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Egiptologia, Apuntes de Historia del Arte

Asignatura: Arte De Las Primeras Civilizaciones, Profesor: , Carrera: Historia del Arte, Universidad: UCM

Tipo: Apuntes

2015/2016

Subido el 26/12/2016

verdriet
verdriet 🇪🇸

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—_. = PRL A los obeliscos que todavía embellecían las plazas de Roma. La vasta historia de Egipto sencillamente desapareció y las curiosas inscripciones empezaron a tener el estatus de runas mágicas y místicas, Durante doscientos cincuenta años, mientras el Imperio ro- mano daba paso al bizantino, Egipto siguió siendo un país e tiano. Entonces, en 640, llegó la conquista árabe. Alejandría cayó bajo las fuerzas del general Amr Ibn-al-As y casi instantá- neamente Egipto se vio apartado del mundo occidental. En todo Egipto la iglesia cristiana se redujo con rapidez a medida que las masas se convertían al islamismo, y de forma creciente se aplicaron castigos a los disidentes. El copto se convirtió esen- cialmente en una lengua muerta confinada a las pocas iglesias que quedaban y el árabe pasó a ser el idioma oficial hablado y escrito de Egipto. Cuando en 1517 el imperio turco-otomano tomó el control, Egipto se gobernó desde Constantinopla, pero poca cosa más cambió. Doscientos cincuenta años más tarde, los turcos continuaban ejerciendo el poder nominal, pero el poder real estaba en manos de los mamelucos, descendientes de esclavos traídos de Asia Central y el Cáucaso, que habían evolucionado para convertirse en una casta militar gobernante, Sería un grave error imaginar el Egipto árabe como un pá- ramo cultural sumido en la ignorancia. El Cairo, por lo menos, floreció bajo el gobierno árabe, convirtiéndose en el sofisticado centro de la cultura musulmana. Pero, a todos los efectos, Egipto permaneció a partir de entonces oculto a ojos occiden- tales y los cristianos no eran bienvenidos, II UNA TIERRA REDESCU BIERTA Egipto se había convertido en una tierra ignota; sus glorias Se vislumbraban tan sólo a través de la Biblia y las obras de los Autores clásicos. Los comerciantes árabes no tenían problemas para moverse Por el país, pero se mostraban indiferentes ante las curiosas reliquias de unos habitantes desaparecidos hacía mucho. Los pocos comerciantes £uropeos que consiguieron lle- far « El Cairo se maravillaron ante las pirámides, pero se les ad- tae (publicado en inglés como Jhe wanderings of Felix Fabr, andanzas de Felix Fabri]) habla de su visita a Egipto en , Cuando viajó por el Sinaí hasta llegar al monasterio de (m7 Catalina (el presunto lugar donde ardió la zarza de Moi ) y visitó la cripta de El Cairo donde se sabe que se escondió rey Herodes la Sagrada Familia. dni ecos no tenían interés por la arqueología .. Pero, al Igual que romanos, griegos, Persas y los fuon egipcios antes que ellos, reconocían que sus antiguos plos y tumbas constitufan unas excelentes mante. repletos de tumbas que se desintegrabal Poco 2 putre )+m)es paredes de piedra imploraban ser reutilizadas. ll reciclaje era una práctica habitual, y una piedra tallada de forma conve- niente podía tener una larga y provechosa vida como parte in- tegrante de varios edificios antes de que finalmente encontrara el reposo en un museo. Ni siquiera Tutmosis TV, el «primer egiptólogo» y restaura- dor de la Esfinge cubierta por la arena, vio nada malo en ta- llar su Estela del sueño en el dintel de una puerta arrancado del emplo mortuorio del rey Kefrén. De todas formas, a Tut- le habrían hecho ninguna gracia los maliciosos actos ufí Mohammed Sa'im el-Dahr —el del ayuno perpe- 1378 llevó a cabo la agresión en la cara y las ore- jas de la Esfinge. Una vez más Hor-em-akhet pasó a la acción para proteger su estatua, esta vez cubriendo una aldea vecina de arena. Los aldeanos a los que cubrió la arena, muy irritados on represalias y lincharon al entrome- vacío ti mosis no del jeque s tuo—, que en por lo ocurrido, tomar tido jeque. Más tarde, se culparía de su acto de vandalismo a los soldados franceses que servían bajo las órdenes de Napoleón. Originariamente, las tres pirámides de Guiza estaban cu- biertas de un fino revestimiento de piedra caliza que provocaba ara luz el desierto. Parte que relucieran como espejos bajo la cl: ara molerlo y hacer de ese revestimiento se había quitado ya, p argamasa romana. Lo que quedaba se arrancó la construcción de El Cairo medieval. Hoy en día sólo la pirá- mide de Kefrén conserva, en su punto más alto, rastros del re- vestimiento original. La piedra caliza de Tura que una vez fuera de un blanco deslumbrante se ha amarilleado a causa de los si- los de contaminación de El Cairo. Semejante historia de des: 8 trucción se repitió a lo largo del Nilo, ya que en todas partes los y se reutilizó en constructores se ayudaban de los antiguos restos. Mientras. tanto, los buscadores de tesoros, convencidos de que los mo- numentos albergaban incalculables riquezas, realizaban sus a aronvariones La obra de explicito título Book of buriedl na ía eee OS) ICROLOS] ofrecía ima guía inapreciable para encontrar antigúedades, no sólo porque prometía una exacta localización de tesoros fabulosos fino porque además contenía poderosos encantamiento l garantizaban la victoria sobre los espíritus guardianes d pl pies y tumbas. Nadie se paró a pensar por qué los autor el ls guía habían preferido publicar tan valiosa información en 1 , gar Be excavar en busca de los tesoros ellos mismos, y ou os se vieron estimulados a cavar. Aunque la guía era an flagr. Es lraude, parece poco probable que todos los buscadores den Ñ Soros regresaran con las manos vacías. — A E pa Ana SnLasE de Bagdad, que visitó El Cairo a finales glo X11, guardó un minucioso registro de sus viajes. Y ha legado una repuenante historia de una excavación ' dns lamente no salió como se esperaba. Med E Uta persona de confianza me dijo que, tras unirse en un: ppjeión a una expedición a la búsqueda de tesoros, su gru -.. contró cerca de la pirámide una vasija muy bien callada; lat de. ron, y al acom miel en su interior, se la Ehiieron. U; q Silos DoSEuvÓ que se le había quedado pegado un pelo en cl dd ; liró de él hacia sí y apareció un niño pequeño; todos sus pen bros parecían haber conservado su frescura origin. Ñ me Ll más conocido de los primeros excavadores de Egipt ino de los pocos que ha dejado alguna constancia de su hs Ñ el califa del siglo vit el-Mamun, hijo del califa Harun » Has lil. Se sabe que el emprendedor califa empapó la cara ete li Gran Pirámide con vinagre caliente en un vano! cuero romper los bloques y acceder a sus tesoros, pues él coro dos los demás, estaba convencido de que la pirémido da nde oro y joyas. Al final recurrió a la fuerza bruta y pr maltrecho ariete para lograr entrar; su boquete es e e los turistas utilizan hoy en día. Consiguió abrir un ns y dos mil después de él. Entonces realizó un pequeño: ; bía que Herodes había muerto en el año 4 a.C.; eso significaba que Cristo debía de haber nacido en el año 4 a.C. La fecha de 4004 quedó pues establecida. En cuanto al mes, cligió el me- diodía del primer domingo tras el equinoccio de otoño (el ma mento en que el día y la noche duran lo mismo) porque sabía que al principio Dios crcó la luz. A La fecha oficial del principio de la vida se imprimió sin nin- gún empacho en la Biblia para que todos la supieran. Nada po dría haber existido antes de esa fecha. Así que aunque los grie- gos y los romanos habían sabido que el mundo era mucho mál viejo, toda la historia y la prehistoria tenían ahora que encajaf en un período de tiempo muy corto. Los arqueólogos británi- ajuste. Sa- cos se vieron forzados a aceptar que las hachas de mano de sí lex encontradas junto a los mamuts fosilizados debían ser cu- riosas reliquias de la invasión romana (¿quizá los romanos habían llevado elefantes consigo?), mientras que los egiptólo- gos debían desestimar a los primeros reyes de Egipto conser- vados en la obra de Manetón, por tratarse de personajes de ficción. Está claro que aquello no podía funcionar, y la dificul- tad para aceptarlo creció paulatinamente según salían a la luz más y más descubrimientos arqueológicos. Durante muchó) años los arqueólogos, los egiptólogos entre ellos, se atrevisról] a pensar lo impensable. Pero hasta 1859, el año en que Charles Darwin publicó £l origen de las especies, la verdadera edad del mundo no fue comúnmente aceptada. En 1580 los comerciantes ingleses estaban sujetos a ul acuerdo formal con la Sublime Puerta, el tribunal turco y el gobierno. La mayor parte del comercio pasaba de largo de Egipto, pero había una ruta comercial muy activa y específicis mente egipcia con el oeste. En 1564 el rey de Navarra había em viado a su médico personal, Guy de la Fontaine, a Alejandría en busca de momias. En 1586 el mercader británico John Sander son exportó un surtido de trozos de momia con un peso to de quinientos quilos para los boticarios de Londres, Estos cuer e + A tras mezclarlos con hierbas y especias, se tragaran o se aplicaran como cataplasma. Era la maravillosa medicina curalotodo, la Viagra de su tiempo. Los boticarios habían confundido mumia (un betún o alquitrán poco común y muy caro que se filtraba en las montañas persas) con mummies (momias) (egipcios muer- tos mucho tiempo atrás, vendados y cubiertos con resina). Fl médico griego Dioscorides (40-90) y el médico persa Avicena (080-1037) fueron dos de los que cometieron este error crucial: mbos mantenían que ese polvo de momia podía curar un gran ¿hmimero de enfermedades, que abarcaban desde los abscesos sta la parálisis y, en cierta manera sorprendente, pues mu- os de los que tomaban el polvo negro lo vomitaban de inme- TA AR ESPALDA AE AR JARA: Y nédico] incluyó «mumia: algo parecido a la brea» y alertó a aqué- con una sensibilidad delicada de que esa utilísima sustancia extraía, cómo no, de tumbas antiguas. Lista pincelada macabra no empañó en nada su atractivo. antaba con el apoyo de celebridades como Catalina de Me- Francisco 1 de Francia y Francis Bacon, quien reconoció «la momia poseía un gran poder para contener las hemo- Klas», y se embarcaron cientos de cuerpos desde Alejandría. nos de ellos eran sin duda momias dinásticas. Pero se esta- ILacabando las reservas: las momias genuinas eran caras y una alternativa barata al alcance de la mano. Algunas de fmias que llegaron a los botiquines de Europa cran bur- imitaciones: muertos recientes (con frecuencia criminales, que no reclamaba nadie, o víctimas de una grave enfer- ), a los que se había vendado, para enterrarlos a comti- ación un par de años o secarlos al sol antes de molerlos para urtarlos para enfermos y crédulos. Este desagradable co- acabó en el siglo xvm cuando los gobernantes otoma- Egipto, recelosos de cualquier tráfico de cuerpos, apli- fuerte impuesto sobre las momias. Es probable que la momia que entró en Inglaterra intacta en lugar de en de polvo fuera la que ge rumorea que Garlos 1 le regaló mM ¿ er viajero inglés que llegaba más allá de El Cairo; su obra 1 dos volúmenes Descripción de Oriente y otros países (1743), in- la detalles de los monumentos de Asuán y planos que mos- ban la localización de las tumbas de Tebas, cuya imprecisión concertó a los arqueólogos durante siglos. Un danés con- nporáneo suyo, Friderik Norden, viajó todavía más hacia el hasta llegar a Derr, en Nubia, y su obra profusamente ilus- din Viajes por Egipto se publicó de forma póstuma. Poco des- , en 1768, el explorador inglés James Bruce recorrió el ca- Ino hasta el valle de los Reyes, donde descubrió la tumba corada del faraón de la XX dinastía Ramsés III /11), aun- le, por supuesto, no tenía ni idea de lo que había descubierto. a Nell Gwyn, su querida. Esa momia está ahora en el Museo Bri- tánico, en Londres, Los exploradores y misioneros empezaron a escribir relatos cada vez más detallados de sus viajes a Egipto. El «veneciano. anónimo», un comerciante desconocido, dejó un relato de sus. aventuras en Un viaje que hice en el año 1589 desde El Cairo a Ebrin remontando el Nilo: «A decir verdad, mi vida estuvo en peligro. muchas veces y sufrí el tórrido calor, y a menudo tenía escasez de cebollas al igual que de otra comida...». corge Sandys, el. hijo más joven del arzobispo de York, visitó Egipto en 1610 y en- contró rarezas inimaginables: pirámides y cocodrilos. Publicó Relato de un viajeen 1615. Treinta y un años más tarde, el astró- nomo John Greaves publicó Pyramidographia, el primer registro científico de las pirámides. Una serie de resueltos viajeros eu ropeos alcanzó la pequeña y más bien destartalada ciudad de Luxor, donde nadie supo reconocer en el montón de piedras caídas y parcialmente enterradas los restos de la que fuera la gran ciudad de «Tebas, la de las cien puertas», tan elocuente-. mente descrita por Homero. Hasta 1707, un misionero jesuita, el padre Claude Sicard, no estableció la conexión y reconoció la verdadera naturaleza del valle de los Reyes. Ls [el valle] un lugar solitario, y mis guías, debido a la natural impaciencia y el desagrado que sienten estas gentes por este tipo le trabajo o por sus temores a que los bandidos que viven en las vernas de las montañas sean reales, me importunaron para que volviera al barco, incluso antes de que hubiese empezado mi bús- pueda o hubiese llegado a las montañas en las que hay tantas es- lancias, ésas que yo estaba buscando. Dentro de uno de estos sepulcros, en un tablero en el suelo, bía varios instrumentos Musicales, principalmente de la clase la dulzaina [oboe], con una boquilla roja... En los tres table- i1siguientes, pintadas al fresco, había tres arpas que merecieron pecial atención...” Estos sepulcros de Tebas forman túneles en la roca y son de una profundidad asombrosa. Vestíbulos y cámaras están todos. pintados de arriba abajo. La variedad de colores, casi tan fresco: como el día en que se pintaron, ofrece un efecto admirable. Ha y tantos jeroglíficos como animales y objetos representados, lo que nos hace suponer que ahí tenemos la historia de las vidas, virt des, actos, combates y victorias de los príncipes que están aquí en- terrados, pero nos es imposible descifrarlos en este momento.* ce comenzó a bosquejar uno de los arpistas pero se vio do a abandonar el dibujo cuando sus guías, cada vez más vloxos debido a los bandidos, le hicieron marcharse por su Ma seguridad: Con gran clamor y signos de descontento... lanzaron sus an- as contra el arpa más grande y salieron como pudieron de la dejándonos a mí y a mi gente en la oscuridad, y durante lo el camino de salida iban denunciando a voz en grito los trá- cesos que les ocurrirían en cuanto abandonaran la cueva. hubo posibilidad de hacer más. Sicard viajó más al sur, convirtiéndose en el primer europeo que llegaba a Asuán en varios siglos. Consiguió visitar la impre sionante cifra de veinte pirámides y veinticuatro templos ant de sucumbir durante la peste en El Cairo, en 1726. En la dé cada de 1730 el reverendo Richard Pococke se convirtió en ol 1 poetisa Felicia Dorothea er A rdtero permaneció inmóvil en la cubierta en llamas» Se perdieron to: dos los barcos franceses menos cuatro, así como los irrempla- zables tesoros de los Caballeros de San Juan, y mil setecientos marineros franceses murieron. Se tomaron tantos prisioneros franceses que los ingleses, que sólo habían perdido dos barcos y doscientos dieciocho hombres, no podían hacerse cargo, El almirante Nelson se vio convertido en héroe nacional. Recién ennoblecido como vizconde Nelson del Nilo y Burnham Torpe (su lugar de nacimiento), la agradecida nación lo recompensó con una generosa pensión anual de dos mil libras esterlinas. La batalla del Nilo dejó a las fuerzas francesas abandonadas a su suerte, reducidas, desmotivadas y gravemente escasas de fondos. Aún conservarían El Cairo durante tres años, exten= diendo al final su control hasta Asuán, en el sur, pero siempre serían vulnerables ante turcos, ingleses, mamelucos, levanta- mientos locales y enfermedades autóctonas, que ahora incluían la peste. Inútiles campañas contra los turcos en Palestina redu- ¡jeron aún más su número. El 18 de marzo de 1801 los ingleses desembarcaron, y tres días más tarde tomaron Alejandría. Tres semanas después, el ejército turco llegó para apoyar a los in- gleses. Los franceses se vieron forzados a retirarse y los ingleses tomaron la ciudad de El Cairo, azotada por la peste. El go- bierno otomano fue reinstaurado y se permitió a los franceses una pacífica e ignominiosa retirada. A la sazón, se estima que uno de cada tres hombres había muerto. El propio Napoleón mostraría una indiferencia increíble ante tan desafortunado giro en los acontecimientos. Al mando de un veloz barco, había escapado del bloqueo inglés el 22 de agosto de 1799 y, tras un golpe de estado exitoso, se había proclamado emperador de Francia. Una vez en casa, nadie se enteró de la humillación de la debacle egipcia. Oficialmente, la campaña había sido un gran éxito; incluso se acuñó una moneda para alabar a Napo- león como «Liberador de Egipto». Desde un punto de vista arqueológico, la campaña fue todo 54 eLArts 'Egypte, un ilustre grupo de 167 estudio- fawants, compuesta por: cincuenta y dos ingenieros; once logos; dos escritores y dos músicos; un grabador y un es- lor, así como varios estudiantes de diversas disciplinas. Á to- ellos se les encomendó la misión de investigar, documentar blicar la historia natural y la historia antigua de Egipto. El más distinguido entre estos augustos hombres fue el ba- óm Dominique Vivant Denon, un hombre de gran encanto jersonal. Artista, escritor y diplomático de renombre interna- tonal, había sido amigo íntimo de la famosa madame de Pom- acour y, según se rumoreaba, amante de más de una reina eu- pea, Tras servir a las órdenes de Luis XV y Luis XVI, estaba Irechamente ligado a la monarquía. Por fortuna, Denon es- aba visitando Venecia cuando comenzó la Revolución fran- así que, aunque perdió todas sus propiedades y fue obli- do a ganarse la vida de manera más bien ignominiosa endiendo sus propios dibujos, se las arregló para conservar la Iheza, Josefina presentó a Denon a Napoleón y, tras una etapa desconfianza mutua, al final se convirtieron en grandes ami- Jos. Napoleón extendió una invitación personal a Denon para e encabezara la misión a Egipto. Denon se puso a trabajar y prendió el viaje con el ejército hacia el sur. Tenía que tomar tas, levantar planos y dibujar los monumentos egipcios en las rondiciones más difíciles; no era raro que vagara hasta inter- Hharse en la línea de fuego mientras su gran amigo, el general Dexaix, perseguía a los mamelucos que quedaban más allá de la Irontera de Asuán. La vida era peligrosa, pero satisfactoria: Hay algunos momentos desafortunados, cuando a todo lo que tino hace le sigue el peligro o el accidente. Cuando volvía... a Beni Suef, el general me encargó que transmitiera una orden a la 55 generas Bonaparte). En 1644 se convirtió en director general de los muscos de Francia. Su posición le permitió viajar en todas las campañas de Napoleón, y realizó dibujos arquitectónicos y reunió antigúedades cn Austria, España y Polonia, De este modo sentó las bases de las colecciones del musco del Louvre. Denon murió en 1825, dejando un valiosísimo legado para el iundo, Hoy sus hermosos y precisos dibujos nos ofrecen la tinica imagen de algunos monumentos egipcios desaparecidos, entre ellos el templo de Elefantina de Amenofis TIL, que fue de- molido en 1822, Tras una serie de intentos frustrados de escapar, los miem- ¿bros que quedaban de la comisión pusieron rumbo por fin a París. Veintisiete años más tarde y con el otrora emperador exi- liado ahora en Santa Elena, completaron la publicación de su pléndida e impresionante obra titulada Description de [ Egypte, recueal des observations el des recherches qui ont óté faites en Eeypte ndant Vexpédition. de Varmée francaise, publió par les ordres de Sa 1Jestó Vempereur Napoléon le Grand [Descripción de Egipto o ina antología de observaciones e investigaciones llevadas a tabo en Egipto durante la expedición del ejército francés, pu- licada por orden de su majestad el emperador Napoleón el ade]. La Description, profusamente ilustrada y que incluye lecenas de mapas detallados y planos precisos, se publicó por Himera vez (1809-1829) en nueve volúmenes de texto y once limenes de láminas; la subsiguiente reedición (1820-1830) iveinticuatro volúmenes, cinco de ellos dedicados a las an- Iptedades egipcias. Se hace difícil imaginar a un editor mo- v con el valor suficiente para considerar siquiera un com- Iso tan ambicioso, pero la Description era mucho más que puta de Egipto. Era una justificación de toda la campaña Napoleón en Egipto, diseñada para que la superior erudi- in Irancesa fuera obvía para todos. Licobra se convirtió en un gran éxito al instante. No era la Himera sobre Egipto. El libro del propio Denon ya disfrutaba Econsiderable popularidad, se había reeditado y se había tra- ieldo al inglés y al alemán, siendo la versión inglesa más pe- LAI AA UE La COLL, selope pata c£unmpur el encargo, cuando un soldado que marchaba fuera de su fila se volvió hacia la izquierda al pasar yo, presentó la bayoneta contra mí y, antes de que pu- diera evitarlo, el golpe me derribó del caballo a la vez que él caía al mismo tiempo. «Ya hay un sabio menos», dijo al caer (para ellos todo el que no era un soldado era un sabio); pero unas piastras que llevaba en el bolsillo pararon la punta de la bayoneta y escapé con sólo un desgarrón en la ropa.” Denon se convirtió en el primer europeo en encontrar un rollo de pergamino intacto e in sitas; aunque en teoría estaba en contra de la profanación de las momias, nos cuenta que el pla- cer que sintió cuando le ofrecieron el pergamino rápidamente venció sus escrúpulos: «»» Era consciente de que me iba poniendo pálido; iba a re- prender a aquellos que a pesar de mis insistentes peticiones ha- bían violado la integridad de la momia, cuando advertí que cn la: mano derecha y bajo el brazo izquierdo llevaba un rollo de papiro que es posible que no hubiese visto sin esa violación. Me quedé sin habla. Bendije entonces la avaricia de los árabes, y la buena suerte que me había conducido a la posesión de tamaño tesoro, el libro más antiguo conocido, que casi no me atrevía ni a tocar por temor a dañarlo. Tampoco me atrevía a confiárselo a nadie ni a dejarlo en ningún sitio; todo el algodón del edredón de la cama me parecía insuficiente para fabricar un envoltorio lo bastante blando para él.* De vuelta en El Cairo, la comisión había transformado un lujoso palacio mameluco en un centro de investigación come pletamente equipado, con salas de reuniones, laboratorios y una impresionante biblioteca de obras de consulta traídas: desde Francia. Incluso había una imprenta, la única en todo El Cairo. Había nacido el prestigioso Instituto Egipcio de Artes y Giencias. Denon huyó de Egipto con Napoleón en 1799 y en. 1802 publicó su influyente y muy popular Voyage dans la Basso ol la HHante Egypte (Viaje al bajo y alto Egipto durante las campañas del Aunque no podían entenderse ni los idiomas ni las caligra- fías de los textos egipcios, la piedra bilingúe ofrecía una posi- bilidad real de que el misterio de los jeroglíficos pudiera resol verse por fin. Se hicieron copias de los textos y se enviaron a París, pero la piedra se envió a Londres. Según el Tratado de Alejandría de 1801, se autorizaba a los eruditos de la comisión a conservar todas sus notas de campo, planos y colecciones de historia natural, pero los ingleses reclamaron sus hallazgos ar queológicos más importantes. Eso incluía, además de la pied: Rosetta, dos obeliscos, tres sarcófagos completos y muchas es- q00 tatuas y partes de estatua. La piedra Rosetta fue a parar primero Ú ala biblioteca de la Sociedad de Anticuarios de Londres; luego, DESCIFRANDO LAS PIEDRAS en 1802, se presentó oficialmente en el Museo Británico como. un regalo para el rey Jorge UL Hoy en día la piedra Rosetta (bien protegida tras una vitrina de tecnología punta) se alza en el corazón de la Galería Egipcia, atrayendo a turistas del mundo. entero. o cargados de bocetos, diagramas y planos que circularon los académicos y que al final se publicaron con admirable lle en la Description. Por primera vez eruditos europeos te- eceso a copias exactas de textos jeroglíficos, los cuales, su gran frustración, nadie podía leer ni entender. Ence- len los jeroglíficos estaba toda la historia desconocida de lo, Los lingúistas estaban decididos a desvelar el código, ¿por dónde empezar? La piedra Rosetta, con sus tres es- diferentes, ofrecía un comienzo prometedor. y escritores grecorromanos, que habían convivido con los «le los jeroglíficos egipcios, habían mostrado un interés endentemente escaso por ese lenguaje y, para decepción o futuros traductores, habían dejado muy pocas pistas: Los sacerdotes, al educar a sus hijos, les enseñaban dos méto- de escritura; la llamada escritura sagrada [jeroglífica] y la que lenguaje de los primeros egipcios no tenía, como los len- Mn E, id del dai Hallé a un viajero que venía de una tierra antigua Y que dijo: «Dos piernas de piedra enormes y rotas Se erigen en el desierto. Cerca de ellas, en la arena, Medio enterrado, yace un rostro destrozado, de enojados Y fruncidos labios, y despectiva mueca de fría superioridad.» Cuentan que su escultor interpretó bien esas pasiones Que aún sobreviven, plasmadas en estos objetos sin vida, La mano que las ridiculizó, y el corazón que las alimentó, Y cn su pedestal aparecen estas palabras: «¡Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes: Contempla mis obras, tú el Poderoso, y pierde toda esperanza!» Nada queda de todo esto. Alrededor de las ruinas De este colosal hundimiento, infinitas y desnudas, v LOS BUSCADORES DE TESOROS Solitarias y uniformes, las arenas se exúenden a lo lejos. Henry Salt estaba ansioso por que su nuevo «empleado» ayu- ¡al aventurero italiano Caviglia en su exploración de los mis- de la Gran Pirámide de Guiza, pero Belzoni tenía otros pla- 'l gran templo cubierto de arena de Abu Simbel lo llamaba, staba decidido a dirigirse de nuevo hacia al sur. Su segundo por el Nilo empezó el 20 de febrero de 1817. Esta vez Sarah Ó quedarse con unos amigos en El Cairo y James Curtin, ble al calor, se quedó con ella. En su lugar fueron el secre- le Salt, el talentoso artista Henry Beechey, y el agente e in- te de Salt, el coleccionista griego Giovanni d'Athanasi (co- doven su propia lengua como Yanni Athanasiou). Un egipcio labia y un soldado turco completaba el grupo. Intención de Belzoni cra la de empezar la temporada di- lo más excavaciones en el recinto del templo de Mut en l, donde albergaba grandes esperanzas de encontrar más li pero, al llegar a Luxor, se encontró con los agentes de ll excavando afanosamente en «su» yacimiento y sacando reclados hallazgos. Frustrado, dejó un pequeño grupo de fiexcavando, y viviendo, en el templo, y dirigió su aten- las tumbas no reales que proliferaban en la monta- DENLO: A A > cia el sur, En Filé, Belzoni montó en cólera. La serie de bloques dec rados que había dejado para que cortaran en finas losas co: objeto de facilitar el transporte habían sufrido un ataque cc martillo, y alguien había pintarrajeado «operation manquée» ( bajo incompleto) con carbón en la piedra. No pudo identifica la caligrafía, pero no fue difícil imaginar quién había cometid tan mezquino acto de vandalismo. La rivalidad franco-inglesa 1 DA O INR NINA Ad MENS LLE ALIEN irprendente y se maravillaron ante las escenas bélicas que de- aban la primera estancia. Aun así, por lo menos para Bel- i, aquél fue un día algo decepcionante. Dentro del templo bía relativamente pocas antigúedades que pudieran trans- lnrtarse, y ésas eran, como siempre, su objetivo. Se hicieron lediciones, se levantó un plano a toda prisa y se copiaron unas mintas escenas; el calor extremo del interior del templo difi- ultaba dicha labor, ya que el papel quedaba pronto empapado insudor, Se grabó el nombre de los exploradores en la pared santuario. Entonces, el 4 de agosto, con una preocupante ez de comida, el grupo emprendió el viaje de vuelta en barco cia Filé. El Gran Templo no se documentaría debidamente ta dieciocho meses más tarde, cuando Salt, Beechey, Finati ankes llegaran con un pequeño grupo de delineantes. Deja- mal descubierto algo más de la fachada, pero el templo siem- sería vulnerable a la arena transportada por el viento. Los ados habitantes de la zona dejaban que se cegara para en- aces aceptar dinero de los turistas por despejar la entrada de DN De vuelta en Luxor, Belzoni descubrió que los agentes de pvetti se habían aprovechado de su ausencia y habían empe- lo 1 saquear las tumbas no reales de la ribera oeste. Irritado lo a trabajar cerca de sus enemigos, concentró su aten- hen el más remoto valle de los Reyes. El valle, que local- nte ye conocía como Biban el-Moluk, se suponía que era el r de descanso final de los faraones del Reino Nuevo, que han abandonado las pirámides para preferir tumbas ocultas dadas en la roca, Las estimaciones en cuanto al número de ibas del valle varían. Diodoro Sículo había sugerido que po- her hasta cuarenta y siete entre tumbas reales y no reales. isión de Napoleón documentó once en el valle, así como (WV22, la tumba de Amenofis III) en un anexo conocido 1 el valle Occidental. El propio Belzoni había descubierto la aba de Ay (WV23) en su visita anterior al valle Occidental. WI parecía el mejor lugar para iniciar su labor. más feroz que nunca, y tres de los agentes de Drovetti habían p sado por ese camino unos meses antes, | Para entonces el grupo se había ampliado. Sarah y James ll garon desde El Cairo, estaba el Albanés (que en realidad era u italiano llamado Giovanni Finati, que también se hacía 1 Muhammad), enviado por Salt para proteger al grupo, y dos € pitanes de la Navy, James Mangles y Charles Irby, a los que los lugares de interés de Egipto para embarcarse cn la aven arqueológica. De hecho el grupo había crecido demasiado lía demasiado caro costear el viaje a Abu Simbel. Mientra barco era arrastrado fuera de Filé, la siempre paciente Sa: James fueron abandonados junto al exceso de equipaje, pa quedarse a vivir bajo el templo de Isis y protegidos, cómo 1 por una gruesa tapia de adobe. Tras un período despejando arena plagado de incide huelgas, disturbios, robos y el amotinamiento de la tripulaci del barco, la entrada del Gran Templo de Abu Simbel que: parcialmente al descubierto. El 1 de agosto de 1817 era posil introducirse entre la arena y la jamba de la entrada, y desli hasta el interior del templo. El interior era caluroso y húme El grupo pasó por las dos estancias decoradas y entró en el tuario enclavado en lo profundo de la pared de roca, dond la luz titilante de las antorchas, se encontraron cara a cara los cuatro dioses sedentes, incluido el mismísimo gran Ra No fueron capaces de leer los jeroglíficos grabados en las p des, de manera que no pudieron entender del todo su halla SILLA UE LA LUMMIDa UL 217 DEILODI MESCUDIIO Ola COULaciIa) (WV25). Tras abrirse paso a través de la piedra que la bloqueaba mediante un ariete hecho de palmera, logró acceder a la tum» ba inacabada. Un tramo de escalera bajaba hacia la cámara mor tuoria. En ella había ocho féretros pintados, con sus momias la XXII dinastía incluidas, pero sin inscripción alguna. Impaciente por encontrar una sepultura real, Belzoni aban donó el valle Occidental y regresó al de los Reyes. Allí su ojo de ingeniero hacía que tuviera una habilidad ca: prendente. El 9 de octubre de 1817 descubrió la tumba pinta y sin acabar del príncipe Mentuherkhepshef, hijo de Ramsés D podía separarse fácilmente de la cabeza si se tiraba un poco: Al día siguiente encontró KV16, la tumba de Ramsés I, fund dor de la XIX dinastía y abuelo de Ramsés el Grande. A Ramsés Ilo había adoptado la familia real cuando ya: un anciano. Había planeado construir una magnífica tuml para sí mismo, pero murió demasiado pronto, cuando sólo! habían tallado en la roca dos peldaños de la escalera, un corr dor y una única estancia. La sala inacabada se convirtió e cámara mortuoria, Se revocaron las paredes con una gruesa €: de yeso y se pintaron para representar al rey y sus dioses. Ty bién el sarcófago de granito rojo tuvo que hacerse a toda pr y las inscripciones se pintaron en lugar de grabarse. Encontré la tumba recién abierta y entré para ver hasta dó ] era factible internarse para examinarla, Tras recorrer un pasa de casi diez metros de largo y dos y medio de ancho, descendi y una escalera de ocho metros y medio, y llegué a una habi razonablemente amplia y bien pintada... El techo estaba bi conservado, pero no era de los mejores. Encontramos un sarcófago de granito con dos momias el interior y en un rincón había una estatua erecta, de dos me alto y bellamente tallada en madera de sicomoro... El sarcó estaba cubierto de jeroglíficos simplemente pintados, o trazados; miraba en dirección sursureste.* Los cuerpos que Belzoni halló en el sarcófago eran de in- trusos sepultados en la Epoca Baja. El sarcófago de Ramsés to- davía yace en su tumba, rodeado por un auténtico bosque de vi- as de madera que ahora son necesarias para soportar el techo (que se hunde. El 16 de octubre, «un día de suerte, quizá uno de los mejo- tes de mi vida», Belzoni descubrió la tumba que en primera ins- lancia identificó como «la tumba de Apis», luego como «la lumba de Psamético», pero de la que ahora sabemos que se Irata de la tumba de Seti I, hijo de Ramsés 1 y padre de Ramsés Grande (KV17). Esa tumba es una de las más largas, profun- y y más bellamente decoradas del valle de los Reyes. Una se- ncia impresionante de escaleras, pasadizos y salas hipóstilas nducen hacia una cámara con una alta bóveda decorada con asombroso techo astronómico. Todas las paredes resplan- lan de vibrantes colores, como si estuvieran recién pintadas. Inque la tamba había sido saqueada en la antigúedad, Bel- nl encontró cientos de shabti (figuras de criados con la mi- de hacer el trabajo del rey muerto en la otra vida) de ma- Ka, así como los restos de un buey embalsamado. El verdadero bro de la tumba era el sarcófago antropoide [de forma hu- ] de alabastro del rey, que estaba tallado con escenas y ver- ¿del Libro de las Puertas: [El féretro] merece la atención más especial, pues no hay otro al en el mundo y se trata de algo que no teníamos ni idea de e pudiera existir. Es un sarcófago del más fino alabastro, de dos Netros y noventa centímetros de largo y de un metro diez de an- U grosor es de sólo cinco centímetros y se vuelve transpa- Vente cuando se introduce una luz en su interior. Está minuciosa- mente esculpido por dentro y por fuera con setecientas figuras, llno sobrepasan los dieciocho centímetros y que representan, no, la procesión funeraria al completo y las ceremonias re- was al difunto, con el añadido de varios emblemas así,* bía hecho antes que ellos). Concluido el viaje, volvieron a Cairo, donde Sarah alquiló un barco y navegó para encontrarsi con su marido en Luxor. Tras un breve período trabajando en Guiza, «en un asunll: llo privado», tal como Belzoni lo describió con discreción « Salt, estaba listo para aventurarse de nuevo hacia al sur. En la bera occidental, en Luxor, siguió documentando la tumba de Seti y, como tenía el acceso denegado a los mejores emplaza: mientos arqueológicos, empezó a excavar en el área de detrá: del Coloso de Memnón. Las dos enormes estatuas sedentes d Amenofis III se habían erigido antaño ante el templo mor rio; pero ahora, gracias al derrumbamiento del templo y el robo de sus piedras, se alzaban en solitario junto a la carreter; Casi de inmediato a Belzoni le sonrió la suerte, pues recupen una estatua de granito negro del rey y varias estatuas más d Sekhmet. Acabó entonces su última excavación y partió hacia mar Rojo cruzando el desierto, en busca de la ciudad greci rromana perdida de Berenice. «4 Lo que había inspirado a Belzoni habían sido tanto las hi torias de Burckhardt como las aventuras del mineralogista Fr déric Cailliaud, de quien abrigaba la terrible sospecha de qu había sido el vándalo que se había ensañado con sus losas Filé (¿utilizando quizá su martillo de mineralogista?). Caillia había estado presente cuando Drovetti intentaba, sin éxito, ' Berenice, construido por Prolemeo II Filadelfo para contro- lar el comercio con la India. Belzoni partió desde Edfú con una caravana de dieciséis ca- ellos y doce hombres, entre ellos Beechey y dos muchachos, iguiendo la misma ruta que había tomado Cailliaud. No tardó Un resultar evidente que las ruinas eran los restos de una insig- 'ificante ciudad minera. Belzoni, decidido ahora a encontrar li verdadera Berenice, siguió adelante. Y finalmente, en la pe- nsula de Ra's Banás, encontró efectivamente los restos del erto perdido. Sin embargo, no había úiempo para excavar. y reservas de comida y, más preocupante, las de agua se esta- nh agotando, y «hacía ya tres días que no habíamos tomado da más que galletas resecas y agua», y cl grupo dio la vuelta i de inmediato. Cuarenta días después de su partida estaban le vuelta en Luxor, donde Sarah y Giovanni se reencontraron. William Bankes y Henry Salt estaban de paso en Luxor en Maje para documentar el templo de Abu Simbel. Bankes es vMantemente en los márgenes de nuestra historia. Amigo de Il Byron, Bankes fue uno de los primeros ingleses en visitar lé, donde había reconocido la importancia del obelisco ido, con inscripciones tanto jeroglíficas como en griego. Ha- Visitado Abu Simbel, cuando aún estaba cubierto de arena, Ontinuó para disfrutar de una serie de emocionantes csca- a Tierra Santa. A su vuelta a Egipto, dirigió sus propias agiones en Abidos, donde descubrió, en el templo de és IL, una lista de los reyes de Egipto. Ésta resultaría una Inestimable para la comprensión de la historia egipcia, ya cartuchos de la pared podían cotejarse con los nombres servados en los escritos de los autores clásicos. Bankes copió My la dejó donde la había encontrado, pero más tarde los veses la arrancaron de la pared y se la vendieron al Museo Hico, mkes había decidido entonces reclamar el obelisco caído o para el Museo Británico sino para su propia finca ru- Kingston Lacy, Dorset, Le pidió a Giovanni Belzoni que ción había entrado al servicio de Mohammed Alí, y fue envia a buscar las minas de azufre perdidas de Egipto, que seg rumoreaba se hallaban en el desierto oriental. Dos meses m tarde, Cailliaud regresó habiendo descubierto no sólo las tadas minas de azufre sino también minas de esmeraldas. más, había encontrado un pequeño templo erigido por en el campamento minero de Wadi Miah, y las ruinas de 4 «pequeña ciudad griega» que los lugareños llamaban Sa Esa pequeña ciudad creció en la imaginación popular que todo el mundo dio por hecho, pese a que estaba a muclh Kilómetros del max, que Cailliaud había descubierto el p se lo consiguiera. El 16 de noviembre, un grupo grande y doso partió en barco hacia el sur: El grupo era numeroso; el señor Bankes, el señor Salt, el hh rón Sack, un viajero prusiano y famoso naturalista, el señor Be chey, el señor Linton, un dibujante, el doctor Ricci, y yo mis llevábamos un gran barco para el cónsul, una falúa para el s Bankes, un bote para el barón y una canoa para ovejas, cabr aves de corral, gansos, patos, palomas, p vos y asnos, los cuales dl vez en cuando se unían al coro con el resto del clan y acompan: ban a la flota en un perpetuo concierto.” Pero Drovetti también había reclamado el obelisco par Francia y sus hombres estaban también en camino para rec gcrlo. Belzoni tenía que trabajar deprisa. Existían algunos pr blemas técnicos —en un momento dado el obelisco acabó. el lecho del ríc—, pero cargó satisfactoriamente el obelisco ent barco y lo hizo navegar, indemne, a través de la primera cal rata. Cuando llegaron las navidades el obelisco había atr cado a salvo en Luxor, dónde causó considerable irritación los franceses y a sus partidarios. Giovanni pensó que aquello gracioso; no le pareció tan divertido cuando atacaron a su el! do, y se puso absolutamente furioso cuando un tiro de pisto disparado por uno de los agentes de Drovetti casi lo mata, | repente Luxor era demasiado peligrosa. Reunidos, los Belzo partieron en barco hacia el norte con el obelisco de Filé, la: cumentación sobre la tumba de Seti L, su sarcófago de alab: y la tapa del sarcófago de Ramsés IIL Dado el peligro que entrañaba Luxor, Belzoni decidió plorar el desierto occidental de Egipto, donde esperaba contrar el oasis perdido de Júpiter-Amón. Dejó a Sarah en | setta y partió hacia El Fayum, el mayor oasis del desierto, exploró las ruinas del laberinto de Hawara, que Herodoto € cribiera con elocuencia dos mil años atrás: Visité el lugar y encontré que supera toda descripción, que si todos los murales y otras grandes obras de los griegos dieran ponerse juntos no igualarían ni en trabajo ni en coste este laberinto... Tiene doce patios, todos cubiertos, con puertas que se abren unas frente a otras, scis de ellos orientados hacia el norte y los otros seis hacia el sur, y todos rodeados por un mismo muro exterior. En el interior existen dos tipos de estancias: la mitad sub- terráneas y la otra mitad exteriores y construidas sobre las prime- ras, y el número total de esas cámaras es de tres mil, mil quinien- tas de cada clase... Junto a una esquina del laberinto se encuentra una pirámide de cuarenta brazas [72 metros], con figuras escul- pidas de grandes dimensiones; y se llega a ella por un pasadizo subterráneo.” El «laberinto», en el que se inspira la historia del laberinto le Cnosos y su Minotauro, era en realidad los restos del templo IInerario unido a la pirámide de adobe del rey de la XII dinas- -»+ Queden los restos de belleza que queden en esta ciudad, ho parece ser el emplazamiento del famoso laberinto ni nada se- mejante, porque, según Herodoto, Plinio y compañía, no existe el más mínimo indicio que garantice la suposición de que tal edi- licio hubiese estado allí. El laberinto era una edificación de tres mil cámaras, la mitad encima y la mitad debajo. La construcción de un edificio de tales dimensiones, y la enorme cantidad de ma- teriales que deberían haberse acumulado, habrían dejado mues- Iris suficientes para ver dónde se erigía, pero en ninguna parte puede verse la menor huella de tal cosa.* Ll 16 de mayo de 1819 Belzoni salió con una pequeña cara- ma de camellos en busca del oasis perdido. Tardó seis días en ar al oasis de Bahariyya, que él dio por sentado que era el sde Júpiter-Amón, hogar del oráculo que había reconocido primer lugar la grandeza de Alejandro Magno. En realidad ba equivocado, pues el oasis de Júpiter-Amón es el oasis de yan más lejos, hacia el oeste. En septiembre de 1819 Giovanni y Sarah, ¡gracias a Dios!, timas voluntades de su marido y su testamento. Belzoni llegó fi- nalmente a Benin, pero allí enfermó de disentería. Murió el 3 de diciembre de 1823, a los cuarenta y cinco años, y fue ente- rrado aquella misma noche bajo un gran árbol, Su tumba per= manece desaparecida desde entonces. ] ¿Qué pasó con todos los demás? Sarah, acostumbrada a largos períodos de separación se- guidos de un feliz reencuentro, se negó a creer que su amado mister B. no fuera a volver. Unicamente cuando recibió su sor- tija masónica, dieciocho meses después de su muerte, aceptó la verdad. Desolada, encargó una tumba conmemorativa que: mostraba a Belzoni, el caballero explorador, rodeado por al. gunos de sus descubrimientos más importantes: la estatua de Memnon el Joven, la cabeza y el brazo de Tutmosis HI, el obe= lisco de Filé y el sarcófago de Seti 1. Quedó prácticamente e la indigencia hasta que en1851, cuando tenía casi setenta año: y vivía en Bruselas, le fue concedida una pensión del gobierno británico de cien libras esterlinas anuales. Ansiosa por conocer mundo hasta el final, realizó un último viaje al clima más ca- lido de las islas del Canal, donde murió el 12 de enero de 1870 a los ochenta y siete años. Henry Salt ofreció su primera colección de antigúedade que incluía el sarcófago de alabastro de Seti I, al Museo Brit: nico. Acusando aún la vergúenza pública que supuso la compr de los Mármoles de Elgin por la asombrosa cifra de treint cinco mil libras esterlinas, los miembros del consejo de adm nistración se mostraron reacios a pagar el precio que pedía di ocho mil libras esterlinas. Finalmente, tras duros regateos, com praron la mayor parte de la colección al irrisorio precio de der mil libras esterlinas —cantidad inferior a la que Salt había y tado excavando y trasportándola—, mientras que el sarcófag fue vendido por separado al arquitecto sir Job Soane por ot se vendió con rapidez a los coleccionistas y ho hubo ninguna documentación de la excavación, sólo nos queda el testimonio de Joseph Bonomi para conocer los deta- lles de tan trascendental hallazgo: dos mil. Hoy se exhibe en el museo Sir John Soane, en Londres. A pesar de las dificultades, Salt continuó coleccionando antigie- dades: para entonces él y Drovetúi habían llegado a un pacto en- tre caballeros para dividirse los yacimientos egipcios. Su se- gunda colección (reunida entre 1819 y 1824) fue vendida a Carlos X de Francia por la cifra más realista de diez mil libras esterlinas, convirtiéndose cn una parte importante de la colec- ción del Louvre. Una tercera colección (1824-1827) se vendió a título póstumo en Sotheby's y su precio superó las siete mil li- bras esterlinas. Henry Salt murió en Alejandría en 1827, Bernardino Drovetti continuó excavando junto a Salt. Un año después de la muerte de Belzoni descubrió, en la necrópo- lisseptentrional de Saqgara, la tumba del gran general Djehuty, el genial estratega, que, como nos cuenta la leyenda, ordenó a xs hombres que se metieran en cestos para que los trasladaran ¡la ciudad sitiada de Joppa. Su tumba incluía un excelente sur- tido de vasos canopos, paletas de escriba, joyas, herramientas y presumiblemente mucho más. Por desgracia. el ajuar funerario se dispersó, y como “Durante el invierno de 1824 se hizo un descubrimiento en Saq- qara de una tumba que incluía una momia recubierta de oro sólido (cada miembro, cada dedo de la cual, tenía su envoltorio particu- lar con inscripciones jeroglíficas), un escarabeo unido a una ca- dena de oro, un anillo de oro, y un par de brazaletes de oro, entre otras valiosas reliquias.” Hoy en día se desconoce el paradero de esta importante mb. Drovetti se retiró en 1829. Su primera colección, que contenía valiosos papiros, entre ellos un canon real o lista de re- A y una serie de documentos legales que podrían haber for- de la realeza. Dentro del sarcófago, junto al cuerpo, había dos ar- cos con seis flechas.'" mado parte de los archivos del Reino Nuevo, había sido ven dida al rey de Cerdeña por más de trece mil libras esterlinas Ahora forma la base de la colección de Turín. Su segunda co lección fue adquirida por Francia y ahora está en el Louvre. Al final, Drovetti perdió la cordura y murió en el manicomio d Turín en 1852. La jubilación de Salt supuso que D'Athanasi empezara pri- nero a trabajar para John Baker, sucesor de Salt, y luego se es- lableciera como coleccionista por cuenta propia. Vendió su co- lección personal de antigúedades en tres subastas en Solheby's en Londres (1886, 1837 y 1845), y se estableció como mar- 'hante de arte, Pero fracasó en su nueva profesión, y murió en la pobreza en 1854, William Bankes erigió por fin el obelisco de Filé en su fine en Kingston Lacy, Dorset, en 1839 con la asistencia del duqu: de Wellington. Murió en Venccia cn 1855. Joseph Bonomi viajó por toda Europa y Oriente Próximo. conservó su interés por la egiptología, y trabajó junto al viajero iglés, reconvertido en cgiptólogo, John Gardner Wilkinson. lonomi volvió a visitar Egipto con la expedición alemana diri- da por Richard Lepsius (1842-5), antes de regresar a Inglate- donde diseñó el Pabellón Egipcio del Palacio de Cristal. En 6l ocupó el cargo de conservador en el museo Sir John Soa- asumiendo una responsabilidad directa en el cuidado del Ircófago de alabastro de Belzoni. Murió en 1878. Giovanni d'Athanasi trabajó entonces para Henry Sa Nunca fue un hombre de trato fácil, y mantuvo una disputa Giuseppe Passalacqua, nacido en Trieste, un antiguo co ciante de caballos reconvertido en arqueólogo, y que, en 182 había descubierto en Tebas la sepultura intacta de Mentuho funcionario del Reino Medio. Sus respectivos hombres no: daron en ponerse a discutir e incluso a pelear sobre la propied del contenido de la tumba. Finalmente, Passalacqua vender el contenido al Museo de Berlín, del que se convirtió en co servador, a cargo de la colección egipcia en 1827. El m ano, D'Athanasi identificó correctamente objetos de la tu tebana de Nubkheperre Intef, primera sepultura hallada tacta de un rey egipcio. La tumba, por desgracia, fue d bierta por comerciantes de antigúedades locales, que se mu traron reacios a revelar su localización, y la colección se disp con rapidez: á John Gardner Wilkinson había visitado Egipto en 1821 y utivado por el país, permaneció allí durante doce años. Na- RIÓ dos veces hasta la segunda catarata, excavó en Luxor y sus ededores, y escribió importantes obras eruditas que contri- eron a la comprensión de los jeroglíficos. Pero es por el es- llo y la numeración de las tumbas del valle de los Reyes por ue se recuerda a Wilkinson. En 1833 regresó a Inglaterra y, Jen nombrado caballero, publicó Los antiguos egipcios: su vida umbres (1887), un texto de gran influencia, con grabados Joseph Bónomi, Wilkinson murió en 1875. En el momento en que los árabes vieron que el sarcófago taba muy ornamentado y era dorado inmediatamente... suple! que pertenecía a una persona de rango. Procedieron a satis su curiosidad abriéndolo, y descubrieron, en la cabeza de | mia pero sobre las vendas, una diadema, compuesta de plata. bello mosaico, en cuyo centro había un xpid de oro, el emb 118 nn