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levi strauss, Apuntes de Antropología

Asignatura: Antropologia i historia, Profesor: Carlos María Bidon-Chanal Gelonch, Carrera: Història, Universidad: UB

Tipo: Apuntes

2013/2014

Subido el 20/03/2014

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Título original: Les structures élémentaires de la parenté x eee fancés por Mouton 4: Co. París - La Haya j Claude Lévi-Strauss Traducción: Marie Therése Cevasco LAS ESTRUCTURAS ELEMENTALES DEL PARENTESCO Cubierta: Julio Vivas 1, reimpresión en España, 1981 O de todas las ediciones en castellano, Editorial Paidós, SAICF; Defensa, 599; Buenos Aires, i O de esta edición, Ediciones Paidós Ibérica, S.A.; Mariano Cubi, 92; Barcelona-21; Tel. 200 01 22, 1.5.B.N.: 84-7509-100-8 Depósito Legal: 29457-198L- Impreso en Gráficas Poem: Lisboa, 13: Barberá del Vllds Impreso en España - Prigad de dpto Barcelona Buenos Aires CaríruLo 1 NATURALEZA Y CULTURA Entre los" principios que formularon los precursores de la sociología, sin duda ninguno fue rechazado con tanta seguridad como el que atañe a la distinción entre estado de naturaleza y estado de sociedad. En efecto, es im- posible referirse, sin incurrir en contradicción, a una fase de la evolución de la humanidad durante la cual ésta, aun en ausencia de toda organización social, no haya desarrollado formas de actividad que son parte integrante de la cultura. Pero la distinción propuesta puede admitir interpretaciones más válidas. Los etnólogos de la escuela de Elliot Smith y de Perry la retomaron para desarrollar una teoría que puede discutirse, pero que, más allá del detalle arbitrario del esquema histórico, pone claramente de manifiesto la oposición profunda entre dos niveles de la cultura humana y el carácter revo- lucionario de la transformación neolítica. No puede considerarse que el hombre de Neanderthal, con su probable conocimiento del lenguaje, sus industrias líticas y sus ritos funerarios, existe en estado de naturaleza: su nivel de cultura se opone, sin embargo, al de sus sucesores neolíticos con un rigor comparable —si bien en un sentido distinto— al que les conferían los autores de los siglos xvi1 y XVI. Pero sobre todo hoy comienza a comprenderse que la distinción entre estado de naturaleza y estado de so- ciedad, a falta de una significación histórica aceptable, tiens un valor lógico que justifica plenamente que la sociología moderna la use como instrumento metodológico. El hombre es un ser biológico al par que un individuo social. Entre las respuestas que da a las excitaciones externas 0 internas, algunas corresponden integramente a su naturaleza y otras a su situación: no será difícil encontrar el origen respectivo del reflejo pupilar y el de la posición que toma la mano del jinete ante el simple conticto con las riendas. Pero la distinción no siempre es tan simple: a menudo los estímulos psicobiológicos y el estímulo psicosocial provocan reacciones del mismo tipo y puede pre- guntarse, como ya lo hacía Locke, si el miedo del niño en la oscuridad se explica como manifestación de su naturaleza animal o como resultado de los cuentos de la nodriza? Aun más: en la mayoría de los casos ni siquiera se distinguen bien las causas, y la respuesta del sujeto constituye una ver- dadera integración de las fuentes biológicas y sociales de su comportamiento, 1 Hoy diríamos mejor: estado de naturaleza y estado de cultura. 2 En efecto, parece que el temor a la oscuridad no aparece antes del vigesimoquinto me, RA W. Valentine, The Imnate Basis of Fear. Journal of Genetic Psychology, vol, 37, 1930. 38 ¡NTRODUCCIÓN decía Voltaire: una abeja extraviada lejos de su colmena e incapaz de encon- trarla es una abeja perdida; pero no por eso, y en ninguna circunstancia, se ha. transformado en una abeja más salvaje, Los “niños salvajes”, sean producto del azar o de la experimentación, pueden ser monstruosidades cul- turales, pero nunca testigos fieles de un estado anterior. No se puede, entonces, tener la esperanza de encontrar en el hombre ejemplos de tipos de comportamiento de carácter precultural. ¿Es posible entonces intentar un camino inverso y tratar de obtener, en los niveles supe- riores de la vida animal, actitudes y manifestaciones donde se pueda reco- nocer el esbozo, los signos precursores de la cultura? En apariencia, la oposición entre comportamiento humano y comportamiento animal es la que: proporciona la más notable ilustración de la antinomia entre la cultura y la naturaleza. El pasaje, si existe, no podría buscarse en el estadio de las pre- tendidas sociedades animales tal como las encontramos en ciertos insectos, ya que en ellas, más que en cualquier otro ejemplo, se hallan reunidos atri- butos de la naturaleza que no cabe negar: el instinto, el equipo anatómico que sólo puede permitir su ejercicio y la transmisión hereditaria de las con-. ductas esenciales para la supervivencia del individuo y de la especie. En estas estructuras colectivas no encontramos siquiera un esbozo de lo que po- dría denominarse el modelo cultural universal: lenguaje, herramientas, ins- _ tituciones sociales y sistema de valores estéticos, morales o religiosos. En el otro extremo de la escala animal es donde resulta posible descubrir una señal de estos comportamientos humanos: en los mamiferos superiores y en par- ticular en los monos antropoides. Las investigaciones realizadas desde hace unos treinta años con monos superiores son particularmente decepcionantes en lo que respecta a este punto y mo porque los componentes fundamentales del modelo cultural universal estén siempre ausentes, Es posible —a costa de infinitos cuidados— llevar a algunos sujetos a articular ciertos monosílabos o disílabos con los cuales, por otra parte, no asocian nunca un sentido; dentro de ciertos límites el chimpancé puede utilizar herramientas elementales y, en ocasiones, impro- visarlas; * pueden aparecer y deshacerse relaciones temporarias de solidaridad o de subordinación en el seno de un grupo determinado; por último, uno puede complacerse en reconocer, en algunas actitudes singulares, el esbozo de formas desinteresadas de actividad o de contemplación, Notable hecho: es sobre todo la expresión de los sentimientos que de buena gana asociamos con la parte más noble de nuestra naturaleza, la que al parecer puede iden- tificarse más fácilmente en los antropoides, por ejemplo, el terror religioso y la ambigijedad de lo sagrado? Pero si todos estos fenómenos son notables por su Presencia, son aun más elocuentes —y en un sentido totalmente dis- tínto— por su pobreza. Llama menos la atención su esbozo elemental que la imposibilidad, al parecer radical —confirmada por todos los especialis- 5 P. Guillaume e 1, Meyerson, Quelques recherches sur lintelligence des singes (comunicación preliminar), y: Recherches sur V'usago de Pinstrument cbez les singes. Journal de Psychologie, vol. 27, 1930; vol. 28, 1931; vol. 3l, 1938; vol, 34, 1938. % Y. Kóhler, The Mentality of Apes, apéndice a la segunda edición. NATURALEZA Y CULTURA 39 tas—, de llevar estos esbozos más allá de su expresión más primitiva. De esta manera, el abismo que se pensaba evitar con miles de observaciones inge- niosas en realidad sólo se desplazó, para aparecer aun más insuperable: desde el momento en que se demostró que ningún obstáculo anatómico impide al mono articular los sonidos del lenguaje y hasta sus conjuntos silábicos, sólo puede sorprender todavía más la ausencia irremediable del lenguaje y la total incapacidad para atribuir a los sonidos, emitidos u oídos, el carácter de signos. La misma comprobación se impone en otros dominios. Ella explica la conclusión pesimista de un observador atento que se resigna, después de años de estudio y de experimentación, a considerar al chimpancé como “un ser empedernido en el círculo estrecho de sus imperfecciones innatas, un ser “regresivo' si se lo compara con el hombre, un ser que no quiere compro- meterse en la vía del progreso”.* Más que los fracasos frente a pruebas precisas, una comprobación de orden general nos convence y nos hace penetrar más hondo en el núcleo del problema. Se trata de la imposibilidad de extraer conclusiones generales a partir de la experiencia. La vida social de los monos no se presta a la for- mulación de norma alguna. En presencia del macho o de la hembra, del animal vivo o muerto, del sujeto joven o adulto, del pariente o del extraño, el mono se comporta con una versatilidad sorprendente. No sólo el compor- tamiento del mismo individuo es inconstante, sino que tampoco en el com- portamiento colectivo puede encontrarse ninguna regularidad. Tanto en el dominio de la vida sexual como en lo que respecta a las demás formas de actividad, el estímulo externo o interno y los ajustes aproximativos bajo la influencia de fracasos y éxitos parecen proporcionar todos los elementos necesarios para la solución de los problemas de interpretación. Estas incer- tidumbres aparecen en el estudio de las relaciones jerárquicas en el seno de un mismo grupo de vertebrados, el que permite, sin embargo, establecer un orden de subordinación entre los animales, La estabilidad de este orden es sorprendente, ya que el mismo animal conserva su posición dominante durante periodos del orden de un año. Sin embargo, la sistematización se vuelve imposible por la presencia de irregularidades frecuentes. Una gallina subordinada a dos congéneres y que ocupa un lugar mediocre en el cuadro jerárquico ataca, pese a todo, al animal que posee el rango más elevado; se observan relaciones triangulares donde 4 domina a B, B domina a € y € domina a Á, mientras que los tres dominan al resto del grupo. Sucede lo mismo en lo que se refiere a las relaciones y a los gustos individuales de los monos antropoides, en quienes estas irregularidades están » 10 N, Koht, La Conduite du petit du Chimpanzé ct de lenfant de Phomme, Journal de Psychologie, vol. 34, 1987, pág. 532; y los demás artículos del mismo autor: Recherches sur Vintelligence du chimpanzó par la méthode du ts modelo”, dbfd, ol. 2, 1928: Lea Aptitudes motrios adaptativos de singo inféricur, ibid, vol, 2, 11 Y, €. Alice, Social Dominance and Subordination among Vertebrates, en Levels of Jategration in Biological and Social Synems, Biological Symposia, vol. VII, Lancaste, 40 INTRODUCCION todavía más marcadas: “Los primates ofrecen aun más diversidad en sus preferencias alimentarias que las ratas, las palomas y las gallinas. a, dominio de la vida sexual también encontramos en los primates “un cuadro que cubre casi por completo la conducta sexual del hombre »: + tanto en sus modalidades normales como en las más notables de las manifestaciones que r lo común se denominan “anormales”, porque chocan con las convenciones sociales”.19 Esta individuación de las conductas hace que el orangután, e gorila y el chimpancé se parezcan al hombre de modo singular. Malinowsid se equivoca cuando escribe que todos los factores que definen la con nal a sexual de los machos antropoides son comunes al comportamiento de todos los miembros de la especie, “la que funciona con tal uniformidad que para cada especie animal sólo necesitamos un grupo de datos ... pues las varia- ciones son tan pequeñas e insignificantes que el zoólogo está plenamente autorizado para ignorarlas”.15 ¿Cuál es, por lo contrario, la realidad? La poliandria parece reinar en los a aullidores de la región de Panamá aunque la proporción de los machos en relación con las hembras sea de 28 a 72, Se observan, en efecto, relaciones de promiscuidad entre una hembra en celo y varios machos Pero sin que puedan definirse preferencias, un orden de prioridad o nea os duraderos.!* Los gibones de las selvas de Siam viven —al parecer— en am las monogámicas relativamente estables; sin embargo, las relaciones sexuales se presentan, sin discriminación alguna, entre miembros del mismo Erupo familiar o con individuos que pertenecen a otros grupos y así se verifica —podría decirse— la creencia indígena de que los gibones son la reencar- nación de los amantes desgraciados.! Monogamia y poligamia coexisten entre los rhesus; 1% las bandas de chimpancés salvajes observadas en Aírica veian entre cuatro y catorce individuos, lo cual deja planteado el problema de su régimen matrimonial? Todo parece suceder como si los grandes monos, 12 A. H. Maslow, Comparative Behavior of Primates, VI: Food Preferences of Primates, Journal of Comparative Psychology, vol. 16, 1933, pág. 196. : 23 G. S, Miller, The Primate Basis of Human Sexual Behavior, Quarterly Review of Biology, vol. 6, 12? 4, 1931, pág. 392. j ñ Psy- x . Yerkes, A Program of Anthropoid Research, American Journal of Psy: chology, si ps 16% Ro M. Yerkes y S. E Elder, Gstras Receptivity si Mating in Chimpanzeo, Comparative Psychology Monographs, vol. 13, n? $, 1936, serie 65, g 39. . a B. Malinowski, Sex and Repression in Savage Society, Nueva York, Londres, 1927, pág 14. Ñ . . 18 CR, Carpenter, A Ficld Study of the Behavior aud Social Relations of Howling Monkeys, Comparative Psychology Monographs, vol. 10:11, 1934-1935, pág. 128, 11 C. R, Caspentes, A Field Study in Siam ol the Behavior and Social Relations of the Gibbon (Hylobates lar), Comparative Psychology Monographs, vol. 16, 1? 5, 1940, pág. 195, 18 C. R. Carpenter, Sexual Behavior ol Free Range Rhesus Monkeys (Macaca mulasta), Comparative Psychology Monographs, vol. 32, 1942, 19 H, W. Nissen, A Field Study of the Chimpanzee, Comparative Psychology Mo- nographs, vol. 8, n? 1, 1931. serie 36, pág. 73. NATURALEZA Y CULTURA 41 capaces ya de disociarse de un comportamiento específico, no pudieran lograr restablecer una norma en un nuevo nivel. La conducta instintiva pierde la nitidez y la precisión con que se presenta en la mayoría de los mamíferos, pero la diferencia es puramente negativa y el dominio abandonado por la naturaleza permanece como tierra de nadie. Esta ausencia de reglas parece aportar el criterio más seguro para esta» blecer la distinción entre un proceso natural y uno cultural. En este sentido, nada más sugestivo que la oposición entre la actitud del niño, aun muy joven, para quien todos los problemas están regulados por distinciones nítidas, más nítidas y más imperativas a veces que en el adulto, y las relaciones entre los miembros de un grupo simio abandonadas por entero al azar y al encuertiro, donde el comportamiento de un individuo nada nos dice acerca del de su congénere y donde la conducta actual del mismo individuo nada garantiza respecto de su conducta de mañana. En efecto, se cae en un circulo vicioso al buscar en la naturaleza el origen de reglas institucionales que suponen —aun más, que ya son— la cultura y cuya instauración en el seno de un grupo dificilmente pueda concebirse sin la intervención del lenguaje. La constan- cia y la regularidad existen, es cierto, tanto en la naturaleza como en la cultura, No obstante, en el seno de la naturaleza aparecen precisamente en el dominio en que dentro de la cultura se manifiestan de modo más débil y viceversa. En un caso, representan el dominio de la herencia biológica; en el otro, el de la tradición externa. No podría esperarse que una ilusoria cos tinuidad entre los dos órdenes diera cuenta de los puntos en que ellos se oponen, Ningún análisis real permite, pues, captar el punto en que se produce el Pasaje de los hechos de la naturaleza a los de la cultura, ni el mecanismo de su articulación. Pero el análisis anterior no sólo condujo a este resultado negativo; también nos proporcionó el oriterio más válido para reconocer las actitudes sociales; la presencia o la ausencia de la regla en los comporta- mientos sustraídos a las determinaciones instintivas. En todas partes donde se presente la regla sabemos con certeza que estamos en el estadio de la cultura, Simétricamente, es fácil reconocer en lo universal el criterio de la naturaleza, puesto que lo constante en todos los hombres escapa necesa- riamente al dominio de las costumbres, de las técnicas y de las instituciones por las que sus grupos se distinguen y oponen. A falta de un análisis real, el doble criterio de la norma y de la universalidad proporciona el principio de un análisis ideal, que puede permitir —al menos en ciertos casos y den- tro de ciertos límites— aislar los elementos naturales de los elementos cul. turales que intervienen en las síntesis de orden más complejo. Sostenemos, pues, que todo lo que es universal en el hombre corresponde al orden de la naturalza y se caracteriza por la espontaneidad, mientras que todo lo que está sujeto a una norma pertenece a la cultura y presenta los atributos de lo relativo y de lo particular, Nos encontramos entonces con un hecho, o más bien con un conjunto de hechos que —a la luz de las definiciones prece- dentes— no está lejos de presentarse como un escándalo: nos referimos a 44 INTRODUCCION fuerzas naturales a las que, por sus características propias, se opone a la vez que se identifica en cuanto al campo de aplicación, la prohibición del incesto se presenta a la reflexión sociológica como un Hterrible misterio, En el seno mismo de nuestra sociedad son pocas las prescripciones sociales que preser- varon de tal modo la aureola de terror respetuoso que se asocia con las cosas sagradas. De modo significativo, que luego deberemos comentar y explicar, el incesto, en su forma propia, y en la forma metafórica del abuso del menor (“del que”,. dice la expresión popular, “podría ser el padre”), se une en algunos países con su antítesis: las relaciones sexuales interraciales, por otra parte forma extrema de la exogamia, como los dos estimulantes más poderosos del horror y de la venganza colectivas. Pero este ambiente de temor mágico no sólo define el elima en el seno del cual, aun en la sociedad moderna, evo- luciona la institución sino que también envuelve, en el nivel teórico, los deba- tes a los que la sociología se dedicó desde sus orígenes con una tenacidad ambigua: “La famosa cuestión de la prohibición del incesto” —escribe Lévy- Bruhi— “esta vexata questio para la cual los einógrafos y los sociólogos tanto buscaron la solución, no requiere solución alguna. No hay por qué plantear el problema. Respecto de las sociedades de las que terminamos de hablar, no hay por qué preguntarso la razón de que el incesto esté prohibido: esta prohibición no existe...; no se piensa en prohibir el incesto, Es algo que no sucede. O bien, si por imposible esto sucede, es algo asombroso, Un monstrum, una transgresión que despierta horror y espanto. ¿Acaso las so- ciedades primitivas conocen una prohibición para la autofagia o el fratri- cidio? No tienen ni más ni menos razones para prohibir el incesto”.* No debe asombrarnos encontrar tanta timidez en un autor que, sin em- bargo, no vaciló frente a las hipótesis más audaces, si se considera que los sociólogos están casi todos de acuerdo en manifestar ante este problema la misma repugnancia y la misma timidez. P 25 L. LévyBruhl, Le Surnaturel et la Nature dans la mentalizé primitive, Paris, 1931, pág. 247.