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Asignatura: Algo, Profesor: departemento departemento, Carrera: Administración y Dirección de Empresas, Universidad: UGR
Tipo: Apuntes
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El Club de Golf de la Sierra estaba considerado como uno de los más selectos clubes deportivos de Madrid. Sus magníficas instalaciones permitían practicar el golf, el tenis (el club disponía de 45 pistas de tierra batida), el squash, la gimnasia, el paddle y la natación. Los locales sociales disponían de salas de masaje y sauna, biblioteca, sala de televisión, sala de bridge y de una guardería infantil. Finalmente, el club ofrecía un servicio de cafetería de cierto renombre, que gozaba de un enorme éxito (los socios tenían un excelente servicio “familiar” en fines de semana, con una magnífica carta que incluía un menú de 8’40 euros, un agradable entorno para almuerzos o cenas de negocios y, si se reservaban los comedores con algunos meses de antelación, era incluso posible organizar fiestas de comuniones, cumpleaños o banquetes de boda). El club, como la gran mayoría de instituciones de este tipo, estaba regido por una junta directiva elegida cada cuatro años por todos los socios mayores de edad. Aunque el presidente y los distintos vocales supervisaban la buena marcha del club, lo cierto es que, desde 1985, el día a día había quedado a cargo de un gerente, Luis García, economista de 38 años e hijo de un antiguo capataz del propio club. Luis García se conocía todos los entresijos de la casa, pues no en vano había vivido de los 4 a los 22 años en una de las viviendas situadas dentro del propio club y que se ofrecían a los empleados de más antigüedad. Luis, en los 8 años que llevaba como gerente, creía haberse enfrentado ya a todos los posibles problemas que podían generar los más de 140 empleados (personal de mantenimiento, entrenadores, camareros, personal de vestuarios y vigilancia) y 10.000 socios (¡incluso la Federación Española de Golf le felicitó por el gran trabajo que llevó a cabo su equipo al organizar el Master de 1992!). Por esto se encontraba incómodo ante el conflicto que se le había planteado en la peluquería. En el vestuario de caballeros los socios podían disfrutar de una peluquería que, desde la fundación del club a principios de siglo, ofrecía un servicio esmerado, barato y, sobre todo, entretenido (para muchos socios participar en la tertulia de la peluquería se había convertido en un verdadero ritual). De siempre, el ambiente que se respiraba en aquel rincón del vestuario era distendido, alegre y, en algún momento, hasta algo ruidoso. En 1980, Martínez, que se había ocupado de la peluquería desde 1943, enfermó. El servicio se había degradado en los dos o tres años anteriores, había habido alguna que otra queja y por ello se le otorgó la baja definitiva y se contrató a Rodríguez que, con 51 años y treinta de oficio, parecía el candidato idóneo. Rodríguez no defraudó. Era un peluquero extremadamente hábil, clásico, poco dado a cortes “modernos” y que, rápidamente, se ganó la confianza y respeto de los socios. “Rodri”, como le llamaban todos, era muy trabajador, de fácil conversación y, aunque solía ser algo socarrón, sabía encontrar en todo momento el tono justo para que cualquier socio se encontrara cómodo en la que él pronto denominó “su” peluquería. La peluquería volvió a ir viento en popa, y los sábados y domingos se empezaron de nuevo a observar aglomeraciones de socios esperando turno, el uno vestido de tenis, el otro recién duchado, etc. Para Rodri, el club significó la estabilidad: pasó a ser un empleado más de un gran club y, aunque el sueldo no era ninguna maravilla, las propinas eran generosas y el horario cómodo (de martes a viernes de 9 a 2 del mediodía y de 4 a 7 de la tarde, y los fines de semana de 9 a 2).
Sobre el texto original, ha sido efectuada la conversión de pesetas a euros.
Para los socios, la llegada de Rodri fue una gran noticia. Todos querían a Martínez, pero en los últimos meses había perdido facultades. Ahora todo volvía a ser como antes: un precio barato (5’40 euros) y un servicio excelente. Rodri era una persona culta, casado y padre de tres hijos (una maestra, un estudiante de ingeniería de telecomunicaciones y otro de informática). Le encantaba conversar, tenía una memoria prodigiosa y esperaba (al menos eso decía él) escribir sus memorias (hasta tenía pensado un título: “Las cabezas que corté”). Cuando tenía una cola de clientes, Rodri establecía una disciplina estricta (era “implacable”, como decía el presidente del club, uno de sus clientes habituales) y trabajaba a un ritmo asombroso (en veinte minutos podía terminar un servicio). Rodri se quejaba (“¡me hacéis trabajar mucho!”) pero no miraba el reloj. Los sábados y domingos siempre acababa marchándose a las dos y cuarto o dos y media, después de recoger sus herramientas de trabajo y dejar la peluquería limpia como un quirófano. Entre semana era menos frecuente que tuviera largas colas y, por tanto, servía un cliente en, más o menos, media hora. En enero de 1993 hubo elecciones y un grupo de socios jóvenes, medio en serio medio en broma, se presentaron como alternativa de cambio. Ante la sorpresa general lograron ganar por un escasísimo margen. El presidente, un ingeniero de 35 años, tenía numerosos proyectos y supo incorporar a su junta a algún empresario con experiencia. De todas formas, ninguno de los miembros de la nueva junta había ocupado nunca un cargo similar. Durante 1992, el club había ingresado 8’60 millones y había registrado unas pérdidas de 150.000 euros. Ante esta situación, el nuevo equipo propuso a Luis García una serie de medidas tendentes a disminuir el gasto y aumentar la recaudación. El tesorero sugirió, en primer lugar, extremar el control de accesos. Durante el “Master” y las cuatro semanas que lo precedieron, el comité organizador estableció unas normas de seguridad extremadamente duras para evitar atentados. Unos guardias jurados exigían el carné a todos los socios, y con ellos no valían ni las sonrisas ni las excusas a las que estaban acostumbrados los porteros del club. La regla era sencilla: si no se llevaba el carné, no se entraba. Súbitamente parecieron desaparecer centenares de “socios de toda la vida”. El tesorero, un alto directivo de unos grandes laboratorios y uno de los miembros de más edad de la junta, parecía tenerlo todo claro: “Desde que estoy en la junta me he ido fijado en el comportamiento de nuestros consocios. Los hay que creen sinceramente que las toallas que se pueden pedir en los vestuarios son gratis. Otros le echan mucha cara. El otro día repasé las cuentas del restaurante. ¿Sabíais que factura 1’50 millones al año y que, en 1992, perdió 60.000 euros? Bueno, pues hay una decena de socios, de esos que cada domingo vienen a comer con toda la familia, que, a base de decirle al bueno del “maître” “Apúntamelo a mi cuenta”, nos deben más de 3.000 euros cada uno. “Esto tiene que terminar. Hay que controlar mejor, como en las entradas. ¿Qué no se tiene carné? Pues no se entra. ¿Qué no se paga? Pues no hay ni toalla ni cocido. En muchos casos creo que la solución podría pasar por centralizar el cobro de servicios. “Pensad en los servicios de masaje y peluquería, por ejemplo. Rodri, como sabéis, entrega cada semana la recaudación realizada, pero yo he hecho algún cálculo aproximado y, teniendo en cuenta las colas que sufro cada vez que me corta el pelo, creo que se queda corto. En fin, yo no quiero entrar en polémicas con nadie y menos con Rodri, así que propongo que, a partir de ahora, quien quiera utilizar el servicio de peluquería compre un ticket en conserjería.” A la mañana siguiente, un empleado de mantenimiento se acercó a la peluquería y, mientras Rodri acababa de afeitar a uno de los entrenadores de tenis, clavó un cartel en la puerta que explicaba las nuevas normas de funcionamiento. En cuanto pudo, Rodri las leyó y se quedó de piedra.
“Mirad, a Rodri yo le quiero mucho, pero no creo que tengamos ninguna alternativa. ¿Qué van a decir los socios? ¿Y los otros empleados? ¿Qué van a pensar los masajistas, los empleados que reparten las pistas y cobran las toallas, las pelotas de alquiler? Si Rodri está enfadado y trabaja a reglamento, pues nos tendremos que aguantar.” La reunión siguió media hora más y acabaron despidiéndose sin haber llegado a ningún acuerdo. Al salir, el presidente le pidió al gerente que, durante la semana siguiente, hablara con Rodri y “tratara de hacerle entrar en razón”. El martes siguiente Rodri estaba en su puesto, como siempre, a las nueve en punto. No había ningún socio presente, así que Luis se le acercó y le expuso las quejas que se habían ido recibiendo: “Mira Luis, estoy muy disgustado. Las cosas no se llevan de esta forma. Sois muy libres de hacer lo que queráis en el club, pero podríais haber tenido un poco de más mano izquierda. Yo, con el nuevo sistema, interpreto que ya no confiáis en mi y, además, me quedo sin propinas (que para mí, con un sueldo de 12.000 euros brutos – es decir, 857 euros en catorce pagas-, son importantísimas). Así que he perdido la ilusión. Vosotros queréis funcionar a base de reglamento, ¡pues yo también! Yo ahora trabajo como cualquier otro empleado del club y me voy a mi casa a la hora en punto. Si hay colas, si se pelean porque uno se cuela, si tienen prisa... a mí me deja frío. Yo corto el pelo del socio que tengo sentado en el sillón. Se lo corto a conciencia y tardo lo que tarda cualquier buen profesional. Tengo 64 años y no voy a hacer de Fittipaldi. En cuanto a las colas, ¿qué te voy a decir? Si las hay es porque lo hago bien, digo yo. Y si se pelean, pues manda por aquí a Manolo o a Paco (dos de los guardias de la entrada) y que con sus porras pongan orden. En el fondo, Luis, no sé por qué os metéis conmigo. Menos ticket, menos peluquería y más esfuerzo en aclarar lo que pasa en el restaurante y en los bares. Allí si que tendríais que meter vales, que facturan cien, mil veces más que yo. Luis, que tú naciste en este club y no te tengo que contar nada.” En aquel momento llegó un socio y Luis decidió aplazar la discusión. Al llegar a su oficina hizo algunas llamadas y comprobó que, según el convenio, un oficial mayor de peluquería de caballeros tenía que cobrar, como mínimo, 509 euros brutos por paga (en el caso de Rodri, sin tener en cuenta los pluses de antigüedad, quedarían, netos, 402). Por otra parte, un socio del club, que regentaba uno de los salones de peluquería de más renombre de Madrid, le había comentado que uno de sus buenos colaboradores podía llegar a ganar más de 1.500 euros al mes. El martes, un socio paró a Luis cerca de la piscina: “Señor García, el domingo estuve en la peluquería y aquello es un desastre. Rodríguez, Rodri, parece otra persona; hasta le diré que está un poco desagradable. Trabaja muy lentamente, no hay revistas (me dijo que él no tenía por qué ponerlas) y, de vez en cuando, si lo provocan un poco, deja a los de la junta de vuelta y media. En fin, lo del ticket es otra molestia, porque a veces lo compras y luego, como hay cola, no lo puedes usar. ¡Ah!, y luego vi que Rodri le cortó el pelo al señor Uzcanga, le cobró y le dijo que ya pasaría él, después de cerrar la peluquería, a pagar el ticket. Me pareció una idea estupenda. ¿Por qué no la institucionalizan?”.