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Pasado y futuro del comercio de marfil Introducción El comercio internacional de los productos de las especies en peligro de extinción, se calcula, es de $10,000 a $15,000 mi- llones al año. La mayor parte del comercio, como la venta de los productos de rinocerontes, pandas, tortugas y tigres, está prohibida parcial o completamente por la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies en Peligro de Extinción de la ONU (CITES), un organismo de la ONU establecido en 1973. Tal vez el animal más discutido que protege la conven- ción es el elefante africano. En respuesta a la baja, a la mitad, de la población de elefantes africanos entre fines de los años setenta y mediados de los ochenta, la CITES impuso en 1989 una prohibición absoluta sobre el comercio internacional de productos de elefantes africanos, principalmente el marfil. Con un fuerte apoyo de Estados Unidos, Europa y ciertos países de África Central y Oriental, la prohibición ha sido blan- co de fuertes críticas con argumentos de que ciertas naciones africanas con poblaciones estables o crecientes de elefantes de- ben tener la oportunidad de lucrar con el marfil existente. Sin darle un valor tangible al elefante africano, por medios como la venta del marfil, los oponentes de la prohibición piensan que la preservación de las especies en peligro de extinción se- rá víctima del descuido. En contraste, los defensores de la pro- hibición piensan que la anulación de las reglas vigentes trans- mitirá el mensaje de que ya no tiene importancia proteger al elefante africano, sosteniendo que ello llevará a resucitar los peores elementos del comercio internacional de marfil, inclu- sive el contrabando y la caza ilícita desenfrenados. Fuewres: Peter Fitemausice escribió este caso con la supervisión del profesor Michael R. Cainkota. Entre las fuentes figuran: “Africans Reach Accord on Ivory Trade”, The Washington Pose, 18 de abrál de 2000, A21; Lynne Duke, *Limited Trade in Ivory Approved”, The Washingron Pose, 20 de junio de 1997, A16; Guy Gugliota, “Hunting the Elephant in ALD's Budget”, The Washingson Posy, 18 de febrero de 1997, A11; Kevin A. Hil,"Conflicts over Development and Environmental Values: The International Ivory Trade in Zimbabwe's His- torkcal Context”, http//www.fiu.edu/-khilW elephant.htox Michael Satchell, 24 El debate culminó en junio de 1997 en una conferencia mundial de la CITES en Harare, Zimbabwe. Después de una semana de testimonios y tejemanejes de ambos bandos, se les concedió a Botswana, Namibia y Zimbabwe, donde vive más de una cuarta parte de los elefantes africanos y que son algunos de los países que más han logrado proteger a las po- blaciones de elefantes, el derecho a venderle a Japón, con es- trictas normas, 120 toneladas del marfil de sus bodegas. Aunque arreció de manera muy acalorada el debate sobre la prohibición en los meses previos a la reunión de la CITES, la decisión de permitir por corto tiempo una reanudación de las ventas de marfil, tras casi una década de suspensión, con el apoyo de más de 75% de los países integrantes de la CITES, llevó el debate a otro nivel. Los oponentes de la pro- hibición tienen renovadas esperanzas de que los países afri- canos merecedores una vez más puedan lucrar con uno de sus recursos naturales únicos. En el otro bando, los defenso- res de la prohibición temen que la CITES otorgue más ex- cepciones y que el mundo una vez más sea testigo de una gran reducción de la población de elefantes africanos. Antecedentes de una prohibición La desgracia del elefante africano son los colmillos. Los ele- fantes asiáticos tienen colmillos pequenos y han recibido en- trenamiento de los seres humanos desde hace más de 4,000 anos. Por otro lado, el elefante africano ha sido un animal silvestre. Su principal valor comercial durante siglos ha pro- venido de los colmillos de marfil. En 1930, de cinco a diez millones de elefantes vivían en las llanuras y selvas de África. “Save the Elephant Start Shooting Them” U.S. Nows 6+ Wirld Repore (25 de noviembre de 1996), 51; Ken Wells, “The Hot New Slogan in Africa Game Circles ls "Use lt Or Lose 17? The sreer Journal, 7 de enero de 1997, Al; “Saving the Elephant Nature's Great Masterpiece”, Economis, Lo. de julio de 1989, 15; “Tiger Economics” Rar Eastern Economic Review (agosto de 1993), 19. Cuando se realizó el primer censo confiable en 1979, sólo había 1.2 millones. El problema fundamental es que los ele- fantes necesitan mucho espacio para vivir y, en esta conexión, los seres humanos se han convertido en sus competidores di- rectos. Los lugares tropicales y subtropicales donde habitan los elefantes son precisamente donde la población humana se ha estado disparando con mayor rapidez, cuadruplicindose desde 1900, y convirtiendo más terrenos de los elefantes en tierras de cultivo, pastoreo y tala comercial. Con ha generalización de la inestabilidad económica y política en muchos paises africanos, en los años sesenta y se- tenta aumentó la caza ilegal de elefantes. Según las tradicio- nes, siempre se ha cazado a los elefantes de África como fuente de proteína y para eliminar los animales problemáti- cos. Pero con mayor frecuencia, han sido sacrificados con el afán de sacar ganancias del marfil. Los colmillos se transfor- 'maron en una moneda clandestina, como los alcaloides, lo que generó redes de corrupción desde las remotas aldeas hasta las ciudades de todo el mundo. En los años setenta, se disparó el precio del marfil. De repente, para el pastor o el campesino, el elefante ya no era un animal sino una fortu- na sobre cuatro patas, con un valor de más de una docena de anos de trabajo honesto. Para los gobiernos escasos de di- visas y los revolucionarios por igual, el marfil fue una fuen- te de financiamiento de armamento y pertrechos. En los años ochenta, África tuvo casi diez veces más la cantidad de armamento que una década antes, lo que alentó más la ca- za ilegal. El marfil se vendía a más de 100 dólares el kilogra- mo y todo mundo, desde guardabosques con bajo sueldo hasta ministros de alto nivel, se unió en las redes de la caza ilegal! La exportación de marfil sin labrar de África subió de 200 a 400 toneladas al año en los años cincuenta, y a cerca de mil toneladas en 1980, con un aumento de aproximada- mente 10% cada ano. En los años ochenta, el nivel de expor- taciones anuales varió entre 700 y 1,000 toneladas (véase la tabla 1). Tan fuertes exportaciones ocultan el verdadero im- pacto sobre la población de elefantes africanos. Para 1937, los cazadores habian acabado con la mayoría de los elefan- tes machos maduros y sólo quedaron para el comercio los colmillos pequeños de las hembras y crías. Por eso, a fines de los anos ochenta, una tonelada de marfil representaba a aproximadamente 133 elefantes muertos, en contraste con 54 en 1979, Al comienzo de los ochenta, se estimaba que había una población de 1.2 millones de elefantes en África, entre ellos 376,000 en Zaire y 204,000 en Tanzania (véase la figura 1). La caza ilegal se aceleró en los años siguientes y la población ca- yó aproximadamente a 600,000 en 1988: 103,000 en Zaire y a 75,000 en Tanzania. Para controlar la reducción de la pobla- ción, se estableció un sistema de cuotas de marfil en 1986 "Este corto relato de la situación cambiante del elefante africano son pasajes de Douglas H. Chadwick, “Out of Time, Out of Space: Elephants”, Mariona! Geographic (mayo de 1991). A | | rasta] 1 | Quién exporta el marfil TONELADAS EN TOTAL EXPOR- EXPOR- TACIONES 1986 TACIONES 1979-87 Burundi 20 488 Botswana D 53 Chad o m1 Rap. Centroafricana 19 1,136 El Conga 17 3917 Camerún 1 28 Kenya 2 131 Namibia 1 37 Somalia 61 105 Rep. de Sudáfrica 41 329 Sudán 78 1,452 Tanzania 70 653 Uganda 36 424 Zaire 23 540 Zambia 10 149 Zimbabwe 3 as Total (incluidos otros palses) 663 6,828 fuertes: "Saving the Elephant: Nature's Great Masterpiece", Economist (lo. de julio de 1989), 17; Wildlife Trade Monitoring Unit, London Environmental Economics Centre. bajo la CITES. Con el sistema, la CITES tuvo que autorizar to- das las exportaciones de marfil. En el primer año de opera- ción, se fijó una cuota global de 103,000 colmillos. Aunque es sumamente difícil hacer una estimación, los expertos con- cluyeron que los contrabandistas, que no se molestan por tramitar los permisos y están libres de las trabas de las leyes contra la caza ilegal que no se aplican, fácilmente vendían más de esa cantidad, y que algunos conservacionistas consi- deraban que era diez veces mayor de lo recomendable. Con el descenso de la población de elefamtes en los si- guientes dos años, se reunió la CITES en Suiza en octubre de 1989 bajo enormes presiones de imponer una prohibi- ción global total sobre el comercio de marfil y otros produc- tos del elefante. Cuando se contaron los votos de los más de cien países integrantes, los partidarios de la prohibición ha- bían obtenido una victoria muy significativa y emocionante. No obstante, un tercio de los países africanos a los que más afecta la prohibición, votó en contra. El acuerdo sólo regla- menta el comercio mundial de marfil y permite a los países integrantes optar por no observar ninguna sanción correspon- diente. Algunos países sudafricanos han optado precisamente por eso y siguen permitiendo la caza bajo reglas estrictas. No obstante, en el caso de los países que observan fielmente la prohibición, se ha diezmado el comercio de marfil y ha caído de manera estrepitosa el valor de este recurso natural en los países donde viven los elefantes. Los críticos proponen un método alternativo para preser- var al elefante, Sintetizada en el encabezado de un artículo so- bre el tema, publicado en primera plana del Wall Street Jowrtal de enero de 1997, la consigna “utilicelo o piérdaselo” ha lle- gado a ser el grito de batalla de los partidarios de la despe- nalización del comercio del marfil y los productos de otras especies en peligro de extinción. He aqui el argumento: muy pocas especies que les son tan útiles a los seres humanos lle- garon a estar en peligro cuando era posible comercializarlas. Cuando los europeos fueron a América del Norte, no hubo gallinas pero sí millones de palomas silvestres. Hoy, esa es- pecie es extinta, pero se sacrifican millones de gallinas todos los días. Según algunas personas, la razón es clara: la deman- da de gallinas asegura que sea rentable criarlas. Asimismo, no existe ningún peligro de que pronto a los seres humanos se les acaben las vacas, ovejas, patos o cabras. Los mercados son fuerzas irresistibles, sostienen, y la demanda genera la oferta. Existen vastas redes de contrabando debido a la creciente de- manda que los mercados no pueden satisfacer a causa de las prohibiciones. El problema de hoy, sostienen los críticos a las prohibiciones comerciales, es que las mayores restric- ciones sobre el comercio de marfil y otros productos seme- jantes amenazan con quitarle las ganancias a los comerciantes legítimos y hacer subir el precio y los incentivos para los cazadores que desobedecen la ley. Sin poder aprovechar el enorme valor de los elefantes, pocas personas de esos países se interesarán en las auténticas labores de preservación. “A menos que podamos hacer que la conser- vación de las especies silvestres sea rentable para todos los pueblos, no podremos salvar a los elefantes para las futuras generaciones”, dice Richard Leakey, conocido antropólogo y director de la administración de especies silvestres de Kenya. Algunas personas han propuesto un sistema regulador interna- cional, o una “Bolsa de Marfil”, que formaría un cartel de productores efectivo que permita el comercio abierto más limitado del marfil. Independientemente del argumento, un comercio legal de marfil reconocerá el valor económico del elefante y así generará un interés en su preservación de parte de las personas que viven en esas regiones y creará los mejores mecanismos para promover su preservación. Gon esta clase de comercio reglamentado, es necesario aplicar con rigor y firmeza las leyes contra la caza ilícita, un elemento absolutamente vital de la preservación. La combinación de comercio legal y la apli- cación estricta de las leyes contra la caza ilícita es el entorno en el cual el elefante tendrá las mejores posibilidades de so- brevivir a largo plazo, sostienen los críticos de la prohibición. Zimbabwe, Botswana, Namibia y Sudáfrica han tomado la delantera en el trabajo para hacer realidad tal propuesta. Sostienen que han establecido programas de conservación muy efectivos y que deben tener el permiso de lucrar con los elefantes. Cuando las comunidades pobres no pueden sacar ganancias, “[el elefante] se vuelve una molestia, la población comienza a despreciarlo y piensa que no puede beneficiarse de su sobrevivencia”, dice Peter Kunjelaz, director de la Sociedad de Especies Silvestres de Zimbabwe. El apoyo a la suspen- sión de la prohibición no “se opone al elefante tradicional en el parque nacional tradicional”, dice Kay Muis economista de la Universidad de Zimbabwe y especialista en caza. Mejor A dicho, esa posición reconoce que cuando el crecimiento de las poblaciones humanas impide la construcción de nuevos parques públicos y pone presiones sobre los existentes, los animales y sus protectores tendrán que asumir con mayor frecuencia los “verdaderos costos de su posición”. Gilbert Grosvenor, presidente de la sociedad National Geographic, dijo un ano después de la entrada en vigor de la prohibición: “Todos están de acuerdo en que los elefantes deben ganarse el sustento... ya pasó a la historia el elefante que anda libremente”. [val Historias de éxito en la preservación A menos que los países africanos administren bien la pobla- ción de elefantes y hagan cumplir las leyes contra la caza ¡li cita, nada de lo que hagan los demás países podrá influir en su sobrevivencia, dicen los críticos de la prohibición. En muchos países, los exploradores de caza reciben una paga bajisima, tienen equipo insuficiente y no se sienten motiva- dos a hacer bien su trabajo. Algunos exploradores hasta eli- gen unirse al otro bando. La tasa de disminución de elefan- tes no es constante en todos los países africanos. Algunos países donde viven los elefantes, en particular en el sur del continente, han administrado bien las poblaciones de estos paquidermos antes y después de la prohibición y hop, en- trentan excedentes a veces problemáticos. Hace poco, el fa- moso parque nacional Kruger de la República de Sudáfrica comenzó el primer programa de contraceptivos para elefan- tes a fin de controlar la enorme población de elefantes del parque. El parque se deshace de un promedio de 600 elefan- tes al ano, principalmente por medio de la selección, pero últimamente por medio de la reubicación, a fin de mante- ner la población por debajo de su capacidad de 7,500 ele- fantes. Sin ninguna intervención, la población del parque podría duplicarse en 15 años. La población de elefantes de Botswana está creciendo a un 5% al año y se estima que hoy es de 80,000, en com- paración con 20,000 en 1980 y 58,000 en 1989. “Son ele- fantes, no gallinas”, dice Ketumile Masire, el presidente de Botswana. “Muchos se están muriendo de hambre y en al- gunas zonas están destruyendo su propio hábitat. Tememos que causen danos permanentes al ecosistema. Quisiéramos reducir la población y comercializar el marfil”, dijo. La población de 70,000 elefantes es más del doble de la capaci- dad de Zimbabwe. “No es que estemos en contra de la preser- vación del elefante ni que no agradezcamos la ayuda del Occidente”, dice Jon Hutton, director del Africa Resources Trust. Los conservacionistas occidentales tienen que tomar en cuenta a los países como Zimbabwe, dice, “que tienen buenos programas para cuidar a sus elefantes”, Los gobiernos de esos países sostienen, con su ejemplo, que hay modelos efectivos de programas gubernamentales de preservación que no requieren la ayuda (o los impedi- mentos, según los argumentos de algunas personas) de una prohibición comercial. Señalan el ejemplo de Kenya, como un programa fallido de protección; este país, se podría argu- mentar, es el que más tiene en juego en la conservación del elefante debido a su gran industria de caza. Kenya penalizó h caza en 1976; desde entonces la población de elefantes ha caido a la mitad debido a la caza ilícita. [a] Ganancias = Protección Un elemento muy malentendido del problema es la antipatía absoluta que existe entre el animal y los agricultores y aldeanos africanos. En las palabras de Tony Prior, el asesor de política de recursos naturales para África de la Agencia para el Desarrollo Internacional (AID): “Los elefantes ocu- pan mucho espacio ecológico”. Un elefante puede consumir hasta 400 kilogramos de hojas y ramas al día y tiene un fuerte gusto por los campos de maíz. El efecto general es que los elefantes pueden diezmar la vegetación natural e inuti- lizar tierras valiosas. En Zimbabwe, un promedio de diez agricultores al año mueren pisoteados en la lucha por de- fender sus cultivos. Hace poco, una experta de Zimbabwe inventó un dispositivo parecido a un mortero que lanza botes de gas pimienta contra los elefantes que se aproximen. “Los elefantes son los consentidos del mundo occidental, pero son el enemigo número uno en Kenya. La enemistad del agricultor africano es tan instintiva como apasionada es a sensiblería occidental”, dice David Western, jefe del Ser- vicio de Especies Silvestres de Kenya. Cerca de 400 kenianos han muerto a causa de las especies silvestres, principalmente elefantes desde 1990. “En verdad dan pena esos agricultores”, dice Dourga Albert, un funcionario forestal de Camerún. “verlos llorar después de que los elefantes han destruido sus cultivos es como si les hubiera caído una plaga” La respuesta típica en las aldeas de todo el continente es que los aldeanos o los cazadores (con la solicita aprobación de los aldeanos) matan a los invasores merodeadores. No obstante, esta situación está cambiando en muchas zo- nas del sur del continente. Los aldeanos no sólo están toleran- do los daños a las tierras y la pérdida de cultivos sino que es- tán haciendo lo mejor que pueden para protegerse contra los cazadores. Este cambio repentino se debe a la proliferación de programas gubernamentales que otorgan licencias a las aldeas que permiten a los aldeanos o los cazadores que contratan a seleccionar una cantidad designada de elefantes cada ano. Por ejemplo, Zimbabwe tiene un programa llamado CAMPFIRE (Programa de Administración de Zonas Comunales por Re- cursos Nativos). El programa se formó el ano que entró en vi- gor la prohibición y su premisa operativa es que, para garan= tizar la sobrevivencia de los grandes animales de caza, tanto dentro como fuera de las reservas, las personas que compar- ten las tierras deben beneficiarse. Los participantes del pro- grama, por lo general aldeanos, pueden vender permisos con estrictos controles a los cazadores de grandes animales o selec- cionar los elefantes a fin de obtener cuero, colmillos o carne. Un solo elefante rinde a una comunidad de $20,000 a $50,000. El programa percibe aproximadamente $2,5 millones al año de la caza deportiva, lo que se reparte entre los 600,000 habi- tantes de las tierras comunales. En una aldea de Zimbabwe, los habitantes recibieron un pago anual de $25 cada uno, lo que es una cantidad importante, pues el ciudadano promedio tie- ne ingresos de $100 a $150 al año. Los ingresos del programa han financiado en la aldea dos molinos de harina, un sistema de agua y una pequeña escuela. En cuanto a la caza ilícita, Tawona Tavengwa, vocero de CAMPFIRE, dice que ha disminuido marcadamente desde el comienzo del programa en las zonas participantes. “Ahora a los aldeanos les conviene preservar las especies silvestres” En muchos casos, los aldeanos que habían dedicado sus tierras a la ganadería, un negocio de dudoso potencial económico en la región, se han animado a convertirlas de nuevo en tierras de caza. “Si se dedican las tierras de producción marginal a fi- nes productivos y prospera la caza, es una ventaja”, dice. El programa depende de una inversión multianual de $28 millones de la AID. “Es un proyecto de administración de re- cursos, no un proyecto de especies silvestres” dice Tony Prior, el supervisor del programa por la AID. La AID piensa que es- tá demostrando a la población que un medio ambiente con una administración eficaz es un recurso lucrativo y renovable. No obstante, la Humane Society estadounidense (que com- bate la crueldad a los animales) piensa que el programa es sólo un pretexto para permitir que la población lucre con los elefantes en peligro de extinción. Prior dice que la meta de CAMPFIRE es hacer que la población vea en las especies sil- westres y el medio ambiente fuentes de ingresos. “Queremos hacer de la preservación de la población silvestre un asunto de beneficio propio”, dice. En respuesta a la Humane Society y otros grupos de conservación que han lanzado acusaciones de mala administración y corrupción al programa, Prior res- ponde diciendo que los proyectos ambientales tardan en ma- durarse y la AID intenta “desarrollar las condiciones para el cambio a largo plazo”. La caza de los elefantes no es el proble- Ta, dice en conclusión, pues existe la amenaza de que “mue- ran 30,000 elefantes por la sequía”. Independientemente del debate, los aldeanos agradecen la oportunidad de compartir los beneficios de sus propios recursos. El programa ha operado grandes cambios en la al- dea de Mahenya. Anteriormente, los aldeanos odiaban al ve- cino parque Gonarezhou, porque el gobierno los expulsó hace 30 años para crear la reserva y les prohibió cazar los animales que los habían mantenido durante siglos. “Hoy apro- vechamos los conocimientos y la experiencia de nuestros ancianos para conservar la vida silvestre como en el pasado”, dice un aldeano. “Una vez más, los animales son parte de Tuestra vida. Se espera que CAMPFIRE, que se ha emulado en otros paises del sur del continente, reciba financiamien- to en el siglo XL a pesar de la campaña de algunos miem- bros del Congreso para abolir el programa. HA ¿Ecoimperialismo? A pesar de los argumentos y el intercambio de información y estadísticas, aquellos que piden la despenalización del comercio de marfil piensan que no deben tener que obtener el permiso de otros países para explotar sus propios re- cursos naturales. Una economista de caza de la Universidad de Zimbabwe dice que en el Occidente, donde no se conoce de