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ingentes cárceles que perpetúan nuestro cautiverio. La pri- mera de ellas es el poder potencial ejercido por esas tres «Grandes Figuras» que son el clérigo, el juez y el militar, dignidades míticas que tienen apresada nuestra conciencia en una espiral de absurdas contradicciones. La segunda es la omnipotencia del estado policial que, en nuestro orden so- cial corrompido, constituyo la única encarnación del poder físico, puesto que en él todas las demás formas de coerción son de índole psicológica. En cuanto a la última (que es también la más insidiosa), corresponde a la prisión del sexo, capaz de englobar en su seno a las otras dos, ya que ¿no es acaso el tótem de George, el jefe de la policía, un falo de goma de su estatura, una «polla gigante»? Y los antiguos mitos del pecado y la virtud, de la culpa y la inocencia, del heroísmo y la cobardía, esos sólidos pilares de la sociedad decadente sobre los que descansan las Grandes Figuras, también se asientan en la falacia de la sexualidad (casi ca- bría decir la falacia fálica). Por haber intentado remozar tan resquebrajado edificio sin reconstruir previamente sus ci- mientos, la transformación social esbozada por los rebeldes fracasa y se convierte en una contrarrevolución cuyo seudo- gobierno adopta los actores y disfraces de un lupanar de ca- tegoría, como es el Gran Balcón. La pieza dramática de Genet termina igual que empezó. Al bajarse el telón, Irma nos envía a nuestra casa, donde todo es más falso aún que el ritual que acabamos de presen- ciar. Al día siguiente, el burdel volverá a abrir sus puertas para dar comienzo a una farsa idéntica. Sin embargo, aun- que se oirán de nuevo, entre bastidores, los clamores de la revolución, no llegará nunca a cuajar, debido a que los insu- rrectos seguirán sin abjurar los hábitos demenciales de la vieja política sexual. Tras recordarnos que el sexo constitu- ye el meollo de nuestros problemas más cruciales, Genet nos alienta a erradicar el más pernicioso de nuestros siste- mas de opresión (a saber, la política sexual y su morboso de- lirio de violencia y poder), si es que deseamos evitar que nuestros esfuerzos de liberación nos remitan a las mismas angustias primigenias. 66 2. Teoría de la política sexual Los tres tipos de narración sexual que hemos examina- do hasta ahora se distinguen por la importancia que conce- den a las nociones de ascendiente y poder. El coito no se realiza en el vacío; aunque parece constituir en si una activi- dad biológica y fisica, se halla tan firmemente arraigado en la amplia esfera de las relaciones humanas que se convierte en un microcosmo representativo de las actitudes y valores aprobados por la cultura. Cabe, por ejemplo, tomarlo como modelo de la política sexual que se ejerce en el ámbito invi- dual o personal. Ahora bien, el paso de un plano tan íntimo al vasto cam- po de la política es sin duda una empresa arriesgada. Al in- troducir el concepto de «política sexual» hemos de respon- der, en primer lugar, a la ineludible pregunta: «¿Es posible considerar la relación que existe entre los sexos desde un punto de vista político?» La respuesta depende, claro está, de la definición que se atribuya al vocablo «política». En 1 La cuarta acepción por el American Heritage Dictionary es algo imprecisa: «métodos o tácticas utilizados en la dirección de un Estado o Gobierno», American Heritage Dictionary, Nueva York, American Heritage and Houghton Mifflin, 1969. Cabe ampliar esta definición, entendiendo por política un conjunto de estratagemas destinadas a man- tener un sistema. Si se considera el patriarcado una institución perpe- tuada mediante tales técnicas de gobierno, se llega al concepto de polí- tica sobre el que se basa este ensayo. 67