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CIVIL LOS CONTRATOS, Apuntes de Derecho Constitucional

Asignatura: Derecho constitucional I, Profesor: Alberto Anguita, Carrera: Derecho, Universidad: UJAEN

Tipo: Apuntes

2016/2017

Subido el 25/09/2017

cucucacacaca
cucucacacaca 🇪🇸

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37 documentos

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Laura Gallego

García

Alas Negras

A hriel- fenix_ tar inga.net

©Laura Gallego García, 2009. Ilustración de cubierta: Paolo Barbieri Editor original: fenikz (v1.0) ePub base v2.

Agradecim ientos En primer lugar, y como siempre, a Andrés, por su apoyo durante el proceso de desarrollo de esta novela. También, a Pablo, por sus lúcidos comentarios sobre el primer borrador y por todas las anotaciones al margen, que me fueron muy útiles. No podría olvidar a todos los lectores de Alas de fuego que deseaban poder leer algún día la continuación, especialmente a Alexia, por todo el cariño que ha demostrado siempre hacia esta historia y sus personajes. Y, por último, al equipo de la editorial Laberinto, que retomó este proyecto con mucha ilusión. Muchas gracias a todos por ayudarme a que Ahriel volviese a volar.

I. Consejo Ahriel no recordaba cuánto tiempo había pasado desde la última vez que sus ojos habían contemplado las blancas torres de Aleian, la Ciudad de las Nubes. El hogar de los ángeles. Aleian era pura, inmaculada y liviana como las alas de sus habitantes. Sus edificios, altos y esbeltos, parecían desafiar las leyes de la gravedad. Sus amplias calles, pavimentadas con bloques de mármol de la más perfecta blancura, desembocaban en anchas escalinatas, en plazas presididas por fuentes de aguas tintineantes, en pórticos sostenidos por elegantes columnas. Todo en Aleian invitaba a la calma y al sosiego, pues la Ciudad de las Nubes era para los ángeles mucho más que una urbe. Era el refugio con el que todos soñaban cuando se hallaban lejos, el lugar de reposo tras un largo vuelo, el santuario inviolable que los humanos jamás lograrían corromper. Porque Aleian era un sueño inalcanzable para todos aquellos incapaces de desplegar las alas y volar hasta él. Pese a llamarse la «Ciudad de las Nubes», Aleian no era en realidad tan ligera ni se había levantado sobre una pradera de cúmulos. Los ángeles la habían erigido en tiempos remotos en la más alta cima de la cordillera más inaccesible del mundo conocido. De hecho, Aleian se hallaba a tanta altura que el manto de nubes se extendía muy por debajo de ella. Por esta razón, todo cuanto podía contemplarse desde sus balcones y azoteas era un mar de niebla y nubes hasta donde alcanzaba la vista. Y la mirada de los ángeles llegaba muy, muy lejos. «Pero no ven el mundo en realidad», pensó Ahriel, mientras recorría la concurrida avenida principal, la que llevaba a la sede del Consejo Angélico. «Seguros en lo alto de su montaña, los ángeles se creen los reyes del mundo; piensan que lo dominan todo y que nada puede escapar a su aguda mirada. Pero las nubes les impiden contemplar lo que sucede a ras de suelo. Estamos demasiado lejos como para verlo». Probablemente, era el primer ángel que pensaba así en muchas generaciones; pero, si era consciente de ello, no le concedía importancia. Llegó por fin a su destino, un enorme edificio sostenido por blancas columnas. Bajo el arco de entrada, dos imponentes ángeles armados con lanzas custodiaban la entrada. No había nada que temer en realidad. En muchos siglos, nadie había tratado de atentar contra la sede del Consejo Angélico ni contra ninguno de sus miembros. Los únicos que podían alcanzar Aleian eran los propios ángeles, y el Consejo no tenía nada que temer de los suyos. Pero los ángeles guardianes seguían allí, quizá para subrayar la importancia del lugar, o tal vez como reliquia de un tiempo pasado en el que otras criaturas habían amenazado la paz de la ciudad. Ahriel no lo sabía, pero tampoco la preocupaba. Se detuvo al pie de la escalinata y los contempló dubitativa. Ellos la miraron con desconfianza. Probablemente, jamás habían recibido así a ningún ángel, pero Ahriel era diferente. Incluso aunque la historia de su fracaso en la educación de su protegida no hubiese llegado a los oídos de los guardias, era evidente que la recién llegada había pasado por algún tipo de experiencia difícil de imaginar bajo la clara luz de Aleian. Sus alas no presentaban la albura nívea que caracterizaba a las de los demás ángeles, sino que eran de un blanco sucio, desvaído; y, en lugar de alzarse con gracia y orgullo, parecían caídas, dañadas, tal vez, con una herida que jamás sanaría. Sus movimientos, pese a que aún no habían perdido la gracia angélica, eran mucho más bruscos y enérgicos de lo que sería deseable; casi, casi, más propios de una humana habituada a caminar que de una criatura alada que podía elevarse por encima de las nubes. Su gesto, duro, incluso hosco, contrastaba con los semblantes serenos, casi marmóreos, de los guardias. Y sus ojos…

fango de Gorlian se había tragado, quizá para siempre. —Solicitaste audiencia ante el Consejo Angélico —prosiguió Lekaiel—, y se te ha concedido. ¿Qué deseas? ¿Tal vez has regresado a Aleian para exponer ante nosotros tu versión acerca de lo que sucedió en Karish? No era una historia que Ahriel tuviese ganas de rememorar, por lo que se encogió de hombros —un gesto que algunos de los presentes contemplaron con reprobación— y respondió: —No hay mucho que contar. La reina Marla me mintió, me engañó y me traicionó. Con la ayuda de una secta iniciada en la magia negra creó una prisión de pesadilla en la que no solamente encerraba a los criminales, sino también a todo el que la estorbaba en sus planes de expansión imperialista. Descubrí su juego y me condenó a una vida penosa en Gorlian, pero logré escapar y acabé con ella. Y eso es todo. —¡Pero era tu protegida! —le reprochó otro de los miembros del Consejo, un ángel severo y circunspecto llamado Radiel. —Lo sé —se limitó a contestar Ahriel, y dejó que los ángeles sacasen sus propias conclusiones al respecto. —¿No tienes nada más que añadir acerca de Marla? —preguntó la presidenta. —No, Lekaiel. —Entonces, ¿no has venido a pedir perdón al Consejo por haber fallado? —Lo hice lo mejor que supe —replicó Ahriel—. Seguí el código en todo momento, y actué de buena fe. Si todo lo que sucedió fue culpa mía, y no de Marla, entonces ya he pagado por mi error entre los muros de Gorlian. Hubo un murmullo que Lekaiel acalló con una sola mirada. —Karish ya está en paz —prosiguió Ahriel—. Los karishanos han elegido rey al duque Bargod, hermano del difunto rey Briand, el padre de Marla. Es un hombre justo; vivía retirado en su castillo de las montañas, pero ha regresado para reorganizar el reino tras la desaparición de su sobrina. Puede que no viva mucho tiempo, pues su salud es delicada, pero se encargará de nombrar un sucesor adecuado. Confío plenamente en su criterio. —¿Igual que confiabas en el criterio de Marla? —inquirió Radiel, mordaz; pero Ahriel se limitó a devolverle una mirada penetrante y se dirigió de nuevo a Lekaiel: —A pesar de lo sucedido estos últimos meses, en la actualidad el reino cuya custodia se me encomendó ya está pacificado. Me encargué de ello personalmente antes de acudir a presentarme ante el Consejo. Porque no he venido a hablar del pasado ni a rendir cuentas de lo que ocurrió. Ya no se puede volver atrás ni cambiar lo sucedido. No; si he solicitado audiencia al Consejo se debe a otro motivo. —¡Qué arrogante! —murmuró otro ángel, alto y de rizado cabello castaño, de quien Ahriel sabía poco más que su nombre: Adenael. Lekaiel cerró un instante los ojos y volvió a abrirlos casi enseguida. Esa fue su única reacción. —¿Cuál es la razón, pues, por la que has solicitado audiencia? —quiso saber. Ahriel irguió un poco más las alas y paseó su mirada por todos los miembros del Consejo. Sus rostros permanecían serenos, pero sus ojos denotaban cierta indignación. Tan sólo uno de los ángeles se mostraba casi ausente, como si aquello no le interesara lo más mínimo. Se había recostado contra el respaldo de su asiento, de modo que su rostro permanecía en sombras. Todos los ángeles conocían la identidad de todos los Consejeros y, aunque Ahriel no pudiera verle la cara en aquellos momentos, por eliminación sabía que se trataba de Ubanaziel. Y Ubanaziel tenía una reputación bastante interesante. Ahriel sonrió para sus adentros. Había supuesto que al miembro más peculiar del Consejo no le interesarían los problemas políticos de un reino humano, aun cuando su soberana hubiese amenazado con resucitar la magia negra en el mundo. Sin embargo, lo que estaba a punto de revelar era una historia muy distinta. Tomó aliento y formuló su petición al Consejo Angélico, con calma, con seguridad y sin aspavientos: —Solicito permiso para abrir la puerta del infierno. Sobrevino un incrédulo silencio. Los miembros del Consejo permanecieron inmóviles como estatuas, como si la insólita demanda de Ahriel hubiese detenido el tiempo. Pero uno de ellos se inclinó hacia delante para observarla con atención.

Tal y como había previsto Ahriel, se trataba de Ubanaziel. Ambos se midieron con la mirada. Ubanaziel era viejo, mucho más viejo de lo que sugería su aspecto. Tenía la piel del color del ébano y una larga melena negra que llevaba recogida en multitud de pequeñas trenzas. Ahriel recordó los tiempos en que ella, como muchos otros jóvenes ángeles, había admirado a Ubanaziel hasta el punto de imitar su estilo y su curioso peinado. Pero lo que confería al Consejero aquel aura tan especial iba más allá de su aspecto. Tampoco tenía que ver con la larga cicatriz que surcaba uno de sus musculosos brazos, que llevaba siempre al aire, y cuya piel morena resaltaba poderosamente junto al blanco de su túnica. Era inevitable que aquella cicatriz llamase la atención, porque ni las heridas más profundas eran capaces de dejar marcas tan duraderas en la perfecta piel de los ángeles, maestros en el arte de la sanación. Pero la que desfiguraba el brazo de Ubanaziel no había desaparecido, y corría el rumor de que el resto de su cuerpo también estaba marcado de forma similar. Entre los ángeles había muchos que podían enorgullecerse de ser fieros luchadores, pero ninguno de ellos exhibía cicatrices de guerra. Se decía que las marcas de Ubanaziel eran indelebles porque habían sido infligidas por la espada de un demonio. Ésa era la leyenda de Ubanaziel, el Guerrero de Ébano, que ocupaba un asiento en el Consejo Angélico — aunque él jamás buscó ese honor, ni parecía especialmente contento con él— porque era el único ángel que había visitado el infierno y había vuelto para contarlo. Y no eran las cicatrices, comprendió de pronto Ahriel, ni su gesto severo, ni las historias que se contaban sobre él, ni su peculiar personalidad, tan diferente de la de los demás Consejeros; ni mucho menos, su peinado. Eran sus ojos. En la mirada de Ubanaziel, Ahriel detectó algo dolorosamente familiar: la huella que había dejado en su alma un pasado lleno de sufrimiento. Ella sabía de qué se trataba, pues había visto algo similar en los ojos de los prisioneros de Gorlian, y tenía la sospecha de que ese dolor se veía reflejado también en su propia mirada. Nunca la había preocupado, ya que hacía ya tiempo que sabía que ella no era un ángel como los demás, que su paso por Gorlian la había cambiado para siempre. Porque los ángeles no entendían de dolor, no conocían el verdadero significado de la angustia y el sufrimiento, y, hasta ese momento, Ahriel se había creído única y especial por haberlo experimentado. Pero los ojos de Ubanaziel también hablaban de ese conocimiento. Se preguntó qué habría visto en el infierno, y si las cicatrices de su cuerpo eran reflejo de las que laceraban su alma. Si no eran tan diferentes… si Ubanaziel era el único, entre todos los Consejeros, y, probablemente, entre todos los ángeles, capaz de comprender lo que Ahriel había sufrido en Gorlian… tal vez apoyaría su petición ante el Consejo. —¿Cómo has dicho? —preguntó entonces Lekaiel, repuesta ya de la sorpresa—. Me temo que no te he oído bien. —La has escuchado perfectamente —gruñó Ubanaziel, despegando los labios por primera vez—. Esta loca pretende abrir la puerta del infierno. Su voz era seca, dura, y desprovista del armonioso timbre angélico. Ubanaziel tampoco había sido nunca muy diplomático; decía las cosas tal cual las pensaba, y ello había ocasionado problemas al Consejo en más de una ocasión. Por fortuna para Lekaiel y los demás, había pocos asuntos que mereciesen el interés del Guerrero de Ébano. Sin embargo, estaba claro que sí tenía mucho que decir acerca de aquella petición. —Tenía la esperanza de que Ahriel no hubiese recapacitado bien antes de hablar —replicó Lekaiel, con voz gélida—. Porque, aunque yo no lo habría expresado en esos términos, está claro que abrir la… puerta del infierno… es… —Un desatino —cortó Ubanaziel—. La respuesta del Consejo es no, y no hay más que hablar. Probablemente los otros ángeles estaban de acuerdo con él en cuanto al fondo, pero Ahriel detectó que no les gustaba que Ubanaziel hablara por todos ellos, y menos de forma tan rotunda. Hubo murmullos, que Lekaiel acalló con un solo gesto. —Dado que todos tenemos claro que resulta una medida tan… excesiva… —matizó, todavía con frialdad—,

—Comprendo —murmuró Radiel, tras un breve silencio. No era toda la verdad, pero, por el momento, bastaría. En realidad, para escapar de Gorlian había que conocer el lugar exacto donde se ubicaba la única entrada y salida, oculta en una caverna en el pico más escarpado de la Cordillera. Aun así, a Ahriel le habían inmovilizado las alas al arrojarla a la prisión, y sólo había logrado huir de ella porque a Marla se le había antojado, meses después —años, según el tiempo distorsionado de Gorlian—, que la necesitaba en el mundo exterior para invocar al Devastador. Por ello había enviado a uno de sus agentes infiltrado en un grupo, encabezado por la princesa Kiara, ahora soberana de Saria, que tenía como objetivo rescatarla. Sin las indicaciones del traidor —Ahriel se negaba incluso a evocar su nombre, tal era la rabia que le producía su simple recuerdo— jamás habrían dado con la salida. «Y no llegué a sospechar nada en ningún momento», se dijo, abatida. «Estaba tan cegada por la sed de venganza que no me di cuenta de cuáles eran sus intenciones hasta que fue demasiado tarde». Pero aquello era demasiado doloroso y personal como para que quisiera compartirlo con el Consejo. Naturalmente, y aunque ningún humano podría apreciarlo a simple vista, la ligera desviación anormal que presentaban sus alas podía indicar a cualquier ángel que había sufrido una lesión en ellas, una lesión que podría haber afectado a su capacidad de vuelo. Pero nadie le preguntaría al respecto. La idea de que un ángel pudiese quedar encadenado a tierra resultaba tan terrible que evitaban pensarlo siquiera. No poder volar… era un castigo tan espantoso para un ángel, tan atroz e inimaginable, que no valía la pena atormentarlos relatándoles su experiencia. Por un breve instante disfrutó con la visión de Lekaiel y Radiel transformando su expresión marmórea en un gesto de horror, y jugueteó con la idea de turbarlos relatándoles sus vivencias en Gorlian con todo lujo de detalles. Pero sabía que no iba a hacerlo; como Reina de la Ciénaga, había sido dura y despiadada, pero todavía no era tan cruel. Se preguntó, sin embargo, qué cara pondría Ubanaziel si se decidiera a contarlo. Y se sorprendió cuando, al mirar al Consejero, descubrió en sus ojos una mirada tan penetrante como si le hubiese leído el pensamiento… una mirada muy parecida a la que lo había visto dirigirle en su imaginación. Incómoda, se preguntó si sólo él, de entre todos los ángeles, había adivinado que, durante años, la habían privado de la capacidad de volar. Un ave con las alas rotas. Un espanto. Una criatura desgraciada y miserable. Más que una humana, pero menos que un ángel. Sí; ésa era otra de las cosas por las que Marla tendría que rendirle cuentas cuando se reencontrasen, aunque fuera en el corazón del infierno. —He buscado esa bola de cristal en todos los lugares imaginables —prosiguió—, para liberar a los inocentes que permanecen encerrados en ella y destruir esa prisión para siempre —no tuvo que imprimir convicción en sus palabras; sus propios sentimientos al respecto se derramaban sobre ellas, como un turbulento río de ira—. Pero no me queda más remedio que admitir que, sin las indicaciones de Marla, es como buscar una pluma en un vendaval. Necesito interrogarla al respecto. Necesito arrancarle la verdad. —Y por eso quieres ir al infierno a buscarla —murmuró Lekaiel. Ahriel asintió. —Me siento responsable por toda esa gente. Estuve tan cerca de ellos y no pude ayudarlos. Y luego los dejé atrás al escapar. Mi misión en Karish no se habrá completado hasta que no solucione el problema de Gorlian. —Tu misión en Karish consistía en asegurarte de que Marla se convirtiera en una gobernante recta y justa — replicó Didanel, la más joven de los Consejeros, con ojos centelleantes. —Lo sé; y por eso debo ser yo quien solucione los problemas del reino que estaba a mi cargo. Además, no se trata sólo de Gorlian. —Ahriel tomó aliento; si el argumento que iba a proponerles a continuación no los convencía, nada más podría hacerlo—. He buscado también señales de la secta que corrompió a Marla, pero ocultan bien sus huellas y no he sido capaz de localizarlos. Me propongo interrogarla también al respecto. Creo que es importante que demos con ellos y arranquemos el problema de raíz, antes de que se hagan más poderosos y extiendan su negra mano por otros reinos. Los rostros de los Consejeros no variaron un ápice, pero Ahriel detectó un brillo de alarma en sus ojos, y supo que estaba ganando la partida.

—Y, si tan importante es, ¿por qué razón deberías ser tú quien se ocupara de ello? —interrogó Radiel. —Porque ya he tratado con ellos y he visto su obra. Los conozco. Y porque todo esto ha sucedido en Karish y es, por tanto, mi responsabilidad. —Se le debe dar una oportunidad para enmendar su error —asintió Lekaiel. —¿Permitiéndole abrir la puerta del infierno? —dijo Adenael. —Si no existe otro modo… —Existen muchos otros modos, Lekaiel. Por muy bien que se hayan escondido esos humanos, tienen que haber dejado huellas en alguna parte. Si dedicáramos más tiempo a investigar… —¡Pero es que no tenemos más tiempo! —exclamó Ahriel, y los Consejeros se volvieron hacia ella, sorprendidos y molestos por su osadía—. No lo tenemos —repitió ella, en voz más baja—. Los días en Gorlian no transcurren a la misma velocidad que en el exterior. En este rato que hemos estado hablando, sus prisioneros han sufrido su encierro durante días, puede que semanas. Si nos demoramos más, transcurrirá años, o incluso décadas, antes de que los rescatemos. Muchos inocentes sufrirán y morirán antes de que eso suceda. —Pareces muy preocupada por la suerte de esos criminales —observó Lekaiel. —No todos son criminales —murmuró Ahriel—. Pero, incluso aunque lo fueran, los niños engendrados y nacidos en Gorlian no merecen ese destino. No tienen por qué pagar por los errores de sus padres. —Si los criminales contuvieran su lujuria, no nacerían criaturas en ese lugar —gruñó Radiel. —Estamos hablando de humanos —señaló Ahriel—. Es demasiado pedir que sepan contener su lujuria. Naturalmente, no añadió que las cosas eran mucho más complejas, y que no se trataba de una simple cuestión de lujuria. Ella lo sabía muy bien. Sin embargo, conocía de sobra el concepto que los ángeles tenían de los humanos, y que aceptarían como válido aquel argumento. Los Consejeros comentaron el caso en voz baja hasta que Lekaiel los hizo callar con un gesto. —¿Has terminado ya de exponer todos los aspectos de tu petición, Ahriel? —preguntó. —Sólo me queda insistir en una cosa —dijo ella—. Recordad, por favor, que lo que esa secta ha logrado requiere el dominio de magia negra muy avanzada. Que, igual que han seducido a una reina protegida por los ángeles, podrían embaucar a muchos humanos más. No sabemos hasta dónde ha llegado su influencia, pero es necesario… es imprescindible —recalcó— detenerlos antes de que sea demasiado tarde. Está en juego el equilibrio del mundo. Recordadlo, Consejeros, antes de tomar vuestra decisión. Ahriel calló, dejando que sus palabras calaran en ellos. Como no añadió nada más, Lekaiel dijo: —Bien; Ahriel solicita abrir la puerta del infierno para encontrar e interrogar a la reina Marla acerca de la suerte de esa prisión tan terrible de la que nos ha hablado y, al mismo tiempo, averiguar más cosas sobre esa secta que pretende resucitar la magia negra. Debemos valorar si todos los riesgos potenciales de esa incursión superan los beneficios que pueden derivarse de la misma o si, por el contrario, la suerte de los humanos de Gorlian y la información acerca de la secta no son asuntos que merezcan llevar a cabo una acción tan peligrosa. Y ahora, Consejeros, pronunciémonos sobre el particular. Ahriel esperó mientras ellos cerraban los ojos y meditaban al respecto. Unos instantes después, Lekaiel volvió a hablar. —¿Y bien? ¿Estáis a favor de concederle a Ahriel su petición? La propia Lekaiel no podía participar en las votaciones, salvo cuando alguno de los miembros del Consejo no estaba presente. De este modo, había tan sólo siete votos útiles, por lo que no era posible que se diera un empate. Ahriel aguardó. Entonces, una mano se alzó, y después otra, y otra más. Tres votos a favor. Ahriel respiró hondo. —Bien… —empezó Lekaiel, pero se interrumpió cuando un cuarto brazo se alzó, con energía, apoyando la petición. La Presidenta se quedó mirando a su dueño, perpleja—. ¿Ubanaziel? —pudo articular. El Guerrero de Ébano se puso lentamente en pie. Su presencia era tan imponente que los presentes no tuvieron más remedio que prestarle toda su atención.

—Gracias, Lekaiel. Gracias, Consejeros. Que la Luz y el Equilibrio continúen brillando sobre vosotros. Después, dio media vuelta y salió de la sala, sintiendo en su nuca la penetrante mirada del Guerrero de Ébano. Una vez fuera, buscó el abrigo de una glorieta que se abría sobre un impresionante acantilado y se asomó a la balaustrada para pensar. Sabía que los Consejeros aún hablarían del asunto durante un rato más, y que tendría que esperar a que la mandaran llamar para hablar de los detalles de su expedición. No estaba segura de que su entrevista con el Consejo se hubiera desarrollado satisfactoriamente. Para ser sincera, ni siquiera tenía una idea clara de lo que quería o esperaba cuando se presentó en Aleian para pedirles audiencia. Quizá la aprobación de sus semejantes, o tal vez su rechazo, algo que la reafirmara en su determinación de hacer lo que consideraba correcto, pesase a quien pesase. Pero sí tenía claro que en ningún momento había imaginado que el mismísimo Ubanaziel se ofrecería voluntario para acompañarla. Tenía que reconocer, de todos modos, que eso no tenía nada de sorprendente. El Consejero era impredecible, todos lo sabían. Su mirada vagó por el océano de nubes que se extendía a sus pies, mientras trataba de dilucidar si la compañía impuesta de Ubanaziel sería una ventaja o un inconveniente. «Terminará descubriéndolo todo», pensó. «Pero, con un poco de suerte, tal vez no le importe. Quizá…». —Ahriel —dijo tras ella una voz grave, sobresaltándola. Se volvió, justo para encontrar frente a ella el rostro, serio e impenetrable, del Guerrero de Ébano—. Sospechaba que te encontraría aquí. Es un lugar bastante apartado y solitario. «¿Por qué presupone que me gusta estar sola?», se preguntó ella, algo molesta. «¿Acaso porque soy diferente? ¿Cree que rehúyo a los otros ángeles como si estuviese apestada?». —Pensaba que las deliberaciones se alargarían bastante más —respondió, sin embargo. —No había mucho más de que hablar —replicó él, encogiéndose de hombros—. Al menos, no con ellos. Pero debía decirte algo antes de emprender el viaje. Y debía decírtelo a solas. Ahriel se las arregló para componer una cierta expresión hermética, pero su corazón se aceleró un poco, alerta. —Debes saber —prosiguió Ubanaziel— que, si he accedido a acompañarte, es porque sé que ibas a abrir la puerta del infierno de todos modos, con nuestro consentimiento o sin él. La sorpresa que se pintó en el rostro de Ahriel fue absolutamente genuina. —Yo no… —Por favor —la interrumpió él, moviendo la mano con cierto gesto ofendido—. Quizá sepas mentir con cierta facilidad, pero no voy a ser yo quien te fuerce a hacerlo, así que te recomiendo que no lo intentes, no conmigo. Probablemente pienses que el hecho de pedir autorización al Consejo basta para que creamos que tienes en cuenta nuestra opinión, pero yo sé que no es así. Quién sabe qué retorcidas razones te han traído hasta aquí hoy, Ahriel; pero tú y yo sabemos que no necesitas nuestro permiso ni nuestra aprobación para hacer lo que estás planeando. Tus palabras decían una cosa, pero tu mirada te traicionaba. Lo que has hecho hoy ha sido advertirnos de tus intenciones, no solicitar nuestro beneplácito. Por eso, porque pienso que nadie va a detenerte, voy a acompañarte. Porque no sabes dónde te metes, niña, y no cambiarías de idea ni aunque el Consejo en pleno rechazase tu petición. Eres obstinada, Ahriel, y eso, aunque ahora no lo creas, puede volverse en tu contra. Ahriel callaba. No tenía sentido negar que era así. —Lo segundo que tenía que dejar claro —continuó él—, es que, aunque probablemente creas honradamente en las razones que has expuesto allí dentro, yo sé que tienes otro motivo para ir al infierno, un motivo que no has querido desvelarnos. Sé que no haces esto por responsabilidad, ni por altruismo. Lo haces por razones personales, razones poderosas que aún desconozco. Cuando hablabas de los prisioneros de Gorlian he leído la angustia en tus ojos; no dudo de que quieres rescatarlos, pero estás sufriendo por alguien en concreto, Ahriel, y es por ese alguien por quien estarías dispuesta a arriesgarlo todo. También sé que Marla no te es indiferente. La odias, y aún deseas vengarte por todo lo que te hizo. Eres obstinada y arrogante, y te consumen la desesperación y la sed de venganza. La gente como tú es presa fácil de los demonios. No durarías ni dos segundos en el infierno. Ahriel no se molestó en responder. Entornó los ojos y dejó que Ubanaziel leyera en su mirada lo irritada que se sentía, ya que, al parecer, sabía hacerlo tan bien. El Consejero sonrió, y fue una sonrisa torva y torcida, impropia de

un ángel. —No sé qué hay en Gorlian que eches tanto de menos, ni me importa —concluyó—, pero has de saber que no voy a permitir que tus sentimientos nos lleven a todos al desastre. Por eso voy a acompañarte. Porque no tienes ni idea, no sabes a qué te estás enfrentando ni lo que implica abrir la puerta del infierno y tratar con demonios. Porque no quiero despertarme una mañana y volver a ver el cielo cubierto de alas negras. ¿Me he explicado bien? Ahriel le devolvió una media sonrisa, un tanto feroz y bastante inquietante. La clase de sonrisa que habría desconcertado a Lekaiel y habría hecho desconfiar a los demás miembros del Consejo, porque reflejaba mucho de lo que había en el fondo de su alma. La había ocultado ante los demás ángeles, pero había comprendido que no tenía sentido fingir frente a Ubanaziel. Porque él la estaba obsequiando con una sonrisa semejante. —Te has explicado con total claridad, Consejero —respondió ella, con placidez.

—Déjalo, pichón; ya es demasiado tarde para esto. Gracias a tus cuidados he vivido mucho tiempo, más del que me correspondía. Pero no soy eterno, y ambos sabemos que ha llegado mi hora. Por eso, y antes de que sea demasiado tarde, quiero pedirte algo. Jura por todo lo más sagrado que lo cumplirás. El muchacho, inquieto ante el brillo febril que se encendió de pronto en la mirada del anciano, inquirió: —¿De qué se trata, abuelo? —¡Júralo! —insistió él, y su voz se quebró en un arranque de tos que amenazó con partirlo en dos. —¡Está bien, está bien, lo juro! —se apresuró a responder el chico, alarmado. El abuelo se calmó un poco, se recostó sobre el jergón y respiró hondo un par de veces. Zor se estremeció al escuchar el silbido que hacía el aire al entrar en sus pulmones. —¿Qué es… lo que tengo que hacer? —se atrevió a preguntar, en un susurro. El anciano lo miró con ojos cansados. —Lo que tienes que hacer —respondió, con un suspiro— es marcharte de aquí. —¿Marcharme de aquí? ¿Buscar otra cueva, quieres decir? Pero su abuelo sacudió la mano con impaciencia. —No, no, no. Marcharte de aquí. Del Desierto. Y quizá algún día, pichón, puedas volar lejos, muy lejos… fuera de Gorlian, tal vez. «Está delirando», se dijo el muchacho. No existía nada más allá de Gorlian. Pero había jurado que cumpliría su promesa, y lo que había más allá del Desierto eran la Cordillera y la Ciénaga. El corazón le dio un vuelco. ¿De verdad pretendía su abuelo que abandonara su hogar para irse a explorar aquel lugar de pesadilla? —¿Quieres decir… me estás pidiendo… que vaya a la Ciénaga? Pero, abuelo, tú siempre has dicho… —No importa lo que yo siempre he dicho —cortó el viejo—. Ahora ya no. Escúchame de una vez y deja de interrumpirme. Tienes que irte de aquí, dejar atrás el Desierto, cruzar la Cordillera y adentrarte en la Ciénaga. Y buscarla a ella. Y, esta vez sí, el corazón de Zor se encogió de terror. —¿A ella? ¿A la Reina de la Ciénaga? —preguntó, y su voz sonó parecida al chillido de un ratón. —A ella , sí. Cuando yo muera, ve a verla, y cuéntale lo que ha pasado, y que te has quedado solo. Dile que te envía Dag, el viejo Dag. Eso debería bastar. Zor tragó saliva. Su abuelo jamás le había revelado su nombre hasta aquel momento. Para él, siempre había sido «el viejo» o «el abuelo». —¿Lo recordarás? —Dag, el viejo Dag —repitió él, con voz temblorosa. —Bien —aprobó el anciano—. Pero escúchame, porque esto es importante: ¿te acuerdas de todo lo que te he enseñado acerca de no dejarte ver, y de no hablar con nadie? Zor asintió débilmente. —Pues eso sigue en pie, no lo olvides nunca. Cuando te vayas, llévate tu capa y la de repuesto, y no las pierdas por nada del mundo. No hables con nadie, no dejes que nadie te vea. Nadie, salvo ella. —¡Pero me matará! —objetó el chico, presa de pánico. Los labios del abuelo se curvaron en una torva sonrisa. —No, no te matará, muchacho, si eres inteligente y sabes presentarte ante ella en el momento adecuado: a solas. ¿A solas con la Reina de la Ciénaga? Incluso ahora, tiempo después de la muerte de su abuelo, y pese a que ya había tomado su decisión, el joven seguía estremeciéndose de puro terror cada vez que pensaba en ello. No era para menos; desde que podía recordar, el anciano siempre le había hablado de la Señora de Gorlian como de la criatura más peligrosa que jamás había pisado aquellas tierras. Peor que los asesinos, que todos los criminales juntos, peor incluso que los engendros. Para el muchacho, la Reina de la Ciénaga era el más temible de los monstruos que poblaban su mundo. ¿Cómo pretendía ahora que fuese a visitarla, como si nada? Zor habría sido capaz de romper su promesa, se habría justificado a sí mismo pensando que aquella absurda petición eran sólo los delirios de un moribundo, si no hubiese sido por algo que su abuelo dijo justo después de

obligarlo a hacer aquel juramento. —¿Y qué se supone que debería decirle? —había preguntado el chico, todavía conmocionado. Y entonces, su abuelo le había dirigido una misteriosa sonrisa. —Nada, pichón. Lo que deberías preguntarte es, más bien, qué es lo que ella tiene que decirte a ti. —¿Ella? ¿Decirme, a mí? —repitió Zor, sin salir de su asombro. —Lo que tiene que contarte… —murmuró él, cerrando los ojos—, es muy, muy importante… Me ordenó en su día que no te lo dijera… y por eso te he mantenido alejado de ella… pero ha llegado la hora… —¿La hora de qué, abuelo? ¿Qué es lo que tiene que contarme? Sin embargo, el anciano sólo fue capaz de musitar de nuevo: —… júralo… Y cayó en un profundo sopor, del que ya no llegó a despertar. Al día siguiente, estaba muerto. Zor lloró amargamente la pérdida de la única persona que lo había acompañado durante toda su vida. Cavó una tumba y allí lo enterró, porque eso era lo que él había querido. Después, pasó el resto del día sentado a la sombra de un peñasco, con los brazos en torno a sus rodillas, pensando. Aún tardó una semana más en decidirse a partir. No era que hubiese perdido el miedo a la Reina de la Ciénaga, ni tan siquiera que deseara fervientemente hacer cumplir la última voluntad de su abuelo. Se trataba de que, incluso en sueños, los ecos de aquella última pregunta que había quedado sin responder seguían atormentándolo: «¿Qué es lo que tiene que contarme? ¿Qué tiene que decirme a mí la Reina de la Ciénaga?». —Esto es absurdo —se dijo a sí mismo aquella mañana, en lo alto del promontorio—. Me voy a jugar la vida por los desvaríos de un viejo… Se le quebró la voz. Su abuelo había sido mucho más que un viejo. Había sido toda su familia. Todo lo que tenía. Y empezaba a sospechar que, si se había esforzado tanto en tratar de que la Reina de la Ciénaga figurara en sus peores pesadillas, no se debía a que fuera realmente tan peligrosa, sino por miedo a que ella le revelara antes de tiempo aquel secreto que se había llevado consigo a la tumba. «Pero ¿y si no es así? ¿Y si de verdad estaba delirando?», se preguntó, una vez más. Respiró hondo. La otra alternativa era pasar el resto de su vida en el desierto, solo. Y la soledad ya le pesaba. Apenas cinco días después de la muerte de su abuelo ya gritaba al eco en lo alto de las peñas y hablaba con los insectos. Cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, fue aún más consciente que antes de lo mucho que había significado su abuelo para él. De modo que había partido, dando la espalda a su vida anterior. Había cruzado el Desierto, primero, y la Cordillera, después, y había llegado al margen de la Ciénaga. Hasta allí, era un camino conocido. Más allá, sin embargo, todo sería nuevo. Pero no dejaba a nadie atrás, nadie que lo esperara o lo echara de menos… así que sólo le restaba seguir adelante. Con un suspiro de resignación, empezó a descender por la pendiente. Se internó en la Ciénaga con una precaución que rayaba en la paranoia. En los márgenes del pantano se había sentido tranquilo y seguro de sí mismo. Había crecido aprendiendo a ocultarse, a fundirse con la niebla, a ser una sombra que sólo podía llegar a atisbarse por el rabillo del ojo. Porque sabía que, a la menor señal de peligro, podía dar media vuelta y correr a ocultarse entre los peñascos de la Cordillera y, más allá, entre las dunas del Desierto, a donde nadie iría nunca a buscarlo. Pero aquel día, a medida que avanzaba por la sombra de los árboles del fango, tanteando paso a paso el barro que pisaban sus pies, esa sensación de seguridad se esfumaba con rapidez. Reprimió un ataque de pánico cuando el lodo le llegó a la rodilla, y se obligó a sí mismo a respirar hondo y tranquilizarse. Volvió la vista atrás. No fue capaz de distinguir ya la orilla. Si surgía algún peligro, no podría correr a refugiarse en su territorio, no con la suficiente rapidez. No había vuelta atrás. El día fue largo y agotador. No tuvo problemas para pescar peces del fango, pues había aprendido a hacerlo desde que era muy niño. Sin embargo, pronto descubrió que algo tan sencillo y cotidiano como encender una