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Asignatura: Fonaments de les arts esceniques, Profesor: Toni Galmés, Carrera: Història de l'Art, Universidad: UB
Tipo: Apuntes
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Entre las siete tragedias de Sófocles (c. 496 - 406 a. C.) que se han conservado completas, Áyax es una tragedia de tema homérico que por su sencilla estructura se aproxima aún al estilo esquiliano. El héroe, desmesurado en su demencia, aparece en pugna con los principios morales y es víctima del pundonor y la pasión. La obra de Sófocles se ha convertido con el curso del tiempo en el paradigma de la tragedia griega, y sobre ella descansa en gran medida nuestra comprensión de este género y de sus implicaciones filosóficas y religiosas. Menos poético que Esquilo, Sófocles emplea un estilo más claro y más llano, con elegante ornamentación y dignísima mesura, y en el diálogo despliega una animada vivacidad. Estos valores hicieron que los griegos vieron en Sófocles la realización de su ideal literario y que reputaran como modélicas sus tragedias.
(La acción tiene lugar en el campamento de los griegos. Odiseo está ante la tienda de Áyax examinando unas huellas fin la arena. Atenea aparece y le habla.) ATENEA.— Siempre te veo, hijo de Laertes, a la caza de alguna treta para apoderarte de tus enemigos También ahora te veo junto a la marina tienda de Ayax en la playa —que ocupa el puesto extremo —, siguiendo desde hace un rato la pista y midiendo las huellas recién impresas de aquél, para conocer si está dentro o no lo está. Tu paso bien te lleva, por tu buen olfato, propio de una perra laconia. En efecto, dentro se encuentra el hombre desde hace un instante, bañadas en sudor su cabeza y sus manos asesinas con la espada. Y no te tomes ya ningún trabajo en escudriñar al otro lado de esta puerta, y sí en decirme por qué tienes ese afán, para que puedas aprenderlo de la que lo sabe. ODISEO.— ¡Oh voz de Atenea, la más querida para mí de los dioses! ¡Qué claramente, aunque estés fuera de mi vista, escucho tu voz y la capta mi corazón, como el sonido de tirrénica trompeta de abertura broncínea!. También en esta ocasión me descubres merodeando al acecho de un enemigo, de Áyax, el del gran escudo. De él, que de ningún otro, sigo el rastro desde hace rato. Pues ha cometido contra nosotros durante esta noche una increíble acción, si es que él es el autor. Nada sabemos con exactitud sino que estamos faltos de datos y yo me he sometido gustoso a esta tarea. Hemos descubierto, hace poco, destrozadas y muertas todas las reses del botín por obra de mano humana, junto con los guardianes mismos del majadal. Todo el mundo echa la culpa de esto a aquél. Un testigo presencial que lo vio a él solo, dando saltos por la llanura con la espada aún chorreante, me lo cuenta y me lo muestra. Yo, al punto, me lanzo sobre sus huellas y por algunas lo confirmo, pero estoy desconcertado por otras y no puedo saber de quién son. Te has presentado en el momento oportuno; pues en todo, tanto en el pasado como en el futuro, tu mano es la que me guía. ATENEA.— Yo ya lo sabía, Odiseo, y desde hace rato me puse en tu camino como resuelto guardián de tu persecución. ODISEO.—Y bien, soberana querida, ¿me afano con algún provecho? ATENEA.— Sí, pues esas acciones son obra de este hombre. ODISEO.— ¿Por qué descargó así su mano tan insensatamente? ATENEA.— Vejado por el resentimiento a causa de las armas de Aquiles. ODISEO.— ¿Y por qué arremetió contra los rebaños? ATENEA.— Creyendo que manchaba sus manos en vuestra sangre. ODISEO.— ¿Conque ésta era su decisión, la de ir contra los Argivos? ATENEA.— Y, de haberme yo descuidado, hubiera sido llevada a cabo. ODISEO.— ¿Qué clase de audacia era ésta y qué osadía de ánimo? ATENEA.— Se lanza contra vosotros solo, durante la noche y con engaños. ODISEO.— ¿Es que ya estuvo cerca y llegó a su meta? ATENEA.— Sí, ya estaba junto a las puertas de los dos jefes. ODISEO.— ¿Y cómo retuvo a su ávida mano del asesinato? ATENEA.— Yo se lo impedí infundiéndole en sus ojos falsas creencias, de una alegría fatal, y le dirigí contra los rebaños y el botín que, mezclado y sin repartir, guardan los boyeros. Cayendo allí, causó la muerte a hachazos de muchos animales cornudos rompiendo espinazos a su alrededor. Unas veces creía tener a los dos Atridas y que los mataba con su propia mano, otras, que caía contra cualquier otro de los generales. Y cuando nuestro hombre iba y venía preso de furiosa locura, yo le incitaba, le empujaba a la trampa funesta. Y luego, después que se tomó un descanso en esta faena, habiendo atado a los bueyes que quedaban vivos y a todas las reses, los lleva a la tienda como quien lleva a hombres y no un botín de hermosos cuernos. Y ahora, atados, en su morada los está maltratando. Te mostraré esta manifiesta locura para que, tras verlo, se lo cuentes a todos los Argivos. Resiste con valor y no recibas a nuestro hombre como una calamidad. Yo haré que las miradas de sus ojos se vuelven a otra parte e impediré que vean tu rostro. (Dirigiéndose a la entrada de la tienda grita.) ¡Eh, tú, que atas con lazos las manos de los prisioneros a la espalda, te invito a venir aquí! A Áyax estoy llamando. Ven delante de la puerta. ODISEO.— ¿Qué haces, Atenea? De ningún modo le llames afuera. ATENEA.— ¿No vas a mantenerte en silencio y dejar de dar muestras de cobardía? ODISEO.— No, por los dioses, pero es suficiente con que se quede en el interior. ATENEA.— ¿Qué temes que ocurra? ¿Acaso antes no era éste un hombre? ODISEO.— Y enemigo del hombre aquí presente por cierto, y ahora aún más. ATENEA.— Reírse de los enemigos, ¿acaso no es la risa más grata? ODISEO.— A mí me basta que él se quede en la tienda. ATENEA.— ¿Temes ver cara a cara a un hombre que está loco? ODISEO.— No le evitaría por miedo, si estuviera cuerdo. ATENEA.— Pero es que ahora, ni aunque estés cerca, te verá. ODISEO.— ¿Cómo, si aún ve con los mismos ojos?. ATENEA.— Yo haré que sus ojos queden oscurecidos, aun cuando esté mirando. ODISEO.— Ciertamente, todo puede suceder si lo maquina un dios. ATENEA.— Permanece callado y quédate como estás. ODISEO.— Me quedo, pero hubiera querido encontrarme en otro lugar. ATENEA.— ¡Eh tú, Áyax!, por segunda vez te llamo. ¡Qué poco caso haces, pues, de tu aliada!. (Áyax sale de la tienda llevando en la mano el látigo ensangrentado del que se está sirviendo.) ÁYAX.— Te saludo, Atenea, te saludo, hija de Zeus. ¡Cuán propicia me asististe! Por este botín te honraré con áureos despojos. ATENEA.— Bien has hablado. Pero dime una cosa, ¿has hundido bien la espada en el ejército argivo? ÁYAX.— Me cabe ese orgullo y no voy a negarlo. ATENEA.— ¿También contra los Atridas has blandido tu armado brazo? ÁYAX.— De tal modo que no deshonrarán nunca más a Áyax. ATENEA.— Muertos están, por lo que puedo entender de tus palabras. ÁYAX.— Estando muertos ya, ¡que me vengan a arrebatar mis armas!. ATENEA.— Sea. ¿Qué hay, pues, del hijo de Laertes? ¿Qué destino le has deparado? ¿O es que se te ha escapado? ÁYAX.— ¿Me preguntas acaso dónde se encuentra ese astuto zorro? ATENEA.— Sí, hablo de Odiseo, tu adversario.
ÁYAX.— Mi más dulce presa, oh señora, dentro está. No quiero que muera todavía... ATENEA.— ¿Qué le quieres hacer antes o qué mayor provecho quieres sacar? ÁYAX.—... antes de que atado en el poste de la tienda... ATENEA.— ¿Qué daño le infligirás al infeliz? ÁYAX.—...enrojecidas, previamente, sus espaldas por los latigazos, muera. ATENEA.— No maltrates así al desgraciado. ÁYAX.— En todo lo demás deseo agradarte, Atenea, pero ése expiará con este castigo y no con otro. ATENEA.— Ya que tu gusto es el hacerlo, sírvete tú, pues, de tu brazo y por nada dejes de hacer lo que piensas. ÁYAX.— Me voy a hacerlo. Una cosa deseo de ti, que me asistas siempre como la aliada que eres. (Entra Áyax de nuevo en la tienda.) ATENEA.— ¿Ves, Odiseo, cuánto es el poder de los dioses? ¿A quién te podrías haber encontrado más previsor que este hombre o que actuara con más oportunidad? ODISEO.— Yo, por lo menos, no conozco a nadie. No obstante, aunque sea un enemigo, le compadezco, infortunado, porque está amarrado a un destino fatal. Y no pienso en el de éste más que en el mío, pues veo que cuantos vivimos nada somos sino fantasmas o sombra vana. ATENEA.— Por eso precisamente, viendo tales cosas, nunca digas tú mismo una palabra arrogante contra los dioses, ni te vanaglories si estás por encima de alguien o por la fuerza de tu brazo o por la importancia de tus riquezas. Que un solo día abate y, otra vez, eleva todas las cosas de los hombres. Los dioses aman a los prudentes y aborrecen a los malvados. (Atenea desaparece. Odiseo sale de escena y entra el Coro de marineros.) CORO. Hijo de Telamón, que tienes por trono a Salamina, la que, situada en el cercano mar, está rodeada por él, me alegro de tu bienestar. Pero cuando una aflicción de parte de Zeus o el vehemente y malsonante lenguaje de los Dánaos te atacan, gran temor siento y espantado estoy como la mirada de una alada paloma. Así también en la noche que ahora termina, incesantes murmullos nos envuelven, referentes a tu deshonor, de que, irrumpiendo en el prado, gratísimo a los caballos, has dado muerte a las reses y acabado con el botín que, capturado por nuestras lanzas, aún quedaba, matándolo con el reluciente hierro. Tales maledicientes palabras ha inventado Odiseo y las dice en los oídos de todos y los persuade completamente. Anda murmurando de ti cosas que convencen fácilmente, y todo el que le escucha, más que el que lo ha contado, se complace en injuriarte en tus desgracias. Apuntando a los espíritus grandes no puedes errar. Pero si tales cosas se dijeran contra mí no convencerían. La envidia se desliza contra el poderoso. Sin embargo, los pequeños sin los poderosos scm débil protección de la torre. Porque, junto a los grandes, el pequeño perfectamente se acopla y el grande se endereza con ayuda de los pequeños. Pero no es posible instruir a tiempo a los insensatos en estas máximas. Tal clase de hombres son los que alborotan y nosotros, contra esto, no tenemos fuerzas para defendernos sin ti, señor. Cuando ahora han esquivado tu mirada, meten ruido cual bandadas de aves, pero ante el gran buitre, si tú aparecieras de repente, tal vez por espanto, en silencio, se agazaparían sin voz. ESTROFA. ¿Acaso la guardadora de toros, Ártemis la hija de Zeus —¡oh tremendo rumor, oh causa de mi deshonra!—, le impulsó contra los bueyes, propiedad de todos, de la majada? ¿Fue por causa de alguna infructuosa victoria, o por estar decepcionada ante los gloriosos despojos, o por haber hecho cacerías de ciervos sin ofrendas? ¿O pudo ser Enialio el de broncínea coraza que de su lanza aliada tiene queja y venga el ultraje con ardides nocturnos?. ANTÍSTROFA. Nunca, por propio impulso, hijo de Telamón, te has apartado de tu razón como para arrojarte entre rebaños. Un mal divino debe haberte llegado. Que Zeus y Febo quieran alejar este funesto rumor de los argivos. Y si los grandes reyes inventan calumnias y las divulgan, o proceden de la corrompida raza de los hijos de Sísifo no mantengas por más tiempo, oh señor, tu rostro así, en la tienda a la orilla del mar, aumentando el nefasto rumor. EPODO. Antes bien, álzate de la morada donde te has instalado en esta inactividad respecto al combate que ya dura largo tiempo, inflamando tu desgracia hasta el cielo. La insolencia de tus enemigos se lanza sin miedo a través de valles bien expuestos a los vientos, carcajeándose todos en sus lenguas con dichos que nos causan vivo dolor. (Sale Tecmesa, esposa de Áyax.) TECMESA.— Ayudantes de la nave de Áyax, el de la raza de los Erecteidas que proceden de la propia tierra, tenemos motivos para gemir los que nos preocupamos por la casa de Telamón lejos de ella, porque ahora el fiero, el grande, el robusto Áyax yace afectado por turbulenta agitación. CORIFEO.— ¿Cuál es la pesadumbre que esta noche nos ha traído en lugar de la tranquilidad? Habla, hija del frigio Teleutante, porque tras conquistarte con su espada y hacerte su esposa, en su amor por ti es constante el impetuoso Áyax. Por eso, no nos darías una explicación sin conocer los hechos. TECMESA.— ¿Cómo, pues, puedo contar un relato que es inenarrable? Te vas a informar de un suceso que equivale a una muerte: preso de un ataque de locura, nuestro ilustre Áyax ha quedado en esta noche deshonrado. Dentro de la tienda puedes ver víctimas bañadas en sangre, degolladas por su mano, sacrificio de ese hombre. CORO. ESTROFA. ¡Qué noticia de este fiero varón, insufrible y sin escapatoria me confirmas, divulgada por los poderosos dáñaos y a la que un insistente rumor acrecienta! ¡Ay! ¡Siento temor ante lo que se avecina! Este hombre a la vista de todos morirá tras haber dado muerte por frenética mano al ganado, a la vez que a los pastores que apacientan las yeguadas. TECMESA.— ¡Ay de mí! De allí, de allí nos vino con cautivo rebaño, de los que a unos degollaba dentro, sobre la tierra, y a otros, rompiéndoles las costillas, los abría en dos partes. Después cogió dos carneros de blancas patas: a uno le cortó la cabeza y el extremo de la lengua, y los tira lejos, y al otro, erguido, lo ata a un pilar y, con una gran correa de atar caballos, le golpea con un sonoro látigo doble, denostándole con insultos que un dios, no un hombre, le enseñó. CORO. ANTÍSTROFA Es momento ya de que cada uno, cubierto el rostro con velos, emprenda en secreto la huida o, sentado en banco de remeros con rápido movimiento, se vaya en la nave que surca el alta mar. ¡Qué amenazas agitan contra nosotros los dos poderosos Atridas! Temo que, golpeado, una muerte por lapidación comparta yo con éste, de quien un terrible destino se apodera. TECMESA.— Ya no. Pues tras un fulgente relámpago se calma, después de irrumpir violentamente, como el viento del Sur. Ahora, consciente, experimenta un nuevo dolor. En efecto, el contemplar las desgracias propias, en las que nadie más ha intervenido, causa enormes dolores. CORIFEO.— Si ya está calmado, creo que podrá irle bien. La importancia del mal que ya se ha ido es menor. TECMESA.— Si alguien te permitiera elegir, ¿qué preferirías: ser feliz tú afligiendo a los tuyos, o estar con ellos compartiendo las penas? CORIFEO.— La que es doble, oh mujer, es mayor desgracia. TECMESA.— Nosotros, sin estar enfermos, sufrimos más ahora. CORIFEO.— ¿Cómo dices eso? No comprendo tus palabras. TECMESA.— Nuestro hombre cuando se encontraba en pleno ataque disfrutaba con las atrocidades en las que estaba inmerso, aunque a nosotros, que a su lado estábamos en nuestro juicio, nos afligiera. Pero ahora, una vez que ha cesado y ha vuelto en sí de su locura, él mismo está hundido por completo en un fatal abatimiento, mientras que nosotros en nada sufrimos menos que antes. ¿Acaso, entonces, no son dobles los males a partir de uno solo? CORIFEO.— Te comprendo y temo que algún golpe procedente de la divinidad llegue. Porque, ¿cómo no, si cuando está calmado no está mejor que cuando estaba enfermo? TECMESA.— Debes conocer que la situación es ésta. CORIFEO.— ¿Qué principio de locura se le presentó súbitamente? Háznoslo saber a los que compartimos sus sufrimientos. TECMESA.— Vas a conocer todos los hechos, puesto que eres partícipe. Aquél, en las altas horas de la noche cuando las hogueras vespertinas ya no ardían, tomó la espada de doble filo y trataba de marcharse en una injustificada salida. Yo le increpo y le digo: ¿Qué haces, Áyax, por qué sin ser llamado ni convocado por mensajeros ni por trompeta alguna te lanzas a este ataque? Ahora todo el ejército duerme. Él me dirigió pocas palabras, de las siempre repetidas: «Mujer, el silencio es un adorno en las mujeres». Cuando lo oí, yo no proseguí y él salió solo. No puedo contar lo que allí sucedió. Lo cierto es que entró trayendo atados juntamente toros, perros pastores y una presa de hermosa lana. A unos los desnucaba, a otros, haciéndoles levantar sus cabezas, los degollaba y abría en canal. A otros, atados, los
hablará alguien y, mientras un dios a mí me maltratará, para ti y para tu linaje estas palabras serán motivo de oprobio. Ea, avergüénzate de abandonar a tu padre en la penosa vejez, siente respeto por tu madre, de edad avanzada, que muchas veces implora a los dioses que vuelvas a casa sano y salvo. Apiádate, señor, de tu hijo, si, privado del cuidado que requiere su niñez, separado de ti, va a pasar su vida bajo tutores que no le quieran. Piensa qué gran infortunio nos dejas a él y a mí con ello, en el caso de que mueras. Para mí no hay ya a qué dirigir la mirada si no estás tú. Porque tú aniquilaste mi patria con tu espada y otro sino arrebató a mi madre y al que me engendró para que, muertos, fueran habitantes del Hades. ¿Qué patria podría tener yo que no fueras tú? ¿Qué riqueza? En ti estoy yo completamente a salvo. Así pues, tenme también a mí en el recuerdo: pues es preciso que el hombre recuerde, si es que algún contento ha sentido. Un favor otro favor siempre engendra. Aquel para quien el recuerdo de un beneficio se pierde, no podrá llegar a ser un hombre de noble linaje. CORIFEO.— Áyax, quisiera que tú sintieras en tu ánimo la compasión que yo siento. En ese caso aprobarías las palabras de ésta. ÁYAX.— Y, ciertamente, obtendrá alabanza por mi parte, si sólo lo que yo ordene se resigna a cumplir. TECMESA.— Sea, querido Áyax, yo te obedeceré en todo. ÁYAX.— Tráeme, pues, a mi hijo para que lo vea. TECMESA.— En verdad que por causa de mis temores lo saqué de aquí. ÁYAX.— ¿Mientras estaba en estos males, o qué me dices? TECMESA.— No fuera a ser que al toparse contigo el infeliz encontrara la muerte. ÁYAX.— ¡Esto hubiera sido digno de mi destino! TECMESA.— En cualquier caso yo vigilé para evitarlo. ÁYAX. — Alabo tu acción y la previsión que has tenido. TECMESA.— Según esto, ¿en qué podría serte útil? ÁYAX.— Permíteme hablarle y verle cara a cara. TECMESA.— Está cerca de aquí, vigilado por los servidores. ÁYAX.— ¿Por qué, pues, se retarda su presencia? TECMESA.— Hijo mío, tu padre te llama. Tráelo aquí, tú, siervo, que lo guías con tu mano. ÁYAX.— ¿Se lo dices a uno que viene a rastras o a quien es tardo en obedecer? TECMESA.— Aquí cerca viene ya el servidor. (Entra un esclavo con Eurísaces. Tecmesa lo coge y lo acerca a Áyax.) ÁYAX.— Levántalo, levántalo aquí, que no se asustará por mirar esta carnicería recién cometida, si es que en verdad es hijo mío. Antes bien, hay que adiestrarlo en seguida en las duras costumbres de su padre y asemejarle en su naturaleza. ¡Oh hijo, ojalá alcances a ser más feliz que tu padre y semejante a él en las demás cosas, y no serías un cobarde! Sin embargo, ahora, por esto te envidio, por no ser consciente de ninguna de estas desgracias. La vida más grata está en la inconsciencia hasta que llegas a conocer las alegrías y las penas. Y cuando llegues a esto, deberás mostrar entre los enemigos de tu padre quién eres y por quién has sido formado. Mientras tanto, aliméntate de brisas vanas, robusteciendo tu joven vida para contento de tu madre. Que ninguno de los Aqueos, lo sé, te humillará con hostiles ultrajes, ni aunque estés separado de mí: tal será el protector que como guardián tuyo dejaré, Teucro, que no descuidará tu crianza, a pesar de que ahora lejos se ha ido a la caza de enemigos. Pero, guerreros amigos, tropa marina, a vosotros os suplico este favor común, que a aquél comuniquéis mi encargo de llevar a este hijo mío a mi casa y mostrárselo a Telamón y a mi madre, a Eribea me refiero, para que llegue a ser para ellos un constante sustento de su ancianidad hasta que alcancen los abismos del dios de los infiernos. En cuanto a mis armas, que ni unos jueces de certámenes ni el que es mi ruina, las expongan entre los aqueos, sino que tú mismo, hijo, Eurísaces, tomando lo que te ha dado el nombre, sujétalo por la correa fuertemente unida haciendo girar el indestructible escudo de siete capas. Las demás armas juntamente conmigo serán enterradas. (Devolviendo el niño a Tecmesa.) Pero cuanto antes recibe ya a este niño, cierra el cuarto y no te lamentes llorando delante de la tienda. La mujer es muy amiga de gimotear. No es de médico sabio entonar palabras de conjuros ante un mal que hay que sajar. CORIFEO.— Siento miedo al escuchar esta decisión. No me gusta tu tajante modo de hablar. TECMESA.— ¡Oh Áyax, mi señor! ¿Qué maquinas en tu corazón? ÁYAX.— No me interrogues, no me preguntes. Bueno es ser prudente. TECMESA.— ¡Ay, qué angustiada estoy! En nombre de tu hijo y de los dioses te suplico, no nos traiciones. ÁYAX.— Mucho me importunas. ¿No comprendes que yo no estoy ya obligado por gratitud a contentar en nada a los dioses? TECMESA.— Di palabras respetuosas. ÁYAX.— Dilo a los que quieran oír. TECMESA.— ¿No nos harás caso? ÁYAX.— Estás diciendo ya demasiadas cosas. TECMESA.— Es que estoy asustada, señor. ÁYAX.— (A los criados.) ¿No vais a cerrar cuanto antes? TECMESA.— ¡Ablándate, por los dioses! ÁYAX.— Me parece que discurres como una necia, si precisamente ahora esperas educar mi carácter. (Áyax entra en la tienda. Tecmesa y su hijo se van.) CORO. ESTROFA 1.a ¡Oh ilustre Salamina!, allí donde estás eres feliz, batida por el mar, famosa desde siempre para todos. Yo, infortunado, desde largo tiempo aguardando en el Ida, durante incontable número de meses estoy tendido siempre en la pradera cubierta de hierba, consumido por el tiempo, con el funesto presentimiento de que cualquier día recorreré el horrible y oscuro camino del Hades. ANTISTROFA 1.a Y sentado se encuentra cerca de mí Áyax, difícil de cuidar, ¡ay de mí!, poseído de divina locura, a quien tú en tiempos pasados enviaste poderoso en el violento Ares. Ahora, en cambio, apacentando en la soledad sus pensamientos, manifiesta ser una gran aflicción para los suyos. Las antiguas acciones de enorme valor de sus manos han caído, han caído hostiles a juicio de los hostiles y miserables Atridas. ESTROFA 2.a Ciertamente que su madre, cargada de años y compañera de blanca ancianidad, cuando oiga que él ha perdido la razón lanzará, desdichada, un grito de dolor, un canto de dolor y no el lamento del quejumbroso pájaro, del ruiseñor. Más bien entonará agudos cantos y en su pecho caerán sordos golpes producidos con sus manos y se arrancará los cabellos de la blanca melena. ANTISTROFA 2.a Mejor es que se oculte en el Hades el que sufre este delirio, el que por linaje paterno vino a ser el mejor de los Aqueos que arrostran muchos trabajos. Y ya no es constante en sus habituales impulsos, sino que se mantiene alejado. ¡Oh infortunado padre!, ¡qué penosa locura de tu hijo te resta por conocer: nunca destino alguno de los Eácidas la alimentó antes que éste!. (Áyax se presenta con una espada en la mano. Por la derecha de los espectadores entra Tecmesa con el hijo.) ÁYAX.— El tiempo largo y sin medida saca a la luz tocio lo que era invisible, así como oculta lo que estaba claro. Nada hay que no se pueda esperar, sino que son doblegados, incluso, el terrible juramento y las mentes obstinadas. Yo, que hace un momento resistía tan violentamente, cual el hierro al temple, me he sentido ablandado en mi afilado lenguaje a causa de esta mujer. Siento compasión de dejarla viuda entre mis enemigos, y huérfano a mi hijo. Ea, iré a bañarme y a las praderas junto al mar para que, purificando mis manchas, pueda evitar la terrible cólera de la diosa y, llegando allí donde encuentre un lugar sin pisar, tras excavar la tierra, ocultaré esta espada mía, la más odiosa de las armas, donde no sea posible que nadie la vea. ¡Que la noche y el Hades la guarden allá abajo! Pues yo desde que la recibí en mis manos como ofrenda de Héctor, mi peor enemigo, nunca recibí un beneficio de parte de los Aqueos. Cierto es el dicho de los hombres: «los dones de los enemigos no son tales y no aprovechan». Así pues, de aquí en adelante sabré ceder ante los dioses y aprenderé a respetar a los Atridas; jefes son, por tanto hay que obedecerles, ¿por qué no? Las más terribles y resistentes cosas ceden ante
mayores prerrogativas. Y así, los inviernos con sus pasos de nieve dejan paso al verano de buenos frutos. Y el círculo sombrío de la noche se aparta ante el día de blancos corceles para que brille su luz. Y el soplo de terribles vientos calma el ruidoso mar; el omnipotente sueño libera tras haber encadenado y no te tiene por siempre aunque te haya apresado. Y nosotros, ¿no vamos a aprender a ser sensatos? Yo, al menos, acabo de aprender que el enemigo deberá ser odiado por nosotros hasta un punto tal que también pueda ser amado en otra ocasión, y que voy a desear ayudar al amigo prestándole servicios en tanto que no va a durar siempre. Pues para la mayor parte de los hombres no es de fiar el puerto de la amistad. Y por ello, en relación con esto, todo saldrá bien. Tú, mujer, entra y suplica a los dioses que se cumplan enteramente los deseos de mi corazón. Y vosotros, compañeros, dadme honra en las mismas cosas que ella y comunicadle a Teucro, cuando llegue, que se ocupe de mí, al tiempo que se porte bien con vosotros. Yo voy allí donde debo encaminarme. Vosotros haced lo que os digo y, tal vez pronto, os enteréis de que estoy salvado, aunque ahora sufra el infortunio. CORO. ESTROFA. Me estremezco de gozo y, de alegría, me echo a volar. ¡Ió, ió, Pan, Pan! ¡Oh Pan, Pan, que vagas por la orilla del mar, muéstrate desde la cumbre del monte Cileno, batida por la nieve, oh señor organizador de los coros de los dioses, para que en mi compañía impulses las danzas que se aprenden solas de Nisa y de Cnoso!. Ahora me interesa danzar y que Apolo Delio, viniendo por encima de los mares de Ícaro, fácilmente reconocible, me asista en todo propicio. Antrístofa. Ares nos quitó la terrible aflicción de los ojos. ¡Ió, iól Ahora de nuevo, ahora, oh Zeus, es posible que la reluciente luz, anuncio de días felices, se acerque a las veloces naves que se deslizan rápidas por el mar. Cuando Áyax se ha vuelto a olvidar de sus males y, otra vez, cumple los ritos con toda clase de sacrificios a los dioses, honrándoles con el mayor sometimiento. Todo lo marchita el tiempo poderoso y nada diría yo que no pueda decirse cuando, contra lo que podría esperarse, Áyax ha desistido de su cólera contra los Atridas y de sus grandes querellas. (Llega corriendo un mensajero procedente del campamento de los griegos.) MENSAJERO.— Amigos, quiero en primer lugar anunciaros que Teucro está entre nosotros, que acaba de llegar de los barrancos de Misia. Al llegar junto a la tienda de los generales, fue insultado por todos los argivos al tiempo. Pues cuando supieron que se acercaba, le empezaron a rodear desde lejos para después, todos sin excepción, imprecarle con insultos desde ambos lados. Le llaman hermano del loco, del que es enemigo solapado del ejército, diciendo que no conseguirá evitar el morir destrozado por completo a pedradas. A tal punto han llegado, que, incluso, blanden al aire en sus manos las espadas ya desenvainadas. La pendencia que había ido muy lejos, cesó por la mediación de las palabras de los ancianos. Pero, ¿dónde está Ayax para que le diga esto? Es a los de mayor autoridad a quienes debo comunicarles todo. CORIFEO.— No está dentro. Hace poco que se ha ido, después de haber adecuado sus nuevos planes a sus nuevas disposiciones de ánimo. MENSAJERO.— ¡Ay, ay! El que me envió con esta misiva lo hizo demasiado tarde o, acaso, yo me mostré calmoso. CORIFEO.— ¿En qué se ha dejado de cumplir este cometido? MENSAJERO.— Teucro prohibió que nuestro hombre saliera del interior de la morada antes de que él, en persona, se encontrara presente. CORIFEO.— Pues ya se ha ido, orientado a lo más provechoso de su plan, para reconciliarse con los dioses por su ira. MENSAJERO.— Estas palabras están llenas de gran insensatez, si Calcas profetiza con clarividencia. CORIFEO.— ¿Cómo? ¿Qué sabes tú acerca de este asunto? MENSAJERO.— Esto sé, pues me encontraba presente. Del círculo de los consejeros reales, sólo Calcas se levantó, lejos de los Atridas, y, colocando su mano afablemente sobre el brazo derecho de Teucro, le dice y le encomienda que por todos los medios, mientras dure el día que está aún luciendo, encierre a Áyax bajo el techo de la tienda y que no le permita salir, si quiere ver a aquél vivo. Según sus palabras, la cólera de la divina Atenea sólo le alcanzará durante este día. Porque los mortales orgullosos y vanos caen —seguía diciendo el adivino— bajo el peso de las desgracias que envían los dioses, como aquél que, naciendo de naturaleza mortal, no razona después como hombre. Ése, por su parte, nada más abandonar su casa, se mostró un inconsciente, a pesar de los buenos consejos de su padre, que le decía: «Hijo, desea la victoria con la lanza, pero siempre con la ayuda de la divinidad.» Pero él, de forma jactanciosa e insensata, respondía: «Padre, con los dioses, incluso el que nada es, podría obtener una victoria. Yo, sin ellos estoy seguro de conseguir esa fama.» Con palabras tales alardeaba. En otra segunda ocasión, a la divina Atenea, cuando le decía, animándole, que dirigiera la mano homicida contra los enemigos, le contestó, enfrentándosele, con terribles e inusitadas palabras: «Señora, asiste a otros argivos, que por mi lado nunca flaqueará la lucha». Con estas palabras, se ganó la cólera hostil de la diosa, por no razonar como un hombre. Pero, si vive en este día, tal vez podríamos ser sus salvadores con la ayuda de un dios. Esto dijo el adivino y, apartándose al punto del sitio, me envía a ti con estas órdenes para que sean cumplidas. Y si hemos llegado tarde, no vive ya aquel hombre —si Calcas es sabio. CORIFEO.— ¡Oh desventurada Tecmesa, ser desdichado! Ven a ver qué palabras dice éste, pues hieren en lo vivo y no pueden alegrar a nadie. (Sale Tecmesa de la tienda.)
muerto, ¡oh infortunado Áyax!, siendo cual eres. ¡En qué estado te encuentras, que te hace merecedor de alcanzar lamentos, incluso, de tus enemigos! CORO. ANTÍSTROFA. ¡Desventurado! Al final ibas, ibas a cumplir, por tu obstinado corazón, tu fatal destino de inmensos males. ¡Qué odiosas quejas exhalabas, corazón cruel, contra los Atridas de día y de noche, con funesto sentimiento! ¡Grande en desgracias fue aquel día desde el principio, cuando tuvo lugar un certamen de valor por las armas! TECMESA.— ¡Ay de mí! CORIFEO.— Llega a tus entrañas una auténtica aflicción. TECMESA.— ¡Ay, ay de mí! CORIFEO.— Nada me asombra que doblemente te lamentes, mujer, cuando acabas de perder tal ser querido. TECMESA.— A ti te es posible imaginarlo, pero en mí hay un desmesurado sentimiento. CORO. Lo confirmo. TECMESA.— ¡Ay de mí, hijo! ¡Hacia qué yugos de esclavitud nos encaminamos, qué clase de protectores nos vigilan! CORO. ¡Ah! En tu aflicción has nombrado inenarrables hechos de los dos implacables Atridas. Pero, ¡ojalá lo impida la divinidad! TECMESA.— No se habría llegado a esta situación sin la colaboración de los dioses! CORIFEO.— Pesada, por encima de nuestras fuerzas, es la carga que nos han impuesto. TECMESA.— Palas, la terrible diosa hija de Zeus, ha causado, sin embargo, tal dolor para agrado de Odiseo. CORO. Sin duda que el muy osado varón se ensoberbece en su sombrío corazón y ríe por estos frenéticos males con estentórea carcajada, ¡ay, ay!, y juntamente los dos soberanos Atridas al escucharlo. TECMESA.— Pues bien, ¡que ellos se rían y se regocijen con las desgracias de éste! Que, tal vez, aunque no le echaban de menos mientras vivía, le lamenten muerto por la necesidad de su lanza. Los torpes no conocen lo valioso, aun teniéndolo en sus manos, hasta que se lo arrebatan. Su muerte me es amarga, en la medida que es dulce para aquéllos y, para él mismo, es agradable. Lo que deseaba obtener lo ha conseguido para sí: la muerte que quería. ¿Por qué, en ese caso, podrían reírse de él? A los dioses concierne su muerte, no a aquéllos, no. Según eso, que se jacte Odiseo con argumentos vanos. Áyax no existe ya para ellos, se ha ido dejándome penas y lamentos. (Tecmesa sale. Se oyen los lamentos de Teucro antes de que aparezca en escena.) TEUCRO.— ¡Ay de mí, ay! CORIFEO.— Silencio. Me parece estar oyendo la voz de Teucro, que deja oír un canto acorde con esta desgracia. (Aparece Teucro.) TEUCRO.— ¡Oh muy querido Áyax! ¡Oh rostro fraterno para mí! ¿Es verdad que has sucumbido como el rumor asegura? CORIFEO.— El héroe ha perecido, Teucro, entérate. TEUCRO.— ¡Ay de mí! ¡Cruel es, pues, mi suerte! CORIFEO.— Como que estando así las cosas... TEUCRO.— ¡Ah, desgraciado de mí, desgraciado! CORIFEO.—... hay razón para gemir. TEUCRO.— ¡Oh impetuoso sufrimiento! CORIFEO.— Excesivo, en verdad, Teucro. TEUCRO.— ¡Ah, infortunado! ¿Qué es de su hijo? ¿Dónde se encuentra en la tierra de Troya? CORIFEO.— Está solo junto a las tiendas. TEUCRO.— ¿No lo traerás cuanto antes aquí, no sea que alguno con malas intenciones lo arrebate como a un cachorro de leona sin protección? Ve, apresúrate, socórrele. Todos suelen reírse de los muertos tan pronto como están caídos. CORIFEO.— Ciertamente que cuando aquel varón aún vivía, Teucro, encargó que te cuidaras de él como lo estás haciendo. TEUCRO.— ¡Oh el más doloroso, para mí, de cuantos espectáculos he contemplado con mis ojos, y camino, de todos los caminos, el que más ha afligido mi alma, el que ahora he hecho, oh queridísimo Áyax, lanzándome a seguir tu rastro, una vez que me enteré de tu muerte! La noticia acerca de ti rápidamente, como si fuera de una divinidad, corrió a través de todos los Aqueos: que habías muerto. Yo, desdichado, al oírlo, mientras estaba ausente, gemía y ahora, al verte, me muero. ¡Ay! (A un esclavo.) Ea, descúbrelo para que vea la desgracia en todo su alcance. ¡Oh rostro terrible de contemplar y de cruel audacia, cuántas amarguras siembras en mí con tu muerte! ¿Adonde me es posible ir, a qué mortales, ya que no te serví de ayuda en tus dolores? ¡Sí que me va a recibir con buena cara y propicio Telamón, tu padre a la vez que mío, cuando llegue sin ti! Y ¿cómo no?, si a él ni en la prosperidad le es natural una agradable sonrisa. ¿Qué guardará, qué insulto no dirá al bastardo nacido de una cautiva enemiga, al que te ha traicionado por temor y por cobardía, a ti, muy querido Áyax, acaso con engaños, para obtener tus privilegios y tu palacio, una vez muerto? Tales cosas dirá ese hombre iracundo, pesaroso en su vejez, que por nada se encoleriza y llega hasta la disputa. Y, finalmente, seré desterrado, echado del país, mostrándome en habladurías como un esclavo, en lugar de como un hombre libre. Tales cosas me aguardan en mi patria. Y en Troya tengo muchos enemigos y pocas ayudas, y todo esto lo he encontrado con tu muerte, ¡ay de mí! ¿Qué haré? ¿Cómo te arrancaré de esta cortante espada de resplandeciente filo, desdichado, por la cual has perecido? ¿Has visto cómo al cabo del tiempo iba Héctor, incluso muerto, a matarte? Considerad, por los dioses, la suerte de estos dos hombres: Héctor, sujeto al barandal del carro por el cinturón con el que precisamente fue obsequiado por éste, fue desgarrándose hasta que expiró. Y éste, que poseía este don de aquél, ha perecido en mortal caída por causa de la espada. ¿No es Erinis, acaso, la que forjó esta espada y Hades, fiero artesano, lo otro? Yo, ciertamente, diría que éstas, así como todas las cosas, las traman siempre los dioses para los hombres. Y para quien estos pensamientos no sean aceptables en su creencia, que él se conforme con los suyos y yo con éstos. CORIFEO.— No te extiendas demasiado, antes bien, piensa en seguida cómo enterrarás al hombre y qué vas a decir. Pues veo un enemigo, y tal vez venga a reírse de nuestras desgracias, cual haría un malvado. TEUCRO.— ¿Quién es el guerrero del ejército que ves? CORIFEO.— Menelao, en cuyo provecho emprendimos esta travesía. TEUCRO.— Ya veo, pues de cerca no es difícil reconocerlo. (Entra Menelao con su séquito.) MENELAO.— ¡Eh, tú, te ordeno que no entierres ese cadáver con tus manos, sino que lo dejes como está! TEUCRO.— ¿Con qué objeto has malgastado tantas palabras? MENELAO.— Porque así nos parece bien a mí y al que manda el ejército. TEUCRO.— ¿Y no podrías decir qué razón invocáis? MENELAO.— Que, habiendo creído traernos de la patria con él a un aliado y amigo de los aqueos, nos hemos encontrado, tras una prueba, a alguien peor que los frigios, un hombre que, tras maquinar la destrucción para todo el ejército, salió por la noche a sembrar la muerte con su espada. Y, si uno de los dioses no hubiera amortiguado este intento, seríamos nosotros los que yaceríamos muertos de la peor de las muertes, cual el destino que ése ha obtenido, mientras que él estaría vivo. Pero un dios cambió el rumbo de su insolencia para hacerla recaer en carneros y rebaños. Por ello, ningún hombre existe con tanto poder como para enterrar en la sepultura su cuerpo, sino que, abandonado en la parda arena, será pasto para las marinas aves. Y, ante esto, no te exaltes en cólera terrible; pues, si estando vivo no fuimos capaces de dominarle, lo haremos por completo ahora que está muerto, aunque tú no quieras, controlándole en nuestras manos. Nunca quiso escuchar mis palabras cuando vivía. Y en verdad que es propio de un malvado el que, como hombre del pueblo, no tenga en nada el obedecer a los que están al frente. En efecto, en una ciudad donde no reinase el temor, nunca se llevarían las leyes a buen cumplimiento, ni podría ser ya prudentemente guiado un ejército, si no hubiera una defensa del miedo y del respeto. Y es preciso que el hombre, aunque sea corpulento, crea que puede caer, incluso por un pequeño contratiempo. Quien tiene temor y, a la vez, vergüenza sabe bien que tiene salvación. Y donde se permite la insolencia y hacer lo que se
quiera, piensa que una ciudad tal, con el tiempo caería al fondo, aunque corrieran vientos favorables. Que tenga yo también un oportuno temor, y no creamos que, si hacemos lo que nos viene en gana, no lo pagaremos a nuestra vez con cosas que nos aflijan. Alternativamente llegan las situaciones. Antes era éste el fiero insolente, y ahora soy yo, a mi vez, el que estoy engreído y te mando que no des sepultura a éste para que no caigas tú mismo en la tumba, si lo haces. CORIFEO.— Menelao, después de haber dado sabias sentencias, no seas luego tú el insolente con los muertos. TEUCRO.— Nunca, varones, me podré extrañar de que un hombre que no haya sido nada en sus orígenes después cometa faltas, cuando los que parecen haber nacido nobles yerran con tales razones en sus discursos. ¡Ea, dilo otra vez desde el principio! ¿Es que afirmas tú que trajiste a este hombre aquí por haberlo elegido como aliado de los aqueos? ¿No se embarcó espontáneamente, siendo como era dueño de sí mismo? ¿Con qué razón eres tú el jefe de éste? ¿Con qué razón te permites mandar sobre unas tropas que él trajo de su patria? Has llegado como rey de Esparta, no como soberano nuestro. Nunca ha sido establecida una norma de autoridad, según la cual dispusieras tú sobre él más que él sobre ti. Has navegado aquí en calidad de lugarteniente de los demás, no de general de todos como para mandar alguna vez sobre Áyax. Así que da órdenes a los que gobiernas y repréndeles a ellos con las altivas palabras; que a éste, ya ordenes tú que no, ya lo haga otro general, yo lo pondré en una tumba con todo derecho sin temor a tu lengua. Porque él no entró en campaña por causa de tu mujer, como los que están llenos de agobio por doquier, sino por los juramentos a los que estaba ligado. Y para nada lo hizo por ti, pues no tenía en cuenta a los don nadies. Para refutar esto, ven aquí con más heraldos y con el general en jefe. No me volvería yo por el ruido que hagas, mientras seas cual precisamente eres. CORIFEO.— No me gusta tampoco un lenguaje así en las desgracias. Las palabras duras, aunque estén cargadas de razón, muerden. MENELAO.— El arquero parece no razonar con humildad. TEUCRO.— No he adquirido un arte mezquino. MENELAO.— Grande sería tu jactancia, si tomaras un escudo. TEUCRO.— Incluso desarmado me defendería de ti, aunque tú tuvieras armas. MENELAO.— ¡A qué terrible valor da aliento tu lengua! TEUCRO.— Con la razón de mi parte, es posible mostrarse orgulloso. MENELAO.— ¿Es que es justo portarse bien con el hombre que me ha matado? TEUCRO.— ¿Que te ha matado? Extraño es, en verdad, lo que dices, si vives después de muerto. MENELAO.— Un dios me puso a salvó, pues por éste estaría muerto. TEUCRO.— No deshonres, pues, a los dioses, si has sido salvado por ellos. MENELAO.— ¿Es que yo estoy reprobando las leyes de los dioses? TEUCRO.— Sí, si impides enterrar a los muertos con tu presencia. MENELAO.— Yo mismo lo impido a los que son mis propios enemigos. Pues no es decoroso. TEUCRO.— ¿Es que Áyax se colocó frente a ti como tu enemigo?. MENELAO.— Nuestro odio era mutuo y tú lo sabías. TEUCRO.— Porque fuiste descubierto como un ladrón amañador de votos contra él. MENELAO.— Por los jueces, que no por mí, se vio en eso frustrado. TEUCRO.— Tú podías a escondidas haber hecho hábilmente muchas acciones perversas. MENELAO.— Esta acusación va contra algún otro para su tormento. TEUCRO.— No mayor, a lo que parece, que el que causaremos nosotros. MENELAO.— Sólo una cosa te diré: a éste no se le va a enterrar. TEUCRO.— Tú, a tu vez, escucha: a éste se le enterrará. MENELAO.— En una ocasión, ya conocí yo a un hombre osado en sus palabras que animaba a los marineros a navegar en medio del mal tiempo. Su voz, en cambio, no la hubieras encontrado cuando estaba en lo peor de la tempestad, sino que, oculto por su manto, se dejaba pisotear por cualquiera de los marineros. Así también, respecto a ti y a tu fiera boca, tal vez un gran huracán que sople desde una pequeña nube podría ahogar tu incesante griterío. TEUCRO.— Yo también he visto a un hombre lleno de insensatez que se comportaba insolentemente con ocasión de las desgracias de los que le rodeaban. Entonces, observándolo alguien parecido a mí y semejante en su carácter, le dijo lo siguiente: «¡Oh hombre, no te comportes mal con los muertos. Si lo haces sabe que te dolerás!» Así amonestaba, a la cara, al malhadado varón. Le estoy viendo y me parece que no es otro que tú. ¿Acaso he hablado enigmáticamente? MENELAO.— Me voy. Sería una vergüenza que alguien se enterara de que castigo con palabras a quien es posible someter por la fuerza. TEUCRO.— Vete, entonces. También para mí sería muy vergonzoso escuchar a un hombre necio que dice palabras desagradables. (Sale Menelao.) CORO. Habrá una contienda de gran porfía. Ea, Teucro, apresurándote cuanto puedas, lánzate a buscar una oquedad profunda para éste, y allí ocupará su sombría tumba de eterno recuerdo para los hombres. (Entra Tecmesa acompañada de su hijo.) TEUCRO.— Ciertamente en el momento oportuno se presentan aquí el hijo y la mujer de este hombre para cuidar de la sepultura de este desventurado cadáver. ¡Oh hijo, acércate aquí, colócate a su lado y, como suplicante, toca al padre que te engendró!. Siéntate implorante, teniendo entretanto en tus manos cabellos míos, de éste y, en tercer lugar, tuyos, tesoro del suplicante. Y, si algún guerrero te apartara por la fuerza de este cadáver, que, como criminal, sea arrojado por las malas de esta tierra, insepulto, extinguido todo su linaje desde la raíz, así como yo corto este rizo. Tenlo, oh niño y cuídalo, y que nadie te mueva, antes bien, arrodillándote, sujétate a él. Y vosotros, no estéis parados a su lado como mujeres, en lugar de como hombres, y socorredle hasta que yo vuelva de ocuparme de la sepultura para éste, aunque nadie me lo permita. CORO. ESTROFA 1.a ¿Cuál será el último? ¿Para cuándo se terminará el número de los errantes años que me trae, constantemente, la desgracia sin fin de las fatigas marciales en la espaciosa Troya, afrenta infortunada de los helenos? ANTISTROFA 1.a ¡Ojalá antes se hubiera sumergido en el amplio cielo o en el Hades, común a todos, aquel hombre que mostró a los helenos la guerra de odiosas armas que a todos afecta! ¡Oh infortunios creadores de infortunios nuevos! Ella fue la que empezó a destruir a los hombres. ESTROFA 2.a Aquélla no me concedió que me acompañara la satisfacción de las coronas ni de las profundas copas, ni el dulce sonido de las flautas, desdichado, ni pasar la noche en suave reposo. De los amores, de los amores me apartó, ¡ay de mí! Y yazco así, desamparado, empapados mis cabellos siempre por abundantes rocíos, recuerdos de la funesta Troya. ANTISTROFA 2.a Antes yo tenía en el aguerrido Ayax una defensa del incesante temor nocturno. Pero ahora él está entregado a un odioso destino. ¿Qué goce, qué goce aún me queda? ¡Ojalá estuviera allí donde me protegiera el promontorio cubierto de bosque y bañado por el mar, al pie de la alta meseta de Sunion, para saludar a la sagrada Atenas! (Teucro entra en escena.) TEUCRO.— Me he dado prisa al ver venir hacia aquí al jefe Agamenón. Es evidente que contra mí va a desatar su infausta lengua. (Entra Agamenón.) AGAMENÓN.— ¿Eres tú el que te atreves a proferir impunemente —según me dicen— terribles palabras contra mí? A ti me dirijo, al hijo de la esclava. En verdad que te jactarías con mucho orgullo y andarías muy estirado, si de una madre noble hubieras nacido, ya que, no siendo nada, nos has hecho frente defendiendo a quien nada era y has afirmado solemnemente que nosotros no hemos venido como
(Sale Odiseo.) TEUCRO.— Basta, pues ya ha pasado mucho tiempo. Así que apresuraos los unos a hacer con vuestros brazos una fosa profunda, otros disponed un elevado trípode rodeado de fuego, propio para lavatorios rituales. Que un grupo de hombres traiga de la tienda su armadura y su escudo. Hijo, tú coge tiernamente a tu padre con todas tus fuerzas y ayúdame a levantarle por los costados. Las venas aún calientes exhalan una negra sangre. Pero vamos, que todo hombre que diga ser su amigo se apresure, que venga, afanándose por este hombre que fue noble en todo, y ninguno fue mejor entre los mortales; hablo de Áyax, cuando estaba vivo. CORIFEO.— Ciertamente que a los mortales les es posible conocer muchas cosas al verlas. Pero antes nadie es adivino de cómo serán las cosas futuras.