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Asignatura: publicidad, Profesor: , Carrera: Enfermería, Universidad: Nebrija
Tipo: Apuntes
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A Quim, Patricia, Ángela y María, mi póquer de ases.
Piensa, es gratis
El 75 por ciento de nuestro cuerpo es agua, pero no hay que deprimirse. En la cúspide tenemos una masa blancuzca y gelatinosa cuyo peso oscila alrededor de los 1.300 gramos y a la que la naturaleza, siempre tan sabia, decidió proteger con una hermética y durísima caja, un auténtico búnker óseo. Estamos hablando de la más fascinante y poderosa máquina del universo: el cerebro humano. A diferencia del resto de los animales que desde su origen siguen y seguirán en su estado primitivo, el actual imparable desarrollo científico, tecnológico y material, así como la hiperoferta de conocimientos, creencias, filosofías, bondades y maldades que nos envuelven, tienen su único origen en la más fascinante capacidad del cerebro humano: la de pensar. Pensar es nuestra energía suprema, y nuestros pensamientos, ajustados a cada circunstancia, son determinantes en la conducción de nuestras vidas. Sin pensar seríamos simples vegetales; sin tratar de utilizar un mínimo de nuestra calidad pensante, puros animales. Debe de ser por ello que a quienes no ejercen esta capacidad, y cuando lo hacen sólo son capaces de desarrollar brutales instintos primarios, los calificamos como «bestias». Ahora, cuando estamos entrando en este libro, es necesario recordar un hecho que, de tan conocido, a veces es lastimosamente olvidado. En un mundo en que el dinero es el instrumento más poderoso para poseer y disponer, en el que prácticamente todo tiene un precio y por todo hay que pagar, la capacidad que todo lo decide, dirige y conduce, el poder de pensar, es un don natural. Todos lo poseemos y, como todo lo que procede de la naturaleza, en su origen no cuesta absolutamente nada: es gratis.
La suerte es el azar aprovechado
A quien no crea en el azar conviene recordarle que, desde un punto de vista matemático, todos y sin excepción somos una inconsecuencia del destino. Por si lo dicho suena a descalificación o agravio, me explicaré: somos el resultado de una gloriosa eyaculación de nuestro padre en la que, entre cuarenta millones de espermas, uno sólo, concreto y determinado fecundó en el único y glorioso óvulo que nuestra madre, aquel mes y no otro, desprendió de entre los más-menos doscientos mil con los que inició su pubertad. El resultado de todo ello, si nos miramos al espejo, lo tenemos frente a nuestras narices: somos puro azar. Puntualizado el origen, confieso que el azar siempre me obsesionó hasta tal punto que, siendo muy joven y leyendo al sagaz y brillante Winston Churchill, hice mía y para siempre una gigantesca frase: «La suerte es el cuidado de los detalles.» Debo reconocer que su sentencia me ayudó mucho. Hacer la llamada telefónica exacta en el momento preciso, interesarse por una cuestión concreta cuando los competidores dormían la siesta, ser infatigable hasta conseguir la precisión en lo grande y por supuesto y sin excusa en lo ínfimo, saber cuándo el dormir era descanso y cuándo se convertía en freno… aquellos mil mínimos detalles que tensan las neuronas y la acción para ofrecer más que los demás, las entendí como determinantes para conseguir eso que algunos simplifican como «tener suerte». Era el cuidado de los detalles. Bien apuntalado Churchill en el cerebro, y puesto que este libro es mío y no suyo, decidí encontrar mi propia definición de la suerte. Y para ello la conecté con el azar, el mismo que hizo que naciéramos y el mismo que constantemente se cruza en nuestro caminar. ¿Qué es el azar? Es la conexión inesperada. Y toda conexión contiene y arrastra hechos y circunstancias que, a su vez, conectadas con las nuestras, abren nuevos espacios, posibilidades, conflictos u oportunidades. Para tener suerte hay que estar constantemente atento y vigilante respecto al azar. Hay que tener las antenas del cerebro bien limpias y estiradas. El azar, los realmente despiertos lo cazan al vuelo. Les basta una mirada, una sonrisa, un «¿por qué no?», la insinuación de una posibilidad para, como mínimo, contemplar la conveniencia de anudar el contacto y tal vez recorrer y aprovechar un nuevo camino o atajo, porque lo que no se prueba jamás se conoce. Los eremitas, en su soledad, no le dan la menor oportunidad al azar. Y cuando todo ha funcionado, uno recuerda que su suerte empezó porque detectó y estiró del invisible hilo del azar.
Off the record , pienso que las principales razones del éxito y la trascendencia de Internet son porque se ha convertido en el mayor provocador de azar de la historia.
exactamente a una distancia de algo más de un palmo por debajo del ombligo. Allí es donde se concentra la osadía pragmática y el tesón incombustible, aquel que no conoce más límite que el del agotamiento capaz de autoalimentarse para generar, ante las situaciones más desfallecedoras, nueva osadía pragmática y tesón incombustible. Así se hizo y así se seguirá haciendo la historia. Todas las mujeres y hombres con dotes de liderazgo poseen este triángulo. Muchos lo ocultan pero lo practican. Otros, por su rol social o su ego, acaban mostrándolo. Hoy, la cantidad, versatilidad y profundidad de conocimientos al alcance de muchos tiende a invertir el triángulo del éxito. En la parte superior, es decir en el cerebro, el vértice de lo concreto y simple ha quedado sustituido por una ingente cantidad de análisis, estudios, encuestas, hipótesis, macro y micromodelos, comités, subcomités y mil y un discernimientos y teorías. La visión única, aguda y erecta ha sido aplanada y muchas veces aplastada por un exceso de conocimientos que a su vez incorporan nuevas dudas, un ejercicio permanente que, entre otros fines, tiene el de mantener económicamente a sus propagadores.
LA TEORÍA DEL TRIÁNGULO El del fracaso
Si descendemos hasta el olfato, nos encontraremos que ha sido ampliado no de forma natural, sino con numerosos filtros que más tupidos se vuelven cuanto más poder se da a los generalmente temerosos niveles medios del organigrama. El resultado es un exceso de barreras que dificulta la respiración natural, que casi siempre pasa a ser asistida. Cuando llegamos a la base de la pirámide, es fácil observar que ésta se invirtió y sólo queda un mínimo puntito de osadía y tesón, cualidades que, en determinados ambientes, acostumbran ser socialmente entendidos como ejercicios sudorosos y malolientes y, en el mejor de los casos, como vulgares exotismos biológicos en fase de decadencia.
El conocimiento es un motor parado. Lo que lo mueve es la actitud
Puesto que vivimos en una sociedad con cultura competitiva, la vida siempre acaba siendo una carrera. Los años de estudio son los de preparación para salir al circuito, la recepción de un cúmulo de conocimientos que van cargando nuestras neuronas para construir el motor que nos va a permitir competir. Hasta que un día nos dan el título, que incluye una calificación que mide la potencia de nuestro motor. Se acabó el patrocinador familia o el patrocinador beca. Todo lo que tenemos por delante es nuestra soledad y la polvareda de nuestro circuito profesional, ocupado por muchos que ya corren desde hace años y por otros que constantemente van llegando a la línea de salida. Y los que quieren ganar son muchos. Todo el conocimiento adquirido es nuestro motor, es nuestra aptitud. Pero en la carrera de la vida, lo que realmente será decisivo en nuestros avances, derrapajes, salidas de pista, aceleradas y pódiums va a ser nuestra actitud. Hay quienes una vez que han conseguido su título, se cuelgan con él en la pared. Piensan que ya llegaron, ignorando que si en su actividad se da un mínimo de competitividad, su diploma sólo sirve como ticket de entrada en la carrera. Para ganar hay que desear enloquecidamente querer ganar, algo que en términos futbolísticos tiene una excelente definición para los equipos que saltan al campo convencidos de su victoria: la llaman «hambre de gol», algo que se sacia con esfuerzo, talento y sagacidad. Sin la suma permanente de estas cualidades, la mayor acumulación de conocimientos es un hermoso motor parado.
Si quieres conocer a tu mejor profesor de energía, mírate al espejo
Vivimos una época de culto al cuerpo y la oferta y demanda de gimnasios para desarrollar el físico conocen una progresión geométrica. Es lógico: con un buen cuerpo te sientes sano y te gustas, que es el principio de gustar a los demás. ¿Y respecto al culto al cerebro? ¿Vamos a algún centro o seguimos algún método para desarrollar nuestra energía cerebral? Es discutible lo que podemos esperar de ampliar el contorno de nuestros bíceps o pectorales, pero no existe la menor duda de que a cualquier edad, ampliar el perímetro de nuestra potencia y calidad cerebral nos aporta un beneficio supremo: el poder intelectual, aquel que a los humanos nos hace únicos y superiores seres vivientes. Un tiempo de gimnasia cerebral diaria poniendo a trotar las neuronas intensifica el riego sanguíneo, oxigena las ideas y hace que entre aire fresco en el cerebro. Aunque hay infinidad de ejercicios, los más importantes son los que nos estimulan a aprender, los que nos obligan a hacernos preguntas y responderlas y los que nos fuerzan a tomar criterio sobre mil y un temas de las circunstancias de nuestro entorno. En resumen, aprender, preguntarse y formar criterio: hop, hop, hop, hop, hop. Con espíritu deportivo, cada día, en cualquier momento y hasta que el cerebro diga basta. No hace falta trasladarse a ningún gimnasio. Las pesas son los libros, las paralelas son el escuchar y el conversar, el salto de altura es elevar el propio criterio. Frente al espejo te ves igual, pero sin la menor duda te sabes mucho mejor.
Los buenos recuerdos, arrullan. Los grandes proyectos, despiertan
Excepto cuando dormimos sin soñar, la capacidad de nuestro cerebro está constantemente ubicada en uno de nuestros tres tiempos: el pasado, el ahora y el futuro. El pasado y nuestro futuro son los extremos de nuestro tiempo vital, nuestra historia vivida o la que nos queda por construir y vivir. Concentrarnos en el pasado, mientras no se entre en la melancolía que entristece por no poder repetir lo irrepetible, siempre es gratificante. Revivir los grandes momentos es dejarnos mecer por nuestra historia, mientras el cerebro hace una función de madre cariñosa que nos arrulla iluminando y aireando nuestras raíces. Concentrarnos en el futuro es virar al otro extremo: es girar toda la capacidad del cerebro para focalizarlo en querer ser en vez de recrearse por haber sido. Al igual que no es sano borrar nuestro buen pasado, es muy oxidante no disponer de ningún proyecto para el futuro. Siempre hay que procurar tener al menos una posibilidad, un proyecto o un sueño; algo que nos guste, nos gratifique, sea posible lograr y entendamos que nos conviene. Puede ser mínimo o grandioso, personal, familiar o colectivo, de gran esfuerzo o puro placer, social o profesional, material o intelectual. Tener una meta alcanzable y hacer lo posible para conseguirla es poner a pedalear las neuronas, es revivir, pero esta vez mirando hacia adelante. Cuando ocurre, nuestro hoy lo vivimos con más vitalidad y mayor ilusión, lo que sin duda contribuye a algo decisivo: nos queremos un poco más a nosotros mismos.
En el límite de tu fuerza empieza tu debilidad
Excepto el infinito, todo tiene un límite. Multitud de grandes desastres personales, empresariales y políticos se producen porque en un momento determinado el protagonista, envalentonado de éxitos puntuales y en su ofuscación, supera el límite de su fuerza y su poder. De forma inevitable y sin excepción, cuando esto ocurre, lo que había sido constante ascenso inicia su inflexión hacia el nublado precipicio del fracaso. Empresas que quisieron crecer demasiado rápido, personajes que chulearon enfrentándose con el poder establecido, parias mentales que se atribuyeron todos los éxitos y despreciaron la fuerza y la entrega de sus colaboradores, amantes convencidos de que en su colchón estaban los límites del universo. La lista es infinita, pero siempre tiene un denominador común: la soberbia. Después de alcanzar la cima sólo quedan dos opciones: permanecer o descender. Permanecer requiere ejercer un liderazgo vigilante, que es no ceder a la desidia y conducir el rigor, y al unísono exhalar una cultura contagiante, que es el saber animar a compartir el sudor y el pódium. Descender es lo más fácil: es hacer exactamente todo lo contrario. Los grandes genios lo son en la medida en que saben guardar una prudente distancia con sus propios límites, que es el punto exacto donde se inicia el precipicio.
En muchas empresas hay exceso de papel y déficit de piel
Aunque pueda sonar a anatema, la mayoría de las empresas son mucho más complejas y dependen de esquemas más desconocidos que los que dominan nuestra biología. La razón es simple: cada ser humano funciona por una suma de conjuntos orgánicos coordinados cada vez más conocidos, medibles y controlables, gobernados desde su cima física por un cerebro. Una empresa también es una suma de numerosos sistemas y circuitos, que para su salud también deben estar constantemente coordinados, pero su especial complejidad viene dada porque, a partir de cierta dimensión, una empresa es un solo cuerpo con muchos cerebros, que supuestamente deben coordinarse, entenderse, respetarse, vibrar y sumar para competir y alcanzar el éxito y el beneficio. Cuando el entendimiento interno falla, una empresa es un cuerpo enfermo, una seria candidata a una patología crónica que bien podríamos definir como de esquizofrenia de equipo, de consecuencias mucho más nefastas que en la esquizofrenia individual. Si esto lo aceptamos, llega el momento de hacerse la gran pregunta: ¿y cómo se establece la mejor relación humana? En mi opinión, sólo existe una respuesta: desde la piel. El papel es una naturaleza muerta que, en los mejores casos, intenta simulacros de vida. El poro es naturaleza viva que transpira sentimientos y aspira simpatía, afecto, respeto y admiración. Hay y siempre habrá empresarios que creen que, una vez definido sobre un papel un objetivo, instrucción o visión, su trabajo ya quedó hecho. Ignoran que el principal alimentador y estárter del cerebro es el sentimiento. Entre el papel y el poro, cualquier comparación es inútil. El dicho afirma que «el papel lo aguanta todo». No es cierto: el papel soporta, pero no transpira. En la relación humana, como mínimo el 51 por ciento es pura transpiración.
Como mínimo, el 51 por ciento de la vida es puro intercambio. ¿Qué tienes para cambiar?
No te ofendas: no es asqueroso materialismo, es vil pragmatismo. Y en cualquier caso el porcentaje es discutible, aunque siempre y en todos los casos se mueve al alza. Si exceptuamos el amor y las vivencias profundas que unen, los vínculos por ADN, la temporal pasión, la compasión e incluso el aburrimiento como último pegamento de vida, cualquier otro tipo de entendimiento entre humanos responde a un principio de puro, simple y llano intercambio: «¿Lo que yo te doy queda de alguna manera compensado por lo que tú me das?» La buena proximidad crea adicción y permisividad. Pero en la medida en que debemos ¿convivir? en un mundo cada vez más globalizado, necesitamos que nuestra entrega disponga de una moneda de cambio/intercambio. Unas veces se llama nómina; otras, conocimiento, en ocasiones rebozado de reconocimiento; y casi siempre, rentabilidad. Cambiamos saber por licenciaturas, euros por lenguados, entretenimiento por paquetes turísticos, noches de insomnio por primas de productividad, seguridad por pólizas, enfermedades por medicamentos. No paramos nunca de cambiar, desde que nacemos hasta que morimos: cambiamos en todo momento, lugar y situación. No nos engañemos: salvo el amor profundo y en mayúsculas, aquel que es muy fácil vislumbrar porque es el único que no reclama compensaciones ni devoluciones, todo en la vida es rasante intercambio: visible o camuflado, soez o diplomático, lógico o desproporcionado, amable o descarado, dulce o tosco. El almacén para poder intercambiar es múltiple y variado: en ocasiones se llama «eterna sabiduría», en otras «efímera belleza, experiencia, dinero, simpatía, salud, destreza, idiomas, contactos, linaje, osadía, sexo, maestría, fama, influencia, serenidad»… y un etcétera interminable al gusto o necesidad de cada uno. No hay mayor escaparate universal que el del intercambio de fluencias e influencias entre humanos. Los más ambiciosos y recursivos se abren al mercado mundial de las ofertas. Los más discretos lo limitan a su entorno más próximo. Unas veces de forma fascinante y otras de manera agotadora, la vida tiene una interminable capacidad de sorprendernos. El amor puro es un milagro alado. Para vivir el día a día siempre hay que disponer de mercancía para intercambiar.
La genialidad rompe lo establecido. Si todo lo mides por lo conocido, jamás la alcanzarás
La genialidad es una triple voltereta en el vacío y sin red de las neuronas, que rompe de forma insólita con lo establecido y consigue una aceptación masiva. Cuando esto se logra, la genialidad acostumbra a tener un seguro reconocimiento social y un probable reconocimiento económico. Cuando el triple salto acaba estrellado adquiere la denominación de «extravagancia, estupidez o locura», y su protagonista acostumbra a verse rodeado de un aura de descalificaciones en la misma línea. Históricamente, la genialidad ha correspondido a individualidades que en ocasiones, y por su particular fuerza de arrastre, han sido erigidos en líderes de tendencias y movimientos. Los grandes genios benignos de la humanidad —porque por desgracia también los ha habido malignos— han sido humanos con nombres concretos que se han convertido en los grandes impulsores del pensamiento, la ciencia, las artes y de muchos avances materiales. Todos han tenido —y siguen teniendo— algo en común. En su cerebro, ante una posibilidad o vía desconocida, han rechazado el «eso no es posible» y se han abrazado al «¿y si fuera posible…?». Ante lo insólito, cada vez que un humano, en lugar de rechazar algo por desconocido, apura y exprime todas las preguntas y transforma el inconformismo en energía para forzar y transgredir las barreras de lo formalmente aceptado, no os quepa la menor duda, un posible genio está larvando su personal hipótesis, que es la antesala oscura de lo posible. Hoy, en un mundo globalizado fundamentalmente por la rentabilidad financiera y sus consecuencias colaterales, las empresas tratan de establecer sistemas y métodos de logro de la genialidad por encargo, muchas veces a través del equipo. Hace años empezaron con el brainstorming , y hoy se multiplican los equipos de sabios y los think tanks dotados de un protocolo de actitudes y normas para que, si surge la luz, ésta pueda brillar. La pena —lo he vivido personalmente en múltiples ocasiones— es que estas iniciativas muchas veces responden a un súbito calambre cerebral de la cúpula de la empresa u organización, que una vez tranquilizada convierte todo el trabajo en un montón de informes para el infinito archivo de las buenas intenciones y en una refinada colección de facturas de honorarios. La genialidad, para alcanzar la luz necesita convicción, tesón, mucho esfuerzo y una altísima implicación. La genialidad muchas veces es la culminación de una etapa de la vida, no una ráfaga luminosa con taxímetro incorporado. Genialidad individual siempre la habrá, porque es parte intrínseca de determinados humanos. La genialidad colectiva es materia mucho más delicada: siempre resultó difícil incubar un magnífico huevo entre muchas gallinas.
Una marca se hace creando actos de fe
Cada vez que cambiamos nuestro dinero por un producto o servicio es porque creemos que nos va a compensar. Estamos depositando en él y no en otro nuestras expectativas, y precisamente por eso no deseamos que nos falle: comprar es ejercer un acto de fe. Siguiendo —y acabando— con el frío análisis de qué es lo que ofrecen las religiones para ser capaces de perpetuar su fe y por qué las marcas corren un constante peligro de extinción, llegué a la conclusión de que las religiones tienen cuatro cosas, una auténtica cuadratura del círculo, del que muchas empresas adolecen. En primer lugar tienen un gran concepto ganador. «Si crees en mí lograrás…» y aquí cabe añadir el cielo concreto al que nos referíamos en el principio anterior. Pregunta: la marca que defiendes, ¿ofrece algún cielo? En segundo lugar, tienen una explicación simplísima de cómo alcanzar su cielo. Cualquier creyente católico tiene a su disposición la Biblia e infinidad de textos teológicos, pero para la efectividad en comunicación, cuanta más explicación más compleja es la digestión. Por eso, siendo los diez mandamientos una buena síntesis de cómo alcanzar el premio, Moisés debió de pensar que tal vez eran demasiados, y por eso los cerró con un «y esos diez mandamientos se resumen en dos». A este remate se le llama, sencillamente, lección magistral de comunicación. Pregunta: ¿tus clientes pueden explicar el premio que les ofreces? El tercer lado del cuadrado es la liturgia, que es el conjunto de signos siempre cargados de simbolismo que perfilan y concretan el gran intangible de la fe. Cualquier creencia que se precie tiene su gran marca, sus colores, rituales, vestuarios, celebraciones…, incluso sus propios estilos arquitectónicos y musicales. Llevado a las marcas, en todos los sectores muchas lo aprendieron y han desarrollado su propia imagen corporativa. La pregunta es… ¿Tu empresa tiene unas memorables y recordables señas de identidad? Por último, toda religión pende y depende de una jerarquía, cuanto más sencilla más difícil de esquivar. En realidad, el rol más importante de los grandes jerarcas de intangibles es concretar y mantener inalterables y sin cismas los principios de la fe. En las empresas, en bastantes ocasiones este objetivo se confía a directivos de quita y pon, incapaces de entender unas funciones que, por su trascendencia, siempre tienen que estar controladas desde la cima de la empresa, allí donde está el faro que muestra y proclama su fe. Cierre sin pregunta.
Triunfar es convencer de que aquello que ofreces interesa
El triunfo, tal como hoy se acepta mayoritariamente, en su esencia siempre es dual, porque además de conseguir algo excepcional para uno mismo, se entiende que ese logro es reconocido, deseado e incluso aplaudido por otros. Sin reconocimiento externo, el triunfo pierde el ruido público y se transforma en un silencioso bien íntimo. En otras épocas, el triunfo era un sedimento; hoy es un alud con eco. En su esencia siempre parte de un hecho intelectual, artístico, físico, material o simplemente estúpido o escandaloso, protagonizado por alguien que con su actividad consigue atraer y provocar a los medios de comunicación para que muestren y realcen su diferencia. El control de la continuidad del eco es esencial para la consolidación del triunfo o para que tenga un recorrido tan fulgurante como fugaz. En una sociedad masiva y globalizada, los medios de comunicación se convierten en los abrelatas de los cerebros y en los micrófonos de los chisporroteos de infinidad de hogueras de vanidades, bastantes estrellas fugaces y contados astros radiantes. El escándalo, la vulgaridad, la estupidez y la osadía sin valía son estruendos sin melodía: son alaridos de días, meses e incluso y muy excepcionalmente de años, que acostumbran a dejar muchas vidas rotas. La aportación real de un algo concreto que realmente interesa a determinadas personas, cuando es amplificado por los medios de comunicación puede transformarse en una historia de triunfo sin medida ni fin. Para que esto ocurra, la base imprescindible es su capacidad de «convencer». El convencimiento es un movimiento del intelecto que le transmite a la voluntad la orden de aceptar e incluso asumir como propio lo que otro muestra. En su esencia, el triunfo no efímero, es decir, el creciente y difícilmente abatible, se basa en la aportación de algo nuevo y superior respecto a lo establecido, que interesa a otros porque los convence, bien por sí mismo, bien como consecuencia del eco público que lo rodea, o por ambas cosas a la vez. Si no convences, no estás. Y si convenciendo no logras eco, te limitas a estar. El triunfo es el eco masivo del convencimiento.