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Libro de Apolonio: Análisis y Temas Clave - Prof. Gorga, Traducciones de Literatura Medieval

Un análisis del "libro de apolonio", un romance medieval que narra las aventuras y desventuras del rey apolonio de tiro. El texto explora temas como el destino, la justicia, el amor y la perseverancia a través de los viajes y pruebas que enfrenta el protagonista. Se examinan los elementos narrativos, los personajes principales y los valores morales presentes en la obra, ofreciendo una visión completa de su significado y relevancia literaria. Útil para estudiantes de literatura medieval y aquellos interesados en la historia de la narrativa en lengua española. El análisis se centra en la estructura del relato, los motivos recurrentes y la representación de la sociedad y la cultura de la época. Además, se destaca la importancia del "libro de apolonio" como una fuente valiosa para comprender la evolución de la literatura y la transmisión de historias a lo largo del tiempo.

Tipo: Traducciones

2023/2024

Subido el 15/10/2025

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Libro de Apolonio:
[1] En el nombre de Dios y de Santa María, si ellos me guiaran, estudiar querría,
componer un romance con nueva maestría del buen rey Apolonio y su cortesía.
- El rey Apolonio, de Tiro natural, que por las aventuras vivió un gran temporal.
Cómo perdió a su hija y mujer principal, cómo las recuperó, pues les fue muy leal.
- Del rey Antíoco os quiero ahora hablar, que fundó Antioquía en el puerto del mar;
de su propio nombre la hizo titular. Si entonces muriera, no debiera pesar.
- Pues su mujer, con quien casado estaba, murió, y una hija hermosa le dejaba; en el
mundo, belleza igual no se hallaba, ni en su cuerpo defecto alguno se notaba.
- Muchos hijos de reyes vinieron a pedirla, mas ninguno logró su voluntad cumplirla.
Sucedió entonces algo que ha de ocurrir, que es para en consejo vergüenza de decir.
- El pecado, que nunca en paz suele estar, tanto pudo el malvado volver y girar, que a
Antíoco hizo en ella fijarse, al pensar que por su amor se quería arruinar.
- A lo peor la cosa hubo de llegar, que su voluntad logró en ella saciar; pero sin querer,
ella hubo de aceptar, pues veía que tal cosa no era de aguantar.
- La dama, por este hecho, tan avergonzada, que por morir, no quería comer nada;
mas una ama vieja, que la había criado, le hizo creer que no era la culpada.
- «Hija», dijo, «si vergüenza o dolor sentiste, no tienes culpa, pues más no pudiste;
esto que ves, en el destino lo tuviste. Alégrate, señora, pues más no pudiste.
- Además, te aconsejo, y debes creerme, al rey tu padre no debes ofenderle; aunque
grande es la pérdida, más vale callarte, que al rey y a ti en mal precio echarte».
- «Ama», dijo la dama, «jamás por mal pecado, debe mi padre ser llamado. Por
llamarme hija, me siento agraviada; el nombre justo, en ambos, está manchado.
- Mas cuando nada puedo, pues estoy violada, tomaré tu consejo, mi nodriza honrada,
mas bien veo que de Dios fui abandonada, a derechas, me siento aconsejada».
- Bien que tanto el enemigo en el rey se ha encarnado, que no tenía el poder de ver
el pecado; mantenía mala vida, de Dios estaba airado, pues no le hacía servicio donde
fuera pagado.
- Por quedarse con su hija, evitar casamiento, para poder con ella cumplir su mal
intento, hubo de tramar un mal pensamiento: se lo mostró el diablo, un ser repugnante
y lento.
- Para quedarse sin vergüenza, que no fuera reprendido, hacía una pregunta, un
argumento escondido: al que lo adivinara, se la daría agradecido, el que no lo
adivinara, sería decapitado.
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Libro de Apolonio : [1] En el nombre de Dios y de Santa María, si ellos me guiaran, estudiar querría, componer un romance con nueva maestría del buen rey Apolonio y su cortesía.

  • El rey Apolonio, de Tiro natural, que por las aventuras vivió un gran temporal. Cómo perdió a su hija y mujer principal, cómo las recuperó, pues les fue muy leal.
  • Del rey Antíoco os quiero ahora hablar, que fundó Antioquía en el puerto del mar; de su propio nombre la hizo titular. Si entonces muriera, no debiera pesar.
  • Pues su mujer, con quien casado estaba, murió, y una hija hermosa le dejaba; en el mundo, belleza igual no se hallaba, ni en su cuerpo defecto alguno se notaba.
  • Muchos hijos de reyes vinieron a pedirla, mas ninguno logró su voluntad cumplirla. Sucedió entonces algo que ha de ocurrir, que es para en consejo vergüenza de decir.
  • El pecado, que nunca en paz suele estar, tanto pudo el malvado volver y girar, que a Antíoco hizo en ella fijarse, al pensar que por su amor se quería arruinar.
  • A lo peor la cosa hubo de llegar, que su voluntad logró en ella saciar; pero sin querer, ella hubo de aceptar, pues veía que tal cosa no era de aguantar.
  • La dama, por este hecho, tan avergonzada, que por morir, no quería comer nada; mas una ama vieja, que la había criado, le hizo creer que no era la culpada.
  • «Hija», dijo, «si vergüenza o dolor sentiste, no tienes culpa, pues más no pudiste; esto que ves, en el destino lo tuviste. Alégrate, señora, pues más no pudiste.
  • Además, te aconsejo, y debes creerme, al rey tu padre no debes ofenderle; aunque grande es la pérdida, más vale callarte, que al rey y a ti en mal precio echarte».
  • «Ama», dijo la dama, «jamás por mal pecado, debe mi padre ser llamado. Por llamarme hija, me siento agraviada; el nombre justo, en ambos, está manchado.
  • Mas cuando nada puedo, pues estoy violada, tomaré tu consejo, mi nodriza honrada, mas bien veo que de Dios fui abandonada, a derechas, me siento aconsejada».
  • Bien sé que tanto el enemigo en el rey se ha encarnado, que no tenía el poder de ver el pecado; mantenía mala vida, de Dios estaba airado, pues no le hacía servicio donde fuera pagado.
  • Por quedarse con su hija, evitar casamiento, para poder con ella cumplir su mal intento, hubo de tramar un mal pensamiento: se lo mostró el diablo, un ser repugnante y lento.
  • Para quedarse sin vergüenza, que no fuera reprendido, hacía una pregunta, un argumento escondido: al que lo adivinara, se la daría agradecido, el que no lo adivinara, sería decapitado.
  • Muchos, por esto, las cabezas cortadas tenían; sobre las puertas de las almenas, colgadas yacían. Las noticias de la dama, por mal, se difundían, a muchos buenos jóvenes, caras costaban.
  • «La verdura del ramo, la raíz consume, de carne de mi madre, mi cuello se agranda». El que adivinara este verso, que asume, ese tendría a la hija del rey, cual reina suprema.
  • El rey Apolonio, que en Tiro reinaba, oyó de esta dama, que en gran estima andaba; quería casarse con ella, pues mucho la amaba, a la hora de pedirla, verla no esperaba.
  • Vino a Antioquía, entró en el real, saludó al rey Antíoco y a la corte general; le pidió a su hija, como esposa principal, para llevarla en arras a Tiro, la ciudad. [20] La corte de Antioquía, gente de gran virtud, todos sintieron pena por su juventud. Decían que no supo guardarse de malitud, por mala nigromancia, perdió buena salud.
  • Después de la primera, dio su explicación, toda la corte escuchaba, con atención. El rey le propuso su condición: o la cabeza, o la solución.
  • Como Apolonio era de letras profundo, para resolver enigmas, bien instruido; entendió la trampa y el pecado inmundo, como si lo hubiera visto con su ojo rotundo.
  • Sintió gran arrepentimiento por haber venido, entendió bien que en la trampa había caído, mas, para que no lo tuvieran por aturdido, dio a la pregunta una respuesta completa y con sentido.
  • Dijo: «No debes, rey, tal cosa demandar, que a todos trae vergüenza y pesar. Esto, si la verdad no quieres negar, entre tú y tu hija se debe zanjar.
  • Tú eres la raíz, tu hija el final; tú pereces por ella, por pecado mortal, pues la hija hereda la deuda carnal, la cual tú y su madre habéis de igual».
  • El rey quedó muy mal pagado con la profecía, lo que siempre buscaba, ya lo sabía; lo metió en locura la rueda del pecado, lo guió, al final, a ser maltratado.
  • Aunque para encubrir su iniquidad, le dijo Apolonio que decía falsedad, que no lo haría por ninguna heredad, pero todos pensaban que decía la verdad.
  • Le dijo que pondría su cabeza a perder, que la adivinanza no podría resolver. Aún treinta días le quiso conceder, para que por falta de plazo no pudiera caer.
  • No quiso Apolonio en la villa quedar, temía que la tardanza pudiera mal acabar. Triste y desanimado, pensó en navegar, hasta que llegó a Tiro, no se dio a vagar.
  • El pueblo se alegró al ver a su señor, todos querían verlo, que tenían de él amor; grandes y chicos daban gracias al Creador, la villa y los pueblos, todos alrededor.
  • El rey nuestro señor, que nos solía mandar, Apolonio le dicen por nombre, si lo oíste contar, fue a Antíoco a su hija a demandar; nunca podría con hombre más honrado casar.
  • Le puso una trampa mala, no la pudo ganar, lo tomó a afrenta por sin ella retornar, lo movió de su casa vergüenza y pesar; a qué parte ha ido, no podemos adivinar.
  • Teníamos tal señor cual a Dios pedimos, si a éste no tenemos, nunca tal esperamos; con pena no sabemos qué consejo seguimos, cuando rey perdemos, nunca bien nos hallamos».
  • Taliarco, con estas noticias, quedó pagado, pensó que su negocio había bien logrado; volvió al rey Antíoco, que lo había enviado, para contarle las nuevas y decirle el recado.
  • Le dijo que de Apolonio estuviera descuidado, que con su miedo estaba de la tierra desterrado. «No estará», dice Antíoco, «en tal lugar alzado, que de mí lo defienda desierto ni poblado». [50] Puso, aún sin esto, ley mala y cumplida: quienquiera que lo matara o lo tomara con vida, le daría de sus bienes una buena medida, al menos cien quintales de moneda batida.
  • Confunda Dios tal rey, de tan mala medida, vivía en pecado y pensaba en su ida: que quería matar al hombre que dijo la debida, que abrió la demanda que era tan escondida.
  • Esto hacía el pecado, que es de tal natura, pues en otros muchos en que mucho dura, a pocos días dobla, que trae gran oscura: trae mucho ejemplo de esto la escritura.
  • Por encubrir una poca de enemistad, se perjura un hombre, no piensa en la verdad; del hombre perjurado, la fe es enemistad; esto que os digo, la ley os lo da en realidad.
  • Esto mismo sucede con todos los pecados: unos con otros están todos enlazados. Si no son pronto los unos enmendados, otros mucho mayores son luego juntados.
  • De un ermitaño santo oímos contar, porque el pecado le hizo el vino probar, hubo en adulterio por ello que caer, después en adulterios, las manos a meter.
  • Antíoco, estando en tamaña equivocación, andaba, si pudiera, por hacer otra peor acción; del pecado primero, si hubiera dolor, de demandar tal cosa, no tendría sabor.
  • Como dice el proverbio, que suele contar, que la codicia mala suele el saco reventar, hizo la promesa a muchos fallar, que lo querrían, de grado, o matar o capturar.
  • Por negra codicia, que por mal fue preparada, por ganar tal tesoro, ganancia tan afamada, muchos tenían codicia, no la tenían callada, por matar a Apolonio, por cualquier entrada.
  • Los que solía tener por amigos leales, se le han tornado enemigos mortales, Dios confunda tal siglo: por ganar dos reales, se trastornan los hombres por ser desleales.
  • Mandó labrar Antíoco naves de fuerte madera, para buscar a Apolonio, sacarlo de su carrera, proveerlas de poderes, de armas y de cera; mas dispuso Dios la cosa de otra manera.
  • Dios, que nunca quiso la soberbia sufrir, estorbó esta cosa, no se pudo cumplir, no lo pudieron hallar, ni lo pudieron herir; debemos a tal señor alabar y bendecir.
  • Del rey Antíoco os quiero ahora alejar, quiero en Apolonio la materia tornar: en Tarso lo dejamos, bien nos debe acordar.
  • Cuando llegó a Tarso, como afligido estaba, hizo echar las anclas luego en la ribera; vio lugar adecuado, sabrosa estacada, para descansar del trabajo y de la mala carrera.
  • Mandó comprar provisiones, encender las hogueras, preparar las comidas, sartenes y calderas, aderezar los manjares de diversas maneras: no costaban dinero manteles ni fronteras.
  • Los que tenían ganas de su provisión tomar, la daban de grado, no la querían vender, tenía toda la tierra con ellos gran placer, que era muy cara y la habían de menester.
  • Mala tierra era, de provisión menguada, había gran carestía, era de gente menguada, podría comer un niño un trozo de comida, comerían tres el campesino cuando volviera de la arada.
  • Como Apolonio era hombre bien razonado, venían todos a verlo, le hacían recado; no se iba de él ningún hombre despagado.
  • Vino un hombre bueno, Elánico el cano, era de buena parte, de días anciano, puso en él la mirada, lo tomó de la mano, se apartó con él en un campillo llano.
  • Le dijo el hombre bueno que sentía dolor, había sabido las noticias, era bien sabedor: «¡Ay, rey Apolonio, digno de gran valor, si tu mal supieras, deberías tener dolor!
  • Del rey Antíoco eres desafiado, ni en ciudad ni en burgo serás albergado, quien matarte pudiere será bien pagado, si escapar pudieres serás bien aventurado».
  • Respondió Apolonio, como acalorado: «Dígame, hombre bueno, si a Dios hayas pagado, ¿por cuál razón Antíoco me anda buscando, y al que me mate, qué don le ha otorgado?».
  • «Por eso te codicia o matar o prender, por lo que él es, tú quisiste ser; cien quintales promete, que dará de su haber, al que tu cabeza le pudiere traer».
  • Entonces dijo Apolonio: «No es por mi tuerto, pues yo no hice cosa por la que deba ser muerto, mas Dios, mi señor, nos dará buen esfuerzo, Él, que de los afligidos es camino y puerto.
  • Estrángilo se alegró y se tuvo por salvado, le besaba las manos, en tierra postrado. Dice: «¡Ay, rey Apolonio, en buena hora has llegado, que en tan fiera pena nos has tú ayudado!
  • Rey, bien lo acepto, quiero que lo tengamos, que nos plazca contigo y que te recibamos; cual acuerdo tú quieras, tal te lo hagamos; si menester te fuere, que contigo muramos».
  • Estrángilo, para la cosa más en seguro poner, para buscar a Apolonio tan extraño placer, entró en la ciudad, mandó pregón meter, que se reunieran en concejo, pues era menester.
  • En poco rato, el concejo fue reunido, les hubo de decir Estrángilo el mandado. «Sea», dijeron todos, «puesto y concedido, debía ser en vida tal hombre adorado».
  • Cumplióles Apolonio lo que les había dicho, salvó a un gran pueblo que de hambre moría; valía por la villa más de lo que nunca valía, no era hijo de enemigo quien tal cosa hacía.
  • El rey de los cielos es de gran providencia, siempre con los afligidos tiene su presencia, en valerles en sus penas es toda su esencia; debemos ser todos firmes en su creencia.
  • Da penas a los hombres para que le teman, no mira sus pecados, viene a socorrerles, sin quejarse, sabe maestremente sus consejos emprender, juega con los hombres a todo su querer.
  • El rey Apolonio, de hazaña granada, tenía a toda la tierra en su amor tornada, por cualquier lugar quería hacer su posada, quien no lo bendecía, no se tenía por nada.
  • Tanto querían las gentes honrarlo y alabar, hicieron en su nombre un ídolo labrar, hicieron en un mármol el escrito anotar, del bueno de Apolonio, qué hizo en ese lugar.
  • Lo pusieron derecho en medio del mercado, sobre alta columna, para ser bien alzado, hasta el fin del mundo y el siglo pasado, el don de Apolonio no fuera olvidado.
  • Hizo por gran tiempo en Tarso su morada, estaba con él la tierra alegre y pagada. Le aconsejó un su huésped, con quien había posada, que fuera a Pentápolis a pasar la temporada.
  • «Rey», dijo Estrángilo, «si me quisieras creer, te daré buen consejo, si lo quieres aprender, que fueras a Pentápolis un invierno a tener; sepas que tendrán contigo gran placer.
  • Serán estos rumores por la tierra sonados, contra el rey Antíoco seremos acusados; moverá sobre nosotros huestes por malos pecados; estaremos en gran pena si somos cercados.
  • Somos, como tú sabes, de provisiones menguados, para meternos en cerco estamos mal preparados; si vencernos pudieran, como vendrán airados, sin consentimiento seremos todos destrozados.
  • Mas cuando supieran que tú eres alzado, esto sería pronto por las tierras contado, desplegaría Antíoco luego su ejército armado, volverás tú a Tarso y vivirás seguro y amado». «Me place», dice Apolonio, «que hablas sensato».
  • Cargaron las naves de vino y de cecina, y también hicieron de pan y de harina, de buenos marineros que sabían bien la marina, que conocen los vientos que cambian sin rutina.
  • Cuando hubo el rey de Tarso de salir, para entrar en las naves y en altas mares subir, no querían las gentes de él separarse, ni huir, hasta que los hubieron las ondas a partir.
  • Lloraban con él todos, dolíanse de su ida; rogaban que hiciera pronto la venida, a todos les parecía amarga la partida. ¡De tal amor me agrado, tan dulce y cumplida!
  • Hubieron en fuerte punto las naves de partir, tenían vientos derechos, les hacían bien correr, no podían los de Tarso los ojos de ellos quitar, hasta que se fueron y hubieron de desaparecer.
  • El mar, que nunca tuvo lealtad ni firmeza, cambia pronto y se enfurece con presteza, suele dar mala zaga, más negra que la espesura. El rey Apolonio cayó en esa dureza.
  • Cuando llevaban dos horas, habían andado, volvieron los vientos, el mar fue conturbado, nadaban las arenas, el cielo levantando, no había ahí marinero que no estuviera perturbado.
  • No les valían las anclas, que no podían trabar, los que eran maestros no podían gobernar; se alzaban las naves, queríanse trastornar, tanto que ellos mismos no se sabían aconsejar. [110] Les afligió la tempestad y el mal temporal, perdieron el consejo y el gobierno principal; los mástiles del medio, todos fueron a mal. ¡Guárdenos de tal pena el Señor Espiritual!
  • Pues como Dios quiso, hubo la cosa de ser, hubieron las naves todas de perecer. De los hombres ninguno pudo escapar, fuera el rey solo, que Dios quiso salvar.
  • Por su buena ventura, Dios le quiso prestar, hubo en un madero chico las manos de echar; afligido y pobre, de vestir y calzar, a tierra de Pentápolis hubo de arribar.
  • Cuando el mar lo hubo a la orilla echado, cayó el hombre bueno, todo desconsolado. No volvió en sí en dos días, pues había naufragado, pues mal traído era y había sido mal espantado.
  • Plugo al Rey de Gloria y recobró su sentido; se halló todo solo, de vestido desprovisto; recordó su aventura, cómo le había sucedido. «¡Pobre de mí», dijo, «que para mal he nacido!
  • Encontramos buenas gentes, llenas de caridad, hacen hacia nosotros toda humildad. Cuando de allí nos fuimos, para decirte verdad, todos hacen gran duelo, de toda voluntad.
  • Cuando en el mar entramos, hacía tiempo bueno; luego que estuvimos dentro, el mar fue turbulento. Cuanto nunca traía, allí lo he dejado; tal pobre cual tú ves, apenas he escapado.
  • Mis vasallos, que estaban conmigo desterrados, bienes que traía, tesoros tan preciados, palafrenes y mulas, caballos tan preciados, todo lo he perdido por mis malos pecados.
  • Sábelo Dios del cielo que en esto no miento, mas no muere el hombre por gran sufrimiento, si yo estuviera con ellos, habría gran lamento, sino cuando llega el día del fallecimiento.
  • Mas cuando Dios me quiso a esto traer, que las limosnas haya sin querer pedir, te ruego que, si puedes a buen fin venir, que me des algún consejo por donde pueda vivir».
  • Calló el rey en esto y habló el pescador; le respondió como hombre que sentía gran dolor. «Rey», dijo el hombre bueno, «de esto soy sabedor: en gran pena te ves, no podrías estar en mayor.
  • El estado de este mundo siempre así ha andado, cada día se cambia, nunca se ha quedado; en quitar y en dar está todo su sentido, vestir al despojado y despojar al vestido.
  • Los que las aventuras quisieron ensayar, a veces perder, a veces ganar, de muchas maneras hubieron de pasar; cualquier cosa que les suceda, han de aguantar.
  • Nunca sabrían los hombres qué eran aventuras, si no sufrieran pérdidas o muchas duras; cuando han pasado por blanduras y por duras, después se vuelven maestros y creen las escrituras.
  • El que tuvo poder de pobre te tornar, puede, si quiere, de pobreza sacar; no te querrían los hados, rey, desamparar, puedes en poca hora todo tu bien cobrar.
  • Pero tanto te ruego, sé hoy mi invitado; de lo que yo tuviere, te serviré de buen grado; un vestido tengo solo, flaco y muy delgado, lo partiré contigo y tenme por bien pagado».
  • Partió su vestido luego con su espada, dio al rey la mitad y lo llevó a su posada. Le dio cual cena pudo, no le escondió nada, había cenado mejor en alguna vez pasada.
  • Al otro día por la mañana, cuando se hubo levantado, agradeció al hombre bueno mucho el hospedado; le prometió que si alguna vez recobraba su estado: «El servicio por duplicado te será recompensado.
  • Me has hecho, huésped, gran piedad, mas te ruego aún, por Dios y tu bondad, que me muestres el camino por donde vaya a la ciudad». Le respondió el hombre bueno de buena voluntad.
  • El pescador le dijo: «Señor, bien es que vayas, algunos hombres buenos te darán de sus sayas; si consejo no tomas cual tú necesitas, por cuanto yo tuviere, tú pena no tendrás».
  • El bendito huésped lo metió en el camino, le mostró la vía, pues bien cerca estaba; lo llevó a la puerta que halló más primera, se quedó con vergüenza fuera en la carretera.
  • Aún por venir era la hora de yantar, salían los jóvenes fuera a divertir; comenzaron luego la pelota a jugar, que solían a esa hora ese juego practicar.
  • Se metió Apolonio, aunque mal vestido, con ellos al juego, su manto ajustado; se movía en el juego, lo hacía tan bien jugado, como si desde pequeño hubiera sido ahí criado.
  • La hacía ir derecha cuando le daba con el palo, cuando la recibía, no se le salía de la mano; era en el deporte sabio y liviano.
  • El rey Architartes, de modales finos, salió a divertirse con sus buenos vecinos; todos llevaban consigo sus varas y sus pinos, iguales y bien hechas, derechas y genuinos.
  • Miró a todos con atención, cómo cada uno jugaba, cómo golpeaba la pelota o cómo la recuperaba; vio en el grupo, que denso andaba, que toda la mejoría el pobre se llevaba.
  • De su comportamiento tuvo gran satisfacción, porque todo lo hacía con buena precisión. Le pareció hombre bueno, de buena comprensión; de jugar con él sintió gran ambición. [150] Mandó parar a los otros, que se quedara toda la reunión; mandó que les dejaran a ambos la pelota en posesión. El capitán de Tiro, con toda su aflicción, bien se limpiaba los ojos de la emoción.
  • Architartes quedó muy satisfecho con el juego; pronto entendió que era un hombre de alto rango. Dijo al peregrino: «Amigo, te ruego que cenes hoy conmigo, no busques otro fuego».
  • Apolonio no quiso aceptar el pedido, pues no dijo nada, de vergüenza abatido. Todos lo invitaban, aunque mal vestido, pues bien entendían todos de dónde había huido.
  • Llegó en este momento la hora de cenar, hubo el rey de entrar en la ciudad a cenar; se dispersaron todos, cada uno a su lugar, unos a otros no se querían esperar.
  • Apolonio, por miedo de a la corte molestar, que no tenía vestido ni adorno de prestar, no quiso de vergüenza al palacio entrar. Se volvió de la puerta, comenzó a llorar.
  • Si lo haces por pérdida que te ha sucedido, si eres de linaje, tarde se te olvida, toda tu bondad está en olvido caída, poco se acuerda el bueno de la cosa perdida.
  • Todos dicen que eres hombre bien educado, veo que el rey está de ti muy pagado; tu buen comportamiento que habías mostrado con esta gran tristeza todo lo has estropeado.
  • Pero aunque estás en tan grande dolor, quiero que por mí hagas este favor: que digas tu nombre al rey mi señor; de saber de tu condición tendríamos gran sabor».
  • Respondió Apolonio, no lo quiso tardar. Dijo: «Amiga querida, me buscas gran pesar, el nombre que tenía, lo perdí en el mar, mi linaje en Tiro te lo sabrían contar».
  • Insistió la dama, no lo quiso dejar. Dijo: «Si Dios te hace a tu casa retornar, que me digas el nombre que te suelen llamar; sabremos cómo nos debemos comportar».
  • Comenzó Apolonio, de suspiros cargado, le dijo toda su pena, por dónde había pasado, su nombre y su tierra y cuál era su reinado. Bien lo escuchó la dama y le tuvo gran agrado.
  • Al final, cuando hubo su historia bien contada, el rey estuvo más alegre, la dama pagada. Quería contener las lágrimas, pero no le valía nada; se le renovó el duelo y la ocasión pasada.
  • Entonces dijo el rey: «Hija, creedme, si Apolonio llora, no os maravilléis, tal hombre a tal pena vos venir no sabéis, mas vos me consoladle, si a mí bien queréis.
  • Lo hicisteis llorar, lo habéis entristecido, pensad cómo lo volvéis alegre y complacido, hacedle mucho caso, que hombre es honrado. Hija, no dudéis y haced lo apropiado».
  • Se dispuso la dama, le hicieron lugar, templó bien la vihuela con un sonido natural; dejó caer el manto, se puso en un vestido real, comenzó una alabanza, hombre no vio igual.
  • Hacía hermosos sonidos y hermosos bailes, dejaba, a sabiendas, la voz a veces; hacía a la vihuela decir puntos acordados, parecía que eran palabras afirmadas. [180] Los altos y los bajos, todos de ella decían, la dama y la vihuela tan bien se entendían que lo tenían por hazaña cuantos lo veían. Hacía otros deportes que mucho más valían.
  • Todos la alababan, Apolonio callaba. El rey pensaba por qué él no hablaba, le preguntó y le dijo que se maravillaba, que con todos los otros tan mal se llevaba.
  • Respondió Apolonio como varón firme: «Rey, de tu hija no digo si bien o mal, mas, si tomo la vihuela, creo hacer un tal son, que entenderéis todos que es más con razón.
  • Tu hija bien entiende una gran parte, tiene buen comienzo y es bien entendida, mas aún no se tenga por maestra completa: si decir quisiere, que se tenga por vencida».
  • «Amigo», dijo ella, «si Dios te bendice, por amor, si lo tienes, de tu dulce amiga, que cantes una alabanza en rota o en giga; si no, me has dicho soberbia y enemiga».
  • No quiso Apolonio a la dama contrariar, tomó una vihuela y la supo bien templar; dijo que sin corona no sabría tocar, no quería, aunque pobre, su dignidad bajar.
  • Tuvo el rey gran gusto con esta palabra, le pareció que le iba calmando la pena; mandó traer de sus coronas la mejor, se la dio a Apolonio, un buen tocador.
  • Cuando el rey de Tiro se vio coronado, fue la tristeza cuanto calmando; fue recobrando el juicio, mejorando el color, pero no que hubiera el duelo olvidado.
  • Alzó hacia la dama un poco la ceja, ella se sintió un poco avergonzada, fue moviendo el arco igual y muy parejo, casi se le salía a la dama el gozo del pellejo.
  • Fue levantando unos sonidos tan dulces, dobles y bailes, temblantes semitonos. A todos alegraba la voz los corazones; fue la dama tocada de malos aguijones.
  • Todos a una voz decían y afirmaban que Apolo ni Orfeo mejor no tocaban; el cantar de la dama, que mucho alababan, contra el de Apolonio nada lo apreciaban.
  • El rey Architartes no estaría más pagado si ganara un reino o un rico condado. Dijo a altas voces: «Desde que nací no vi, según mi juicio, cuerpo tan acabado».
  • «Padre», dijo la dama al rey su señor, «vos me lo concedisteis que yo, por vuestro amor, que me preocupara de Apolonio lo mejor posible. Quiero que de esto me digáis cómo tenéis sabor».
  • «Hija», dijo el rey, «ya os lo he mandado, sea vuestro maestro, lo habéis aceptado; dadle de mi tesoro, que tenéis guardado, cuanto gusto tuviere, que él quede pagado».
  • Y con esto la hija, que el padre aseguraba, volvió a Apolonio alegre y pagada. «Amigo», dice, «la gracia del rey has ganado, desde que soy tu discípula, quiero darte salario.
  • Quiero darte de buen oro doscientos quintales, otros tantos de plata y muchos sirvientes; tendrás sanas provisiones y los vinos naturales, recuperarás tu fuerza con estas cosas tales».
  • Agradó a Apolonio, se tuvo por pagado porque en tanto tiempo había bien logrado; pensó bien de la dama, le enseñaba de grado.
  • Fue en este tiempo el estudio siguiendo, en el rey Apolonio fue luego pensando; tanto fue en ella el amor encendiendo, hasta que cayó en el lecho muy desflaquecida.
  • Le buscaron maestros que le hicieran medicina, que sabían de la física toda la maestría, mas no hallaron ninguna maestría ni arte con que pudieran purgar la enfermedad.
  • «Maestro», dijo ella, «quiero preguntarte, ¿qué buscas a tal hora o qué quieres buscar? Que a tal sazón como ésta tú no sueles aquí entrar, nunca lección me sueles a tal hora pasar».
  • Entendió Apolonio su intención. «Hija», dijo, «no vengo a daros lección, de esto estad bien segura en vuestro corazón, mas mensaje os traigo por el que merecería gran don.
  • El rey, vuestro padre, salió a pasear, hasta que fuera hora de venir a cenar, vinieron tres infantes para vos demandar, todos muy hermosos, nobles y de prestar.
  • Supo vuestro padre ricamente recibir, mas no sabía qué pudiera decir. Les mandó sendas cartas a todos escribir, vos veis cuál queréis de todos elegir».
  • Tomó ella las cartas, aunque enferma estaba, las abrió y miró hasta la tercera vez. No vio ahí el nombre en carta ni en cera, con cuyo casamiento ella estuviera placentera.
  • Miró a Apolonio y dijo con gran suspiro: «Dígame, Apolonio, mi buen rey de Tiro, en este casamiento mucho me preocupo, si te place o no, yo tu voluntad requiero».
  • Respondió Apolonio y habló con gran cordura: «Dama, si me pesara, haría gran locura; lo que al rey complaciera y fuera vuestra ventura, yo, si lo contradijera, haría gran locura.
  • Os he bien enseñado de lo que yo sabía, más os apreciarán todos por mi maestría, desde aquí, si os casáis, a vuestra mejoría, tendré de vuestra honra gran placer y alegría».
  • «Maestro», dijo ella, «si el amor te tocara, no querrías que tu trabajo otro lo lograra; nunca lo creería, hasta que lo probara, que del rey de Tiro desdeñada quedara».
  • Escribió una carta y la cerró con cera; se la dio a Apolonio, que mensajero era, para que se la diera al rey, que estaba en la glera. Sabed que fue pronto andada la carrera.
  • Abrió el rey la carta y la hizo mirar; la carta decía esto, supo bien dictar: que con el peregrino quería ella casar, que con el cuerpo solo escapó del mar.
  • Se hizo de esta cosa el rey maravillado, no podía entender la fuerza del dictado; preguntó cuál era el infante afortunado que luchó con las ondas y con el mar airado.
  • Dijo uno de ellos, y creyó ser astuto, Aguilón le dicen por nombre bien cierto: «Rey, yo fui ese y fui verdadero, pues escapé apenas en un poco de madero».
  • Dijo uno de ellos: «Es mentira probada, yo sé bien que dices cosa desagradable. En uno nos criamos, no pasó nada; bien sé que nunca tú tomaste tal espada».
  • Mientras ellos estaban en esta discusión, entendió bien el rey que había dicho falsedad; pensó en su interior una buena solución, pues era de buen juicio y de gran sabiduría.
  • Dio a Apolonio la carta a leer, si podía por casualidad la cosa entender, vio el rey de Tiro qué había de ser, comenzó su cara toda a enrojecer.
  • Fue el rey poniendo atención en la razón, se le fue cambiando todo el corazón; echó a Apolonio mano al cuello, se apartó con él sin ningún otro hombre. [230] Dijo: «Yo te conjuro, maestro y amigo, por el amor que tengo establecido contigo, que como tú lo entiendes, hables conmigo; si no, por toda tu condición, no daría un higo».
  • Respondió Apolonio: «Rey, mucho me confundes, fuertes palabras me dices y mucho me abrumas. Creo que de mí traen estas noticias tan largas, mas, si a ti no te placen, son para mí duras».
  • Le respondió el rey como leal varón: «No te mentiré, maestro, que sería traición; cuando ella lo quiere, me place de corazón. Otorgada la tengas sin ninguna condición».
  • Terminaron la charla, volvieron al consejo. «Amigos», dice, «no quiero traeros en desprecio; tomad vuestro camino, buscad otro consejo, pues yo he entendido de ello un poco lejos».
  • Entraron a la villa, pues ya querían comer, subieron al castillo a la enferma a ver. Ella, cuando vio al rey cerca de sí estar, se hizo más enferma, comenzó a temblar.
  • «Padre», dijo la dama con la voz debilitada, «¿qué buscáis a tal hora? ¿cuál fue vuestra llegada? De corazón me pesa y tengo pena conocida, porque vuestra cena es tan tarde servida».
  • «Hija», dijo el padre, «de mí no os quejéis, más pena es lo vuestro, que tan gran mal tenéis. Quiero hablaros un poco, que no os enojéis, que verdad me digáis, qué marido queréis».
  • «Padre, bien os lo digo cuando me lo preguntáis, que si de Apolonio en otro me cambiáis, no os miento, de esto bien seguro estad, en pie no me veréis cuantos días viváis».
  • «Hija», dijo el rey, «gran placer me hicisteis, de Dios os vino esto, que tan bien escogisteis; perdonado os sea esto que pedisteis, bien lo queremos todos, cuando vos lo quisisteis».
  • Salió, esto dicho, el rey por el corral, se encontró con su yerno en medio del portal; afirmaron la cosa en acuerdo principal. Luego fue disminuyendo a la dama el mal.
  • Fueron las bodas hechas ricas y abundantes, fueron muchas gentes a ellas invitadas; duraron muchos días, que no eran cortas, por esos grandes tiempos no fueron olvidadas.
  • Entró entre los novios gran dilección, el Creador entre ellos puso su bendición; nunca varón a hembra, ni hembra a varón, sirvió en este mundo con mejor corazón.
  • Fueron luego las naves listas y aparejadas, de bestias y de bienes y de provisiones cargadas; para ser más ligeras, con sebo bien untadas; entró en fuerte momento con naves experimentadas.
  • Dio el rey a la hija, para ir más acompañada, Licórides, el ama que la había criado; dio muchas parteras, más una mejorada, que en todo el reino no había su igualada. [260] Los bendijo a ambos con su diestra mano, rogó al Creador, que está más en alto, que guiara a la hija invierno y verano, que guardara al yerno cuando volviera sano.
  • Icaron las velas para pronto moverse, mandaron de la arena las anclas recoger; comenzaron los vientos las velas a volver, tanto que las hicieron de la tierra alejar.
  • Cuando llegó la hora en que las naves partieron, que unos de otros se hubieron de separar, muchas fueron las lágrimas que en tierra cayeron, pocos fueron los ojos que agua no vertieron.
  • Los vientos por las lágrimas no querían esperar, apresuraron las naves, las hicieron andar, así que las hubieron tanto de alejar que ya no las podían desde tierra divisar.
  • Tenían vientos favorables, como a Dios pedían, las olas más contentas no podían estar. Todos a Apolonio mejorar le querían los agravios y los daños que le habían hecho.
  • Tal era el mar como camino llano, todos estaban alegres, toda su casa sana, alegre Apolonio, alegre Luciana, no sabían que del gozo la pena es su hermana.
  • Habían de la marina gran parte andada, podían haber pronto el mar atravesado, les llegó la fortuna con una mala celada, cual nunca fue a hombres otra peor echada.
  • Antes os lo habíamos dicho otra vez, cómo estaba la dama de mucho tiempo preñada, que del largo viaje y de la andada al mes noveno la cosa había llegado.
  • Cuando llegó el término en que hubo de parir, hubo la primeriza los rayos a sentir; la acosaron dolores que se quería morir, decía que nunca hembra debía concebir.
  • Cuando su sazón vino, nació una criatura, una niña muy hermosa y de gran hermosura; mas, como de cuidado no hubo cumplimiento, se encontraron en muy gran apuro.
  • Como no fue la dama en el parto cuidada, le cayó la sangre dentro en la cavidad; de las otras cosas no fue bien limpiada, cuando atención pusieron, la encontraron pasada.
  • Pero no estaba muerta, mas estaba amortiguada, estaba en muerte fingida con el parto caída; no entendían en ella ningún signo de vida, todos creían que estaba fallecida.
  • Daban todos voces llamando: «¡Ay, señora! Salimos de Pentápolis con vos en mala hora, cuando vos estáis muerta, ¿qué haremos nosotros ahora? En tan mala sazón os perdemos, señora».
  • Oyó el marinero estos malos ruidos, descendió del gobierno a pasos tan tendidos. Dijo a Apolonio: «¿En qué habéis caído? Si tenéis un difunto, todos estamos perdidos.
  • Quien quiera que sea, echadlo al mar; si no, podríamos todos pronto peligrar. Apresuraos pronto, no queráis tardar, no es esta cosa para darle mucho lugar».
  • Respondió Apolonio: «Calla ya, marinero, dices cosa extraña, me pareces guerrero. Reina es honrada, no pobre romero; parece en tus dichos que eres carnicero.
  • Hizo conmigo ella favor tan grande, no dudó porque era pobre desamparado; me sacó de pobreza, que habría sido desgraciado, contra varón no hizo hembra tan preparado.
  • ¿Cómo me lo podría el corazón sufrir, que yo a tal amiga pudiera aborrecer? Sería mayor derecho yo con ella morir que tan vilmente de ella partir».
  • Dijo el marinero: «En vanidad contiendes, en el lugar en que estamos, loca razón defiendes, si en eso nos detienes, más fuego nos enciendes. Te tengo por errado, que tan mal lo entiendes.
  • Antes de poca hora, si el cuerpo tenemos, estaremos todos muertos, escapar no podemos; si la madre perdemos, buena hija tenemos. Mal haces, Apolonio, que en esto nos detengamos».
  • Bien veía Apolonio que perderse podían, mas aún no podía su corazón vencer; pero al marinero hubo de creer, que ya veían las olas que se querían volver.
  • Embalsamaron el cuerpo, como costumbre era, le hicieron un ataúd de madera liviana, engomaron las tablas con engrudo y con cera, lo envolvieron en ropa rica de gran manera.
  • Con el cuerpo envuelto, su buen compañero metió cuarenta piezas de buen oro en el tablero; escribió en un plomo con un grafio de acero letras, para que quien lo hallara supiera con certeza.
  • Cuando el servicio todo fue acabado, el ataúd bien cerrado, el cuerpo bien cerrado, vertieron muchas lágrimas mucho varón afligido, fue, a pesar de todos, en las olas echado.
  • Luego, al tercer día, el sol calentando, fue al puerto de Éfeso el cuerpo arribado; fue por un buen maestro de física encontrado, pues tenía un discípulo sabio y bien letrado.
  • Para vivir más a gusto y estar más a su placer, como fuera de las ciudades vive hombre mejor, tenía todos sus bienes donde era morador: en ribera del agua, los montes alrededor.
  • Andaba por la ribera al sabor del viento, de buenos escolares traía más de cien. Hallaron esta obra de gran encolado, que no hizo en ella el agua ningún daño.