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7 QUITAR LA VIDA: LA EUTANASIA Al hacer frente a una objeción al punto de vista vobre el aborto que presentamos en el capítulo anterior, ya hemos ido más allá del aborto para considerar el in- lanticidio, Al hacerlo, habremos confirmado la sospecha «de los defensores de la santidad de la vida humana, cn el sentido de que una vez que se acepta el aborto, la vutanasia acccha a la vuelta de la esquina; y para ellos, la eutanasia es una inequívoca perversidad, Insisten en que los médicos la han rechazado desde el siglo v a. de C., cuando por primera vez se instituyó el juramento hipo- crático que los comprometía a «no dar a nadie medi- vina letal aunque la pida, ni nada sugerir en tal senti- do». Sostienen, además, que cl programa nazi de exter- ininio es un ejemplo reciente y terrible de lo que puede suceder una vez que concedemos al estado el poder de matar seres hurnanos inocentes. No niego que, si se acepta el aborto por las razones presentadas en el capítulo precedente, se fortalece el conjunto de razones que en determinadas circunstan- cias abogan por la eutanasia. Sin embargo, tal como intentaré demostrarlo en este capítulo, la eutanasia no es nada que haya de ser considerado con horror, y el uso de la analogía con los nazis es una equivocación. Par el contrario, una vez que abandonamos aquellas doc- trinas de la santidad de la vida humana que —tal como vimos en el capítulo 4— se desmoronan tan pronto como se las pone en tela de juicio, lo que nos horroriza es, en algunos casos, la negativa a aceptar la eutanasia. De acuerdo con el diccionario, «eutanasia» significa «muerte tranquila, dulce, sin padecimientos», pero ac- tualmente se usa el término para referirse a dar muerte 161 a los enfermos incurables que sufren gran dolor o an gustia, con el fin de evitarles ulteriores sufrimientos. Sin embargo, dentro de esta definición caben. tres tipos diferentes de eutanasia, y para nuestro análisis será útil que establezcamos esta triple distinción para luego tratar por separado cada uno de los tipos. Los TIPOS DE EUTANASIA La eutanasia voluntaria La mayoría de los grupos que actualmente reclaman cambios jurídicos que autoricen la eutanasia defienden la eutanasia voluntaria, es decir, la que se lleva a la práctica a petición de la persona a quien se da muerte, En ocasiones, la eutanasia voluntaria se distingue di- fícilmente del suicidio con asistencia. En Su libro Jean murió a su manera, Derek Humphry relata cómo su es- posa Jean, condenada a morir de cáncer, le pidió que le consiguiera los medios para poner fin a su vida rápida mente y sin dolor. Ambos habían previsto la situación y la habían analizado de antemano. Derek obtuvo algu- has tabletas y se las dio a Jean, quien después de haber- las tomado no tardó en morir. . las En otros casos, sucede que una persona que ae morir no puede matarse. En 1973, George Zyemania resultó herido en un accidente de motocicleta, cerca de su casa en Nueva Jersey. Conducido al hospital, se comprobó que estaba totalmente paralizado del gaeo hacia abajo. Sufría, además, considerable dolor. pa- ciente dijo a su médico y a su hermano Lester que no quería vivir en esas condiciones, y les rogó a ambos que lo matasen. Lester interrogó al médico y al equipo del hospital sobre las perspectivas de recuperación de su hermano: le dijeron que eran nulas. Introdujo entonces furtivamente una pistola en el hospital y dijo a su her- mano: «Vine para poner fin a tus sufrimientos, George. ¿Estás de acuerdo?» El enfermo, que ya no podía hablar porque le babían hecho una operación para que pus tora respirar, hizo un gesto afirmativo con la cabeza, y Les- ter le disparó un balazo en la sien. 162 El caso Zygmaniak aparece como un claro ejemplo de eutanasia voluntaria, aunque falten en él algunos resguardos procesales que proponen los defensores de la eutanasia voluntaria. Por ejemplo, las opiniones médicas sobre las perspectivas de recuperación del paciente sólo fueron solicitadas de manera informal. Tampoco se in- tentó cuidadosamente establecer, en presencia de tesli- gos independientes, que el deseo de morir de George era firme y racional, y que estaba fundado sobre la mejor información posible en lo referente a su situación. La muerte no estuvo a cargo de un médico. Una inyección habría sido menos dolorosa para otros que un disparo. Pero Lester Zygmaniak no tenía acceso a estas opciones, porque en Nueva Jersey, como en la mayoría de los lu- gares, la ley considera asesinato la muerte por clemen- cia, y si hubiera dado a conocer sus planes, Lester no habría podido llevarlos a cabo. La cutanasia puede ser voluntaria incluso si una persona no puede, como pudieron Jean Humphry y George Zygmaniak, indicar su deseo de morir hasta el momento mismo de tragar las tabletas o de recibir el disparo, Mientras goza aún de buena salud, una persona puede solicitar por escrito que se le practique la euta- nasia si, por causa de accidente o de enfermedad, llegara a estar incapacitada para tomar o expresar su decisión de morir en caso de estar sufriendo o verse privada del uso de sus facultades mentales, sin que haya esperan- za razonable de recuperación. Al matar a una persona que ha formulado una petición así, lo ha reiterado pe- riódicamente y se encuentra ahora en uno de los estados mencionados, uno puede verdaderamente sostener que actúa con el consentimiento de ella. La eutanasia involuntaria Consideraré que la eutanasia es involuntaria cuando la persona a quien se da muerte tiene la capacidad de consentir en su propia muerte, pero no lo hace, ya sea porque no se le pregunta o porque se le pregunta y es- coge seguir viviendo. Admito que esta definición agrupa bajo un mismo rubro dos casos diferentes. Hay una im- 163 Hay quien dice que tales decisiones son «subjetivas», O que las cuestiones de vida o muerte se han de dejar en manos de Dios y de la Naturaleza. Sin embargo, nues" tros análisis han preparado el terreno, y los principios establecidos y aplicados en los tres capítulos que ante- ceden hacen que el problema sea mucho menos descon- certante de lo que la mayoría se imagina. En el capítulo 4 vimos que el hecho de que un ser sea un ser humano, en el sentido de ser miembro de la especie homo sapiens, no tiene nada que ver con la justicia o injusticia de darle muerte; lo que sí establece una diferencia son características como la racionalidad, la autonomía y la conciencia de sí. Los niños defectuosos carecen de estas características; por consiguiente, darles muerte no es cosa que se pueda equiparar con dar muer- te a seres humanos normales 0 a cualquier otro ser que tenga conciencia de sí. Esta conclusión no se limita a los infantes que, debido a un retardo mental irrever- sible, jamás llegarán a ser seres racionales y autocons- cientes. En muestro análisis del aborto vimos que el potencial de un feto para convertirse en un ser racional y autoconsciente no puede contar como razón para no darle muerte en una etapa en que carece de estas carac- terísticas; es decir, no puede contar como tal a menos que estemos también dispuestos a contar el valor de una vida racional y autoconsciente coma razón en contra de los anticonceptivos y del celibato. Ningún infante —sea o no defectuosd— tiene un derecho a la vida tan sólido como los seres capaces de verse a sÍ mismos como enti- dades separadas que existen a lo largo del tiempo. La diferencia entre matar infantes defectuosos y normales no reside en ningún supuesto derecho a la vi- da que tengan los últimos, y del cual carezcan los pri- meros, sino en otras consideraciones referentes al hecho de darles muerte. La más obvia es la diferencia que con frecuencia existe en las actitudes de los padres. El na- cimiento de un hijo es, por lo común, un acontecimiento feliz para los padres. En la actualidad, es frecuente que el nacimiento sea un acontecimiento planeado. La madre ha llevado al niño en su seno durante nueve meses, y desde el nacimiento, un afecto natural comienza a con- vertirse en vínculo entre él y sus padres. De modo que 166 una importante razón para que normalmente sea algu terrible matar a un infante es el efecto que hacerlo tendrá sobre sus padres. Es diferente cuando el infante resulta ser defectuo- so. Naturalmente, los defectos varían. Algunos son t: viales y de muy poco efecto sobre la felicidad del niño uv de los padres; pero otros hacen que el nacimiento, normalmente un acontecimiento gozoso, se convierta en una amenaza para la felicidad de los padres y de los otros hijos que éstos puedan tener. Es probable que, con buenas razones, los padres la» menten que les haya nacido un hijo defectuoso. En una eventualidad así, el efecto que la muerte del niño puede tener sobre los padres puede ser una razón más bica para darle muerte que para no hacerlo. Por cierto que algunos padres quieren que incluso el más gravemente defectuoso de los infantes viva durante el mayor tiempo posible, y este deseo sería entonces una razón que se opusiera a dar muerte al infante; pero, ¿si no es éste el caso? En el análisis que sigue daré por supuesto que los padres no quieren gue el niño defectuoso viva. Su- pondré también que el defecto es tan grave que —nue- vamente, a diferencia de la situación que se da actual- mente con un niño no descado, pero normal— no hay otras parejas dispuestas a adoptarlo, Respecto del infante como tal, lo que tenemos es un ser sensible que no es racional ni autoconsciente. Como su especie no es pertinente a su estatus moral, los principios que rigen la injusticia de dar muerte a animales no humanos que son sensibles, pero no racio- nales ni conscientes de sí deben ser válidos también aquí, Como estos principios son utilitaristas, la calidad de vida que el infante puede llegar a llevar es impor- tante, Un defecto congénito común (que afecta a uno de cada quinientos nacidos vivos) es una falla en el desa- rrollo de la espina dorsal, que se conoce con el nombre de espina bífida. En los casos más graves, el niño que- dará permanentemente paralizado desde la cintura hacia abajo y será incapaz de controlar los intestinos y la vejiga. Es frecuente que el exceso de fluido se acumule en el cerebro y dé lugar a la llamada hidrocefalia, que da como resultado el retardo mental. Aunque existen 167 ñ i de agas formas de de E Edo la paris la y stá grav , L álisis e incacia $ el retardo mental son imposibles de gunos médicos que están en estrecho a niños que constituyen casos Sra o aturos i evan so es de a ie tal que es una injusticia mae perlas vivas por medios quirúrgicos. opcion de son vidas que no vale la pena vivir. Las ad onocen de la vida de estos niños tBAs an e Sucio de manera que si es así, los principios. z ltariemo hacen pensar que es justo dar muerte ando la vida de un infante ha de ser pa e chada como para que no valga la pena DO A la versión de la «existencia previa» com e ones «total» del utilitarismo suponen que, sl n no «extrínsecas» para mantener con a or meden ser los sentimientos de Jos padres a Sarlo muerte. Un problema más difícil se plantea Ia termina la convergencia entre los dos unos Ñ o Ñ _ o o Sence menos pectivas de vida del niño s e Heguen felices que las de un niño normal, p: MO icha como para que sea A de La Re La tilta pertenece pro: e pomente a esta categoría. El hemofílico ao elemento responsable de la congulación a a Me e ne normal, y corre por ende el riesgo de PA el o longadas, especialmente hemorragias inte a. de la lesión más leve. Si se la deja seguis, e gia puedo produc Jesianas.27 además muy dolorosas Ta muerte. Las hemorra, a Je los tratamientos actuales han el Ñ Vedecidad de constantes transiusiones de os hemofílicos todavía tienen que posar much Ma De e mente al borde de una s deportes viven C: A xi Jaci sn embargo, no parece que los o pasen el tiempo preguntándose si vale de pena e se la mayoría de eilos encuentran, decidida: . 168 a pesar de las dificultades que tienen que enfrentar. A partir de estos hechos, supongamos que se diag- nostica hemofilia a un recién nacido. Los padres, desa- lentados ante la perspectiva de criar a un niño afectado por esa enfermedad, no consideran con entusiasmo la posibilidad de que viva, ¿Se puede defender la eutanasia en un caso así? Es muy probable que nuestra primera reacción sea decir firmemente que «no», ya que puede esperarse que el niño lleve una vida que vale la pena vivir, aunque no sea tan buena como la de un bebé normal. La versión del utilitarismo de la «existencia previa» defiende este punto de vista. El infante existe, y se puede csperar gue su vida dé un balance positivo de felicidad contra desdicha. Matarlo lo privaría de este balance positivo de felicidad, de modo que sería una injusticia. Por otra parte, según la versión «total» del utilita- rismo, no podemos llegar a una decisión exclusivamente sobre la base de esta información. Un panorama total nos impone la necesidad de preguntar sí la muerte del infante hemofílico acarrearía la creación de otro ser que en caso contrario no habría existido. En otras pala- bras, si se mata al niño hemofílico, ¿tendrán sus padres otro hijo que no habrían tenido en caso de que el he- mofílico viviera? Y en caso afirmativo, ¿el segundo hijo tiene probabilidades de llevar una vida mejor que la del primero a quien se dio mucrte? Con frecuencia, será posible dar una respuesta afir- maliva a estas dos preguntas. Es probable que una mujer proyecte tener dos hijos. Si uno de ellos muere mientras ella está aún en edad de ser madre, puede concebir otro en su lugar, Supongamos que una mujer que pro- yecta tener dos hijos tiene uno normal, y después da a luz un hemofílico. La carga de atender a ese hijo le impedirá, probablemente, encarar la posibilidad de un tercero; pero si el niño defectuoso muriese, la madre tendría otro. También es verosímil suponer que las pers- pectivas de llevar una vida feliz son mejores para un niño normal que para un hemofílico. Cuando la muerte de un infante defectuoso condir- á al nacimiento de otro niño, con mejores perspeo- tivas de levar una vida más felíz, el monto total de 169 ciones morales gencralmente aceptadas. Que se sepa que un feto es defectuoso es algo ampliamente aceptado como razón para el aborto. Solamente quienes creen en la santidad de la vida humana a partir de la concep- ción pensarían que está mal que una mujer aborte un feto del cual sabe que es gravemente defectuoso. Sin embargo, al discutir el aborto vimos que el nacimiento no establece una línca divisoria moralmente significati- va. No puedo ver cómo se puede defender cl punio de. vista de que los fetos pueden ser «reemplazados» antes de nacer, pero los recién nacidos no, Tampors hay algún otro momento, tal como la viabilidad, que intro- duzca una división más eficaz entre cl feto y el infante, La autoconciencia, que podría servir de base para soste- ner que es injusto dar muerte a un ser para reempla- zarlo por otro, no se encuentra ni en el feto ni en el recién nacido. Ni uno ni otro es un individuo capaz de considerarse una entidad aparte, que puede Jlevar una vida propia. Considerar reemplazables a los recién nacidos, como consideramos ahora a los fetos, tendría considerables ventajas sobre la amniocentesis seguida de aborto. La amniocentesis sólo puede descubrir unas pocas anor- malidades, y no necesariamente las peores. Actualmen- te, los padres pucden optar por conservar o destrair a sus hijos defectuosos solamente si se llega a detectar el defecto durante el embarazo. No hay base lógica para restringir únicamente a estos casos la opción de los padres. Si se considerase que los recién nacidos defectuosos no tienen derecho a la vida hasta, por ejem- plo, pasada una semana o un mes del nacimiento, ello nos permitiría opciones basadas en un conocimiento del estado del infaute mucho mayor de lo que es posible tenerlo antes del nacimiento. El examen completo del bebé tiene, sobre la amnio- centesis, una ventaja que puede hacer que los defenso- res de la santidad de la vida piensen un momento antes de condenar la matanza de recién nacidos defectuosos. Hemos visto que hay algunos defectos que la amniocen- tesis no puede detectar, pero que pueden ser evitados porque afectan solamente a uno de los sexos, y el sexo del feto sí se puede determinar. La kemolilia es un 172 «jemplo, Pero, si bien la hemofñilia afecta únicamente a lus varones, no afecta a toda la descendencia masculina du una mujer portadora del gene. Algunos de sus hijos varones pueden heredar del padre de clla una versión sana del gene necesario para la coagulación de la san- gre. Estadísticamente, la mitad de los hijos varones de madres portadoras son perfectamente normales, no son ni hemofílicos ni portadores, De modo que, si sabemos que una ermbarazada es portadora, y la amniocentesis nos revcla que el feto es varón, lo único que sabemos es que ese feto tiene un 50 % de probabilidades de ser he- mofílico, Muchas mujeres, con el apoyo de su médico, piensan que es mejor no correr ese riesgo; prefieren ubortar el feto y volver a intentarlo, en la esperanza de tener una hija que no sea hemofílica. Esto significa que de cada cien fetos abortados en estas circunstancias, cincuenta son perfectamente normales, El problema es que antes del aborto no se puede saber cuáles son los normales, Y el problema se eliminaría si la mujer pu- diera esperar hasta después del nacimiento antes de tomar la decisión en favor o en contra de la vida de su hijo. Alterar el momento de la decisión reduciría inmediatamente a la mitad el número de vidas que haya que quitar. También haría posible que las porta- doras del gene de la hemofilia tuvieran, sin riesgo, hijos Varones. Todas estas consideraciones estuvieron referidas a la injusticia de poner término a la vida del infante, cor- siderada aisladamente y no cn relación con sus electos sobre otros. Cuando tenemos en cuenta este aspoclo, es posible que el cuadro se alterc. Evidentemente, pasar por todo el proceso del embarazo y el parto para dar nacimiento a un niño, y después decidir que no ha de vivir sería una experiencia difícil e incluso desgarradora. Por esa razón, muchas mujeres preferirían la ampnio- centesis y el aborto a un parto con la posibilidad de in- fanticidio; pero si esto último no es moralmente peor que cl aborlo, parece que nos vemos frente a una opción que debe quedar librada a la mujer. Otro factor que bay que tener en cuenta es la posi- bilidad de adopción. Cuando las parejas descosas de adoptar son más que los niños normales disponibles m3 para adopción, podría darse el caso de que una pareja sin hijos estuviese dispuesta a adoptar a un hemofílico, Esto aliviaría a la madre de la carga de criar a un niño hemofilico y le permitiría, si lo desea, tener otro hijo. Entonces el argumento de reemplazabilidad no podría justificar el infanticidio, porque dar la vida al otro niño no dependería de la muerte del hemofílico. La muerte de éste sería entonces, sin más ni más, la pérdida de una vida que vale la pena y que no estaria compensada por la creación de otra vida más digna de ser vivida. El problema de la eutanasia para recién nacidos de- fectuosos no está exento, pues, de complicaciones que no tenemos espacio para tratar adecuadamente. Sin em- bargo, el punto principal está claro: matar a un infante defectuoso no es moralmente equivalente a matar a una persona. Con mucha frecuencia, no es siquiera una in- justicia. Otros casos de eutanasia no voluntaria En la sección precedente analizamós la eutanasia para seres que jamás han tenido la capacidad de optar entre vivir o morir. La cutanasla no voluntaria puede ser considerada también en el caso de quienes han sido personas capaces de esta opción, pero que, por causa de accidente o de vejez, han perdido en forma perma- nente tal capacidad y que, antes de perderla, no han expresado ninguna opinión sobre la eutanasia en tales circunstancias. Estos casos no son raros. Muchos hos- pitales atienden a víctimas de accidentes de automóvil que han sufrido daños cerebrales de recuperación total: mente imposible y que pueden sobrevivir durante varios años en coma, o quizá con un míuimo de conciencia. En la mayoría de los aspectos, no hay diferencia im- portante entre seres así y recién nacidos defectuosos, No son seres conscientes de sí, racionales ni autónomos, de modo que el valor intrínseco de su vida consiste solamente en las experiencias placenteras que sean Ca- paces de tener. Si carecen totalmente de experiencias, su vida no tiene ningún valor intrínseco. Están, de hecho, muertos. (Si este veredicto parece despiadado, pregún- 174 tese el lector qué elección posible hay entre las siguien- tes opciones: a) la muerte instantánea o b) el coma ins- tantáneo seguido por la muerte, sin recuperación, en un plazo de diez años. Yo no puedo ver ventaja alguna en una supervivencia en estado comatoso, si hay la segu- ridad de una muerte sin recuperación.) La vida de quie- nes no están en coma y están conscientes, pero no son autoconscientes tiene valor si el paciente experimenta más placer que dolor; pero es difícil ver qué sentido tiene mantener con vida a seres así si su vida es, en términos generales, desdichada. Hay un aspecto en que estos casos difieren de los infantes defectuosos. Al discutir el infanticidio, en la sección final del capítulo 6, cité un comentario de Bentham en el sentido de que el infanticidio no necesi- ta «producir la más leve inquietud en la imaginación más tímida». Ello se debe a que quienes tienen la edad suficiente para tomar conciencia de la matanza de in- fantes defectuosos están necesariamente excluidos de la posibilidad de que se les aplique esta política. Lo mismo no puede decirse de la eutanasia aplicada a quie- nes fueron antes seres racionales y conscientes de sí. Es decir, que una objeción posible a esta forma de eutana- sia sería que puede provocar inseguridad y temor entre quienes no cstán actualmente incluidos en la posibili- dad de que sea practicada con ellos, pero podrían lle- gar a estarlo. Por ejeraplo, las personas de mucha edad, al saber que en ocasiones se aplica la culanasia no vo- luntaria a pacientes seniles, postrados en cama, sufrien- tes y carentes de la capacidad de aceptar o rechazar la muerte, podrían temer que cualquier inyección o table- ta que se les administre pueda ser letal, Ese temor bien puede ser totalmente irracional, pero sería difícil con- vencer de ello a la gente, y muy especialmente si la vejez hubiera afectado realmente su memoria O su ca- pacidad de razonamiento. Esta objeción podría ser contrapesada por un pro- cedimiento que permita dejar constancia de su oposi- ción a quienes no desean ser sometidos en ninguna cir- cunstancia a la eutanasia no voluntaria, Quizás esto fue- ra suficiente, pero tal vez no alcanzara a asegurar la tranquilidad necesaria. En este caso, la eutanasia no 175 que en estas condiciones se dé muerte a la gente no tendería a difundir el temor ni la inseguridad, dado que ho tenemos causa para temer que nos maten con nues- tro auténtico consentimiento. Si no deseamos que nos maten, simplemente no consentimos. De hecho, el argue mento del miedo habla en favor de la eutanasia volun» taria, porque si ésta no se permite, podemos —con bue. nas razones-— temer una muerte innecesariamente pro- longada y dolorosa. El utílitarismo de la preferencia también se mues» tra en favor de la eutanasia voluntaria y no en contra de ella. Así como debe contar el deseo de seguir vivien- do como razón contra el quitar la vida, esta forma del utilitarismo también debe contar el deseo de morir como una razón para quitar la vida. Además, de acuerdo con la teoría de los derechos que hemos considerado, es caracterí tica esencial de un derecho que uno pueda renunciar a él si así lo desea. Yo puedo tener derccho a la intimidad; pero, si quiero, puedo filmar hasta el último detalle de mi vida diaria e invitar a los vecinos a que vengan a ver la película. Aquellos a quienes verla les interese lo suficiente como Para aceptar mi invitación podrían hacerlo sin violar mi derecho a la intimidad, Puesto que en esta ocasión yo he renunciado a tal derecho. De modo similar, decir que tengo derecho a la vida no equivale a decir que mi médico cometa una injusticia al ponerle término, si lo hace atendiendo a mi petición. Al formular la petj- ción, renuncio a mi derecho a la vida. Finalmente, el principio del respeto por la autono- mía nos impone que permitamos a los sujetos raciona- les que vivan su propia vida de acuerdo con su propia decisión autónoma, libre de coerción y interferencia; pero si un sujeto racional toma la decisión autónoma de morir, entonces cl respeto por la autonomía nos Jle- vará a ayudarle a poner en práctica su decisión. De manera que aun cuando haya razones para pen- Sar que, normalmente, matar a un ser consciente de sí €s peor que matar a cualquier oira clase de ser, en el Caso especial de la eutanasia voluntaria la mayor parte de estas razones cuentan más bien en favor que en con- tra de la eutanasia. Por más sorprendente que pueda 178 parecer a primera vista este resultado, en realidad se limita a reflejar el hecho de que lo que hay de espe- cial en los seres autoconscientes es que pueden saber que existen en el tiempo y que, a menos que se mue- ran, seguirán existiendo. Lo normal es que desee fer- vientemente la continuación de esta existencia; sin em- bargo, cuando la previsible continuación de la existen- cia es más temida que deseada, el desco de morir pue- de ocupar el lugar del deseo normal de vivir, con lo que las razones que, basadas en su desco de vivir, se opunen a que se dé muerte al ser, en este caso se in- vierten. Así pues, el conjunto de razones que apoyan la eutanasia voluntaria son mucho más defendibles que las que apoyan la eutanasia no voluntaria. . . Algunos de los que se oponen a que se légalice la eutanasia voluntaria concederán, quizá, que todo esto es coherente si hemos tomado una decisión auténtica- mente libre y racional de morir; pero _Agregarán que nunca se puede estar seguro de que pedir que a uno lo maten sea el resultado de una decisión libre y racional. Los viejos y los enfermos, ¿no se verán presionados por sus familiares para que pongan pronto término a su vida? ¿No será posible cometer lisa y llanamente un asesinato sosteniendo que una persona ha solicitado la eutanasia? E incluso si no hay presión ni falsificación, ¿es posible que alguien que está enfermo, que sufre do- lor y que probablemente tiene la mente obnubilada y confundida por diversas drogas, tome una decisión ra- cional respecto de si ha de vivir o morir? . Más bicn que constituirse en objeciones a los prin- cipios éticos subyacentes, cuestiones como éstas plan- tean dificultades técnicas para la legalización de la eutanasia voluntaria; de todas maneras, son dificulta- des graves. En Gran Bretaña y en otros países, las so- cicdades que propician la eutanasia voluntaria han im- tentado resolverlas proponiendo que la eutanasia sólo sea legal en el caso de que una persona: i según cl diagnóstico de dos médicos, padezca una enfermedad incurable que haya de causarle graves sufrimientos o la pérdida de sus facultades racio- nales; 179 ii por lo menos con 30 días de anticipación al acto de eutanasia propuesto, y en presencia de dos tes- tigos independientes, haya formulado por escrito la petición de que, en caso de que se presente la situa. ción descrita en (i), le sea practicada la eutanasia, Solamente un médico podría administrar la eutana- sia, y si el paciente conservara todavía en ese momento la capacidad de consentimiento, el médico tendría que asegurarse de que el paciente aún sigue deseando que se actúe de acuerdo con su declaración. Una declara- ción podría ser revocada en cualquier momento. Aparentemente, aunque incómodas en algunos aspec- tos, estas providencias satisfacen la mayor parte de las objeciones técnicas que cabe oponer a la legalización. Pensar cn asesinatos disfrazados de eutanasia scría ir demasiado lejos. Dos testigos independientes de la de- claración, el período de 30 días de espera y —en el caso de una persona mentalmente compelente— la verifica ción final, hecha por el médico, de los descos del pa- ciente, serían medidas que en conjunto reducirían mu- chísimo el peligro de que los médicos actuasen en res- puesta a peticiones que no reflejaran las decisiones libres y racionales de sus pacientes. En las discusiones sobre eutanasia se dice con [fre- cuencia que los médicos pueden equivocarse. Por cier- to, ha habido casos de pacientes que, lras haberles sido diagnosticada por médicos competentes una enfermedad incurable, han sobrevivido, Posiblemente, a lo largo de años, la legalización de la eutanasia voluntaria signifi- caría la muerte de una o dos personas que de otra ma- nera se habrían recuperado. Éste no es, sin embargo, un argumento en contra de la eutanasia tan decisivo como se imaginan algunos. A un número muy reducido de muertes innecesarias que podrian ocurrir si se lega- lizara la eutanasia debemos oponer la enorme cantidad de dolor y padecimiento que sufrirían los pacientes que realmente han llegado al estadio terminal de una en- fermedad, si la eutanasia no se legaliza. Una vida más larga no es un bien supremo cuyo peso cxceda al de 130 tuda otra consideración. (Si lo fuera, habría muchas maneras más efectivas de salvar vidas, tales como prohi- bir radicalmente el tabaco, o la circulación de vebícu- los a más de 20 km por hora, que la prohibición de la eutanasia voluntaria) La posibilidad de que dos mé- ilicos puedan cometer un error significa que la persona yue opta por la eutanasia está decidiéndose por el equi- librio de probabilidades, y que renuncia a una proba- bilidad de supervivencia muy leve con el fin de evitar un sufrimiento que casi seguramente terminará en la muerte, Esta opción puede ser perfectamente racional. Como decía cl obispo Butler, la probabilidad es la guía de la vida, y debemos seguir su orientación hasta el final. Contra esta, algunos replicarán que la atención de los enfermos terminales ha mejorado hasta poder eliminar el dolor y que ello hace innecesaria la euta- nasia voluntaria. Elisabeth Kúbler-Ross, cuyo On Death and Dying es quizás es libro mejor conocido sobre los cuidados que se han de dispensar a los moribwados, afirma que ninguno de sus pacientes solicita la euta- nasia. Si se le proporciona atención personal y la me- dicación adecuada, dice, la gente llega a aceptar su muer- te y mucre pacíficamente y sin dolor. Es probable que Kiibler-Ross tenga razón. Ahora pue- de ser posible eliminar el dolor. Incluso es posible ha- cerlo de manera que deje a los pacientes en posesión de sus facultades racionales y los libere de vómitos, náuseas y otros efectos colaterales penosos. Lamenta- blemente, en la actualidad sólo una minoría de mori- bundos reciben este tipo de atención. Y tampoco es el dolor físico cl único problema. Puede haber también otros síntomas angustiantes, como una extremada fra- gilidad ósca al más leve movimiento, la inanición lenta debida a un crecimiento cancerosa, la incapacidad para controlar los intestinos o la vejiga, dificultades respi- ratorias y otros más. Veamos el caso de Jean Humphry, tal como se nos presenta en Jean murió a su manera, No es un caso del período previo a la existencia de analgésicos eficace Jean Humphry murió en 1975. Tampoco se trata de al- guien que no pudiera contar con buena atención médi- ca: la atendían en un hospital de Oxford, y de haber 181 tes de sí mismos, Sin embargo, para tomar semejante decisión habría que estar seguro de que uno es capaz de estimar —mejor de lo que la persona misma puede jud garlo— cuándo la vida de una persona es tan mala que no vale la pena vivirla, No está claro que alguna vez) se justifique que tengamos tanta confianza en nuestros juicios sobre si la vida de otra persona es O no, para esa persona, digna de ser vivida. Que la otra persona desec seguir viviendo es buena prueba de que, para ella, su vida vale la pena. ¿Qué mejor prueba podría haber? 1 La única clase de casos cn que el argumento pater- nalista cs verosímil es aquel en que la persona a quien se ha de matar no se da cuenta de Jos sufrimientos que la esperan en el futuro, y que si no se le da muerte ahora tendrá que soportar hasta el fin. Por razones así se podría matar a upa persona que —aunque ella to- davía no se dé cuenta— hubiera caído en manos de sá. dicos homicidas dispuestos a torturarla hasta la muer- tc. Afortunadamente, estos casos son más fáciles de en- contrar en la ficción que en la realidad. En la vida real es muy improbable que nos encon- tremos alguna vez con un caso justificable de eutanasia ¡ involuntaria; entonces, quizá lo mejor sea sacarnos de la cabeza los casos fantásticos en que se podría pensar en defenderla y considerar que la regla que se opone a la eutanasia involuntaria es, a todos los absoluta. Entonces podemos decir que la eutanasia sola- mente es justificable si aquellos a quienes se da muerte: i. carecen de la capacidad de consentir en su muer- te, porque no ticnen la capacidad de comprender la opción entre su existencia continuada y la no exis- tencia; o tienen la capacidad de cscoger entre la continua- ción de su vida y su muerte, y de tomar la decisión consciente, voluntaria y firme de morir. EUTANASIA ACTIVA Y PASIVA Las conclusiones a que hemos llegado en este capí- tulo escandalizarán a gran cantidad de lectores, en cuan- 184 fines prácticos, to violan uno de los dogmas más fundamentales de la ética occidental: el que afirma la injusticia de dar muer- tu a seres humanos inocentes. He hecho ya un intento dle demostrar que, por lo menos en lo que se refiere a los infantes defectuosos, nuestras conclusiones no se apartan tan radicalmente de la práctica actual como se podría suponer. Señalé que estamos preparados para matar un feto en una etapa avanzada del embarazo, si creemos que hay un riesgo significativo de que sea de- fectuoso; y puesto que la línca entre un feto de término y un recién 'nacido no es una división moral decisiva, es difícil ver por qué es peor matar a un recién nacido cuando se sabe que es defectuoso. En esta sección s$0os- tendré que hay otro ámbito de la práctica médica acep tada que no es intrínsecamente diferente de las prácti- cas a las que darían cabida los argumentos de este ca- pítulo. Me he referido al defecio congénito conocido como espina bífida, consistente en que el niño nace con una abertura en la espalda, que deja al descubierto la mé- dula espinal. Hasta 1957, la mayor parte de estos niños morían pronto, pero desde entonces los médicos comen- zaron a usar un dispositivo nuevo, conocido como vál- vula de Holter, para drenar el exceso de fluido que de otra manera se acumula en la cabeza de los enfermos. A partir de entonces, en algunos hospitales llegó a ser una práctica estándar hacer toda clasc de esfuerzos por salvar a los niños nacidos con espina bífida. El resul- tado fue que se redujeron las muertes, pero muchos de los sobrevivientes quedaban gravemente disminuidos, con parálisis importantes, múltiples deformidades de las piernas y de la columna vertebral, y sin poder con- trolar los intestinos ni la vejiga. Más de la mitad eran mentalmente retardados. Mantener la válvula funcionan: do adecuadamente y en condiciones de esterilidad exi- gía repetidas operaciones, En pocas palabras, la exis- tencia de estos niños causaba grandes dificultades a su familia, era una carga en función de los recursos médi- cos disponibles y, con frecuencia, era un suplicio para los propios niños. Tras haber estudiado los resultados de esta política de tratamiento activo, el doctor John Lorber, un médj- 185 co inglés, propuso que, en vez de tratar todos los casos de espina bífida, se escogieran para tratamiento sola: mente aquellos que presentan una forma leve del de- fecto, (En realidad, propuso que la decisión final se dejara en manos de los padres, pero los padres casl siempre aceptan las recomendaciones de los médicos.) Este principio de tratamiento selectivo goza actualmen- te de gran aceptación, y su legitimidad ha sido recono: cida en Gran Bretaña por el Departamento de Salud y Seguridad Social. El resultado es que menos niños atec- tados de espina bífida sobreviven más aliá de la pri- mera infancia, pero los que sobreviven son, en general, aquellos cuyas desventajas físicas y mentales son rela- tivamente menores, La política de selección parece, pues, deseable, pero, ¿qué sucede con los infantes defectuosos a quienes no | se selecciona para el tratamiento? Lorber no oculta el hecho de que en estos casos se espera que el niño mue- ra rápidamente y sin sufrimiento. Para lograr este obje- tivo, no se practican operaciones quirúrgicas mi otras formas de tratamiento activo, aunque se alivia en la ma- yor medida posible el dolor y la incomodidad. Si el recién nacido coge una infección del tipo de las que en un infante normal se controlarían rápidamente con an- tibióticos, no se le administra ninguno. Como no se de- ] sea que el niño sobreviva, 1o se toma medida ninguna para impedir que un estado lácilmente curable median- te las técnicas médicas habituales resulte fatal. Tal como ya he dicho, todo esto constituye práctica médica aceptada. En artículos. aparecidos en publica- ciones médicas, se han descrito casos en que los médi- cos han permitido la muerte del niño. Estos casos no son solamente los de espina bífida, sino que incluyen, por ejemplo, a bebés nacidos con el síndrome de Down (mongolismo). De acuerdo con testimonios presentados en 1974 ante una subcomisión del Senado do los Esta- dos Unidos, anualmente se deja morir a varios miles de niños mental y físicamente defectuosos. Lo que hay que preguntarse es: si es justo dejar sos infantes mueran, ¿por qué ha de ser injusto $ muerte? La cuestión no ha dejado de llamar la atención de 136 los médicos, que con frecuencia la responden citando piadosamente a Arthur Clough, un poeta del siglo XIX, que escribió: No matarás; pero tampoco necesitas Luchar oficiosamente por mantener la vida. Lamentablemente para quienes recurren a los inmor- tales versos de Clough en busca de un pronunciamien- to ético autorizado, éstos provienen de un poema, «El último Decálogo», cuya intención es satírica, al punto de que alguna de sus exhortaciones invita a no adorar ídolos, a no ser los que están grabados cn las mo- uedas, De modo que no se puede contar a Clough entre los que piensan que está mal matar, pero bien que no se esfuerce uno demasiado por mantener la vida. Cabe pre- guntarse, sin embargo, si hay algo que se pueda decir