación sin tener la impresión de negarse a sí mismos, de desdecirse, de renegar (no hay que olvidar que, para mu- chos, decirse marxista no es ni más ni menos que una profe- sión de fe -o un emblema totémico--). Esto se aplica también a las relaciones entre «teóricos» y «empíricos», entre defen- sores de la investigación llamada «fundamental» y defensores de la investigación llamada «aplicada». Es la razón por la que la sociología de la ciencia puede tener un efecto científico, P. ¿Hay que entender que una sociología conservadora está condenada a ser superficial? —Los dominantes siempre ven con malos ojos al sociólo- go, o al intelectual que le reemplaza cuando la disciplina no se halla todavía constituida o no puede funcionar, como ocu- rre en la actualidad en la URSS. Son aliados del silencio po! que no encuentran nada que criticarle!! al mundo que domi- 1 En el original, «rien d redire»: juego de palabras intraducible; redire significa, literalmente, «volver a decir», «repetin», pero también puede sig- núficar «criticar, censurar». Bourdieu juega aquí con los dos sentidos de la palabra: la doxa, el sentido común, que siempre implica un orden de domi- nación —un sentido impuesto-, implica una aceptación del orden social como algo evidente, incuestionable. En el registro de la doxa no hace falta decir que Jas cosas son como son. Frente a él está la heterodoxia —discurso que impugna la coincidencia de evidencia y realidad, que cuestiona las evidencias- y la or- todoxia discurso que, frente a la heterodoxia, reafirma que Jo evidente es 27 nan y que, por esto mismo, consideran como evidente, como algo que «salta a la vista». Esto nos lleva, una vez más, al he- cho de que el tipo de ciencia social que se puede hacer depende de la relación que se tenga con el mundo social y, por tanto, de Ja posición que se ocupe en esté mundo. Especificando más, esta relación al mundo se traduce en la función que el investigador le asigna consciente o incons- cientemente a su práctica y que orienta sus estrategias de in- vestigación: objetos elegidos, métodos empleados, etc. Uno puede tener como objetivo comprender el mundo social, en el sentido de comprender por comprender. Uno puede, por el con- trario, buscar técnicas que permitan manipularlo, poniendo así la sociología al servicio de la gestión del orden establecido. Pondré un ejemplo simple para explicarme: la sociología de la religión puede identificarse con una investigación destina- da a fines pastorales que tome como objeto a los laicos, los de- terminantes sociales de la práctica religiosa o de su ausencia, especies de estudios de mercado que permitan racionalizar las estrategias sacerdotales de venta de «bienes de salvación»; por el contrario, puede establecer como objeto de investigación comprender el funcionamiento del campo religioso, del que los laicos sólo son un aspecto, centrándose por ejemplo en el fun- cionamiento de la Iglesia, en las estrategias mediante las que se reproduce y perpetúa su poder --y entre las que habría que incluir las investigaciones sociológicas (realizadas a partir de un encargo clerical). Buena parte de los que se hacen denominar sociólogos o economistas son ingenieros sociales que tienen por función proporcionar recetas a los dirigentes de las empresas privadas y de las administraciones. Ofrecen una racionalización del conocimiento práctico o semi-científico del mundo social que poseen los miembros de la clase dominante. Los gobernantes necesitan hoy en día una ciencia capaz de racionalizar —en el doble sentido de la palabra— la dominación; capaz al mismo tiempo de reforzar los mecanismos que la aseguran y de legi- real—. Los dominantes tienen interés en la doxa -en la evidencia incuestio- nada que les mantiene en la posi á redire (N. del T). in dominante: por ella no encuentran rien 28 timarla. Es obvio que esta ciencia encuentra sus límites en sus funciones prácticas: ya se trate de la de los ingenieros socia- les o de la de los dirigentes económicos, jamás puede llegar a un cuestionamiento radical. Por ejemplo, la ciencia del presi- dente de una institución bancaria —que es grande, muy supe- rior en algunos aspectos a la de muchos sociólogos o econo- mistas— tiene su límite en el hecho de que tenga por único e indiscutido fin la maximización de los beneficios de esta ins- titución. Ejemplos de esta «ciencia» parcial, la sociología de las organizaciones o la «ciencia política», tal como se enseñan en el Instituto August Comte o en Sciences Po, con sus ins- trumentos predilectos, como la encuesta. P. La distinción que usted hace entre teóricos e ingenieros so- ciales, ¿no coloca a la ciencia en la situación de arte por el arte? —En absoluto. Hoy en día, entre las personas de las que depende la existencia de la sociología, hay cada vez más que preguntan para qué sirve la sociología. De hecho, la sociología O contrariar a los" poderes cuañt ump: inción propiamente científica. Esta función no es la de servir para algo, es decir, a “alguien. Pedirle a la sociología que sirva para algo siempre es una manera de pedirle que sirva al poder. Por el contrario, su función científica es comprender el mundo social, comen-| zañdo por el poder Operación que To es neutra socialmente: y que cumple sín ninguna duda una función social. Entre otras razones, porque no hay poder que no le deba una parte -y no la menor— de su eficacia al desconocimiento de Jos mecanis- mos que lo fundamentan. P. Me gustaría abordar ahora el problema de las relacio- nes entre la sociología y las ciencias vecinas. Usted comien- za su libro sobre La distinción con esta frase: «existen pocos casos en los que la sociología se parezca tanto a un psicoaná- lisis social como aquel en que se enfrenta a un objeto como el gusto». A continuación vienen tablas estadísticas, infor- mes de los resultados de investigaciones, pero también análi- sis de tipo «literario», como los que se encuentran en Balzac, Zola o Proust. ¿Cómo se articulan estos dos aspectos? 29 —La sociología toma lo biológico y lo psicológico como un dato. Y se esfuerza por establecer cómo el mundo social lo utiliza, lo transforma, lo transfigura. El hecho de que el hom- bre tenga un cuerpo, de que este cuerpo sea mortal, les plan- tea enormes problemas a los grupos. Estoy pensando en el li- bro de Kantorovitch, Los dos cuerpos del rey, donde el autor analiza los subterfugios socialmente aprobados mediante los cuales se las ingeniaban para afirmar la existencia de una rea- leza que transcendiera el cuerpo real del rey —por el que lle- gan la imbecilidad, la enfermedad, la debilidad, la muerte—. «El rey ha muerto, viva el rey.» No era fácil. P. Usted mismo habla de descripciones etnográficas... —La distinción entre etnología y sociología es la típica fal- sa frontera. Como intento mostrar en má último libro, El sen- tido práctico, es un mero producto de la historia (colonial) que carece de toda justificación lógica. P. Pero ¿no hay diferencias de actitud muy marcadas? En etnología, se tiene la impresión de que el observador perma- nece exterior a su objeto y de que registra apariencias cuyo sen- tido, en última instancia, no conoce. El sociólogo, por su par- te, parece adoptar el punto de vista de los sujetos que estudia. —En realidad, la relación de exterioridad que usted descri- be, y que yo denomino objetivista, es más frecuente en etno- logía, sin duda porque se corresponde con la visión del extran- jero. Pero algunos etnólogos también han jugado el juego (el juego a dos barajas) de la participación en las representaciones indígenas: el etnólogo hechizado o místico. Se podría incluso invertir la proposición que usted formula. Algunos sociólogos, como generalmente trabajan por la persona interpuesta de los encuestadores y como jamás tienen contacto directo con las per- sonas investigadas, se hallan más inclinados al objetivismo que los etnólogos (cuya primera virtud profesional es la capacidad de establecer una relación real con las personas investigadas). A lo que hay que añadir la distancia de clase, que no es menos fuerte que la distancia cultural. Es esta razón la que explica que no haya, sin ninguna duda, ciencia más inhumana que la que se ha producido en la zona de Columbia, bajo la férula de Lazars- 32 feld, y en la que la distancia que producen el cuestionario y el encuestador interpuesto se duplica por el formalismo de una es- tadística ciega. Se aprende mucho sobre una ciencia, sobre sus métodos y contenidos, cuando se hace, como la sociología del trabajo, una especie de descripción del puesto de trabajo. Por ejemplo, el sociólogo burocrático trata a las gentes que estudia como unidades estadísticas intercambiables, sometidas a pre- guntas cerradas e idénticas para todos. Mientras que el infor- mador del etnólogo es un personaje eminente, frecuentado con asiduidad, con el que se mantienen entrevistas en profundidad. P. Usted se opone, por tanto, al enfoque «objetivista», que sustituye la realidad por el modelo; pero también a Michelet, que quería re-suscitar las significaciones, o a Sartre, que pre- tende aprehenderlas mediante una fenomenología que usted considera arbitraria. — Completamente. Por ejemplo, teniendo en cuenta que una de las funciones de los rituales sociales es dispensar a los agentes de todo lo que nosotros metemos en la palabra «vi- vencia», nada más peligroso que poner «vivencias» allí don- de no las hay; por ejemplo, en las prácticas rituales. La idea de que no hay nada más generoso que proyectar la propia «vivencia» en la conciencia de un «primitivo», de una «bru- ja» o de un «proletario» siempre me ha parecido ligeramente * etnocéntrica. Lo mejor que el sociólogo puede hacer es obje- tivar los efectos inevitables de las técnicas de objetivación que está obligado a emplear, escritura, diagramas, planos, mapas, modelos, etc. Por ejemplo, en El sentido práctico, intento mos- trar que a falta de haber aprehendido los efectos de la situa- ción de observador y de las técnicas que emplean para apre- hender su objeto, los etnólogos han constituido al «primitivo» como tal porque no han sabido reconocer en él lo que ellos mismos son desde el momento en que dejan de pensar cientí- ficamente, es decir, en la práctica. Las lógicas llamadas «pri- mitivas» son simplemente lógicas prácticas, como la que uti- lizamos para juzgar un cuadro o un cuarteto, P. Pero, ¿no se puede hallar la lógica de todo eso y con- servar, al mismo tiempo, la «vivencia»? 33 —Hay una verdad objetiva de lo subjetivo, incluso cuando ésta contradice la verdad objetiva que hay que construir con- bje lr ilusión mo es Masoria. Se traicionaría a la objetividad si se hiciera como si los sujetos so- ciales no tuvieran representaciones, como si no tuvieran ex- periencia de las realidades que construye la ciencia, como por ejemplo las clases sociales. Hay que acceder, por tanto, a una objetividad más elevada, que haga sitio a esta subjetividad. Los agentes tienen una «vivencia» que no es la verdad completa de lo que hacen y que, sin embargo, forma parte de la verdad de su práctica. Tomemos el ejemplo de un presidente que decla- Ta «se levanta la sesión» o de un sacerdote que dice «yo te bau- tizo». ¿Por qué tiene un poder este lenguaje? No son las pala- bras las que actúan, por una especie de poder mágico. Ocurre que, en condiciones sociales determinadas, ciertas palabras tie- nen fuerza. Obtienen su fuerza de una institución que tiene su lógica propia, los títulos, la toga y el armiño, el púlpito, el ver- bo ritual, la creencia de los participantes, etc. La sociología pone de manifiesto que no es la palabra la que actúa, ni la persona, intercambiable, que la pronuncia, sino la institución. Muestra las condiciones objetivas que deben reunirse para que tal o cual práctica social se ejerza con eficacia. Pero no se pue- de limitar a esto. La sociología no debe olvidar que, para que eso funcione, es preciso que el actor crea que es €l quien se ha- lla en el origen de la eficacia de su acción. Hay sistemas que funcionan completamente mediante la creencia y no hay ningún sistema —ni siquiera la economía— que no le deba una parte de su funcionamiento a la creencia. P. Desde el punto de vista de la ciencia propiamente dicha, comprendo bien su argumentación. Pero el resultado es que us- ted devalúa la «vivencia» de las personas. En nombre de la ciencia, corre el riesgo de quitarle a la gente sus razones de vivir. ¿Qué le da el derecho (si se puede decir así) de privarlos de sus ilusiones? —También a mí me ocurre preguntarme a veces si el uni- verso social completamente transparente y desencantado que produciría una ciencia social plenamente desarrollada (y am- pliamente difundida, en la medida en que tal cosa sea posible) 34 no sería invivible. Creo, a pesar de todo, que ciales serían mucho menos desdichadas la eS sea la de y poner en >n evidencia, tanto mediante sus lagunas visibles como mediante sus logros, los límites del conocimiento del mundo social y dificultar así todas las for- mas de profetismo, comenzando, por supuesto, por el profe- tismo que se proclama como ciencia. P. Pasemos a las relaciones con la economía y, en particu- lar, con ciertos análisis neo-clásicos como los de la Escuela de Chicago. De hecho, la confrontación es interesante porque per- mite ver cómo dos ciencias diferentes construyen los mismos objetos, la fecundidad, el matrimonio y, muy especialmente, la inversión escolar. —Sería un debate inmenso. Lo que puede engañar es el he- cho de que, al igual que los economistas neo-marginalistas, yo sitúe como principio de todas las conductas sociales una for- ma específica de interés, de inversión. Pero sólo las palabras . son comunes. El interés del que hablo no tiene nada que ver con el self-interest de Adam Smith, interés ahistórico, natural, Universal, que no es, en realidad, sino la universalización in- consciente del interés que engendra y supone la economía capitalista. Y no es una casualidad que, para salir de este na- turalismo, los economistas deban recurrir a la sociobiología, como Gary Becker en un artículo titulado Altruism, egoism and genetic fitness: el «self-interest», así como el «altruismo con los descendientes» y otras disposiciones duraderas en- contrarían su explicación en la selección, con el transcurso del tiempo, de los rasgos más adaptativos. De hecho, cuando digo que hay una forma de interés o de función en el principio de toda institución y de toda práctica no hago sino afirmar el principio de razón suficiente, que está implicado en el propio proyecto de dar razón de y que es cons- titutivo de la propia ciencia: este principio supone, en efec- to, que haya una causa o una razón que permitan explicar o Comprender por qué tal práctica o institución existe en vez de No existir y por qué es así en vez de ser de otra manera. Este 35