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Asignatura: introducción al estudio de la lengua española, Profesor: Antonia Medina Guerra, Carrera: Filología Clásica, Universidad: UMA
Tipo: Apuntes
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La ortografía representa un valor incalculable en la unidad de la lengua. Mientras los demás planos lingüísticos se hallan sujetos a los parámetros de variación, la ortografía es un código uniforme en el que todas las variables se diluyen.
La ortografía española tiene su origen en el latín. Es una ortografía alfabética con 27 letras o grafemas y 24 fonemas con los que podemos escribir una infinidad de palabras a pesar de formar un conjunto limitado. Esta incorporación de 27 grafemas es relativamente reciente. Antes de 1994 contábamos con 29 grafemas, pero el Congreso de Academias de la Lengua Española estableció que los dígrafos “ch” y “ll” son independientes.
En el siglo XIII, Alfonso X el Sabio estableció su primera grafía al disponer que se escribiera según la fonética castellana, si bien hasta la segunda mitad del XVI, en lo que se llama período fonético, fue muy vacilante e influida por la escritura latina. El período que llega hasta el siglo XVIII se conoce como de confusión o anárquico: la ortografía era patrimonio de quien escribía o enseñaba. Surgieron entonces los partidarios del fonetismo (Nebrija) y los del etimologismo.
Durante siglos la ortografía se ha basado en el principio de pronunciación. La primera ortografía del español, la de Antonio de Nebrija en el s. XV (1492), se basa en el principio fonemático de un fonema un grafema, o como decía Nebrija: escribir como se habla. Se convierte así el español, o castellano, en la primera lengua con gramática y diccionario con diversos defensores como Gonzalo Correas.
En el siglo XVI, se sostuvo los mismos criterios. Sin embargo, en el siglo XVII, Juan Palafox y de Mendoza estuvieron defendiendo una ortografía basada en pronunciación, etimología y uso. El refrendo oficial consolidó las normas académicas, pero al mismo tiempo vino a obstruir las vías de innovación y reforma por las que la Academia había ido avanzando paso a paso desde la primera edición de su Ortografía.
En el s. XVIII (1713), surgió la Real Academia y desde entonces la ortografía se apoyó en estos principios. Empezó a tener carácter preceptivo desde el s. XIX, cuando Isabel II la estableció como única ortografía para la enseñanza. Con esto unificó más el español dentro de los territorios de la corona. Predominó la idea y la voluntad de mantener la unidad idiomática por encima de particularismos gráficos no admitidos por todos: poco a poco, las naciones americanas hispanohablantes se mostraron conformes con la ortografía académica y la hicieron oficial en las diversas repúblicas. El proceso se cerró en Chile, donde más tiempo se había mantenido el cisma hasta 1927.
Sin embargo, debido a los cambios de gobierno de Isabel II y la consecuente inconformidad de académicos y no académicos, a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, surgieron reformistas que intentaron acabar con esa ortografía académica, como por ejemplo Bello, Martínez de Sousa o Jesús Mosterín. Estos dos últimos propusieron una vuelta al principio de pronunciación o principio fonémico. Algunas propuestas, que en realidad son globales, son la supresión de la h o la v.
En 1843, la auto-titulada “Academia Literaria y Científica de Profesores de Instrucción Primaria de Madrid” se había propuesto una reforma radical, con supresión de h, v y q, y había empezado a aplicarla en las escuelas. De ahí la inmediata oficialización de la ortografía académica, que nunca antes se había estimado necesaria.
Si todo ello hubiera dado sus frutos, la ortografía del español de hoy sería quizás muy semejante a la que se empeñó en utilizar Juan Ramón Jiménez, que se sentía solidario de esas simplificaciones. Hay que destacar la ortografía chilena, que busca usar solo el principio de pronunciación para facilitarla.
Así, la RAE no abdica del espíritu progresivamente reformista que alentó en ella desde sus comienzos y no renuncia a nada que pueda redundar en beneficio de nuestra común lengua española. En la edición de 1999, abogó por tanto a aliviar los tecnicismos, ilustrar con referencias históricas y desmenuzar en la casuítica, pensando en el público.
A finales del siglo XX, Martínez de Sousa planteó un intento de reforma, algo que, como podemos observar, no se llegó a consolidar, pues, como él detalla, sólo la RAE puede emprenderla. Entre estos intentos reformistas, debemos destacar que ninguno de estos ortógrafos ha criticado las reglas de acentuación del español, debido a su gran sencillez.
Real Academia, unas reformas que llevarían a la democratización de la escritura que acarrearía una democratización del alfabeto. Pues, excepto el principio de pronunciación, tanto el etimológico y el de uso producen desajustes en el sistema ortográfico actual.
Así pues, la Real Academia Española, junto a la obligación de «establecer y difundir los criterios de propiedad y corrección» en la ortografía actual, tiene el objetivo prioritario de velar por la unidad del idioma, con el fin de que «los cambios que experimente la Lengua Española en su constante adaptación a las necesidades de los hablantes no quiebren la esencial unidad que mantiene en todo el ámbito hispánico». El abecedario es la serie ordenada de las letras que se utilizan para representar gráficamente los fonemas. El abecedario español, aunque en la edición de 1999 venga formado por 29 letras, hoy está formado por 27. Además, existen cinco dígrafos o combinaciones de dos letras: ch, ll, gu, qu y rr. Desde 1754 hasta 2010 los dígrafos ch y ll se consideraron letras del abecedario español, aunque desde 1994 habían pasado a ordenarse en los diccionarios no como letras independientes, sino dentro de c y l , respectivamente.