Vista previa parcial del texto
¡Descarga Narbona y más Apuntes en PDF de Filología Clásica solo en Docsity!
O if 9 Bor Tema A ICO 4 Y Adriiebmyes j o - ai E Antonio Narbona Del T , BL ESAS Rafael Cano, Ramón Morillo El español - hablado en Andalucía Editorial Ariel, S.A. Barcelona Diseño cubierta: Nacho Soriano 1.* edición: febrero 1998 O 1998: Antonio Narbona Jiménez, Rafac] Cano Aguilar, Ramón Morillo Velarde-Pérez Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo: O 1998: Editorial Ariel, S. A. Córcega, 270 - 08008 Barcelona ISBN: 84-344-8225-8 : Depósito legal: B. 3.758 - 1998 Impreso en España Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, do grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor, 238 EL ESPAÑOL HABLADO EN ANDALUCÍA cuanto necesitan traspasar el listón de las conversaciones cotidianas sobre las nece- ades más inmediatas y prácticas. LOs cultos ño to son por hablar de maforma especial y superior, sino. por gozar del privilegio de acceder a muctrastetas posibi- lidades que constituyen el gradafúm de las Variedades de uso; orates-y-escritas, de idi Cuanto xtensa sea la zona por lá 'que pueden desplazarse, más co será el universo del que son copanticipes; Y mayor su capacidad de comprender el mundo exterior e interior. Es de sobra conocido que Andalucía, pese al ingente esfuerzo realizado en los últimos años, continúa siendo una de las Comunidades Autónomas con mayor por- centaje de analfabetos, tanto totales —concentrados, eso sí, en la población mayor de 55 años, y especialmente la femenina— como-funcionales (esto es, los que, aun sabiendo leer y escribir, no pueden disfrutar en la práctica de sus ventajas). A ellos habría que sumar los que prácticamente no han cursado estudios. Ello no puede sor- prender, si se tiene en cuenta que, por ejemplo, tres de cada cuatro andaluces eran, cuando ya se había cubierto el primer cuarto del presente siglo, analfabetos absolu- tos; o que en el curso 1921-1922 no pasaban de la veintena las alumnas inscritas en el único Instituto de Bachillerato existente entonces en toda la provincia de Sevilla, Los demás indicadores del desarrollo cultural y social no reflejan una situación muy diferente, situación que no es desligable del escaso desarrollo industrial y económi- co de la región. Por seculares razones de estructura económica y de distribución de la población, muchos han sido los andaluces inmersos hasta no hace muchos años en el “círculo infernal de la pobreza”. Suele decirse que han sabido soportar la situación con resignación e incluso con dignidad y gallardía, pero ni lo primero los ha salvado del todo de la desesperanza ni lo segundo pasa de ser un dulcificador envoltorio de la dura realidad. Quizá no falte algo de razón a quienes opinan que el chiste sirve para encajar el dolor. El cambio producido en los últimos decenios ha sido radical, pero no cabe ignorar que el Producto Interior Bruto de Andalucía sigue siendo todavía aproximadamente la mitad del que tienen, por ejemplo, las Baleares, la Comunidad Autónoma de Madrid o Cataluña, y que la tasa de paro duplica la media nacional. Y si la distancia en el nivel de renta y bienestar no es de tal calibre se debe a que los mecanismos de compensación y redistributivos han conseguido corregir parcialmente el desequilibrio; pero no homogéncamente, como lo revela, por ejemplo, el que la diferencia entre la renta media anual declarada en las localidades andaluzas de nivel más alto y más bajo supera los dos millones de pesetas. El entorno social apenas proporcionaba a muchos andaluces oportunidades de contrastar sus formas de expresión con las de otros, ni ocasiones que les exigieran intentar superar su recortada competencia lingiñística. Difícilmente podían mejorar- la sustancialmente aquellos a los que ninguna presión social obligaba a procurar un mayor esmero y control estructural de sus actuaciones idiomáticas. El panorama ha cambiado y está cambiando de forma clara. El trasvase de una bucna parte de los habitantes desde las zonas rurales a las urbanas, y del sector pri- mario al secundario o al terciario, a lo que vino a sumarse un importante movimien- to migratorio hacia fuera de Andalucía, ha ido transformando estructuralmente la región. El progreso económico ha permitido algo decisivo, la escolarización prácti- NIVELACIÓN, NO NORMALIZACIÓN 239 camente total de la población infantil y juvenil. No hay que restar importancia a la influencia de los medios de comunicación audiovisuales denominados de masas, en particular del más poderoso de todos, la televisión; aunque su capacidad de unifor- mar los usos idiomáticos no es comparable, ni de lejos, a la que tiene sobre los gus- tos, comportamientos y actitudes; y no siempre es positiva, porque sobre los que más se ejerce, asiduos consumidores de'una programación que no contribuye preci- samente al desarrollo de su capacidad crítica y al desarraigo de los estereotipos, suelen ser los más indefensos e inermes frente a la proliferación de vicios, incorrec- ciones e impropiedades. “ Todos estos cambios por fuerza han de implicar el avance y progreso de la competencia y capacidad idiomática de los andaluces. El abigarramiento del habla andaluza'empieza a ceder terreno a un cierto grado de nivelación. A la relativa homogeneización ha contribuido, qué duda cabe, la pérdida progresiva en un buen número de andaluces de un vocabulario en el que eran abundantes y acusadas las divergencias internas. Resultaría muy ilustrativo, por ejemplo, comprobar en qué medida se mantiene vivo el rico tesoro léxico reunido hace varias décadas en el Atlas lingúiístico y etnográfico de Andalucía. Nada de sorprendente tiene que bue- ha parte del mismo haya caído en desuso fuera de las zonas rurales, e incluso entre los jóvenes de Éstas, pues son muchos los objetos, oficios, tradiciones y costum- bres que prácticamente han desaparecido, Es plausible, por ello, el empeño de estudiosos y eruditos en “salvar” las palabras de un olvido total, siempre que no se excedan al asignarles una partida de nacimiento o un particularismo que muchas veces no tienen. «Pero interesa más el proceso nivelador positivo que deriva de la atenuación o eliminación de las tensiones provocadas por la coexistencia de variantes formales diversas y por Ta fluctuación, inestabilidad e Í izaci a elevación gener: ada del grado de instrucción y del nivel enltural hace que vayan disminuyendo las vacilaciones y el polimorfismo. . ao Por parte de algunos de conse- uit su normalización al El principio, Porque ¿qué es susceptible de quién, por qué y para ser normalizado, es decir, ajustado au "¡Po qu 7 ¿QUÉ norma tomar como modelo? No parece habe: interés en interve- nir en la gramática o en el léxico, lo que, además, sería vano empeño. ¿Por qué, por ejemplo, no ganan terreno, sino más bien lo contrario, el uso de no irse (como impe- rativo), las combinaciones discordantes del tipo uhtede(s) se reei(s) —en lugar de vosotros os reís o ustedes se ríen— o el residual pluscuamperfecto de subjuntivo con ser (fuera estado)? o ¿por qué sólo en las capas socioculturalmente más bajas, impermeables (o casi) a ese movimiento hacia una mayor homogeneización, se sigue oyendo quedrá (por querrá) o jadrá (por hard), entriega, habemo(s) máfs) de cuarenta, me (s)e ha perdi(d)o la cartera, etc.? Sencillamente, porque los propios hablantes (no todos, claro está) se van decantando paulatinamente en favor de solu- ciones correctas O Ta marcadas, y van descartando las que son valgarismos y recha- zando las ño prestigiosas. El empleo de devas mía o encima tuya, O elde construc: ciones € ¡O Tay muchas cosas que no estoy de acuerdo con ellas o después me fui a Córdoba, que tengo un tío allí que me había dicho muchas veces que me fuera NIVELACIÓN, NO NORMALIZACIÓN 241 habitúe a la diversidad de modalidades y choquen menos las distintas modulaciones melódicas y ritmos. y En todo caso, como la actividad de hablar nunca es inconsciente y en ella se pone en juego bastante más que los órganos de articulación y de percepción, en la tendencia niveladora nadie más que los propios hablantes deciden, AELSA ata, pue g esto ulatino abandono, sin 20] cian a estimaciones negativas y de la inco ó ortalecim o de lo que con- sideran prestigiado. No responde, entiéndase bien, a la voluntad de acercarse a la norma representada por el castellano central y norteño (que tampoco es una ni homogénea), sino a la inclinación colectiva —sin que ello quiera decir de todos los andaluces— a liberarse de los rasgos que más claram nte úan su distancia- miento del español ejemplar general. Otra cosa es que, en Parte, pueda contemplar- se como freno de algunas tendencias innovadoras Por parte de las modalidades con- servadoras (peninsulares o no). Asistimos a un comportamiento no muy distinto del que ha provocado, por ejemplo, la regresión —hasta convertirla casi en reliquia— de la pronunciación como e abierta de la a final de pesete(s), hospiré(l) o cante(r) en el triángulo conocido como “la Andalucía de la E” (la zona que hay entre Puente Genil —Córdoba—, Estepa —Sevilla— y Alameda —Málaga—); o del que está llevando, también sin coacción externa alguna, a la generalización del yeísmo en algunos de los enclaves que aún conservan la distinción entre li y y. Todo esto confirma que el acercamiento al andaluz debe hacerse tanto —si no más— desde una perspectiva estratificacional y vertical como geográfica. La dia- lectología andaluza ha de convertirse cada vez más en sociolingúística de las hablas andaluzas, pues bastantes de sus rasgos no pueden examinarse cabalmente si se pierde de vista su prestigio y grado de aceptación o, por el contrario, su rechazo y desprestigio. Si, por ejemplo, el ceceo, pese a ser un hábito articulatorio no fácil de desarraigar, se encuentra, como se ha dicho, en fase de retroceso, se debe funda- mentalmente a su escasa consideración social también dentro de Andalucía. En cambio, el prestigio del seseo no es ya andaluz (queremos decir, sólo andaluz), por lo que, en principio, no hay razón para que los seseantes se incorporen a la distin- ción entre s y z, lo que no quiere decir que algunos no lo hagan (con diferentes tipos de una y otra). Tampoco la hay, claro es, para que se conviertan en sescantes los andaluces que distinguen, que, por cierto, son más numerosos. Una pegatina que en los años sesenta no cra raro ver en el cristal trascro de algunos coches (zoi andahí: cazi ná) parece haber cedido su puesto (aunque mucho menos y en auto- móviles de bastante más cilindrada) a otra —que tampoco es para que sus propietarios se enorgullezcan— en la que ya no se refleja el ceceo, pero tampoco el seseo; soy español, andalú y rociero, ¿pa qué má? Que, por ejemplo, a los sevillanos choque la marcada abertu- ra vocálica de los cordobeses o granadinos, no es razón para que éstos dejen de hacerlo, ni Por supuesto, para que los andaluces occidentales se “contagien” de tan llamativo hecho. Así pues, insistimos, si son cada vez más los que —siempre o cuando lo creen necesario o simplemente conveniente— dejan de decir arcarde (por alcalde), deo (por dedo), pueo (por puedo), ío (por ido), jambre (con aspiración inicial, en lugar de [hlambre), etc., etc., no es por el temor de que alguien vaya a sancionarlos (nin- EL ESPAÑOL HABLADO EN ANDALUCÍA gún Organismo ni Institución, pública o privada, debe ni puede marcar pautas), sing % porque comprueban que gozan de poca estimación y de escasa consideración social fuera y dentro de Andalucía. = Este relativo grado de nivelación —no "homogeneización ni, mucho menos uniformidad — se producirá, se está produciendo ya, desde abaja, desde los- propi hablantes, no impuesto desde arriba. En la medida en que se eleva el nivel dexns, trucción (no exclusivamente escolar ni idiomática) de los andaluces, éstos van modificando o prescindiendo de ciertos rasgos, incluidos algunos de su pronuncia: ción, ¿De cuántos y de cuáles? Imposible contestar en general, pues se trata de un j proceso siempre gradual, pero puede anticiparse que de aquellos que, por razones muy diferentes, en la propia Andalucía carecen de prestigio. No pretendemos decir que la inclinación a una cierta nivelación sea un proceso fluido y carente de tensiones. Pero éstas no son comparables a las que, por otros motivos, se están produciendo en otras zonas peninsulares. Con el proceso de des- centralización puesto en marcha desde el inicio de la transición política española han aflorado o se han avivado algunos problemas derivados de la coexistencia de dos lenguas, cooficiales ambas, en Cataluña, País Vasco y Galicia. El vasco, el cata- lán y el gallego han sido objeto en sus respectivas Comunidades Autónomas de MÍA especial protección y defensa, para lo cual se han elaborado o están elaborando dis- posiciones legales que logren y garanticen su normalización. Si bien la situación es muy distinta en cada caso, no siempre se ha mantenido una posición serena y equili- brada en un terreno en el que, a nadie se le oculta, resulta difícil ser totalmente obje- tivos. Cierto apasionamiento, cuando no una especie de militancia lingiística, de ' unos y otros ha llegado a enturbiar a veces las relaciones sociales y la convivencia. En parte por la adopción de una actitud mimética, subliminar o latente, respecto a tales Comunidades, las posturas de algún sector, generalmente minoritario, se han radicalizado también en otras. En el Estatuto de Autonomía de Asturias, por ejemplo, figura explícitamen- te que han de promoverse el uso, la difusión en los medios de comunicación y la enseñanza del bable, que es considerada su lengua específica; e incluso se ha creado la Academia de la Llingua Asturiana. Igualmente han surgido defensores de la fabla aragonesa, entendida como lengua; tanto el Consello d'a Fabla Aragonesa como el Ligallo de Fablans de l'Aragonés pretenden una normalización tan artificiosa como imposible. Y como hechos que casi rozan lo grotesco podrían recordarse la ercación en Murcia de una Ajuntaera pa la plática, el estu- rrie y'el escarculle de la llengua murciana y la publicación a cargo del Ayuntamiento de Calzadilla (Cáceres) de la Primera Gramática Ehtremeña (dedicada por sus autores “A la mehol ehposa, a la mehol madri”). En la Comunidad andaluza, exceptuando inevitables brotes esporádicos, no ha habido nada semejante. En las dos ocasiones en que se ha puesto en marcha, con idéntica denominación, un Seminario Permanente del habla andaluza (primera- mente por inciativa de la Junta de Andalucía y muy recientemente por un convenio entre el Ayuntamiento de Sevilla y la Universidad Hispalense), sus objetivos no se apartan de los que ya figuran en el Estatuto de Andalucía: estudiar e investigar con rigor y sistemáticamente el habla andaluza, conocer y respetar su variedad. La única fuente de tensión, no preocupante, podría originarse por la actitud de quienes, en su 244 EL ESPAÑOL HABLADO EN ANDALUCÍA pañada de alargamiento. ¿Qué sería, en definitiva, esa pronunciación común y culta a la andaluza? Es poco probable que unos andaluces estén dispuestos a acomodar ' sus hábitos articulatorios a los de otros, o, mucho menos, que tados hagan un, esfuerzo (que carecería de justificación objetiva) para adaptarse a una hipotética ¡ fonética media o neutra. Comoquiera que, además, los partidarios de la regulariza- ción del andaluz suelen serlo también de mantener las distancias respecto de la pro- nunciación castellana, la empresa se convierte en algo imposible. De ahí que, al final, la cuestión quede reducida a unos cuantos rasgos, que algunos c consideran fácilmente pratticables,sino-por-todos, sí por” Ta m mayoría: seseo, aspiración de la -s implosivá articulación da, floja y suave, del sonido representado por (o g, ante €, £),. y no_mucho.más. Ya hemos dicho que no en toda Andalucía se da esta pronunciación relajada de la j y que no todos los andaluces sesean, sin que los que no lo hacen se sientan “menos” andaluces. Aunque son muy variadas las solu- 4 ciones de la -s final (y no da igual que lo sea de sílaba o ante una pausa), y a pesar ' de que su caída puede actuar —al provocar una clara abertura de la vocal final de palabra en la parte oriental — más como factor disgregador que como elemento uni- formador, estaríamos ante el hecho más extendido en la región. Los andaluces cap- tan muy bien cuándo es artificiosa y cuándo no es afectada la restauración de las -5 implosivas, pero también el carácter no espontáneo de su pérdida total y sistemática. o de su aspiración extrema por parte de ciertos hablantes. Ambas cosas chocan por Y igual. Es algo que deberían tener en cuenta los defensores a ultranza de que en los medios de comunicación audiovisuales de Andalucía se pronuncie indiscriminada- >] mente a la andaluza. Hay algo, además, que no conviene perder de vista, pues no carece de impor- tancia. La pronunciación excesivamente marcada de algunos de los rasgos que se suelen identificar como andaluces —pero que no son sentidos como propios más que por una parte de los andaluces— se ha convertido en recurso fácil y eficaz para la caracterización como graciosos de personajes generalmente pertenecientes a los estratos socioculturalmente más bajos. Decía no hace mucho un actor que “por pri- mera vez” iba a poder “usar con normalidad” su andaluz en una serie de televisión, esto es, “sin ninguna connotación chistosa ni jocosa”. Ahora bien, de los estereoti- pos y caricaturas no se suele librar ninguna región. Lo que llama la atención de Andalucía es la insistencia con que se le atribuye un cierto carácter paradigmático en tal sentido, Sólo una intensa, amplia y bien encauzada labor informativa y de divulgación, unida a la generalización de la educación, pueden acabar con las con- fusiones y tópicos infundados que inciden en las actitudes sociolingiñísticas. Tampoco la enseñanza se ve libre de las posturas radicalmente defensivas, pese a ser en el terreno educativo donde más debe imponerse el análisis objetivo de los hechos, así como una veraz información de las razones del mayor o menor prestigio y de la distinta aceptación sociocultural de cada uno de los fenómenos. Sostienen los responsables de la política educa- liva que debe enseñarse la lengua española a partir de la modalidad de uso que tienen los alumnos. Nada que objetar, si por ello se entiende que el punto de arranque de la instrucción idiomática no debe ignorar la competencia lingúística alcanzada por ellos, lo que no deja de ser una obviedad. Pero no siempre es así. A los llamados textos orales se pretende atribuir últimamente una virtualidad como instrumento para la enseñanza de la lengua que en absolu- NIVELACIÓN, NO NORMALIZACIÓN - 245 Lo tienen. Y escudarse en tal afirmación para justificar la oposición a cualquier freno a la espontánea expresión oral no es pedagógicamente honesto. A nadie se le Ocurre pensar que habría alguna ventaja en no corregir, por ejemplo, semos (por somos), polígano (por polígo- no) o gabina (por cabina); tampoco en preservar fuera esta(d)o o ustedes se vais. Es conoci- da la anécdota del maestro que al dictar aclaraba que “sordao, barcón y mardita sea tu arma se escriben to(d)a(h) con 1”, De ser cierta, resultaría más excusable que la decisión de aque- llos otros que, hasta una fecha relativamente cercana, leían distinguiendo la b de la v, con la intención de ayudar a sus alumnos a no cometer errores ortográficos. Pero, en realidad, tales precauciones o estrategias no resultan necesarias. La lectura y la escritura bastarán para que el escolar escriba —y posiblemente Para, que también pronuncie— alto, no arto, y para que no dude a la hora de escribir las palabras con b o con y, Porque, al mismo tiempo, si no antes, habrá comprobado que no todos los de su entorno practican el trueque de -! por -7, y, lo que más importa, que no hacerlo goza de una mayor estimación social, Lo que los hablantes, en general, saben y confirman a cada paso es algo más: que con abandonos y adaptaciones de ese tipo no están perdiendo nada, ni siquiera dosis de identidad, y sí tienen bastante que ganar. El respeto a la variedad no les impide reconocer que la diferenciación y dispersión internas no ayudan precisamen- te a fortalecer y aumentar el carácter universal de un idioma. Una lengua no se limi- ta a ser el más importante instrumento de comunicación de la comunidad que la tie- ne como propia y el bien cultural que nos hace copartícipes de una particular visión del mundo; su mayor peso internacional estará en función, no sólo del número de sus hablantes, sino también del desarrollo y progreso alcanzados en todos los senti- dos, que se puede medir por la cantidad y calidad de publicaciones y traducciones, por el poder económico de los Estados a que pertenece, por su oficialidad en los organismos internacionales, etc. sn, Todos, pero en especial los periodistas, responsables políticos, educadores, etcétera, están obligados, pues, a no ocultar ni desvirtuar nada de la verdad. Hablar bien, para los andaluces, no es, ni Puede ser, otra cosa que hablar bien (con correc- ción y propiedad y de manera adecuada a cada situación comunicativa) en español, €so sí, de unfos) modo(s) peculiar(es), que no coincide(n) —ni se pretende— con / los de Madrid, Valladolid o Burgos, pero tampoco con los de Santa Cruz de Teneri- fe, Bogotá o Buenos Aires. En suma, las hablas andaluzas son diferentes, pero ro sólo ni radicalmente dis- tintas. Algún historiador ha afirmado que en Andalucía todo se hace como una pro- longación de Castilla. Y un experto constitucionalista ha dicho que Andalucía no es periferia, sino centro, y que a lo largo de su historia aparece siempre como la región que hace posible la propia existencia de España como unidad política. Por lo que concierne a la lengua, tampoco debe ser contemplada como excepción, En este sen- tido, y en otros, no cabe hablar de conciencia “nacionalista” ni, mucho menos, “separatista”, Al contrario, ha impulsado y se ha insertado en esa inmensa área de la comunidad hispanohablante conocida como el dominio del español atlántico, de la que formarían parte, además de todo el mediodía Peninsular, el archipiélago canario y la América de habla hispana. Es verdad que hoy se pone en tela de juicio la propiedad de tal concepto. Pero no se puede negar la sintonía y afinidad de las hablas andaluzas con las tierras bajas hispanoamericanas, por presentar un carácter