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Orientación Universidad
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Concepto de ideologia, Apuntes de Filosofía

Asignatura: Filosofía politica, Profesor: María Eugenia Rodríguez Palop, Carrera: Periodismo, Universidad: UC3M

Tipo: Apuntes

2015/2016

Subido el 12/10/2016

raul4198
raul4198 🇪🇸

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¡Descarga Concepto de ideologia y más Apuntes en PDF de Filosofía solo en Docsity!

Diseño de cubierta: RUCRIS 86

Impresión de cubierta: Gráficas Molina

Título original: Poliiic.al Ideologies. An Introductiori. Originalmente publicado por Unwin Hyman Ltd. 1511 7 Broadwick Street. London W IV IFP. UK

Rcse,-\l;it!ri.;intln< lo\ tlci-cc:lic~rDc conformidad con lo dispuesto en lo.: artículos 534

I h i \ .I \ ~ I ~ I I I C I I I C ~I ~ ('(í(!;so I Penal vigente. podi-dn ser castigados con penas de multa

. p n v ~ 1 ó 1 1de l ~ l ~ i. i , i i !q i ~ c n e ss111la precepiiva autorización rcprodujcren o plagiarcn. cii iodo o cri píii-~~.. 1111.1 olv:~litcr.iria. artística o científica fijada cn cualquier tipo de snpnrte.

AGRADECIMIENTOS ......................................................................... Págs.

1. I N T R O D U C C I ~ N :EL MUNDO DE LA IDEOLOG~A.por Robert

Eccleshall ..................................................................................................

L AS IDEOLOGIAS E N L A G RAN BRETAÑADE H O Y ........................................ Consenso ideológico ........................................ ................................. Resurgimiento ideológico ............................................................... E L CONCEPTO DE IDEOLOGiA ......................................................................

Orígenes del concepto ................ ..................................................

Problemas de análisis .................................................................... eLas palahras no permanecen inmutables» ...................................

2. LIBERALISMO. por Robert Eccleshall ..................................................

P ROBLEMAS DE DEFINICIÓN^ ....................................................................... Palabras clave ................................................................................... El liberalismo y el mundo moderno ................................................

La ideniidad del liheialismo ......................... .............................

L A H I S T O R I A D E L L I B E R A L I S M O INGLÉS .......................................................

Los fundamentos del liberalismo ....................... ........................... La economía clásica ........................................................................

Reforma administrativa ............ ......................................................

Democracia ..................................................................................... El nacimiento del Estado del bienestar ........... ...... ....................

HA F A L L A DO E L LIBERALISMO? ................................................................

Declive electoral v cambio ideológico ........................ .. ................

El caráctrr rvtlrrernhle drl 1ihe:-alismo ............................ ... .........

AGRADECIMIENTOS

Queremos dar las gracias a John Whyte por leer todo el manuscrito, y a Mick Cox, Graeme Duncan, Tim Gray, Elisabeth Jay, John Le Juen, Con O'Leary, Chris Shorley, Chris Wilford y Frank Wright por su ayuda en los distintos capítulos. Mark Cohen, de Hutchinson, nos ofreció su aportación amistosa y eficaz a lo largo de toda la obra. Asi - mismo, vaya nuestro agradecimiento para Pauline McElhill, quien mecanografió los sucesivos borradores de una parte del manuscrito sin

la menor queja. Y también a Margaret Robinson, quien se ocupó del

índice de nombres.

l. INTRODUCCI~N:EL MUNDO DE LA IDEOLOGÍA

A lo largo de la historia, y de forma recurrente, las ideas se han ido des- pojando de sus ropajes originales para enfrentarse a los sistemas soci+es que les dieron vida. La causa de dicha secuencia radica en gran medida en que el espíritu, el lenguaje y todos los abibutos del pensamiento exigen ne- cesariamente postulados de carhcter universal. Incluso las clases dirigentes, en su intento de defender a ultranza sus intereses particulares, se ven obli- gadas a recalcar la importancia de las causas universales de índole religio - sa, moral y científica. Nace de ello una contradicción entre la ideología y la realidad, contradicción que actúa como acicate en todo progreso histórico, cualquiera que sea su naturaleza. Max Horkheimer, Eclipse of Reason (1947), New York, 1974, p. 178.

Se tensan las palabras, crujen y se quiebran a veces por el peso y la tirantez; resbalan, se desprenden y perecen, se pudren de imprecisión, abandonan su sitio, no se quedan quietas. T. S. Eliot, «Four Quartets*, en Collected Poems 1909- 1962, Lon- don, 1963, p. 194. [Cuatro cuartetos, 2."d., trad. de E. Pujals Gesalí, Catedra, Madrid, 1990.

LAS IDEOLOG~ASEN LA GRAN BRETAÑA DE HOY

Las ideologías comparten dos características principales: una repre- sentación de la sociedad y un programa político. La imagen ofrece una sociedad inteligible vista desde un ángulo particular. Para ello se acen-

túan y contrastan distintos aspectos del mundo social a fin de ilustrar

cómo actúa la realidad en todo su conjunto y también cómo se debería organizar desde un enfoque ideal. La representación social concreta configura el núcleo de todas las ideologías. A partir de ella se transrni- te un programa de acción, a saber: qué recomendaciones han de hacer - se para garantizar la debida convergencia entIe el ideal y la realidad sociales. Las recomendaciones varían de acuerdo con la imagen espe - cífica de una sociedad conveniente o adecuadamente organizada. En caso de que la sociedad ideal y la sociedad real se representen de for-

16 INTRODUCCIÓNA LAS IDEOLOGÍASPOLÍTICAS

disfrutaba la minona adinerada. El Partido Laborista defendía la em- presa pública y propugnaba una mayor protección estatal para los miembros más vulnerables de la sociedad; pero, en todo caso, ambos partidos venían a converger en un terreno central al compartir la creencia de que la sociedad se hallaba inmersa en una etapa de desa - rrollo económico, convergencia que, al parecer, simbolizaba un pacto entre el capital y el trabajo, en virtud del cual se renunciaba al antago- nismo social que le precediera. Los conservadores modificaron sus ideales acerca del mercado li - bre y abrazaron la idea de la economía mixta, aceptando que corres - pondía al gobierno planificar una política de pleno empleo y salarios más altos y asumir la responsabilidad de un Estado de bienestar gene - ral. Por otra parte, el partido laborista se consolidó como partido so- cialdemócrata, menos interesado en derrocar al capitalismo que en ha - cerlo operativo para beneficio de todos. Así, por ejemplo, Anthony Crosland, en su prestigiosa obra El futuro del socialismo (1956), echa por la borda las consignas de la lucha de clases y la revolución socia - lista. Crosland señalaba que el capitalismo subsiguiente a la crisis eco - nómica había resuelto los problemas de la «pobreza primaria» y el de - sempleo masivo y, por consiguiente, no había necesidad alguna de erradicar la empresa privada implantando en su lugar la empresa pú- blica. Por el contrario, un gobierno socialista debería utilizar los cre - cientes recursos de la economía mixta en conseguir una mayor igual - dad social. De esta forma se podría alcanzar la meta socialista de una sociedad sin clases, sin necesidad de atacar globalmente al capital pri- vado. Desde dicho supuesto, el socialismo más sensible se acercó al capitalismo reformado, acompasando las acciones políticas; en conse- cuencia, adquirió «un rostro humano». La convergencia ideológica favorecía un estilo pragmático de la po- lítica en el que apenas cabía un mínimo debate sobre la forma de so - ciedad más beneficiosa. Las desavenencias políticas se centraban más bien en tomo a la cuestión de cuál era el partido político que podía di - rigir de la mejor manera posible la economía mixta y el Estado de bie- nestar, y garantizar con ello niveles de vida más altos. A finales de la década de los cincuenta, el primer ministro Harold Macmillan, conser- vador, atrajo al electorado con la promesa de un paraíso de carácter consumista. Por otra parte, a principio de los sesenta. Harold Wilson aseguró el triunfo en las elecciones, para el Partido Laborista, basán- dose en un programa de «modernización» tecnológica encaminado a conseguir una mayor cficacia de la economía mixta de mercado. Los coi,llic~ositlcol6gir.o~fiicioii tlcspl;izi~lospor el tleb;itc sohrc Iii cfic;i- ci:i : i t l i i i i i i i s i i ~ i i i i v : i t l c i i i i sislviii;~socioccoiiói~iicc,qiic no ;itliiliiín ~ l i s ~ ~ l l l : l , I!rilt, r i l ~ i i i t. i t ~ t .~ i ~! ~ i ; i i i i i t. i i ~ ~ ~(11. I i i cc~ii~i~ovci~siiiitlcolhgicii siiscit6 (los c~c~iii~~iiiiiiiostic: iil)();ic~iitldiiiico.A I ~ I I I I O Ssocihlogo~y cspc~i;~lis~íiscn

INTRODUCCIÓN: EL MUNDO DE LA IDEOLOG~A 17

política, en los Estados Unidos sobre todo, proclamaron «el fin de las ideologías» en Gran Bretaña, así como en las sociedades más avanza-

das de Occidente^2. Para tales autores, la ideología era un concepto pe-

yorativo que significaba una forma de política inadecuada y pernicio-

sa porque la gente propagaba sus creencias con fervor doctrinario. El fascismo y el comunismo, que florecieron en el terreno abonado de la recesión económica y del alto nivel de desempleo de entreguerras, se consideraron como manifestaciones gemelas de fervor ideológico. De suerte que, para ellos, la política de carácter ideológico pertenecía a un mundo ya caduco, donde imperaban una perspectiva distorsionada y unas pasiones desfasadas. Pero, ahora, esa etapa tenebrosa pertene- cía sólo al recuerdo. La capacidad de la economía capitalista, planifi- cada para generar el desarrollo y el pleno empleo, posibilitaba e l b - mienzo de una época esplendorosa en la que florecían la estabilidad política y el declive ideológico. La moderación y tolerancia habían l

desbancado a los extremismos; la confrontación ideológica se había resuelto en un compromiso pragmático; y el choque entre ideales con- tradictorios había cedido el paso a una discusión civilizada dentro de un marco consensuado de los principales valores y principios. Mientras algunos comentaristas detectaban en ei mundo de posgue- (^1) rra el triunfo de la razón y de la ciencia sobre los dogmas y la supers- tición, los críticos radicales señalaban la presencia omnipresente de una sola ideología. En su opinión, la ausencia de controversia política era un indicio no tanto del fin de las ideologías, cuanto del predominio de una ideología opresora al servicio de los intereses de los grupos so - ciales dominantes, cuestión que Herbert Marcuse articuló detallada- mente en El hombre unidimensional (1964). donde acusaba especial - mente a los Estados Unidos por su fracaso en propiciar un auténtico debate sobre la forma de organizar la sociedad del modo más adecua- do3.Según Marcuse, las clases trabajadoras de los países occidentales habían perdido el más mínimo interés por rebelarse contra las estruc - turas del capitalismo. Perfectamente integradas en la sociedad capita - lista y en las comodidades materiales que ésta les proporcionaba, no contemplaban ya ninguna perspectiva de opción socialista: se sentían satisfechas en medio de la abundancia consumista. Pero el capitalismo de los bienes de consumo no era ningún sustituto del socialismo, aun- que sí inducía a la gente a contentarse con las falsas necesidades de la codicia, la posesión de bienes y la competencia, ahogando así el po-

18 I N T R O D U C C I ~ N A LAS IDEOLOG~ASPOL~TICAS INTRODUCCI~N:EL MUNDO DE LA IDEOLOG~A

tencial humano para la creatividad y el mutuo enriqueciniiento. Sin embargo, el común de las gentes eran olvidadizas en cuanto a la opre - sión que pendía sobre ellas. Se habían convertido en «robots satisfe- chos» y consideraban la sociedad actual como la ideal: la única forma posible o deseable de organización social. En esta sociedad cerrada, donde todo cambio radical quedaba auto- máticamente excluido de las posibles expectativas, había una sola cla - se dominante que representaba una ideología tecnocrática: la ideología de la clase dominante porque servía a los intereses de las elites benefi - ciarias del consumismo; y era una ideología tecnocrática porque fo- mentaba la creencia de que todas las necesidades humanas podnan sa- tisfacerse mediante la aplicación tecnológica de la ciencia para la producción abundante de bienes de consumo. De suerte que la prospe- ridad posbélica no había acabado con la ideología: únicamente había desaparecido el conflicto ideológico. Lo cierto es que de hecho sólo se contemplaba una única y omnipresente perspectiva ideológica, una hegemonía ideológica (utilizaremos el término acuñado por Gramsci y que hoy es de actualidad) según la cual las víctimas de la opresión capitalista comparten con sus opresores un concepto muy parecido. El cuadro desolado, descrito por Marcuse, de una sociedad unidi- mensional en la que los grupos dominantes ejercen su autoridad in- cuestionable, ofrece un agudo contraste con las proclamas optimistas de una nueva era de las luces en la que la armonía social y política se - ría la nota dominante. Con todo, preciso es decir que estos dos con- ceptos posbélicos tenían su origen en el enfriamiento de la controver - sia básica y ambos resultaron ser prematuros en sus conclusiones referentes al acta de defunción del conflicto ideológico, ya que a fina - les de los años sesenta el consenso alcanzado en las décadas preceden - tes hacía agua por muchos puntos.

En principio dicho consenso fue contestado en la década de los se - senta por una parte de los principales beneficiarios del desarrollo eco - nómico y de las grandes oportunidades en el campo educativo, a sa- ber: los jóvenes burgueses. Tanto en los Estados Unidos como en Europa los estudiantes protestaban por la participación norteamerica- na en la guerra del Vietnam a la vez que buscaban la consecución de una democracia más profunda dentro de las jerarquizadas estructuras universitarias. Estas manifestaciones de rebeldía, de carácter específi- co, eran sintornáticas de un descontento mucho más extendido con respecto a los valores y expectativas sociales. El consumo de marihua - na vino 3 simbolizx e1 clcceso de los hippies, y de la juventud de las Ates 1?:a5s ?P. gt:-.xi. n ~ d del \A axmxuiw~- es &u. a un

estilo de vida alternativo que tenía su propia moda y su música propia. El resultado fue una revolución de carácter romántico contra los valo-

res pragmáticos y tecnocráticos de la sociedad industrial avanzada.

Por vez primera, al consumismo se le oponía una imagen de la socie - dad frontalmente distinta: el cuadro de una existencia más sensibiliza - da y gratificante para el ser humano, una sociedad en la cual las gentes podrían desarrollar «al completo» todo el abanico potencial de sus personalidades. Dicho cuadro se inspiraba en una ideología libertaria, la «Nueva Izquierda», variante del socialismo. La nueva izquierda exacerbaba al máximo sus apelaciones en pro de la disidencia contracultural, asegurando que el «Gran Rechazo» po - tenciaría todas las necesidades humanas que el capitalismo consumis- ta había suprimido. Se proclamaba que la juventud se desentendía'de aquella sociedad conupta para apuntarse a una existencia liberada que incorporaba valores tales como la espontaneidad y la solidaridad que la cultura imperante había suprimido. Los jóvenes rebeldes volvían la espalda a la abundancia y se mofaban de aquella sociedad y de la ima - gen de su potencial frustrado; vislumbraban una comunidad socialista dentro de los límites de aquella frágil sociedad. Formaban, pues, una vanguardia cuya misión consistía en explorar un temtorio social e ideológicamente virgen que algún día ocuparía toda la población. Durante un breve período de tiempo, concretamente el año 1968, en que el conflicto social llegó a su punto culminante, parecía posible un cambio revolucionario. En los Estados Unidos, y en menor medida en Gran Bretaña, el activismo estudiantil provocó una crisis de autoridad bastante seria, y en Francia originó una huelga general que llevó a la sociedad al borde del colapso. Pero, una vez pasado el momento cnti- co, aquellos jóvenes rebeldes, fruto de la prosperidad, fueron reabsor- bidos en la cultura que habían rechazado. Con todo, el movimiento de protesta resquebrajó la ideología hegemónica de la sociedad moderna que Marcuse había considerado inexpugnable, y su estela habría de traer consigo un renacimiento del debate sobre la naturaleza de la so- ciedad más conveniente. Un resultado inmediato y perdurable de la revuelta social de los años sesenta fueron los movimientos para liberar a los grupos oprimi-

dos por causa de su sexualidad Los códigos morales tradícíonales se

vieron socavados en sus cimientos debido al énfasis que la contraail-

tura ponía en la liberación persond Se querían seatar las bases de un

espacio cultural donde las personas pudieran ser auténticas o, dícbo

con sus palabras, «obrar de acuerdo consigo mismas», libres de la waG

ción del conformismo social. De modo especial el ataque a las pautas

convencionales de la conducta sexual alentó a la gente a explorar las posibilidades de autorrealizarse traspasando los límites de los papeles

sociales comúnmente aceptados. En este clima de inquietud cultural

En la década de los setenta el Reino Unido también acusó el impac - to de otros movimientos separatistas de carácter menos turbulento. El hallazgo de petróleo en el mar del Norte reavivó las demandas en fa- vor de una Escocia independiente, económicamente próspera. Por otra parte, los sentimientos nacionalistas de Gales se nutrían del deseo de salvaguardar su genuina tradición lingüística y musical muy diferen - ciada de la hegemonía cultural inglesa. Y si bien las variadas y reno- vadas manifestaciones del nacionalismo periférico no consiguieron se - pararse de Gran Bretaña^4 , lo cierto es que aceleraron la ruptura del consenso ideológico. La protesta de la izquierda, los movimientos de liberación sexual, la involución autoritaria, el fascismo racial, los nacionalisnios periféri- c o ~ :todo ello contribuyó a resquebrajar el ámbito ideológico, sin fisu- ras aparentes, de la Gran Bretaña de posguerra. Finalmentle, el impac - to de la recesión económica de principios de los setenta vino a reafirmar su decidida fragmentación. Si bien la mayoría de las socie- dades occidentales se ha visto afectada por el colapso de la eclosión producida en la posguerra, su efecto sobre Gran Bretaña fue verdade - ramente dramático. El declive industrial, el descenso de los benefi - cios, el desempleo creciente y el aumento de las tasas de inflación se combinaron para destruir el sueño keynesiano de una economía a la vez estable y en continua expansión. A tal punto ha sido seria la crisis, que casi se ha convertido en un lugar común diagnosticar que la eco- nomía británica está en una situación de enfermedad terminal. La crisis económica ha venido a agravar las tensiones sociales que, a su vez, han tenido su proyección en el ruedo político. De acuerdo con el consenso alcanzado en la posguerra, el capitalismo planificado estaba en condiciones de facilitar a todo el mundo una porción acepta - ble (si bien desigual), y cada vez mayor, de bienestar económico, o que inducía a creer que todo ello traería como consecuencia el progre - so de la justicia social y la resolución de los conflictos. Ahora bien, al detenerse el crecimiento, los grupos sociales reanudaron su forcejeo por obtener una parte de los menguados recursos. Como ha señalado un comentarista, «los límites sociales del desarrollo» intensifican la pugna distributiva, acentúan la importancia de la posición relativa, in- tensifican la presión en pro de la igualdad económica por parte de los menos favorecidos y endurecen la resistencia a tal igualitarismo por parte de los más pudientes'. El gobierno ha sido el centro de este for - cejeo distributivo. En la década de los setenta los gobiernos hubieron

Tom Nairn. Thc Break-UD. o f Britain: Crisis and Neo " - Nationalismo, 2.2d.. Verso,

London. 198 1. Fred Hirsh, Socral L~mirsto Growth. Routledge & Kegan Paul, London. 1978. p. 181.

INTRODUCCI~N:EL MUNDO DE LA I D E O L O G ~ 23

de hacer frente, por una parte, a la renuencia del capital privado para contribuir a financiar el ingente gasto público en sanidad y otros as - pectos de carácter social y, por otra, a la presión salarial de las clases trabajadoras acostumbradas al continuado aumento de su nivel de vida. Tanto el gobierno conservador de Edward Heath como el labo - rista de James Callaghan fracasaron ante la resistencia contra sus polí- ticas de restricción salarial. Las tensiones políticas, junto con los límites sociales del desarrollo, han tenido su reflejo en la intensificación del conflicto ideológico. La década de los setenta asistió a la erosión de la extendida creencia de un Estado capitalista benefactor que, mediante una gestión económica eficaz y una inversión pública generosa, podía hacer llegar a todo el

mundo bienes y servicios gratificantes. La crisis económica ocasiónó

la desviación del terreno central alcanzado, ya que los dos partidos po - líticos más importantes perseguían alternativas distintas a la evidente quiebra de las políticas de posguerra. El resultado ha sido un grado de politización que echa por tierra las ya antiguas predicciones referidas al «fin de las ideologías» La respuesta del Partido Conservador al colapso económico y a la agudización del conflicto social ha sido la de resucitar el ideal capita- lista del mercado libre. En su opinión, la expansión de posguerra de la economía mixta y el Estado de bienestar inclinó peligrosamente la ba- lanza a favor del sector público, en detrimento del sector privado, y de aquí la desastrosa trayectoria de la economía británica ya que una pe- netración política de tales proporciones en los terrenos social y econó - mico sofocó el espíritu de la empresa privada que constituye el funda- mento de la dinámica del desarrollo. La solución estriba en minimizar la intervención gubernativa en la economía y en la sociedad, permi- tiendo así que se liberen las fuerzas del mercado mediante la «desna- cionalización» o «privatización» de las empresas públicas; la retirada del apoyo financiero a las empresas privadas deficitarias; el descenso de la carga impositiva; la reducción del gasto público en sanidad y de - más servicios sociales; y una legislación que permita debilitar a los sindicatos, de forma que las leyes mercantiles de la oferta y la deman- da sean las que determinen los salarios y metan en cintura a los traba - jadores. Sólo así, se aseguraba, iniciaría Gran Bretaña el tirón de la re - cuperación económica, al emprender la nación entera una renovada trayectoria de confianza en sí misma, en el individuo y en la iniciativa empresarial. El gobierno conservador de Heath adoptó a principios de 1970 el conservadurismo de libre mercado para abandonarlo poco después en

su famoso giro «en U»; las llamadas políticas «Selsdon» de este peno-

do fueron el preludio de un bandazo a la derecha, más vigoroso y fir- me una vez que Margaret Thatcher fue elegida presidenta del Partido Conservador en 1975. Los conservadores iniciaron entonces el asalto

al consenso de posguerra. En su opinión, la planificación económica y rl bienestar social a gran escala habían originado una pesadilla colec - tivista de regimentacirín burocrática y paternalismo perniciosos. Los anteriores gobiernos, tanto conservadores como laboristas, habían su- frido las consecuencias de su subrepticio apoyo a las políticas «socia - listas» (esto es, intervencionistas) a expensas de la libertad del indivi- duo. Como decía la Sra. Thatcher en 1983, al pedirle que hiciera un comentario sobre el éxito de su manifiesto electoral, formulado cuatro años antes:

Ofrecimos un cambio de dirección total d e s d e un Estado que domina- ba por entero la vida de los ciudadanos y estaba presente en casi todos los aspectos de su existencia-a una forma de gobierno en la que el Estado in- tervendría sin duda en algunos asuntos, pero no eliminaría la responsabili- dad personal.

Parafraseando esta declaración, aunque con menor vehemencia, el rechazo al ((omnipresente dominio socialista)) significa el abandono, por parte de los conservadores, de los compromisos alcanzados en los sucesivos gobiernos de posguerra para planificar e invertir fondos con vistas a conseguir el pleno empleo, la justicia social y, dentro de cier- tos límites, la igualdad. Se «liberaba» a la gente para que: se uniera a una carrera competitiva cuyos recursos son limitados y en la que los ganadores consiguen sustanciosas recompensas, pero los perdedores tan sólo unos pocos premios de consolación. El moderno ideal conservador de un gobierno minimalista no supu- so, desde luego, dejar vía libre a la indisciplina social. Lo cierto es que, como puede leerse en el capítulo sobre el conservadurismo (cap. 3), los conservadores combinan sus políticas económicas del laissez-

faire con un riguroso programa de «ley y orden». Han reunido los va-

lores tradicionales de autocontrol, vida familiar, atención social y pa- triotismo en el seno de la imagen de una nación amenazada por la

dejadez interna y la agresión exterior. En tal sentido, el thatcherismo

constituye el rebrote de la reacción autoritaria contra la permisividad de la cual, aunque en menor grado, también se nutrió el fascismo. El thatcherismo ha incidido sobre el panorama ideológico de la so- ciedad británica con mayor fuerza que ningún otro planteamiento des- de la ruptura del consenso. La «Nueva Derecha» ha obtenido un éxito extraordinario en su cometido de llenar el vacío causado por el desen- canto ante el planteamiento imperante después de la guerra. Su docm- na de un capitalismo redimido, conjugado con un autoritarismo social, ha convencido a amplios segmentos de la población, tanto de la opi- nión pública como del mundo intelectual; ha cautivado el alma de los

tories, y sus prosélitos abundan en las universidades, en la prensa y

por doquier. Todo apunta a que será la ideología dominante o hegemó-

nica de la Gran Bretaña actual en un futuro predecible.

INTRODUCCI~N:EL MUNDO DE LA IDEOLOG~A 2 5

Por contra, la adaptación ideológica del Partido Laborista a la situa- ción de estancamiento económico ha sido más traumática. Como quie- ra que en el mismo ha tenido cabida una amplia diversidad de tenden- cias, ha pendido siempre de una difícil coexistencia entre los keynesianos y los socialistas auténticos: entre los pragmáticos que persiguen la vía gradual hacia una sociedad más humana mediante la gestión parcial de la economía capitalista, y los fundamentalistas que ven en la economía mixta de mercado un obstáculo para la «marcha hacia adelante))del socialismo y que, en consecuencia, desean mante- ner «las altas cúpulas de la economía» lejos del control del capital pri- vado^6. En el pasado dichas comentes se hallaban encubiertas por una fachada unitaria, aunque en la práctica prevalecía la sección parlamen- taria del partido, predominantemente perteneciente al ala derecha. ;' Sin embargo, con la llegada de la crisis económica las tensiones es- tallaron en una guerra intrapartidista. Los gobiernos de Wilson y Ca- laghan de 1974-1979 fueron elegidos sobre la base de un manifiesto relativamente radical que prometió un mayor control político de la economía, pero, al tener que enfrentarse a la resistencia del capital pri- vado y al aumento de la inflación, el gobierno abandonó su política de izquierda adoptando algunas medidas que más tarde haría suyas el go- bierno de Thatcher: recortes en el gasto público y un control más es - tricto de la oferta monetaria, lo cual fue un acicate para que la izquier- da, furiosa por un sentimiento de haber sido traicionada, exigiera una solución auténticamente socialista para la recesión capitalista. Su pos- tura se vio robustecida por la derrota electoral de 1979, derrota a la que siguieron varios años de amargas disensiones y fraccionalismos. De esta guerra civil, la izquierda salió mayoritariamente victoriosa y, en consecuencia, el Partido Laborista está hoy mucho mejor pertre- chado para contender en el tormentoso clima ideológico de la Gran Bretaña actual. La meta de los conservadores, partidarios del mercado libre, ha sido la de liberar al capital privado del control estatal. Por el contrario, para la izquierda socialista la regeneración económica exige incre - mentar la empresa y el gasto públicos. Su «estrategia económica alter- nativa» persigue inclinar la balanza del poder y la riqueza a favor de la gente común y en detrimento del capital privado, lo cual supone la supervisión directa y generalizada de la economía: ostentando, por ejemplo, la propiedad pública de determinadas grandes empresas, au -

mentando el gasto público y controlando el comercio exterior y el mo-

vimiento de capitales. El núcleo de esta estrategia es la toma de con- ciencia de que Gran Bretaña no puede asumir la reconstnicción social

Martin Jacques y Francis Mulhern (eds.), The Forward March of Labour Halted?, Verso, London, 198 1.

INTKODUCCI~N:EL MUNDO DE LA ~DEOLOGÍA (^) 29

que <ir-ornpcel iiioltic~~tlcl sectarismo ideológico. Muchos de siis plan- ieainienioz políticos se nseine.jan a los que perseguían los gobiernos conserv:idorcs y laliorisias hasta principios de los años setenta: un cierto grado de planificaci6n económica, gasto público moderado y una política tributaria. A todo lo cual hay que añadir u n comproniiso fervoroso hacia la CEE y la representación proporcional, sus propues- tas (comuncs con las de la derecha tory) para socavar el poder organi - zado de los sindicatos. y planes (compartidos por la izquierda laboris- ta) pai-a conseguir u n a dcniocracia más participativa en la que la toma de decisiones la conipartan el gobierno y la industria. Se ofrece, pues. una «copa de heladon política de todos los gustos: «una política para [todo] el pueblo» encaminada a unir a la nación en un Festín de reconciliación ideológica R^. La asociación PSPLiberal ha obtenido algunos éxitos electorales notables, pero, al igual que los pri- meros socialistas, están abocados a pagar un alto precio por el renaci- miento de la política de consenso. Acuciados por presentar una ima- gen desinteresada y no clasista, han abandonado prácticamente cualquier compromiso para redistribuir la riqueza de modo más iguali- tario, lo cual probablemente socavará el objetivo principal del grupo en el sentido de desbancar al Partido Laborista. Los dos partidos prin- cipales reflejan, si bien de forma inadecuada, un antagonismo básico entre el capital y el trabajo, y, mientras persistan las divisiones clasis - tas, lo más probable es que Gran Bretaña se incline a mantener un sis- tema bipartidista que, en cierta medida, representa y expresa ideológi- camente los intereses divergentes que se dan en el seno de una sociedad numerosa. Vivimos en una época de desavenencias ideológicas. E., <,tamosante una controversia extensa y apasionada sobre la naturaleza de lo que debe ser una sociedad sana. Ello exige algo más que posturas retóricas por parte de las personas cuyo interés profesional es fomentar el anta- gonismo. Anthony Trollope, en su novela Phineas R e d w (1874), re- coge una cínica observación acerca del parlamento británico del siglo

xrx, al detectar una correlación inversa ante la vociferante argumenta-

ción política y su disconformidad en cuanto a los principios:

El hombre cuyo destino sea sentarse de forma bien visible en el Banco del Tesoro, o en el asiento que queda frente al mismo, debería pedir a los dioses, como primera providencia, que le dotaran de una piel de elefante, puesto que en nuestra Asamblea Nacional se hace más necesaria que en ninguna otra parte del mundo, dado que las diferencias entre los distintos oponentes son mínimas. Cuando dos adversarios coinciden en la misma Cá- mara, y uno de ellos defiende el gobierno personalista de un solo dirigente y el otro esa modalidad de gobierno que ha dado en denominme República Roja, ambos recumrh, a no dudarlo, a innumerables y ampulosas fintas de

Shirley Williams, Politics is for People, Penguin, Harmondswoth, 1981.

índole oratoria, pero se trata de estocadas que jamás causan ninguna herida. Tal vez se rajen mutuamente la garganta, si es que encuentran la ocasión, pero no se muerden como perros que luchan por un hueso. Ahora bien, cuando los adversarios están casi de acuerdo, como suele ocurrir con nues - tros gladiadores parlamentarios, están incluso al acecho para infringir hen- das ligeramente molestas por entre las costuras de sus meses. Cuando se busca la divergencia precisa para originar un debate, ¿qub otra cosa nos im- porta como no sea el orgullo y la habilidad personal en el encuentro? ¿Quién de nosotros quiere derribar a la reina, o recusar la Deuda Nacional, o echar abajo las creencias religiosas, o, ni siquiera, trastocar las categorías sociales? En el caso de que una mínima medida reformista haya sido nece- saria y extensamente recomendada al país por su propia naturaleza - tan extensamente que todos los ciudadanos sepan que pueden contar con ella-, el interrogante que se plantea es si los detalles deben correr a cargo del partido que se autodenomina liberal o del partido que conocemos como Conservador. Los parlamentarios están tan próximos unos a otros en lo que respecta a sus convicciones y teorías sobre la vida, que nada les resta como no sea su propia competencia personal para hacer lo que debe hacerse^9.

Claro está que los políticos se disculpan con una salmodia retórica que exagera sus diferencias. Pero, si el retrato que hiciera Trollope en 1874 era una representación muy acertada de la homogeneidad ideoló - gica de aquella época, ya no es válido para describir la situación ideo- lógica de la Gran Bretaña de hoy en día. La actualidad ofrece un debate muy vivo sobre los valores políticos que tienen su origen en el parlamento y alcanzan a la sociedad toda, debate que se centra en el papel que corresponde al Estado en la socie- dad moderna y, por supuesto, en la naturaleza de la propia democra- cia. La mayoría de los protagonistas dice ofrecer soluciones que su - pondrían la instauración de una democracia mejor, más aún, una transformación radical de la misma. El significado del término «de-

mocracia» forma parte del debate, y sin duda conviene que un libro

que trata de las ideologías políticas incluya un capítulo que considere las distintas interpretaciones, a veces contradictorias, de un concepto tan ambiguo.

EL CONCEPTO DE IDEOLOGIA

Hasta aquí me he apoyado en el contexto específico de la Gran Bre-

taña actual para transmitir la esencia de la controversia ideológica. A primera vista, la ideología no parece un concepto complicado. La gen-

te se apoya e inspira en creencias e ideales, y en su búsqueda de los

diversos objetivos sociales necesita sentirse a gusto dentro de su mun-

do, actuar libremente sin ningún tipo de mala conciencia, y precisa dar

sentido a la realidad de cada día y también revestir sus intereses y as -

' Anthony Trollope, Phineas Redux, Panther, St. Albans, 1974, p. 276 - 277.

pir;icinncs coi? I;i tliaiiiici<íiide los principios morales. Los poderosos tienen qiic estar clloa niisrnos seguros y. a la vez, convencer a los de- inits tlc la reciituti tlc aii poderío: de que este poder lo ostentan en be- neficio del bien ci~iiiiiiy no para si1 propio interés. En la otra orilla, es preciso qiie los pohrch crean qiie no les explotan, o que, en caso de que alimcnien algtin apivio o u n deseo de cambio político, les asiste el derecho a ello. I,;iitlcología constituye el ruedo donde la gente pone cn claro y justifica ,iis acciones cuando persiguen intereses diver - gentes. Ilc hecho. el concc~toha dado origen a u n abundante número de textos académicos. 111;~contenciososi con frecuencia inextricables: colosales recipientes repletos de un líquido muy denso y teóricamen- te opaco. Para muchos comentaristas, el propio concepto equivale a una patente para formar parte de un engranaje que a todas luces pare - ce u n galimatías para quien no esté iniciado en el tema. Pongamos un e.jemplo

Una ideología la integran un grupo de creencias e incredulidades (recha - zos) expresadas en forma de juicios de valor, frases apelativas y sentencias aclaratorias. Tales declaraciones se refieren a n o n a s morales y técnicas y se relacionan con los comentarios descriptivos y analíticos del hecho con el que están concertadas, y, todas juntas, se interpretan como una doctrina que sustenta la impronta de las prescripciones basadas en un fundamento cen - tral y moral. Una doctrina. o su equivalente, una ideología, presenta un conjunto de opiniones no totalmente coherentes entre sí, ni enteramente ve - rificadas ni verificables, pero tampoco nítidamente distorsionadas. Dichas opiniones se refieren a distintas modalidades de las relaciones humanas y las organizaciones sociopolíticas. tal como podrían y deberían ser, y. desde esta perspectiva. aluden al orden existente, y viceversa. Las ideologías con - curren con algunas otras opiniones de base moral y fáctica y. por tanto, dan testimonio del pluralismo ideológico sin perder por ello su carácter diferen - cial".

En vez de conducir al desglose de un significado que es en sí mis- mo evidente, la ideología ha planteado a los filósofos y sociólogos más problemas analíticos que, prácticamente, cualquier otro concepto.

OR~CENESDEL CONCEPTO

Desde que se acuñó el término, hace dos siglos, la ideología ha sido un concepto ambiguo y continuamente impugnado. Tanto el término como el número de las ideologías concretas que se estudian en los si - guientes capítulos nacieron durante el período de la revuelta europea que culminó en la Revolución francesa y fue fruto del optimismo de la


' O Martin Seliger, ldeology and P ~ l i r i c s , George Allen & Unwin, London, 1976, pp. 119- 120.

T N T R O D U C C I ~ N :EL MUNDO DE LA IDEOLOG~A 3 1

Ilustración que floreció por aquella época, es decir, la convicción ge - neralizada de que mediante la aplicación del conocimiento científico se podría reconstruir la sociedad de un modo racional. Dicho conoci - miento se identificó con el término «ideología». Sin embargo, al cabo de pocas décadas, el concepto había asumido un significado opuesto al que le dio origen, ya que pasó a denotar conocimiento erróneo, es decir, lo contrario a la verdad científica. Para Antoine Destutt de Tracy (1754-1836), el filósofo francés que inventó el vocablo en 1796, ideología designaba una nueva ciencia de las ideas: una forma de conocimiento enciclopédico y digno de crédi - to. De Tracy pretendía que dicho conocimiento, expurpdo de los pre - juicios y supersticiones del Ancien Régime apuntalara la civilización de la Francia posrevolucionaria. La ideología llegaría a constituir el venero de las políticas de la Ilustración y habría de generar, además, las virtudes cívicas de las que dependía la estabilidad política. En su concepción original, por consiguiente, la ideología enaltecía una for- ma de conocimiento superior y socialmente útil. En consecuencia, po - seía la impronta del liberalismo progresista que prosperó en dicho pe- ríodo. Pero pronto el término adquirió un significado despectivo. Napo- león vilipendió a los seguidores de De Tracy, con quien en un tiempo estuvo asociado, llamándoles «ideólogos», esto es, dogmáticos cuyas extravagantes especulaciones estaban divorciadas de las prácticas po- líticas. En tal sentido, Napoleón fue precursor de los que, en los años cincuenta, celebraban el «fin de la ideología», preconizaban el prag- matismo y denostaban el fervor doctrinario. A los pocos años de su nacimiento como concepto positivo, la ideología había caído en el descrédito, pasando a significar una perspectiva parcial y desfigurada del mundo social, el cual únicamente podría corregirse aplicando el realismo político. Lo que De Tracy quena dar a entender por ideología era una forma desinteresada de conocimiento que producía numerosos logros socia- les. Su utilización, por consiguiente, incorporaba la fe que la Ilustra - ción tenía en la capacidad de la razón para configurar a la sociedad en beneficio del bien común. Karl Marx se burló del optimismo liberal de la Ilustración y consiguió, más que ningún otro pensador, desgajar el término «ideología» de su significado original. Según la argumenta - ción de Marx, una sociedad dividida en clases no se sustentaba en el pensamiento imparcial que salvaguardaría el interés público. Por el contrario, las ideas estaban afmcadas en las prácticas antagónicas que reducían la sociedad a un campo de batalla de intereses irreconcilia- bles. Las creencias ideológicas eran esencialmente partidistas: consti - tuían el reflejo de los intereses y aspiraciones particulares propios de la lucha de clases.

to tlc vi\t;i tictsiiiiitiado? ;,Es el conocimiento icicológico una forma de cnnociinicnto iii;ii:o vergonzante: un conocimiento patológico o fal - so (1"" m mritéticri con el verdadero conocimiento que representan la cictici:i !: I;i filo\oli;i I /,O será que la ciencia y la filosofía están a su ve7 ntiii.adas de picsiipucstos ideológicos que modelan las investiga- cioiies y sesgnn I:i\ coiicliisiones de sus profesionales? Y. en tal caso, ;,m ~otalrnentcpicciso. ohjetivo o imparcial el conocimiento social a qiic sc Ilc~n'?Cxla iiiia dc estas preguntas ha suscitado numerosas res- puestaz. I .a dimensión iociológica de las ideologías versa sobre su conexión con los procesos ~ O C I ; I I C S. Las descripciones que se hacen de la socie- clad no gozan de iiiin existencia estática e intemporal, no caen como llovidas del ciclo ,! j.2 totalmente articuladas. Las ideologías surgen y se desarrollan a p;ii.tir. dc iiiias circunstancias sociales concretas, y no fluyen a lo largo tic la Iiistoria sin que les salpiquen los sucesos y anta- goni,smos socialcs en que se imbricaroi-i. Así pues, el devenir de cada icieología cs tarnhién el devenir de las prácticas sociales en cuyo seno nace y se desenvuelve. Pero cuál es la relacih exacta entre las ideologías y las prácticas sociales sobre las que se fundamentan? ¿Están determinadas las creen - cias ideológicas por los conflictos sociales que surgen al perseguir in - tereses divergentes'? , S e limitan a reflejar, simple y mecánicamente, las hostilidades entre las clases sociales que compiten por obtener los reducidos recursos económicos? son sólo el mero reflejo pasivo del incesante force.1~0entre las clases dominantes y las sometidas? Si tal fuera cierto, es difícil explicar por qué los miembros de una clase so - cial dada apoyan muchas veces a ideologías distintas. Igualmente des - concertante resulta la capacidad de subversión que tienen las ideolo - gías: el hecho que señaló Max Horkheimer, y que se cita al inicio de este capítulo, de que «a lo largo de la historia, y de fonna recurrente, las ideas se han ido despojando de sus ropajes originales para enfren - tarse a los sistemas sociales que les dieron vida». ¿Significa esto que las ideologías gozan de una relativa autonomía que les confiere un papel activo en el proceso histórico? ¿Se desen - tienden de las circunstancias sociales que les «abrieron el camino» para influir en la conducta humana y así configurar el curso de la his- toria? Y, si esto es así, ¿están las ideologías y las prácticas sociales hasta tal punto entretejidas que es imposible reducirlas a una simple relación de causa y efecto? Una vez más, todas estas preguntas susci - tan diversas respuestas. El aspecto proselitista de las ideologías se refiere a su capacidad para captar adeptos. Para promocionar sus intereses, un grupo social tiene que buscar aliados entre las personas ajenas al mismo. Los que están comprometidos ideológicamente han de persuadir a los demás para que contemplen el mundo social a través de su propio prisma de

creencias y presupuestos. La sociedad constituye un palenque donde las ideologías compiten por conseguir la lealtad de sus miembros, y el éxito de cada ideología depende de su capacidad de proselitismo. ¿Cuál, pues, es la base del llamamiento apostólico de una ideolo - gía? En este caso, el análisis se centra en las ideologías que defienden el ascendiente de las elites establecidas. Podría parecer que la ideolo - gía de una clase dominante está en seria desventaja para conseguir la simpatía de intelectuales y políticos: sus partidarios naturales son los miembros privilegiados de la sociedad que forman una minoría dentro del todo; de modo que, faltos del apoyo general, los grupos sociales dominantes tendrán que depender exclusivamente de la coacción para salvaguardar la estructura de poder existente. De hecho, las ideologías dominantes convencen a menudo a los más desprotegidos de que - la actual distribución del poder y la riqueza es justa y mutuamente con - veniente. A veces han de recabar tal cantidad de apoyo, que la socie - dad parece, en palabras de Marcuse, un sistema unidimensional y ce - rrado donde las elites ejercen su indisputable autoridad, ¿Cómo se las arreglan las ideologías dominantes para producir lo que Gramsci denominó el «cemento» de la cohesión social? ¿Es por - que, como Marx y Engels parecen indicar, las elites controlan las ins - tituciones culturales, como puedan ser la educación y los medios de comunicación, a través de los cuales se moldea la opinión popular? ¿Significa esto que los grupos sociales dominantes pueden imponer sus creencias a las masas desprotegidas? En consecuencia, ¿a los gru- pos sojuzgados se les engaña, se les manipula, se les lava el cerebro? Si ésta es la única base de la integración política, es difícil explicar por qué las sociedades suelen ser tan resistentes a los cambios radica - les, pues, a lo que parece, las contradicciones del capitalismo todavía no están a punto de estallar e irrumpir dentro de los rosales del socia - lismo igualitario. Y es que ¿acaso las mentes de los seres humanos no son otra cosa que receptáculos pasivos listos para llenarlos con la complicidad engañosa de las ideas de las clases dominantes? En reali - dad, ¿es tan estúpida la gente normal? ¿O bien las opiniones de las clases dominantes son eficaces porque se corresponden con las prácticas sociales? La ideología de la clase dominante, a diferencia de la de sus oponentes, defiende la dismbu-

ción del poder y la riqueza hoy vigentes y pone de mardiesto que su

ideal social es el de los acuerdos actuales. ¿Acaso todo esto le faculta para nutrirse de las percepciones que nacen de la experiencia diaria y a la vez moldearlas? Cabe la posibilidad de que las personas que nor - malmente están habituadas a las desigualdades sociales estén predis - puestas a creer que la actual estructura del poder es natural e inmuta - ble. En consecuencia, una ideología socialista como la de Bem, que exige la transformación igualitaria de la sociedad, puede parecerles maligna y extravagante, mientras que la ideología conservadora de li-

hrc nicrcatlo qiir tlcl'icntlc las <iesigiialdadessociales y presenta a la ri- q u c ~ ~ c o i i i o~ I I ; I I Y ~ ¡ : I ~ ; Idel iii teres público priede parecerles sensitiva y rcnlist~i.I>c aquí que. lejos dc estar en desventaJa. la ideología de la clíisc rcctorn piictie tlisfi.utar de una posición intrínsecamente favora - hle sobrc sus opoiiciircs. Tal vez sus opiniones estén profundamente engrniixlas en I J ~(iciccladactual. hasta el punto de ser sinónimas de « ~ ~ido i coniúril >>.u~iiioseíialara Grarnsci en su análisis sobre la hege- ii~onínidcoló~ii.;~. 1.. iina vez niris. hay distintas explicaciones, m u y coiiiplc,ns. tlc 1x11.qué con harta frecuencia las ideologías consiguen ;itlcpros cii lo\ wcior-cs w c i n l c c más insospecliados. /Iiinqiic s6lo ilc pasada. ya he señalado algunas de las cuestiones I ~ C C U ~ I ~ C I I ~ C Sen lo< icxtos sobre In idcología. LJn tratamiento adecuado cui~ir-í:iun mili<¡\ c'xtciiso. i i i i tanto abstriicto, que tal vez. iiiás que ari.ciJar luz sobr-c este plinto, crearía niayor confusih. En cualquier caso. i~ucstrool?jeti'o no es adcntrarnos en un conlplejo debate sobre los prohlciiiah n1ciodol6gicos que se plantea11 en torno al concepto de la ideología. 1 3 .cr de ello. dedicando una mayor extensión al caso británico, conl.i;iiiios en poder ofrecer una exposición relritivameiite dirccia dc los orígenes sociales e intelectuales, y de su subsiguiente desarrollo. de nlguiixs de las principales ideologías que estrín prese~ltes en la sociedad modcrna. Ciertos interrogantes que plantea el concepto de la ideología son, por tanto, tangenciales a nuestro estudio, mientras qile en la exposici61i de cada ideología surgirán las respuestas a otras preguntas, siquiera se;i de forma implícita.

Preciso es analizar una característica de la controversia ideológica porque incide en los distintos capítulos de esta obra: se trata del hecho de que las representaciones sociales antagónicas se construyen a partir de un fondo común de conceptos compartidos. La sociedad se asemeja a un campo de batalla donde compiten las ideologías para quedar vic- toriosas. Pero esta confrontación no supone un eterno combate entre sistemas de creencias arcanas y terminantes, sino que todas las ideolo- gías se adaptan a las cambiantes circunstancias sociales: se da un pro- ceso continuo en el que algunas ideas se corrigen o desechan y otras nuevas se absorben por vez primera dentro de la particular perspectiva que se tenga de la sociedad. Los contendientes ideológicos persiguen una ventaja estratégica sobre los demás mediante una constante rede-

finición y ajuste de su propia postura. Y esta batalla por conseguir la

hegemonía se libra en el terreno lingüístico: se produce un continuo forcejeo por asignar significados ideológicos a los términos comunes del discurso político.

I N T R O D U C C I ~ N :EL MUNDO DE LA IDEOLOG~A 37

La razón de este enfoque lingüístico del debate ideoMgico es que los conceptos políticos no transcurren por la historia con un significa - do fijo e inherente a su esencia, sino que básicamente son conceptos controvertidos que incorporan distintos significados, con frecuencia incompatibles. La idea de nación, por ejemplo, proporciona una mate - ria prima muy dúctil, a partir de la cual se pueden construir diversas perspectivas ideológicas. Como Richard Jay ilustra en el capítulo so -

bre el nacionalismo (cap. 61, se ha utilizado para promover diversos

objetivos sociales: por los liberales del siglo XIX, que concitaron el apoyo de la gente para la creación de un Estado centralizado contra la resistencia de los terratenientes; por los socialistas del siglo xx,que lucharon por la liberación contra el dominio colonial; y en la Gran Bretaña de hoy, por los grupos proclives a la derecha (desde los c9n- servadores patrióticos a los fascistas racistas) que evocan los recuer - dos de la grandeza nacional y la supremacía imperial. Al igual que ocurre con otros conceptos, su uso no es monopolio de un solo grupo o clase social, sino que se apropian de él intereses sociales antagóni - cos. Ningún grupo posee un surtido de conceptos de su propia exclusi - vidad, sino que ha de orquestar sus temas ideológicos específicos a partir de un repertorio lingüístico común. Esta batalla lingüística es claramente visible cuando se considera un plano histórico muy extenso. Inicialmente se puede asignar a un concepto un significado ideológico que le ligue a los intereses de un grupo social dado. Posteriormente, sin embargo, se le pueden atribuir varios significados en beneficio de intereses diversos. El liberalismo, como se verá en el siguiente capítulo, dio origen a algunos conceptos que más tarde utilizaron los partidarios de otras ideologías: el consti- tucionalismo, el gobierno representativo, las libertades civiles, y de -

más. Estas ideas se han instaIado hoy en el seno de unas ideologías n -

vales donde su significado concreto procede de la perspectiva social en su conjunto. Una de estas ideas es la de la economía de mercado libre que los li - berales formularon en el siglo xvrrr en su empeño por liberar a la so- ciedad del control paternalista de la aristocracia. Pero eventualmente

el concepto capitalista del laissez-faire se desgajó de su contexto ideo -

lógico original y se le asignaron otras connotaciones. Así, por ejem - plo, muy pronto se incorporó al conservadurismo que lo utilizó pnnci-

palmente para defender la estructura de poder establecida y no para

oponerse a ella. El concepto de un gobierno minimalista ha permane - cido como una constante dentro del conservadurismo. En la actualidad refuerza la campaña conservadora para liberar al capital privado de las trabas no del patemalismo aristocrático, sino del intervencionismo del Estado de bienestar. Como en otros tantos conceptos, el significado original de mercado libre se ha modificado al compás de la evolución de las prácticas sociales.

gal y 1 lilary Wniiiwr~lit. R r w t i d rhc Frapments: Fcniini.sm and rhr Makin,? e/'SocYa- ii.rni. Mcrlin. 1,ondori. 1070. constituye una acreditada revaloración del movimiento fc- ininit~icn Gran Brct;iiia. Snhrc el ~nc~viniicnrn rci,. cstán Jcffrey Weeks, Coniing 0111: Ilon~ose.~italPolirics i:i H I i ~ u i i i .fi.oni rhr V i ~ i c ~ ~ r ~ r i r l rCrntitr- ro [he Pi.csrnr. Quartet, Lmdoii. 1977, y Gray Lcft C'olleciive [cd ). I l n n i o s c r i r n l i r ~ :POM,PI.and Pnliiic~c., Allison and Busby, London.

I w n.

Diicna parle dc In\ tcsins sobre el concepto de ideología son tediosos y abstrusos. .lorgc 1.iii~ain. 7. 1 ~( ' i ~ r i i , ~ p lnf'ldroln,py. Hurchinson. Lnndon. 1979, es una buena in- troduccicin. aunquc difícil. Alv~nW. Ciouldner, Thc Dialecric ~ f I d r o l o , q yancl Techno- io,q. 711c Oi.r,prtl,.(;rt~rnmiii.i ~ n dFIIIIIIT of I d r o l o ~! ~ , Macmillan. London, 1976 Jed. esp.. 1.0 dilil6c.ric~odc lii i d r o l i ~ ~ i i ry lo rcc.nolo,pÍa, Alianza. Madrid, 19781. es un estu-

O10. ~ ~ l ' i \ i i ~ i ~ ~ l o .~ ~ 1 I. I C O. 0 > (ic ;iiiiplia visión. En cuanto a Marx, la mejor introducción

_c_ Rliilh~,P;irckli. , M i i i i '. r 'í'h(>oi.y i!f Itlrolo,qy, Crooni Ilcliii. Londoii, Ic)8?. VEasc iamhién .Inr?c 1,;trrniri. f M , ~ ~ - i i. . ~ ~ ~nnii Idrolo,q?. Macmill;ul. London. 1983. Niprl Il;iri.i<. Hrlr(.F~ir1 5 o r. i r. 1 ~ .T h r Prnhicm nf Idroln,qy. Penguin, Harmond5- wnnh. 1971. ponc dc iri:inifie<in hilen;¡ partc de las inscnsatcces que sc han escrito so- hrc e1 cnnreptn rlc idcnltipí;i y. consecuentemente. es un punto dc partida niu) úiil para iodo ;iqiiel que qiiicr:~:ihoiidr algunas de las preguntas planteadas, pero no contesta - das. cii I;i sección whrc ~ ~ P r o h l c i n ndc anilisis~.Johri Plamcnatz, Idr<~lo,q?. Macmi- I l n n. I.iiriilnn. 1C)71. ~r;iis:iIgiiiios de los problemas con precisión analítica. Lewis S. I;ciirr. I d ~ i ~ / n c \niiii ilir lilcnl~,qi.ris. Rasil Blackwcll, Oxford. 1075, aborda algunos dc Im prnhlema\ ep~sicnioiógico.;y sociológicos de una iiiancra original y polémica (a nii cntcntlcr, insaticlactoi-ia). y puede ser atractivo para lectores que deseen un antídoto contra las opiniones que sc expresan en la «Introducción>,. Brian Fay. S(icial Thcory c i i d P d i t i c a l P i w / i c. c. Cieorge Allen and Unwin, London, 1975, ofrece un análisis in - teresante sobre el contenido ideológico del conociinienro social. Erich Frornm. Thc Fcar nf Freetlonl. 1942 (rcinip.. Routlcdge & Kegan Paul, London, 1960) [ed. esp.. El miedo (1 l a lihcr.tnd. 13.' ed.. Paidós, Buenos Aires, 19891, combina las reflexiones psi - cológicas y sociológicas en un intento de explicar el poder de captación de las masas que tienen las ideologías autoritarias como el fascismo. Tal vez sea la introducción más lúcida al aspccio prose:itista de las ideologías. En este capítulo se ha mencionado varias veces a Gramsci debido a la claridad que aportó sobre este tema. Sus Selecrionsfrom r h Prison~ Norehooks. ed. Quinlori Hoare y Gcoffrey Nowell Smith. Lawrence and Wishaii, London, 197 1 (ed. esp., Citudernos de la cárcel, Magisterio Espaiiol, Madrid, 19781, es muy difícil, si bien la valiosa intro - ducción a la obra es sumamente íitil. Una breve introducción a su vida y a su peiisa- miento se la debemos a James Joll, Grarnsci, Fontana, London, 1977. El estudio más completo es el de J. Femia, Grarnsci's Political Thoughr, Oxford University Press, Ox- ford, 198 1. Tambien es una buena obra, cspecialrnente por lo que se refiere al concepto de hegemonía, Carl Boggs, Gramsci's Marxism, Pluto, London, 1976. Y, además, Ro- ger Simon, Grarnsci's Political Thoughr: An Inrroduction, Lawrence and Wishart, London. 1982.

  1. LIBERALISMO

El objetivo [del liberalismo] es crear una nación, pero no una nación de trabajadores obedientes, si bien tratados con afabilidad, y dependientes de una clase rica y minoritaria, tenedora única de las ventajas y el disfrute de la vida civilizada: ni tampoco de un proletariado instrumentalizado, contro - lado, al que un grupo de dictadores o de burócratas, actuando en nombre del Estado, le proporcione ciertas comodidades de tipo estándar; sino una nación de hombres y mujeres libres, dignos de confianza, respetuosos con la ley y confiados en sí mismos, libres de la atenazadora opresión de la ser - vidumbre de la pobreza y (hasta donde los hombres sean capaces de lograr- lo) de la tiranía de las circunstancias; hombres de cuerpos sanos y mente despierta y disciplinada; que tengan acceso a una igualdad de oportunida- des auténtica para rendir lo mejor de sus facultades y en el máximo grado, en provecho propio y en el de su comunidad, y de elegir la forma de vida más acorde con sus aptitudes: que verdaderamente participen en la respon - sabilidad de regir la dirección de sus intereses comunes y las condiciones de su propia vida y de su trabajo; y a los que se garanticen las horas de des - canso necesarias para una vida plena y para poder gozar de los encantos de la naturaleza, la literatura y las artes. T h e L i b e r a l W a y : A Survey of L i b e r a l P o l i c y , London 1934, pp. 221-222.

En el presente capítulo el liberalismo se presmta como una ideolo- gía más integrada de lo que muchos comentarista? académicos reco- nocen, y ciertamente más de lo que los propios liberales proclaman. Un reproche que suele hacerse a los liberales es que se complacen en florituras retóricas a falta de una precisión ideológica. Los liberales

profesan un gran amor por la libertad y abanderan su causa en cual-

quier ocasión que se presente. Ahora bien, en sí mismo el compromiso con la libertad individual no indica ni una perspectiva ideológica rigu -

rosa, ni un programa ideológico nítidamente definido. La mayoría de

los conservadores y de los socialistas, y también los liberales, sitúan la

libertad en el primer puesto del catálogo de sus valores políticos y,

como se indica en el capítulo que sirve de «Introducción», el desa - cuerdo entre la amplitud y el tipo de actividad gubernativa que se re- quieren para garantizar y fortalecer la libertad personal, es más que notable. A lo largo de los tres últimos siglos, los liberales han ofreci- do diversas versiones, aparentemente contradictorias, acerca de la co -

rrecta relación entre el individuo y el gobierno. En la historia del li -

beralismo hay un buen muestrario de desperdicios para cualquiera

quc sc sicnta tcii1;iclo tlc nciisnr a siis partidarios dc conl'usionisrno ideo- lógico. Nuestro ob.jc,tivo cs cleniostrar que existe un enfoque liberal. dife- renciado y relativniiiciitc coherente. En la primera parte se analizan al- gunos dc los íactoi-cs. tanto conceptuales como históricos, que trans - miten la impresión de cierta inconsistencia ideológica. La segunda parte. que a rasgos generales describe la historia del liberalismo in - glés. pretcnde an~ilimrla evolución de la identidad de dicha ideología. Finnlnicntc. se ascgurii que los pobres resultados electoralcs del Parti - do Liberal en estc siglo no implican, necesariamente, su desintegra- cicín ideológica. Eri todo momento el objetivo es establecer la cohe - rencia del liberalismo (lo cual no debe entenderse, desde luego, como reipaltlo ni a la perspectiva liheral, ni a las políticas del Partido Li- hem 11.

El adjetivo «liberal» denota una actitud mental más bien que un credo político. En nuestra sociedad, ser liberal es la piedra de toque de una persona civili;.ad:i, de mente abierta, generosa, tolerante, dispues - ta a sacrificar sus propios intereses en pro del bien público, y presta a abordar cualquier c~iestióndesde un punto de vista imparcial y racio - nal, libre de todo prejuicio y superstición. Este es el motivo de que muchas personas se autocalifiquen como mentes liberales aun cuando no apoyen el liberalismo como ideología. Tales personas no gustan de las leyes autoritarias y suelen oponerse a las prácticas que descalifican a determinados grupos sociales. El derecho a la libertad de palabra, al piquete y a la protesta, a los derechos de la mujer, de los homosexua - les, de los presos y de las minorías étnicas se encuentra entre los argu - mentos que defienden las gentes de mentalidad liberal. En tal sentido del término, la mayoría de los socialistas y algunos conservadores son, a su vez, liberales. El sustantivo «liberalismo» tiene un origen más reciente que el ad - jetivo «liberal». Se utilizó por vez primera para designar una creencia política diseñada por los escritores españoles, franceses e ingleses a principios del siglo pasado, a menudo como definición hostil hacia las personas que expresaban opiniones radicales o progresistas. Pronto se deshizo de sus connotaciones negativas y pasó a ser un distintivo polí- tico respetable. Y, así, a mediados del siglo XIX los whigs ingleses se reconvirtieron en el Partido Liberal.

LIBERALISMO 43

El problema estriba en que algunas de las acepciones que en princi - pio se adscribieron al adjetivo «liberal» se introdujeron en el nuevo término «liberalismo». Los partidarios de la ideología liberal habían intentado, y no contra natura, cultivar una imagen liberal de sí mismos en el sentido más tradicional: personas magnánimas que preferían la discusión racional y el bien común al extremismo ideológico y la con - secución de intereses partidistas. Según Jo Grimond, uno de los pri- meros líderes del Partido Liberal Británico, «actuar liberalmente equi - vale a decir obrar con generosidad, e implica ser pródigo. Evoca ideas de aliento, luminosas, razonables y bellas»'. De acuerdo con este jui- cio de valor, el liberalismo equivale a la expresión política de aquellos valores civilizados que durante tanto tiempo ha ensalzado nuestra so- ; ciedad; en boca de J. M. Keynes, «liberal es cualquiera que posea una gran sensibilidad». La aceptación positiva del término no se limita a los adeptos al cre - do liberal. Lo mismo que el adjetivo ha denotado durante mucho tiem- po una visión saludable de la vida, el sustantivo «liberalismo» suele utilizarse hoy día como expresión abreviada de lo que se consideran como las características más deseables de nuestra cultura política, ra - zón por la cual, valga de ejemplo, las sociedades occidentales acos - tumbran a describirse con el socorrido término de «liberales capitalis - tas», con lo que se quiere significar que propician los valores más elevados y ofrecen un escudo para proteger los derechos y libertades del individuo, más eficaz que las denominadas sociedades totalitarias del este de Europa. Pero esta acepción del término es excesivamente amplia e impreci - sa para definir los rasgos diferenciadores del liberalismo como ideolo - gía. En su acepción usual, el liberalismo es poco más que una arnalga- ma de valores que ninguna persona honrada rechazaría. Como tal, casi parece que fuera la panacea del mundo político: un surtido de buenas intenciones que no están debidamente ordenadas. Es decir, el empleo más común del término no pone de manifiesto una perspectiva ideoló - gica coherente. Una secuencia analítica más provechosa es la de in -

vestigar sus orígenes sociales y la subsiguiente evolución del libera -

lismo.

EL LI BE RALI SMO Y E L MUNDO MO DERN O

Incluso esta secuencia analítica no está libre de añagazas. Si bien el

término «liberalismo» no se acuñó hasta el siglo xix, a p ~ r kde enton -

ces se ha ido depurando hasta convertirse en un concepto útil para cla-

' Joseph Gnmond, The Liberal Challenge, Hollis and Carter, London, 1963, p. 33.