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Asignatura: Antropologia i Filosofia de l'Educacio, Profesor: Josep Maria Asensio, Carrera: Pedagogia, Universidad: UAB
Tipo: Apuntes
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“Hace poco fui profesor-tutor de un grupo de alumnos de cuarto de la ESO. Era, para decirlo de una forma fácil de entender para la mayoría de los profesores de cualquier centro docente, ‘el grupo difícil’. Alumnos con dificultades de aprendizaje y algunos con problemas conductuales. Uno de estos alumnos era Soufiane, alumno magrebí, repetidor en tercero de la ESO, y que al tener ya los 16 años podía finalizar la educación obligatoria, si así lo decidía. Durante los primeros dos meses del curso, el comportamiento de Soufiane no había sido del todo correcto (había tenido problemas con más de un profesor). Se mostraba distante, chulesco y con pocas ganas de trabajar y sacarse el graduado escolar (objetivo principal para este grupo-clase). Aunque logré hablar con él en dos o tres ocasiones en las denominadas tutorías individuales para intentar conocer la razón de su comportamiento y de su desgana a la hora de estudiar, no obtuve ningún resultado positivo de esos encuentros. Ni una palabra. Un día por la tarde, sin embargo, Soufiane vio cómo yo marchaba tarde del instituto, mientras él acababa de jugar un partido de fútbol con otros compañeros. Con tono chulesco me dijo: “ Profe, ¿me llevas a casa en coche o qué? ”. Sin pensarlo dos veces, le dije: “ Ok, sube; ¿dónde vives? ”. Soufiane vivía en la otra punta de la ciudad (unos 45 minutos a pie) y quizás en ese nuevo clima de proximidad y confianza que afloraba en esa ocasión (¡él nunca habría imaginado que le quisiera llevar a su casa en coche!) abrimos el tema de su comportamiento y trabajo escolar. En aquel momento, el alumno “se abrió”. Me dijo que no tenía ganas de hacer nada porque en su casa no le valoraban nada de nada; que su padre tan sólo se dirigía a él para darle alguna bronca, que no lo tenía en cuenta para nada y que no se interesaba por él (“¡no sabe ni qué curso hago!”), y que todo eso le desmotivaba mucho. “Una vez llego a casa —me dijo—, ¿qué ganas tengo así para abrir la libreta y ponerme a estudiar? ¿Para quién? ¿Quién me lo valorará?”. Todo eso me lo decía con lágrimas en los ojos. Se sentía impotente. Le toque la espalda y le estimulé con el fin de que viera que había de trabajar para él, que el graduado escolar le permitiría abrir puertas laborales y educativas. Le propuse que los viernes —el único día que comenzamos a las nueve de la mañana en el instituto— podía venir una hora antes y que me tendría disponible para responderle todas las dudas; que podría contar conmigo. Que yo, de la misma manera que le daría ‘un toque’ cuando su comportamiento no fuera el correcto y su trabajo escolar bajo, le daría un fuerte abrazo cuando viera que su comportamiento y su trabajo mejorase. De camino hacia casa pensaba yo: “ ¡Fíjate. El muchacho más ‘duro’ del grupo-clase, en el clima de intimidad y confianza que se ha dado al ofrecerle llevarlo a casa, me ha comentado con todo detalle sus miedos y ansiedades. Si mañana viene al instituto a las 8 —aquel día era jueves— saldrá adelante ; porque acudir de forma voluntaria a trabajar a las 8 de la mañana, y viniendo caminando 45 minutos desde su casa, significa que se habrá de levantar a las 7… o antes! ”. La verdad es que esa mañana del viernes llegué con nervios al instituto, esperando poderlo ver en clase. Al entrar en el instituto, el conserje me dijo: “ ¿Has castigado a Soufiane? Te está esperando arriba ”. Después de ver estas reacciones de Soufiane, me quedé pensando conmovido: “ ¡Qué necesidad tan grande tienen los alumnos más desvalidos de mi disponibilidad incondicional! ” ». (Profesor de cuarto curso de la ESO) Este profesor, como otros muchos, tiene ante sí una realidad no muy risueña. Da clases al “ grupo difícil” de ese último curso de la ESO. Uno de los que más destaca es un alumno magrebí, distante, chulo, indiferente ante su escolaridad. Otro colega, en su lugar, posiblemente hubiera ignorado a ese chico, evitando todo enredo y limitándose tan sólo a instruir bajo el fácil lema: “¡Sálvese quien pueda!”. Pero nuestro profesor parece no resignarse a una postura de mínimos. Tiene asumida una innegable responsabilidad pedagógica: ¡Le importa, y mucho, “su” alumno Soufiane! ¡Siente en su interior una llamada aguda y suplicante que le reclama ayuda de forma lastimera y silenciosa! En realidad —como seguramente con otros necesitados— ya ha hecho algunos intentos de introducirse en el mundo secreto de esa “oveja negra” a través de varias tutorías individuales; y el hecho de que ese primer ensayo de responsabilidad no haya llegado a buen fin, no parece que haya introducido en él la tentación de rendirse a probar otras iniciativas más logradas y exitosas.
En realidad, de forma prerreflexiva, nuestro profesor ha hecho muy suya la propuesta de Lévinas, que parece susurrarle al oído: “sé responsable del otro, sin esperar la recíproca, aunque ello te cueste la vida; la recíproca es asunto suyo” (1991, pág. 93). Además, como si asintiera a lo que el filósofo lituano-francés pareciera instarle, entiende que “nadie puede decir jamás: he cumplido todo mi deber… salvo el hipócrita” (Ibid., pág. 98). Nada, en efecto, más lejos de él que traicionar su impulso de donación a su alumno Soufiane. Sin dejar de cejar en su compromiso, desea —más bien— seguir al acecho de otra posibilidad más feliz. ¡Y esa ocasión llega! [1]. Es fácil imaginarse al profesor sonriendo feliz para sus adentros cuando, con chulería, Soufiane, cansado después de un agotador partido de fútbol, al cruzarse con el coche de su profesor —saliendo despacio, con la actitud de quien espera lo inverosímil— le lanza la provocadora pregunta: “Profe, ¿me llevas a casa en coche o qué?”. Como él mismo relata, sin pensarlo dos veces , le dice: “Ok, sube; ¿dónde vives?”. Vislumbra la oportunidad de que el muchacho se abra en un clima distendido. Se lo dice su sensibilidad y su responsabilidad pedagógica, que preceden a todo pensamiento reflejo. Y es que, cuando se “es” realmente comprometido y se vive, hasta desvivirse , para cualquier Otro… la intuición y el impulso éticos preceden al pensamiento y a la libertad cimentados en el razonamiento. Con seguridad, ese profesor —como afirma Lévinas— “no toma conciencia de esa necesidad de responder como si se tratara de una obligación o un deber particular sobre el que tiene que decidir. Es, en realidad, la presencia del Otro la que [le] emplaza a responde de él [de su alumno]; [puesto que] el Yo, ante el Otro, es infinitamente responsable ” (Lévinas, 1993, pág. 47). Es en ese clima acogedor cuando ese profesor palpa aún de manera más cruda la vulnerabilidad de Soufiane, su apurada y cruda vida personal, familiar y escolar; atmósfera acogedora hasta el punto que invita a éste a contarle todo su problemática interna “con lágrimas en los ojos” … porque se sentía impotente. Una segunda tanda de “llamadas” sacude las entrañas del profesor a partir de ese momento. Con más lucidez que al comienzo, siente que ha de hacerse cargo de su menesteroso alumno. Olvidado ahora del propio tiempo y persona, se ofrece con disponibilidad total a ayudar con todo su ser a su alumno, acariciando su bien personal y pedagógico: “¡Quizás con mi apoyo llegue a dar de si lo mejor!”****. Con esa disposición responsable inicia su conmovedor diálogo con su alumno, que termina en la propuesta final del relato: quedar a su disposición para sacarlo de su pozo hondo y oscuro, esperando tocar así las fibras íntimas de la propia responsabilidad de su muchacho necesitado. Actitud ésta que también parece haberle susurrado en voz baja de nuevo Lévinas: [Tú eres] “responsable con una responsabilidad total, que responde de todos los Otros [también de Soufiane] y de todo lo de los Otros, incluida su misma responsabilidad ” (1991, pág. 93). Como reanimado con esa actitud ética-pedagógica que le exige todo de él en búsqueda del bien personal y pedagógico de su alumno, al volver a casa ya solo en su coche, el profesor va musitando en sus adentros: si accede a mi apoyo… “¡saldrá adelante!”.
[1] Lévinas enfatiza la responsabilidad total, siempre superable, respecto del Otro que nos necesita: Philippe Nemo pregunta a Lévinas: “¿En la exigencia ética existe un infinito en el hecho de que dicha exigencia es insaciable?” ; a lo que él dice: “ Sí. Es una exigencia de penitud total […] Nadie puede decir en ningún momento: he cumplido todo mi deber ” (Ibid., 98). En esta línea, tanto Løgstrup (1997) como Critchley (2007), remarcan la enormidad de la llamada del Otro, algo que se refleja ya claramente en el significativo título del libro de este último: Infinitely Demanding (Demanda infinita). Critchley, S. (2007): Infinitely Demanding , Verso, London. Lévinas, E. (1991): Ética e Infinito , Visor, Madrid Lévinas, E. (1993): Humanismo del otro hombre , Caparros Editores, Madrid. Løgstrup, K. E. (1997): The Ethical demand, University of Notre Dame Press, Notre Dame (EE.UU).