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Asignatura: Antropologia Social, Profesor: Oto Luque i Agües, Carrera: Psicologia, Universidad: UV
Tipo: Apuntes
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3.1. «Yes, we can»: el análisis ingenuo de la acción 3.2. Las inferencias correspondientes 3.3. El científico ingenuo
UNIDAD DIDÁCTICA
LA FORMACIÓN DE
IMPRESIONES Y
EL PROCESO DE
ATRIBUCIÓN
"Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta Unidad sólo puede ser realizada con la autorización de la Universidad a Distancia
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A. Blanco Abarca La formación de impresiones y el proceso de atribución
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" DESARROLLO DE LA UNIDAD
Los niños pequeños, dice Gordon Allport, no hacen otra cosa que preguntar «¿por qué?» (véan- se cuadros 1 y 4 de la Unidad didáctica 8). Él tampoco estaba pensando en Bruno cuando escribió La naturaleza del prejuicio. No le hizo falta: Bruno somos todos. De pequeños y de mayores nos hacemos preguntas y buscamos respuestas. Detrás de las primeras se encuentra la necesidad de cognición, la búsqueda de información que sigue al impulso de claridad cognitiva; la curiosidad, el miedo a la incertidumbre, etc. Las respuestas, por su parte, nunca ocurren en el vacío social (véase epígrafe «La acción situada» en la primera Unidad didáctica) ni el vacío cognitivo.
En la Unidad didáctica anterior hemos tenido ocasión de ver cómo la información y el conocimien- to se organizan en esquemas, categorías, guiones, etc. que contienen impresiones, opiniones, ideas, jui- cios, hipótesis, conjeturas y precisiones respecto a cualquiera de los elementos que componen la realidad social. Nuestra vida diaria cabalga sobre estas operaciones mentales. Nos ponemos frente al televisor y vemos las imágenes del ataque israelí a los territorios palestinos, el atentado de ETA contra los medios de comunicación vascos, las andanzas de Silvio Berlusconi y sus «velinas», y de inmediato se activan esquemas que nos permiten manifestar opiniones, expresar sentimientos, buscar explicaciones, sugerir soluciones, etc.
Figura 1. Hacerse preguntas y buscar respuestas
Nos hacemos preguntas y nos damos respuestas. Detrás de las primeras se encuentra la necesidad de cognición. Las segundas se enmarcan dentro de nuestra experiencia previa, de la in- formación que recibimos del medio y de nuestros esque- mas de representación.
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CUADRO 2. LA OPINIÓN DE LOS EXPERTOS
La inferencia social
Reid Hastie Robert Wyer y David Carlston Susan Fiske y Shelley Taylor
Una conclusión que, de acuer- do con determinados proce- dimientos, derivamos de un conjunto de proposiciones (premisas).
Juicio sobre uno mismo o sobre los otros que el sujeto hace ba- sado en la información que tiene a mano procedente de diversas fuentes: el ambiente, la persona sobre la que se hace la inferencia, la conducta pasa- da, etc.
La inferencia es el tema cen- tral de la cognición social. Es un proceso y un producto. Como proceso, implica deci- dir qué información se toma en cuenta, recoger dicha infor- mación y combinarla de algu- na manera. Como producto es el resultado de un proceso de razonamiento.
Las inferencias son, pues, juicios y opiniones sobre uno mismo, sobre los otros o sobre las cosas que suceden en el mundo, que uno elabora siguiendo la senda marcada por la información que nos ofrece el ambiente o la que hayamos sido capaces de recabar. Teóricamente, los objetos en torno a los cuales versan nuestras inferencias pueden ser infinitos. Pero es fácil adivinar que las tareas inferenciales que nos ocupan de manera preferente guardan una estrecha relación con los contenidos del conocimiento social que hemos visto en la Unidad didáctica previa. Acudimos de nuevo a Wyer y Carlston (1994) para enumerarlas:
Figura 2. Hacer inferencias
La inferencia es un proceso humano fundamen- tal. Prácticamente cada interacción que llevamos a cabo, cada decisión que tomamos es probable que incluya una o más inferencias acerca de nosotros mismos y de aspectos de nuestro contexto social (Robert Wyer y Donald Carlston).
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PSICOLOGÍA SOCIAL
Las operaciones inferenciales forman parte de nuestra actividad cotidiana; como tal, pueden ser consideradas como un proceso humano fundamental, como una actividad cognitiva que acompaña de manera permanente y no pocas veces mecánica nuestro quehacer y en la que suelen estar presentes los siguientes pasos (véase cuadro 3):
CUADRO 3. PASOS EN EL PROCESO DE INFERENCIA
En la figura 3 quedan recogidos los pasos y los contenidos más importantes del proceso de infe- rencia.
Información, codificación, interpretación e integración: esa es la clave de la infe- rencia, de acuerdo con expertos en este terreno de la talla de Reid Hastie, Robert Wyer o Donald Carlston.
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PSICOLOGÍA SOCIAL
manifi esto) concluimos lo que no vemos (comportamiento latente) y nos hacemos una idea más o menos clara de lo que es y de cómo es una determinada persona (impresiones sobre la personalidad). Ese es el marco teórico que da pie a Solomon Asch para elevar a categoría científi ca el estudio de las impresiones que nos formamos sobre las personas; de las sensaciones que alguien causa en nuestro estado de ánimo y de las opiniones derivadas de ellas. En un típico y ejemplar proceso inferencial, el propio Solomon Asch elabora su propuesta teórica partiendo de dos supuestos (premisas) con cuya ayuda llega a deter- minadas conclusiones (en el fondo, las teorías y los procesos de investigación no dejan de ser procesos inferenciales):
Partiendo de estas premisas, Asch lleva a cabo un experimento al que seguimos acudiendo una y otra vez. Se propone demostrar que las impresiones que nos formamos responden al principio básico de la teoría de la Gestalt: el todo (la impresión de la personalidad: ese es precisamente el título del trabajo original, publicado en 1946) no es el resultado de la mera suma de las partes que lo componen, sino el producto de la relación, la interacción y la interdependencia entre ellas. El todo es distinto a la suma de sus partes. Y no solo eso: es el todo el que da signifi cado a las partes.
Para poner a prueba esta hipótesis, Asch ofrece a dos grupos de sujetos información sobre una per- sona desconocida. Es una persona idéntica en todo excepto en un rasgo: en un caso (grupo A) se trata de una persona emocionalmente cálida; en el otro (grupo B) de una persona fría (véase cuadro 4):
CUADRO 4. IMPRESIONES SOBRE UN DESCONOCIDO
Grupo A Grupo B
Nos esforzamos por formar una impre- sión de la persona íntegra… Es difícil no ver a la persona como una unidad (Solomon Asch).
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La tarea de los sujetos consiste en hacer primeramente una semblanza de dicha persona. Después se les pedía que la calificaran eligiendo, de entre un listado, aquellas rasgos que mejor convinieran a la impresión que se habían formado de ella. Los resultados (fi gura 4) son bastante elocuentes en algunos aspectos:
Hay, en primer lugar, una diferencia clara en la impresión global que provoca dicha persona en am- bos grupos. Esa diferencia se refleja tanto en el relato que hacen por escrito como en las cualidades que eligen cada uno de los grupos para definirla. Aunque no en todos los aspectos, la descripción que hacen de ella tiene un tono generalmente más positivo en el grupo A (la persona es generosa, feliz, afable, sociable, popular, humana, etc.) que en el B. La presencia del rasgo de calidez emocional confi gura una impresión global claramente distinta a la que genera la presencia del rasgo «frío». En concreto: «estos resultados justifican la conclusión de que un cambio en una de las cualidades produce una modifi cación fundamental en la impresión total», dice Asch. En defi nitiva:
Figura 4. La formación de impresiones sobre la personalidad (Solomon Asch)
120 100 80 60 40 20 0
91
65
90 94 77
91 84
94
(^99 ) 88
86 69
77
100 100 97 99 89 77 69
51
98 98 95 94
18 19
28 31
38
17 13
25 34
8
GenerosoPrudente
FelizAfableJocoso SociablePopular Digno con
fianza ImportanteHumanoBien parecidoPerseverante
Serio ContenidoAltruistaImaginativo
FuerteHonesto
Grupo A («Cálido») N = 90 Grupo B («Frío») N = 76
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Las impresiones son sensaciones globales, unitarias y espontáneas sobre las personas. En esos sencillos términos se podría definir la propuesta de Solomon Asch. Esto es particularmente verosímil sobre todo si hablamos de las impresiones sobre personas a las que no conocemos o que no pertenecen a nuestro entorno interactivo habitual. Ese era el caso de la investigación de Asch. Para los sujetos de ambos grupos, se trataba de una persona desconocida.
Una parte importante de las personas con las que nos cruzamos en nuestra vida diaria no nos causan ninguna impresión: respondiendo a un elemental proceso de economía cognitiva, sencillamente no les prestamos atención. Cuando la merecen activan esquemas categoriales que nos permiten formarnos una imagen sin necesidad de recabar mucha información ni de hacernos demasiadas preguntas. Quizás no ocurra lo mismo cuando se trata de personas con las que interactuamos habitualmente, y mucho menos con aquellas que pertenecen a nuestro círculo más cercano. En este caso, cabe la posibilidad de que las impresiones que nos formamos de ellas sean el resultado de experiencias concretas, de detalles más o menos signifi cativos que vamos percibiendo y conociendo de una determinada persona. Eso es lo que defienden los modelos de combinación lineal: el modelo sumativo y el modelo de promedio.
El modelo sumativo sostiene que nuestras impresiones sobre la personalidad no pueden ser otra cosa que el resultado de ir sumando pequeñas piezas, rasgos, acciones y reacciones, etc. Sonya era bondadosa, amable, una mujer de buen corazón, «una boba santa». Por eso se hacía querer por todo el mundo: «Sonya Semionovna, le decían los presos cuando visitaba a Raskolnikov, eres nuestra madre afectuosa y buena». Cuando leemos Crimen y Castigo (algo que conviene hacer alguna vez en la vida), nuestra impresión sobre Sonya se acerca mucho a la de las personas que la conocieron y convivieron con ella; no es una sensación momentánea ni un diagnóstico de urgencia, sino una conclusión más o menos tranquila y sosegada que procede de nuestra experiencia interactiva con ella, de la observación de su manera de actuar y conducirse en las duras circunstancias que le tocó vivir. La impresión general (el todo) es el resultado de la suma de las partes: de las cosas que las personas hacen, dicen, sienten, piensan, etc. Cuantos más rasgos, características o información positiva se disponga sobre una persona, más favorable será la evaluación final que hagamos de ella.
El modelo de promedio parte de un supuesto bien distinto: los rasgos y características que percibi- mos en las personas no siempre son consistentes y, además, los puede haber tanto positivos como negati- vos. La impresión final no es la suma de rasgos, conductas, acciones, etc., sino del valor que otorguemos a cada uno de ellos dividido por el total. Los rasgos y características que percibimos en las personas, dice Norman Anderson (1968), el defensor más cualifi cado de esta propuesta, no son positivas o negativas a secas, sino poco, regular o mucho. El detonante de la impresión no es, pues, el número, sino el valor que le demos y la ponderación que hagamos de cada una de las cosas que tomemos en consideración, todo ello con la ayuda de una sencilla operación que toma como punto de partida estos cuatro ingredientes:
Nuestras impresiones, juicios, valoraciones y atribuciones son el resultado de la combinación de estas cuatro fuentes de información. La suma de muchas pequeñas cosas (rasgos, atributos, etc.) no da como resultado una impresión necesariamente más positiva que la suma de pocas cosas; depende de la importancia y el valor que concedamos a cada una de ellas. Así, un solo rasgo altamente positivo puede conducirnos a una opinión mucho más favorable que varios detalles moderadamente positivos. Más aún, añadir información moderadamente positiva (P+) a una información altamente positiva (P++) puede empañar la imagen de una persona.
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PSICOLOGÍA SOCIAL
Pero también cabe otra posibilidad: la gente, dicen Susan Fiske y Steven Neuberg, utiliza diversas estrategias para formarse impresiones sobre los otros y poder opinar con supuesto conocimiento de cau- sa sobre ellos. Las propuestas previas han centrado el interés exclusivamente en los rasgos y atributos personales. Sin duda son importantes, pero no es ingenuo pensar, y mucho menos después de lo que he- mos visto en la Unidad didáctica anterior, que esas inferencias tan alegres que hacemos y esas opiniones tan contundentes que sostenemos estén sencillamente dictadas por los esquemas que poseemos respecto a una determinada persona en tanto que perteneciente a una determinada categoría social.
Fiske y Neuberg (1990), con buen tino, recuperan la pertenencia categorial como fuente y argu- mento para la formación de impresiones. De manera más concreta: las impresiones sobre las personas se sitúan en un continuo, en uno de cuyos extremos se encuentra la pertenencia categorial y en el otro sus rasgos y atributos más personales. Este proceso discurriría a lo largo de las siguientes fases:
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PSICOLOGÍA SOCIAL
Atribuir es una sencilla operación mental por medio de la cual buscamos las razones que pueden estar detrás de una determinada acción o evento. Nos preguntamos por qué en la ciudad de Dongguan hay un nivel tan intolerable de explotación infantil, por qué a un pasajero con barba le conminan a aban- donar un avión, por qué se está incrementando de manera preocupante la xenofobia y el sexismo entre nuestros escolares, por qué el ejército israelí desató una matanza infame de palestinos en diciembre de 2008, y así hasta el infinito. «¿Puedo preguntarte una cosa?», le dice a Shmuel en su primer encuentro: «¿Por qué hay tanta gente al otro lado de la alambrada? ¿Y qué hacéis allí?».
Nos interesa el estudio psicológico de la causalidad; indagar cómo la gente común investiga, se hace preguntas y se da respuestas; cómo interpreta las causas de los eventos y del comportamiento propio y ajeno; qué procedimientos utiliza para ello, de qué herramientas se sirve y a qué conclusiones llega. Detrás de todo ello, nos dice Arie Kruglanski, uno de los teóricos más sólidos en el actual panora- ma de la psicología social, se encuentra el epistemólogo ingenuo que todos llevamos dentro: un sujeto que posee opiniones y creencias que toma como válidas (como lógicas) y con cuya ayuda da signifi cado a las cosas, a las personas y a las acciones y eventos que protagoniza, e interpreta y trata de comprender y explicar lo que ocurre a su alrededor. El epistemólogo ingenuo, dice Kruglanski, parte de algunos su- puestos y sostiene algunas convicciones de manera fi rme:
Figura 7. Atribución
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Persona y ambiente: ese va a ser el marco en el que se inscribe el proceso de atribución de acuerdo con quien sigue siendo considerado su pionero, Fritz Heider (véase fi gura 8):
Nuestra mente no es un simple espejo que refl eja las cosas tal y como son, sino una herramienta capaz de simplificar, ordenar, evaluar y marcar líneas de acción. Fritz Heider lo toma como punto de partida en su análisis ingenuo de la acción: el ser humano se erige no solo en actor de su conducta, sino en protagonista de la realidad; la puede predecir y controlar (cambiar) porque está convencido de que no es el azar el que rige el mundo, sino una cadena de estructuras causales: el hombre de la calle percibe la conducta como causada. Cree que detrás de las cosas, de los eventos y de las acciones que ejecutan las personas hay razones y motivos que se enmarcan dentro de «proposiciones disposicionales, invarianzas que hacen posible un mundo más o menos estable, predecible y controlable. Estructuras y procesos más o menos permanentes que subyacen a los fenómenos» (Heider, 1958). Detrás de los «hechos» que ob- servamos hay «causas» que no siempre son visibles y accesibles a los órganos de los sentidos y que nos vemos tentados a buscar porque nos inquietan, nos provocan, nos interpelan; unas, las buscamos en las personas; otras, se encuentran en el ambiente (véase cuadro 6).
CUADRO 6. LA OPINIÓN DE LOS MAESTROS
Fuerzas personales y fuerzas ambientales en el análisis ingenuo de la acción (Fritz Heider)
En la psicología del sentido común (y en la psicología científica) el resultado de una acción depende de dos bloques de condiciones: unas, pertenecientes a la persona, y otras pertenecientes al ambiente. La psicología ingenua dispone de términos diferentes para referirse a la contribución de esos factores. Tomemos el ejemplo de una persona que rema en un bote en un lago. Decimos: «está tratando de remar en el lago»; «tiene la habi- lidad de remar»; « puede remar en el lago»; « quiere remar en el lago»; «resulta difícil remar en el lago»; «hoy es una buena oportunidad para remar en el lago»; «es pura suerte que haya podido remar en el lago». Estas dife- rentes afirmaciones hacen referencia a factores personales y a factores ambientales.
Figura 8. La psicología del sentido común
El análisis ingenuo de la acción requiere una des- cripción de los nexos causales de un ambiente que contiene no solo los hechos directamente observa- bles de la conducta de otra persona, sino también su conexión con estructuras y procesos internos más estables que subyacen a esa conducta. Un princi- pio importante de la psicología del sentido común, así como de la psicología científica, es que el ser humano atrapa la realidad y puede predecirla y con- trolarla remitiendo eventos y conductas variables y pasajeras a condiciones subyacentes relativamente estables, a las llamadas propiedades disposiciona- les de su mundo (Fritz Heider).
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Fritz Heider pone las bases (la letra y la música) para entender las operaciones mentales que se producen dentro de un sujeto para llegar a una conclusión respecto a las razones que pueden estar detrás de una determinada acción; pone las bases, en una palabra, para entender el proceso de atribución. Su aportación es decisiva. Las propuestas posteriores se apoyarán en ella para matizarla, ampliarla o enri- quecerla, pero su matriz central quedará más o menos intacta.
Es el caso de Edward Jones y Keith Davis. Como Heider, pero de manera mucho más oscura y farragosa, ambos pretenden estudiar cómo explica la gente de la calle las acciones humanas. Mientras que el análisis científico maneja infinitas causas, el hombre de la calle resuelve todas sus dudas cuando encuentra una intención o un motivo como sustrato de una determinada acción. El ciudadano de a pie que habita el mundo y la realidad cotidiana (el perceptor, lo denominan también Jones y Davis) observa una acción y sus efectos, y su mayor problema y su principal objetivo reside en decidir cuál de esos efectos ha sido intencionalmente buscado y pretendido por el actor. Ello supone creer que el actor fue consciente de que su acción tendría dichos efectos. Ese es un proceso en tres fases:
Figura 10. «Yes, we can»
Esta noche pienso en una mujer que depositó su voto en Atlanta. Se parece mucho a los millones de personas que han hecho cola para lograr que se oyera su voz en estas elecciones salvo por un detalle: Ann Nixon Cooper tiene 106 años. Nació apenas una generación después de la esclavitud; en una época en que no había coches en las carreteras ni aviones en el cielo; cuando alguien como ella no podía votar por dos razones: por ser mujer y por el color de su piel. Y esta noche pienso en todo lo que ha visto du- rante su siglo en Estados Unidos: el dolor y la esperanza, la lucha y el progreso; las veces en que se nos dijo que no podíamos y las personas insistían en este credo: sí, pode- mos (Barack Obama, 4 de noviembre de 2008).
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PSICOLOGÍA SOCIAL
Observamos efectos e inferimos intenciones y disposiciones: esa es la clave del proceso de atribu- ción. Lo que está detrás de las acciones, piensa el sujeto ingenuo, son las intenciones y detrás de estas se encuentran las disposiciones de su ejecutor: ¿qué ha pretendido conseguir un determinado sujeto con una acción concreta? ¿Qué me dice del actor la conducta que ejecuta y la intención que persigue? ¿Qué relación guarda la acción ejecutada con la intención del sujeto?; «cuando el perceptor infi ere caracte- rísticas personales para dar cuenta de una acción, dichas características pueden variar en el grado que se corresponden con la conducta que intentamos explicar» (Jones y Davis, 1965). La clave del proceso de atribución se sitúa, entonces, en el grado de correspondencia entre la acción y las características de quien la ejecuta. El perceptor ingenuo que somos todos trata de establecer qué condiciones se deben dar para inferir disposiciones (creencias, actitudes, valores, etc.) de una determinada acción partiendo de un supuesto elemental: «los actos tienen efectos, y como la gente actúa con el propósito de lograr esos efec- tos, tiene que haber nexos de inferencia entre los efectos y las intenciones», dirán años después Edward Jones y Harold Gerard. Estas condiciones serían las siguientes:
Figura 11. De los actos a las disposiciones (Jones y Davis, 1965)
DISPOSICIONES INFERIDAS CONDUCTAS OBSERVADAS
Disposición Intención^ Conducta
Conocimiento
Capacidad
Efecto 1
Efecto 2
Efecto 3
Entre los efectos comunes y la deseabi- lidad social se dan relaciones estrechas que Jones y Davis han manejado en los siguientes términos:
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