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PENSSAMIENTOS - PASCAL , Resúmenes de Filosofía

Pensamientos, de Blaise Pascal en pdf, estudios en filosofía y religión

Tipo: Resúmenes

2016/2017

Subido el 24/09/2017

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Blaise Pascal
Pensamientos
2003 - Reservados todos los derechos
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Blaise Pascal

Pensamientos

2003 - Reservados todos los derechos

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Blaise Pascal

Pensamientos

Sección I

1. DIFERENCIA ENTRE EL ESPÍRITU DE GEOMETRÍA Y EL ESPÍRITU DE

FINURA. -En el primero, los principios son palpables, pero están alejados del uso común; de suerte que cuesta trabajo volver la cabeza hacia este lado, por falta de hábito; pero por poco que se vuelva hacia él, se divisan de lleno los principios; y sería menester tener un espíritu absolutamente falso para razonar mal con principios que caen tan de su peso que es casi imposible pasen inadvertidos.

Pero en el espíritu de finura, los principios son de uso común, y están ante los ojos de todo el mundo. No es menester volver la cabeza ni hacerse violencia; basta tener buena vista, pero es menester tenerla buena de veras; porque los principios están tan desleídos y son tan numerosos, que es casi imposible que se nos escapen. Ahora bien: la omisión de un principio lleva al error; por esto es menester poseer visión muy clara para ver todos los principios, y luego espíritu preciso para no razonar falsamente con principios conocidos.

Todos los geómetras serían, por tanto, finos si tuvieran buena vista, porque no razonan falsamente sobre los principios que conocen; y los espíritus finos serían geómetras si pudieran acomodar su visión a los principios inusitados de la geometría.

Lo que hace, pues, que ciertos espíritus finos no sean geómetras es el que no puedan en manera alguna volverse hacia los principios de la geometría; pero lo que hace que los geómetras no sean finos es que no ven lo que tienen delante, y que acostumbrados a los principios perfilados y globales de la geometría, y a no razonar sino después de haber visto bien y manejado sus principios, se pierden en las cosas de finura, en que los principios no se dejan manejar de esta suerte. No se ven apenas, se sienten más que se ven; cuesta infinitos trabajos hacerlos sentir a quienes no los sienten por sí mismos; son cosas tan delicadas y numerosas, que es menester un sentido muy delicado y agudo para sentirlas, y juzgar derecha y justamente de acuerdo con este sentimiento, sin que las más de las veces sea posible demostrarlas por orden como en geometría, porque no es así como se poseen los principios de ella, y sería una faena infinita el intentarlo. Es preciso ver súbitamente la cosa en un solo golpe de vista, y no con un razonamiento progresivo, por lo menos en una cierta medida. Y acontece raramente, por esto, que los geómetras sean finos y que los finos sean geómetras, debido a que los geómetras quieren tratar geométricamente estas cosas finas, y resultan ridículos intentando comenzar con definiciones siguiendo por los principios, cosa improcedente en esta suerte de razonamientos. No es que el espíritu no lo haga; sino que lo hace tácitamente, naturalmente, y sin reglas, porque su expresión excede a todos los hombres y su sentimiento no pertenece sino a pocos.

Se forman el espíritu y el sentimiento por las conversaciones. Se estropean el espíritu y el sentimiento por las conversaciones. De esta manera, las buenas o las malas lo forman o lo estropean. Es, pues, de primera importancia saber escoger, para formarlo y no estropearlo; y no puede hacerse esta elección si no se tiene ya formado y no estropeado. Y esto constituye un círculo; son bienaventurados los que salen de él.

  1. Cuando un discurso natural pinta una pasión o un efecto, se descubre dentro de sí mismo la verdad de lo que se escucha, la cual no se sabía que estuviera ahí, de suerte que nos sentimos inclinados a amar a quien nos la hace sentir; porque no nos ha exhibido su haber, sino el nuestro; y así este beneficio nos lo hace amable, aparte de que esta comunidad de inteligencia que con ella tenemos inclina, necesariamente, nuestro corazón a amarla.
  2. Elocuencia que persuade por dulzura, no por imperio; en tirano, no en rey.

La elocuencia es un arte de decir las cosas de tal manera: 1º. Que aquellos a quienes se habla puedan entenderlas sin trabajo y con agrado. 2º. Que interesen en forma que el amor propio les lleve más bien a reflexionar sobre ellas.

Consiste, pues, en una correspondencia que se trata de establecer entre el espíritu y el corazón a quienes se habla, por un lado, y por otro, los pensamientos y expresiones de que se sirve, lo cual supone que se ha estudiado perfectamente el corazón del hombre para conocer todos sus resortes y para encontrar después las justas proporciones del discurso adecuado. Es menester colocarse en el lugar de los que han de escucharnos y ensayar en su propio corazón el giro que se da al discurso, para ver si el uno está hecho para el otro, y si se está seguro de que el auditorio se ha de ver como obligado a rendirse. Es preciso refugiarse lo más posible en lo natural sencillo; no hacer grande lo que es pequeño, ni pequeño lo que es grande. No basta que una cosa sea hermosa, hace falta que sea adecuada al tema, que no haya en él nada de más ni nada de menos.

  1. ORDEN. -¿Por qué me voy a empeñar en dividir mi moral en cuatro puntos mejor que en seis? ¿Por qué colocaré la virtud en cuatro, en dos, en uno? ¿Por qué en «abstine et sustine» mejor que «seguir la naturaleza», o «conducir sus asuntos particulares sin injusticia», como Platón o cualquier otra cosa? Pero, diréis, se recapitula todo en una frase. Sí, pero ésta es inútil si no se explica; y cuando se llega a explicarla, en cuanto se abre este precepto que contiene a todos los demás, surgen éstos en la primera confusión que se quiere evitar. Así, pues, cuando todos están encerrados en uno, están en él escondidos e inútiles, como en un cofre, y jamás comparecen más que en su natural confusión. La naturaleza los ha establecido a todos sin encerrarlos a unos en otros.
  2. No se diga que no he dicho nada nuevo: la disposición de las materias es nueva; cuando se juega a la pelota, ambos jugadores juegan con la misma pelota, pero el uno la coloca mejor que el otro.

Tanto da que se diga que me he servido de palabras antiguas. Como si los mismos pensamientos no formaran, por una diferente disposición, el cuerpo de un discurso distinto,

al igual que las mismas palabras forman distintos pensamientos por su diferente disposición.

  1. Las palabras diversamente ordenadas constituyen diversos sentidos, y los sentidos diversamente ordenados producen diferentes efectos.
  2. ELOCUENCIA. -Hace falta lo agradable y lo real; pero hace falta que lo agradable esté a su vez preñado de verdad.
  3. La elocuencia es una pintura del pensamiento; y por esto, los que después de haber pintado añaden algo más, hacen un cuadro en lugar de un retrato.
  4. MISCELÁNEA. LENGUAJE. -Los que hacen antítesis forzando las palabras son como los que hacen falsas ventanas por simetría: su norma no es hablar con precisión, sino hacer figuras precisas.
  5. Simetría en lo que abarca una mirada, fundada en que no hay razón para hacerlo de otra manera; y fundada también en la imagen del hombre, de donde resulta que no se busca la simetría sino en anchura, no en altura ni en profundidad.
  6. Hay un cierto modelo de agrado y de belleza que consiste en cierta relación entre nuestra naturaleza, débil o fuerte, tal como ella es, y la cosa que nos agrada.

Todo lo formado conforme a este modelo nos agrada: casas, canciones, discursos, versos, prosa, mujeres, pájaros, ríos, árboles, habitaciones, vestidos, etc. Todo lo que no está hecho conforme a este modelo desagrada a los que tienen buen gusto.

Y así como hay una relación perfecta entre una canción una casa, hechas según el buen modelo, porque se asemejan a este único modelo, aunque cada una según su género, así también hay una perfecta relación entre las cosas hechas según un mal modelo. No es que el mal modelo sea único, porque hay una infinidad de ellos; sino que cada mal soneto, por ejemplo, cualquiera que sea el falso modelo según el cual se haya hecho, se asemeja perfectamente a una mujer vestida según este modelo.

Nada da a entender mejor lo ridículo que es un falso soneto que el considerar su naturaleza y su modelo, e imaginarse inmediatamente una mujer o una casa hechas según este modelo.

  1. BELLEZA POÉTICA. -Al igual que se dice belleza poética, debería decirse también belleza geométrica y belleza medicinal; pero no se dice. La razón es que se sabe cuál es el objeto de la geometría, que consiste en pruebas, y cuál es el objeto de la medicina, que consiste en la curación; pero no se sabe en qué consiste el agrado, que es el objeto de la poesía. No se sabe lo que es este modelo natural que hay que imitar. Y a falta de este conocimiento, se han inventado algunos términos curiosos: «siglo de oro, maravilla de nuestros días, fatal», etc., y se llama a esta jerga belleza poética.

Pero quien se imagine una mujer hecha según este modelo, consistente en decir simplezas con frases solemnes, verá una bella señorita llena de espejos y cadenas, y se reirá de ella

confusión de Montaigne, el cual había notado ya el defecto de un método recto, y que para evitarlo brincaba de un tema a otro, que buscaba el aire puro.

¡Estúpido su proyecto de pintarse a sí mismo!, y ello no de pasada y contra sus máximas, desfallecimientos que pueden acontecer a cualquiera, sino por sus propias máximas y en virtud de un intento primero y principal. Porque decir estupideces por azar y por debilidad es un mal corriente; pero decirlas de intento es lo que no es soportable, y decir alguna cosa como la siguiente...

  1. Lo que Montaigne tiene de bueno no puede lograrse sino difícilmente. Lo que tiene de malo, prescindiendo de las costumbres, se entiende, pudo ser corregido en un momento si se le hubiera advertido que era demasiado embrollado y hablaba demasiado de sí mismo.
  2. Hay que conocerse a sí mismo: aunque ello no sirviera para encontrar la verdad, serviría por lo menos para arreglar su vida, y nada más justo que esto.
  3. VANIDAD DE LAS CIENCIAS. -La ciencia de las cosas exteriores no me consolará de la ignorancia de la moral en los momentos de aflicción; pero la ciencia de las costumbres me consolará siempre de la ignorancia de las ciencias exteriores.
  4. DOS INFINITOS, MEDIO. -Cuando se lee demasiado deprisa o demasiado despacio, no se entiende nada.
  5. DESPROPORCIÓN DEL HOMBRE. -He aquí dónde nos llevan los conocimientos naturales. Si no son verdaderos, no hay verdad en el hombre; si lo son, encuentra en ellos un gran motivo de humildad, al verse obligado a rebajarse de una u otra manera. Y puesto que no puede subsistir sin creer en ellos, deseo que antes de entrar en mayores inquisiciones acerca de la naturaleza, la considere alguna vez con seriedad y a sus anchas, que se mire también a sí mismo, y viendo en qué proporción está... Contemple el hombre, pues, la naturaleza entera en su elevada y plena majestad, aparte su vista de los objetos bajos que la circundan. Contemple esta resplandeciente luz colocada como una lámpara eterna para alumbrar el universo, que la Tierra le parezca como un punto rodeado por la vasta órbita que este astro describe y que se asombre de que esta vasta órbita no es a su vez sino una fina punta respecto de la que abrazan los astros que ruedan por el firmamento. Pero si nuestra vista se detiene aquí, que la imaginación vaya más allá; antes se cansará ella de concebir que la naturaleza de suministrar. Todo este mundo visible no es sino un rasgo imperceptible en el amplio seno de la naturaleza. No hay idea ninguna que se aproxime a ella. Podemos dilatar cuanto queramos nuestras concepciones allende los espacios imaginables, no alumbraremos sino átomos, a costa de la realidad de las cosas. Es una esfera cuyo centro se halla por doquier y cuya circunferencia no se encuentra en ninguna parte. Finalmente, es la más grande nota sensible de la omnipotencia divina el que nuestra imaginación se pierda en este pensamiento.

Vuelto a sí mismo, considere el hombre lo que es él a costa de lo que es; considérese perdido en este cantón apartado de la naturaleza; y desde esta célula en que se halla alojado, me refiero al universo, aprenda a estimar la tierra, los reinos, las ciudades y a sí mismo en su justo precio. ¿Qué es un hombre infinito?

Pero para presentarle otro prodigio igualmente sorprendente, que busque dentro de lo que conoce las cosas más delicadas. Que un cirón le ofrezca en la pequeñez de su cuerpo partes incomparablemente menores, piernas con articulaciones, venas en sus piernas, sangre en sus venas, humores en esta sangre, gotas en sus humores, vapores en estas gotas; que, dividiendo todavía estas últimas cosas, agote sus fuerzas en estas concepciones y que el último objeto a que pueda llegar sea ahora el de nuestro discurso; ¿pensará tal vez que es ésta la extrema pequeñez de la naturaleza? Voy a hacerle ver aquí dentro un nuevo abismo. Voy a pintarle, no solamente el universo visible, sino la inmensidad concebible de la naturaleza, en el recinto de este compendio de átomos. Que vea en él una infinidad de universos, cada uno con su firmamento, sus planetas, su tierra, en la misma proporción que en el mundo visible, en esta tierra, animales, y finalmente cirones, en los cuales encontrara lo que han dado los anteriores; y al encontrar todavía en los otros la misma cosa sin fin y sin reposo, que se pierda en estas maravillas, tan pasmosas en su pequeñez como lo son las otras por su extensión; porque ¿quién no se admirará de que nuestro cuerpo, que antes no era perceptible en el universo, imperceptible en el seno del todo, sea ahora un coloso, un mundo, o más bien un todo respecto de esa nada a que no se puede llegar?

Quien se considere de esta suerte, se aterrará de sí mismo, y considerándose sostenido en la masa que la naturaleza le ha otorgado, entre estos dos abismos del infinito y de la nada, temblará ante la visión de estas maravillas; y creo que su curiosidad se trocará en admiración y estará más dispuesto a contemplarlas en silencio que a investigarlas con presunción.

Porque, finalmente, ¿qué es el hombre en la naturaleza? Una nada frente al infinito, un todo frente a la nada, un medio entre nada y todo. Infinitamente alejado de comprender los extremos, el fin de las cosas y su principio le están invenciblemente ocultos en un secreto impenetrable, igualmente incapaz de ver la nada de donde ha sido sacado y el infinito en que se halla sumido.

¿Qué hará, pues, sino barruntar alguna apariencia del medio de las cosas, en una eterna desesperación por no conocer ni su principio ni su fin? Todas las cosas han salido de la nada y van llevadas hasta el infinito. ¿Quién podrá seguir estas sorprendentes andanzas? El autor de estas maravillas las comprende. Ningún otro puede hacerlo.

A falta de haber contemplado estos infinitos, los hombres se han lanzado temerariamente a la investigación de la naturaleza, como si fueran proporcionados a ésta. Es extraño que hayan querido comprender los principios de las cosas y llegar con ello hasta conocerlo todo, por una presunción tan infinita como su objeto. Porque no hay duda ninguna que no se puede concebir este intento sin una presunción o sin una capacidad infinita, como la naturaleza.

Cuando se sabe esto, se comprende que habiendo la naturaleza grabado su imagen y la de su autor en todas las cosas, casi todas ellas tengan algo de su doble infinitud. Y vemos así que todas las ciencias son infinitas por la extensión de sus investigaciones; porque ¿quién duda de que la geometría, por ejemplo, tenga una infinidad de infinidades de proposiciones que exponer?; son también infinitas en la multitud y delicadeza de sus principios; porque

He aquí nuestro verdadero estado; es lo que nos hace incapaces de saber ciertamente y de ignorar absolutamente. Bogamos en un vasto medio, siempre inciertos y flotantes, empujados de un extremo a otro. Si damos con un término a que pensamos vincularnos y en que pensamos afianzarnos, titubea y nos abandona; y si lo seguimos, se nos escapa de las manos, se desliza y nos huye con una fuga eterna. Nada se detiene por nosotros. Es el estado que nos es natural, y, sin embargo, el más contrario a nuestra inclinación; ardemos en deseos de encontrar una sede firme y una última base constante para edificar sobre ella una torre que se alce hasta el infinito, pero todos nuestros cimientos se quiebran y la tierra se abre hasta los abismos.

No busquemos, pues, punto de seguridad y de firmeza. Nuestra razón se ve siempre decepcionada por la inconstancia de las apariencias; nada puede fijar lo finito entre los dos infinitos que lo envuelven y le huyen.

Una vez bien comprendido esto, creo que cada cual quedará tranquilo en el estado en que la naturaleza le ha colocado. Estando este medio que nos ha sido legado en herencia siempre distante de los extremos, ¿qué importa que el hombre tenga un poco más de inteligencia de las cosas? Si la tiene, toma a aquéllas desde un poco más arriba. ¿No se halla siempre infinitamente alejado del término?; y la duración de nuestra vida, ¿no está igualmente, infinitamente, alejada de la eternidad, aunque dure diez años más?

Ante la visión de estos infinitos, todos los finitos son iguales; y no veo por qué asentar su imaginación en uno más bien que en otro. Nos apena la sola comparación que establecemos entre nosotros y lo finito.

Si el hombre fuese lo primero que se estudiase a sí mismo, vería lo incapaz que es de seguir adelante. ¿Cómo es posible que una parte conozca el todo? Pero aspirará tal vez a conocer por lo menos las partes con las cuales guarda proporción. Pero las partes del mundo guardan entre sí una relación tal y una tal concatenación las unas con las otras, que creo imposible conocer la una sin la otra y sin el todo.

El hombre, por ejemplo, tiene relación con todo lo que conoce. Necesita lugar para contenerlo, tiempo para durar, movimiento para vivir, elementos para componerlo, calor y alimentos para nutrirlo, aire para respirar; ve la luz, siente los cuerpos; finalmente, todo se alía con él. Para conocer al hombre es preciso, pues, saber de dónde viene el que tenga necesidad de aire para subsistir; y para conocer el aire, saber por dónde tiene éste relación con la vida del hombre, etc. La llama no subsiste sin aire; por tanto, para conocer la una es preciso conocer al otro. Siendo, pues, todas las cosas causadas y causantes, ayudadas y ayudantes, mediatas e inmediatas, y manteniéndose todas por un nexo natural e insensible que liga las más alejadas y las más diferentes, tengo por imposible conocer las partes sin conocer el todo, así como conocer el todo sin conocer particularmente más partes.

La eternidad de las cosas en sí mismo o en Dios tiene también que pasmar a nuestra pequeña duración. La inmovilidad fija y constante de la naturaleza, la comparación con el cambio continuo que acontece en nosotros tiene que producir el mismo efecto.

Y lo que remata nuestra impotencia para conocer las cosas es que ellas son simples en sí mismas, y nosotros estamos compuestos de dos naturalezas opuestas y de distinto género: alma y cuerpo. Porque es imposible que la parte que razona en nosotros no sea sino espiritual; y si se pretendiera que fuéramos simplemente corporales, ello nos excluiría mucho más del conocimiento de las cosas, puesto que nada hay tan inconcebible como decir que la materia se conoce a sí misma; no es posible conocer cómo habría de conocerse a sí misma.

Y así, si somos simplemente materiales, no podemos conocer nada en manera alguna, y si estamos compuestos de espíritu y de materia, no podemos conocer perfectamente las cosas simples, espirituales o corporales.

De aquí viene el que casi todos los filósofos confundan las ideas de las cosas, y hablen de las cosas corporales espiritualmente y de las espirituales corporalmente. Porque dicen audazmente que los cuerpos tienden a bajar, aspiran a su centro, huyen de su destrucción, temen el vacío, que la naturaleza tiene inclinaciones, simpatías, antipatías, cosas todas que no pertenecen más que a los espíritus. Y hablando de los espíritus los consideran como en un lugar, y les atribuyen movimientos de un lugar a otro, cosas que no pertenecen sino a los cuerpos.

En lugar de recibir las ideas de estas cosas puras, las teñimos con nuestras cualidades e impregnamos con nuestro ser compuesto todas las cosas simples que contemplamos.

¿Quién no creerá, viéndonos componer todas las cosas de naturaleza y de espíritu, que esta mezcla nos había de ser muy comprensible? Es, sin embargo, la cosa que se comprende menos. El hombre es para sí mismo el más prodigioso objeto de la naturaleza; porque no puede concebir lo que es ser cuerpo y menos todavía lo que es ser espíritu, y lo menos del mundo, cómo un cuerpo puede estar unido con un espíritu. Es éste el colmo de la dificultad y, sin embargo, es su propio ser: «modus quo corporibus adhaerent spiritus comprehendi ab hominibus non potest, et hoc tamen homo est».

Finalmente, para consumar la prueba de nuestra flaqueza, terminaré con estas dos consideraciones...

  1. Escribir contra los que profundizan en las ciencias: Descartes.
  2. No puedo perdonar a Descartes; bien hubiera querido, en toda su filosofía, poder prescindir de Dios; pero no ha podido evitar el hacerle dar un papirotazo para poner el mundo en movimiento; después de esto, no le queda sino hacer de Dios.
  3. Descartes, inútil e incierto.
  4. DESCARTES. -Hay que decir en líneas generales: «Esto sucede por figura y movimiento», porque es verdad. Pero decir cuáles y componer la máquina es ridículo. Porque es inútil, incierto y penoso. Y aun cuando fuera verdad, no creemos que toda la filosofía merezca una hora de esfuerzo.

La afección o el odio cambian la faz de la justicia. Y un abogado bien pagado de antemano, ¡cuánto más justa encuentra la causa que defiende!; su gesto audaz, ¡cuánto mejor lo hace ante los jueces, engañados por esta apariencia! ¡Graciosa razón que el viento maneja y en cualquier sentido!

Recordaré casi todas las acciones de los hombres que apenas vacilan sino por sus sacudidas. Porque la razón se ha visto obligada a ceder, y el más sensato acepta como principios suyos los que la imaginación de los hombres ha introducido temerariamente en cada lugar.

Quien no quiera seguir más que a la razón sería un loco a juicio del común de los hombres. Hay que juzgar a juicio de la mayoría de las gentes. Puesto que así le plugo, hay que trabajar todo el día y cansarse por bienes reconocidamente imaginarios, y cuando el sueño nos ha repuesto de las fatigas de nuestra razón, hay que levantarse incontinenti, sobresaltado, para echar a correr en pos del humo, y enjugar las impresiones de esta señora del mundo. He aquí uno de los principios de error, pero no es el único. El hombre ha hecho bien en aliar lo verdadero con lo falso, aunque en esta paz la imaginación haya salido ampliamente aventajada; porque en la guerra es mucho más aventajada; jamás supera la razón a la imaginación, mientras que la imaginación con frecuencia desmonta completamente a la razón.

Nuestros magistrados han conocido bien este misterio. Sus vestiduras rojas, sus armiños, con los que se disfrazan de gatos forrados, los palacios en que juzgan, las flores de lis, todo este aparato augusto era muy necesario; y si los médicos no tuviesen togas y mulas, y los doctores no tuviesen birretes cuadrados y amplias hopalandas, jamás hubieran seducido al mundo, que no puede resistir a tan auténtica demostración. Si poseyeran la verdadera justicia, y si los médicos poseyeran el verdadero arte de curar, no necesitarían fabricar birretes cuadrados; la majestad de sus ciencias sería ya suficientemente venerable por sí misma. Pero a no poseer sino ciencias imaginarias, hace falta que echen mano de estos instrumentos que impresionan la imaginación para la que están hechos; y con ello, en efecto, se atraen el respeto. Los únicos que no se han disfrazado de esta manera son las gentes de guerra, porque efectivamente su cometido es más esencial; se establecen por la fuerza y los demás por la astucia.

Por esto es por lo que nuestros reyes no han buscado estos disfraces. No se han enmascarado con vestiduras extraordinarias para parecer tales; se han hecho acompañar de guardias, de alabardas. Estas tropas armadas, que no tienen manos y fuerzas sino para ellos, las trompetas y los tambores que les preceden, y estas legiones que les rodean, hacen temblar a los más firmes. No tienen solamente ropaje, tienen fuerza. Haría falta tener una razón muy depurada para considerar como un hombre cualquiera al Gran Señor rodeado en su soberbio serrallo de cuarenta mil jenízaros.

No podemos ni tan siquiera ver un abogado con toga y birrete sin formarnos una opinión favorable de su suficiencia.

La imaginación dispone de todo; fabrica la belleza, la justicia y la felicidad, que es el todo en el mundo. Quisiera sinceramente ver el libro italiano cuyo título es lo único que conozco

y que por sí solo vale muchos libros: Della opinione, regina del mondo. Lo suscribo sin conocerlo, salvo lo malo, si hubiere.

He aquí poco más o menos los efectos de esta engañosa facultad, que parece que nos ha sido expresamente otorgada para inducirnos a un error necesario. Tenemos también muchos otros principios de error.

Las impresiones antiguas no son las únicas capaces de engañarnos: los encantos de la novedad tienen el mismo poder. De aquí provienen todas las disputas de los hombres, que se reprochan, o de seguir sus falsas impresiones de la infancia, o de correr temerariamente en pos de las nuevas. ¿Quién se mantiene en el justo medio? Que comparezca y que lo demuestre. No hay principio alguno, por natural que pudiera ser, incluso después de la infancia, que no se haga pasar por una falsa impresión, sea de la instrucción, sea de los sentidos.

«Porque -se nos dice- habéis creído desde la infancia que un cofre está vacío cuando no vemos nada en él, habéis creído que es posible el vacío. Es una ilusión de vuestros sentidos, fortalecida por la costumbre, que es menester sea corregida por la ciencia.» Y los otros dicen: «Como se os ha dicho en la escuela que no hay vacío, se ha corrompido vuestro sentido común, el cual lo comprendía muy claramente antes de esta mala impresión, que es menester corregir recurriendo a vuestra primera naturaleza.» ¿Quién ha engañado, pues? ¿Los sentidos, o la instrucción?

Tenemos otro principio de error: las enfermedades. Nos estropean el juicio y el sentido; y si las grandes enfermedades lo alteran sensiblemente, no tengo la menor duda de que las pequeñas producen una impresión proporcional a ellas.

Nuestro propio interés es también un maravilloso instrumento para hacernos saltar los ojos agradablemente. No es lícito al más ecuánime hombre del mundo ser juez en su propia causa; conozco algunos que, para no caer en este amor propio, han sido los más injustos a contrapelo: el medio seguro de perder una causa absolutamente justa es hacer que la recomienden sus parientes próximos.

La justicia y la verdad son dos puntas tan sutiles, que nuestros instrumentos son demasiado embotados para tocar exactamente en ellas. Si lo logran, abollan la punta y se apoyan en torno de ella, más sobre lo falso que sobre lo verdadero.

El hombre se halla, pues, tan felizmente constituido, que no tiene ningún principio justo de verdad, pero muchos y excelentes de falsedad. Veamos ahora cuántos... Pero la más grata causa de estos errores es la guerra reinante entre los sentidos y la razón.

  1. Hay que comenzar por aquí el capítulo de las potencias engañosas. El hombre no es sino un sujeto lleno de error, natural e indeleble, sin la gracia. Nada le muestra la verdad. Todo le engaña; estos dos principios de verdades, la razón y los sentidos, aparte de que carece cada uno de ellos de sinceridad, se engañan recíprocamente el uno al otro. Los sentidos engañan a la razón por falsas apariencias; y esta misma celada que tienden a la

encuentra produce en él la más injusta y criminal pasión que es posible imaginar; porque concibe un odio mortal contra esta verdad que le reprende y le convence de sus defectos. Desearía aniquilarla, y no pudiendo destruirla en sí mismo, la destruye, en la medida de lo posible, en su conocimiento y en el de los otros; es decir, se cuida escrupulosamente de cubrir sus defectos ante los demás y ante sí mismo y no puede sufrir ni que se los hagan ver ni que se vean.

Es, sin duda alguna, un malestar lleno de defectos; pero es un mal todavía mayor estar lleno de ellos y no quererlos reconocer, porque esto es añadirles todavía el defecto de una ilusión involuntaria. No queremos que los demás nos engañen; no encontramos justo que quieran ser estimados por nosotros en más de lo que merecen; tampoco es, pues, justo que les engañemos y que queramos que nos estimen en más de lo que merecemos.

Por esto, cuando no descubren sino imperfecciones y vicios que efectivamente poseemos, es claro que no son injustos, porque no son ellos la causa de tales defectos; y nos hacen un bien, puesto que nos ayudan a liberarnos de un mal, que es la ignorancia de estas imperfecciones. No debemos enfadarnos porque nos conozcan y nos desprecien: porque es justo que nos conozcan en lo que somos y que nos desprecien si somos despreciables.

He aquí los sentimientos que nacerían de un corazón lleno de equidad y de justicia. ¿Qué habremos de decir, pues, del nuestro, viendo en él una disposición completamente contraria? Porque ¿no es verdad que odiamos la verdad y a los que nos la dicen y nos gusta que se equivoquen en favor nuestro, y que queremos ser tenidos por distintos de lo que efectivamente somos?

He aquí una prueba de ello que me espanta. La religión católica nos obliga a descubrir sus pecados indiferentemente a todo el mundo: tolera que se esté escondido para todos los demás hombres; pero exceptúa uno solo, a quien ordena descubrir el fondo de su corazón y hacerse ver tal como se es. No hay más que este único hombre en el mundo a quien nos ordene desilusionar, y le obliga a un secreto inviolable, que hace que este conocimiento esté en él como si no estuviera. ¿Puede imaginarse nada más caritativo y más dulce? Y, sin embargo, la corrupción del hombre es tal que todavía encuentra dureza en esta ley; y es una de las principales razones que han hecho rebelarse contra la Iglesia a una gran parte de Europa.

¡Qué injusto y poco razonable es el corazón del hombre, que encuentra malo que se le obligue a hacer con un hombre lo que en cierto modo sería justo que lo hiciera con todos! Porque ¿es justo que les engañemos?

Hay diferentes grados en esta aversión por la verdad; pero se puede decir que en todos se encuentra en cierto grado, porque es inseparable del amor propio. Es esta mala delicadeza lo que obliga a los que se ven en la necesidad de reprender a los demás de buscar tantos rodeos y templar tantas gaitas para evitar razonamientos. Tienen que disminuir nuestros defectos, aparentar que los excusan, combinarlos con elogios y testimonios de afección y de estima... Y con todo ello, esta medicina no deja de ser amarga para el amor propio. Toma de ella lo menos que puede, y siempre con disgusto, y muchas veces hasta con un secreto despecho contra los que se la presentan.

Sucede por esto que, si se tiene el menor interés en ser amado por nosotros, se evita el hacernos un favor que se sabe nos es desagradable; se nos trata como queremos ser tratados; odiamos la verdad, y se nos la oculta; queremos ser adulados, y se nos adula; nos gusta engañarnos, y se nos engaña.

Es lo que hace que cada grado de buena suerte que nos eleva en el mundo nos aleje más de la verdad, porque se tiene más reparos de herir a aquellos cuya afección es más útil y cuya aversión es más peligrosa. Un príncipe podrá ser la fábula de toda Europa, y será él el único que no la conoce. No me sorprende: decir la verdad es útil para aquel a quien se dice, pero desfavorable para aquellos que la dicen, porque se hacen odiar. Ahora bien: los que viven con los príncipes prefieren sus intereses propios a los del príncipe a quien sirven; y por esto no se preocupan de procurarle un beneficio perjudicándose a sí mismos.

Esta desgracia es sin duda mayor y más frecuente en las más grandes fortunas; pero las pequeñas no están exentas de ella, porque hay siempre un interés en hacerse amar de los hombres. Así, la vida humana no es sino una perpetua ilusión; no se hace sino entre engañarse y entre adularse. Nadie habla de nosotros en presencia nuestra tal como habla en nuestra ausencia. La unión existente entre los hombres no está fundada sino en este mutuo engaño; y pocas amistades subsistirían si cada uno supiera lo que su amigo dice de él cuando él no está, aunque hable entonces sinceramente y sin pasión.

El hombre no es, pues, sino disfraz, mentira e hipocresía, tanto en sí mismo como respecto de los demás. No quiere que se le diga la verdad, evita el decirla a los demás; y todas estas disposiciones, tan apartadas de la justicia y de la razón, tienen una raíz natural en su corazón.

  1. El sentimiento de la falsedad de los placeres presentes y la ignorancia de la vanidad de los placeres ausentes causan la inconstancia.
  2. INCONSTANCIA. -Las cosas tienen diversas cualidades, y el alma diversas inclinaciones; porque nada de lo que se ofrece al alma es simple, y el alma jamás se ofrece simple para nada. De aquí proviene el que se llore y se ría de una misma cosa.
  3. INCONSTANCIA Y EXTRAVAGANCIA. -No vivir más que de su trabajo y reinar sobre el más poderoso Estado del mundo son cosas muy opuestas.

Están unidas en la persona del Gran Señor de los turcos.

  1. DIVERSIDAD. -La teología es una ciencia, pero al propio tiempo ¡cuántas ciencias hay! Un hombre es un supuesto; pero si se le anatomiza, ¿será la cabeza, el corazón, el estómago, las venas, cada vena, cada porción de vena, la sangre, cada humor de la sangre?

Una ciudad, una campiña, de lejos, son una ciudad y una campiña; pero a medida que nos acercamos son casas, árboles, tejas, hojas, hierbas, hormigas, patas de hormigas, hasta el infinito. Todo se encierra bajo el nombre de campiña.

malas, etc., he descubierto que toda la desgracia de los hombres viene de una sola cosa: el no saber quedarse tranquilos en una habitación. Un hombre que tiene suficientes medios de vida, si supiera estar en casa a gusto, no se marcharía para ir al mar o sentarse en una plaza. No se compraría tan caro un puesto en el ejército si no fuera insoportable el no moverse de la ciudad; y no se buscan las conversaciones y los divertimientos de los juegos sino porque no se puede permanecer en casa a gusto.

Pero al pensar más detenidamente y cuando después de haber encontrado la causa de todas nuestras desgracias he querido descubrir su razón, me he encontrado con que hay una muy efectiva, que consiste en la desgracia natural de nuestra condición flaca y mortal, y tan miserable que nada puede consolarnos cuando nos paramos a pensar en ella.

Cualquiera que sea la condición que nos imaginemos y reunidos todos los bienes que pudieran pertenecernos, la realeza es el más hermoso puesto del mundo, y sin embargo, imaginémosla acompañada de todas las satisfacciones que pudieran corresponderle. Si no tiene divertimiento y si se le deja considerar y reflexionar acerca de lo que es, esta lánguida felicidad no le sostendrá ya, caerá necesariamente en la visión de lo que le amenaza, de las rebeliones que pueden acontecer, y finalmente, en la muerte y en las enfermedades que son inevitables; de suerte que si no tiene lo que se llama divertimiento, helo desgraciado, y más desgraciado que el más ínfimo de sus subordinados que juega y se divierte.

De aquí viene el que sean tan buscados el juego y la conversación con las mujeres, la guerra, los grandes empleos. No es que efectivamente se sea feliz con ello, ni que se imagine que la verdadera felicidad consista en tener el dinero que puede ganarse en el juego, o corriendo la liebre; no lo querríamos si nos lo ofrecieran. Lo que se busca no es este uso muelle y apacible y que nos permite pensar en nuestra desgraciada condición, ni los peligros de la guerra, ni el trabajo de los empleos, sino el ajetreo que nos impide pensar en ello y nos divierte.

Razones por las que se prefiere la caza a la presa.

De aquí viene que gusten tanto a los hombres el ruido y el jaleo; de aquí viene el que la prisión sea un suplicio tan horrible; de aquí viene que el placer de la soledad sea una cosa incomprensible. Y, finalmente, el mayor motivo de felicidad de la condición de los reyes es que se busca incesantemente divertirlos y procurarles toda suerte de placeres.

El rey está rodeado de gentes que no piensan sino en divertir al rey y le impiden pensar en él. Porque por muy rey que sea, es desgraciado si piensa en ello.

He aquí todo lo que los hombres han podido inventar para hacerse felices. Y los que quieren pasar en esto por filósofos y creen que la gente es muy poco razonable al pasar todo el día corriendo tras una liebre, que no quisieran haber comprado, no conocen nuestra naturaleza. Esta liebre no nos ahorraría la visión de la muerte y de las miserias, pero la caza -que nos aparta de aquélla- nos la ahorra.

El consejo que se daba a Pirro de tomarse de antemano el descanso que iba a buscar con tantas fatigas, tropezaba con muchas dificultades.

Decir a un hombre que viva tranquilo es decirle que viva feliz; es aconsejarle tener una condición completamente feliz y que pudiese contemplar a placer sin encontrar en ello motivo ninguno de aflicción. No es, pues, entender la naturaleza.

Por esto los hombres que sienten naturalmente su condición no evitan nada tanto como el reposo; nada hay que dejen de hacer para buscar la perturbación. No es que no tengan un instinto que les haga conocer la verdadera felicidad. La vanidad, el placer de mostrarla a los demás.

Por esto no se sabe censurarlos debidamente; su falta no consiste en que busquen el tumulto, si no lo buscaran más que como un divertimiento; lo malo es que lo buscan como si la posesión de los bienes buscados fuera a hacerles verdaderamente felices, en lo cual se tiene razón de acusar a esta búsqueda de vanidad; de suerte que en todo ello, tanto los que censuran como los censurados no entienden la verdadera naturaleza del hombre.

Y por esto, cuando se les reprocha el que aquello que buscan con tanto ardor no puede satisfacerles, si respondieran, como debieran hacerlo bien pensado, que no buscan con ello sino una ocupación violenta e impetuosa que les desvía de pensar en sí mismos y que por esto se proponen un objeto atractivo que les encante y les atraiga con ardor, dejarían sin réplica a sus adversarios. Pero no responden esto porque no se conocen a sí mismos. No saben que lo que buscan no es la presa, sino la caza.

La danza: hay que pensar dónde se van a colocar los pies.

El gentilhombre cree sinceramente que la caza es un gran placer y un placer real; pero el carnicero no es de esta opinión.

Se imaginan que si hubiesen obtenido este cargo reposarían con placer, sin darse cuenta de la naturaleza insaciable de su codicia. Creen buscar sinceramente el reposo, y en realidad no buscan sino la agitación.

Tienen un secreto instinto que les lleva a buscar en el exterior el divertimiento y la ocupación, instinto que procede del resentimiento de sus continuas miserias; tienen otro secreto instinto, residuo de la grandeza de nuestra primera naturaleza, que les hace conocer que la felicidad no se halla efectivamente más que en el reposo y no en el tumulto; y con estos dos instintos contrarios se forma en ellos un proyecto confuso que se esconde de su vista en el fondo de sus almas y les lleva a tender al reposo por la agitación y a figurarse siempre que la satisfacción de que carecen les vendrá si, superando ciertas dificultades, pueden abrirse por esta vía la puerta al reposo.

Así transcurre toda la vida. Se busca el reposo combatiendo algunos obstáculos; y cuando se han superado, el reposo se hace insoportable; porque o se piensa en las miserias que se tienen o en las que nos amenazan. Y aunque nos viéramos bastante defendidos por todas partes, el aburrimiento, con su autoridad privada, no dejaría de brotar del fondo del corazón, donde tiene raíces naturales, y de llenar el espíritu con su veneno.