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CXCVI COMPENDIO DEL PSICOANALISIS * 1938 [1940] [PreFAcIO] El propósito de este trabajo es reunir los principios del psicoanálisis y con- firmarlos, como si de dogmas se tratara, en una forma la más concisa posible y expuestos en los términos más inequívocos. La intención no es, por supuesto, promover credulidad o despertar convicción. Las enseñanzas del psicoanálisis están basadas en un número incalculable de observaciones y experiencia y sólo aquél que ha repetido estas observaciones en sí mismo y en los demás está en una posición de alcanzar un juicio personal sobre ellas. PRIMERA PARTE [LA NATURALEZA DE LO PSIQUICO] CaríTuLo 1 EL APARATO PSIQUICO pensamiento filosófico, pero cuya justificación radica en sus propios re- sultados. De lo que hemos dado en llamar nuestro psiquismo (o vida men- tal) son dos las cosas que conocemos: por un lado, su órgano somático y teatro de acción, el encéfalo (o sistema nervioso); por el otro, nuestros actos de cons- ciencia, que se nos dan en forma inmediata y cuya intuición no podría torna! más directa mediante ninguna descripción. lgnoramos cuanto existe entre estos dos términos finales de nuestro conocimiento; no se da entre ellos ninguna rela- ción directa. Si la hubiera, nos proporcionaría a lo sumo una localización exacta E psicoanálisis parte de un supuesto básico cuya discusión concierne al * Publicado por Int. Z. Psychoanal, Imago, 25 (MD), conceptual del maestro visto en este ensayo, y cuando. 26, 1940, con el título Abriss der Psychoanalyse, Tra: Freud contaba con 82 años. Al parecer una nueva ope- bajo inconcluso que Freud dató, julio 1938, es decir, co- — ración del cáncer impidió darle término a este com inenzado poco después del arribo a Inglaterra, J, Stra— pendío, chey señala justificadamente la penetrante idad 3380 SIGMUND FREUD OBRAS COMPLETAS de los procesos de consciencia, sin contribuir en lo mi sión. Nuestras dos hipótesis arrancan de estos términos o principios de nuestro conocimiento. La primera de ellas concierne a la localización presumimos la vida psíquica es la función de un aparato al cual suponemos especialmente extenso y compuesto de varias partes, o sea, que lo imaginamos a semejanza de un telescopio, de un microscopio o algo parecido. La consecuente elaboración de semejante concepción representa una novedad científica, aunque ya se hayan efectuado determinados intentos en este sentido. Las nociones que tenemos de este aparato psíquico las hemos adquirido es tudiando el desarrollo individual del ser humano. A la más antigua de esas pro. vincias o instancias psíquicas la llamamos ello; tiene por contenido todo lo here» dado, lo innato, lo constitucionalmente establecido; es decir, sobre todo, los in» tintos originados en la organización somática, que alcanzan [en el ello] una pri mera expresión psíquica, cuyas formas aún desconocemos 15%, Bajo la influencia del mundo exterior real que nos rodea, una parte del ello ha experimentado una transformación particular. De lo que era originalmente Una capa cortical dotada de órganos receptores de estímulos y de dispositivos para la protección contra las estimulaciones excesivas, desarrollóse paulatinu. mente una organización especial que desde entonces oficia de mediadora entre el ello y el mundo exterior. A este sector de nuestra vida psíquica le damos el nombre de yo. mo a su mej r compren Características principales del «yo» En virtud de la relación preestablecida entre la percepción sensorial y la acti» vidad muscular, el yo gobierna la motilidad voluntaria. Su tarea consiste en la autoconservación, y la realiza en doble sentido. Frente al mundo exterior se per. cata de los estímulos, acumula (en la memoria) experiencias sobre los mismos, elude (por la fuga) los que son demasiado intensos, enfrenta (por adaptación) los estímulos moderados y, por fin, aprende a modificar el mundo exterior, adecuándolo a su propia conveniencia (a través de la actividad). Hacia el interior, frente al elío, conquista el dominio sobre las exigencias de los instintos, decide si han de tener acceso a la satisfacción, aplazándola hasta las oportunidades y cir. cunstancias más favorables del mundo exterior, o bien suprimiendo totalmente las excitaciones instintivas. En esta actividad el Jo es gobernado por la consider. ción de las tensiones excitativas que ya se encuentran en él o que va recibiendo, Su aumento se hace sentir por lo general como displacer, y su disminución como placer. Es probable, sin embargo, que lo sentido como placer y como displacer no scan las magnitudes absolutas de esas tensiones excitativas, sino alguna par. ticularidad en el ritmo de sus modificaciones. El Jo persigue el placer y trata de evitar el displacer. Responde con una señal de angustia a todo aumento esperado y previsto del displacer, calificándose de peligro el motivo de dicho aumento, ya amenace desde el exterior o desde el interior. Periódicamente el yo abandona ku conexión con el mundo exterior y se retrae al estado del dormir, modificando 050% Esta parte arcaica del aparato psíquico se= Con ella se inició también la labor inve á siendo la más importante durante la vida entera. — psicoanálisis. gui COMPENDIO. DEL PS1COANALISIS 2041 profundamente su organización. De este estado de reposo se desprende que dicha organización consiste en una distribución particular de la energía psíquica, Como sedimento del largo período infantil durante el cual el ser humano en formación vive en dependencia de sus padres, fórmase en el yo una instancia especial que perpetúa esa influencia parental y a la que se ha dado el nombre de super-yo. En la medida en que se diferencia el yo o se le opone, este super-yo cons- tituye una tercera potencia que el yo ha de tomar en cuenta. . . Una acción del yo es correcta si satisface al mismo tiempo las exigencias del yo, del super-yo y de la realidad; es decir, si logra conciliar mutuamente sus de- mandas respectivas. Los detalles de la relación entre el yo y el super-yo se tornan perfectamente inteligibles, reduciéndolos a la actitud del niño frente a sus par dres. Naturalmente, en la influencia parental no sólo actúa la índole personal de aquéllos, sino también el efecto de las tradiciones familiares, raciales y Popula que ellos perpetúan, así como las demandas del respectivo medio social que presentan. De idéntica manera, en el curso de la evolución individual el super-yo incorpora aportes de sustitutos y sucesores ulteriores de los padres, como los educadores, los personajes ejemplares, los ideales venerados en la sociedad. Se advierte que, a pesar de todas sus diferencias fundamentales, el ello y el super») tienen una cosa en común: ambos representan las influencias del pasado: el ello, las heredadas; el super-yo, esencialmente las recibidas de los demás, mientras que el yo es determinado principalmente por las vivencias propias del individuos es decir, por lo actual y accidental. o ¡sho Este esquema general de un aparato psíquico puede asimismo admiti 2 como válido para los animales superiores, psíquicamente similares al hombre, Debemos suponer que existe un super-yo en todo ser que, como. el hombre, haya tenido un período más bien prolongado de dependencia infantil. Cabe tamt aceptar inevitablemente la distinción entre un yo y un ello. . o La psicología animal no ha abordado todavía el interesante problema q aquí se plantea. CAPÍTULO II TEORIA DE LOS INSTINTOS El poderío del ello expresa el verdadero propósito vital del organismo ndivi dual: satisfacer sus necesidades innatas. No es posible atribuir al ello un propósito como el de mantenerse vivo y de protegerse contra los peligros por medio de angustia: tal es la misión del yo, que además está encargado de buscar de satisfacción que sea más favorable y menos peligrosa en lo referente al mundo exterior. El super-yo puede plantear, a su vez, nuevas necesidades, pero su principal sigue siendo la resiricción de las satisfacciones. . Denominamos instintos a las fuerzas que suponemos tras las tensiones causit- das por las necesidades del ello. Representan las exigencias somáticas pl anteadas a la vida psíquica, y aunque son la causa última de toda actividad, su indole es esencialmente conservadora: de todo estado que un vivo alcanza surge la ten- dencia a restablecerlo en cuanto haya sido abandonado. Por tanto, es posible distinguir un número indeterminado de instintos, lo que efectivamente suele hacerse en la práctica común. Para nosotros, empero, tiene particular impor- 3384 SIGMUND FREUD OBRAS COMPLETAS ción y la caricia manual de ese cuerpo ajeno, como manifestaciones accesoria y como actos preparatorios. Dicho impulso aparecería con la pubertad, es decir, en la edad de la maduración sexual, y serviría a la procreación; pero siempre ne conocieron hechos que no caben en el estrecho marco de esta concep: curioso que existan seres para los cuales sólo tienen atractivo la: personas del propio sexo y sus órganos genitales; 2) no es menos extraño que existan persons cuyos descos parecieran ser sexuales, pero que al mismo tiempo descartan com. pletamente los órganos sexuales o su utilización normal: a tales seres se los llamg «perversos», 3) por fin, es notable que ciertos niños (considerados por ello como. degencrados) muy precozmente manifiestan interés por sus propios genitales y signos de excitación en los mismos. Es comprensible que el psicoanálisis despertara asombro y antagonismo cuando, fundándose parcialmente en esos tres hechos desatendidos, contradija todas las concepciones populares sobre la sexualidad y arribó a las siguientes como probaciones fundamentales: a) La vida sexual no comienza sólo en la pubertad, sino que se inicia con evidentes manifestaciones poco después del nacimiento. b) Es necesario establecer una neta distinción entre los conceptos de la «sexual» y lo «genital». El primero es un concepto más amplio y comprende. muchas actividades que no guardan relación alguna con los órganos genital c)_ La vida sexual abarca la función de obtener placer en zonas del cuerp Una función que ulteriormente es puesta al servicio de la procreación, pero Y menudo las dos funciones no llegan a coincidir íntegramente. ñ Es natural que el interés se concentre en el primero de estos postulados, 4h más inesperado de todos. Pudo comprobarse, en efecto, que en la temprimie infancia existen ciertos signos de actividad corporal a los que sólo un arraigde prejuicio pudo negar el calificativo de sexual y que aparecen vinculados con le nómenos psíquicos que más tarde volveremos a encontrar en la vida aAmoroME del adulto, como, por ejemplo, la fijación a determinados objetos, los celos, ele. Compruébasc, además, que tales fenómenos, surgidos, en la primera infanelik forman parte de un proceso evolutivo perfectamente reglado, pues después de un incremento progresivo alcanzan su máximo hacia el final del quinto para caer luego en un intervalo de reposo. Mientras dura éste, el proceso se dee: tiene, gran parte de lo aprendido se pierde y la actividad sufre una suerte de invgs lución, Finalizado este período, que se denomina «de latencia», la vida sexual continúa en la pubertad, cual si volviera a florecer. He aquí el hecho del arranqu bifásico de la vida sexual, hecho desconocido fuera de la especie humana y seguro mente fundamental para su antropomorfización 1510. » No carece de importancia el que los sucesos de este primer período de lk sexualidad sean, salvo escasos restos, víctimas de la amnesia infantil. Nuestina concepciones sobre la etiología de la neurosis y nuestra técnica de tratamiento analítico derivan precisamente de estas concepciones, y la exploración de los prue Feo Véase al respecto la hipótesis de que el hombre — parada con desciende de un mamífero que habría alcanzado su — cidad de la madurez sexual a los cinco años. Alguna circunstancia — desempei exterior de gran magnitud influyó entonces sobre la — entre los sexos, [Idea especie, interrumpiendo la evolución directa de la sexua= — cor respecto a mm estar relacionadas asimismo — fatencia infantil con la época gla Otras modificaciones de la sexualidad humana, com- — deJ. NJ] COMPENDIO DEL LCOCOANALISIOS 3385 cesos evolutivos que acaecen en dicha época precoz también ha evidenciado la certeza de otras postulaciones. La boca es, a partir del nacimiento, el primer órgano que aparece como zona erógena y que plantea al psiquismo exigencias libidinales. Primero, toda activi- dad psíquica está centrada en la satisfacción de las necesidades de esa zona. Na- turalmente, la boca sirve en primer lugar a la autoconservación por medio de nutrición, pero no se debe confundir la fisiología con la psicología. El chupeteo del niño, actividad en la que éste persiste con obstinación, es la manifestación más precoz de un impulso hacia la satisfacción que, si bien originado en la in- gestión alimentaria y estimulado por ésta, tiende a alcanzar el placer indepen- dientemente de la nutrición, de modo que podemos y debemos considerarlo sexual. Ya durante csa fase oral, con la aparición de los dientes, surgen esporádica mente impulsos sádicos que se generalizan mucho más en la segunda fase, deno- minada «sádico-anal» porque en ella la satisfacción se busca en las agresiones y en las funciones excretorias. Al incluir las tendencias agresivas en la libido nos fundamos en nuestro concepto de que el sadismo es una mezcla instintual de impulsos puramente libidinales y puramente destructivos, mezcla que desde entonces perdurará durante toda la vida 191. La tercera fase, denominada «fálica», es como un prolegómeno de la confor» mación definitiva que adoptará la vida sexual, a la cual se asemeja s 'obremancra, Es notable que en ella no intervengan los genitales de ambos sexos, sino sólo el masculino (falo). Los genitales femeninos permanecen ignorados durante mu. cho tiempo: el niño, en su intento de comprender los procesos sexuales, se ad= hiere a la venerable teoría cloacal, genéticamente bien justificada 1512, Con la fase fálica y en el curso de ella, la sexualidad infantil precoz llega a su máximo y se aproxima a la declinación. En adelante, el varon y la mujer seguirán distintas evoluciones. Ambos han comenzado a poner su actividad intelectual al servicio de la investigación sexual; ambos se basan en la presunción de la exis. tencia universal del pene; pero ahora han de separarse los destinos de los sexos. El varón ingresa en la fase edípica; comienza a manipular su pene con fantasías simultáneas que tienen por tema cualquier forma de actividad sexual del mismo con la madre, hasta que los efectos combinados de alguna amenaza de castración y del descubrimiento de la falta de pene en la mujer le hace experimentar el mayor trauma de su vida, que inaugura el período de latencia, con todas sus repercu- siones. La niña, después de un fracasado intento de emular al varón, llega a re- conocer su falta de pene, o más bien la inferioridad de su clítoris, sufriendo con- secuencias definitivas para la evolución de su carácter; a causa de esta primera defraudación en la rivalidad, a menudo comienza por apartarse de la vida sexual en general. Sería erróneo suponer que estas tres fases se suceden simplemente; por el contrario, la una se agrega a la otra, se superponen, coexisten. En las fases pre- Cabe preguntarse la satisfacción de 1512 Muchos pretenden que las excita impulsos puramente destructivos puede hacerse sentir — nales pueden ser muy precoces. pero con tod lacer, si existe la destrucción pura, sin compo- — bilidad se trata de excitaciones en el mentes libidinales. La satisfacción de lo que del ins- órgano análogo al pene, de modo que ese hecho into de muerte haya quedado en el yo no parece des- — no invalida la justificación de llamar fase, pertar sensaciones placenteras, aunque el masoquismo representa una fusión muy análoga a la del sadismo. 3386 SIGMUND FREUD OBRAS COMPLETAS coces cada uno de los instintos parciales persiguen su satisfacción en completa independencia de los demás; pero en la fase fálica aparecen los primeros indición de una organización destinada a subordinar las restantes tendencias bajo la pri macía de los. genitales, representando un comienzo de coordinación de la tenden cia hedonística general con la función sexual. La organización completa sólo Ne alcanzará a través de la pubertad, en una cuarta fase, en la fase genital. Se extis blece así una situación en la cual: 1) se conservan muchas catexias libidinules anteriores; 2) otras se incorporan a la función sexual como actos preparatorios y coadyuvantes, cuya satisfacción suministra el denominado placer preliminur; 3) otras tendencias son excluidas de la organización, ya sea coartándolas total mente (represión) o empleándolas de una mancra distinta en el yo, formando rasgos del carácter o experimentando sublimaciones con desplazamiento de 4% ines. Este proceso no siempre transcurre llanamente. Las inhibiciones de su dese rrollo se manifiestan en forma de los múltiples trastornos que puede sufrir lá vida sexual, Prodúcense entonces fijaciones de la libido a las condiciones de fuer anteriores, cuya tendencia, independiente del fin sexual normal, se calificu de perversión. Semejante inhibición del desarrollo es, por ejemplo, la homosexual dad, siempre que llegue a ser manifiesta. El análisis demucstra que en todos lok casos ha existido un vínculo objetal de carácter homosexual, que casi siempre subsiste, aun /atentemente. La situación se complica porque, en general, no Me trata de que los procesos necesarios para llegar a la solución normal se rel plenamente o falten por completo, sino que también pueden realizarse rc mente, de modo que el resultado final dependerá de estas relaciones cuantitatiwi: Así, aunque se haya alcanzado la organización genital, ésta se encontr des bilitada por las porciones de libido que no hayan seguido su desarrollo, quedando fijadas a objetos y fines pregenitales. Este debilitamiento se manifiesta en la lane dencia de la libido a retornar a sus anteriores catexias pregenitales en casos de insatisfacción genital o de dificultades en el mundo real (regresión). Estudiando las funciones sexuales hemos adquirido una primera convicción provisional, o más bien una presunción, de dos nociones que demostrarán ser importantes en todo el sector de nuestra ciencia. Ante todo, la de que las mani caso, desde el punto de vista de la distribución cuantitativa de la libido); luego, que la etiología de los trastornos estudiados por nosotros se encuentra en la hip toria evolutiva, es decir, en las épocas más precoces del individuo. CapíTuLO IV LAS CUALIDADES PSIQUICAS Hemos descrito la estructura del aparato psíquico y las energías o fuerzan que en él actúan; hemos observado asimismo en un ejemplo ilustrativo cómo esas energías (especialmente la libido) se organizan integrando una función flo siológica que sirve a la conservación de la especie. Nada había en todo ello que expresase el particularísimo carácter de lo psíquico, salvo, naturalmente, él hecho empírico de que aquel aparato y aquellas energías constituyen el fun festaciones normales y anormales que observamos, es decir, la fenomenoloplik debe ser descrita desde el punto de vista de la dinámica y de la economía (en em COMPENDIO DEL PSICOANALIST 3387 denominamos nuestra vida anímica. Nos ocupa- mente característico de ese psiquismo, de lo que, hasta coincide realmente con lo psíquico, a damento de las funciones que remos ahora de cuanto es única, según opinión muy generalizada, exclusión de todo lo demás. El punto de partida de di de la consciencia, un hecho rel tante, cuando alguien se refiere a la conscienci experiencia lo que con ello se quiere significar Muchas personas, psicólogas O nO, Se conforman con aceptar que la cons- ciencia sería lo único psíquico, y en tal caso la psicología no tendría más objeto que discernir, en la fenomenología psíquica, percepciones, sentimientos, proce: sos cogitativos y actos volitivos. Se acepta generalmente, empero, que estos pro- cesos conscientes no forman series cerradas y completas en sí mismas, de modo que sólo cabe la alternativa de admitir que existen procesos físicos o somáticos concomitantes de lo psíquico, siendo evidente que forman series más comple- tas que las psíquicas, pues sólo algunas, pero no todas, tienen procesos para- lelos conscientes. Nada más natural, pues, que poner el acento, en ps icología, sobre esos procesos somáticos, reconocerlos como lo esencialmente psíquico, tratar de establecer otra categoría para los resisten la mayoría de los filósofos y muchos que no lo son, declarando que la noción de algo psíquico que fuese inconsciente sería contradictoria en sí misma. He aquí precisamente lo que el psicoanálisis se ve obligado a establecer y lo que constituye su segunda hipótesis fundamental Postula que lo esencial- mente psíquico son esos supuestos procesos concomitantes somáticos, y al ha- cerlo, comienza por hacer abstracción de la cualidad de consciencia. Con todo, no se encuentra solo en esta posición, pues muchos pensadores, como, por ejem- plo, Theodor Lipps, han afirmado lo mismo con idénticas palabras. Por lo demás, la general insuficiencia de la concepción corriente de lo psíquico ha dado lugar a que hicicran cada vez más perentoria la incorporación de algún concepto de lo inconsciente en el pensamiento psicológico, aunque fue planteado en forma tan vaga e imprecisa que no pudo ejercer influencia alguna sobre la ciencia. Ahora bien: parecería que icho estudio está dado por el singular fenómeno fractario a toda explicación y descripción. No obs- a, sabemos al punto por propia 1313 esta disputa entre el psicoanálisis y la filosofía sólo se refiere a una insignificante cuestión de definiciones; es decir, a si el califi- cativo de «psíquico» habría de ser aplicado a una u otra serie. En realidad, sin embargo, esta decisión es fundamental, pues mientras la psicologia de la cons. ciencia jamás logró trascender esas series fenoménicas incompletas, evidente- mente subordinadas a otros sectores, la nueva concepción de que lo psíquico sería en sí inconsciente permitió convertir la psicología en una ciencia natur l como cualquier otra. Los procesos de que se ocupa son en sí tan incognoscibles como los de otras ciencias, como los de la química o la fisica; pero es posible establecer las leyes a las cuales obedecen, es posible seguir en tramos largos y con- tinuados sus interrelaciones e interdependencias, es decir, es posible alcanzar lo que se considera una «comprensión» del respectivo sector de los fenómenos naturales. Al hacerlo, no se puede menos que establecer nuevas hipótesis y crear nuevos conceptos, pero éstos no deben ser menospreciados como testimonio de nuestra ignorancia, sino valorados como conquistas de la ciencia dotadas na psicología haciendo abstracción de este ico. construir hecho 1913 Una corriente psicológica extrema, como el donductismo, surgido en Estados Unidos, cree poder ¿». SIGMUND FREUD OBRAS COMP ETAS Procesos conscientes en la periferia del yo; todos los demás, en el yo, incons- cientes: he aquí la situación más simple que podríamos concebir. Bien puede ser valedera en los animales, pero en el hombre se agrega una complicación por la cual también los procesos internos del yo pueden adquirir la cualidad de cons- ciencia. Esta complicación es obra de la función del lenguaje, que conecta sóli- damente los contenidos yoicos con restos mnemónicos de percepciones visuales y, particularmente, acústicas. Merced a este proceso, la periferia perceptiva de la capa cortical también puede ser estimulada, y en medida mucho mayor, desde el interior: procesos internos, como los ideativos y las secuencias de representa- ciones, pueden tornarse conscientes, siendo necesario un mecanismo particular que discierna ambas posibilidades: he aquí la denominada prueba de realidad. Con ello ha caducado la ecuación «percepción — realidad (mundo exterior)», lla- mándose alucinaciones los errores que ahora pueden producirse fácilmente y que ocurren con regularidad en el sueño. El interior del yo, que comprende ante todo los procesos cogitativos o inte- lectivos, tiene la cualidad de preconsciente. Esta es característica y privativa del yo, mas no sería correcto aceptar que la conexión con los restos mnemónicos del lenguaje sea el requisito esencial del estado preconsciente, pues éste es inde- pendiente de aquél, aunque la condición del lenguaje permite suponer certera- mente la índole preconsciente de un proceso. El estado preconsciente, caracte- rizado de una parte por su accesibilidad a la consciencia, y de otra por su vin- culación con los restos verbales, es, sin embargo, algo particular, cuya índole no queda agotada por esas dos características. Prueba de ello es que grandes partes del yo —y, ante todo, del super-yo, al que no se puede negar el carácter de preconsciente—, por lo general permanecen inconscientes en el sentido feno- menológico. Ignoramos por qué esto debe ser así. Más adelante trataremos de abordar el problema de la verdadera índole de lo preconsciente. Lo inconsciente es la única cualidad dominante en el ello. El ello y lo incons- ciente se hallan tan íntimamente ligados como el yo, y lo preconsciente, al punto que dicha relación es aún más exclusiva en aquel caso. Un repaso de la historia evolutiva del individuo y de su aparato psíquico nos permite comprobar una importante distinción en cl ello. Originalmente, desde luego, todo era ello; el Jo se desarrolló del ello por la incesante influencia del mundo exterior. Durante esta lenta evolución, ciertos contenidos del ello pasaron al estado preconsciente y se incorporaron así al yo; otros permanecieron intactos en el ello, formando su núcleo, dificilmente accesible. Mas durante este desarrollo el joven y débil yo volvió a desplazar al estado inconsciente ciertos contenidos ya incorporados, abandonándolos, y se condujo de igual manera frente a muchas impresiones nue- vas que podría haber incorporado, de modo que éstas, rechazadas, sólo pudic- ron dejar huellas en el ello. Teniendo cn cuenta su origen, denominamos /o re- primido a esta parte del ello. Poco importa que no siempre podamos discernir claramente entre ambas categorías de contenidos éllicos, que corresponden apro- ximadamente a la división entre el acervo innato y lo adquirido durante el des- arrollo del yo. Si aceptamos la división topográfica del aparato psíquico en un yo y en un ello, con la que corre paralela la diferenciación de las cualidades preconscientes e inconscientes; si, por otra parte, sólo consideramos estas cualidades como signos de la diferencia, pero no como la misma esencia de éstas, ¿en qué reside entonces la verdadera índole del estado que se revela en el ello por la cualidad LISIS 1391 1COAN COMPENDIO DEL de lo inconsciente, y en el yo por la de lo preconsciente? ¿En qué consiste la dife- rencia entre ambos ? Pues bien: nada sabemos de esto, y nuestros escasos conocimientos apenas se elevan lastimosamente sobre el tenebroso fondo formado por esta incerti dumbre. Nos hemos aproximado aquí al verdadero y aún oculto enigma de lo psíquico. Siguiendo la costumbre impuesta por otras ciencias naturales, acepta- mos que en la vida psíquica actúa una especie de energía, pero carecemos de todos los asideros necesarios para abordar su conocimiento mediante analogías con otras formas energéticas. Creemos reconocer que la energía nerviosa o psíquica existe en dos formas: una libremente móvil y otra más bien ligada; hablamos de catexias e hipercatexias de los contenidos, y aún nos atrevemos a suponer que una «hipercatexia» establece una especie de síntesis entre distintos procesos, sín- tesis en cuyo curso la energía libre se convierte en ligada. Más lejos no hemos podido llegar, pero nos atenemos a la noción de que también la diferencia entre el estado inconsciente y el preconsciente radica en semejantes condiciones diná- micas, noción que nos permitiría comprender que el uno pueda transformarse en el otro, ya sea espontáneamente o mediante nuestra intervención. Tras todas esas incertidumbres asoma, empero, un nuevo hecho cuyo descu- brimiento debemos a la investigación psicoanalítica. Hemos aprendido que los procesos del inconsciente o del ello obedecen a leyes distintas de las que rigen los procesos en el yo preconsciente. En su conjunto, denominamos a estas leyes proceso primario, en contraste con el proceso secundario, que regula el suceder del preconsciente, del yo. Así, pues, el estudio de las cualidades psíquicas no ha resultado, a la postre, estéril. CapfruLo Y LA INTERPRETACION DE LOS SUEÑOS COMO MODELO ILUSTRATIVO Poco nos revelará la investigación de los estados normales y estables, en los cuales los límites del yo frente al ello, asegurados por resistencias (anticatexias), se han mantenido firmes; en los cuales el super-yo no se diferencia del yo porque ambos trabajan en armonía. Sólo pueden sernos útiles los estados de conflicto y rebelión cuando el contenido del ello inconsciente tiene perspectivas de irrum- pir al yo y a la consciencia, y cuando el yo, a su vez, vuelve a defenderse contra esa irrupción. Sólo en estas circunstancias podemos realizar observaciones que corroboren o rectifiquen lo que hemos dicho con respecto a ambos partícipes del mecanismo psíquico. Mas semejante estado es precisamente el reposo noc- turno, el dormir, y por eso la actividad psíquica durante el dormir, actividad que vivenciamos como sueños, constituye nuestro más favorable objeto de estudio. Además, nos permite eludir la tan repetida objeción de que estructuraríamos la vida psíquica normal de acuerdo con comprobaciones patológicas, pues el sueño es un fenómeno habitual en la vida de todo ser normal, por más que características discrepen de las producciones que presenta nucstra vida de vigilia. Como todo el mundo sabe, el sueño puede ser confuso, incomprensible y aun absurdo; sus contenidos pueden contradecir todas nucstras nociones de la realidad, y en él nos conducimos como dementes, al adjudicar, mientras soña- mos, realidad objetiva a los contenidos del sueño.