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Sobre teología y educacion en el area de filosofía
Tipo: Guías, Proyectos, Investigaciones
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por San Luis María Grignion de Montfort Concepto nº. pág.
Índice General…………………………..…. 1 Presentación……………....................…….. 2 Introducción……………………………….. 2 Oración a la Sabiduría eterna……………… 1 5 Avisos que la Divina Sabiduría da a los príncipes y potentados del mundo en el capítulo 6 del Libro de la Sabiduría...… 3 6 Reflexiones del Autor……………………… 5 6
Parte I
Es necesario conocer, amar, buscar a la Sabiduría eterna y encarnada: Jesucristo… 7 Capítulo I
Para amar y buscar la Divina Sabiduría es menester conocerla…………………… 8 7 Parte II
Lo que la Sabiduría eterna es en sí misma y con relación a nuestras almas…………. 9 Capítulo II
Origen y excelencia de la Sabiduría eterna, en sí misma……………………………… 15 9 Capítulo III
Prodigios del poder de la Divina Sabiduría en la creación del mundo y del hombre… 31 10 Capítulo IV
Prodigios de bondad y de misericordia de la Sabiduría eterna antes de su Encarnación.. 41 11 Capítulo V
Maravillosa excelencia de la Sabiduría eterna (en relación a nuestras almas)…… 52 13 Capítulo VI
Apremiantes deseos que tiene la Divina Sabiduría de comunicarse a los hombres.. 64 14 Capítulo VII
La elección de la Divina Sabiduría………… 16
I – Falsa sabiduría del mundo…………... 74 16 II – Sabiduría natural…………………….. 84 16 Capítulo VIII
Maravillosos efectos de la Sabiduría eterna en las almas que la poseen………………. 90 18 Parte III
La Sabiduría encarnada: su vida, Su mansedumbre, sus oráculos, su muerte…. 20
Concepto nº. pág. Capítulo IX La encarnación y la vida de la Sabiduría eterna……………………….. 104 20 Capítulo X Encantadora hermosura y dulzura inefable de la Sabiduría eterna…………………. 117 22 Capítulo XI Dulzura de la Sabiduría encarnada en su conducta…………………………. 123 23 Capítulo XII Los principales oráculos de la Sabiduría encarnada, que es preciso creer y practicar para salvarnos………… 133 24 Capítulo XIII Breve resumen de los inexplicables dolores que la Sabiduría encarnada quiso padecer por nuestro amor………… 154 27 Capítulo XIV El triunfo de la Sabiduría eterna en la Cruz y por la Cruz………………… 167 29 Parte IV Medios de adquirir la Sabiduría eterna y encarnada. María es el medio más eficaz…………… 31 Capítulo XV Primero y segundo medio para adquirir La Divina Sabiduría: deseo ardiente, oración continua………. 181 31 Capítulo XVI Tercer medio: Mortificación universal…… 194 33 Capítulo XVII Cuarto medio: Tierna y verdadera devoción a la Santísima Virgen………… 203 34 Consagración de sí mismo a Jesucristo la Sabiduría encarnada, por medio de María…………………….. 223 37 EPÍLOGO Del P. Battista Cortinovis Presentación………………………………. 1 38 Dios nos ama primero…………………….. 2 39 El amor de Jesucristo……………………... 3 39 La Sabiduría y la Cruz……………………. 4 40 El camino de la Cruz……………………… 5 40 Para obtener la Sabiduría…………………. 6 41 Una primicia del Tratado…………………. 7 42 La fórmula de la consagración……………. 8 43 La ciencia de los Santos………………….. 9 43 Historia del texto…………………………. 10 44 Nueva valoración…………………………….. 11 45 Títulos publicados……………………………. 45 Santo Rosario………………………………… 47
La Sociedad Grignion de Montfort, que ha dado a luz tres de las obras del Santo devoto de María, no creería ser fiel al espíritu montfortiano si no añadiera a la lista de sus publicaciones la de este Tratado EL AMOR DE LA SA- BIDURÍA ETERNA. Porque es, a no dudarlo, una de las principales obras del Santo y la que contiene la clave para comprender plenamente su espiritualidad.
El P. Henri Huré -citado también por los PP. Pío Suá- rez y Luis Salaün- escribe en la edición que hizo de esta obra: «Montfort ha escrito dos obras importantes: El Amor de la Sabiduría Eterna y el Tratado de la Verdade- ra Devoción a la Santísima Virgen. Esta última no es más que el magnífico comentario del capítulo XVII de la pri- mera y su complemento indispensable. El Amor de la Sa- biduría Eterna es un libro de capital importancia. El y sólo él nos presenta la espiritualidad montfortiana en su conjunto...».
Y así es en realidad. Porque el Santo trabajó deteni- damente y durante muchos años de su vida en esta obra básica. Comprendía él -y lo experimentaba- que no todos entendían su doctrina de la esclavitud mariana tal como él la practicaba y exponía. La tildaban de un mariocen- trismo contrapuesto al Cristocentrismo espiritual. ¿No es Cristo el centro y el fin de nuestra vida espiritual, como quiera que El es Dios, nuestro Redentor, Mediador, Autor de los Sacramentos fuentes de la gracia y de nuestra san- tificación? Y parecía que la Mariología de San Luis M.ª Grignion de Montfort relegaba a segundo término la Cris- tología, la minorizaba y aun la casi suprimía.
Cierto es que semejante apreciación de la espirituali- dad monfortiana era y es totalmente falsa. Pero su insis- tencia en la mediación de María para llegar a Cristo, era así mal interpretada. El Santo, pues, que tanto amaba a Jesús y que la misma esclavitud mariana basaba en las promesas bautismales y en el compromiso de todo cris- tiano de entrega a Jesús, no podía tolerar semejante falsi- ficación de su doctrina. Quiso, pues, dejar bien claras las bases de su espiritualidad, al tiempo que declaraba los fundamentos de su mariología.
La Sabiduría divina no es únicamente el Verbo Eterno hecho hombre -la Persona-, sino este Cristo que se nos da, que vive en nosotros, que nos santifica, que es nuestra vida. Pero este Cristo, esta Sabiduría Encarnada «amó la Cruz desde sus más tiernos años: La quise desde muchacho (Sb 8, 2). Apenas entró en el mundo, la recibió de manos del Padre en el seno de María. La colocó en su corazón, como soberana, diciendo: Dios mío, lo quiero; llevo tu ley en mis entrañas (Sal 40, 9). ¡Oh Dios mío y Pa- dre mío, escogí la cruz cuando estaba en tu seno! La vuelvo a elegir ahora en el de mi Madre» (n. 169). Así también el cristiano ha de escoger y aceptar la Cruz de Cristo que encuentra en su Madre. Grignion de Montfort encuentra siempre a Jesús en María, como Jesús encon- tró en el seno de su Madre aquella naturaleza humana que fue el instrumento de la Redención.
Cristo se abrazó con la Cruz; y lo mismo ha de hacer el cristiano. En ella encontrará la vida porque en ella está Cristo. Ello le lleva a la Consagración más plena y abso- luta; necesarísima si quiere ser totalmente de Cristo. Co- mo la Sabiduría Eterna es un don, es una entrega de Sí misma a nosotros, también nosotros hemos de entregar- nos más plenamente a la Sabiduría. Y ¿cómo podremos alcanzar esta unión tan perfecta con Cristo, Sabidu-ría Eterna? Cuatro medios pone el Santo: Deseo ardiente; oración continua; mortificación universal; y una verdade- ra y tierna devoción a la Santísima Virgen (c. XVII). Y a continuación explica en qué consiste la verdadera devo- ción a María. Capítulo maravilloso porque en síntesis ex- pone toda su doctrina sobre este tema. Y advierte: «Esta devoción, debidamente practicada, no sólo atrae el alma a Jesucristo, la Sabiduría Eterna, sino que la mantiene y conserva en ella hasta la muerte» (n. 220). Si los libros del Secreto de María, del Santo Rosario y Tratado de la Verdadera devoción a la Santísima Vir- gen son piezas excelentes para encontrar uno de los me- dios más eficaces de espiritualidad, porque por medio de María nos llevan a Jesús, éste de El Amor de la Sabidu- ría Eterna nos introduce en la misma fuente de la Santi- dad y del espíritu cristiano, enseñándonos, si cabe más, a encontrar a Jesús por, en, con y para María. P. FRANCISCO DE P. SOLÁ: S. J. Director de la Sociedad Grignion de Montfort
INTRODUCCIÓN Creen los hijos de San Luis María de Montfort que el Santo compuso esta obra en los primeros años de su vida sacerdotal, y aun apuntan como fecha probable el perío- do septiembre 1703-marzo 1704, cuando Montfort reside en París sin ocupación perentoria, recogido en su mise- rable cuartucho de la calle de Pot-de-Fer. Ciertamente, en ese período, como se ve por las car- tas que escribe a su hermana Luisa Grignion, y sobre to- do a María Luisa de Jesús, el Santo está lleno del senti- miento y del ansia de la Sabiduría divina. Léase lo que dice a María Luisa de Jesús el 24 de oc- tubre de 1703 desde el hospital de la Salpetriere: « Con- tinuad, redoblad más bien vuestras plegarias para alcan- zarme una pobreza aunque sea extrema, o una cruz pe- sadísima, o abyecciones y humillaciones... ¡Oh qué ri- queza! ¡Oh qué honor! ¡Oh qué satisfacción si todo esto me alcanza aquella divina Sabiduría por la cual suspiro día y noche! No, nunca cesaré de pedir este tesoro infini- to; y espero firmemente que lo alcanzaré…» (Carta 12). Y a la misma, en noviembre de aquel año: « Veo por experiencia que continuáis pidiendo a Dios la divina Sa- biduría para este miserable pecador mediante cruces; siento los efectos de vuestras plegarias, ya que hoy más que nunca me encuentro empobrecido, crucificado, humi- llado. Hombres y demonios, en esta gran ciudad de Pa- rís, me hacen una guerra bien amable y dulce» (Carta 13). No eran, ciertamente, nuevos en Montfort estos anhe-
enamoradas de Jesucristo. Baste recordar otra vez el Oratorio, San Sulpicio y San Lázaro (en este último vive el espíritu de San Vicente de Paúl); prescindamos de tan- tas órdenes y congregaciones religiosas, antiguas y mo- dernas, de hombres y de mujeres, donde, sin duda, reina el espíritu de Jesucristo. Pero acaso por encima de ese espíritu flota ya entonces, y se entra por los ojos y por todos los sentidos, un espíritu pagano de lujo, de molicie, de sensualidad, de corrupción. Acaso la misma ciencia, la misma sabiduría que se llama católica se resiente de profanidad y de hinchazón. Acaso no es la sabiduría ge- nuinamente cristiana, la sabiduría del Evangelio, que San Pablo considera como la única verdadera Sabiduría: «saber a Cristo, y a Cristo crucificado», Esa es la sabi- duría que Montfort echa de menos en muchos de sus con- temporáneos. Y ésa es la que él pide y busca para sí y la que querría infundir en todos los demás: la sabiduría de Cristo crucificado, la sabiduría de la cruz. Porque en el ambiente flota esplendoroso el concepto y la palabra de «sabiduría», titulará su libro El amor de la Sabiduría; pero la Sabiduría de que él va a escribir es la Sabiduría eterna anonadada, encarnada, crucificada.
* * * Es San Pablo el que a las inmediatas le inspira la pa- labra, el concepto y la realidad. «Los judíos piden seña- les y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predi- camos a Cristo crucificado: para los judíos, escándalo; para los griegos, necedad; mas para los mismos, ju-díos o griegos, una vez llamados a la fe, [predicamos] a Cris- to, poder de Dios y Sabiduría de Dios». Un Viernes San- to, en presencia de Luis XIV, Bourdaloue había hecho un comentario profundo y magnífico de estas palabras que se publicaron en 1692: «Cristo crucificado, poder de Dios y sabiduría de Dios». Fácilmente pudo leer esas es- pléndidas palabras Montfort mientras se preparaba al sacerdocio y después de ser sacerdote. Pero no había ne- cesidad de que las leyera en Bourdaloue. La lectura de San Pablo y, más todavía que esa lectura, la meditación de la vida, pasión y muerte de Jesucristo, nuestro Reden- tor, le habían enseñado que, en efecto, Jesucristo crucifi- cado es el gran milagro del poder y de la Sabiduría de Dios, la única verdadera Sabiduría. El amor de esa Sa- biduría es el que quiere encender en las almas con la composición de su libro.
* * * Tal vez, como indicábamos, es en París en los últi- mos meses de 1703 y primeros de 1704, sumergido en la mayor pobreza, desamparó y humillación, cuando se po- ne a redactar la obra, pensando, como puede creerse en las Hijas de la Sabiduría, a quienes se la ofrecerá en vís- peras de su muerte, como hecha para ellas.
Puesto a escribir, Montfort no se preocupa de ser original en la redacción. No tiene inconveniente en tomar algunos materiales, y aun muchas expresiones, de Saint Jure y acaso de otros autores. Lo peculiar en él será la armazón que dé a esos materiales. Lo característico, su amor abrasado a Jesucristo crucificado, y en él y por él, a la cruz con todo lo que la cruz encierra de dolores,
humillaciones y desprecios. Y al señalar los medios para alcanzar y conservar ese amor a la Sabiduría eterna cru- cificada, lo característico en él, su gran secreto, será la consagración total a la Santísima Virgen. Aunque a primera vista el estudio pudiera parecer menos ordenado, no es así ni mucho menos, sin negar que se le pudiera haber dado una distribución más regu- lar y más armónica. Como preliminares han de considerarse la «Oración para pedir la Sabiduría», que es al mismo tiempo dedica- toria del libro, y los «Avisos que la divina Sabiduría da a los príncipes y potentados del mundo», y en general a to- dos los hombres, para que la busquen. En el estudio mismo se distinguen claramente dos partes: I. Motivos que tenemos para amar la Sabiduría. II. Medios para adquirirla y conservarla. Véase un esquema rápido de cada una de estas par- tes: I. MOTIVOS QUE TENEMOS PARA AMAR LA SABIDURÍA: se toman, principalmente, de sus exce- lencias. Todavía un capítulo preliminar sobre la necesidad de conocer la Sabiduría para amarla (c. 1). Luego se considera: A. La Sabiduría en la eternidad. Excelencias de la Sabi- duría en sí misma (c. 2). B. Sabiduría en el tiempo. 1º. Antes de la encarnación: a) En la creación del mundo y del hombre (c. 3). b) En la preparación de la encarnación (c. 4). c) Su excelencia respecto de nuestras almas (c. 5). d) Deseos de darse a los hombres (c. 6). (Sigue un capítulo intercalar.) e) Elección de la verdadera Sabiduría (c. 7). f) Efectos maravillosos de la Sabiduría en las almas que la poseen (c. 8). 2°. En la encarnación y después de la encarnación: a) Encarnación, vida, muerte, resurrección y ascensión de Jesucristo, la Sabiduría encarna- da (c. 9). b) Hermosura de la Sabiduría en su nombre, en su semblante, en sus palabras (c. 10). c) Dulzura en sus acciones (c. 11). Principales oráculos de la Sabiduría encarnada (c. 12). Sufrimientos de la Sabiduría encarnada (c. 13).
Triunfo de la Sabiduría encarnada en la cruz y por la cruz (c. 14).
II. MEDIOS PARA ADQUIRIR Y CONSERVAR LA SABIDURÍA: 1º. Deseo ardiente de ella. 2º. Oración continua. 3º. Mortificación universal. 4º. Y principalísimo: tierna y verdadera devo- ción a la Santísima Virgen.
Como puede verse, hay en el libro digresiones que rompen un tanto la armonía del plan. Pero en conjunto el plan es nítido y consistente, y, desde, luego, hay un fin bien preciso al que se enderezan todos los razonamien- tos: el de hacer amar la Sabiduría eterna, y hacerla amar en sus oráculos, en su doctrina y en su vida; sobre todo en sus humillaciones, en su cruz.
Con razón se ha dicho que el tratado es «una síntesis poderosa de espiritualidad», en que se presenta netamen- te el fin a que el alma ha de aspirar -el amor, la unión, la imitación de Jesucristo crucificado- y los medios prác- ticos que ha de emplear para conseguir ese fin. Sin duda, lo más característico en el libro, como lo será en la vida toda de Montfort, es el haber señalado como medio prin- cipalísimo, necesario para llegar a Jesús, la verdadera devoción a la Santísima Virgen.
Todos los demás escritos de Montfort están penetra- dos de estos dos grandes amores: el de la cruz de Jesu- cristo (Carta a los Amigos de la Cruz) y el de Nuestra Señora (El secreto de María, El secreto admirable del ro- sario, La verdadera devoción a la Santísima Virgen). To- dos ellos tienen sus raíces en el tratado del Amor de la Sabiduría eterna.
La versión castellana que de él damos hoy está hecha sobre la edición «tipo», enteramente conforme al origi- nal, publicada en 1929, con una larga y erudita intro- ducción histórica sobre la « Idea de la Sabiduría en la espiritualidad cristiana y la consagración mariana que va unida a ella». Fírmala H. H. Es una edición primoro- sa y sumamente práctica.
De ella tomamos los números marginales, con el fin de facilitar y unificar las referencias en cualquier estudio que del tratado se quiera hacer. En las notas, a las refe- rencias de pasajes escriturarios hemos añadido algunas otras relativas a citas de Santos Padres y de alusiones históricas.
No hemos creído necesario indicar minuciosamente los diferentes desarrollos de las ideas que va haciendo el Santo, buenas para un manual, que eso viene a ser la edición francesa, pero casi distractivas en una lectura seguida a que se destina nuestra edición.
C. Mª. Abad, S. I.
1. ¡Sabiduría eterna! ¡Soberana del cielo y de la tie- rra! Postrado humildemente ante Vos, os pido perdón por mi atrevimiento de hablar de vuestras grandezas, siendo como soy tan ignorante y tan criminal. Os ruego que no miréis las tinieblas de mi espíritu ni la imperfección de mis labios; y si las miráis, que sea únicamente para des- truirlas con una mirada de vuestros ojos y con un soplo de vuestra boca. ¡Son tantas vuestras bellezas y vuestras dulzuras; me habéis preservado de tantos males y colmado de tan- tos bienes y, por otra parte, sois tan desconocida y tan despreciada! ¿Cómo queréis que guarde silencio? No sólo la justicia y el agradecimiento, sino mi propio interés, me obligan a hablar de Vos, aunque lo haga balbuciendo co- mo un niño. Es cierto: no hago sino balbucir; pero es porque soy aún niño, y balbuciendo deseo llegar a hablar bien cuando haya llegado a la plenitud de vuestra edad. 2. No parece que haya orden ni concierto en lo que escribo, lo confieso; pero es que tengo tal ansia de posee- ros, que, a ejemplo de Salomón, os busco por todas partes dando vueltas sin método. Si trato de daros a conocer en este mundo, es porque Vos misma habéis prometido que quienes os esclarecieren y manifestaren poseerán la vida eterna. Aceptad, pues, amable Princesa mía, mis humil- des balbuceos cual si fueran discursos elevados; recibid los rasgos de mi pluma como tantos pasos que doy para hallaros; derramad desde vuestro elevado solio tantas bendiciones y tantas luces sobre cuanto quiero hacer y decir de Vos, que todos aquellos que lo oigan se sientan inflamados de un nuevo deseo de poseeros en el tiempo y en la eternidad.
«La sabiduría que preconiza Montfort se inspira, por una parte, en la segunda carta de San Pablo a los Corintios: la cruz escán- dalo y locura para tantos sabios, pero sabi- duría de Dios, misteriosa y escondida... Montfort se refiere también -en otro plano muy distinto- a la Sabiduría divina, que descubre en los Libros Sapienciales: la Sa- biduría, rostro femenino de Dios, tan cari- ñosa con el hombre. Para describir esta Sa- biduría, Montfort utiliza un vocabulario es- ponsal: en “El Amor de la Sabiduría eter- na” describe a Dios, que persigue al hom- bre, que “necesita del hombre para ser fe- liz” (ver número 65) (Louis Pérouas, mont- fortiano).»
Añadamos a estas palabras algunas de las que les ha dicho o hecho decir después de su encarnación: ¡Ay de
Estas últimas palabras han sido repetidas tantas veces por la divina Sabiduría durante su vida terrestre, que tres evangelistas las han referido de [idéntica] manera, sin cambiar un ápice, lo cual debiera mover a los ricos a des- hacerse en llanto, a gritar y aullar: Ahora, pues, vosotros, los ricos, llorad dando alaridos por las desventuras que están para sobrevenir (St 5, 1).
Mas, ¡ay!, tienen su consuelo en este mundo: se en- cuentran como hechizados por sus placeres y por sus ri- quezas y no advierten los males que penden sobre su ca- beza.
7. 3°. Salomón empeña su palabra de que hará una descripción fiel y exacta de la Sabiduría, y que ni la envi- dia ni el orgullo, que son contrarios a la caridad, le impe- dirán comunicarnos una ciencia que le fue dada de lo al- to, de suerte que no teme que otros le igualen o le superen en [este] conocimiento.
A ejemplo de este gran hombre, trataré de explicar sencillamente lo que es la Sabiduría antes de su encarna- ción, en su encarnación y después de su encarnación, y los medios de lograrla y de conservarla
(Tal es el plan general del Santo en este libro. Dos partes: I. Excelencias de la Sabiduría: a) antes de la encarnación; b) en la encarnación c) después de la encarnación. - II_. Medios de conseguir_ y conservar la Sabiduría.) Pero no teniendo yo la abundancia de ciencia y de luces que él poseía, no he de temer tanto la envidia y el orgullo cuanto mi cortedad y mi ignorancia, que, por vuestra caridad, ruego soportéis y disculpéis
(Parece que el autor se dirigiera a lectores determinados a quien dedicara el libro. ¿Tal vez a las Hijas de la Sabidu- ría?) PARTE I Es necesario conocer, amar, buscar a la Sabiduría eterna y encarnada: Jesucristo CAPÍTULO I Para amar y buscar la divina Sabiduría es menester conocerla
1. Necesidad de conocer a la divina sabiduría 8. ¿Puédese amar lo que no se conoce? ¿Es posible amar ardientemente lo que sólo se conoce imperfecta- mente? ¿Por qué se ama tan poco a la Sabiduría eterna y encarnada, al adorable Jesús, sino porque o no se tiene conocimiento alguno de él o se tiene un conocimiento muy escaso?
Apenas hay nadie que estudie como es debido, con el apóstol, esta sobreeminente ciencia de Jesús, que es la más noble, la más dulce, la más útil y la más necesaria de todas las ciencias y conocimientos del cielo y de la tierra.
9. En primer lugar, es la más noble de todas las ciencias porque tiene por objeto lo que existe de más no- ble y sublime, la Sabiduría increada y encarnada, que en- cierra en sí toda la plenitud de la divinidad y de la huma- nidad, todo lo grande que hay en el cielo y en la tierra, las criaturas todas, visibles e invisibles, espirituales y corpo- rales. San Juan Crisóstomo dice que Nuestro Señor Jesu- cristo es un compendio de las obras divinas, un cuadro abreviado de todas las perfecciones de Dios y de las cria- turas: (Saint Jure, que cita más extensamente dos cláusulas del mismo pasaje, remite las dos veces a Bern., De Pass. Dom., C, 24. Entre las obras genuinas de San Bernardo no hay ninguna De Passione Domini, y en la Vitis Mystica seu tractatus de passione Domini (ML 184, 635 ss.) no se ha- llan tales cláusulas. - Montfort remite a San Juan Crisósto- mo. Tampoco en él se hallan las palabras formales citadas, pero sí la idea en la homilía 66 in Matth. (MG 58, 700). Di- ce Jesucristo: Ego pater, ego trater, ego sponsus... Y poco después: Omnia mihi tu es, trater, coheres, amicus, mem- brum. Quid amplius desideras? - También en San Ambro- sio, De virginitate, c. 16, n. 99 (ML 16, 291, en otros ejem- plares 305).) Jesucristo, la Sabiduría encarnada: he aquí cuanto podéis y debéis desear. Deseadlo, buscadlo, porque El es la única y preciosa perla por cuya adquisición debierais vender todo cuanto poseéis». No se alabe de su ciencia el sabio, ni de su fuerza el fuerte, ni el rico de sus riquezas; antes bien «gloríese de conocerme a Mí», y no de cono- cer cosa alguna fuera de Mí. (Jr 9, 24). 10. Nada hay tan dulce como el conocimiento de la Sabiduría divina. a) Felices los que la escuchan. b) Más felices aún los que la desean y la buscan. c) Pero más felices aún los que guardan sus caminos y saborean en su corazón esa dulzura infinita que es el gozo y la felicidad del Eterno Padre y la glo- ria de los ángeles. Si conociéramos el placer del alma que gusta la her- mosura de la Sabiduría, que toma esta leche a los pechos del Padre, Mamilla Patris ( Mamilla Patris: el término, rarísimo ciertamente, es de Clemente Alejandrino en su tratado Paedagogus, I. 1, c. 6 (MG 8, 302). Permítasenos transcribir aquí el pasaje, por su singular rareza: «Verbum est omnia infanti, et pater, et ma- ter, et paedagogus, et altor ... Alimentum est lac patris, quo solo aluntur infantuli. Ipse itaque, qui est dilectus et altor noster, Verbum, effudit pro nobis suum sanguinem, salutem humanae naturae afferens, per quem, qui in Deuro credidi- mus. ad mamillam patris, nempe Verbum, confugimus. IlIe autem solus, ut est consentaneum, nobis lac dilectionis in- fantibus suppeditat. Itaque sunt vere beati, qui hanc lactant mamillam». - Creemos que Montfort toma la referencia de A. LÁPIDE, In Canticum, c. 1, donde al comentar las pala- bras quia meliora sunt ubera tua vino, escribe: «Denique CLEMENS ALEXANDRINUs., in Paedagogo, c. 6, con- gruenter ostendit Christum Dominum esse quasi mamillam Dei Patris...» (Edit. Vivès, 1875, VII, p. 473).), exclamaríamos con la Esposa: La leche de tus pe- chos es más dulce que el vino delicioso (Canto 1, 1.), y más que todas las dulzuras de las cosas criadas, so-
bre todo cuando hace oír a las almas que la con- templan estas palabras: «gustad y ved» (Sal 39, 9).; «comed y bebed»; «Y embriagaos con mis eternas dulzuras» (Ct 5, 1), «pues mi conversación no tiene rastro de amargura ni mi trato causa tedio; antes más bien consuelo y alegría» (Sb 8, 16.).
11. Este conocimiento de la Sabiduría eterna es no solamente el más noble y el más dulce, sino además el más útil y el más necesario, porque la vida eterna consis- te en conocer a Dios y a Jesucristo, su Hijo (Jn 17, 3). Co- nocerte, exclama el Sabio en el libro de la Sabiduría, es la perfección de la justicia y comprender tu justicia y po- der es la raíz de la inmortalidad (Sb 15, 3).
Si queremos de veras poseer la vida eterna, tengamos el conocimiento de la Eterna Sabiduría; si queremos lle- gar a la perfección de la santidad en este mundo, conoz- camos la Sabiduría; si queremos tener en nuestro corazón la raíz de la inmortalidad, tengamos en nuestro espíritu el conocimiento de la Sabiduría.
Saber a Jesucristo, la Sabiduría encarnada, es saberlo todo; saberlo todo y no saber a Cristo es no saber nada
( Qui Christum noscit, sat scit,, si cetera nescit: Esto mismo viene a decir San Agustín en el libro 5 de sus Confesiones, c. 4: «Infelix enim horno qui scit illa omnia, te autem nes- cit: beatus autem qui te scit, etiam si illa nesciat. Qui vero te et illa novit, non propter illa beatior, sed propter tesolum beatus est, si cognoscens te sicut Deum glorificet et gratias agat, et non evanescat in cogitationibus suis» (ML 32, 708).).
12. ¿De qué sirve al arquero saber tirar flechas a los lados del blanco a que apunta si no sabe tirar derecho al centro?
¿Para qué nos servirán las demás ciencias no necesa- rias a la salvación si ignoramos la ciencia de Cristo, única necesaria, centro y fin de todas ellas?
Muchas cosas sabía el Apóstol de las Gentes y muy versado fue en las humanas letras; sin embargo, decía «que sólo quería saber a Cristo crucificado» (1 Co 2, 2.). Digamos, pues, con él: «Desprecio todos los conocimien- tos de los que hasta ahora hice estima en comparación del de Jesucristo, mi Señor» (Plp 3, 7-8). Veo y experimento ahora que esta ciencia es tan excelente, tan deliciosa, tan provechosa y tan admirable, que ya ningún caso hago de todas las demás que en otro tiempo tanto me habían gus- tado, pero que hoy me parecen tan vacías y tan ridículas, que entretenerse en ellas es perder el tiempo. «Os digo que Cristo es el abismo de toda ciencia, a fin de que no os dejéis engañar por los agradables y magníficos discursos de los oradores ni por los engañosos sofismas de los filó- sofos» (Col 2, 4 y 8).
Pues bien: a fin de que todos «crezcamos en la gracia y conocimiento de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo» (2 P 3, 18), la Sabiduría encarnada, trataremos de ella en los capítulos siguientes, una vez hecha la distinción entre las diversas clases de sabiduría
(Estas líneas preparan la transición a la Segunda parte: Qué es la Sabiduría. Pero antes, en el número 13, da la noticia y la división de la «sabiduría» en general y de las varias cla-
ses de sabiduría. - En el número 14 propone más en particu- lar la división de toda la obra. Va a tratar de la Sabiduría sustancial y eterna: 1.º, en la eternidad; 2.°, en el tiempo: a) en la creación; b) en la encarnación; c ) en la vida mortal y en la vida gloriosa. Después tratará de los medios de adqui- rirla y conservarla.).
2. Definición y división del argumento 13. La sabiduría en general, y según la significación de su nombre, es una ciencia sabrosa, o sea el gusto de Dios y de su verdad. Hay varias clases de sabiduría. En primer lugar dis- tínguense la verdadera y la falsa: la verdadera es el gusto de la verdad sin embuste ni disfraz alguno; la falsa es el gusto de la mentira con apariencia de verdad. Esta falsa sabiduría es la sabiduría o prudencia hu- mana que el Espíritu Santo llama «sabiduría terrena, ani- mal y diabólica». La verdadera sabiduría se subdivide en natural y so- brenatural. La natural es el conocimiento de las cosas naturales en sus principios últimos, y la sobrenatural es el conocimiento de las cosas sobrenaturales y divinas en su origen. La Sabiduría sobrenatural se subdivide en sustancial e increada y en accidental y creada. Sabiduría accidental y creada es la comunicación que hace de sí misma a los hombres la Sabiduría increada, o, dicho en otras palabras, es el don de Sabiduría. La Sabiduría sustancial e increa- da es el Hijo de Dios, la segunda Persona de la Santísima Trinidad; es decir, la Sabiduría eterna en la eternidad o Jesucristo en el tiempo. De esta Sabiduría eterna es propiamente de la que vamos a hablar. 14. La contemplaremos en su origen, en la eternidad, en el seno del Padre, como objeto de sus complacencias. La veremos radiante en el tiempo creando el universo. Luego la contemplaremos anonadada en su encarnación y en su vida mortal y, por último, la encontraremos glo- riosa y triunfante en los cielos. Finalmente veremos de qué medios hay que valerse para adquirirla y conservarla. Dejemos, pues, a los filósofos, por inútiles, los argu- mentos de su filosofía; dejemos a los alquimistas los se- cretos de su sabiduría mundana. Hablemos, pues, de la verdadera Sabiduría, de la Sa- biduría eterna, increada y encarnada, a las almas perfec- tas (Las palabras «almas perfectas» vienen a ser traducción de la expresión «inter perfectos» de San Pablo, que no signifi- ca precisamente los que han llegado ya a la perfección de la vida espiritual, pero sí los cristianos, algo más preparados para conocer el misterio de Jesucristo que lo estaban los co- rintios cuando San Pablo les predicó la primera vez. En Montfort pudiera entenderse por almas que al menos aspi- ran a la perfección, lo cual ya puede ser una señal de pre- destinación, y en ese sentido pueden ser llamadas almas «predestinadas». - Sobre el texto Sapientiam loquimur inter perfectos (1 Co 2, 9) puede verse CORNELY. 1 Co 2, 6 ss.
25. 16) Y me arraigué en un pueblo glorioso y en la porción de mi Dios, la cual es su herencia; y mi habita- ción fue en plena reunión de los santos.
Elevada estoy cual cedro sobre el Líbano y cual ciprés sobre el monte de Sión.
Extendí mis ramas como una palma de Cadés y como el rosal plantado en Jericó.
Me alcé como un hermoso olivo en los campos y como el plátano en las plazas junto al agua.
Como el cinamomo y el bálsamo aromático des- pedí fragancia. Como mirra escogida exhalé suave olor.
Y llené mi habitación de oloríferos perfumes, como de estoraque, de gálbano, de onique y de lágrimas de mirra y de incienso virgen, y mi fragancia es como la del bálsamo sin mezcla.
Yo extendí mis ramas como el terebinto, y mis ramas están llenas de majestad y hermosura.
23) Como la vid broté pimpollos de suave olor, y mis flores dan frutos de gloria y de riqueza.
26. 24) Yo soy la madre del amor hermoso, y del te- mor, y de la ciencia, y de la santa esperanza.
25) En mí está toda la gracia y el camino de la ver- dad, en mí, toda la esperanza de vida y de virtud.
27. 26) Venid a mí todos los que os halláis presos de mi amor y saciaos de mis frutos;
porque mi espíritu es más dulce que la miel, y más suave que el panal de miel, mi herencia.
Se hará memoria de mí en toda la serie de los siglos.
28. 29) Los que de mí comen, tienen siempre hambre de mí, y tienen siempre sed los que de mi beben.
30) El que me escucha, jamás tendrá de que aver- gonzarse, y aquellos que se guían por mí, no pecarán.
29. Todos estos árboles y plantas a que se compara la Sabiduría, de frutos y cualidades tan diversos, simbolizan la gran variedad de estados, funciones y virtudes de las almas, las cuales se asemejan a los cedros por la ele- vación de sus corazones hacia el cielo; a los cipreses, por la continua meditación de la muerte; a las palmeras, por la humildad en soportar sus trabajos; a los rosales, por el martirio y efusión de su sangre; a los plátanos, que se le- vantan junto a las aguas, o a los terebintos, que extienden sus ramas muy lejos, por la extensión de su caridad para con sus hermanos. En cuanto a las demás plantas oloro-
sas, como el bálsamo, la mirra, menos expuestas a la vis- ta, simbolizan a las almas retiradas que desean ser cono- cidas más de Dios que de los hombres.
30. Después de haberse dado a conocer como madre y manantial de todo bien, la Sabiduría exhorta a todos los hombres a que lo dejen todo para fijar en ella el único fin de sus deseos, ya que no se da, dice San Agustín (SAN AGUSTÍN, De moribus Ecclesiae catholicae, c. 17, n. 31: «Nam si sapientia et veritas non totis animi viribus concupiscatur, inveniri nullo pacto potest» (ML 32, 1324)), sino a quienes la desean y la buscan con el ardor con que merece ser buscada cosa tan grande.). La divina Sabiduría indica en las palabras de los ver- sículos 30 y 31 tres grados en la piedad, de la cual el ter- cero constituye la perfección: 1°. Escuchar al Señor con humilde acatamiento. 2°. Obrar en El y por El con fidelidad constante. 3°. En fin, adquirir la luz y la unción necesarias para inspirar a los demás el amor de la Sabiduría, con el fin de conducirlos a la vida eterna. C A P I T U L O III **Prodigios del poder de la divina Sabiduría en la creación del mundo y del hombre
admirables cambios vemos en las estaciones y en los tiempos, qué variedad de instintos en los animales, qué diversidad de especies en las plantas, de hermosura en las flores y de sabor en los frutos! «¿A quién se ha manifes- tado la Sabiduría?» (Sal 106, 43) Solamente él comprenderá estos misterios de la naturaleza.
2º. Desgracia suprema del pecado
39. Pero ¡oh desgracia sin igual! Ese vaso del todo divino se quiebra en mil pedazos; esta hermosa estrella cae; este hermoso sol se cubre de lodo; el hombre peca, y pecando pierde su sabiduría, la inocencia, la hermosura y la inmortalidad. En fin, pierde todos los bienes recibidos y se ve asaltado por una infinidad de males. Su espíritu, embotado y ofuscado, ya nada ve (En el orden sobrenatural ha de entenderse; y en proporción, lo que sigue.); su corazón es de hielo para con Dios: ya no le ama; su alma está negra de pecados: se asemeja al demonio; sus pasiones están com- pletamente desordenadas: ya no es dueño de ellas. No tiene otra compañía que la del diablo, en cuya morada y esclavo se ha convertido; las criaturas le acometen, le ha- cen la guerra. ¡He aquí al hombre convertido en un ins- tante en esclavo de los demonios, objeto de la cólera de Dios y víctima de los infiernos! Se encuentra tan repugnante a sí mismo, que, aver- gonzado; se esconde. Se ve maldecido y condenado a muerte; se le arroja del paraíso terrenal y pierde sus dere- chos al cielo; se ve obligado a llevar, sin esperanza algu- na de felicidad, una vida desgraciada sobre la tierra mal- dita. Debe morir como criminal, y después de su muerte, lo mismo que el demonio, ser condenado en cuerpo y al- ma, él y todos sus descendientes. Esa fue la espantosa desgracia en que el hombre cayó pecando; ésa fue la sentencia equitativa que la justicia de Dios pronunció contra él. 40. Hallándose en este estado, la situación de Adán parecía desesperada; ni los ángeles ni las demás criaturas podían remediarle. Nada era capaz de restaurarle, porque había sido demasiado hermoso y perfecto en su creación, y quedó, a consecuencia del pecado, asqueroso y repug- nante en demasía. Vióse arrojado del paraíso y de la pre- sencia de Dios. Contempló a la justicia de Dios persi- guiéndole a él y a toda su posteridad; entrevió el cielo ce- rrado y abierto el infierno, sin que nadie pudiese abrirle el uno y cerrarle el otro. C A P I T U L O IV Prodigios de bondad y de misericordia de la Sabiduría eterna antes de su encarnación 41. La Sabiduría eterna conmuévese vivamente ante la desgracia del pobre Adán y de toda su posteridad. Con- templa con suma pena el vaso de honor hecho pedazos, rasgado su retrato, aniquilada su obra maestra, derribado su vicario en la tierra. Da tiernamente oído a sus gemidos y a sus clamores. Ve complacida los sudores de, su fren- te, las lágrimas de sus ojos, la fatiga de sus brazos, el do- lor de su corazón y la aflicción de su alma. 1º. El Decreto de la Encarnación 42. Me parece ver a esta amable Soberana convocar y reunir por segunda vez, digámoslo así, a la Santísima Trinidad para restaurar al hombre, al igual que hiciera cuando lo formó. Me figuro que en ese magno consejo tiene lugar una especie de combate entre la justicia de Dios y la Sabiduría eterna.
ductores e hízole salir vencedor en la gran lucha, a fin de que conociese que de todas las cosas la más poderosa es la Sabiduría.
50. En el capítulo siguiente de la Sabiduría nos seña- la el Espíritu Santo los diversos males de los cuales la Sabiduría libró a Moisés y a los israelitas mientras vivie- ron en el desierto. A todo lo cual podemos añadir que to- dos aquellos que se vieron libres de grandes peligros en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, como Daniel en la fosa de los leones; Susana, del falso crimen de que se la acusaba; los tres jóvenes, del horno de Babilonia; San Pedro, de la cárcel; San Juan, de la tinaja de aceite hir- viendo, y una infinidad de mártires y de confesores, de los suplicios con que atormentaban sus cuerpos y de las calumnias con que se pretendía empañar su reputación, se puede añadir, repito, que todos ellos se vieron libres y sa- nos merced a la Sabiduría eterna (Sb 9, 19). 3. Conclusión 51. Exclamemos, pues: ¡Dichosa mil veces el alma en quien la Sabiduría eterna ha penetrado para establecer allí su morada! Saldrá siempre victoriosa de los combates a que se vea sometida; se verá libre de cuantos peligros la asalten; será consolada y regocijada en cuantas tristezas la afligieren y cualesquiera que sean las humillaciones en que haya caído, será exaltada y glorificada en el tiempo y en la eternidad.
Maravillosa excelencia de la Sabiduría eterna [en relación a nuestras almas]
52. Habiéndose tomado el Espíritu Santo el cuidado de mostrarnos la excelencia de la Sabiduría en el capítulo 8 del libro de la Sabiduría en términos tan sublimes y tan inteligibles, bastará que los reproduzcamos acompañados de ligeras consideraciones. 53. 1º. La Sabiduría «abarca fuertemente de un cabo a otro todas las cosas y las ordena todas con suavidad» (Sb 8, 1. Los versículos que siguen son por su orden, todos los del ca- pítulo 8 hasta el 18 inclusive). Nada tan dulce como la Sabidu- ría, Es dulce en sí misma, sin amargor; dulce para quie- nes la aman, sin dejarles desazón alguna; dulce en su mo- do de obrar, sin causar violencia alguna. Diríais muchas veces que no tiene intervención ninguna en los accidentes y trastornos que acontecen: tan secreta y suave es su ac- ción; pero, como está dotada de fuerza invencible, todo lo encamina, insensible pero enérgicamente, a su fin por caminos ignorados de los hombres. Es menester que el sabio sea, a ejemplo suyo, «suavemente enérgico y enér- gicamente suave». 54. 2º. La amé y la busqué desde mi juventud, y pro- curé tomarla por esposa mía. -Quien desee adquirir el gran tesoro de la Sabiduría, debe, a ejemplo de Salomón, buscarla:
6º. Y si la industria es la que produce las obras, quién mejor artífice que ella de estas cosas que existen?
7º. Si alguno ama la justicia, las grandes virtudes son fruto de sus trabajos, por ser ella la que enseña la templanza, la prudencia, y la justicia, y la fortaleza, que son las cosas más útiles a los hombres en esta vida. - Salomón nos muestra que, como no hemos de amar más que la Sabiduría, de ella sola es de quien hemos de espe- rarlo todo: los bienes de fortuna, el discernimiento de los secretos de la naturaleza, los bienes del alma, las virtudes teologales y cardinales:
58. 8º. Si alguno desea el mucho saber, ella es la que sabe lo pasado y forma juicio de lo futuro. Conoce los artificios de los discursos y las soluciones de los argu- mentos: adivina los prodigios y maravillas antes de que sucedan y los acontecimientos de los tiempos y de los si- glos. - Quien desee poseer una ciencia de las cosas de la gracia y de la naturaleza que no sea común, seca y super- ficial, sino extraordinaria, santa y profunda, debe poner todo su empeño en adquirir la Sabiduría, sin la cual el hombre, aunque sabio delante de los demás hombres, es reputado por nada a los ojos de Dios: in nihilum compu- tabitur (Sb 3, 17). 59. 9º. Propuse, pues, traérmela para que viviera en compañía mía, sabiendo que comunicará conmigo sus bienes y será el consuelo mío en mis cuidados y penas. - ¿Quién se considerará pobre teniendo a la Sabiduría, que es tan rica y liberal? ¿Quién podrá estar triste teniendo a la Sabiduría, que es tan dulce, tan hermosa y tan tierna? Pero ¿quién es, de cuantos buscan la Sabiduría, el que di- ce sinceramente con Salomón: «Propuse, pues». La ma- yoría no toman esta resolución sinceramente; no vemos en ellos sino veleidades o, todo lo más, propósitos vaci- lantes e indiferentes, por lo cual jamás hallarán la Sabidu- ría. 60. 10º. Por ella seré ilustre entre las gentes y, aun- que joven, seré honrado de los ancianos.
11º. Me reconocerán por agudo en el juzgar y seré admirable a los ojos de los grandes, y los príncipes ma- nifestarán en sus semblantes la admiración que les cau- so.
12º. Si callo; estarán en expectación, y si hablo, me escucharán atentos; y cuando me extendiere en mi dis- curso, pondrán el dedo en sus labios.
13º. Además de esto, por ella adquiriré yo la inmor- talidad y dejaré memoria de mí a los venideros.
14º. Go bernaré los pueblos y se sujetarán a mí las naciones. -Sobre estas palabras del Sabio, que él dice en alabanza propia, San Gregorio hace esta reflexión: «Aquellos que Dios escoge para escribir sus palabras sa- gradas, como se hallan repletos de su santo Espíritu, sa- len, en cierto modo, de sí mismos, para penetrar en aquel que los posee, y, transformados así en lengua de Dios, no consideran sino a Dios en lo que dicen y hablan de sí mismos como si hablaran de un tercero» (Cfr. Moralium c. 2, n. 3. ML 75, 517).
61. 15º. Temblarán al oír mi nombre los reyes fero- ces; con el pueblo me mostraré benigno, y valiente en la guerra. 16º. Entrando en mi casa hallaré en ella mi reposo, porque ni en su conversación tiene rastro de amargura ni causa tedio su trato, sino, antes bien, consuelo y alegría. 17º. Considerando yo esto para conmigo y revolvien- do en mi corazón cómo en la unión con la Sabiduría se halla la inmortalidad; 18º. un santo placer en su amistad e inagotables te- soros en las obras de sus manos, y la prudencia en el ejercicio de conversar con ella y grande gloria en parti- cipar de sus razonamientos, andaba por todas partes buscando como apropiármela. El Sabio, luego de haber encerrado en pocas palabras lo que ya de antemano había explicado, saca esta conclu- sión: Daba vueltas buscándola por doquier. Para adquirir la Sabiduría hay que buscarla con tesón; esto es, estar dispuestos a abandonarlo todo, a sufrirlo todo, a empren- derlo todo por llegar a poseerla. Pocos son los que la ha- llan, porque son pocos los que la buscan de una manera digna de ella. 62. En el capitulo 7 de la Sabiduría, el Espíritu Santo nos habla también de la excelencia de la Sabiduría en es- tos términos: En la Sabiduría tiene su morada el espíritu de inteligencia, que es santo, único, multiforme, sutil, elocuente, ágil, inmaculado, infalible, suave, amante del bien, perspicaz, irresistible, benéfico, amador de los hombres, benigno, estable, constante, seguro, el cual lo puede todo, todo lo prevé, y que abarca en sí todos los espíritus, inteligente, puro y sutil, pues la Sabiduría es más ágil que todas las cosas que se mueven y alcanza a todas partes, a causa de su pureza (Sb. 7, 22-24). En fin: la Sabiduría es un tesoro infinito para los hombres, que a cuantos se han valido de él los ha hecho partícipes de la amistad de Dios y recomendables por los dones de la doctrina: (Sb 7. 14). 63. Después de unas palabras tan enérgicas y tan tiernas del Espíritu Santo para mostrarnos la hermosura, la excelencia y los tesoros de la Sabiduría, ¿quién será el hombre que no la ame y no la busque con todas sus fuer- zas? Tanto más, que se trata de un tesoro infinito, propio del hombre, para el cual el hombre fue creado, y que la misma Sabiduría tiene infinitos deseos de darse al hom- bre.
C A P Í T U L O VI
Apremiantes deseos que tiene la divina Sabiduría de comunicarse a los hombres
64. Existe un vínculo tan grande de amistad entre la Sabiduría eterna y el hombre, que resulta incomprensible. LA SABIDURÍA FUE HECHA PARA EL HOMBRE, Y EL HOMBRE, PARA LA SABIDURÍA. «Es un tesoro de valor infinito para el hombre», y no para los ángeles o para las demás criaturas.
tra! Pero si, en vez de escucharla, nos hacemos los sor- dos; si, en vez de buscarla, huimos de ella; si, en lugar de honrarla y amarla, la despreciamos y la ofendemos, ¡cuán grande es nuestra crueldad y cuán grande será nuestro castigo ya en este mundo! Aquellos -dice el Espíritu San- to que dieron de mano a la Sabiduría, no solamente vi- nieron a desconocer la virtud, sino que dejaron a los hombres memoria de su necedad, por manera que no pu- dieron encubrir los pecados que cometieron. (Sb 10, 8.)
Quienes no ponen interés en adquirir la Sabiduría du- rante su vida, sufrirán una triple desgracia; caerán:
1º. en la ignorancia y ceguera; 2º. en la insensatez; 3º. en el escándalo y el pecado. Pero ¡qué terrible es su desdicha en el momento de la muerte; cuando oyen, a pesar suyo, a la Sabiduría que les reprocha: «Estuve yo llamando, y vosotros no respondis- teis; os alargué mi mano, y ninguno se dio por entendi- do» (Pr 1, 24); os esperé sentado a vuestra puerta, y nin- guno vino a mí (Pr 1, 26). «Yo también, a mi vez, me mo- faré de vosotros; seré sordo a vuestros gritos, ciego para no ver vuestras lágrimas; no tendré corazón para conmo- verme con vuestros sollozos ni manos para socorrer vues- tra indigencia».
Mas ¡cuál no será su desdicha en el infierno! Leed lo que el Espíritu Santo ha dicho sobre los males, llantos, lamentos y desesperación de los condenados, que en el infierno, aunque demasiado tarde, reconocerán su locura y su desventura por haber despreciado la Sabiduría de Dios: «Empezarán a hablar juiciosamente, pero será en el infierno» (Sb 5. 14. 59).
73. Deseemos y busquemos únicamente la Sabiduría divina. (Pr 3, 15.); y este otro pasaje: «No se puede desear nada mejor que la Sabiduría» (Pr 8, 11). Así, pues, cuales- quiera que fueren los dones y tesoros celestiales que ape- tezcáis, si no deseáis la Sabiduría, anheláis algo inferior a ella. ¡Ah, si conociéramos el valor de este tesoro infini- to de la Sabiduría hecho para el hombre -pues yo reco- nozco que es nada lo que he dicho de ella-, suspiraríamos por ella día y noche, volaríamos presurosos hasta el fin del mundo, pasaríamos gozosos por encima de las hogue- ras y caminaríamos sobre tajantes filos, si necesario fue- ra, para merecerla! Pero es preciso precaverse para no equivocarse al escoger, pues son varias las clases de Sa- biduría.
C A P I T U L O VII La elección de la verdadera Sabiduría I. Falsa sabiduría del mundo
74. Dios tiene su Sabiduría, y es la única y verdadera que debe ser amada y buscada como un gran tesoro. Pero el mundo pervertido tiene también la suya, y ésta debe ser condenada y detestada como malvada y perniciosa.
Los filósofos también tienen su sabiduría, que debe ser rechazada como inútil y con frecuencia como peligro- sa para la salvación
(Se refiere Montfort, sin duda, a la filosofía vana, a la cien- cia que hincha; no a la filosofía verdadera, que ayuda al co- nocimiento y a la explicación de la ciencia sagrada, como él mismo dice en el n. 85). Hasta aquí hemos hablado de la Sabiduría de Dios a las almas perfectas (1Co 2, 6), como dice el Apóstol; pero, por temor de que se dejen engañar por el falso brillo de la sabiduría mundana, mostremos la impostura y malignidad de esta última.
1º. Conoce bien al mundo. 2º. Vive como hombre honrado. 3º. Procura ganar dinero. 4º. Conserva lo que ya tienes. 5º. Aspira a grandes cosas. 6º. Procúrate amigos. 7º. Frecuenta la alta sociedad. 8º. Procura comer bien. 9º. Esquiva la melancolía. 10º. Evita la singularidad, la rusticidad, la grosería y la beatería.
79. Jamás ha estado el mundo tan corrompido como en la hora presente, porque jamás ha sido tan sagaz, tan prudente a su manera ni tan astuto. Utiliza tan finamente la verdad para inspirar el engaño, la virtud para autorizar el pecado, las máximas de Jesucristo para justificar las suyas, que incluso los más sabios según Dios son vícti- mas de sus engaños. «El número de sabios según el mun- do, o de esos locos según Dios, es infinito (Si 1, 15). 2. Triple aspecto de la sabiduría mundana 80. La sabiduría terrena de que nos habla Santiago es el amor de los bienes de la tierra. De esta sabiduría es de la que hacen profesión secreta los sabios del mundo, cuando apegan su corazón a lo que poseen, cuando ambi- cionan riquezas, cuando emprenden pleitos o buscan suti- lezas inútiles para tenerlos o mantenerlos, cuando no piensan, ni hablan, ni obran la mayor parte del día sino con miras a lograr o a conservar algún bien temporal; cuando, si se preocupan de su salvación o de los medios de alcanzarla, como la confesión, oración, etc., lo hacen a la ligera, por salir del paso, por intervalos y para cubrir las apariencias. 81. La sabiduría carnal es el afán de gozar. De esta sabiduría es de la que hacen profesión los mundanos cuando no buscan sino el goce de los sentidos; cuando gustan de banquetear; cuando alejan de sí cuanto puede mortificar o incomodar al cuerpo, como los ayunos, las austeridades, etc.; cuando solamente piensan cn comer, en beber, en gozar, en divertirse y en pasarlo lo mejor po- sible; cuando buscan la molicie en el dormir, los juegos divertidos, los festines deliciosos y las compañías alegres, y, tras de gozar sin escrúpulo alguno de cuantos placeres han podido conseguir sin disgustar al mundo y sin perju- dicar su salud, buscan el confesor menos escrupuloso (con ese nombre designan a los confesores relajados que no cumplen con su deber), para obtener de él a bajo pre- cio la paz en su vida muelle y afeminada y la indulgencia plenaria de todos sus pecados. He dicho a bajo precio, pues estos sabios según la carne no quieren por peniten- cia ordinariamente sino algunas oraciones o limosnas, porque odian cuanto pueda afligir al cuerpo. 82. La sabiduría diabólica es el amor a la estimación y a los honores. Los sabios del mundo hacen profesión de esta sabiduría cuando aspiran, aunque en lo más recóndi- to de su corazón, a las grandezas, a los honores, a las dig- nidades y a los altos cargos; cuando buscan el ser vistos, estimados, alabados y aplaudidos de los hombres; cuando en sus estudios, en sus trabajos, en sus luchas, en sus pa-
labras y en sus actos no ambicionan sino la estimación y alabanza de los demás, el pasar por personas devotas, por grandes sabios, por militares famosos, por sabios juris- consultos, por gentes de mérito infinito y excepcional o de gran consideración, cuando no pueden soportar que se les humille o se les reprenda, cuando ocultan lo que tie- nen de defectuoso y hacen ostentación de lo bueno que poseen.
83. A ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo, la Sabi- duría encarnada, debemos detestar y condenar estas tres formas de la falsa sabiduría para adquirir la verdadera: la que no busca el propio provecho, la que no se cría ni en la tierra ni en el corazón de quienes viven despreocupa- damente y la que aborrece cuanto es grande y elevado en el concepto de los hombres. II. Sabiduría natural 84. Además de la sabiduría mundana, que es repro- bable y perniciosa, existe también una sabiduría natural entre los filósofos; esta sabiduría natural era la que los egipcios y los griegos buscaban con tanto afán (1 Co 1, 22). Quienes lograban esta sabiduría recibían el nombre de sabios o magos. Esta sabiduría consiste en un conoci- miento eminente de la naturaleza en sus principios. Fue plenamente comunicada a Adán en su estado de inocen- cia y otorgada en abundancia a Salomón, y en el andar de los tiempos, algunos hombres célebres recibieron parte de ella, como nos lo enseña la historia. 85. Los filósofos ponderan sus argumentos de filoso- fía como medio de adquirir esta sabiduría. Los alquimis- tas encomian los secretos de su «cábala» para dar con la piedra filosofal, en la cual se imaginan que está encerrada esta sabiduría (Filosofía y alquimia. - En tiempo de Montfort la verdadera química, es decir, la ciencia de los cuerpos no había nacido o se hallaba en mantillas. En cambio como lo prueba el tes- timonio del siervo de Dios, la alquimia que buscaba un modo artificial de fabricar oro y plata a poca costa, estaba en boga y, al decir del misionero, hacía no pequeños estra- gos en los espíritus y también en las haciendas. Montfort quiere prevenir a los incautos contra este peligro. Respecto de la filosofía, aquí puntualiza el Santo lo que entiende por este término y lo que la filosofía especulativa, como tal, no puede dar). En verdad, la filosofía de la Escuela, estudiada cris- tianamente, abre el espíritu y le prepara para las ciencias superiores; pero jamás comunicará esta pretendida sabi- duría natural, tan alabada en la antigüedad. 86. La química o alquimia, o sea la ciencia de disol- ver los cuerpos naturales y de reducirlos a sus principios, es aún más vana y peligrosa. Esta ciencia, aunque cierta en sí misma, ha embaucado y engañado a infinidad de gente con relación al fin que se proponían, y no dudo lo más mínimo, dada la experiencia que de ello tengo yo mismo, que el demonio se sirve hoy de ella para hacer perder el dinero, el tiempo, la gracia y hasta el alma con el pretexto de hallar la piedra filosofal. No existe ciencia alguna que prometa la realización de mayores cosas y por medios más aparentes. Promete la
2. Transmisión atrayente y eficaz de la Buena Noticia 94. De esa fuente infinita de luz bebieron los más grandes doctores de la Iglesia, entre ellos Santo Tomás de Aquino, como él mismo lo afirma, aquellos admirables conocimientos que los hicieron célebres; lo cual nos de- muestra que las luces y conocimientos que comunica la Sabiduría no son secos, estériles e indevotos, sino, al con- trario, son luminosos, están llenos de unción, son operan- tes y devotos, conmueven y alegran el corazón iluminan- do el entendimiento. 95. 2º. La Sabiduría no se contenta con derramar sus luces sobre el hombre para que conozca la verdad, sino que, además, le capacita de modo maravilloso para darla a conocer a otros (Sb 1, 7).
La Sabiduría tiene el conocimiento de lo que se dice y comunica la ciencia de decirlo bien, porque «es la Sa- biduría la que abrió la boca de los mudos e hizo elocuen- tes las lenguas de los niños» (Sb 10, 21). Ella soltó la len- gua de Moisés, que era tartamudo. Ella comunicó la pala- bra a los profetas para desarraigar y destruir, desbaratar y disipar, edificar y plantar: (Jr. 1, 9 y 10), a pesar de que re- conocían que de sí mismos no sabían hablar mejor que los niños. La Sabiduría comunicó a los Apóstoles facili- dad para predicar por todas partes el Evangelio y anun- ciar las maravillas de Dios (Hch 2, 11). (Del himno Veni Crea- tor. - En la carta n. 10 (Poitiers, 4 de julio de 1702), dirigida al Sr. Leschassier, indica el Santo haber recibido de Dios algunos de estos dones de la Sabiduría). Como la divina Sabiduría es «pala- bra» en la eternidad y en el tiempo, ha hablado siempre, y por su palabra fue creado todo, y todo fue reparado (Es el «Verbo», la Palabra de Dios: «Lagos» le llama San Juan. Cf. Jn. 1, 1- 3). Habló por los profetas, por los apóstoles, y hablará hasta el fin de los siglos por boca de quienes la posean.
96. Ahora bien, las palabras que comunica la divina Sabiduría no son comunes, naturales y humanas; son pa- labras divinas: (1 Ts 2, 13). Son palabras enérgicas, efica- ces y penetrantes (Hb 4, 12); palabras que, partiendo del corazón de quien habla, penetran hasta el fondo del cora- zón de quien escucha. Este don de Sabiduría es el que había recibido Salomón cuando decía que Dios le había concedido el expresar con claridad lo que sentía en el co- razón (Sb 7, 15). 97. He aquí la promesa que nuestro Señor .Jesucristo hizo a sus apóstoles: «Yo pondré palabras en vuestra bo- ca y una sabiduría a que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros enemigos» (Lc 21, 15) ¡Oh, cuán pocos son hoy en día los predicadores que posean ese inefable don de palabra y que puedan decir con San Pablo «¡Predica- mos la sabiduría de Dios!» (1 Co 2, 7). La mayor parte ha- blan guiados por las luces de su propio espíritu o que han sacado de los libros, pero no ex sentencia (Sb 7, 15), según la divina Sabiduría les hace sentir; o bien según la abun- dancia divina que reciben de la Sabiduría (Mt 12, 34). He aquí por qué son tan raras las conversiones logradas por la predicación. Si el predicador hubiese recibido de modo eficaz la Sabiduría, el don de palabra, el auditorio no po- dría resistirle, como sucedió antaño. «No podían los que oían (a San Esteban) contrarrestar la Sabiduría y el Espíritu
que hablaba en él» (Hch 6, 10). Ese tal predicador hablaría con tanta suavidad y autoridad (Mt 7, 29), que su palabra no volvería a él vacía ni quedaría sin efecto (cf. Is. 15, 11).
3. Fuente de gozo y consuelo 98. 3.° Así como la Sabiduría eterna es el objeto de la felicidad y complacencia del Padre Eterno y la alegría de los ángeles, así para el hombre que la posee es el princi- pio de los más suaves deleites y consuelos. Le comunica el gusto por las cosas de Dios y le hace perder el gusto de las criaturas. Alegra su espíritu con el resplandor de sus luces, derrama en su corazón una alegría, una man- sedumbre y una paz indecibles, aun en medio de las ma- yores tribulaciones, como lo atestigua San Pablo cuando exclama: «Entrando en mi casa hallaré en ella mi reposo; porque ni en su conversación tiene rastro de amargura ni causa tedio su trato, sino, antes bien, consuelo y alegría» (2 Co 7, 4); y no solamente en mi casa y en su conversa- ción disfrutaba de alegría, sino también en todas partes y en todo, porque iba delante de mí (Sb 8, 16). (Sb 7, 12). Exis- te un santo placer en su amistad (Sb 8, 18). En cambio, las alegrías y goces que pueden hallarse en las criaturas no son sino sombras de placer y aflicción de espíritu.
99. 4.º Cuando la Sabiduría eterna se comunica a un alma, le infunde todos los dones del Espíritu Santo y to- das las grandes virtudes en grado eminente; es a saber, las virtudes teologales: fe viva, esperanza firme, caridad ar- diente; las virtudes cardinales: templanza sobria, pruden- cia consumada, justicia perfecta y fortaleza invencible; las virtudes morales: religión perfecta, humildad profun- da, mansedumbre atrayente, obediencia ciega, amor sin acepción de personas, mortificación continua, oración sublime, etc. Tales son las admirables virtudes y los ce- lestiales dones a que se refiere el Espíritu Santo con estas breves palabras (Sb 8, 7). 5. Inspira grandes empresas… Da pesadas cruces 100. En fin, como nada hay más activo que la Sabi- duría (Sb 7, 24), no consiente que quienes se honran con su amistad permanezcan en la tibieza o en la negligencia. Los inflama y los mueve a emprender grandes cosas por la gloria de Dios y la salvación de las almas, y, con el fin de probarlos y hacerlas más dignos de ella, les procura grandes combates y les reserva contradicciones y obs- táculos en casi todas sus empresas. Consiente unas veces que el demonio los tiente, o que el mundo los calumnie y desprecie, o bien que sus enemigos triunfen y los humi- llen, e incluso que los traicionen y desamparen sus pro- pios parientes y amigos. Ya permite que los aflija la pér- dida de sus bienes, ya una enfermedad; ora los hiere una injuria, ora son presa de la pena y el desaliento. En una palabra, los prueba de todas formas en el crisol de las tri- bulaciones. Pero si delante de los hombres han padecido tormentos; su esperanza está llena de inmortalidad. Su tribulación ha sido pequeña y su galardón será grande, porque Dios hizo prueba de ellos y los halló dignos de sí. Probólos como el oro en el crisol, y los aceptó como víc- tima de holocausto, ya su tiempo se les dará la recompen-
sa» (Sb 3, 4-6).
«La Sabiduría enriqueció al justo en sus fatigas y re- compensó abundantemente sus trabajos; cuando querían sorprenderle con sus fraudes, ella le asistió e hízole rico. Guardóle de los enemigos y defendióle de los seductores e hízole salir vencedor en la gran lucha, a fin de que co- nociese que de todas las cosas la más poderosa es la Sa- biduría» (Sb 10, 10-12).
101. Se lee en la vida del Beato Enrique Susón, do- minico, que era tal su deseo de alcanzar la Sabiduría eter- na, que se ofreció en varias ocasiones a padecer toda suerte de pruebas con tal de merecer sus favores. ¡Pues qué! -se decía un día a sí mismo-, ¿no sabes que los amantes soportan miles y miles de sufrimientos por el ob- jeto de su amor? Consideran dulces los desvelos, agra- dables las fatigas y el trabajo como un descanso, una vez seguros de que la persona amada se dará por obligada y satisfecha. Pues bien: si los hombres se obligan a tales cosas para dar gusto a una podredumbre hedionda, ¿no te dan vergüenza tus vacilaciones en la resolución de po- seer la Sabiduría? ¡Oh Sabiduría eternal -exclamaba-, jamás retrocederé en vuestro amor, aun cuando para lle- gar a vuestra mansión haya de caminar entre zarzales y espinas que me cubran hasta la cabeza; aun cuando me viera expuesto a mil crueldades en el cuerpo y en el al- ma, preferiré vuestra amistad a todo lo creado, y rei- naréis de modo absoluto sobre todos mis afectos. 102. Pocos días después, yendo de viaje, cayó en manos de unos ladrones, los cuales le dejaron en tan las- timoso estado, que ellos mismos se sintieron movidos a compasión. Al verse Enrique Susón en situación tan de- plorable y privado de todo socorro, cayó en profunda me- lancolía y olvidando su firme propósito de ser valeroso en las pruebas, se puso a llorar, preguntándose por qué razón Dios le afligía de aquella manera. Así pensando se dur- mió, y al alborear el siguiente día, oyó una voz que la reñía diciendo: «He aquí al soldado que hiende las mon- tañas, trepa por las rocas, expugna las ciudades, mata y desbarata a todos sus enemigos cuando se halla en la prosperidad; y en tiempo de adversidad, no tiene ni valor, ni brazos, ni piernas. Es un león mientras dura la conso- lación, pero en la tribulación es un ciervo pusilánime; la Sabiduría no honra con su amistad a tales poltrones e in- dolentes». Ante tal reprimenda, el Beato Enrique confesó la falta que había cometido afligiéndose excesivamente, y suplicó a la Sabiduría le permitiera desahogar su corazón con el llanto de sus ojos. «De ninguna manera -exclamó la misma voz-; nadie en el cielo hará aprecio de ti, si, a semejanza de un niño o de una mujer, te entregas al llan- to; enjuga tus ojos y serénate»
(Enrique de Berg, llamado ordinariamente Susón o Suss, de su madre Saüssen (1295-1365), dominico. Su obra princi- pal se titula Horologium Sapientiae aeternae. Esta edición moderna del P. Carlos Richstater, S, I. Turín, Marietti, 1929). - Por las varias veces que Montfort le cita se ve que le profesaba especial devoción - Algo de lo que aquí se dice históricamente, se halla también en Horologium, 1. 1, c. 9, p. 97 de la ed. Cit., y en el 13, sobre todo en la p. 135.)
103. Así, pues, la cruz es el patrimonio y la recom-
pensa de aquellos que desean o poseen la Sabiduría eter- na. Pero esta amable Soberana, que todo lo hizo con nú- mero, peso y medida, no envía cruces a sus amigos sino proporcionadas a sus fuerzas, y es tal la suave unción con que las dulcifica, que en ella encuentran sus delicias. PARTE III La Sabiduría encarnada. Su vida, su mansedumbre, sus oráculos, su muerte C A P Í T U L O IX La encarnación y la vida de la Sabiduría eterna
1. Encarnación de la Sabiduría eterna 104. Habiendo determinado el Verbo eterno, la Sabi- duría eterna, en el gran consejo de la Santísima Trinidad, hacerse hombre para salvar al hombre caído, dio a cono- cer a Adán, como es creíble, y prometió a los primeros patriarcas, como lo atestigua la Sagrada Escritura, que se haría hombre para redimir el mundo. Por lo cual, durante los cuatro mil años que siguieron a la creación, todos los santos del Antiguo Testamento insistían en sus oraciones, solicitando la venida del Mesías prometido. Suspiraban, lloraban y exclamaban: «¡Oh nubes, lloved al justo! ¡Oh tierra, germina al Salvador!» (Is 45, 8). Oh Sabiduría, que saliste de la boca del Altísimo: ven a librarnos (Antífonas de Adviento). Pero sus gritos, sus oraciones y sus sacrificios no tenían la fuerza necesaria para hacer bajar del seno de su Padre a la Sabiduría eterna, o sea al Hijo de Dios. Le- vantaban sus brazos al cielo, pero no eran suficientemen- te largos para llegar hasta el trono del Altísimo. Ofrecían continuos sacrificios a Dios, incluso el de sus corazones; pero el precio de estos sacrificios no bastaba para mere- cer esta gracia de las gracias. 105. Cuando hubo llegado el tiempo de llevar a cabo la redención del hombre, la Sabiduría divina edificóse una habitación, una morada digna de ella (Pr 9, 1). Creó y formó en el seno de Santa Ana a la divina María, con mayor complacencia que la que había puesto en la crea- ción del universo. Imposible es, por una parte, enumerar las liberalidades con que la Santísima Trinidad adornó a tan hermosa criatura, y por otra, la fidelidad con que ella correspondió a los grandes dones de su Creador. 106. El impetuoso torrente de la infinita bondad de Dios, violentamente contenido por los pecados de los hombres desde el comienzo del mundo, se precipita con toda su fuerza y plenitud en el corazón de María. Le co- munica cuantas gracias hubieran recibido de su libe- ralidad Adán y su descendencia si hubiesen permanecido en el estado de inocencia. En fin: como dice un santo, to- da la plenitud de la Divinidad, en cuanto de ello es capaz una criatura, fue prodigada a María (Plenitud de la Divinidad (San Jerónimo). Creemos que se refiere Montfort al conocido texto atribuido a San Jeróni- mo: «Et bene plena, quia ceteris per partes praestatur; Ma- riae vero simul se tota infudit plenitudo gratiae» (Offic. de Immaculata Conceptione, lectio 4). Ideas parecidas a las de Montfort, en el comienzo de la bula Ineffabilis ). ¡Oh María, obra maestra del Altísimo, milagro de la