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Asignatura: Géneros informativos e interpretativos en prensa, Profesor: Pablo Francescutti, Carrera: Periodismo + Comunicación Audiovisual, Universidad: URJC
Tipo: Apuntes
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Los argumentos retóricos, proposiciones válidas y bien construidas, tienen su contrapartida “ilegítima”: las falacias. Procedente de la raíz latina “fallo”, de la cual deriva el verbo “falsificar”, los adjetivos “falso” y el sustantivo “falsedad”, la falacia es un razonamiento aparentemente lógico pero construido de forma incorrecta. No es una mentira (como tampoco los argumentos válidos son verdaderos, pues la verdad y la falsedad pertenecen al campo de la información, de los hechos verificables, no al de la opinión), sino un pseudo-argumento engañoso con apariencias de razonamiento plausible, aceptable. Sostener que Iraq escondía armas de destrucción masiva para justificar su invasión en 2003 demostró ser un engaño o una afirmación falsa (dependiendo del conocimiento que tuviese quien sostenía esa proposición de la inexistencia del presunto arsenal); decir que Saddam Hussein era igual que Hitler y calificar de “daños colaterales” las masacres causadas a la población iraquí por los bombardeos aliados son falacias. De la larguísima lista de falacias recogidas por Aristóteles, lista incrementada por los demás estudiosos de la lógica y la retórica, seleccionaremos las más habituales con las que se encontrará el periodista en su desempeño profesional, a saber:
. falacia ad hominem Cuando en lugar de impugnar los argumentos del oponente se ataca a su persona en base a alguna de sus características individuales. Esta clase de falacia presenta la siguiente estructura:
1- A afirma la proposition B.
Una versión coloquial de ese razonamiento sería la siguiente:
"Los ecologistas dicen que consumimos demasiado energía; pero no hagas caso porque los ecologistas siempre exageran ".
Que los ecologistas en algunas ocasiones hayan sido alarmistas o catastrofistas no significa que no puedan tener razón en este punto.
Con lamentable frecuencia, muchos gobiernos (y sus medios de comunicación afines) suelen recurrir a un tipo indirecto de falacia ad
hominem que, explica García Damborenea, “no se dirige abiertamente contra la persona sino contra sus vínculos, sus relaciones, sus intereses, en una palabra, todo aquello que pueda poner de manifiesto los motivos que le empujan a sostener su punto de vista. Es la forma de ataque que sufre quien pertenece a un grupo (político, religioso, cultural) no porque sus ideas sean incoherentes, sino porque se supone que disfraza con argumentos los intereses de su grupo. La denuncia de supuestas conspiraciones de la oposición, que tanto gustan a los gobernantes adopta la forma de esta falacia:
Usted hace esas preguntas para perjudicar al gobierno. (una versión de esta falacia la ofreció Angel Aceves, el ministro de Interior durante los atentados del 11M, en su comparecencia ante la comisión parlamentaria de investigación: “Algunos han criticado especialmente que tuviésemos presente a ETA en esas horas y no la descartásemos ante la evolución de los acontecimientos. Esta percepción ante los asesinos que han provocado muerte y desolación con toda clase de variantes durante cuatro décadas me pareció y sigue pareciéndome incomprensible, solamente explicable desde un propósito decidido de desacreditar al Gobierno por cualquier medio”. Aceves elude la cuestión - ¿por qué insistió en achacar a ETA la autoría de los atentados cuando las evidencias sugerían otros autores?- tachando a sus críticos de desestabilizadores)
Detrás de todo esto hay una estrategia para hundir al Presidente.
Los opositores son tontos útiles, manipulados por una potencia extranjera.
“Se da por sentado”, prosigue el estudioso Ricardo Garía Damborenea, “que, aunque el oponente sea una bellísima persona, sus circunstancias le aconsejan ver las cosas de una manera determinada que le impide ser objetivo. No importa que sus razones lo sean. Aquí se trata de eludir las razones para, en su lugar, insinuar que el adversario habla por interés, que es sospechoso de parcialidad e incluso de mala fe, y, en consecuencia, que no se debe malgastar el tiempo rebatiéndole”. Este anatema retórico ha sido, es y será empleado por los gobiernos para desprestigiar a los movimientos sociales, sindicales, estudiantiles, etc. que se les opongan, tal como hace el régimen castrista al acusar de “agentes de la CIA” a sus críticos, o la dictadura siria de Bashar Al-Assad al tachar de “agentes de Al Qaeda” a sus opositores.
descalificar de plano esos puntos de vista. De igual modo, las simpatías de Martin Heidegger por el nazismo no deberían utilizarse para impugnar sin más toda su obra filosófica, sino para arrojar una nueva luz sobre ella. Damborenea ofrece una respuesta tipo a esta falacia: “No estamos discutiendo sobre mí, sino sobre una propuesta. Déjeme a un lado o imagine que la sugerencia procede de otra persona. Dígame si lo que propongo está bien o mal en sí mismo. Después, si usted quiere, hablaremos de mi inconsistencia, y de si mi conducta justifica la de usted”. Que la falacia ad hominen prolifere en el discurso político actual se debe en buena medida a la dimensión personalizada que ha cobrado la política en entornos hipermediatizados como el nuestro (se confunde al líder con su partido, a su personalidad con su programa político). En la sociedad de masas el público se siente constantemente manipulado por vendedores, promotores, publicistas, políticos, etc.., sensación que alimenta la sospecha de que muchas figuras públicas “fingen una relación de amistad para ganarse la confianza de uno y provocar que sea más susceptible a la manipulación”, advertía Robert Merton en su libro Mass Persuasion. De ahí que, explotando esta justificada sensibilidad, la destrucción de la imagen pública -el ethos- del oponente aparezca como más tentador y rentable que rebatirle punto por punto. Aunque sus argumentos se mantengan intactos, la pérdida de la reputación de un líder le crea un serio problema a su partido, al que le llevará un tiempo precioso dotarse de un nuevo liderazgo mientras en el ínterin los adversarios se hacen con la iniciativa en el plano discursivo. El triste corolario de esta práctica es que el ataque personal se ha vuelto la principal estrategia polémica. ¿Significa esto que debemos ignorar las circunstancias que hacen dudar de las verdaderas intenciones del adversario? ¿Debemos pasar por alto que el ministro de Defensa que argumenta sobre la necesidad de construir un nuevo portaaviones es el principal accionista del astillero que lo armaría? ¿O que el ministro de Hacienda que propone desgravar ciertos beneficios bancarios es propietario de un banco? En modo alguno, pero no podemos convertir estas circunstancias en el eje de nuestra argumentación, que deberá centrarse en rebatir sus razonamientos sobre la necesidad del portaaviones o la conveniencia de dicha desgravación. De lo contrario, parecerá que carecemos de argumentos sólidos para refutarlos.
. Falacia tu quoque (Y tú más) Variante de la anterior, muy recurrente en las polémicas de políticos con las manos sucias: consiste en rechazar un argumento del contrincante tachándole de incoherente por hacer o defender lo mismo que condena, o por no practicar lo que aconseja; es decir, rehuye entrar en el tema o analizar, desmenuzar y refutar las razones del oponente. A menudo se expresa devolviendo como un boomerang una crítica o acusación; en otras palabras: responder a la crítica con una crítica, a la
acusación con una acusación (con la diferencia de que lo que vino como argumento se devuelve transformado en falacia). En los hemiciclos parlamentarios es frecuente que el partido gobernante responda a las acusaciones de corrupción lanzadas por la oposición, recordando a ésta sus actos corruptos cuando gobernaba, en lugar de desmontar sus imputaciones. El fallo argumental radica en que no se está discutiendo la coherencia o incoherencia del oponente, sino la afirmación que éste realiza, al margen de que practique o no lo afirmado. Es esa afirmación lo que hay que debatir, la sostenga quien la sostenga. Una versión común de esta falacia sería la siguiente:
no dejo de fumar como me lo indica el médico, porque él tampoco lo hace.
Un ejemplo clásico:
Jorge no se cansa de aconsejarnos a los demás que no riñamos, cuando aún no ha logrado convencerse a sí mismo, a su mujer y a su criada –tres personas tan solo- a ponerse de acuerdo en su vida doméstica.
Y otro ejemplo, esta vez de cariz histórico:
«Thomas Jefferson decía que la esclavitud estaba mal. Sin embargo, él mismo tenía esclavos. Por lo tanto se deduce que su afirmación es errónea y la esclavitud debe estar bien».
Otro que concierne al mundo educativo:
La madre le dice a su hija- Como has suspendido, no saldrás de casa y estudiarás para el examen de filosofía. La hija- No veo por qué hacerlo, pues cuando tú estudiabas bachillerato, suspendías más que yo y estabas todo el día de juerga.
Otro ejemplo que resultará familiar a quienes hayan visto el premiado documental Una verdad incómoda :
No os creáis nada de lo que dice Al Gore sobre la necesidad de ahorrar energía para combatir el calentamiento global; este “campeón del medio ambiente” gasta en su mansión en un mes la energía que un estadounidense medio consume en un año,
¿Por qué es falaz? Porque el despilfarro energético de Gore no invalida las montañas de argumentos causales, fundados y razonados sobre el impacto del consumo de combustibles fósiles en el clima del planeta. Y ahora un ejemplo tomado del periodismo deportivo, a colación del aumento del precio de las entradas al estadio del Manchester United:
Lo explicaba el sociólogo Jesús Ibáñez: “Cuando uno elige entre los términos de una alternativa está dominado por el que diseñó la alternativa”. A continuación, una muestra de ello en el discurso electoral:
Mi rival votó contra el incremento del presupuesto para educación pública. Debe pensar que educar a nuestros hijos no es importante
El pueblo griego fue destinatario de falacias semejantes con el fin de convencerlo de que aprobara el durísimo ajuste exigido por la Unión Europea. Escuchemos al primer ministro heleno Lucas Papademos:
Debemos aceptar las medidas de austeridad o sufriremos una catástrofe
La falacia radica en que nadie sabía a ciencia cierta qué pasaría en el largo plazo si se rechazasen las medidas (hay países que se declararon en bancarrota y se recuperaron, el caso de Argentina después del “corralito), pero sí se conocía el catastrófico costo social que tendrían tales medidas. ¿Cómo se refuta esta falacia? Advirtiendo que la disyuntiva forzosa es falsa, ya sea ejemplificando con otras posibilidades, ya sea demostrando que la disyuntiva es solo aparente, como ilustra con mordacidad esta portada de la revista humorística Hermano Lobo:
. Falacia de autoridad impropia (ad verecundiam) Consiste en invocar el principio de autoridad de un tercero para ganar una discusión o rechazar un argumento del oponente. El orador emplea una frase o las ideas de una doctrina respetada o de un personaje prominente con el fin de avalar sus propios argumentos. Generalmente se la usa fuera de contexto y con la finalidad de cubrir de prestigio una aseveración. Es característica de las sociedades que rinden culto a la tradición y de las religiones basadas en libros sagrados, cuya formulación típica es: “Lo dice la Biblia, luego es una verdad inapelable”; “así está escrito en el Corán”. También puede fundamentarse en la autoridad de un autor reverenciado por todos, como ocurría en la Edad Media con la fórmula latina Ipse dixit («Él mismo lo dijo») en alusión a la infalibilidad de Aristóteles; fórmula con la que se quería tapar la boca al que que se apartase de los postulados del filósofo griego. Decía John Locke que incurre en esta falacia “cualquiera que sostenga sus pretensiones por medio de autoridades semejantes, cree que, por eso mismo, debe triunfar, y está dispuesto a calificar de imprudente a toda persona que ose contradecirles”. Las falacias de autoridad plantearon un serio escollo al avance científico en los albores de la Edad Moderna; son conocidas las vicisitudes sufridas por Galileo Galilei por cuestionar el modelo astronómico avalado por Ptolomeo
y la Iglesia. Mucho más tarde, reaparecieron con virulencia en el discurso del marxismo más dogmático “(“Ya explicó Lenin”... “Marx demostró que eso es falso...”). Aunque en estos tiempos irreverentes esta falacia ha perdido la fuerza que tuviera antaño, todavía es empleada como un recurso fácil en las discusiones (en un nivel coloquial, aflora cuando alguien dice, intentando dar fuerza a su proposición: Debes creer que las cosas ocurrieron tal como te lo digo. Lo dice la televisión ); y aflora en ámbitos donde la autoridad tradicional goza todavía de gran predicamento ( Jamás uso preservativos porque el Papa dice que es inmoral ). También debemos ponernos en alerta contra los argumentos de autoridad dependientes de una fuente ambigua (frases del estilo de: “es sabido que...”, “el país opina que...”, etc.). Muy comunes en el periodismo, encubren la postura del autor que intenta colar como si se tratase de una posición compartida por todos. Algunos periódicos acostumbras titular por ese estilo aludiendo al “clamor popular” para atacar o apoyar medidas políticas (en este punto la falacia ad verecundiam tiende a confundirse con la falacia ad populum, que se explicará más adelante). Salvo que se apoyen en encuestas de opinión realizadas con muestras representativas de la población, esas expresiones deberían desterrarse del discurso periodístico. Una expresión sutil de este ardid consiste en invocar fuera de contexto la autoridad de un experto eminente. Ejemplo: defender una proposición en un debate médico afirmando que “así lo asegura el Premio Nobel”, sin aclarar que se trata de un Nobel de Física y no de Medicina; o argüir que:
Linus Pauling, la única persona que ganó dos Premios Nobel, el de química y de la paz, asegura que tomar dosis altas de vitamina C todos los días retrasa la aparición del cáncer unos veinte años
El fallo en este enunciado estriba en ignorar el hecho de que la posesión de un Nobel de Química y otro de Paz no conlleva necesariamente los conocimientos apropiados para el diagnóstico y tratamiento de tumores malignos (Pauling no era experto en cáncer). Lo adecuado hubiera sido citar a un oncólogo de primer nivel^2. El discurso publicitario apela de continuo a la autoridad de las celebridades, no con la intención de destruir argumentos rivales sino con la de vender productos que uno debería comprar sólo porque Madonna o Paul Gasol los 2 Parecido ocurrió durante la controversia sobre el origen del sida. En los años '90 un sector minoritario de expertos y de autoridades negaba que el VIH fuera la causa de dicho síndrome, y en el calor de la polémica invocaron la autoridad de un premio Nobel de Medicina, Kary Mullis, que también rechazaba el papel fundamental del virus. La falacia radicaba en que Mullis había ganado el máximo galardón médico por sus trabajos en biología molecular, no por sus conocimientos sobre virus. Hubiera sido correcto invocar su autoridad si su especialidad fuese la virología.
porque perjudica su negocio, sin importarle su congruencia o no. En el discurso político escuchamos razonamientos parecidos:
“ Si Al Qaeda resulta ser la culpable de los atentados del 11- M, perderemos las elecciones; por lo tanto, no se puede aceptar la autoría de Al Qaeda ”.
Razonamientos de esta clase se escuchaban en las polémicas del siglo XIX acerca del darwinismo:
“No podemos aceptar la teoría de la evolución porque destruiría la credibilidad de la Biblia”
Con otra forma las encontramos en las polémicas sobre medicina alternativa. No es raro escuchar frases del estilo: “A mí la homeopatía me alivia los dolores, lo que prueba de que es una terapia tan buena como cualquiera ”, obviando que puede tratarse del efecto de la auto-sugestión y por lo tanto no válida para personas poco sugestionables. Guiarse por esta pauta puede resultar peligroso en el largo plazo, toda vez que el efecto positivo inicial puede tornarse nefasto. Ejemplo:
“No debemos condenar la especulación inmobiliaria; a fin de cuentas, impulsa la industria de la construcción, crea empleo y sostiene la economía”
Esta proposición podría haber sonado convincente en los primeros años de la “burbuja inmobiliaria”; pero su carácter engañoso se aprecia plenamente ahora, cuando las consecuencias ruinosas de la especulación son evidentes. Este criterio toma al éxito como una pauta de validez y con ello se acerca al principio de que “el fin justifica los medios”. Tomemos la proposición: Si Franco pudo mantenerse en el poder tantos años, algo de bueno tendría. El fallo en este razonamiento radica en que la dictadura franquista pudo haberse mantenido tanto tiempo por razones que no tenían nada que ver con sus cualidades o con el amor de los españoles, como la eficacia de su aparato represivo, el apoyo de Estados Unidos, el respiro económico que supusieron las remesas de los emigrantes, etcétera). Muchos periodistas se rigen por ese rasero; ante una polémica cuyo contenido les resulta indiferente, se fijan únicamente en las consecuencias que su desenlace podría depararle a ellos y a sus medios ( ¿nos irá mejor si ganan los socialistas o los conservadores? ), y en función de ese cálculo se decantan por una de las partes a las que brindan su apoyo editorial.
. Falacia Ad Baculum:
También llamada la falacia de la fuerza o de la amenaza, es una variante de la falacia pragmática. Consiste en presionar al oponente o a la audiencia
para que acepte los argumentos propuestos por la amenaza que le puede suponer no aceptarlo (de ahí su nombre latín: la falacia de la vara o el garrote). En términos esquemáticos:
Si A no acepta que H es verdadero entonces sufrirá una coacción o ataque. Por lo tanto, H es verdadero.
El defecto argumental estriba en que el castigo o presión que sufrirá A no dice nada sobre la validez de la proposición H. Dicho de otra manera: se sustituye el argumento por la intimidación. Lo muestra claramente la siguiente proposición:
“No debes conducir borracho porque si te pilla la Guardia Civil te quitará el carné”
Esta falacia elude el argumento válido: no debes conducir borracho porque pones en peligro tu vida y la de los demás, y no porque te puedan sancionar (de modo parecido razonan los profesores que, hartos de decirles a sus alumnos que estudien a fondo la asignatura porque sus contenidos les resultarán de gran utilidad en su futuro quehacer profesional, les advierten: Más vale que os aprendáis bien la lección si queréis aprobar el examen ).
De índole similar es el razonamiento que dice:
Debes creer en Dios, porque si no lo haces te arriesgas a arder eternamente en el infierno.
El razonamiento defectuoso es obvio: no se ofrecen pruebas de la existencia de Dios para convencer al interlocutor; simplemente se amenaza con las consecuencias negativas que tendrá para él mantener su postura.
Otro ejemplo que expresa en el fondo un acoso laboral:
Debería aceptar mi invitación a cenar, señorita Eva. Yo necesito una secretaria cariñosa y usted necesita este empleo
Es raro, sin embargo, que esta falacia de exprese de forma tan descarnada; lo habitual es que se presente envuelta en insinuaciones. Los directores de periódicos a menudo escuchan de sus anunciantes amenazas veladas como la siguiente:
Sus editoriales contra el sistema bancario son injustos. Por supuesto, nadie pretende decirlo a Ud. que su periódico deje de criticar a los bancos, pero nosotros tenemos todo el derecho de cancelar la campaña de publicidad de nuestra banca electrónica contratada con su medio si nos consideramos injustamente agredidos.
equivocarse”. De trasfondo populista, este recurso es incorrecto porque de lo que dicen, creen o sostienen muchos lo único que puede afirmarse con certeza es que trata de una opinión sostenida por muchos, sin que se pueda descartar que se trate de un interés, un prejuicio o una pasión colectiva. Presupone que una idea ha de ser cierta cuando todos la aceptan:
Debe ser una película estupenda, porque hay unas colas enormes en la taquilla
En realidad, lo único convincente de esa proposición es que la película le ha gustado a mucha gente y punto. De acuerdo a esa línea de razonamiento, la verdad de una causa se verifica en el número de asistentes a una manifestación a favor de ella (esta creencia errónea subyace a la tradicional “guerra de cifras” que se produce entre los medios sobre la magnitud de una protesta). Más si es verdad que 24.654 manifestantes se alinean tras una bandera, la estadística no nos resolverá lo bien o mal fundado que puede estar ese posicionamiento. A esta falacia recurren tozudamente los defensores de la “televisión basura” al aducir que si al público le gustan tanto estos programas no pueden ser tan malos; aquí el rating se convierte en la prueba decisiva. La demagogia electoral proporciona numerosos ejemplos de ella:
“¿Quieres una ciudad segura, donde puedas salir sin peligro por las noches? ¿Quieres poner fin al constante aumento de los impuestos urbanos? Vota a nuestros candidatos”
Algunos gobiernos democráticos no pueden resistirse a la tentación de acudir a las falacias ad populum para “blindarse” contra las críticas:
“Las medidas que hemos tomado están avaladas por la abrumadora mayoría que hemos obtenido en las últimas elecciones”
La falacia radica en que ese “aval” de la mayoría no garantiza la “bondad” de tales medidas, que bien podrían ser malas incluso para los intereses de los votantes del gobierno en cuestión. “Eso no lo hace nadie”, “Eso es lo que hacen todos”, “Todo el mundo sabe…” son expresiones que delatan a las falacias ad populum. Proposiciones de este tipo se esgrimieron en España para impedir la aprobación legal del matrimonio gay:
Esta ley no es buena porque ningún país del mundo tiene nada igual
El fallo argumentativo estriba en que el hecho de que no exista una norma semejante en ningún otro país no conlleva que sea mala; siempre hay alguna nación que da el primer paso en materias novedosas.
En las democracias, donde ganar las elecciones constituye para muchos políticos la meta suprema, es frecuente oír consideraciones de este tipo: A- Me molesta que tu partido haya dejado de defender la energía nuclear B- Tienes que comprendernos; no tiene sentido ser pro-nuclear cuando la mayoría del electorado está en contra de esta energía
Se trata de una respuesta basada en una consideración puramente oportunista: en lugar de argumentar basándose en las desventajas en sí de la energía nuclear apela a la opinión mayoritaria del electorado. No obstante lo dicho, las apelaciones a la tradición como único “argumento” no por falaces dejan de resultar persuasivas a quienes colocan el respeto a la costumbre por encima de cualquier consideración racional.
. Eufemismo Según la RAE, el eufemismo es la “manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante. Intento de saltar una expresión considerada tabú, de mal gusto o malsonante”. En función del contexto, pueden funcionar como sinónimos corteses y bienintencionados empleados con el ánimo de no herir susceptibilidades; aquí nos interesa su uso con fines persuasivos. Son, por así decir, los cosméticos, el maquillaje del lenguaje. En el habla cotidiana recurrimos a ellos para evitar expresiones malsonantes, y decimos “ir al servicio” (en lugar de defecar, orinar); “hacer el amor” (en lugar de coito); “material para adultos” (en lugar de pornográfico); “miembro viril” (por pene); “pasar a mejor vida” (en lugar de morir). En Gran Bretaña se solía emplear el refinado eufemismo “soltero empedernido” para referirse a caballeros de orientación homosexual. En el discurso periodístico los eufemismos proceden de los periodistas o de sus fuentes. En ambos casos persiguen idéntico objetivo: suavizar o dulcificar una realidad dura de digerir por el público: “Ajuste de plantillas” (por despidos masivos), “flexibilización laboral” (por precariedad laboral); “reajuste de precios” (por subida de precios), “limpieza étnica” (por “genocidio); “crecimiento negativo” o “desaceleración” (por depresión económica); “tercera edad” (por vejez); “larga y penosa enfermedad” (por cáncer) o “daños colaterales”, como llamaba ETA a la muerte causada por su atentado a la Terminal Cuatro. A los eufemismos en comunicación política se les denomina “lenguaje orwelliano”, en homenaje a la gran novela de George Orwell, 1984 , sobre la dictadura del Gran Hermano y su control total de la vida de sus ciudadanos. La lengua de esa sociedad, denominada “neohabla”, ha sido degradada a un cúmulo de eufemismos y expresiones falaces: el ministerio
como desahucio, desalojo, alzamiento y pérdida o privación de su vivienda”, palabras y expresiones deben de sustituirse por “ otras menos contundentes ”, y ponía el siguiente ejemplo: “el impago producirá los efectos previstos en la normativa”, para concluir: “se omitirá toda referencia a que será desahuciado, lanzado de su vivienda, privado de ella”. El periodista debe denunciar lo que esconden tales eufemismos. Distinto tratamiento merecen los eufemismos bienintencionados , tan en boga en el pensamiento políticamente correcto: “sub-fértil” por estéril; “invidente” por ciego; “tercera edad” por “anciano”; “minusválido”, término que a su vez era un eufemismo de “lisiado” y ahora es rechazado por los colectivos aludidos, que prefieren el de “discapacitado”; o el de “gay” en lugar de “homosexual” o “invertido” (términos con connotaciones de conducta patológica). Los periodistas emplean esos eufemismos a conciencia con el propósito de no estigmatizar a determinados colectivos.
. Analogía falaz Al igual que la comparación, la analogía, bien empleada, es un eficaz argumento del logos. Consiste en una doble comparación: A es a B como C es a D (A: B :: C: D); y su valor radica en que hace inteligible un hecho o fenómeno comparándolo con otro más familiar o conocido por el público con el que guarda bastante parecido. Decir que la sal (A) tenía en los tiempos antiguos (B) la función que el dólar (C) tiene hoy (D), ayuda a entender el valor de la sal como medida de cambio general y de amplia aceptación en sociedades que no conocían la moneda. De uso corriente en la ciencia, abunda en el periodismo de interpretación con fines aclaratorios o en el de opinión con fines persuasivos, pues posee la capacidad de persuadir al público de que transfiera el sentimiento de certidumbre que le inspira un objeto a otro del cual aún no tienen formada una opinión. Mal utilizada, puede convertirse en una falacia. La analogía falaz sobredimensiona las semejanzas superficiales entre los objetos comparados y minimiza u oculta sus considerables diferencias. El hecho de que A se parezca a B en ciertos aspectos no significa que se parezca en los demás aspectos. “Se establece cuando se consideran cosas o entidades que sólo lo son en apariencia pero que, examinándolo con un poco de lógica, son distintas y hasta contrarias. (Santamaría y Casals, 2000:139). Un ejemplo tomado del discurso económico utilizado comunemente con el propósito de justificar la austeridad presupuestaria:
La economía del Estado es como la de un hogar: no se puede gastar más de lo que se ingresa.
¿Por qué es falaz? Porque la economía de un Estado es muchísimo más compleja que la de una unidad aislada como un hogar. Un Estado puede emitir moneda para financiarse o emitir deuda pública, o aumentar los
impuestos o devaluar su moneda para reducir su endeudamiento, entre otras tantos recursos que no están al alcande de un hogar. Otro ejemplo tomado del debate suscitado hace unos años con motivo de la aprobación del llamado divorcio express y el matrimonio gay:
En la España de Zapatero los católicos están tan perseguidos como los cristianos de las catacumbas
La falta de asidero de la comparación es evidente. Por más motivos de queja que tuvieran los católicos españoles contra el gobierno de Rodríguez Zapatero, no se puede equiparar la situación del catolicismo en la España del año 2006, cuya iglesia goza de estatuto legal, recibe dinero del Estado, posee colegios y disfruta del derecho de predicar su doctrina religiosa incluso en los colegios públicos, a la época de las persecuciones del imperio romano, en donde el culto cristiano se veía forzado a la clandestinidad y sus fieles eran arrojados a los leones del circo. ¿Cómo se refuta esta falacia? Demostrando que no existe comparación entre los términos escogidos. Así le ocurrió al columnista de El País Arcadi Espada cuando, a propósito de la polémica en Holanda en torno al sexo del feto como causa justificada de aborto (se trataba de autorizar la interrupción del embarazo en caso de sexo femenino), atacó a quienes criticaban esa postura con la siguiente analogía: “¿Algún problema en que cada uno elija lo que cree mejor? ¿Algún problema en comprar el jamás más selecto de la charcutería? ¿Algún problema en limitar los tiránicos efectos del azar y del determinismo?”. Fernando Savater le replicó en el mismo periódico argumentando: “Ser padres no es ser propietarios de los hijos ni éstos son un objeto más que se ofrece en el mostrador”.
. Causalidad falaz La complejidad de las relaciones causales y el empeño por simplificarlas genera muchas falacias. Un error típico consiste en asignar una relación de causa/efecto a fenómenos correlacionados, cuando cualquiera de ellos puede causar al otro, o ambos tener una causa común o ser los dos efectos de una otra causa, o ser su correlación una coincidencia. Por añadidura, la correlación no establece automáticamente la dirección de la causalidad. Si A se correlaciona con B, puede que A cause B, pero también puede que B cause A. Muchos hallazgos médicos plantean asociaciones muy llamativas, que un redactor inexperto o ávido de titulares impactantes puede tomar por una relación causal, y publicar una noticia anunciando erróneamente la causa última del cáncer o la curación del Alzheimer. Examinemos la siguiente proposición:
Diez minutos después de beber el “Bitter contra el insomnio de la doctora Hartshorne”, me quedé profundamente dormido. Por lo tanto, el “Bitter de la doctora Hartshorne” me hizo dormir.
. Generalización falaz (o generalización apresurada): Al generalizar atribuimos a un grupo de cosas o personas una cualidad o conducta de algunos de sus miembros. Casi todas las generalizaciones son incompletas (generalizaciones completas del tipo “El sol siempre sale por el levante” son bien escasas), pero lo que diferencia a una generalización aceptable de una falaz es que la última se apoya en muy pocos casos. Un ejemplo puede valer de ilustración, pero se necesita muchos más que uno para apoyar una generalización. En periodismo existe la mala costumbre de echar mano de unos pocos incidentes aislados para defender la existencia de una tendencia social: dos o tres asaltos a chalés en una ciudad bastan para hablar de una “ola de robos”. Como expresa un dicho español: “porque una vez maté un perro, ya me llaman ‘mataperros’. Ciertamente, en la vida cotidiana muchas personas suelen basarse en unos pocos hechos ocurridos en su entorno para lanzarse a generalizar:
En mi barrio, todas apoyan a Marquínez para presidente. Por lo tanto, es seguro que Marquínez ganará.
Esa afirmación es débil porque un barrio aislado rara vez ofrece una muestra representativa del voto del conjunto de la población. A menudo necesitamos previamente información del contexto para poder evaluar un conjunto de ejemplos. Una manera práctica de verificar la validez de una generalización es preguntarnos si existen contra-ejemplos que la refuten. El “boca a boca” suele entrañar generalizaciones en base a unos contados casos. Los partidarios de las medicinas alternativas defienden estas terapias afirmando que conocen varias personas que experimentaron mejorías con ellas, sin especificar (posiblemente por ignorancia) cuántas personas no notaron en cambio ningún efecto. Otro ejemplo relacionado con la salud:
No creo que fumar sea realmente tan malo para la salud. Conozco bastantes fumadores empedernidos que han llegado a edades bien avanzadas en buenas condiciones físicas.
Ciertamente, hay fumadores que no desarrollan ninguna afección pulmonar o ligada al consumo de tabaco, pero la estadística indica que la gran mayoría acaba desarrollando diversas patologías ligadas a ese hábito. En la prensa se generaliza en demasía: a partir de dos o tres ejemplos se habla de un “nuevo fenómeno o tendencia social” (la generación X, por ejemplo), cuando en realidad reflejan un sector o práctica minoritaria. El recordado reportaje de El País Semanal sobre los “mileuristas” se basó en unas pocas historias, pero estaba respaldado por una estadística de las que se deducía que eran ilustrativas de una situación bastante extendida.
En el habla cotidiana se generaliza en exceso sobre las nacionalidades y grupos étnicos, y por lo general con efectos estigmatizantes (“los catalanes son tacaños”, “los italianos, embaucadores”, “los gitanos, ladrones”, “los andaluces, vagos” etc..). El acervo cultural machista descansa en un cúmulo de generalizaciones despectivas sobre las mujeres. Desgraciadamente, las generalizaciones falaces o estereotipos son el pan de cada día de los mensajes mediáticos. Desde el siglo XIX se viene invocando “al hombre de la calle” o al “ciudadano medio” para introducir de contrabando la opinión del editor o redactor. Lo advertía Walter Lippman cuando señalaba que la opinión pública se basaba en estereotipos, esto es, representaciones parciales e incompletas de la realidad. Estas esquematizaciones son muy cómodas para profesionales abocados a dar cuenta de lo novedoso de manera sucinta y comprensible, pero entrañan una pérdida de la riqueza informativa de los hechos presentados, de la cual el periodista debe ser siempre consciente. Para refutar esta falacia resulta eficaz un tipo de argumento del logos: el ejemplo en contrario ( conozco varias personas en tu barrio que no votarán a Marquínez, por volver al caso mencionado). El argumentador falaz puede insistir en su postura, aduciendo que se trata de una excepción, la excepción que confirma la regla. De ahí la importancia del periodismo de precisión: una investigación concienzuda puede demostrar que la mentada “ola de robos” no está fundamentada en las estadísticas delictivas y, por lo tanto, se trata de una serie de casos insuficiente para generalizar.
Falacia de petición de principio Del latín “Afirmar lo del principio”, incluye a la proposición a ser probada implícita o explícitamente entre las premisas. En pocas palabras: afirma aquello que precisamente se debe demostrar. Se trata de un tipo de argumentación circular en donde la proposición que debe ser probada se asume en una parte anterior. Se produce un círculo vicioso argumentativo o prueba en círculo, donde ambas proposiciones se amparan recíprocamente.
El opio produce sueño porque es soporífero ¿Por qué es soporífero? Porque induce al sueño.
No todos nosotros podemos ser famosos, puesto que no todos podemos llegar a ser bien conocidos
También se incurre en una petición de principio cuando se utiliza como premisa algo cuya verdad no está probada:
Todos los perversos han de ser castigados en este mundo o en el otro