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Clase de Carlos Taibo sobre la Teoría del Decrecimiento Económico y el colapso
Tipo: Apuntes
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Doce preguntas sobre el decrecimiento
Carlos Taibo
La visión dominante en las sociedades opulentas sugiere que el crecimiento económico es la panacea que resuelve todos los males. A su amparo --se nos dice-- la cohesión social se asienta, los servicios públicos se man�enen, y el desempleo y la desigualdad no ganan terreno. Sobran las razones para recelar, sin embargo, de todo lo anterior. El crecimiento económico no genera --o no genera necesariamente-- cohesión social, provoca agresiones medioambientales en muchos casos irreversibles, propicia el agotamiento de recursos escasos que no estarán a disposición de las generaciones venideras y, en fin, permite el asentamiento de un modo de vida esclavo que invita a pensar que seremos más felices cuantas más horas trabajemos, más dinero ganemos y, sobre todo, más bienes acertemos a consumir. Frente a esto se impone la certeza de que, dejado atrás un nivel elemental de consumo, el acrecentamiento irracional de este úl�mo es antes un indicador de infelicidad que una muestra de lo contrario. Es razonable adelantar, por lo demás, que la crisis general por la que atravesamos está llamada a permi�r que la conciencia en lo que respecta a estos sinsen�dos se asiente en una parte significada de la ciudadanía.
Son tres los pilares en los que se sustenta tanta irracionalidad. El primero es la publicidad, que nos obliga a comprar lo que no necesitamos y, llegado el caso, exige que adquirimos, incluso, lo que nos repugna. El segundo es el crédito, que históricamente ha permi�do allegar el dinero que permi�a preservar el consumo aun en ausencia de recursos. El tercero es la caducidad de los bienes producidos, claramente programados para que en un período de �empo breve dejen de funcionar, de tal suerte que nos veamos en la obligación de comprar otros nuevos. Por detrás de todo ello despunta, en palabras de Z. Bauman, la certeza de que "una sociedad de consumo sólo puede ser una sociedad de exceso y prodigalidad y, por ende, de redundancia y despilfarro".
Los indicadores económicos que nos vemos obligados a u�lizar --así, el producto interior bruto (PIB) y afines-- han permi�do afianzar, en palabras de J.K. Galbraith, "una de las formas de men�ra social más extendidas". Pensemos que si un país retribuye al 10% de sus habitantes por destruir bienes, hacer socavones en las carreteras, dañar los vehículos..., y a otro 10% por reparar esas carreteras y vehículos, tendrá el mismo PIB que un país en el que el 20% de los empleos se consagre a mejorar la esperanza de vida, la salud, la educación y el ocio. Y es que la mayoría de esos indicadores contabiliza como crecimiento --y cabe suponer también que como bienestar-- todo lo que es producción y gasto, incluidas las agresiones medioambientales, los accidentes de tráfico, la fabricación de cigarrillos, los fármacos y las drogas, o el gasto militar. Esos mismos indicadores apenas nada nos dicen, en cambio, del trabajo domés�co, en virtud de un código a menudo impregnado de machismo, de la preservación obje�va del medio ambiente --un bosque conver�do en papel acrecienta el PIB, en tanto ese mismo bosque indemne, decisivo para garan�zar la vida, no computa como riqueza--, de la calidad de los sistemas educa�vo y sanitario --y en general de las ac�vidades que generan bienestar aunque no impliquen producción y gasto--, o del incremento del �empo libre. De resultas puede afirmarse que la ciencia económica dominante sólo presta atención a las mercancías --lo que se �ene o no se �ene--, y no a los bienes que hacen que alguien sea algo (F. Flahault), en un escenario en el que "las ideas rectoras de la modernidad son más , mayor , más deprisa , más lejos " (M. Linz).
Son muchas, sí. Hay que preguntarse, por ejemplo, si no es cierto que en la mayoría de las sociedades occidentales se vivía mejor en el decenio de 1960 que ahora: el número de desempleados era sensiblemente menor, la criminalidad mucho más baja, las hospitalizaciones por enfermedades mentales se hallaban a años luz de las actuales, los suicidios eran infrecuentes y el consumo de drogas escaso. En
EE.UU., donde la renta per cápita se ha triplicado desde el final de la segunda guerra mundial, desde 1960 se reduce, sin embargo, el porcentaje de ciudadanos que declaran sen�rse sa�sfechos. En 2005 un 49% de los norteamericanos es�maba que la felicidad se hallaba en retroceso, frente a un 26% que consideraba lo contrario. Son muchos los expertos que concluyen, en suma, que el crecimiento en la esperanza de vida al nacer registrado en los úl�mos decenios bien puede estar tocando a su fin en un escenario lastrado por la extensión de la obesidad, el estrés, la aparición de nuevas enfermedades y la contaminación.
En los países ricos hay que reducir la producción y el consumo porque vivimos por encima de nuestras posibilidades, porque es urgente cortar emisiones que dañan peligrosamente el medio y porque empiezan a faltar materias primas vitales. "El único programa que necesitamos se resume en una palabra: menos. Menos trabajo, menos energía, menos materias primas" (B. Grillo). Por detrás de esos impera�vos despunta un problema central: el de los límites medioambientales y de recursos del planeta. Si es evidente que, en caso de que un individuo extraiga de su capital, y no de sus ingresos, la mayoría de los recursos que emplea, ello conducirá a la quiebra, parece sorprendente que no se emplee el mismo razonamiento a la hora de sopesar lo que las sociedades occidentales están haciendo con los recursos naturales. Aunque nos movemos --si así quiere-- en un barco que se encamina directamente hacia un acan�lado, lo único que hemos hecho en los úl�mos años ha sido reducir un poco la velocidad sin modificar, en cambio, el rumbo. Para calibrar la hondura del problema, el mejor indicador es la huella ecológica, que mide la superficie del planeta, terrestre como marí�ma, que precisamos para mantener las ac�vidades económicas. Si en 2004 esa huella lo era de 1,25 planetas Tierra, según muchos pronós�cos alcanzará dos Tierras --si ello es imaginable-- en 2050. La huella ecológica igualó la biocapacidad del planeta en torno a 1980, y se ha triplicado entre 1960 y 2003. En paralelo, no está de más que recordemos que en 2000 se es�maban en 41 los años de reservas de petróleo, 70 los de gas y 55 los de uranio.
Los dirigentes polí�cos, marcados por un irrefrenable cortoplacismo electoral, prefieren dar la espalda a todos estos problemas. De resultas, y en palabras de C. Castoriadis, "quienes preconizan 'un cambio radical de la estructura polí�ca y social' pasan por ser 'incorregibles utopistas', mientras que los que no son capaces de razonar a dos años vista son, naturalmente, realistas". Todo pensamiento radical y contestatario es �ldado inmediatamente de extremista y violento, además de patológico. La idea, supers�ciosa, de que nuestros gobernantes �enen soluciones de recambio se completa con la que sugiere que la ciencia resolverá de manera mágica, antes o después, todos estos problemas. No parecería lógico, sin embargo, construir un "rascacielos sin escaleras ni ascensores sobre la base de la esperanza de que un día triunfaremos sobre la ley de la gravedad" (M. Bonaiu�). Más razonable resultaría actuar como lo haría un pater familias diligens , que "se dice a sí mismo: ya que los problemas son enormes, e incluso en el caso de que las probabilidades sean escasas, procedo con la mayor prudencia, y no como si nada sucediese" (C. Castoriadis). No es ésta una carencia que afecte en exclusiva a los polí�cos. Alcanza de lleno, antes bien, a los ciudadanos, circunstancia que da crédito a la afirmación realizada por un an�guo ministro del Medio Ambiente francés: "La crisis ecológica suscita una comprensión difusa, cogni�vamente poco influyente, polí�camente marginal, electoralmente insignificante".
A buen seguro que no es suficiente con acometer reducciones en los niveles de producción y de consumo. Es preciso reorganizar en paralelo nuestras sociedades sobre la base de otros valores que reclamen el triunfo de la vida social, del altruismo y de la redistribución de los recursos frente a la propiedad y al consumo ilimitado. Los verbos que hoy rigen nuestra vida co�diana son " tener-hacer-ser ": si tengo esto o aquello, entonces haré esto y seré feliz. Hay que reivindicar, en paralelo, el ocio frente al trabajo obsesivo. O, lo que es casi lo mismo, frente al "más deprisa, más lejos, más a menudo y menos caro" hay que contraponer el "más despacio, menos lejos, menos a menudo y más caro" (Y. Cochet). Debe apostarse, también, por el reparto del trabajo, una vieja prác�ca sindical que, por desgracia, fue cayendo en el olvido con el paso del �empo. Otras exigencias ineludibles nos hablan de la necesidad de reducir las dimensiones de muchas de las infraestructuras produc�vas, de las organizaciones administra�vas y de los sistemas de transporte. Lo local, por añadidura, debe adquirir una rotunda primacía frente a lo global en un escenario marcado, en suma,
certeza de que, si no decrecemos voluntaria y racionalmente, tendremos que hacerlo obligados de resultas del hundimiento, antes o después, del capitalismo global que padecemos.
Los argumentos ver�dos contra el decrecimiento parecen poco relevantes. Se ha señalado, por ejemplo, y contra toda razón, que la propuesta se emite desde el Norte para que sean los países del Sur los que decrezcan materialmente. También se ha sugerido que el decrecimiento es an�democrá�co, en franco olvido de que los regímenes que se ha dado en describir como totalitarios nunca han buscado, por razones obvias, reducir sus capacidades militar-industriales. Más bien parece que, muy al contrario, el decrecimiento, de la mano de la autosuficiencia y de la simplicidad voluntaria, bebe de una filoso�a no violenta y an�autoritaria. La propuesta que nos interesa no remite, por otra parte, a una postura religiosa que reclama una renuncia a los placeres de la vida: reivindica, antes bien, una clara recuperación de éstos en un escenario marcado, eso sí, por el rechazo de los oropeles del consumo irracional. El proyecto de decrecimiento nada �ene, en suma, de ecologismo tontorrón y asocial: se asienta en el firme designio de combinar el ecologismo fuerte con las luchas sociales de siempre. En esta úl�ma dimensión �ene por necesidad que contestar la lógica del capitalismo con el doble propósito de salvar el planeta y salvar la especie humana. No hay decrecimiento plausible, en otras palabras, si no se contestan en paralelo el orden capitalista y su dimensión de explotación, injus�cia y desigualdad. Esa tarea no parece di�cil: "La ecología es subversiva porque pone en cues�ón el imaginario capitalista que domina el planeta. Rechaza el mo�vo central, según el cual nuestro des�no estriba en acrecentar sin cesar la producción y el consumo. Muestra el impacto catastrófico de la lógica capitalista sobre el medio natural y sobre la vida de los seres humanos" (C. Castoriadis).
Aunque, con certeza, el debate sobre el decrecimiento �ene un sen�do dis�nto en los países pobres --está fuera de lugar reclamar reducciones en la producción y el consumo en una sociedad que cuenta con una renta per cápita treinta veces inferior a la nuestra---, parece claro que aquéllos no deben repe�r lo hecho por los países del Norte. No se olvide, en paralelo, que una apuesta planetaria por el decrecimiento, que acarrearía por necesidad un ambicioso programa de redistribución, no tendría, por lo demás, efectos notables en términos de consumo convencional en el Sur. Para esos países se impone, en la percepción de S. Latouche, un listado diferente de " re ": romper con la dependencia económica y cultural con respecto al Norte, reanudar el hilo de una historia interrumpida por la colonización, el desarrollo y la globalización, reencontrar la iden�dad propia, reapropiar ésta, recuperar las técnicas y saberes tradicionales, conseguir el reembolso de la deuda ecológica y res�tuir el honor perdido.